sábado, 11 de abril de 2020

MENSAJE SECRETO


       La organización envió a varios agentes de inteligencia a Kioto, nadie sabía bien quiénes serían los que nos recibirían. Viajamos en avión, ya que los miles de kilómetros que nos separaba desde Costa Vieza, impedía que llegáramos en otro medio. El viaje fue realmente mortífero. Una fuerza superior nos mantuvo alerta y allí abrimos los sobres con las órdenes que emanaban del “Jefe”. Teníamos allí la orden de fisgonear a un tal Kevin Khi, alias H’shy, un chino-americano, que aparentaba ser un oscuro comerciante en estatuas de mármol hechas en serie. Era un experto en karate, actor secundario en varias películas de ambientación china, y  sus oscuros ojos infundían misterio.
                                   Todo caminaba bien, hasta que en el hotel donde nos hospedábamos comenzó un fuego, que se descubrió luego, con la investigación, había sido encendido por alguien, usando combustible, y que hacía entrar oleajes de humo mortal entre todos los hombres. Nos asfixiábamos. Mäntel, el lúcido investigador que había viajado con nosotros, organizó una fiesta para tratar de descubrir a quien quería deshacerse del grupo. Era evidente que el mestizo no estaba involucrado porque lo teníamos muy controlado.
                                  Contrataron a un grupo de geishas y prepararon un menú extraordinario. Las muchachas con sus kimonos y sus rostros de exquisita belleza trastornó a dos de nuestros hombres, que cautivados, no advirtieron que entre el sushy había una trampa mortal. En pocas horas tuvieron una muerte dolorosa pero en la autopsia, no encontraron nada extraño. La enorme maldad de quienes estaban involucrados era evidente. Comenzó una búsqueda obscena, nada quedaba fuera de los ojos de los agentes. Mäntel, tenía fe que pronto sabríamos de qué se trataba esa venganza. Una organización de traficantes de obras de arte antigua, estaba detrás de todo eso, pero ninguno supuso que Kevin Khi, era un agente secreto de China, que buscaba a los involucrados. Apareció ahogado entre el oleaje pútrido de la laguna Biwa y con un mensaje en la boca escrito en un antiguo trozo de seda de la dinastía Tokugawa.
                                   Una noche que fuimos invitados por un simpático secretario del presidente de Taganaka, la empresa de comercio del señor Öntuwe, supusimos que sería un beneplácito para esos malos momentos que vivíamos. El teatro kabuki, estaba repleto de serios caballeros nativos. Sólo nosotros estábamos allí, extranjeros en toda nuestra ignorancia de dicha tradición. La representación, magnífica por el esplendor de trajes y decorados, cubrió el mensaje. En la escena onnagata desenmascararon a uno de los hombres y le sucedió una máscara de extranjero. Siete sables samurai, traspasaron al actor y se produjo la escena mie. Ahí advirtió Mäntel un mensaje secreto de muerte. Lívidos, salimos del teatro y subiendo a un taxi, partimos directamente al aeropuerto. Dejamos que Öntuwe, quien nos había hecho la deferente invitación se comunicara con nuestro jefe. Él, sabría descifrar el secreto.


MARIPOSA


Sutil arco iris

se posó en el negro encaje de mis penas
traficando recuerdos
alas petrificadas
cuarzo rosa   labios infantiles
imperceptible aleteo de miradas
un beso           el primero
boca indefinida en sueños sin frontera
corolario de incógnitas   
marchito
realidad  efímera
instante en que una mariposa
hechicera voló al infinito de los sueños

ya no está
sus alas se quemaron en el tráfago
sórdido del tiempo
mariposa sutil
pequeño arco iris
infancia    adolescencia.


JUGANDO CON PELOTAS DE TRAPO



         La calle es tan ancha que podemos jugar un picado. El Pedrito marca con las alpargatas los arcos. Manuelito, con zancadas mide la distancia entre arco y arco y discute porque son muy cerca. Borrón y de nuevo se marca uno de los arcos. La Chuni trae agua limpia en una botella de cola y la deja al lado del Gordo para que se refresque, no vaya a darle el ataque de asma. Lo cuida como que su hermano la deja jugar de vez en cuando.
         Pasa un coche y levanta una nube de tierra, pero no empaña la ilusión del picado. El Chiche, es el diez. Es el único que fue al club a aprender fútbol y les enseña las reglas en serio. En el “colegio” la maestra de gimnasia no los deja hacer fútbol, dice que no está en el curtículo. ¡Che, no digás palabrotas delante de mi hermana! Grita el Gordo porque el Chiche le dice “estúpida” a la Chuni al patear despacio.
         Los chicos juegan toda la tarde. La mamá de Chiche los llama a tomar el yerbiado. Dejan la pelota de trapo en la vereda y corren. Manuelito está dolorido, se le rompió la zapatilla y tiene un dedo con sangre. La Chuni le lava y le pone un trapito limpio. Los ojos de Manuelito son una fiesta. Más tarde seguirán jugando. Después irán a hacer las tareas, ahora es tiempo de recreo.
CURTÍCULO: CURRÍCULA
YERBIADO: MATE COCIDO, INFUCIÓN DE YERBA MATE.

GRITOS




No salen de mi boca palabras de amor, sólo de ira
de destierro de sueños, soledades y dudas
No puedo hablar de amor si soy cautiva de un celo singular
en comarcas  de silencio y odio.
No puedo hablar de amor.
Por eso…
envidio las tormentas que en su furia
construyen descontrol y matorrales que huyen a la nada.
Añoro en mi orfandad,
el rugido esparcido en humedales, la arena que marea
en silicios de oro y álamos que gimen como bestias heridas.
No puedo hablar de amor. Tampoco quiero
soñar con lo que nunca podrá ser ni ha sido
y en momentos de paz en el crepúsculo, pensaré que mañana
el sol será igual desde el principio y la luna intangible
allá en el infinito. No quiero que mi boca pronuncie la palabra
que amor no ha existido ni vendrá a mi cielo.
¡Amor!
En mi lecho de muerte estará tan lejano, como en mi cuna.

LA NUBE DE TU CAMISA


LA NUBE DE TU CAMISA TRABA TUS LINDAS PIERNAS. Cuento.

El castigo será cruel. Piensa que el padre supone que siempre será el dueño de su vida. Si advierte que ella tiene un secreto se volverá loco.
Suenan las campanadas del reloj de carillón que preside el salón. Es una herencia de los abuelos y le temo. La abuela nunca pudo imaginar que, atraviesa con el sonido cada instante de dolorosa soledad en esa casa. Otra vez se ha escapado. Se desliza por una breve brecha que se abre entre la puerta y el cancel de cristales profusos.
Su padre, el que la ha criado, es un hombre cruel, egoísta y no permite que las “mujeres” de la familia vivan nada sin permiso. Cosa que nunca da. Ya ha cumplido treinta años y ligera de emociones se permite una pequeña locura. Simple cosa para sobrevivir al personalismo férreo que incrusta con todas sus manías. Fóbico e irracional fue viendo nacer canas en el cabello castaño de la muchacha que adoptara al casarse con Julieta, su madre viuda.
Ella sin carácter dejó hacer a despecho de crueles pláticas de amigos y ex compañeros.  Su padre muerto en combate ya no era sino sombras. Ligera de emociones nunca tuvo la oportunidad de hacer con libertad una vida.
El tiempo puebla su piel y su figura con marcas casi imperceptibles. La mirada celeste es un lago profundo de nostalgia que se va cubriendo de tristeza. Inventó tantos sueños como su inteligencia le permitió.
Ha leído en el periódico la existencia de una academia de danza y su mente cabalga por el precioso valle de la esperanza. Inicia así la aventura de escaparse a la hora más intensa de la noche. Chirria el piso de madera y su gato maúlla alborozado cubriendo su pisada. Ella queda paralizada. Nada. Sonríe agradecida al felino que ronronea sin alarde entre sus piernas. Su padrastro ronca y el ritmo de los pulmones anuncia la profundidad del sueño. Se desliza por la alfombra en sombras hasta el pie de la cama. Desabrocha el abrigo y se desploma sobre las formas femeninas una larga camisa de seda azul que la envuelve como enorme pétalo de lirio. Sus piernas blancas resaltan el nacarado de la piel desnuda. Recuerda asombrada y palpitante las palabras de su joven profesor.
“Abril, la nube azul de tu camisa traba tus lindas piernas que como dos rosas blancas acarician el suelo” Riéndose siguió dando vueltas y vueltas en el mármol blanco donde aprendía a deslizarse como una libélula. En su pecho cayó una lágrima de felicidad. Sintió por primera vez el sabor agridulce de ser mujer. De ver en los grandes espejos que aun podía palpitar, no con ese hombre que carecía de masculinidad pero que sí tenía el sentido estético exacerbado.
        Ya en su dormitorio se deja llevar por el recuerdo. Se mira al espejo y éste le devuelve la imagen de una muchacha que tiene aún una buena figura. Se recoge el cabello entrecano, y corona su frente con una guía de flores de seda. Cuando alza la vista siente la cachetada que la tira sobre el piso de la habitación. Un hilo de sangre comienza a brotar de su labio inferior. El sabor de sangre la empuja. Toma su abrigo y como puede se incorpora. Camina hacia la puerta de salida. Lo último que oye es una palabrota de la boca siempre grosera de su padrastro y sale envuelta en la camisa azul y sangre. Afuera la espera la vida.

ZONA EN PENUMBRA.




1-
                        Agito un pañuelo haciendo señas. Nadie, aparentemente, me ve. Los enormes abedules cubren con sus hojas la visión de la casa. O bien, la indiferencia o el temor, impiden a los misericordiosos acercarse.
                        Ha comenzado el fuego hace como veinte minutos. Una densa humareda se eleva entre el follaje. Pero ni el griterío de los loros y graznidos de los cuervos, atraen a nadie. El camino, tiene una curva allí y quienes transitan no pueden dejar de bajar la velocidad. Por lo contrario, de ser así, saben que será seguro que se estrellen contra una pared de piedra. A pesar de eso, me parece que pasan acelerando.
                        Miss Leyla Doguerty yace exánime en su silla de ruedas, junto al pilar pétreo donde se deja la escasísima correspondencia que llega. Generalmente, el buen Johan la acerca hasta la misma casa y de paso, toma un balón de oscuro ale, que preparamos artesanalmente. Pero hoy nadie se detiene. Nadie.
                        Hace tiempo que se retiró y no actúa. Su huída al campo reafirma la idea de la densa personalidad de esta mujer hermosa.
                        Ha sido un año fatal. Malas lluvias. Malas cosechas y no consigo gente para trabajar el valle. Todos han viajado a la gran ciudad, en busca de libras fáciles. Incluso, miss Georgina Hustlei, nuestra enfermera, que se empecinaba en hablar de manera maligna contra la capital, ha sacado sus pocas pertenencias, ya partió ayer al amanecer. Nosotros imposible. Miss Leyla, no tiene salud acá, menos tendría trasponiendo la campiña hacia el mundo y el tránsito. Hemos quedado solas, pero los vehículos pasan por la carretera rumbo a los condados vecinos, como en las mejores épocas, en que el rendimiento de la cosecha de cebada para el licor más famoso del mundo, ellos, tampoco se detienen.
                        El prefecto, ayer me comunicó, que las tuberías de agua se saturarían por la falta de consumidores, por lo que debí abrir el suministro de líquido, incluso, al poco ganado que nos queda, dejarlo que vague por los campos en medio del lodazal. Observo a mi señora y la veo desorbitada. El pánico marca su rostro, el que jamás deja de mirar el fuego que lo consume todo. Estamos solas.
                        Se ha enrarecido el aire. Un rumor de cristales rotos se congrega cerca de la enorme casa. Siento el gemido insidioso de los galgos, ellos tironean la escasa tela de las polleras de mi ama, que en llamas, se dispone a abrasarse. Yo sigo haciendo señas y me voy disgregando en cenizas que vuelan junto a los pajonales levemente inmóviles. He traspasado el tiempo. Alguien viene. Se detiene un pequeño automóvil, con esfuerzo trata de alejar el fuego. Ya se está consumiendo el joven y su hermoso auto.
                        Hemos entrado en una enorme zona de penumbra. Pero de entre los escasos residuos, emerge una Miss Leyla Dogherty, juvenil y robusta. Camina contra el aire desentonando con la furia del fuego, que se va desvaneciendo en el ocaso.

  2-
                        Las bocinas dejan insomnes a los pocos transeúntes del Central Park. El ocaso llena de trozos en penumbra las calles. En derredor comienzan a perfilarse los vagabundos, alcohólicos y desamparados, que buscan un retazo de espacio para dormir o husmean en los bolsones de basura para ver si encuentran algo útil. Los dealer venden sus drogas a los cada vez más resuelto consumidores, mientras algunas patrullas tratan de aliviar las avenidas y pasajes de lacras callejeras. Un automóvil, se detiene en 5ª y Landfort, y se le acercan dos muchachotes encapuchados, calzados con zapatillas brillantes y generosas. Una mano enguantada y aturdida, se acerca con un billete de diez dólares a uno de ellos y atrapa un pequeño sobre. El vehículo escapa, es una ráfaga de fuego negro que brilla con la extraña luz de neón.
                        Leyla Dogherty, enfundada en un escotado vestido negro, aspira una línea. Su manager la observa con mirada vacua. Sabe que cantará como nunca. Su voz, con ese raro tono burilado es capaz de trastornar a la inconfundible concurrencia grifada del club “Ninna”. Son las horas voraces de la noche. Allí se arreglan los muy suculentos negocios sucios y no tan sucios de New York. Leyla, camina con los altos tacones envuelta en una maya de piedras engarzadas sobre la piel desnuda. Alta, delgadísima por su adicción y rubia hiriente, esconde una mirada insinuante y lejana. Oculta un secreto inescrutable. Habla poco o nada. Tiene eternas horas insomnes, por las que camina descalza por el frío pavimento del departamento. Nadie sabe de dónde vino, ni qué hará en el futuro.
                        Su público delira cuando comienza a cantar. Música casi desconocida con letras que huyen a extraños espacios de tiempo y espacio. Pero, ha comenzado a sentir el mismo dolor de antaño. El síndrome comienza a invadir sus músculos como entonces.
                        El perfume de los cuerpos reunidos en el salón del club, penetra en las fosas nasales de Leyla. Sangran sus pequeños capilares rotos por el uso del polvo blanco. Kevin, el pianista le alcanza un rectángulo de papel absorbente y se sostiene con sus largas manos transparentes, donde venas azuladas escurren la sangre enferma. Sigue lánguida cantando esos lejanos recuerdos musicales. El silencio se interrumpe por el zumbido de una necia que se ha emborrachado o está ebria de narcóticos. Ella hace silencio. Nunca permite que le impidan su actuación con el respeto que merece. Un aplauso insinúa que deben apoyar su voz. Ella abandona el escenario. Arrastra su breve cola negra centelleante de azabaches y piedras, pero se nota que tiene alguna dificultad. No está erguida y segura. Robin Keathon, su manager, la toma de un brazo y masculla en su oído una palabrota.  No puede ser que destruya su carrera con un capricho o por la droga. Ella se suelta y acomete hacia el camarín. Es Leyla Dogherty. La única. Los aplausos caracolean tras la mujer, que se pierde entre las sombras de su secreto escondite. Allí, puede dar rienda suelta a su verdad. No conspira, sabe que tiene un tiempo, sólo un breve tiempo y cantará en una silla de ruedas. Aun huele el fuego de un tiempo perdido en su misterioso pasado.
                        En el silencio que la envuelve, descorcha una botella de vino burbujeante; un exquisito champagne francés. Bebe. La copa cae de su mano, cuando en el espejo ve reflejada la imagen de la amable mujer que la cuidaba y que se disolvió en la tormenta hecha cenizas. Tú, Mery, ¿qué tramas? Acaso vienes a buscar venganza. Desaparece la imagen en el azogue y Leyla llora. Después de años puede llorar a esa mujer perdida. Kevin, su manager, le acerca una línea y ella de una palmada la destierra de la mesilla. No quiere ese sostén mercadeando su vida. No habla. Él, la empuja hacia la puerta de salida y subiéndola al auto, de un envión la desmiembra casi, en el cuero del Mercedes. Te odio. No soy tu prisionera. No te debo nada. Él, no le responde y ríe, ríe a carcajadas. Le aplasta una mano en el rostro que vuelve a sangrar por la nariz. La magnífica cantante es un guiñapo humano. Él, enciende un habano y ella, se arroja sobre el hombre y comienza el fuego. La combustión es rápida. El chofer, trata de evitar que se propague el fuego, trata de escapar, pero Leyla ha cerrado herméticamente las puertas y crepitan entre los aullidos agigantados de dos perros que esperan a la orilla de la calle. Son dos galgos. Esperan a su ama. Ella sale por la puertecita y camina mientras el coche estalla. Entrará en esa margen inexplicable de sombra y penumbras. El chofer se deshace detrás, en cenizas, y, una brisa lo dispersa por los jardines. Adiós, querido Terry, pronto nos volveremos a encontrar, murmura. Y sigue por la calle umbrosa.
                        Mañana en los diarios hablarán de la extraña muerte de la artista del año, Leyla Dogherty. Los encargados de investigar, se estremecerán al no encontrar huellas de su cuerpo.

SOBREVIVIENTES




Escuchaba voces que hacían temblar el espíritu de los antepasados. No podía dormir. Temblaba. Recordaba las palabras sentenciosas y malvadas de los tíos, el fatídico día que supieron que mi madre no era católica.
“Sentirás la ira de Dios”. “Tu piel será la de un asno enflaquecido”. “El fuego del infierno quemará tus huesos”. Y una retahíla de sentencias absurdas que vociferaban sin tener ni idea que mi madre había venido de un “Campo de exterminio en Dachau”.
Ella sobrevivió de la masacre, sufrió hambre y frío. La violaron, la golpearon, la deshumanizaron hasta que llegaron las tropas rusas y sufrió nuevamente toda clase de horrores.
A mi padre lo conoció escapando por un campo entre bosques quemados que rebrotaban humildes de sus cenizas. Él, la encontró exhausta en un pajonal. Herida, hambrienta y harapienta. La llevó en vilo. No pesaba nada o casi nada. Tenía diecisiete años. Había vivido mil.
Mi abuela Úrsula la recibió y la curó como pudo. Ella también había pasado hambre, frío y escondida superó las permanentes represalias de los combatientes que buscaban algo. “Algo que no sabían qué podía ser”. Tal vez comida, tal vez hombres, tal vez una mujer para violar. Ahí, no quedaba nada.
Mi padre había regresado con tantas heridas como pocos dientes que le quedaban. Su otrora cabello rubio, era un mechón grisáceo que caía sobre las mejillas rubicundas por el hielo de la campiña. La ayudó a creer en las personas. La ayudó a volver a sonreír. La ayudó a ser humana.
Un día se dieron cuenta que estaban enamorados y mi abuela ofició de sacerdote o no sé qué y los casó. Pero ella, la abuela murió de tuberculosis y ellos decidieron irse a vivir a otro mundo. Un lugar donde olvidaran los horrores.
Yo nací en el viaje en un barco viejo y herrumbrado que transportaba emigrantes que más parecían fantasmas que personas.
Llegaron a este país llenos de ilusión. Un día, como si el cielo fuera un refugio de locos, aparecieron hermanos de mi padre que habían venido antes de la guerra. Eran extraños. Como una cofradía. Él, los recibió con temor. Claro que un poco de pudor tuvo por su esposa y por mí. Éramos el resultado de la refriega de países en pugna.
Un tío de mi padre se oponía a mi madre porque según él, no era una persona de fiar al haberse salvado del campo. Su mujer, una persona pequeña en tamaño, pero brava como perro sabueso hasta nos olía, para sentir si usábamos algún veneno o cosa parecida.
Para mamá y para mí, que iba creciendo como podía, estaban todos medio locos. No tenía hijos y yo era su experimento educativo.
Mamá los toleró un tiempo y un día desapareció. ¿Adónde se fue? Nadie lo supo nunca. Yo tampoco y mi pobre padre buscándola, me dejó entre ese puñado de dementes que creían que tenían que llenarme de Dios.
Así, conocí a Emilia, mi profesora de música. Ella con paciencia me fue explicando muchas cosas y pude aprender a ejecutar el piano. Gané una beca que me llevó a Milán.
Un día caminando por una calle me pareció ver a mi madre. Atrás venía mi padre y en sus brazos traían a un pequeño rubio de ojos grandes. Los llamé. Se detuvieron aterrorizados. Yo les hablé para hacerles comprender que no era su enemiga. Me abrazaron y ahora vivimos juntos y viajo a dar conciertos por los más bellos países de esta tierra.