lunes, 10 de marzo de 2025

“DEL VINO Y DE LA VIÑA”: “SANGRE DEL AGUA”

 


Bautista camina de prisa, quiere llegar antes que se termine el horario del transporte de la tarde. No desea caer en la noche a la casona. Hace un repaso mental de todos los temas que tiene que concluir en la ciudad. El trajinar en las veredas es increíble para un hombre de la tierra. Sus ojos curiosos se mueven a un ritmo ágil y frenético. Pasa junto a un escaparate y se detiene. Absorto pone su vista intrusa en una imagen. Tras el cristal, una foto antigua, en colores desvaídos y sepias, lo golpea en su intimidad. ¡Ese es el abuelo Fortunato! Alguien lo empuja sin disculparse y firme sobre sus pies le sale un breve y feo ¡Eh, infeliz, no empuje! Mira, sin distraerse, detalladamente el retrato. Los ojos son los típicos semicerrados del viejo, las manos, ásperas por el trabajo duro, un traje desgastado y barato con la camisa raída y un corbatín ajeno a su costumbre.

¡Me olvidé la hora! Sos un aturdido Bautista Grassetti. Dejaste pasar el autobús que tenías que tomar. ¡Ahora pasarás unas horas dando vueltas en este loquero absurdo que es la ciudad!

El hombre ingresa en la tienda. Mira las ofertas, pero sólo quiere preguntar por la foto de la vidriera. Una regordeta mujer arrebolada, se le acerca con una desagradable sonrisa esforzada. ¡No le gusta vender! ¿Qué necesita joven? Mueve las manos de uñas largas y rojas con esmalte desprolijo. Acá tiene vinos de bodegas pequeñas que no tienen mucha propaganda.

Perdone señora, me puede decir: ¿Esa foto que está en el escaparate, dónde la encontraron? La mujer revolea los ojazos maquillados de verde y negro y sonríe. Es el tío abuelo de mi suegro. Eso me han dicho. La han hecho grande y usaron un sistema nuevo para mejorar la imagen. ¿Por qué?

 

 

 

 

ESE GRAN ODIO

 

            La conocí a los quince años. Y ya la odiaba. A ésa, la que me trajo al mundo. A él, mi padre, a ese animal alcohólico y maloliente, nací odiándolo. No se asuste, comprenda, fui un niño anónimo hasta los trece años, ahí supe que tenía nombre. No era el Turco o el Demonio… algunos decían que era El padre del demonio. Y tenía siete años. ¿Ahora me entiende?

            Una mueca de dolor se agigantó, mientras refirió ese tramo de su vida. Omar, se apoyó en los codos, como buscando amparo a tanta pena. El rostro contraído y una mueca irónica, parecía la máscara del hombre intentando esconder los sentimientos. Ahora, como un rescatado de la muerte, vive haciendo tareas solidarias. “Tal vez, tal vez su verdadera madre trató de salvarlo de otro infierno peor al que vivió de niño. ¿Quién sabe?”, le dije. Se produjo un silencio, interrumpido por la intervención del teléfono que distrajo ese instante tan duro.

            Cuando me mostraron a mi vieja, sentí que tenía enfrente a un monstruo. ¡Era tan desagradable que no permití que me tocara! Su rostro era la imagen del vicio. ¿Alcohólica? Es probable. Dicen que vivía entre botellas. Vaya a saber, cuentan cada cosa por ahí. Fue prostituta y de las peores. Me abandonó apenas nací y pasé por cuanto instituto de huérfanos existió. Algunas veces recibí cariño. Otras, las más, golpes, desprecio y maltrato.

 Estoy acostumbrado a golpear, a insultar y me sorprende cuando las personas son atentas y respetuosas conmigo. Por eso soy golpeador. Sin embargo mi mujer me entiende; ella vivió lo mismo. Hablamos el mismo idioma. Nuestro idioma es la violencia. Pero… usted, entenderá que luego, con los años aprendí cómo y con quién puedo ser así.

            A los diecinueve años, me hicieron convivir con un matrimonio de ancianos de origen italiano, que me demostraron que se podía vivir de otra manera. Para mí, son mis únicos y verdaderos padres. Él, Marcos, me enseñó lo que un padre le debe y puede enseñar a un hijo. Ella, María es mi madre del corazón. Los respeto y quisiera sostenerlos hasta el fin de sus vidas. ¡Bueno, Marcos, ya murió! En 1995.

           Ahora yo cuido a la vieja. La mamá que me regaló el destino. La única que me dio amor. A la otra no la vi más. Me han dicho que murió. Estará tranquila disfrutando su juego sucio con Lucifer. ¡Sé que el engendro satánico que me procreó vive! Para mí, sólo si  muere podré ver el camino que empedrará hacia el infierno. ¡Tal vez, yo le seguiré por esa ruta! ¡Ja, ja…! Ni allí, creo, nos van a recibir.

            Mi actitud, fue sacarlo del tema. Omar me miró con un matiz tragicómico. Sabía que su testimonio era muy fuerte y que de alguna manera, me hacía sufrir. Lo invité con un café y comprendí que  necesita compartir su memoria.

           ¡Hace mucho que dejé el alcohol, bebo vino sólo en navidad y año nuevo! ¿Qué tal?

           No perdonó a sus progenitores. Escudriña la vida arañando relatos que den lugar en su corazón para un pequeño respiro. Volteó la narración para transitar mi vida privada. ¡Claro, nada que ver con la suya! Tuve una vida, casi diría, tan quieta, aburrida y falta de interés, que no serviría para ninguna novela interesante. Pero, para él, era importante. Hacía su duelo personal y aforaba sus desgracias.

            Déjeme decirle… tengo algunos buenos recuerdos de ciertos maestros. Fui un error en la inteligencia, no aprendía nada. ¡Pero algunos de ellos decían que era inteligente! El odio no me dejaba concentrar. Sólo quería demostrar que podía con mi horror. Hasta que una docente afirmó —ya tenía catorce años— que podía cursar sin estar presente. No entendí qué quería decir. Me enojé mucho. Una noche entré a la escuela y la llené de mierda, rompí todo y quemé papeles.  Me metieron un año en un reformatorio. Igual, hice dos años en uno y por fin egresé. Ahora soy un laburante. ¡Por eso estoy aquí! Tengo que reivindicarme.

            Más cómoda, me dispuse a darle la lista que me pedía para hacer reparaciones en la escuela. Y se alistó con una hermosa sonrisa a realizar un apoyo a la institución en la que trabajo.

            Omar, es un gran ejemplo para mí. Es su caso el que me invita a mostrar a otros que el abandono, la falta de compromiso y la violencia familiar, que hoy se adueñan de la sociedad, únicamente traen más violencia y odio.

            Le di la mano y me propuse seguir con mis tareas. Tranquila, pensé esa mañana en el futuro de quienes me rodean, sin dudar en contar esta historia. Segura de que, quizá, sea útil para quien que la lea.


EL INTELECTUAL Y EL ARTISTA

 

 

¿Fue así? Lo veo con mis propios ojos. Es indescriptible. ¿Pero no era el que llegó con no sé cuántas maestrías, tanto que enseguida lo nombraron jefe de una ONG?

¡Sí, bueno, era él, pero se le cruzó esa porquería! ¿Qué podía hacer?, te preguntarás. ¡Nada!, te contesto. Hablaba como siete idiomas y era muy inteligente, pero ahora hay que verlo. Está tirado en plena calle, aún usa camisa de puño con botones de nácar, el traje es un trapo sucio, y le han robado los zapatos. ¡Parece mentira que un tipo así llegue a eso! Nadie hace nada. Te diré que al contrario, cuando comienza a retorcerse en el piso en donde está tirado, y a gritar, esgrimiendo una mano como para pelear, los transeúntes escapan. Se hacen a un lado, lo evitan. Y no te cuento las mujeres. Arrastran a los niños, distrayéndolos para que no vean ese cuadro. Incluso la policía se le acerca sólo para ver si no ha sufrido algún ataque. No lo tocan, ni se lo llevan, ni siquiera evitan que siga gritando como un energúmeno.

            Ayer, volví a pasar, vos sabés que trabajo en el museo casi a dos cuadras. Bueno, lo hago gracias a la beca que me dieron en el dos mil cuatro. Vociferaba que era hijo de un ministro y la gente lo miraba extrañada, pero dejó de babearse y me vio. Me dio la sensación de que sabía que era yo, se dio vuelta y se quedó en posición fetal. Tenía la espalda sucia y con sangre.

            ¿Creerás que está herido? No sé, pero me urge llamar a los padres y pedir que vengan a buscarlo. ¿Ellos sabrán que está así? Me duele el hecho de verlo y no poder hacer nada. Pensar que todo  empezó por una apuesta de quién era capaz de trabajar más horas sin dormir.

Alguien le acercó droga mezclada con vodka y él ganó. Ganó el juego. Cinco días sin dormir haciendo lo que hubiera hecho en varias semanas. Perdió. Perdió la vida. Se hizo adicto y alcohólico y ahora está loco. El cerebro debe estar vacío, licuado. No es un mendigo, es el producto de una sociedad enferma, desquiciada, sin horizonte.

Todos estaban enamorados de su alegría, inteligencia, su glamour. Le tengo pena, pero trató de matarme para que le diera unos euros para comprar droga y vino. El miedo me alejó y escapé de su manía y demencia. Tiene veintiocho años y parece de setenta, o más. Si lo vieran los padres así, creo morirían. O no, tal vez saben y no quieren acercarse como hacen los demás. Me incluyo. He visto que vienen de Notre Dame unos voluntarios. Les traen algo de comida y cuando llueve los tapan con plásticos. No me pidas que vaya a buscarlo y lo interne. No es mi tarea, ni siquiera siento pena. Tal vez sí. Pero nadie puede hacer nada.

¿Vos, te animás? Si me das una mano vamos y lo sacamos de allí y lo llevamos a un centro de rehabilitación, después de todo es tu pareja, vivió con vos hasta hace un año y medio. Te dio una buena vida, sin privaciones. Hasta te dejó el departamento y el auto. No querés saber nada. ¡Y bueno, cada uno cargará con su culpa! Me voy. Hasta otra vez que nos crucemos, cuando quieras, trabajo en el museo como ayudante de un restaurador italiano. Si preguntás por mi, me conocen por “El argentino”. La beca termina en dos años, estoy pensando en volver, pero acá estoy bien. Chau.

 

            El joven sigue su rumbo y se sorprende al comprender que ya ni siquiera él tiene solidaridad para con un compañero de colegio. Camina solitario y, a poco de andar, ve una ambulancia que retira el cadáver de otro adicto. ¿Cómo vivirá con su conciencia?   


AQUELLA JOVEN DEL ABRIGO COLOR VIOLETA

 


 

            ¡Conocer por el periódico o el noticiero la muerte de una joven de no más de veintisiete años, en medio de un parque, con signos de haber sido duramente golpeada; no es ninguna novedad! Casi se puede decir que es algo corriente.  Atados al alcohol, pelean sin ton ni son.

Unos mueren en accidentes, otros con ingesta de vino o Fernet hasta caer en coma y casi todos entran perdidos por las drogas en las guardias médicas. Los pobres periodistas ya no saben qué agregar para darle un tono diferente y llamativo a la noticia. El locutor más asombroso, fue el que se secó una lágrima en público, diciendo que podía ser su hija. Le respondieron airados, cientos de personas, llenando el Facebook del canal, que eran padres o madres de hijas o hijos muertos, en forma semejante. Por lo que nunca más recurrió a tal artimaña para atraer a la audiencia.

            El tema de la mañana, me pegó un golpe bajo, cuando hicieron un paneo y vi el abrigo color violeta de la infeliz chica. Reconocí el que vendí la semana pasada en la pequeña boutique donde trabajo. Era de buena calidad y tenía un detalle, que inevitablemente, me hizo sentir como parte de la historia.

 Ni loca me presentaría a la policía a contar que, una simple empleada de “Madame Rouge”, sabía el nombre y domicilio de la víctima. ¿Y si la habían matado rufianes a sueldo de la mafia o algún oscuro asesino, de esos que matan en serie? Me iba a ver innecesariamente involucrada y capaz que, por hacerme callar, sería  la próxima víctima.

Cuando vi la foto me sorprendí. No era la mujer a la que le vendí el modelo. La otra era rubia con mechitas color cobre, ojos verdes y nariz súper operada, colágeno en los labios y pechos de cirugía. Altísima, los pies  y manos muy cuidadas. Y un tono de voz indescriptible. La mujer que vi en el periódico era morena, de rostro anguloso, ojos marrones y cabello oscuro.

Pensé que era imposible. Mi jefa jamás hubiera comprado dos abrigos iguales para vender y menos, a ese tipo de muchacha vulgar, que mostraban las fotografías. Guardé la hoja del diario en el bolso, cuando llegué esa mañana al negocio la dueña del local estaba allí. Me sorprendí. ¡Nunca llegaba tan temprano! Se veía ojerosa y muy nerviosa.

Me cambié. Calcé tacones como ella exige, me maquillé más y perfumé con loción Madame Rouge, que tiene mucha canela y vainilla, difícil para mi nariz. No es de mi gusto. Me quedan bien las frescas y cítricas. ¡Pero este trabajo es muy bueno y no lo quiero perder!

            Cuando me acerqué a su escritorio, la vi rodeada por dos hombres más o menos jóvenes. Uno era rudo y con un vozarrón que atravesaba el cerebro. El otro, un poco más joven. Gentil, delicado sin exageración y muy educado. Hablaban a media voz. Al acercarme más, me clavaron la vista. Sentí frío en la espalda y, como si fuera un mono enjaulado, quedé prisionera del momento.

             Me sentaron junto a ellos. El mayor comenzó a interrogarme. Miraba con ojos de metal hiriente derechito a mis pupilas. Que si  conocía a la víctima. Qué si tenía su filiación. Qué si la acompañaba alguien. Y mil interrogantes más. Expresé: “¡Sólo había vendido la prenda al contado, no recogió la factura, que tiré luego de unos días! ¡Que la mujer estaba muy apurada y ni se había probado el abrigo! ¡Ah, y estaba sola¡”. Eso dije. No era verdad.

            El miedo me impide imaginar por qué callé detalles. Le temo a los hombres y más aún si son de investigaciones. A esos les huyo. Sobreviví a uno —mi papá— que me hizo escapar del pueblo donde nací, de la familia y de todo lo que amaba.

            Sara, mi jefa, me observaba sorprendida e inquisitiva, ya que soy amable y graciosa, vivo haciendo chanzas. Estaba seria y en silencio. Sólo me levanté de la silla para atender a una clienta que viene muy seguido, lo que hice rápidamente. Ella, la jefa, escrutaba mi rostro y yo, indiferente, evitaba confrontar con aquellos hombres.

            Salieron del negocio dejándonos un papel con los teléfonos anotados por si recordábamos algo. Ni loca les llamaría. Imaginé ser perseguida por una horda de delincuentes capaces de asesinarme. Los que matan en serie como en el cine.

            Traté de evitar a la señora Sara, inútilmente. Se sentó con su consabida taza de café con un chorrito de gin, encendió su pipa — fuma en pipa— y comenzó a indagarme.

            Intenté no abrir la boca. Sabía muy poco de mi vida y odio andar por ahí contando mi dura existencia. Pero fue imposible. Hablé de un solo tirón. Me explayé. Exigí, eso sí, que me guardara el secreto.

Le mostré la factura con el nombre de quien compró el “abrigo violeta”, su dirección y teléfono. Le aseguré que no era la misma persona. Esa que mostraba la tele. Quedó sorprendida y molesta. Conmigo no, sino que para ella había algo raro, como decía mi mamá: “Gato encerrado”.

Tomó el teléfono y marcó el número que había en la factura. Atendió una voz femenina, con el mismo timbre que yo le oyera en el probador, cuando vino a la boutique. Sara le pidió, si podía venir a la tienda porque había encontrado una falla en la prenda de ese modisto. “Le encargo que traiga la que le vendí”, aclaró. La mujer, muy ofuscada, dijo que se le había perdido. Que alguien se lo arrebató en el playón del supermercado y que no tenía tiempo, viajaba esa misma tarde a Miami. Cortó la comunicación. Eso molestó mucho, intrigó a la señora y se tentó de avisar a los investigadores.

Sucedió, igual, algo inesperado. A minutos de esa llamada, llegaron dos encapuchados. Armados hasta los dientes. Rompieron todo el negocio buscando lo que tenía escondido en el lugar menos accesible de la boutique. Ni pienso decir donde oculté el talonario con las facturas y datos de los clientes. Golpearon a Sara, a mí no porque sé escabullirme, no por cualquier cosa salí del pueblo.

Luego de romper todo, a uno de ellos se le deslizó algo, inadvertidamente levitó detrás del maniquí. Me moví como un gusano cubriéndolo con el cuerpo. La energía negativa de esos tipos me alteró mucho. Quedamos deshechas, pero vivas. ¡Era una advertencia, si hablábamos nos matarían! ¿Así son esos malvados?

Cuando pude erguirme, atrapé lo que se le cayó al tipo, vi que era una foto. Era la mujer rubia, la del abrigo violeta, pero estaba tal cual debe ser en realidad… ¡Un travestido en sus ropas de entre casa! Ahí pude comprender lo que había pasado por alto. Yo había atendido a un hombre y probablemente era quien mató a la mujer morena. ¿Sería mujer u otro travestido?

Mejor fue que, tanto Sara como yo, nos metiéramos la idea de ser justicieras, en un cajón de la boutique. Y a los policías no decirles un ápice. ¡Tal vez, ellos estuvieran involucrados! Rompí los papeles que había guardado,  uno por uno, y los tiré por el desagüe del baño.

            Me mudé a otra ciudad y la señora Sara se fue a vivir a Miami. A veces recibo una llamada suya para consolarme. Nos enterábamos por Internet de los pasos que seguían a los grupos activistas que trataban de imponer un límite a la muerte de travestis y gay en la gran ciudad. ¡Nada lograban!

Un día, en el metro, me enfrenté al personaje del abrigo violeta de la vieja historia. Me miró asombrado. Pretendió detenerme tomándome del brazo, aplicando una fuerza brutal en mi muñeca. Aún no recuerdo cómo logré zafar y desaparecí entre la multitud en la estación. Pero huí al oeste en busca de otra oportunidad. 

            Estoy cansada de evadirme de este grotesco infierno de violencia gratuita que me rodea. Mi infancia fue un mundo de mentiras y maldad que oculté. ¡Apariencias!. Mi juventud que recién comienza y a la que tengo derecho es el futuro. ¡Por eso me dispongo a otro cambio más! Quiero ser libre.


 

EL ATENTADO

 

¿Dios duerme en silencio?

 

De la mano de una enfermera, la mujer camina en el pavimento brillante del neurosiquiátrico donde descansa. Escucha a Mozart y Vivaldi con el fervor de una colosal melómana. La fantasía de ser distinta, de estar viva con su libro de poesía entre las manos, dedicado a Diego; un amor inexistente, la transforma. Afuera, nadie puede comprender lo que ocurrió con esa muchacha simple y alegre que un día se detuvo justo a pasos de un estallido que la cubrió de sangre. Leticia, la profesora de música de la escuela para débiles mentales, quedó aniquilada.

           

¡Dios, que duerme en silencio, no escuchó el estallido!

 

Quien no vivió esa época no podría comprender el horror que siente Leticia por el momento que le tocó sufrir. Verdadero asco al ver los rostros en la pantalla iluminada. Recordar la sangre. Recordar el humo y el fuego. La poca gente que se atrevió y corrió entre los escombros. No olvidará nunca el olor nauseabundo. ¡El olor a crematorio! A mortaja, sin tela blanca, envolviendo un cuerpo.

Siente náuseas cada vez que cierra los ojos y pasa la película interior de aquel suceso que le penetró, sin autorización, en los músculos y el alma. 

De los árboles, recordaba, caían hojas y restos de carne chamuscada. También cabello de color negro y algún mechón blanquecino. ¡Un dedo! Un trozo incierto de cartón o un resto de género que como banderín de feria, bailoteaba con la brisa.

¡Junto a su pie izquierdo, aterrizó una mano! Era de hombre. ¡Joven, por el color y tersura de la piel! No tenía sortija. Uñas cortas y cuidadas. Una mano. Un sueño muerto como un pañuelo herido en la borrasca callejera.

Nadie puede entender a Leticia, cuando camina por esa calle, ahora, tranquila y quieta, sin escombros en su memoria. Su mente está paralizada en ese barullo de inquietud y odio. Trata de evitar el camino pero un fantasma la obliga. ¡Tiene que regresar! Se detiene en el mismo lugar donde encontró un trozo de quebranto y miseria.

Se desplomó un libro que tenía el nombre de su dueño escrito en tinta verde. Datado en fecha cercana al destino adverso. Voló a los pies como proyectil alado. Dedicado con el fervor de amor y el desconcierto de un enamorado de sólo quince años. Una rosa muerta entre las hojas. Un nombre. Diego. ¿Cómo habrá sido el Diego apasionado y al que amaba así, con la dulce inocencia de la adolescencia una niña?

Inmóvil en el empedrado callejero su corazón tembló y recorrió cada hendija entre los adoquines antes enrojecidos por la sangre. No queda nada y está todo en su memoria. Es como si allí aquietare en un instante la vida hecha pedazos.

Mira el árbol y reconoce el resto de balcón aún humeante en sus retinas. Ruina descolorida, muerta como la muchachita que vio al día siguiente en la foto de Clarín. La sonrisa se le prendió como broche de cristal en el pecho desgarrado. ¡Era tan pequeña! Apenas una niña cuya inocencia quedó desparramada entre los árboles marchitos.

 

Dios duerme en silencio.

 

Leticia, escarba en sus recuerdos, escudriña entre las paredes queriendo rescatar lo absurdo del atentado. ¿Qué es una bomba de plástico? ¿Qué tiene que ver una niña con la muerte? Y la mano, ¿a quién pertenecía la mano aniquilada que cayó a sus pies haciendo unas piruetas de arlequín enloquecido?

 Esa mañana le añadió noche a su mirada. La transportó a la trastienda de los sueños. Dejó de ser joven para siempre. Recogió el libro y lo abrazó como si fuera la cabeza de un dios en extravío. Amaneció en el portal del miedo.

Todavía guarda entre las páginas el recorte del periódico y cree soñar con un Diego que encanece poco a poco. Una novia sin velo que camina en las sombras con una rosa seca entre los dedos finos que envejecen. La mañana del atentado era tan incrédula como salvaje los que hicieron el holocausto efímero de dos enamorados. Y ella una invitada encubierta.

Como espectador se ocultó el sol esa mañana. Arremetieron los pájaros descontrolados al estallar un tronío. Una mujer gritaba y se desgarraba la camisa de seda amarilla. Un borracho rompió su botella de vino contra el pavimento ensangrentado. Un peatón se dejó caer en el cordón de la vereda observando de lejos la película inconcebible del ataque. Una lágrima gris le desbordaba el rostro.

 Nadie pudo hacer nada para ayudar a Romeo-Diego y a Julieta-Niña, sin nombre conocido para Leticia.

Ulularon las ambulancias y los patrulleros. Los empujó un indecoroso personaje que descendió de un vehículo con las luces multicolores del espanto. Acordonaron la calle. Huimos, los que allí participamos de la historia como gente común. Una inapropiada muerte. Insólita e inesperada.

Nadie que no vivió la época de espanto puede entender a Leticia. Cada día un atentado. Una mentira arrinconada en un café, en el cine, en la vidriera de un almacén cualquiera. Y bombas que estallan sin freno. En cualquier lugar de la ciudad. A cualquier hora. Despertando los instintos a flor de piel de la muerte. Una guerra solapada y temible, para la gente como Leticia. El peligro latente. La inocencia rota. Incontrolable. Blasfema.

 En el televisor del hospicio, una horda de periodistas como estadistas, hablan del pasado. Crascitan sobre una era de vivencias, fingiendo que no existen causas para el dolor. Simulando heroísmo de un puñado de impostores de la verdad y los sueños. La muerte y el poder que ejerce en los hombres comunes, en las mujeres frágiles y en la juventud noble, cuyo consuelo es creer sin fingimiento.

Cada día se revelan en lugares ignotos atentados como el que vivió Leticia en una calle cualquiera. Vías férreas que explotan descarrilando furgones con obreros lejanos. Autos-bombas en ferias, en mezquitas de Oriente Medio o la India. Edificios enormes que caen bajo el chorro de gasolina hirviente, con ejecutivos inexpertos que se lanzan al vacío desde las torres en llamas.

Leticia canta. Leticia llora. Leticia recita los versos de amor de un Diego que quedó enamorado de una niña de quince años, en un balcón de Buenos Aires, que explotó en una mañana lejana. Nadie puede entender su tristeza.

           

Dios duerme en silencio.


ACARICIÓ EL ROSTRO DE DIOS

 

 

Liliana caminó por el adoquinado, conforme. Había conseguido ingresar en el ámbito del teatro más prestigioso como actriz protagónica. Sus pies cansados por los ensayos ya no le dolían. Era feliz. Su maestro Roberto Mantovardi apostó por su capacidad. No será fácil, le había dicho, pero verás cómo cada día, si te lo propones, tu tarea será más y más valorada.

Recordó el día en que la madre iba a la fábrica de botellas para envasar vino donde trabajaba. Quiero ser actriz. Lloró. En realidad lloraron juntas. Sabían que se alejaría para siempre del pequeño pueblo, pero que el futuro era de la querida Liliana.

            La mujer, único sostén de familia, consiguió que el capataz hiciera los arreglos y llegaron a la capital, con sólo un sueño. Lograr que la muchacha entrara en la academia de arte dramático.

Delgada, ínfima en su contextura, pálida y sutil, parecía un ave desplegando sus pequeños brazos como alas débiles para echar a volar. Con el rostro picado por la varicela parecía un ratoncito perdido. No era bonita pero tenía el don de trasmutar en mil personas diferentes. Poseía una voz clara y matizada. Algo rebelde, o trágica, frente a la realidad del rol.

Tuvo una maestra, la primera. La recibió mal, se llamaba Nadia. Era tan severa que las alumnas sentían que las despreciaba. La otra, una diva, era Ana Glolievich, antiguamente primera actriz del Teatro Comedia. Era el espejo más exitoso a quien emular.

Liliana sudó. Sollozó. Gritó. Sus pies destrozados por cantidad de horas parada ensayando una escena. Las piernas entumecidas de repetir cada acción mil veces, con un parlamento, dando entrada a los compañeros en los diálogos, hasta que se encalleció su músculo visceral, bajo la ropa de algodón se endureció con el esfuerzo. Los órganos fueron fustigados para lograr de Liliana, una actriz al estilo de grandes comediantes del país.

         Llegó el examen final y, Luis Beltrami, la eligió junto a tres aspirantes. Creyó que tocaba el cielo, o la cara de Dios, con las manos. Inmutable, el maestro la hacía llegar a la máxima mortificación con su grito marcando el ritmo de la tragedia o la comedia elegida, golpeando las tablas en el teatrino y la espalda para que adoptaran la postura correcta. Había sido señalada para la prueba. Allí estaba frente a Carlos Ahumada, maquillada y vestida con un traje de ninfa, tratando de conseguir el primer puesto en la compañía. ¡La obra que tenían que representar era tan moderna! Tomadas de la mano las jóvenes esperaron el resultado de la prueba. Quedó en segundo lugar, en el papel de suplente de la primera actriz.

Se sentía feliz. Corrió a buscar una forma de comunicarse con su madre. Por el adoquinado primero caminó, luego voló. Fue tan fuerte el golpe que le propinó el viejo camión del ejército que saltó por los aires. El chofer sólo atinó a comentar:

—Alguien dijo que las mujeres y las mariposas se parecen bastante. ¿No lo creen? ¿Vieron cómo levantó vuelo? ¡Parecía querer tocar el rostro de Dios con sus pequeñas manos!  —y siguió su ruta para cumplir con la entrega de las armas y explosivos que llevaba al cuartel. Era una Orden Superior. No podía detenerse.


¡MATA A TU PATRÓN, ADELAIDA!

  

            El país era un caos, los automóviles pasaban como balas por las calles y se oían balas en la noche. Es una asonada. No, es una revolución. No lo crean es una reivindicación social. Es la nueva política que viene.

            Y hasta el hartazgo en los medios radiales se oían a politólogos hablar. Los diarios ardían. El mundo estaba patas para arriba, señor. Yo había entrado a trabajar en esa casa como ayudante de un pediatra muy amable. Su mujer era una excelente ama de casa y tenía muchos niños; cinco para ser exacta.

            Nunca me faltaron al respeto, me hicieron sentir despreciada o me obligaron a hacer tareas superiores a mis posibilidades. Fíjese, señor, que me daban a elegir la presa de pollo o el mejor bife de la fuente. Me hacían servir primero a mí y luego doña Raquel, le servía a mi patrón y a los chicos. Al final ella se quedaba con lo que quedaba, generalmente lo más pequeño o lo que sobraba. ¡Nunca la oí renegar del trabajo que le daba coser la ropa de toda la familia! Muchas mañanas yo me levantaba y saliendo de mi habitación veía que ella no se había acostado terminando una camisa o una prenda para los niños.

            Mire señor, me pagaban antes que terminara el mes y siempre me daban algo más como una especie de propina o premio por alguna tarea especial que hubiera hecho: limpiar los bronces, cambiar cortinas y almidonarlas, hasta si servía un café sin que me lo pidieran como idea mía para que se sentara un rato el doctor a charlar con la esposa.

            La casa era grande, pero no demasiado. Era una casa como para varias personas, pero no brillaba el lujo o algún despropósito. Muchas veces él, el patrón atendía a un niño y no cobraba si veía que era gente de trabajo y pobre. ¡Hasta les daba los remedios, esas muestras gratis que le dan los laboratorios!

            Yo, lo digo sin vergüenza, me enamoré de esa familia. Eran buenos, muy religiosos y vivían como cualquier obrero, sólo que tenían escuela. ¡Si yo hubiera podido ir a estudiar no me hubiera sucedido todo aquello!

            Una noche sonó el timbre y fui a abrir la puerta, pensando en un niño enfermo que llegaba sin aviso. ¡No, era mi ex marido! Él, es un alto personaje en los sindicatos de madereros. Manda como “patrón de estancia”, así decía él, que se jactaba de ser mejor que los estancieros. Nunca conocí a uno. Vino y me sacó casi a la rastra. Entre después de darle un buen empujón y le avisé a uno de los chicos, el mayor, el Pipi, que salía un momento con un pariente. Que le avisara a su mamá. Salí y en la esquina había una chata con dos tipos armados hasta los dientes. Me metieron de “prepo” en la chata y salieron echando chispas. Llegamos al parque y allí me dieron un ultimátum…”Tenés que matar a tus patrones y a los pendejos”

            Se imaginan como temblaba. Yo sabía que son de los de la pesada del sindicato. No me la iban a perdonar. Temblaba como una lámina de metal, me castañeteaban los dientes y las rodillas bailaban una contra la otra. ¡Qué julepe! En una bolsa entré el arma con seis balas en la misma y otra caja más. Porque eran siete, sí, siete con el Pipi y la Clarita. Sole tenía tres años y Luchi cinco. El bebé no caminaba todavía pero ni se lo sentía de tan bueno.

            Esa noche no pude dormir, fui como seis veces al baño, tenía vómitos y colitis. ¡No es para menos! Yo, Adelaida Gauna tenía que matar a esa gente hermosa por orden de un atado de locos gremialistas. En la mañana la señora me preguntó ¿Cómo le fue anoche con su pariente? Y le tuve que mentir. Vino a avisarme que me tengo que ir señora. Mi abuela en San Juan está moribunda y no hay quien la cuide y pensaron que yo soy la mejor nieta para cuidarla, así que esta tarde cuando termine las tareas me voy.

            ¡Qué pena Adelaida! La queremos tanto, pero está bien usted se merece cuidar a su familia.

            Me temblaba el cuerpo. Hice todo lo que pude para no mostrar mi miedo y mi vergüenza. Me pagaron con un premio por mi trabajo y salí corriendo. Me subí en la Terminal De Micros el primer coche rumbo a Buenos Aires, ya que allá es tan grande que no me iba a encontrar. Por lo menos en un largo tiempo, plata tenía, ahorraba algo de mi sueldo todos los meses y más lo que me habían dado al salir.

            Viví escondida en un pueblito del sur de Buenos Aires cinco años. Trabajé de vendedora ambulante, vendí helados, cociné en una fonda, hasta cargué bolsas en una feria de verduras. Un día hubo una revolución y sacaron a los palos a muchos, especialmente a algunos políticos mafiosos. Yo escuchaba las radios de noche en la pensión. ¡Ah, me mudé cuatro veces a distintos pueblos y nunca di mi nombre ni mi documento! Les decía que me lo habían quitado en un trabajo unos patrones malos.

            Supe porque me atreví a llamar a una comadre, que mi ex marido estaba preso; había matado a unos mayoristas de madera. Y volví. Dejé pasar quince años… y fui a buscar al doctor y a su familia. ¡Los encontré! Estaban muy felices de verme. Cuando les conté mi historia, me abrazaron y me pidieron que almorzara con ellos.

            El Pipi, me contó de usted, que es su profe del secundario y que escribe historias verdaderas, por eso me atreví a relatarle mi verdadera vida. ¡Pensar que me querían obligar a matar a toda la familia de mis patrones, por no estar metidos en los chanchullos del gobierno! Adelaida Gauna, nunca hubiera hecho algo tan horroroso.