lunes, 2 de junio de 2025

EL REMATE

  

La cosecha es magra. Primero la helada y luego tormentas que impiden la maduración y el grado alcohólico del grano, todo se conjura. La esperanza madura igual en los contratistas que cuidan lo que resta.

El patrón sólo protesta y pide préstamos al banco. “Malo, Ramona, otro préstamo pidió el patrón para fumigar la viña. Los bancos son ladrones de plata y dignidad. En cualquier momento nos echan a la calle. Al patrón le van a terminar rematando todo… y nosotros a la calle”.

Por marzo, pocos camiones se llenan y la calidad de la uva es mala. El precio es bajo. No tiene buen alcohol y azúcares el grano. Las bodegas saben que va a ser difícil conseguir caldos buenos. Un año que tendrán que agregar mostos de otras cosechas.

 En el juzgado, hierve el olor de angustia y desánimo en un puñado de pequeños viñateros y abogados. Los que se ven atrapados por los bancos, corren por pasillos repletos de tinterillos y busca pleitos. No hay tiempo. Papeles firmados con sangre y vino. Pagarés traicioneros que desbordan de sudor, tiempo y polvo de los callejones que separan los viñedos.

—Señor juez. Señora secretaria. Hoy se remata la historia de mi vida. De toda mi familia. Me quedo igual que un desheredado. Prefiero la muerte a la vergüenza de perder lo que mis abuelos construyeron y mis padres cuidaron para mi y mis hijos. ¿Y qué harán Justino y la Ramona con sus siete hijos? ¿Adónde irán, si esa es su casa desde siempre?

Eso esconde la frente húmeda y los ojos fríos del hombre que se enfrenta a los juristas que observan impávidos los expedientes. Hablan en voz baja. Los pequeños viñateros son condenados al despojo.

Un grito despierta la somnolencia insensible de la gente. ¡Un médico! ¿No hay un médico que ayude a este hombre que ha caído? Parece infartado, sobre las baldosas gastadas del pasillo. Corren.

Sofocados los mirones se apretujan junto a un cuerpo exánime que nadie quiere abandonar. Un hombre bajito se arrodilla, lo ausculta y comienza a hacer movimientos de resucitación. Llega una ambulancia y se llevan al chacarero. Siguen los gritos y discusiones de los dueños de pequeñas parcelas que arrojan los pagarés por el aire. Vuelan con sus alas de papel al ritmo vertiginoso de la ruina.

“Vayan, vayan a la Fiesta de la Vendimia. ¡Viva Mendoza y su Vendimia!”, gritan desesperados los chacareros y viñateros.

El silencio se hace eco en el recinto. Sale un juez y, tratando de tranquilizar a la gente, pronuncia las palabras que todos esperan: “Vamos a aguardar, por ahora no “innovaremos”. Pondré una medida cautelar”. Se miran y saben que no innovar es un tiempo para poder rescatar sus tierras. Sus manos ásperas acarician los pagarés que reparte el secretario.

Volverán a la finca, a trabajar como todos los días del año, como un día cualquiera, como siempre.


 

LILA

 

      

“Cae lentamente al estanque, donde los nenúfares le hacen bromas a las libélulas que copulan para continuar con la vida” Anónimo.

 

        La pequeña Lila va dejando esa edad, cuando no se ha vivido sino una niñez tranquila y festiva. Al cumplir los once años, su amada Edelmira, madre del corazón, comenzó a tener esa tos pertinaz y dolorosa, que la derrochaba sobre blancas sábanas y almohadones orlados de puntillas. Comía poco y dormía mucho. Su piel se transformó en un frágil alabastro suave, a veces ambarino, a veces por las fiebres y calenturas de un encendido color encarnado. Una fina pedrería de sudor, refrescaba su arrebol. Cual rocío matutino cada prenda que cubría su escuálido cuerpo humedecido, el satén y las sabanillas. El ralo cabello otrora dorado, era una mata selvática que desparramaba sombría, desdibujada y pajiza.

        Lila la veía como se iba deshaciendo día a día. Casi como una hoja transparente de seda, o de esas que se colocan entre las hojas de los libros y semejan un encaje ocre, simulando ser hoja, simulando ser un tul de finísima estructura. La amaba. Espiaba cada momento sus convulsiones que comenzaron a ser cada minuto más cercanas y terminaban con unas gotas de sangre. Los ojos hundidos y condecorados por medialunas violáceas.

        Su padre, Alcides Morelos, la había traído cuando Lila apenas daba unos pequeños pasos para caminar, y ella, le dio la mano y el amor de una madre inexistente. Nació del amor de ellos, un muchachito de cabello negro, ojos oscuros y rebelde. Creció jovial y dislocado. Reía y rompía cada regla, cada voto, cada reflexión que quisieron inculcarle, en la casa era infrecuente verlo sentado a la mesa, dormir a las horas apropiadas y en la escuela duró tan poco que apenas aprendió algunas letras y números del ábaco.

        Siempre el padre observaba a ese muchacho díscolo y mal aprendido, con desconfianza. Y sí, un día se escapó llevándose una jaca brava. Tenía apenas doce años. Lo trajo un juez, con un moretón en la mejilla y un brazo fracturado. Sin caballo y sin zapatos. El padre, pagó la deuda de los destrozos que había hecho en el pueblo y lo encerró una semana en la alcoba. Lila le llevaba en escondidas algunas confituras y limonada fresca.

        Salió más tranquilo, pero… lleno de ganas de vengarse. Edelmira murió. Su esposo, lloró sobre el cuerpo triste y el corazón vacío. Lila lloró a su lado y juntos la llevaron bajo el jacarandá que ella amaba.

        Cuando el muchacho cumplió quince años, su padre fue a buscar un cargamento del puerto y se quedó dos meses, esperando el barco. Cuando regresó encontró a Lila con el rostro sombrío. Callada y triste. Creyó que extrañaba a Edelmira. Pronto supo que la muchacha estaba embarazada. Su hermano, la empujó por la escalera y el niño murió sin nacer.

        Pasó un tiempo en que el padre trató de saber quién era el padre de aquel vástago. La niña callaba. Cada momento más taciturna y esquiva. Su hermanastro la miraba con dureza y presagio de golpizas. Ella cumplió quince años y el muchacho catorce. Lila le rogó a su padre que la dejara marchar de la casa a un convento. No era posible que la aceptaran si sabían del embarazo y pérdida. Se transformó en un fantasma en vida. Cada noche, encerrada en su alcoba, espiaba por una hendija cuando su hermano pasaba rondando por los pasillos como gato silenciero.

        El padre necesitó marchar nuevamente al puerto y cuando regresó, ella nuevamente estaba encinta. La duda ya no era duda, claramente era el muchacho el causante de ese destrato. Golpeada y arrastrando su pudor adormecido, llegó a término. Nació una hermosa niña. El muchacho, en la noche, la tomó cuando Lila dormía y la llevó al río y allí la arrojó sin el menor dolor.

        Los gritos despertaron la casa. ¿Dónde está la niña? ¿Adónde y quién me la ha quitado? La risa descontrolada del muchacho dejó a todos boquiabiertos. Un malvado demonio vengativo. Un truhán. Un asesino.

        Con quince años había sido capaz de abusar de su hermanastra y matar su hijo. El padre tomó la escopeta y sin pensarlo mucho, lo corrió por el campo y lo acribilló cayendo, este, sobre el trigo dorado que ya maduro, quedaba mojado por la sangre de quien fuera de su propia sangre.

        Dicen los lugareños que al día siguiente Lila flotaba en el estanque junto a las libélulas y flores de pétalos blancos.   

 

 

UNA MONEDA DE ORO DE LUÍS XV

 

Nunca supe cómo llegué a las manos de mi dueña. Ella es una doncella de catorce años y vive en una casona en Rue Saint Michel. Ayuda a Madame Regine de Garigny en la recepción de sus amistades, cuando a las tardes se reúnen para leer a los poetas.

De unas manos, que ni recuerdo, pasé a ser el bien más preciado de Cristinne. Y me escondió en un pañuelo que encontró olvidado en el sillón de terciopelo gris del salón una noche al despejar la sala. Como un amuleto, me dejó en el cajón de sus enaguas. La pobre muchacha ha llegado del interior, de la Provenza, un otoño en que París parece languidecer con las calles y los Campos Eliseos, están bastante despoblados. En algunas zonas se ven personas que hacen fuego con pedazos de maderas que juntan de los barrios altos y se calientan, los pies descalzos o mal cubiertos, con botas viejas y rotas.

Cristinne, sale con madame al mercado a comprar quesos y verduras, algunas chuletas y vino. El coche las espera rodeado de chiquillos que mendigan unas monedas y pan. Madame Regine suele repartir generosamente pan y algunas monedas de baja valía.

Al ingresar en la casa, se saca el sombrero y le pide a la jovencita que caliente agua para sumergirse en la enorme bañera de latón. Pone perfume de violetas y con jabón de malva tiene que ayudarle a sacar el olor fuerte que trae del mercado. Son momentos en que mi dueña sueña. Piensa en todo lo que puede hacer con un Luís de oro.

Han pasado los años, Cristinne, se casó y dejó París, me llevó consigo en su pequeño bolso, pero en la carretera a España, los asaltó un grupo de hambrientos y yo caí en manos de unos truhanes. ¡Qué horror! Cuando me vieron un hombre sucio y con un solo ojo, me mordió y dio un grito de júbilo. Yo creí morir, siquiera me derritiera como las velas de sebo que usan para iluminar sus magras cuevas. Nunca más veré a mi niña. Siempre perfumada y bondadosa. ¡Era su más preciosa joya! Y estos malhechores, me manosean con sus dedos llenos de ajo y tierra. Creo que hay uno, que tiene un diente de oro, que va a matar al que me mordió la primera vez, porque le leo la mirada de avaricia cuando el mugroso me expone a los ojos de unas pobres mujeres infelices cargadas de chiquillos enfermos y hambreados. Sucedió. Lo acuchilló por la espalda y me arrebató de un braguero inmundo que tenía el difunto. Me besó. ¡Qué asco! Su boca parece una cripta donde yacen cien muertos pudriéndose. Me escondió en su bota, que a decir verdad le robó al esposo de mi querida Cristinne. Pero el olor nauseabundo es de sus calcetines viejos y rotos por donde emergen dedos llenos de ampollas y sangre seca.

Este monstruo viaja con dos landreros que se solapan en los recodos y asaltan los coches de gente decente como uno. Si encuentran otras parientas mías, dan gritos que retumban en los bosques donde se esconden. Yo, me caí en un cruce de caminos de las botas del ladrón y lo perdí de vista. Quedé allí, enterrada en un colchón de hojas y barro por bastantes años.

Aparecí en un siglo que por los sucesos es por lo menos cien años después. Una máquina muy ruidosa, me despertó removiendo árboles en el bosque. Cuando vio, quien la usaba,  algo tan brillante entre las raíces de un viejo árbol soltó un grito: ¡Alto!

Buscaron y rebuscaron por más, pero, yo soy una sola. Mi nuevo dueño es un tipo rudo, mal hablado y hosco. He visto unos carros muy ruidosos que no llevan caballos. Parecen animales metálicos con un motor. Escuché que le dicen automóviles, pero son muy primitivos, ya verán más tarde por qué. Me llevó en una bolsa pegada a la tela de su chaqueta en dónde había una sarta de cosas: una navaja, unos papeles, un peine, monedas que ni se asemejan a mí.

Cuando se hizo noche, se alejó en un aparato parecido a dos ruedas con unos caños que supe es una bicicleta. Llegó a una humilde vivienda de las afueras y entró como un tropero, vociferando que había encontrado algo “precioso”. ¡A mí! Una mujer lánguida casi desnuda, sin peluca ni faldas amplias, lo cazó de un brazo y le exigió que me mostrara. Ella tendió su mano y ahí, quedé yo, sola, triste y preocupada. ¡Esa mujer no tiene la ropa adecuada como mi ama anterior!

Algo extraño pasó. Me dejaron escondida debajo de una losa del suelo en una habitación junto a una chimenea a carbón. Y desde allí solo escuchaba las peleas de esos dos seres que parecían rugirse. Pasó un tiempo corto y llegaron unos pequeños, por las voces diría con mi poca experiencia que eran como siete. Hablaban con unas palabras que yo no había escuchado nunca. Era un argot novedoso y tardé un tiempo en descifrar lo que significaba. Los muchachos y jovencitas venían de un mercado cercano en el que mi descubridor vendía madera y plantas o hierbas medicinales. ¡Eran puras mentiras! Las plantas no curaban a nadie, pero traían jugosas monedas que un día juntaron conmigo. Gran error. Una de las chiquillas, una noche hurtó varias, entre ellas a mí, y me llevó a un bar donde un muchachote la embriagó, la amancebó y por supuesto le quitó su dinero, luego, supe por oídas, que apareció en un callejón con la cabeza aplastada. El indigno varón, fue puesto en un barco como prisionero y lo llevaron hasta una isla, en medio del Mediterráneo. Lo despojaron de su bolsa y yo fui a parar a un cofre muy paquete del capitán del bote. Así luego de unas cuantas detenciones en puertos del oeste de Europa, se hizo a la mar, con un pequeño grupo de marineros y siguió hasta la Isla de Asunción. ¡Qué clima hermoso! Allí pasé de mano en mano por compras y ventas varias y fui regalado a una verdadera dama.

Con Sully Kinleroyt permanecí un tiempo largo. Me hizo incrustar en una pendiente que bailoteaba entre sus senos jóvenes y tibios. ¡Era, yo, una atracción a los ojos avaros de muchos: hombres y mujeres!

 Mi adorada Sully envejeció. Un día me regaló a la más bonita de sus sobrinas. Anny, quien me guardó entre varias joyas que recibió de sus mayores.

Pasó mucho tiempo para que yo entrara en el continente americano. Viví en Brasil, luego pasé a Paraguay y terminé en Buenos Aires. ¡Una enorme ciudad del sur!  Por todo lo que me ha sucedido me defino como un sobreviviente.

En esa gigante ciudad ya había entrado el siglo veinte. Tenía calles enormes, pampas enormes y era un país enorme. No puedo recordar cuándo me entregaron en un Lugar donde prestaban dinero cuando dejaban objetos: Algo como: Monte Pío. Junté paciencia en una vidriera oscura y oscura. Hasta que vino un inmigrante libanés y se prendó de mí. Era un comerciante inteligente y creativo.

Viajaba haciendo negocios por todo ese enorme territorio que parecía tenerlo Todo: trigo, arroz, ganado vacuno y equino, petróleo, un mar gigantesco y gente que hablaba español y mezclaba con palabras de los distintos idiomas de sus exiliados del mundo.

De él, he oído de dos guerras de las que me salvé en Europa y de otras en oriente. Pero ya soy un poco más finita, más pequeña, por el eterno desgaste al que me he visto torturada. ¡Es mi dignidad por ser de oro!

En una zona montañosa donde Amín, mi dueño, se enfermó con un enorme bulto en una muela; me tuvo que entregar a un “dentista”; en mis épocas pasadas se les decía “saca muelas” y lo hacían los barberos. Pero ahora he visto, cuando le pasó conmigo varias libras esterlinas de oro, un papel recortado en un marco de madera, un certificado de este señor de bata blanca; que indica que es Cirujano Dentista. Me miró con curiosidad y se puso a hablar de historia, mi historia. ¡Bueno, de la época en que me acuñaron allá en Francia! El entusiasmo del hombre, el otro con la boca abierta, lo escuchaba embelezado. ¡Siempre los dentistas los tienen con la boca abierta!

Gracias a ese caballero, un erudito en historia, me enteré de cientos de cosas inventadas y creadas entre que me acuñaron y hoy. ¿Saben que han encontrado un remedio para la viruela, la peste negra y hasta hay un descubrimiento que cura la “tisis”, la lepra, la sífilis y tantos males que llevaban a la pobre gente a las fosas? Yo no lo conocía. Es un milagro. El libanés quedó encantado con el orador. Le pidió si quería que le enviara clientes y por supuesto, dijo que sí.

Cuando el comerciante dejó el lugar sin su muela y su flemón y con unas monedas valiosas menos, el doctor ingresó en su hogar y llamó a su esposa y le mostró mi cuerpo. Ella, le pidió, que la quería guardar. Él, la quería vender para comprar herramientas para su consultorio; ganó la mujer. Así, viví un tiempo en una pulsera de oro que tenía como dije mi dueña. Me amaba. No era avara, era una persona llena de amor por las cosas bellas.

Un día que salió a festejar un aniversario de bodas, entraron dos cacos y me arrebataron del cajón donde estaba guardada. Y junto a otras chucherías bonitas me llevaron a un sótano donde me hicieron lo peor que le puede pasar a un ser especial como yo: me derritieron y me juntaron con otras joyas para no ser detectados por la policía. Los muy ignorantes, no sabían que tenían una “Inmensa Historia” frente a sus narices.

Todavía mi ex familia me llora. Yo, no puedo decirles donde estoy, no lo sé.

 

DETRÁS DE LA VIDA

 


Detrás de nuestra luna, inmaculada que ilumina la alcoba,

 

duerme la nostalgia del día de los besos entre cielos e infiernos.

 

Detrás del solsticio de verano, serena y triunfal, estará la peonía

 

buscando los colores del refugio incierto, vagabunda  en la noche.

 

Detrás, el alivio producido en la carne perfumada de lluvia,

 

quedará la herida profunda del silencio. Haremos un santuario.

 

Allí, detrás de la hendija que dejó en la conciencia un suspiro,

 

una brecha de hielo, una copiosa fuente de vino añejo y ámbar.

 

Allí, en la orilla de nuestro ayer alegre, sobre el perfil del muro

 

donde cayó la vigilia, amaneció el verano plagado de frutales.

 

Allí, donde dejamos las manos trenzadas entre algas y arenas movedizas

 

cambiando la tristeza, trocando la música estridente por otra melodía.

 

Ahora es tiempo de recuerdos. Es tiempo de despertar con el alma

 

cubierta de jirones de risas y lágrimas errantes en la madrugada.

 

Detrás estarán las reliquias con motes y renombres de un amor olvidado,

 

en cofre de esmeralda y sellos apretados con insignia de fuego.

 

Detrás está la sombra. Los manteles bordados y la antigua vajilla,

 

los cubiertos de plata con sueños de otro tiempo. Un pasado muerto.

 

Tú, con tu alter ego escondido en los pliegues de la frente y las manos.

 

Yo, con la tristeza a cuesta por la gente perdida en  viejos recovecos.

 

Ahora, la mañana que se abre entre brisas y helechos de silencio.

 

¿Qué nos espera ahora? La siesta que adormece en un lecho agrietado.

 

Una voz de palabras pesadas y un cuaderno cerrado con señas perdidas.

 

Sigamos caminando, la calle es larga y detrás hay una aurora esperando.

 

 

 

 

CINCO ESTRELLAS

 

¡Sabía que las noticias malas llegan como las tormentas sin aviso!

-Señor Gordon, tendrá que acompañarnos-

Llegó cantando. Estaba feliz. Se había tatuado en la nuca cinco estrellas de cinco puntas. Eran de tamaño pequeño, pero se veían hermosas. -¡Nosotros pusimos el grito en el cielo. ¡Un judío no puede hacerse eso. La Ley lo prohíbe. Ya verás como se enojará el rabino.- dijo la madre.

-Mamá, yo no practico, me he cortado la barba y los peiot.- ¿Qué dirá el Seide? ¡Hay, qué fácil es para ustedes todo ahora!- ¡Cortala mamá! Soy el mejor de mi clase y en básquet y tengo el record en natación en la piscina juvenil.

-¡Ariel!¡Hijo Mío! Que Yahvé te proteja.-

Esa madrugada del sábado llegó la patrulla hasta el edificio. Salió Esther con la peluca sobre los ruleros y apenas cubierta con una bata gastada. -¿Familia Gordon? El dueño de casa por favor, que baje a la vereda con documentos somos de la policía estatal.-

Ismael se puso un pantalones, se acomodó la kipá, como pudo en su calva y bajó corriendo, con el documento en la mano y aterrado.

-¡Hay una posibilidad que identifique a unos muchachos que se han accidentado!-

¡Mi Dios! ¡Subió, se cambió bajo el diluvio de lágrimas de su mujer y su hija! Ya verán que no pasa nada, les dijo. Subió a su coche; que como todas la familia de esa cuadra estacaba en la calle. Siempre defendiéndose de los bribones, entre la vereda y las alcantarillas. Siguió a los policías. Llegaron, como era de esperar a un edificio descascarado, sucio y sombrío. Con olor a creolina y a cigarrillos, humedad que atravesaba cada pared y arista de las habitaciones mugrientas. Lo hicieron entrar a una sala donde estaban sentados unos tipos ignotos, groseros malolientes, con lentes gruesos, ropa vieja; que se escarbaban con palillos comida de la boca mal cuidada. Algunos sin rasurarse y silenciosos que lo miraron con desprecio ¿Quién sabe quién este fulano?

Señor Gordon pase. Sobre unas mesas de granito negro lidiaban con tres cuerpos. Se acercó despacio; destaparon a uno de los jóvenes. Sus ojos  se agrandaron cuando vio en la nuca del muchacho cinco estrellas de cinco puntas con un balazo en el medio. Un grito se atascó en su garganta y cayó con un infarto mortal sobre el piso de la morgue.

LA REVANCHA

 

El hermoso muchachito, fue criado por su abuela. Su madre había soñado con tener a su pequeño, sabiendo la fragilidad de su salud. Al nacer, pasados algunos meses, se fue apagando como la luz de un candil. Una mañana de otoño, la dejaron junto a su padre en el camposanto del pueblo.

La abuela, dulce y generosa se atrevió a desafiar la ira y lo educó con esmero. Toda su infancia fue estimulado y era feliz por eso  y solo por eso vivía haciéndole chanzas y bromas a sus amigos. Ellos lo querían por su buena predisposición y generosidad. Cuando terminó el ciclo secundario y su pueblo no tenía nada  para darle, los profesores – amigos, lo instaron a viajar a la capital para  ingresar a la universidad. Allí logró honores y premios, becas y apoyo económico y además el reconocimiento al alumno más divertido y brillante para los actos académicos, donde descollaba por su ingenio. También conoció a una joven  inteligente, culta y refinada, a quien amó con presteza. Loco de ternura y emoción la desposó en breve tiempo, formando una familia hermosa y muy graciosa. Al tiempo nació su pequeña hija Anelisa y después el pícaro Lautaro, que llenaba de dulzura sus vidas. Eso no impedía que en el club y en su oficina, José Carlos no siguiera con esa retahíla y chascos de mil formas y modos con sus amigos y compañeros. ¡Se la  tenían  jurada!    

Una mañana envió a su amada Lucrecia con los niños a su  avioneta particular a buscar a su  adorada abuela. Allá fue la amante esposa y sus retoños. Cuando promediaba el medio día en su oficina comenzó a zumbar el fax. Mientras leía, un dolor  agudo comenzó a presionarle el pecho. Se ahogaba y perdió lentamente la visión. “Terrible accidente, avión estrellado en las sierras” ¡Imposible recuperar a tu familia...! La luz se iba apagando en sus ojos, una sombra gris rojiza afloraba delante de sus manos que alcanzaron a tomar con fuerza el calendario que en letras claras en color fosforescente decía... “El 28 de diciembre Día de los santos inocentes...” ¡Caíste en nuestras manos... tus amigos del   club...! Y cayó sin vida sobre su escritorio.

 

 

 

LOS ACANTILADOS

  

La buaturé seguía por la angosta carretera de cornisa. Dentro viajaban los oficiales de la GESTAPO. Sus uniformes impecables, dominaban el espacio y las manos lechosas de los jóvenes militares, contrastaban con el rubor de sus mejillas. Eran casi niños. Ya habían muerto en batalla los viejos combatientes de muchas contiendas. Heber, había salido de sus últimas cátedras de física en su ciudad: Berlín. Su madre había llorado varios días y en las noches caminaba como un sonámbulo dentro de su habitación. Él, creía en las palabras del Führer y se entregó maravillado a su trabajo. Otto, era rústico y desconfiado. Miraba con resignación esa tarea que no le gustaba. Añoraba su granja, sus tropillas de caballos y yeguas, que largaba en los alrededores del río. Frank, era muy religioso. No hablaba y leía obstinado su Biblia.

El camino se fue estrechando y comenzaron las rocas multicolores y los precipicios, el chofer era un regordete anciano, que dejó su familia obligado. No quería entrar en esa vida. Su ropa era estrecha, le dolían los pies, con las botas viejas y muy usadas que le habían proporcionado. Además, fumaba unos extraños cigarros de un olor a muertos espantoso. Frank, le dio suavemente la orden que dejara de hacer eso. Fumar. Él, se le rió en la cara. Mire Niño, yo hago lo que quiero. Ya no tengo edad para disparates. No supieron cómo actuar, era falta de experiencia y no sabían lo osados e inescrupulosos que eran otros oficiales de la GESTAPO.

Al llegar a la orilla de mar, pero sobre una carretera que bordeaba cerros y viejas montañas, el auto se detuvo. ¡Debemos bajarnos señores! Los neumáticos no resisten el peso.

Otto, sacó su luguer y puso punto final al chofer. El viejo despatarrado, quedó sobre un costado. Heber se alejó, estaba fuera de si. Nunca pensó que ese muchacho, haría algo tan desopilante. ¿Mataste a un servidor de la causa? No obtuvo respuesta. Sólo escuchó la voz de Frank diciendo: Ahora el coche rodará con menos peso.

Esa locura lo sobrepasó. Heber comenzó a discutir sin pensar la reacción de sus compañeros. En el camino, entre los vientos fuertes y el movimiento de los pinos, se oyó un balazo. El cuerpo inerte de Heber, cayó por el acantilado y quedó extendido en la orilla del mar. Las olas cubrirían su cuerpo y con lo que ocurría en la zona, pensarían que había sido algún enemigo del régimen.

El coche siguió su derrotero, ellos tenían que ir a cumplir con la consigna final. Matar al Führer.