lunes, 25 de enero de 2021

UN HOMBRE QUIETO

 

Un hombre edifica dos sueños.

Crea un reloj y trabaja hasta la última hora sin pausa.

Sueña con el esplendor de las paredes sin rejas,

Con las montañas llenas de nieve,

Con una guitarra que vibre en serenata nocturna.

Cree encontrar la tierra preñada de vestigios minerales.

Espigas infinitas y parrales con uvas.

Corre por la vereda de la calle empedrada, llamando

Con voces milenarias a los ancestros.

Un hombre de ciudad que avizora el futuro.

Sobre los árboles están los ojos que observan su tarea.

Y de pronto la humedad levanta la ciudad.

La niebla envuelve al tímido buscador de tesoros.

Él, sigue caminando. Las piedras no lo hieren.

Las doce campanadas del torreón lo despiertan.

Amanece entre enormes murallas con barrotes.

Sobre las paredes se ven unos ojos que observan.

Un sollozo lastimero eleva su tristura dormida.

 

 

UNA HISTORIA SIN IGUAL


            Belisario Hortubia estaba sentado en el café de “Chivato Rojo”, succionando su décimo cigarrillo negro, tan negro como el odio de su alma por ese destino de mierda que lo puso cerca del Sargento Melitón Rosmualdo Quintero. Un verdadero traidor a la causa de los humildes y desperdiciados trabajadores de la tierra de Rodeo. Esperaba la hora de ingreso a la reunión de la “confraternidad de los herbolarios”. Un sindicato armado de incógnito por un grupo de rebeldes cófrades de Rodeo.

            Alrededor de las veinticuatro, cuando ya el humo desdibujaba el rostro de los parroquianos y el olor a “macho” caliente y sucio por el trajín de las máquinas y la falta de agua y jabón. Belisario se irguió y haciendo resonar sus nudillos, se acercó a la mesa siete donde se vislumbraba la enorme humanidad de Don Chicho Fernanducchio, el capataz de la “Cosechera Violeta”, el siciliano, con un eterno toscano y mirada acuosa repasaba los nombres de los presentes para denunciarlos al Sargento. Su abultado vientre flatulento discurría en sonora sinfonía cerril, cuando el cuchillo de Belisario, le informó su disgusto por estar entreverado con los cófrades. Se oía apenas el silbido de las tripas en huida precipitada y cayó el “pucho” entinto en la sangre grasosa del entregador.

            Todos salieron en silencio buscando la puerta para asistir a la reunión. A él, le salió la bolilla roja y cumplió con su misión. El siciliano boqueaba en el roñoso piso del “Chivato Rojo”. La policía nunca supo que fue un guapo hijo de la tierra quien completó su tarea.

            Al Sargento Melitón Rosmualdo Quintero lo fusilaron a las cinco de la mañana en la plaza de armas, por traición a la Empresa cuyo dueño, era el diputado Nacional Belarmino Soria Ruettes.

  

LA LUJURIA, de LOS PECADOS CAPITALES Y OTROS MAS


            La miraba desde la ventana. Era una criolla de pechos hermosos, con cabello negro que caía sobre las caderas generosas y piernas torneadas. No podía dejar de espiarla.

Ella tenía un marido que llegaba de tarde y él, veía como se amaban sobre cualquier lugar de donde podía verlos. Su pubis le atraía como las mariposas a la luz. Se babeaba.

            Dejó de ir a la fábrica hasta que se quedó sin un peso. Los cigarrillos ya no saciaban su “Hambre” de hembra y comida. Tuvo que salir a buscar un laburo.

            Encontró un garaje donde lavar autos ajenos y lustrar vidrios. Con el dinero que le daban se iba derecho a los cafetines donde había “minas” y dale que dale…entre brazos apretaba los senos o los muslos de unas pobres muchachas que no hablaban ni una sola palabra en el idioma de acá. Entonces descubrió que eran polacas que habían traído engañadas. La calle de los lupanares estaban atestados de portuarios de todo el mundo  a los que atrapaba la lujuria. Todos querían sexo. Ella, como muñecas de cera ni se movía en los brazos de hombres rudos y olorosos. La madama, les obligaba a bañarse antes de entrar a los tristes camastros donde chirriaban los flejes de un lecho viejo y  maloliente.

            La calle se llamaba Pichincha y la cola llegaba a una cuadra. Hombres solos y desenfrenados que pretendían “amor” sin mucho esfuerzo ni euforia. Obscenos se arrastraban sobre los catres como anguilas de fuego. Y ellas, pobres hambrientas, ya no tenían lágrimas.

          Cuando volvía a su altillo seguía espiando a la mujer de sus sueños. Ella se sorprendió viendo que él, la miraba detrás de una cortina sucia se rió a carcajadas. “Cachonda” le hizo una seña que invitaba a su lado.   No era diferente a las rubias del burdel. Cruzó la raya, se metió en la habitación y un cuchillo le atravesó el corazón. El marido lo había estado esperando.

            Cayó desde la terraza y nadie supo qué pasó, pero a ella nadie la volvería a espiar con lujuria un desconocido desde una ventana mugrienta de un altillo.

 

 

 

LA CORRUPCIÓN, DE LOS PECADOS CAPITALES Y OTROS MÁS

            Dejó pasar el tren dos veces antes de subir al que había elegido. Desde niño supo que se quedaría con ese hermoso edificio de la ciudad donde vivía esa anciana de mucho apellido y medio excéntrica. ¡Claro que ella no se daría cuenta de la maniobra!

            Todo comenzó el día que su tío que trabajaba como sereno en el edificio del casino le contó la historia. Doña Primitiva es viuda y sin hijos. Viene de una familia de rancia estirpe. Siempre la lleva el chofer a una casa de campo que tiene en las afueras. Ella va con su caniche. No tiene familia y a mí me llena de billetes para que la cuide cuando sale.

            En el verano, antes viajaba en un auto descapotado a un lugar hermoso de la costa. Me contaba que el único problema era la arena que con el viento solía meterse por todos lados. Me pidió que le consiguiera una acompañante y la charlé a la muchacha que vive en el tercero “C” que es una aprendiz de bailarina. Ella encantada se fue con la señora y cuando regresó, venía que parecía había tocado el cielo con las manos. Le había regado hasta un abrigo de piel de zorro nuevo que ella ya no usaba. Ahora que cumplió los ochenta está más sola y enferma. Yo te digo es un tesoro en bruto la vieja.

            Así comencé a pensar cómo podía meterme en su vida. Doña Primitiva debía haber nacido en algún lugar y según comencé a investigar estuvo casada con un hombre muy adinerado que adoraba viajar. A veces ella no lo acompañaba. Para averiguar mejor fui al registro civil. Allí me presenté como ayudante de su notario. Les inventé una historia y el viejo carcamán que atendía por no molestarse en trabajar un poco más, me puso en las manos un montón de papeles sobre la vida y haberes de la señora. ¡Claro que le deslicé unos cuantos billetes! Y  ni me hizo firmar el cuaderno de entrada.

            Así me enteré que tenía tres departamentos en pleno centro, alquilados por monedas y que sus inquilinos le enviaban con el chofer, un viejo que se caía a pedazos.  Ella no los conocía. Supe de los campos en Chivilcoy y de unas minas en San Luis que según decían los papeles eran de oro, sí, tenían oro. Luego de sacar fotocopias de las escrituras, le agradecí en nombre de la señora Primitiva Méndez de Petrichelli, y me subí a un taxi. Llegué a la pensión y me puse a estudiar los ventajosos escritos.

            Pensé en inventar una vida nueva para mí. Yo era el hijo “bastardo” del viejo Petrichelli. En un viaje se había enamorado de una bella cantante y me había concebido sin que ella supiera. Me inventé un nombre bien tano y luego de averiguar, me dieron el nombre de un oficinista que por unos cuantos pesos me haría una partida de nacimiento en calle Uruguay. Me inventé una fecha aproximada de un viaje que mi tío le había preguntado a ella cuándo viajó a Europa y luego de varias idas y vueltas, porque el tipo no era ningún tonto le pagué el doble y me dio una nueva historia donde yo era hijo “ilegítimo de don Aurelio Petrichelli”.

            Dejé pasar unos meses y me presenté con la anciana. Me había comprado un traje de marca, zapatos “gamuza”, camisa de seda y hasta pasé por una peluquería de fama.

            Cuando llamé al departamento, salió el chofer casi ciego y me miró con cara de asombro. -Soy el hijo de Aurelio Petrichelli, y quiero hablar con la señora Primitiva.- Casi se cae de culo.

            Me llevó a un anticuado living y allí, apoltronada con el caniche que me ladraba feroz, estaba la mujer. Me hicieron tomar un té en vajilla de porcelana que en mi vida había usado. Le hablé de “papá” y le pedí mil disculpas por venir a arruinarle la paz de su vida… pero ella estaba feliz. ¡Hasta me encontró parecido al difunto!

            Yo le conté que una vez me había llevado a conocer la casa de la playa, claro, por mi tío sabía como era. Él, tenía un excelente detalle por la muchacha del 3ª “C” y entonces se secó unas lágrimas y me comenzó a contar historias de la casa. Yo me moría por dentro de risa.

            Volví con bombones y flores y me fue dando cada día más confianza. Me dijo que pensaba que por fin los bienes quedarían en la familia y que no le importaba que fuera de una escapadita de su marido que era un santo.

            Tuve que inventarme un viaje de trabajo y por supuesto con mi tío, nada. Él, recibiría su buena parte de lo que yo me quedaría. Llamé a un abogado conocido al que le pagué con la escritura de uno de los departamentos cuando Primitiva se fuera de este mundo. Firmó totalmente feliz, la pobre vieja. Un día que fui a comer con ella estaba hecha harapos porque su chofer se había muerto. Entonces ahí mismo me regaló el “Mercedes”.

            Cuando cumplió los ochenta y tres, le dio un derrame y mi tío la encontró muerta en el departamento. El caniche a su lado le lamía las manos leñosas y frías. Lo saqué de ahí y la chica del 3ª “C” se lo llevó. Enterré a mi” Madrastra” y me instalé en el departamento. Un amigo que se hizo pasar por abogado y escribano, sacó a los inquilinos del departamento que me quedaba y el otro se lo di al falso abogado. De un día para el otro fui dueño de campos casas y hasta del chalet del mar. Mi tío ahora vive como un “bacán” y yo acepto que nadie podrá demostrarme que hice, porque la corrupción de los oficinistas no me puede inculpar nada. Ellos caerían conmigo y como están bien Untados… todos están felices.

 

 

jueves, 21 de enero de 2021

ANA FRANK, DE MIL POEMAS DE ANA FRANK, ISLA NEGRA- CHILE

 

             RASGUÑÓ LAS PAREDES DEL ALTILLO

            SURGIERON SÓLO ESTRELLAS AMARILLAS.        

 

RASGUÑÓ LA PIEL DE MARGO Y DE SU MADRE

 

SURGIERON BLANCAS VIOLETAS PERFUMADAS.

 

RASGUÑÓ LA PIEL DE “PETER” EN UN ABRAZO TIERNO

SURGIERON MARIPOSAS DE COLORES QUE ESCAPARON

 

RASGUÑÓ LAS TABLAS DEL VEHÍCULO

SURGIERON GOTAS DE SANGRE Y LAMENTOS…

 

RASGUÑÓ LAS PAREDES DEL HORNO CREMATORIO

SURGIERON LÁMINAS DE PLATA EN EL AIRE DE BERGEN BERGE

 

REGRESÓ SU PADRE AL TIEMPO DE LOS CAMPOS

SURGIÓ UN CUADERNO CON TU NOMBRE… ANA.

LIBERTAD… ANSIADA LIBERTAD


Caminaba por el sendero sobre los acantilados. El viento lo empujaba hacia el mar. Se sostuvo de las enormes piedras que servían de pared evitando que las majadas cayeran por el precipicio. Su silbido atrajo a las ovejas que se habían dispersado para buscar su alimento entre las rocas. Las fue llevando hacia la zona cercana a la cabaña.

Encendió un buen fuego. Crepitaban los leños entre las piedras. Un reflejo rojo  semejante a un sueño crepuscular, se fue apoderando de la cara de Timoty. Comió un trozo de pan con queso que le puso tía Cateryn en la alforja. Sentado se apoyó en el rústico pasto del almiar, y se fue quedando quieto. Esa noche las hembras parirán y algunas necesitarán de mi ayuda.  Se quedó dormido.

Un enorme fuego se consumía frente al hombre que lo miraba con curiosidad. Su figura era extraña. “Levántate y camina”, esa voz era turbia y lo llevaba hacia una elevación del terreno. –“Mira tu futuro, debes aprender a cuidar la llama de tu juventud, si no lo haces, serás un pobre pastor senil, sin hogar”- lo hacía andar entre un estrecho pasaje de tierra árida. –“Si no imitas a tus ancestros, será el fin de tu linaje”- “Mira cómo lo hago yo, habilidad que heredé de mis antepasados y te traslado para que sepas realizar esta faena con escrupulosa precisión”. Y lo veía hacer fuego con una pequeña varilla sobre un tronco. Con unas manos rugosas y descuidadas.

 Se fue despertando con el vagido de las hembras en parición. Corrió, pero era tarde dos habían quedado en pleno trabajo sin poder expulsar los nonatos y estaban muertas. El sol se iba despertando y el fuego de la hoguera se dormía. El tío Jeremy lo golpearía al ver su negligencia.  

Miró hacia la cabaña y vio luz. Ya estaban atareados en la cocina y seguro el primo Isaías, ayudando con los animales y el forraje. Sacó un cuchillo afilado y fue separando la piel de los nonatos y de las ovejas muertas. La carne sería secada y ahumada, las pieles guardadas por valiosas.

Cuando terminó, comenzó a silbar y arrastró a los animales hacia el corral. Al ingresar a la cabaña, la tía Cateryn estaba arrebolada con el fogón donde se cocinaba una sopa de habichuelas y carne  de conejo. Se detuvo ante la imperiosa voz del tío. –Jovencito… ¿cuántas ovejas nacieron anoche? ¿Y qué traes ahí entre tus prendas?

El ancho capote de lana no logró ocultar el bulto de pieles y carne. –Nacieron siete y dos murieron… en el trabajo de parto. -¿Madre y cría? No puede ser y ¿Tú qué hacías para evitarlo?- Y se fue a la clava donde pendía un lazo de cuero. Lo tomó con ira y en sus ojos se encendió ardiente la ira. –Eres un indolente, un necio, un malvado… no tienes futuro- y comenzó a azotarle las piernas. No comerás hoy en nuestra casa. ¡Vete! Arréglate como puedas haragán, estúpido.

Timoty sin decir una sola palabra dejó la carne y las pieles sobre un mesón junto a la olla que borboteaba en la cocina. La tía lo miró con tristeza. ¡Ese pobre muchacho era tan poco hábil para las tareas que se le encomendaban; que pasaba muchos días en el granero junto a los animales, sin comer. Se quedaba dormido hasta que Tom, el perro, lamiéndole el rostro, lo hacía volver a la realidad. Salió disparado pero no se quedó en el habitual linde. Salió a deambular por el bosque, silbando una canción que recordaba solía entonar su padre cuando vivían en York. Tom, lo seguía con la cabeza gacha y la lengua sedienta con saliva que dejaba un hilo en el frío terreno como para saber regresar. Se sentó en un árbol que había derrumbado el viento, esa racha de aire que desgajaba abedules o pinos enromes, que a veces solían juntar en la carreta y luego secaban para tener buen fuego en el duro invierno, que era violento en la región. Olvidó la alforja y allí tenía cerrillos para encender el fuego. Recordó su sueño, el viejo que le había mostrado como prender la llama sin fósforos. Tomó un tronco de pino y lo apretó bajo los pies, y con un palillo comenzó a frotar, le dolían las manos, le sangraron por hacer tanta fuerza hasta que un sutil humito comenzó a desprenderse entre las hebras de lana que había acomodado junto al palo. Lloró, por primera vez en muchos años lloró y de su garganta salió  un amenazador grito gutural. Era su triunfo sobre la muerte.

El fuego asustó al can que comenzó a gruñir y luego corrió hacia la espesura del bosque. Estaba solo. Estaba vivo. Estaba libre.

Comenzó un ritual de antiguas brujerías… dando vueltas y vueltas en rededor de la fogata, blandiendo un cuchillo que por pequeño parecía de juguete y no de un guerrero.

Tom regresó y le lamió las manos heridas. Lo acarició y sintió que ya no necesitaba a sus tíos y el albergue que le obligaba a ser un servil ayudante para subsistir. Ya era hombre. Ahora se animaría a ir a la ciudad a buscar en el bar alguien que le pagara por su trabajo. Pero esperaría un poco. Primero tenía que recuperar los papeles que guardaban en la casa en un antiguo baúl, sus parientes. Conocería su verdadera identidad, su origen, su casta y con eso estaría más liberado. No tuvo miedo. Se animó a pasar la noche en la espesura y con una fogata que ahuyentaba a los lobos y alimañas hostiles. Lo despertaron los gritos de Isaías y su tío Jeremy. Lo estaban buscando. ¡Bueno, parece que se asustaron! Mejor contesto y que vean que ya soy un hombre. Sintió un hambre feroz. Ellos llegaron guiados por el perro. Lo abrazaron y lo tocaban para cerciorarse que no estaba herido. Solo las manos muy despellejadas. Regresó caminando lento a la cabaña. Tía Cateryn le puso frente a la nariz un jarro de cerveza y un trozo de carne asada con manzanas y patatas. Comió con desgano, no quería perder su libertad y dejarlos pensando que era un triste hambriento. Sacó de su capote un puñado de setas que recogiera en el bosque y que Cateryn apreciaba mucho, las dejó sobre el mesón y se fue a los corrales. El perfume envolvió la cocina.

Isaías, se acercó y le preguntó si en la noche no había oído a los fantasmas. Su risotada desperdigó a las gallinas y a los gansos. - ¡Fantasmas… si que eres niño!- y siguió recolectando huevos de entre los nidos de las aves. -¡No me hagas reír tanto, yo no solo no le temo a las ánimas ni creo en fantasmas! Mi madre me enseñó a exorcizar con un rito de los antiguos cristianos que habitaban por aquí. – Tom se acercó y le traía en el hocico una paloma cazada por él. –Toma, llévale a tu madre para que la ponga en el cocido, que con esas setas y nueces que recogí ayer, se harán un festín. Acarició al perro y con sumo cuidado colocó las diferentes posturas de aves en canastos con paja seca.

Ingresó a la casa y el calor interior invadió su cuerpo helado por el aire frío de la región. ¡Qué gozo proporcionaba el hogar con el perfume de los leños que crepitaban en el fogón! La vida. Un sueño que iba despertando su instinto de muchacho veinteañero.

Pidió prestado el caballo para ir al pueblo. Con rezongos el tío le permitió aprestarlo y cabalgar. Disfrutaba su libertad.

Después de un tiempo a lo lejos escuchó el murmullo del río y el ruido de los jamelgos sobre el puente de madera que permitía entrar en el poblado. Las primeras casuchas tenían el color humo de las chimeneas primitivas. Vio algunos escoceses que con su ropa típica se movían rumbo a la taberna. Otros iban a comerciar en la feria del lugar.

Se cruzó con familias que junto al padre seguían de a pie el camino. Llegó a la calle principal, pasó frente a las ruinas de lo que fuera un convento antes de la persecución, vio algunos mendigos que buscaban una limosna entre las manos laboriosas de los granjeros, y algunas muchachas que mostraba su figura tratando de conseguir clientes para las tabernas. Recordó desdibujada a su madre. ¡Era hermosa! Recordó el cabello rojo que se desparramaba sobre su espalda como lenguas de fuego, sus ojos grises y su boca pequeña. ¡Esos labios que lo besaban cada noche cuando era pequeño! Suspiró. No podía llorar, era un hombre y libre. Un soldado se plantó frente a él y le propinó un puñetazo. Ahora eres un soldado del rey, irás a la lucha con la bandera de tu país. Lo maniataron y cayó del caballo. Rodó y así se perdió en el tiempo la memoria del pequeño Timoty. Había perdido su lograda libertad.

EL INTRUSO


EL INTR 

                  Había dejado de llover. Leandro entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba solo. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo como pena, apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por qué a él? ¿Por qué en su traga luz? ¿Por qué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?

                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maseta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Quedó solo. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.

                     Lo miró a los ojos, quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su amante lo odiaba. Te extrañaba, pensó. Pero no esperaba que me hicieras algo así, tan desatinado. Todos se enterarán que éramos amantes. Se reirán de ambos, sin piedad.

¿Quién llenará mi alcoba con perfume de almizcle y romero en las siestas de verano?

Llegó la ambulancia y llamaron a la policía. No podía explicar lo sucedido. El cuerpo de Luciano masacrado. Los vecinos vinieron a mirar y se admiraban de lo limpio que estaba todo. Las plantas del traga luz perfumando el pasillo y los departamentos cercanos.

Leandro demostró que no había estado en casa. No había un arma ni huellas por ningún lugar. Nadie había escuchado gritos ni peleas. ¡Son tan discretos estos chicos! Raro, muy raro. La puerta no estaba rota ni las ventanas. Se llevaron a Luciano envuelto en una sábana blanca con el monograma que bordó la tía Felicitas. Parecía un duende.

La policía  rebuscaba algo… para inculparlo. Él, estaba anonadado. Les mostró cada rincón, cada resquicio, cada escondite de la casa. Nada. No encontraron nada.

Se fueron sospechando que había algo escondido.

Desde el altillo de la casa de al lado, una ráfaga mostró un rasguño de sangre en la pared. Se movió alguien en la ventana. Era un muchacho hermoso que lo miraba con odio. Leandro cerró la puerta y corrió la cortina. Supo que había sido él. El intruso. Mañana lo denunciaría.

Al amanecer salió rumbo a la calle y no vio el arma.