sábado, 20 de marzo de 2021

EN LA TRASTIENDA

 

            El mercadillo estaba repleto de vendedores y transito de comerciantes que a viva voz intentaban atraer  compradores. Los vegetales brillantes y las aves colgaban como flores vivas de colores de los tenderetes. El perfume fuerte, mezcla de mil especies, merodeaba por entre las alfombras y vestidos de mujeres y niños.

            De un pequeño portal, salía una música fuerte que aturdía y rompía los oídos de los caminantes. Azedinne se cubrió el rostro y tras el velo buscó con desesperación a ese hermoso joven que le había ofertado un collar de turquesas en la feria del mes pasado.

            Su padre no le había permitido regresar y le dio varias monedas a su hermano Abdhul para que la acompañara a la Medina. Éste por dinero era capaz de ir hasta a la tienda de ropa del centro más caro de la ciudad. El minarete comenzó a llamar a la oración y todo quedó quieto. Los hombres de rodillas con la frente al piso, rezaban las azuras del Corán y las mujeres de bruces como verdaderas esclavas del Venerado. La mayoría sabía de memoria el libro sagrado, pero por ser mujeres no podían rezar a viva voz como los hombres.

            Un extranjero, las miraba asombrado. Azedinne le escuchó decir que parecían flores negras gigantes postradas en las piedras. Pronto todo se volvió a mover, los hombres caminaron a las tiendas, los ancianos a sentarse en los portales rezando con su rosario de cuentas infinitas y las mujeres como pájaros oscuros comprando con la ayuda de sus hermanos o hijos varones.

            Ella, caminó despacio observando con sus ojos que transparentaban dulzura. Ojos negros de azabache luminoso, se llenaron de tristeza cuando lo vio. Estaba en la  trastienda de un negocio tomado de la mano con una joven extranjera. Su corazón se desmembró. Salió corriendo y su velo voló por el aire. Un susurro de temor y el manotazo del hermano la pusieron en alerta rápido. El muchacho salió tras ella, la alcanzó y le pasó el velo. Mientras la miraba con una forma amorosa y bella. ¿Qué hacía esa extranjera en la tienda?

             Abdhul la sentó en una silla y le ayudó a componerse, para eso era un “hombre” de trece años. Mientras le prometía que averiguaría sobre el joven vendedor. ¡Claro que por un billete!

            Durante los días de la semana,  Abdhul, se entretuvo en la Medina haciendo preguntas sobre el joyero. ¿Es casado? ¿La tienda es de él? ¿Y la extranjera? Toda clase de interrogantes que los mayores comenzaron a preocuparse porque no era bueno que un muchacho averiguara tanto. Todos comentaban sobre su hermana, que había cometido el pecado de hacer volar su velo. Él, avergonzado daba mil explicaciones.

            Su madre comenzó a sospechar. Le quería sonsacar el tan interesante apuro que había adquirido de ir al mercadillo de la Medina. Pero él, serio, solo contestaba que andaba buscando un ajedrez especial. ¡Que Alá, lo perdone! Mentía descaradamente.

            Un amigo del padre apareció por la casa de los chicos. Venía como “casamentero” a preguntar por Azedinne. Y el padre, inocente le pidió una visita de los padres del muchacho.

            Arreglaron la boda. Y dicen que ha quedado en la historia del mercadillo el vuelo del velo de Azedinne al que le han agregado mil fantasías de amor.

viernes, 19 de marzo de 2021

LLEGANDO A TAIWÁN

  

Fue un viaje mágico. Al pisar tierra y enfrentar ese mundo de gente arremolinada con sus bártulos, ver cada rostro con sus ojos llenos de luz, me sentí que entraba en un el territorio irreal de otro planeta. No veía en ningún rincón un occidental y pensé que estaba irremediablemente en otro mundo. Entendí lo que es ser analfabeto. Cada cartel, cada señal, me era ajena. No entendía qué decían esos signos que ordenaban la vida de los humanos. ¡Gracias a Dios iba rodeada de mis amigos que sí, eran taiwaneses y me ayudaban!

Estaba invitada a la boda de uno de mis alumnos que había alfabetizado en castellano en Argentina. Viajé con toda esa hermosa y generosa familia de 35 personas. Apenas pasamos aduana subimos a una trafic para ir a Taichung, nuestro destino. Cansada y sorprendida, miraba un verdadero enjambre de autopistas que se enrulaban en distintas direcciones y en distintas alturas una sobre otra como los edificios de departamentos de las grandes ciudades.

Desde la ventanilla miraba sorprendida en las casa luces rojas. En mi ignorancia pensé: “¿Cuántos Hoteles Alojamiento o Burdeles?” Cosa que no congeniaba con el estilo de vida de los “budistas” y siendo tan estrictos con la educación de las tradiciones. ¡Me equivocaba! Supe al llegar a la casa de los mayores, que eran los “altares familiares” que se entronizan en cada vivienda a los Antepasados.

Esa noche caí redonda al lecho. Habían alquilado una cama occidental, para mí, ya que ellos duermen en edredones en el piso de la vivienda. A la mañana siguiente sentía la sangre como si hirviera. Era el haber dado vuelta alrededor del mundo hacia oriente. Me esperaban en la casa de al lado. Las viviendas tienen cuarenta metros cuadrados. Y son muy pequeñas. Poseen un baño mínimo, pero con una profunda bañera con agua caliente que disfruté. No tienen cocina al estilo occidental, ya que el ama de casa se sienta en un pequeño escabel, corta las verduras en un recipiente y por orden del gobierno no pueden acumular desperdicios por cuestiones ecológicas. Ya no hay espacio para la contaminación. Es una isla de alrededor de seiscientos kilómetros cuadrados con una montaña en el medio y agua alrededor con más de cuarenta y cinco millones de habitantes. ¡Hasta los perros están en jaulas apiladas una sobre otra en las (ínfimas callejuelas) como en propiedad horizontal!

El desayuno excelente. El cariño indescriptible. ¡Pero me tenía que adaptar a su tradiciones! Por lo que la primera tarea fue asistir a saludar a los ancianos de la familia. En la casa de la “Abuela” caí como un extraplanetario. Me acercaron a la dama que ocupaba un sitio importante. Allí, yo, ignorante recibí un “rosario de cuentas budista” y que tomé afectuosa y le “plantifiqué un beso en la mejilla a la abuela”. ¡OH, el ¡Ay! ruidoso de toda la familia me paralizó! ¿Qué hice? Ella sonrió y dijo algo en taiwanés. (No se preocupe… he visto en televisión que los occidentales se dan besos). ¡Era la primera vez que alguien en su vida le había dado un Beso!!! Ni siquiera el esposo, ni los hijos, ni los nietos. ¡Ni sus padres! Y yo, mendocina ignorante le dí el primer beso de su vida. No sabía dónde esconderme. Pasado ese momento, me subieron a un auto y por tortuosas callejuelas me llevaron a un sitio donde según me explicaron tenía que honrar a el “Abuelo” que había fallecido hacía poco tiempo. Llegamos a un parque de no más de una manzana. Allí había una especie de tumba redonda frente a un atrio donde a los costados había dos estatuas de cerámica de colores vivos, que representaban a un hombre y a una mujer. Vestían trajes tradicionales. Me entregaron tres varillas de incienso color rojo con letras doradas, me indicaron que pidiera autorización a las figuras de cerámica para acercarme a la tumba. Así lo hice. Explicando quién era yo, y luego comenzó mi ceremonia de bendición y honra al “Abuelo”. Lástima que no tenían una filmadora, sería genial para una película ver una mujer occidental, haciendo reverencias con el fuego sagrado de las varillas. Luego el resto de la familia hizo sus bendiciones. Yo como católica me sentí muy emocionada, Dios, pensé está aquí junto a mí.

Cuando regresamos a la casa, me sentí muy feliz. Pero…debía ir a la casa de otro familiar a cenar por mi condición de docente de los futuros esposos. Allá fui, con un regalo: Un disco de Tangos, porque la dueña de casa amaba el tango Argentino. Conocía todas las letras de memoria: Gardel, Tita Merello, Discépolo, Del Carril…en fin yo ni se la mitad y tampoco lo aprendí a bailar, cosa que siempre lamento. Esa noche me recibieron como una reina. Catorce platos diferentes era el menú. ¡La esposa del hijo mayor, cocinaba sin participar de la cena! Yo no lo podía creer.

Antes de la boda, me llevaron a conocer el Instituto donde habían estudiado mis alumnos. Era un colegio Jesuita. El director, un norteamericano, sacerdote, hacía diez años que vivía en Taiwán y a través de mi italiano, ya que no hablo inglés y mínimo mandarín, le pedí la Eucaristía. ¡Nunca lloré tanto como en ese momento! Tan lejos de mi patria, rodeada de budistas y tomado la Santa Hostia, era un regalo que me deparó la vida.

Luego de la ceremonia donde se prometieron Kuo Wei y Pey Ti, me invitaron a conocer el sur; tomamos el tren a Caushung, y atravesamos los campos de arroz de esa hermosa isla. Isla que fue nombrada en la antigüedad como “Formosa” por jesuitas portugueses…y realmente es hermosa. Pasé veintinueve días increíbles.

Siempre me sorprendo reconocer que no conozco zonas de mi país y recorrí de norte a sur y de este a oeste aquella maravillosa y pujante isla: Taiwán.

 

NUESTRO PARAÍSO


A la saga de un centauro correremos...

me dijiste, empinando mi cuello sobre el muro

de espejos de la alcoba

el mundo pareció descalabrarse en estallidos,

caían rastros de tormentas en el lino blanco de la cama

fuego, mucho fuego de antorchas

destruyendo la calma de nuestro paraíso.

 

Y el paraíso se transformó en un mar embravecido.

Cada ola era una ráfaga de pétalos de suave terciopelo,

donde una mano atrapaba los suspiros.

Hoy somos un puñado de loicas que cantan lejos

y los nidos están desparramados como fuentes sin agua.

 

Me dijiste haz silencio mientras besamos la piel

mientras   vemos el sol apagarse tras los muros.

Las montañas se abren en bramidos rotundos y voraces.

La nieve cae entre las sábanas que lloran el néctar

de tus besos   y mis besos que perdimos en la noche.

 

¡Mira el centauro que nos quiere tentar con sus rugidos!

 

EL CALLEJÓN DE LOS RABILOSTKY

 

Aun la calle tenía ese sabor de la tierra virgen, como de potrero. Separaba la zona nueva de la vieja, era un callejón sin forma. Cerca, el ferrocarril, que transportaba mercadería a Bs. As.,  congregaba alrededor de sus veredas, a trabajadores golondrina en espera. Junto al callejón se quedaban sentados, le daban un cierto vapor siniestro a las cuadras que circundaban los vetustos galpones. Había gente muy pobre, hambrienta, que se paraba en las veredas de tierra apisonada, esperando ser convocada para alguna changa. Obreros casuales, alcohólicos escondiendo su botella en las acequias, groseros en el lenguaje y peleadores, pero respetuosos de las señoras y niños de la zona. Recuerdo que le despojaban a ese lado del barrio la posibilidad de crece y modernizarse. Incluso había una fonda que llamaban: “La Cueva del Chancho”. ¡Era sucia y temible! El olor a grasa y fritangas invadía varias casas.

Pero había un límite. Era el callejón de los Rabilostky, donde florecía la panadería más surtida de la alameda. Allí paraban autos modernos, carretelas, bicicletas y motonetas para abastecerse del mejor pan y facturas de la zona.

Ningún hombre que no estuviera sobrio se atrevía a pasar por allí, pues don Samuel, que tenía cinco hijas mujeres era como un gladiador cuidando su puesto de combate. Rubias y de ojos celestes, las muchachas, solían atender en épocas de vacaciones. Eran estudiantes brillantes y todas llegaron a ser abanderadas del Max Nordeaux, el colegio hebreo de calle Alberdi.

Una mañana del verano del 63, un voraz incendio apresó la casa que estaba detrás de la panadería, donde habitaba la familia de don Samuel. Un enjambre de curiosos se arremolinó tratando de hacer algo, pero nadie se atrevía a saltar la tapia, con las llamas que tentaban al infierno. Sólo un hombrecito de la esquina del ferrocarril, uno de esos eternos esperanzados por trabajo; se metió en la acequia, empapó sus pobres ropas y trepó por el muro del callejón. Así fue ayudando una a una a las muchachas, que chamuscadas, lloraban a los gritos. Por último saltó la madre que cayó en brazos del valiente obrero. Don Samuel,  encendido y despatarrado, cae en la tierra del callejón, aun agitado por el esfuerzo y el terror. Un grito de “Viva” explotó en las gargantas de los mirones y un abrazo fraternal con lágrimas negras de hollín, surcaron los rostros de los dos hombres.

Después de la reconstrucción, el valiente salvador, comenzó a trabajar en la panadería y envejeció al lado de don Samuel que le enseñó el oficio.

 

 

Nací en un barrio que crecía con diversidad de razas, de religión y gente. En la vieja Alameda convivían los gringos, con sus caras redondas de pelo alborotado; había una Mezquita con sirios y libaneses que abrían las tiendas junto a los judíos. En la calle España estaba la Sinagoga  y el club, que servía a los hebreos para juntarse. Por eso allí aprendí a respetar las diferencias, a amar a la gente distinta y cuando íbamos a misa pasando por los zaguanes saludábamos a cada uno y a todos sin distinción de origen ni de religión. Tan sólo eran nuestros vecinos…

 

Hoy después que el barrio cambió tanto, me acerco a saludar a los fantasmas de aquella niñez mía, tan difícil. Pero a veces, siento las voces de la gente que se agolpa para saludarme y me pregunta por cada uno de los que se han ido. Algunos a barrios cerrados y otros lejos. No quiero hablar de los que por vejez, ya no están juntos a nosotros, es la vida que corre como el agua del Tajamar y las acequias. Esa Alameda  que dicen que plantó San Martín y que fue el eje de vitalidad, de sueños, de penas compartidas, alegrías propias y ajenas. Allí aprendí a amar la diferencia, a respetar a cada uno por ser quien era y cuando paso con la premura de este tiempo, no sé si debo llorar o reír… siento que pertenezco como un grano de sal en el mar de la vida a ese espacio llamado barrio.

DON JOSÉ EL BUEN MECÁNICO

 


 Un día supimos que el vecino se llamaba  José y era un verdadero mago para arreglar todo. Eran épocas en que las casas no tenían rejas y las puertas cancel permanecían abiertas en los zaguanes.  Las veredas brillaban y a la nochecita se escuchaba el silbato del policía que hacía la ronda para tranquilizar a las familias. Todos se conocían y salían en las tardes de veranos con silletas a tomar el fresco en las veredas. Los niños jugaban con las bicicletas o patines. Otros a la mancha venenosa o las bolitas. La payana era el preferido de las chicas de doce a trece años y los varoncitos las miraban de reojo mientras intercambiaban figuritas de fútbol o automovilismo, la difícil era la de Fangio en Italia. Los vecinos hablaban trivialidades o sobre fútbol y las mujeres de la última película o novela en capítulos de folletín.

Don José, como todos, se sentaba en una silla baja y entre las piernas colocaba algún motorcito que estaba limpiando o arreglando. Sus manos siempre hábiles, tenían impregnado el aceite de máquina o la grasa de litio. Hacía maravilla con las “Singer” cuando se trababan y ya sabía arreglar los lavarropas a paleta, que eran el tesoro de algunas señoras del vecindario. 

Los chicos lo querían y lo rodeaban porque mientras hacía sus tareas contaba historias de cuando era chico. Había vivido siempre junto a la alameda, al lado de la sinagoga y los rabinos le daban un espacio para que guardara algunas máquinas que no le entraban en su tallercito.

Un día se fue del barrio sin explicaciones, se lo extrañó tanto, que todos preguntaban por él. Una vecina le contó a mi mamá, que el bueno de don José, se había enamorado de una mujer casada, que vivía en la calle España. El marido, que era violento y golpeador, lo descubrió y prometió matarlo con su escopeta. Huyó, sin dudas. Así después de muchos años lo vimos regresar, canoso y senil el rostro, buscándola. Supo que había enviudado. Nunca la encontró. Dicen que está internada en “El Sauce”, el psiquiátrico de Bermejo. El viejo la fue a buscar, pero nadie quiso decirle si ella vivía. Papá, me relató, que Asunción, así se llamaba aquella mujer, había vagado un tiempo por el barrio hablando sola, juntaba bolsas con papeles y trapos, dormía con unos perros callejeros y que nadie la ayudaba. Apenado papá, trató de ayudarla, pero se negaba asustada. Él, le  pidió a un amigo que la internaran y cuando desapareció, creyó que había sido en un hospital de enfermos mentales. Mamá me contó otra cosa… pero prefiero olvidarlo, ¿para qué saber cosas tan tristes que no tienen remedio?

EL VENDEDOR DE LA “CARRETELA"

 

       Era un hombre tan delgado que seguramente remedaba a Mahatma Gandhi. Su llamado de atención parecía una canción lejana. El viejo caballo atravesaba la calle San Martín de punta a punta y todas las calles aledañas con el sonsonete: “Turco vende todo, kohol, jabones perfumados, perfumes orientales y puntillas”. Salían las mujeres a comprar a la calle con apuro. Las patronas mandaban a sus mucamitas corriendo a comprar chucherías, para solucionar algún olvido. Siempre olía a perfume barato; “Mi clavel” era el preferido y engominaba los bigotes dándole una imagen “diabólica”. Con su cháchara enamoraba jovencitas inexpertas. Recuerdo la vieja carretela con la capota de hule negro cargada de puntillas y canastas con productos de perfumería. Un día descendió  sobre la calle Barcala, junto a un portón frente a casa. Allí lo vi entero, parado y sonriente. Llamó, y al salir la “Paca”, mi vecina, que tenía veinte años, entró el vendedor en la vieja vivienda de adobe, dejando su caballo manso atado a un árbol.

Un día ví a la Paca, salir vestida de novia, con un velo blanco cubriéndole la cara. Subió a la  carretela y se perdieron por la senda empedrada Pensé mucho y descubrí, que el amor tiene recovecos, que yo, que cumplía 12 años en pocos días, no entendía. ¿Acaso la Paca, podía querer a ese hombre como en las novelas de la radio? El “Turco”, debía, a mi entender,  cargar varios años más que la novia. ¿Cincuenta años tal vez tenía? ¡Si podía ser el padre de la novia! Era tan feo… y áspero. Hoy a la distancia pienso que no era tan mayor, pero igual era mayor que mi vecina. ¡Mucho mayor que ella por supuesto! Nadie la volvió a ver. Las malas lenguas del vecindario comentan que la Rosa, su madrastra la vendió y que el esposo, el “Turco de la carretela”, la llevó a vivir el un lugar, lejos, muy lejos, donde las mujeres van todas cubiertas de velos negros.  La Rosa, después del casamiento de la Paca, se compró una casa con patio y jardín en las afueras. Sus hijas se casaron con hombres de dinero y viven como reinas. ¡Pobre Paca, siempre la recuerdo con sus ojos llenos de lágrimas salir vestida con su traje de novia prestado. Eso lo supe después, porque nunca se lo devolvieron a la Jesusa! ¿Me preguntó si será feliz? Pero en los días de zonda me parece que entre el aire caliente que levanta el polvo de la calle en arabescos, veo el caballo arrastrando los canastos con perfume barato, a “Mi Clavel” y escucho la voz nasal del hombre tratando de vender sus puntillas.

 

LA MARÍA COCINERA IMPERDIBLE


              La María sacaba a todos de la cocina a palmadas. Ella era la reina y su patrón, el doctor, la mimaba más que a su hermosa mujer.

 Era gorda la cocinera, morena de cabellos atados en un enorme moño de áspero pelo negro y sus caderas, se balanceaban con ritmo afroamericano. De sus marmitas salían unos sabores exquisitos y los niños gozaban de salud eterna. Crecieron como sólo ella, podía hacer crecer a quienes se prendían a sus milanesas, a su puchero o a su pasta con queso.

       Todas las tardes salían a comprar al mercado “La Pirámide” los alimentos frescos que María preparaba para esa familia que crecía a su sombra. Tenía más poder que todos los adultos de la casa. Un día se plantó frente al patrón y le comunicó que iba a tener un hijo. La joven señora de la casa, escandalizada por lo inapropiado del ejemplo para sus hijas, le propuso al marido despedir a la “cocinera”. La triste confusión de la señora Elvira, fue mayúscula, cuando el marido prefirió a la empleada. ¡Nadie cocina como María, ella se queda!

       Así fue aumentando la panza y el descontento de la patrona. Un día le preguntó ¿quién era el padre de ese niño? A lo que María le dijo no saber bien, ya que el amor no tenía nombre ni apellido, para ella. La joven patrona se desmayó y el esposo, ofuscado le discutió por lo inoportuno de su pregunta. Enojada la señora de la casa se encerró y no habló por varios días con nadie alegando terribles dolores de cabeza, hasta que por las inquietas necesidades de los chicos, siete en total, tuvo que salir y enfrentar la realidad. La cocinera ya estaba a término y ella que no sabía cocinar, se sintió acorralada. Así nació el pequeño Lorenzo, Lolo para todos los de la casa que lo “adoptaron” como hermano. Nunca se supo quien era el padre del Lolo, pero María siguió siendo la “reina de la cocina”.