lunes, 20 de marzo de 2023

EL RELOJ DEL JARDÍN

 

 

                                                               Un hombre edifica dos sueños, un reloj y un jardín, para lograrlo trabaja hasta la hora sin regreso.

 

               Don Rufino había llegado de su terruño lejano en un barco que transportaba mercaderías del oriente. Abarrotado de cajones, bultos y fardos inciertos; se tenía que acurrucar en los espacios mínimos de la panza de la nave. El olor nauseabundo que latigaba los infiernos oscuros adormecía su vientre que mareado se deshacía en las barandas del puente. El baño era un retrete transgresor de las buenas costumbres. Había ratas y chinches que se pavoneaban entre los barriles, y la mugre que merodeaba cada rincón del paquebote.

              Su compañero era Oscar, quien en el pueblo había cometido dos actos inenarrables por osados y malignos. Él escapaba de la comandancia que lo había buscado con afán, sin saber que ya estaba encerrado entre los montones de materiales que llevaba el barco. Arribaban a los puertos que rodean el mar del Japón, pero no se atrevían a descender. No tenían buenos papeles que los defendieran y esperaban llegar a un puerto de esos que esconden “piratas y “apátridas”. Muchos lugares estaban poblados por irregulares de las fuerzas armadas de países que fueron beligerantes y que no querían regresar a sus tierras por fechorías cometidas y deudas múltiples con la sociedad.

En una tormenta borrascosa y triste, Rufino, comenzó a soñar. Sentía que su vida iba a cobrar sentido cuando creara una familia, una casa con ventanas amplias por donde ingresara el aire puro y sano del mundo, suelo habitable y generoso en donde pudiera hacer posible la actividad que más amaba: trabajar.

Oscar tomó la decisión de abandonarlos en una isla pequeña, donde un truhán más, no se notaría. Y el compañero de la aventura, sintió que se elevaba el ancla de su destino. Lo saludo con un abrazo, le regaló unas monedas de plata que traía y lo despidió sin demostrar lo feliz que se sentía. Ancho el corazón y la esperanza ancha.

Llegaron a un puerto donde el olor a sal y algas, profetizaba una vida. Y bajó su ancla. Con su bulto al hombro y su mano adelantada, saludó a sus compañeros de travesía. Despedida sin mayores ruidos. Rufino, amagó al puesto del sereno guardia y entró como forastero hambriento. Pidió asilo. La mirada penetrante del vigía, descubrió al hombre, cuyo interior no escondía maldad, sino una enorme pena.

Le tendió un papel con varios sellos y lo dejó pasar. Un aroma de calles habitadas, con sabor a guisos y pucheros, despertó su asombro. ¡La tierra prometía!

Caminó con esperanza silbando una canción en la memoria de los ancestros dejados atrás, y se mezcló con parroquianos que laboriosos, iban y venían con sacos llenos de frutos de la tierra. Entró en una fonda y pidió un trozo de pan. Lo miraron asombrados cuando puso una moneda de plata sobre la madera desnuda del boliche. Vino un mozo con una hogaza del más perfumado pan que sintiera en meses. Un tazón de carne y alubias en brebaje celestial, para su hambre. Comió en silencio,                                                      

                                                                                                              

Pronto preguntó por un albergue, ya que hotel era muy caro, pensó. Le indicaron uno a pocas calles. Era una casa antigua y amable. Y pasó la mejor noche que soñara. Durmió con el corazón puesto en la ventana desde donde se podía ver el pueblo. era un lugar hermoso.

UNA CIUDAD EN FUGA

 

                                               En la sombra del aire regresó desdibujando el dolor de tu ausencia.

 

                Entré en el único bar del barrio. Me senté escondido en la silla más apartada. El dueño que esperaba que llegara el ayudante, se acercó para hacer posible tomar el pedido. La seña era simbólica: Un café chico.

            Entraron dos hombres trajeados como los que ofrecen libros educativos en los colegios. Luego aparecieron un par de alborotados jóvenes que llamaban por celular a ignotas amigas. ¡Todo ruido y carcajadas!

                Miraba el reloj con angustia. Tenía el boleto para viajar en pocas horas y no era fácil conseguir un taxi a esa hora. Ella no llegaba. ¡Malditas mujeres, con eso de vestirse, maquillarse y dar vueltas y vueltas, nunca cumplen con los horarios!

            Pero ella no es así, nunca lo fue. Es raro, pensé. Llegó el pibe que trabajaba de mozo. Estaba pálido y despeinado. ¿Sabe, Braulio, ha escuchado las noticias? Ponga el televisor, hay unas noticias terribles.

            ¡Vos por no llegar a tiempo, siempre tenés novedades para distraerme! Ponete la chaqueta y el delantal y pasá por las mesas a levantar los pedidos que faltan.

            No, jefe, prenda la Tele. Ya va a ver. Hay un verdadero lío en todos lados.

            Lo miré asombrado y lo llamé. ¿Pibe qué noticias? Estoy esperando a mi novia y ni viene, algún accidente o… ni me digas.

            No amigo, han llenado las calles de policías y gendarmes. Unos extranjeros que vinieron en un crucero han ingresado con una enfermedad que mata. Hay un escándalo, patrullas, ambulancias y hasta los bomberos. No permiten pasar para nada hacia este lugar. Parece que tienen un “virus venenoso” y súper contagioso. Dicen que han muerto como setenta personas en el barco. ¡Vamos Braulio, prenda la tele y verá!

            Me quedé temblando junto a la mesa. Los tipos sorprendidos, se acercaron para escuchar y los jóvenes se quedaron mudos.

            Ahora cuando llegue, qué voy a hacer. ¿La dejo con estos problemas? Ahí, viene un policía. Trae un barbijo y guantes de látex…

            ¡Señores, no pueden estar acá! ¡Regresen a sus hogares y no salgan si no quieren morir! Es una orden del presidente. Nadie entra o sale de la ciudad sin autorización del jefe de sanidad del gobierno.

            Salí corriendo, tomé el primer taxi que pasó. No me quería llevar a casa. Todo era un caos. Cuando llegué a casa, vi en la puerta una ambulancia. Se la llevaban a ella. Ahora estoy perdido, ni viajo y no puedo estar con ella. Mi amor. Te voy a extrañar tanto. ¿Cómo viviré tu ausencia?          

sábado, 18 de marzo de 2023

UNA MONEDA DE ORO DE LUÍS XV



Nunca supe cómo llegué a las manos de mi dueña. Ella es una doncella de catorce años y vive en una casona en Rue Saint Michel. Ayuda a Madame Regine de Garigny en la recepción de sus amistades, cuando a las tardes se reúnen para leer a los poetas.

De unas manos, que ni recuerdo, pasé a ser el bien más preciado de Cristinne. Y me escondió en un pañuelo que encontró olvidado en el sillón de terciopelo gris del salón una noche al despejar la sala. Como un amuleto, me dejó en el cajón de sus enaguas. La pobre muchacha ha llegado del interior, de la Provenza, un otoño en que París parece languidecer con las calles y los Campos Eliseos, están bastante despoblados. En algunas zonas se ven personas que hacen fuego con pedazos de maderas que juntan de los barrios altos y se calientan, los pies descalzos o mal cubiertos, con botas viejas y rotas.

Cristinne, sale con madame al mercado a comprar quesos y verduras, algunas chuletas y vino. El coche las espera rodeado de chiquillos que mendigan unas monedas y pan. Madame Regine suele repartir generosamente pan y algunas monedas de baja valía.

Al ingresar en la casa, se saca el sombrero y le pide a la jovencita que caliente agua para sumergirse en la enorme bañera de latón. Pone perfume de violetas y con jabón de malva tiene que ayudarle a sacar el olor fuerte que trae del mercado. Son momentos en que mi dueña sueña. Piensa en todo lo que puede hacer con un Luís de oro.

Han pasado los años, Cristinne, se casó y dejó París, me llevó consigo en su pequeño bolso, pero en la carretera a España, los asaltó un grupo de hambrientos y yo caí en manos de unos truhanes. ¡Qué horror! Cuando me vieron un hombre sucio y con un solo ojo, me mordió y dio un grito de júbilo. Yo creí morir, siquiera me derritiera como las velas de sebo que usan para iluminar sus magras cuevas. Nunca más veré a mi niña. Siempre perfumada y bondadosa. ¡Era su más preciosa joya! Y estos malhechores, me manosean con sus dedos llenos de ajo y tierra. Creo que hay uno, que tiene un diente de oro, que va a matar al que me mordió la primera vez, porque le leo la mirada de avaricia cuando el mugroso me expone a los ojos de unas pobres mujeres infelices cargadas de chiquillos enfermos y hambreados. Sucedió. Lo acuchilló por la espalda y me arrebató de un braguero inmundo que tenía el difunto. Me besó. ¡Qué asco! Su boca parece una cripta donde yacen cien muertos pudriéndose. Me escondió en su bota, que a decir verdad le robó al esposo de mi querida Cristinne. Pero el olor nauseabundo es de sus calcetines viejos y rotos por donde emergen dedos llenos de ampollas y sangre seca.

Este monstruo viaja con dos landreros que se solapan en los recodos y asaltan los coches de gente decente como uno. Si encuentran otras parientas mías, dan gritos que retumban en los bosques donde se esconden. Yo, me caí en un cruce de caminos de las botas del ladrón y lo perdí de vista. Quedé allí, enterrada en un colchón de hojas y barro por bastantes años.

Aparecí en un siglo que por los sucesos es por lo menos cien años después. Una máquina muy ruidosa, me despertó removiendo árboles en el bosque. Cuando vio, quien la usaba,  algo tan brillante entre las raíces de un viejo árbol soltó un grito: ¡Alto!

Buscaron y rebuscaron por más, pero, yo soy una sola. Mi nuevo dueño es un tipo rudo, mal hablado y hosco. He visto unos carros muy ruidosos que no llevan caballos. Parecen animales metálicos con un motor. Escuché que le dicen automóviles, pero son muy primitivos, ya verán más tarde por qué. Me llevó en una bolsa pegada a la tela de su chaqueta en dónde había una sarta de cosas: una navaja, unos papeles, un peine, monedas que ni se asemejan a mí.

Cuando se hizo noche, se alejó en un aparato parecido a dos ruedas con unos caños que supe es una bicicleta. Llegó a una humilde vivienda de las afueras y entró como un tropero, vociferando que había encontrado algo “precioso”. ¡A mí! Una mujer lánguida casi desnuda, sin peluca ni faldas amplias, lo cazó de un brazo y le exigió que me mostrara. Ella tendió su mano y ahí, quedé yo, sola, triste y preocupada. ¡Esa mujer no tiene la ropa adecuada como mi ama anterior!

Algo extraño pasó. Me dejaron escondida debajo de una losa del suelo en una habitación junto a una chimenea a carbón. Y desde allí solo escuchaba las peleas de esos dos seres que parecían rugirse. Pasó un tiempo corto y llegaron unos pequeños, por las voces diría con mi poca experiencia que eran como siete. Hablaban con unas palabras que yo no había escuchado nunca. Era un argot novedoso y tardé un tiempo en descifrar lo que significaba. Los muchachos y jovencitas venían de un mercado cercano en el que mi descubridor vendía madera y plantas o hierbas medicinales. ¡Eran puras mentiras! Las plantas no curaban a nadie, pero traían jugosas monedas que un día juntaron conmigo. Gran error. Una de las chiquillas, una noche hurtó varias, entre ellas a mí, y me llevó a un bar donde un muchachote la embriagó, la amancebó y por supuesto le quitó su dinero, luego, supe por oídas, que apareció en un callejón con la cabeza aplastada. El indigno varón, fue puesto en un barco como prisionero y lo llevaron hasta una isla, en medio del Mediterráneo. Lo despojaron de su bolsa y yo fui a parar a un cofre muy paquete del capitán del bote. Así luego de unas cuantas detenciones en puertos del oeste de Europa, se hizo a la mar, con un pequeño grupo de marineros y siguió hasta la Isla de Asunción. ¡Qué clima hermoso! Allí pasé de mano en mano por compras y ventas varias y fui regalado a una verdadera dama.

Con Sully Kinleroyt permanecí un tiempo largo. Me hizo incrustar en una pendiente que bailoteaba entre sus senos jóvenes y tibios. ¡Era, yo, una atracción a los ojos avaros de muchos: hombres y mujeres!

 Mi adorada Sully envejeció. Un día me regaló a la más bonita de sus sobrinas. Anny, quien me guardó entre varias joyas que recibió de sus mayores.

Pasó mucho tiempo para que yo entrara en el continente americano. Viví en Brasil, luego pasé a Paraguay y terminé en Buenos Aires. ¡Una enorme ciudad del sur!  Por todo lo que me ha sucedido me defino como un sobreviviente.

En esa gigante ciudad ya había entrado el siglo veinte. Tenía calles enormes, pampas enormes y era un país enorme. No puedo recordar cuándo me entregaron en un Lugar donde prestaban dinero cuando dejaban objetos: Algo como: Monte Pío. Junté paciencia en una vidriera oscura y oscura. Hasta que vino un inmigrante libanés y se prendó de mí. Era un comerciante inteligente y creativo.

Viajaba haciendo negocios por todo ese enorme territorio que parecía tenerlo Todo: trigo, arroz, ganado vacuno y equino, petróleo, un mar gigantesco y gente que hablaba español y mezclaba con palabras de los distintos idiomas de sus exiliados del mundo.

De él, he oído de dos guerras de las que me salvé en Europa y de otras en oriente. Pero ya soy un poco más finita, más pequeña, por el eterno desgaste al que me he visto torturada. ¡Es mi dignidad por ser de oro!

En una zona montañosa donde Amín, mi dueño, se enfermó con un enorme bulto en una muela; me tuvo que entregar a un “dentista”; en mis épocas pasadas se les decía “saca muelas” y lo hacían los barberos. Pero ahora he visto, cuando le pasó conmigo varias libras esterlinas de oro, un papel recortado en un marco de madera, un certificado de este señor de bata blanca; que indica que es Cirujano Dentista. Me miró con curiosidad y se puso a hablar de historia, mi historia. ¡Bueno, de la época en que me acuñaron allá en Francia! El entusiasmo del hombre, el otro con la boca abierta, lo escuchaba embelezado. ¡Siempre los dentistas los tienen con la boca abierta!

Gracias a ese caballero, un erudito en historia, me enteré de cientos de cosas inventadas y creadas entre que me acuñaron y hoy. ¿Saben que han encontrado un remedio para la viruela, la peste negra y hasta hay un descubrimiento que cura la “tisis”, la lepra, la sífilis y tantos males que llevaban a la pobre gente a las fosas? Yo no lo conocía. Es un milagro. El libanés quedó encantado con el orador. Le pidió si quería que le enviara clientes y por supuesto, dijo que sí.

Cuando el comerciante dejó el lugar sin su muela y su flemón y con unas monedas valiosas menos, el doctor ingresó en su hogar y llamó a su esposa y le mostró mi cuerpo. Ella, le pidió, que la quería guardar. Él, la quería vender para comprar herramientas para su consultorio; ganó la mujer. Así, viví un tiempo en una pulsera de oro que tenía como dije mi dueña. Me amaba. No era avara, era una persona llena de amor por las cosas bellas.

Un día que salió a festejar un aniversario de bodas, entraron dos cacos y me arrebataron del cajón donde estaba guardada. Y junto a otras chucherías bonitas me llevaron a un sótano donde me hicieron lo peor que le puede pasar a un ser especial como yo: me derritieron y me juntaron con otras joyas para no ser detectados por la policía. Los muy ignorantes, no sabían que tenían una “Inmensa Historia” frente a sus narices.

Todavía mi ex familia me llora. Yo, no puedo decirles donde estoy, no lo sé.

 

EN LA CÁRCEL

 


 

La Katia llora, se enoja, blasfema. Se lo dijo mil veces a “Tuco”. Nunca la escuchó.

            La casilla estaba lejos, pero ella tenía un planchado en lo de doña Rosaura y el changueaba en la dársena del híper. ¿Por qué carajo se metió con el Chivo?

            “El hijo e’ puta ese está en la pesada del Tomba, ¿no te da la calabaza para pensar, a vos?

            ¡Vino la cachetada, que sonó como el acordeón apolillado del abuelo!

            Es un güevón el Chivo, ya se me cruzó dos veces y me hizo una seña de… otro golpe y me dejó muda.

            Ahora lo enganchó la “yuta” con merca robada. Asaltaron un camión que venía del puerto de Chile, cargado con teles digitales. No sabían que entre los plásticos había heroína. Los chapó la gendarmería y adentro.

            La Katy se lo había dicho. Es de mal agüero salir un martes trece. El Chivo y el Tuco se tocaron los güevos antes de salir. Para colmos se olvidó sobre la cama el 38 y lo jodieron mal.

            Cuando fue a verlo a Almafuerte, la silla estaba como a dos metros. Le quitaron todo lo que le llevaba. La revisaron de atrás para adelante. La hija e’ puta le abrió el culo y la revisó, negra de mierda. ¡Como si ella fuera una reina!

            Cuando abrieron la puerta y entró el Tuco, estaba hecho un trapo. Golpeado, como un chico ausente. No hablaba. Lloró. La Katy también lloró. ¿Sabes, le dije, ayer soltaron al cabrón del Chivo? Es puntero del partido y lo vino a buscar el “López” ¡Ese otro hijo de p…, no llorés, cagón! Mirá cuando salgas, todos dicen que sos un héroe y, que te van a dar buenos laburos, así dijo el López cuando vino a la villa a preguntarme si vos los habías votado. Yo les dije que si, que los dos y él (caradura) me prometió que salías en dos o tres días.

            Esperá no te vayas, esto te mandan la Jenifer lo hizo en el jardín, porque fue el día del padre. Y esto te manda el “Pelusa” es la foto del gol del domingo.

            Bueno, que mierda, ni siquiera me decís una palabra.

            ¡Ah, que sentís pena! ¿Soledad? ¿Y yo que tengo que esperar ahora, una manifestación? ¡Si sos un boludo! Chau Tuco, tómatela, nos vemos la próxima visita.

 

Vocabulario: sociolecto de las clases sin educación de mi país.

Changueaba: trabajo sin protección estatal, momentáneo, que surge de acuerdo a las  necesidades. Se paga en “negro” y es esporádico.

Tomba: equipote Fútbol de ligas mayores.

Yuta: policía o gendarmería.

Chapó: encontró, descubrió.

Güevos: testículos; entre la gente común signo de buena suerte.

Almafuerte: penitenciaría recién construida en medio de las montañas, alejada 50                            kilómetros de la ciudad.

Cabrón: mala persona, soplón, ingrato.

Laburos: trabajos.

Villa: asentamiento inestable de gente sin techo.

Boludo: tonto, lelo, ignorante.

 

martes, 14 de marzo de 2023

CANDELARIA

 

Odio, Candelaria sentía un odio inevitable, incontrolable. Era una espina clavada en su corazón de mulata. Su vergüenza la dejaba sin palabras cuando tenía que ocuparse de las niñas. Los Lastra eran ese tipo de familia antigua que recibían a las huérfanas para darles un techo, comida y algo de trabajo. Bueno, mucho, muchísimo trabajo. La mayor era una chica callada y triste, pero en su mirada había un desprecio visible hacia las servidoras. Se llamaba Sofía.

La segunda era parlanchina y juguetona, pero educada por una madre muy permisiva, era caprichosa y vivaz, se llamaba Belinda. Y todo el día molestaba con preguntas tontas a las pobres muchachas que ayudaban en la casa. Y la más pequeña, Suspiro, era dulce y sencilla, pero sus hermanas eran verdaderos gendarmes para que no se encariñara con el personal de la casa.

Candelaria, tenía un hermoso cabello ondulado que ataba en una enorme trenza que caía sobre su piel morena en la espalda. Siempre usaba la ropa que le dejaban las niñas, descalza, sus pies de piel gruesa se había acostumbrado a deslizarse sin que la escucharan por las habitaciones de la casa. Odiaba a las tres, porque le hablaban de fantasmas, de demonios que impedían que durmiera tranquila. Odiaba a la madre, porque nunca le permitía ir a ver a su única familia. Su abuela Hersilia, vieja de color que trabajó años en la casa del boticario del pueblo. Ya casi ciega, la habían dejado vivir en la parte trasera de la casa del boticario, un solterón agudo y lleno de melindres que asustaba a la gente con sus espejuelos de oro y su gran bigote cano.

Candelaria tenía que sufrir con las picardías de las muchachas de la casa. Los Lastra eran gente respetada y seca, pero siempre le recargaban de tareas los días que ella podía salir a ver a su anciana abuela.

Odiaba a don Plácido… el patrón, porque cuando nadie lo miraba perdía sus dedos de aguja entre los muslos dorados de la Candelaria. El hombre, la perseguía por los pasillos y corredores de la casa y le tocaba los senos pequeñitos, desde que se hizo una adolescente y cambió su cuerpo de nena en mujercita. ¿Por qué no le hacía eso a sus hijas? Hasta que un día lo vio. Tocaba a la Sofía. Le levantaba la pollerita del vestido amarillo y perdía sus garfios entre la piel nívea de la chica. Y otra vez lo vio con Belinda que la había sentado en sus piernas cuando se hamacaba en el patio bajo las glicinas y enredaderas. ¡No dijo nada! Solo miró y se dio cuenta que disfrutaba ver que el don Plácido era un rufián como el lechero, que manoseaba a la cocinera. Le dio pena por la Suspiro. Era la más buena. La madre o se hacía la tonta o era ciega.

Y ella se quedó callada hasta que una noche entró el patrón a su habitación en calzones y quiso agarrarla. El grito que pegó se escuchó hasta en el gallinero. Salió todo el mundo a ver qué pasaba y la vieron que de un mordiscón le había arrancado un pedazo de carne al hombre. La entrepierna sangraba y el no sabía si llorar o taparse.

Esa noche la patrona le dio con el cinturón una docena de guascazos. A ella, que era la ofendida. Las chicas la escupieron y se mofaron por no haberse callado. Se vistió como pudo, sacó un pequeño atado de ropa y salió despacito rumbo a lo del boticario. Amanecía. Esperó en el zaguán hasta que abrieran. Entró, ya era otro día.

Ese día, doña Hersilia y el boticario, la recogieron como a un perrito perdido. Cuando le preguntaron qué había pasado, no dijo nada. ¿Quién le iba a creer a la mulata que los Lastra eran así?

 

 

Mi lugar de paz y reflexión

 


 

Silencio. Encuentro y gozo de lo pequeño

                        de la belleza de la vida que me asombra.

Replanteo de ayer, de hoy , aunque el dolor me

Arranque del costado una espina           no estoy sola.

Conmigo está la espiga madura, las dulces vides calientes.

Es verano. Un perfume de pan dorado en la mesa,

una copa de sidra en el mantel de hilo, un muérdago azulado

velas chorreando ilusión y espera, una campana.

Y entonces... el milagro. La familia. El pesebre.

Una luz penetra en el pórtico, es Él que penetra en nuestra casa.

O eres tú, padre, que regresas de la noche,

para llenar la casa con aromas de cielo. ¡Qué misterio la vida !

Que misterio. Pero ahora penetro el silencio, cambio

la lumbre de la tarde por la lámpara quieta de mañana.

No hay tiempo en el solsticio de verano para trepar al cielo.

Silencio. Una mirada con nube se perfila en el poniente.

Y la luna, la trágica, me apaña en su celeste rostro de mitómana

señora de la nada, adiós, me dice y retrocedo al ayer.

Sigo contemplando los recuerdos dormidos,

la belleza... la vida. Padre. ¡ Qué misterio tu suerte !

Qué misterio.

EL PEQUEÑO ELEFANTE

 

EL RÍO ESTÁ TODO LODOSO Y SIEMPRE LAS AGUAS TURBIAS.

HABÍA CRECIDO CON CADA TEMPORAL QUE TRAÍDA EL MONZÓN. LAS CASUCHAS DE BAMBÚ, ERAN JUGUETES DEL VIENTO QUE ARRASTRABA TROZOS DE SELVA EN SUS ZONAS ALEDAÑAS. LOS ELEFANTES, ALGUNAS VECES, SE ACERCABAN A SU LODO NEGRUSCO PARA CHAPALEAR EN ÉL. LA MATRIARCA LOS ALEJABA BARRITANDO.

ELLA CONOCÍA ESA TRAMPA SINIESTRA. LOS CAMPESINOS BIRMANOS CUIDABAN CON ESMERO QUE LAS BESTIAS NO CAYERAN EN SUS AGUAS CENAGOSAS.

ESE AÑOS  EL VIENTO Y LAS LLUVIAS SE HABÍAN  HECHO ESPERAR DEMASIADO. LAS ORILLAS TENÍAN EL LODO RESQUEBRAJADO Y APENAS HÚMEDO. LOS HOMBRES NO HACÍAN OTRA COSA QUE MIRAR LAS NUBES ESQUIVAS. EL CALOR SOFOCANTE INVITABA A LAS PAQUIDERMOS A INCLINARSE SOBRE EL BARRO. UN PEQUEÑO ELEFANTE, SE ALEJÓ DE LA MANADA. ATREVIDO COMENZÓ A TROTAR HACIA LA PARTE MÁS OSCURA DEL RÍO. LAS OREJAS DE LA MATRIARCA, SE ELEVARON Y UN BRAMIDO ELEMENTAL SURCÓ LA SELVA.

UN CAMPESINO CORRIÓ TRATANDO DE ENLAZAR CON UNA FUERTE CUERDA AL PEQUEÑO QUE SE IBA HUNDIENDO. UNA ESTAMPIDA DE LA MANADA INTENTÓ INGRESAR EN EL LODO. ATASCADO, EL ANIMALITO, FUE TIRONEADO POR SUS PARES Y EL HOMBRE.

LA CUERDA CORTÓ EL RABO DEL INFANTE. SU BARRITE DOLOROSA ACOMPAÑANDO DE LOS BRAMIDOS DE LOS OTROS ANIMALES DESPERTÓ AL MONZÓN QUE TIÑO DE SANGRE EL AGUA.

LA LLUVIA VIOLENTA CON SU FURIA, LAVÓ AL ANIMAL QUE TIRITABA ENTRE LAS PATAS GIGANTES DE LAS HEMBRAS.

A NINGUNO DEBÍAS MOLESTARNOS AQUELLA MUTILACIÓN. EL PEQUEÑO FUE SALVADO DE UNA MUERTE SEGURA.