viernes, 21 de febrero de 2025

UN VIAJE POR EL VALLE DEL ÁGUILA


                                   SAN RAFAEL, MENDOZA.

 

Un silencioso desierto verde se acicala en la distancia

despeña su espectro un cielo sombreado de nubes blancas

 

cada parva se desliza sosteniendo un nido hueco

una penumbra desgarra la luz de la simiente.

 

La arena es color bermeja

el oasis cristalino y un fantasma se esconde

entre los tiestos de barro.

 

Un águila se agiganta aleteando a la distancia

plumas caen sobre un hombre que dormita

en la canícula.

Se acerca un árbol de acero, esqueleto de otro, vivo.

El silencio sobrecoge.

El desierto verde canta o llora.

RECUERDOS IMPERDIBLES


 

            La ambulancia se detiene frente a una casa humilde en un barrio tranquilo, deja sólo las luces intermitentes que iluminan en rojo y azul la fachada derruida. La mujer que desciende del vehículo, prácticamente arrastra el maletín médico. Su cuerpo agotado insinúa un profundo ensimismamiento. A su lado, el chofer, con una radio pegada a la oreja, disfruta un partido de fútbol al que no puede asistir.

            Cae la tarde, con su mantilla fibrilante de insectos ruidosos. El húmedo calor sofocan al crepúsculo. Un suave golpe en la puerta cancel, transpuesto el zaguán, pasando la sala de recepción, una lamparilla dibuja la alcoba sedienta de vida.

            Semiadormecida yace la solitaria anciana. Abre los ojos lentamente, perezosa y ávida de recibir amigos. Una sonrisa juguetona desdibuja el silencio. Estira el brazo fuera de la primorosa colcha tejida que tapa su cuerpo debilitado por los años, mientras pronuncia palabras de tierno reconocimiento a la pareja de profesionales.

            La médica le toca amablemente la frente, sin mirarla y se desparrama en una hamaca junto al lecho de la enferma. La joven Valentina, no tiene fuerzas para hablar. El chofer ensimismado con el partido se aparta de la mujer. ¡ Está tan sola! Pero la doctora, que por la mañana ha recibido la sentencia de divorcio, tiene un bloque de cemento en el corazón y no habla. No puede, el ancla que se clava en la garganta le impide sentir su corazón herido. Sólo siente el débil corazón de la anciana.

            Como ausente comienza con las preguntas de rutina, que anota en la carpeta, mientras asoman a sus recuerdos los brazos otrora amorosos de Ramiro, su ex esposo. Recuerda cuando por las escalinatas de la facultad la elevaba en sus brazos haciéndola volar como a un pájaro libre, vueltas y vueltas. Su risa fuerte. Sus besos calientes. Recuerda el nacimiento de Natacha y Franco, sus pequeños hijos. Recuerda la boda. Recuerda, recuerdos que le van achicando el pecho. Una lágrima sutil se desliza por su rostro cansado. Ha estado de guardia setenta y dos horas continuadas. Los niños con su madre hoy, ayer con la otra abuela. La casa, cuando regrese estará tan fría como su alma.

            La enferma, observa todo con estupor y sufre. Los ojillos empequeñecidos por la pena que comparte sin palabras. Las cataratas tamizan las sombras, pero su espíritu ve la soledad de Valeria. Entonces le toma la mano, que se detiene en su ir y venir de médica. Automáticamente le sonríe y con sus manos artríticos le señala un álbum en el anaquel de la biblioteca.

            Tito, el chofer, le alcanza el preciado volumen. Al abrirlo, una minuciosa pegatina de recortes de periódicos le muestran el acopio amoroso de la anciana. Tienen fecha. Algunos son de Los Andes, otros del Mendoza y los más antiguos del diario La Libertad. También hay algunos del diario Uno. Valentina se sorprende y Tito se acerca para mirar.

            La mujer busca con ansiedad entre los recortes y les muestra fotos. –“Son de la época en que en los periódicos, se podían leer buenas noticias. Ahora sólo se comunican desastres, muertes, asesinatos y robos. Estos eran de 1956, cuando con mis alumnos de la escuela, ganamos el viaje sanmartiniano, y este es de cuando vos, Valentina te ganaste la beca Calle.¿ Te acordás cómo te ayudé, para que fueras la mejor? Tu padre estaba muy enfermo y no ibas a poder seguir la escuela. Mirá,  acá en este recorte está la medalla de oro que sacamos con el proyecto de vacunación en la campaña.¡ Me acuerdo la carita de los niños entre las viñas, tratando de escaparse por el miedo! Y este recorte es cuando te recibiste de médica. Tu boda. Allí te perdí. Pero un día regresaste.”- las manos temblorosas recorren las páginas con ternura.

            Valentina ha quedado sin habla. Mueve las páginas del álbum y se encuentra con la vida de cada uno de los chicos y compañeras de la primaria. Mira los anaqueles de la biblioteca y observa por primera vez, que hay decenas de álbumes iguales.

            Tito saca otro y se encuentra la foto del actual gobernador, y del jugador de Gimnasia y Esgrima que él admira y sigue encontrando vidas. En cada recorte de diario hay un retazo de historia de la ciudad ajena que pierde su memoria en desvergonzados olvidos.

-¡Mire, doctora, la maestra ha guardado toda la historia de sus alumnos. Pero es cierto... se corta en... ¡ –“¡Estos tiempos, en que sólo se conoce lo feo de la vida, lo que empaña la esperanza de la gente, la falta de recursos para la educación, el hambre”! -  se acomoda la anciana en su lecho y continúa - “ Antes, y no hace mucho tiempo, era noticia un joven que lograba hacer carrera, un becado, un artista que descollaba o un muchacho decente que ayudaba a la gente. Ahora sólo es noticia lo dramático y feo. Y todo pasa rápido y se olvida. Como se olvidarán de mí, y también de ustedes, que día a día hacen milagros para llegar a los pobres que no tenemos posibilidades de ir por nuestros propios medios a curarnos. – se ha agotado en su charla. Penetra entre ellos el silencio agudo de la meditación. Espontáneamente Valentina abraza a su antigua maestra, a quien había olvidado. Se disculpa y sonriente le promete regresar cada vez que pueda, pero no sólo para controlarle la presión sino para hablar de los viejos tiempos. Tiempos que ha perdido y que la prisa de estos tiempos le han impuesto a su vida. Piensa en los niños. Se detiene tan sólo a darle una receta. Disculpándose, la rompe y promete traerle los medicamentos. Otro abrazo y una despedida cargada de afecto y de recuerdos. Sus hijos la esperan y ella tiene algo importante que contarles, recuperó un retacito de su vida.  ¡ Qué lástima que no guardó los diarios en su época!

-¡ Valentina llévate el álbum de tu vida yo ya no lo necesito! – dice la anciana y recuesta su cabellera blanca sobre la almohada. Seguirá soñando con ellos, sus hijos del corazón, que en cada recorte de periódico atesoró por años.

UN ARCAICO PERSONAJE

 


               Cae a plomo un sol interminable. Un sórdido infierno transforma el paraje desértico en un meandro ígneo. Se agiganta la figura de un ser fantasmagórico. ¡Será...! ¿Acaso un humano? ¿Tal vez un cíclope o un centauro inventado por los seres que intentan desaparecer del páramo elástico? Un derroche de rareza de la raza, habita desde los principios más ignotos el yermo. Paraíso nativo, allí despertando a la nueva creación. Una criatura se desdobla frenética como un raro manto de seda. Ha sido concebida para desorientar incluso a los dioses. El reverberar del suelo difumina la figura.

                           Un silencio pérfido predispone al miedo. Se revuelve en la rústica cava pétrea un gelatinoso cuerpo deforme. La soledad atrapa incluso al observador inadvertido que fisgonea en la oscuridad de la fosa. Emerge lentamente el cuerpo fantasmal de una mujer. Su larga cabellera negra tiene mágicos fulgores estelares.  Puebla de formas bellas el lugar.                            Comienza una danza espectral sin música. La joven se contornea bajo el influjo de una rítmica melodía que nace entre las rocas de estalactitas de sales minerales. Una ninfa... de las cuevas ha vuelto a la vida. Se ha desplazado entre el vapor y yace, junto a un enorme cardón en el límite del desierto. ¡La piel aterciopelada de un tenue color ambarino de los nativos inventa un rito de amor!

                   La insatisfacción de mi virilidad adormecida me aprieta el lugar donde aun está el hueco de mi perdida costilla primigenia. Existo como un hombre perpetuo. ¡Entonces  miro la piel y escarbo en  búsqueda de reflejos de un espíritu, de un alma inmortal de esa mujer!  Me acerco y trato de tocar su rostro, anguloso y mórbido como fruta madura, donde unos profundos ojos negrísimos me insinúan una lucha de ancestros transgresores. Es astuta, lo sé. Mi mano se alarga.  Se desplaza la imagen en el intento. No existe. Se diluye como blasfemia en  la nada.  Tiemblo al repetir mi acción y trémulas mis manos atrapan sólo una red de sonidos brillantes, innecesarios, inventados en mi propia soledad. Entonces escapo y el calor del sol me hace regresar a una pequeña sombra. Estoy junto a un antiguo árbol que semeja una catedral de filigrana de madera perfumada. En él, anidan aves ruidosas. Rodeado de malezas y de espinas, mi cuerpo se desploma. Miro mi perfil, en el polvo del camino,  apenas dibujado entre los matorrales. He caído en una trampa. La sed y el hambre estrangulan mi cuerpo herido por la necia actitud de los "otros".

                        Me estiro tratando de aferrarme a una fruta que pende de la rama de un  aguaribay. Me retracto. No es una fruta real, sólo existe en mi imaginación. Un keú grita con sonido  estridente y migra hacia el sur. ¿O es hacia el norte? Ya no importa el rumbo sino que oriente mi flaqueza hacia un territorio fértil. Una vega llena de frutales o  de maíz jugoso.                  Hurgo en mi repertorio  de vegetales ansiados. Un fruto de cardón, dulzón y tibio..., una patata de agua, humilde, que me devuelva la serenidad. Tal vez muera acá en medio del desierto, en medio del reflejo obsceno,  incendio estelar,  ojo de fuego. El  sol asesino.

                          ¡ El Sol, dios generador de los padres atávicos! ¡Los Atapamas, los Tonocotés, los Omaguacas, los Capayanes...! Se está extinguiendo un hijo del desierto.  Nos estamos extinguiendo. Nuestra raza y leyendas. ¿Dónde están los dioses ancestrales... y dónde ese nuevo Dios de los cristianos?

                          Me voy perdiendo en una nube espesa. Ahí veo una " suy-i con puri " * y es la callosa mano atezada de mi madre. Esas manos que en el mortero de algarrobo molía diariamente el seco grano amarillo de la catedral celestial, verde espada que remonta la tierra agostada del secano en  aras rituales. La madre nutricia era, en la puna y el yermo de Sanagasta y Yacampis. ¡Pero el agua de las palmas se pierde entre los dedos en el polvo y se transforma en piedras! Comienzo a transitar por un laberinto de luces y de estrellas lejanas. No volveré a tocar a mi madre. Está muerta, igual que casi toda la tribu. Un extraño mal los atacó y no pudo el " brujo"  ahuyentar el maligno.

            Un tiempo infinito transcurre para que " Sima - Hoy-ri " ** vuelva a la realidad. La saeta de fuego ya palidece y comienza a tenderse como una sábana violeta el atardecer sobre las tolas y chañares, sobre los churquis y las queñoas. Las cigarras, los bumbules trepanadores y los millones de insectos ruidosos empiezan su ronda nocturna en busca de agua y frescor. Así se inicia su peregrinar hacia la quebrada. El frío avanza como un enemigo ansiado, sabe que con su camiseta de lana de vicuña, ahorrará calor del día solar. Sus "ursutas”,  son fuertes y aguantan hasta las espinas gruesas de algunos cactus y añaguas. Se yergue con dificultad y continúa.

                           - ¡ Debo atravesar este páramo y buscar a los blancos! Los hombres buenos me ayudarán.- piensa.  Pero el cuerpo cada vez más pesado y las piernas más dolientes, impiden el esfuerzo.

                            De pronto un ruido estridente atraviesa el cerebro del hombre. Se despierta en otro espacio... fisgonea en busca de señales  claras. ¿Dónde estoy...?- se pregunta.  Tiene el cuerpo desnudo entre las sábanas enroscadas  sobre las piernas musculosas y ahora sabe que está en un lugar  conocido. ¡Este calor... intruso y grimoso!- masculla enojado.

                    Mira con desesperación el reloj electrónico y descubre que está muerto...,- ¡ Tenía que ser hoy, justo hoy que tengo la entrevista con los periodistas de casi todos los medios!  Trata de desmadejar las colchas y  ropas para liberarse y corre a la ducha- . Se ha cortado nuevamente la corriente eléctrica. El pequeño pueblo es así. Las celosías esconden el verdadero clima de ese día. No hay ni un resquicio de frescor, no hay refrigeración, ni ventilador, por falta de mucha previsión y total desgano, reconoce rezongando. Se desenlaza, los músculos doloridos protestan y le estalla la cabeza. Se yergue, trata de llegar hasta la pequeña bañera. Abre el viejísimo grifo y una desinflada cinta de agua que agoniza, se desparrama hasta desaparecer. ¡Tampoco hay agua! Tiene ganas de gritar. Vuelve el sueño  en flashes alternados. Tendrá  que apurarse. Toma una toalla y la empapo con agua colonia y refriega el cuerpo sudado. El pelo está pegoteado y la piel como si le hubieran untado  mermelada. Se restriega el cabello y el rostro. Tiene la barba crecida.  Parece que  miles de insectos lo hubiesen aguijoneado. ¡Qué asco! Una camisa blanca... ¿dónde está su camisa blanca? Busca entre la ropa desperdigada entre sus papeles y  fotografías.- ¡Ah... gracias a Dios...!- Se calza un viejo pantalón de lona y la camisa que resplandece en la semipenumbra del cuartucho. Unas zapatillas serán la  solución a los pies que le  duelen...- ¿Por qué me duelen tanto los pies?- piensa. Se mira y sus pies están llenos de pequeñas heridas y cortaduras.- ¡No puede ser si yo no he ido a ningún lugar desde hace días!- Regresan las imágenes del sueño. Sobre una mesa hachuelada están los instrumentos musicales indígenas.  Algunas quenas y caramillos hechos en huesos de guanacos y llamas,  unos restos de alfarería nativa. Los descubrimientos transformarán su nombre y su prestigio... ¡Qué maravilloso yacimiento arqueológico de la raza perdida! Sale del dormitorio y se siente extraño. Son tantos los reporteros que lo agobian. Los luces de cámaras y  videos con sus   impertinencias... Siente  deseos de huir. Se siente atrapado.

                           - ¿Es verdad que ha encontrado una ciudad perdida de la región apatama?- le dispara como un dardo una joven hermosísima. Tiene la cabellera recogida y le caen hilillos de sudor por el cuello perdiéndose  en  unos  pechos opulentos. Se distrae.

                            - ¿Acaso podrá explicar con su hallazgo el principio de la civilización incaica?- pregunta con una risita estúpida  otro reportero.  ¡Es verdaderamente insufrible la algarabía! Nadie presta atención; sólo están allí para tener algo para cobrarle a los periódicos importantes. Los medios pagan muy bien una noticia de temas científicos que pocos leen realmente.

                           - Perdón aún no puedo darles muchas respuestas concretas. He descubierto, sí, un importante pueblo precolombino en el desierto de... (Lo interrumpen para poder sacar fotos con mejores imágenes).- ¡Señores gracias por venir... pero les prometo un detallado informe muy pronto! ¡ Tal vez nunca!.-  vuelve a considerar. Están desilusionados, lo miran con cierto desprecio. Los periodistas salen murmurando algunos improperios, pero no los escucha. En realidad no le importa. Intenta regresar a la habitación. Hace un poco tiempo que retornó la electricidad y ya hay agua en los escuálidos grifos; pero alguien lo detiene. La mujer que le  hacía preguntas en el salón lo ha seguido por el  pasillo. La mira. Su cuerpo y rostro lo  dejan  perplejo. Es casual pero una ilusoria imagen del sueño lo  golpea. ¿ La mujer es una  quimera o  un  fantasma?

                            - Mañana acometeré una empresa difícil, si le interesa el tema de mis descubrimientos puede venir. No será sencillo y tiene millones de inconvenientes. ¡Es su decisión, salimos con mis ayudantes a las cuatro de la mañana! ¡ Adiós!- dice y la deja sin hablar.

                            Cierra la puerta y pone una barrera infranqueable a un ser seráfico. Se retrotrae  a los apuntes y al grabador con la música de los viejos habitantes que aún conservan instrumentos y cánticos rituales. Está  ingresando en ese ámbito ambiguo entre la realidad y lo ficticio. Se siente  un “nexo” entre lo actual y lo perdido.

                            El desierto entrega un frío impensable. Son las horas tiernas del amanecer. Una bandada de parinas chicas, con sus patas de rojo fuego, corta con sus chillidos el cielo de un denso color índigo. A lo lejos, sólo al extremo del desierto se va formando una arista convexa de color naranja que resplandece y lentamente rebasa el horizonte entre los cardones, los algarrobos y los churquis. Han florecido algunos cactus atrapando a los dragomanes alados, los pequeños murciélagos ciegos. Ellos repartirán entre sus pelos, los genes, para que no se pierdan sus plantas " origen". Un perfume a flores atrapa la sensibilidad de los observadores . Junto al científico, casi tocándolo siente el brazo firme y la mano dominante de la invitada. La había olvidado. Sobria en trastos y silenciosa se mueve. Sube al jeep y se sienta esperando al grupo que levanta los aparatos de investigación. La extraña mujer, se acurruca para no incomodar y él, la espía con el rabillo del ojo. Despierta la alterada formalidad del científico.  Nada cambia la organización, pero algo lo impulsa a compartir con ella ese premio fantástico.

                            El otro vehículo, ya pronto y repleto, comienza una lenta marcha por la huella. El sol se está transformando en un semicírculo de fuego que destella vapores dorados y plateados. La helada petrifica las hojas carnosas de añaguas, están convertidas en esculturas de hielo vegetal. Ya se han muerto. El aire gélido hace que el aliento parezca humo. No hablan y maneja sin mirar a esa compañera de aventura. ¡ Inesperada e infrecuente!

                           Avizoran una planicie entre lomas de cordones montañosos de poca altura. Siguen buscando la salina y el desfiladero que los llevará al lugar escondido por muchos siglos. Unos matamicos andinos revolotean sobre nuestras cabezas, deseándonos como a presas esperadas. El grupo de estudiantes y ayudantes ha quedado levemente rezagado. Cruza un zorro con un chinchillón entre sus fauces y corre a su madriguera. Observa el rostro de la mujer; ésta, llora por la pequeña presa. - ¡ Es el necesario precio que se cobra la vida, para su subsistencia!- le expresa sorprendido el muchacho. Se tranquiliza la mujer. Están ingresando en ese espacio tutelar de los ancestros apatamas. Dejan el móvil y tomando unos bártulos la obliga a participar activamente del trabajo. El sol ya está sobre sus cabezas.

                            Los ayudantes comienzan a repartirse los cuadros para extraer la arena y piedras de los artefactos. El científico, penetra por la región  intransitable del matorral. Camina con sumo cuidado para no despertar los adormecidos elementos de valor del pucará. Advertido penetra en una gruta de roca indemne con petroglifos y pinturas rupestres. Detrás   siente que se deslizan pies humanos. Se vuelve y como en un " negativo" fotográfico se transluce una apariencia corpórea. No reconoce el contorno ni la forma ilusoria. Un sopor le sobreviene. Siente el ronroneo y rodar de unas finas piedrecillas que alfombran el suelo. Hay un sensible rumor de agua y el goteo de insignificantes cascadas en los desniveles de las largas galerías. Con su lámpara trata de iluminar hacia la izquierda y una figura de belleza sin igual resplandece a su vista. Parece una máscara de cristales y oro. Es tan antigua como la milenaria visión de sus fantasías. ¿Acaso son realmente palpables o están impresas en su yo imaginario y no existen?

                            Llama a gritos y sólo le contesta la voz apagada de su inadvertida escolta. No conoce  su nombre. La mira enfrentándola y le pregunta con la mirada inquieta -¿ Si ha escuchado algo?.-  Sonríe la periodista y le señala una cripta. Su voz, alentadora, suena transparente y lúcida. - ¡ Llámeme Quillén, ese es mi nombre! - contesta con atractivo mohín  femenino. Él sigue alumbrando con una linterna las paredes gradualmente artesonadas con símbolos pretéritos. Una suave llovizna los envuelve. Se acercan los cuerpos, se cruza un gélido aire azufrado.

                            Las manos de la pareja, tiemblan y cae la lámpara en una grieta. Han quedado a oscuras. Tiemblan y el hombre toma entre los brazos el cuerpo trémulo de la ninfa anhelada en  su claro deseo carnal. Acaricia el rostro y besa  la boca atrevida. El cabello le cae en una catarata de seda entre las manos. Detrás de esos cuerpos se oye un murmullo lejano que atrapa  la atención del hombre.

                            -¿De dónde proviene?- Trata de reponerse y captura con dificultad la luz caída. - Debemos continuar... allá hay un peculiar espaldón de minerales raros.- la urge hacia un camino cuyo trecho recto los obliga a saltar un río subterráneo y un barandal de estalactitas húmedas.

                            - ¡ Ilumíname ese sector, Quillén... por favor! Mira... ahí hay una espectral forma casi humana. - quería obligarla a participar. Justo a esa mujer a quién nunca pensó que compartiría el hecho más importante de su carrera.  -¡Nunca lo consideró! – se dice. ¡ Observa, es una momia y está casi intacta..!. - lo sorprenden sus palabras y siente una urgente invitación de la muchacha que está excitada y febril.

                             - ¡ Magnífica! ¡Es perfecta..., me maravilla su belleza! Además, mira tiene todo el ajuar intacto. Observa las sandalias de hechura arcaica... y su camiseta de lana de vicuña roja y su manta de alpaca y las plumas de colores desvaídos por la humedad y el tiempo... - señala conmovido.

                              - Tiene un collar de piedras azules y rosadas... ¿será "rodocrocita" y "lapislázuli” o “turquesas?” ¡Mira su largo cabello trenzado con agujas de hueso. Usa brazaletes  con láminas de oro y extraños dibujos!-  le comenta sin mirarla- ¿ Crees que pudo ser una princesa apatama?

                               - Tal vez debemos regresar y buscar ayuda para transportarla. Ven volvamos. La insta con apuro.

                               - ¿ Sabes volver acaso por esos pasajes misteriosos? - Quillén ríe con carcajadas agudas. Mira al hombre consternado que tiene frente a sí y su rostro de piel suave y tersa se va convirtiendo en una mueca donde la boca se desdibuja y sólo se ven los dientes apretados en el hueco de su calavera. Su traje se deteriora rápidamente y va transformándose en un atuendo apatano de confección muy primitiva. Ya no tiene ojos y en las cuencas oscuras brillan como dos esferas de azabache pulido, de antracita combustible e ígnea. Y son esos ojos los que lo petrifican. El horror queda como una máscara calcárea en la fisonomía del hombre.

                          El sol cae en rayos de fuego sobre el rostro del hombre que desesperadamente busca incorporarse en el desierto apatano. Sus pies heridos y sangrantes parecen de lava. Sólo se escucha el griterío de pájaros carroñeros que esperan una presa. ¿ Acaso todo ha sido un espejismo? ¿Su imaginación pudo crear tártaro semejante? A lo lejos un murmullo atrae su debilitada conciencia.

                          Es un grupo de gente que se acerca. Trata de atraerlos con gritos, pero nadie acude, nadie responde. Todo ha sucedido en su afiebrada mente o ya forma parte del mundo espectral de los nativos desaparecidos. Una joven aldeana aborigen se acerca y lo mira. Sus ojos son de azabache pulido y sus trenzas están apretadas con lanas de colores. Canta. Un susurro de erkes, flautas y cajas, en un dulce yaraví, invade el páramo. Le acerca rústica la mano de piel curtida y lo ayuda a erguirse. Un misachico frailero, apretado de flores de papel de colores, con un "Santo de palo”, vestido en paño de vicuña morado, se enfrentan al mustio cuerpo deforme del científico. ¡ De pronto, en el erial...un pájaro de alas descomunales echa a volar hacia el disco de fuego, padre de los " Incas " y de todos sus descendientes; tribus que se han ido diezmando en la pobreza y el tiempo.

                             Un ave inexistente en los libros de los sabios.

Lengua Apatama:

* Suy-i con puri: mano con agua.

** Sima - Hoy- ri: Hombre de la tierra.

 

 

LA COFRADÍA DE LOS ANIMALES


La comadreja corrió por la orilla del arroyo Piráe y buscó al aguará guazú que se escondía del hombre para sobrevivir. No la veía por ningún lado hasta que se subió a una elevación del terreno. Avistó al oso hormiguero y le gritó la consigna. – ¡Reunión en el claro del monte ¡ - El sonido de su chillido se oyó en toda la zona. Emergieron cabezas de varios animales: el tatú carreta, el lobito de río, vizcachas de varios colores, algunos guasunchos o cervatillos, carpinchos curiosos y hasta una yacaniná ñata. Las aves volaron en todas direcciones para llevar el mensaje. El gato del monte necesitaba urgente una reunión en forma rápida. Los guacamayos ruidosos se elevaron en vuelos veloces entre los altos árboles de la selva. Todos tenían que venir nadie estaba excluido.

Así se reunieron para declarar que nadie tenía que salir de la selva para evitar al hombre. - Ellos, son malos y vienen a destruir nuestro mundo.- dijo el gato manchado, que veía como se estaba achicando la selva. –  Yo les aconsejo que merodeen sólo si no ven gente extraña, el hombre de la zona, sólo caza para comer. El otro, ese que viene de lejos, quema y tala los árboles y mata, por puro placer mata.- Y cada uno de ellos, salió a su madriguera para comentar con otros animales del bosque.

La noche cayó sobre la espesura y los ruidos de monos e insectos, atropellaban los matorrales con su sonido amigo. Todos cuidaban a todos, así se podría seguir viviendo en el bosque.

Xenia: ella era tan perseverante, que a pesar del peligro, se calzó las botas largas, una vez más.

 

                      

 Miró hacia la montaña y reconoció que la tormenta se avecinaba,  perturbada tomó su poncho mapuche, ese que la acompañaba desde que Horacio había partido la primera vez hacia la frontera. Negros nubarrones cargados de nieve pesaban en las laderas. Bajaban los grises sobre los riscos.

 Comió un buen trozo de pastel, un trago de cognac y se enfundó la mochila a modo de refuerzo, llena de jamón, queso de cabra y agua, para llevarle apoyo al hombre. Él, la esperaría en el viejo puente junto a los abrevaderos. Las llamas y las guanacas estaban en tiempo de parición y no podían dejarse solas. El comprador europeo, llegaría en verano para pasada la esquila, llevarse los vellones de mejor calidad a Milán.

 El año anterior, habían sacado un muy buen precio y las colecciones de moda en Italia, se regocijaban con la novedad de esa lana fina y natural americana. La tormenta, con sus ráfagas de viento helado, la tiraba sobre la agresiva senda. Siguió un trecho pero un tapiz de nieve se iba acumulando. El frío le impedía continuar. Decidió regresar a la cabaña. Horacio la estaría esperando ansioso. Era imprescindible que se abrigara. El calor de la chimenea era una fuerte tentación. Pero... debía volver a salir hacia ese destino previsto.

 Ella era tan perseverante, que a pesar del peligro, se calzó las botas largas, una vez más.

- “Esta vez lo haré sin mezclar las pasas con el alcohol”- dijo la cocinera mordiéndose el labio y miró por la ventana hacia el jazminero.

 Esta vez lo haré sin mezclar las pasas con el alcohol” – dijo la cocinera mordiéndose el labio y miró por la ventana hacia el jazminero. El día jueves anterior, había encontrado a Amiel debajo de los jazmineros del jardín bajo el efecto de una terrible borrachera. ¡Esa mujer, su ama, estaba pasando una terrible depresión! Cuando Javier se fue a  Punta del Este, ella se derrumbó. Cada mañana despertaba con terribles jaquecas por la bebida, que desparramada en la alfombra, denunciaba su impotencia.

 La vieja cocinera tomó la determinación de investigar con quién había viajado el hombre. Supo por Fermín, el chofer, que lo había llamado el gerente de la empresa desde allí, el Uruguay, por un encuentro con inversionistas chinos, que no querían ingresar al país. Así, ella, Amiel, pensó que él, había huido con alguna fémina. Hizo unas llamadas secretas al hotel donde se alojaba su muchacho (ella lo había criado desde pequeño) y luego de una charla bien clara, se comprometió a hacer lo que debía.

Cada día, Amiel, buscaba en cada rincón de la casona una botella sin encontrar nada. Su samaritana, estaba despierta a las necesidades de la joven mujer. No fue fácil impedir que bebiera. Era una adicta. El socio, Fermín, no malograba el esfuerzo. Unos días más y llegaría el amante esposo. Era cuestión de resistir.

EL ESCABEL DE PETIT POINT

 


                                                                       .......................1-

 

Llegó una carta desde América para la tía Cornelia. Toda la familia sorprendida cuchichea a raíz del misterio de esa esquela. Yo sé qué es lo que ella espera desde aquel día.

Cornelia es la hermana menor de mamá. Con sus veinte años, ya comienza a convertirse en una soltera imprevisible para todos. Mi padre, que la conoce desde pequeña, se ríe sobre las complicadas charlas que mi madre tiene con ella, sobre su futuro de esposa. Cuida su aspecto formal, creyendo que así, no comprometerá el posible casamiento. Es delgada, afilada como la cuerda de un violín, de rostro femenino, sin marcas en la piel. Cutis claro, ojos levemente agrisados, nariz pequeña pero labios gruesos. Mamá discute con ella sobre el origen mestizo de su cabello color negro azabache, de rulos apretados y gruesos. Tiene un cuerpo extraño para ser una Ardlenn. Más parece una hija de campesinos que la de una familia de puro origen celta.

Yo la amo. Daría mi vida por verla feliz. Está siempre pendiente de nosotros, que somos trece hermanos. Mamá permanece en estado gracia permanente, pero a decir de  nuestra vieja cocinera vive preñada y cada año nace un hijo, que llena de más ruido la enorme casa donde vivimos.

Cuando Cornelia cumplió catorce años vino desde York para vivir con nosotros. Era pequeñita, arisca, hablaba poco y era muy observadora. Nos conocía como nadie pudo conocernos jamás. Sus largas tardes remendando calcetines y ropa usada de mis hermanos, la hacían silenciosa y taciturna. Siempre permanecía algo triste. Nos leía cuentos, que luego descubrí que los inventaba. No sabía leer. Nunca la mandaron a la escuela. Sólo estaba destinada a cuidarnos para luego seguir los pasos de mamá: casarse y permanecer eternamente embarazada. Pero el candidato no aparecía y los años pasaban. Ya nadie la miraba sino con un barniz de compasión. ¡ La pobre Cornelia!

 

La carta es una bola de fuego cayendo sobre la marmita hirviente de nuestra comunidad. Pequeño conjunto de hacendados y granjeros que poco tienen de mundano. Llegaron, incluso, visitas que nunca hubiéramos esperado, en busca de una curiosa respuesta en labios de papá, mamá o de la tía. - ¿ Quién escribió desde tan lejos?            - ¿Algún salvaje de las tierras donde aun hay esclavos, se atreve  a escribirle a Cornelia Ardlenn? – y la pequeña Cornelia esconde la famosa carta defendiéndose. Nadie invadirá su intimidad.

El otoño de 1856 comienza anunciado un invierno de clima extremo. Cornelia nos acompaña al templo, a la escuela dominical, con su acostumbrado recato y dulzura. De pronto, al salir, ya regresando en el crepúsculo, tropieza con una piedra de la vieja vereda empedrada. Cae cuan larga es sobre el pavimento cargado de hojas de roble húmedas por el rocío que comienza a desplomarse sobre el tapiz ocre. Su cuerpo desparramado bajo la capa azul parece un gusano tratando de salir de su crisálida. Los chicos ríen como si les hicieran cosquillas en la planta de los pies. El sombrerito de plumas vuela cayendo sobre el regazo de un muchacho que en un coche está detenido frente a la ferretería. Está sentado distraídamente, silbando, envuelto en una enorme capa negra de fieltro, esperando. En el aire recoge el sombrero. Salta y ayuda a la tía que se yergue lamiéndose la herida de su mano derecha. Tiene el guante roto y sangra. La mirada del joven hombre se ha quedado detenida en el rostro de Cornelia, en sus ojos que avergonzados tratan de huir de su mirada. Un tímido agradecimiento en los labios temblorosos y sorprendidos... el muchacho le acomoda el sombrero, escondiendo los rizos rebeldes debajo de las cintas. Se produce un silencio. Cada cual continúa con su tarea. Ella nos reúne y nos arrastra hasta nuestra casa. Él, sube al coche de un salto y se queda observándonos hasta que desaparecemos de su vista. Sigue esperando, como antes, a alguien. La calle se oscurece, pero una lucecita ilumina la mirada, ahora inquieta, de mi tía. Cuando ingresamos a la amplia cocina, mis hermanos, a los gritos, atropellándose, relatan lo sucedido. ¡Claro, mamá nos regaña a todos, incluso a ella, que avergonzada le muestra la mano herida! Papá sonriendo se queda callado. Mi padre es genial.

Unos meses después, yo, acompaño a tía a distintos paseos donde casualmente encuentra a ese joven. Intercambian saludos, libros, flores... y muchas miradas sutiles. Apenada Cornelia me pide que le lea unos billetes que el amigo le deja dentro de los libros. Ella no los puede interpretar, yo, cómplice, sé que él la ama sobre todas las bellas muchachas del pueblo. Uno de esos días le sugiere que nos encontremos en el correo, lugar público, solitario y discreto. Allá vamos y... conocemos la noticia, que se va de Inglaterra a América. Su padre ha vendido todo: granja, casa, animales y herramientas. Con sus veinticuatro años no puede oponerse a los designios paternos.

La tarde de junio de 1858 es la más triste... tía Cornelia llora desconsolada apretando su breve cuerpo a los cristales del ventanal que da a la calle, la frente apoyada en el frío recuadro transparente siguiendo con sus ojos anegados, al coche en que la familia Huxley viaja hacia el puerto. Un telón de luto opaco, cubre el frágil cuerpo de tía y el alma queda encerrada en su cripta de soledad.

Ahora, la casa es un hormiguero en furioso movimiento. Siento los gritos de mamá rogándole a mi padre, que no sea yo, su pequeña Etelvina, quien acompañe en su viaje de aventura entre salvajes a la hermana. Papá sabe que soy la elegida por mi ánimo, mi salud y discreción. Él, confía en mi. Así es que en este verano de 1859, antes de partir hacia las extrañas y exóticas tierras de salvajes... papá me ha llamado a la sala. Yo tengo doce años. Me abraza y mostrándome los baúles que prepararon para mí, me dice:

 -Etelvina mi hija preferida... recuerda siempre cuánto te amo. Cada día que pase, estaré rogando para que tu vida sea la mejor. Mereces ser una mujer. Recuerda que siempre contarás conmigo. A la distancia, aunque no esté cerca de ti, seguiré tu ruta.-  Me abraza y a continuación me cuelga su reloj de oro, en cuya cadena, está sujeto  el guardapelo con las miniaturas pintadas de mi madre y la suya. Mi cuello está gravemente pesado pero mi corazón galopa de amor. Tras ello, me señala el pequeño escabel  bordado por mamita en el invierno anterior y tomando mi hombro dice: - Hija mía nunca lo pierdas de vista, en él, hallarás un refugio. Ante una dificultad enorme pon tus ojos en él.- Me besa en la frente tiernamente. Sale dándome la espalda y yo sé que no lo volveré a ver nunca más. Lloro amargamente.

El barco es gigante, de pestilente madera oscura, me ha llenado el alma de feos presagios. En un pequeño espacio nos acomodan. Tía Cornelia y yo, junto a los bultos que están amarrados con gruesas cuerdas de esparto en argollas de hierro, viajamos cómodas. Nuestros billetes son de segunda, cosa que no nos impide subir al piso superior donde hombres y mujeres, con lujosos sombreros, ropas y joyas, disfrutan en lentas tertulias a la espera de tocar puerto.

Estoy muy mareada. En realidad los primeros días fueron muy placenteros pero al quinto día comenzó una ligera brisa que inició un movimiento tan pronunciado de la nave que rolamos de babor a estribor, eso me provocó un malestar horrible y mareos. Todo me da vueltas y corro al lavabo a devolver cada gota de agua o de sólido que intento comer o beber. Cornelia pálida como un fantasma, me abraza tratando de calmar mi asco y dolor. Nada me ayuda. Un anciano camarero amable nos trae una bandeja con, no dudo, exquisitos platillos, al camarote, pero regresa con la bandeja sin tocar. Así me he sentido toda esta semana horrorosa.

Hoy vino el capitán con el médico de a bordo. Cuando nos vieron se quedaron perplejos- ¡ Parece que nunca han visto a un pasajero tan mal! - Llaman a una dama para que nos cuide, ya que la tormenta no amaina y tanto tía como yo, padecemos fiebres y convulsiones agotadoras.

Cuando todo haya concluido mi aspecto será desastroso. He perdido casi cuatro kilos de peso y la ropa me queda muy suelta.

Después de una travesía complicada y desagradable llegamos a puerto. El sur nos espera. Una tierra hostil, árida, despoblada  está frente a nuestra mirada sorprendida. Junto a los altos fardos de lana, parado en una rambla de madera, nos ve quién se  transformará en el esposo de Cornelia.

Nos instalamos en el enorme criadero de ovejas, en un rústico caserón de piedra y troncos. Pude acomodar mis pertenencias, me sorprende constatar como mamá ha previsto ropa y calzado de varios tamaño, para que use tan pronto comience a crecer. Acá, ella sabe o presiente, no tendré la posibilidad de comprarme nada nuevamente.

Entre las cosas más valiosas está el escabel de petit point que papá me obsequió. Cuando siento soledad, en lugar de acomodar mis pies en él, me abrazo y lloro sobre su tapiz bordado con amor por mamá. La lejanía se me incrusta en el alma y la soledad es una cruz que me inserta una espina en el corazón.

 

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Mi nombre es Dorotea. Ayer, mi tía Cornelia y mamá, me regalaron este precioso cuaderno para que escriba y anote todo lo que pasa por mi corazón. Mis diez años están llamando desde mi mundo interior a cambiar nuestra realidad que es muy triste.

Nos han desalojado por cuarta vez. ¡Otra vez nos mudamos! ¿ Adónde iremos esta vez? Mamá dice que 1925 será un año desastroso para los obreros acá en el sur. Por supuesto que Fernando comenzó a embalar la vajilla heredada de la abuela, con diarios viejos que nos dio el párroco, es el rito que tenemos con cada mudanza... cada plato, taza  o fuente envuelto celosamente con un suave paño de lana y papel de seda. Un bello papel que vino desde la vieja casa de mi bisabuela Etelvina, por 1859. Luego se ubican prolijamente en un baúl, que cuenta mamá, trajo ella cuando vino con la tía Cornelia desde Gales. ¡ Las copas brillan con la luz, como si quisieran reflejar toda la belleza del universo. Los cubiertos de plata, van  en un estuche precioso todo tallado y tienen labradas las iniciales de Etelvina y Leonard... su fiel esposo, mi bisabuelo.

Nuestra pobreza es extrema. Papá dice que se resolvería si mi mamá acepta llevar esas reliquias a la capital para venderlas a algún coleccionista... pero se arma una guerra de sólo decirlo.

Hoy mamá se desmayó, sufrió un colapso cuando papá tomó la caja de los cubiertos para venderlos. Pasará una semana enferma, seguramente, como sucedió antes. Discutirán y papá aceptará que todo quede como está. ¡ Nada se toca! Mamá nos inculca que: “jamás debemos desprendernos de los objetos heredados de tía Cornelia ”- y lo que sí ha sido motivo de otra lucha es el “famoso escabel de la bisabuela”... - ¡Nunca sirvió para nada, sólo para peleas y discusiones! Por lo menos la vieja Biblia es interesante. Papá suele pasar su dedo, curtido por los fieros trabajos en el corral con las ovejas, sobre las líneas que escribiera mi tatarabuelo: - “ el día que tengas una dificultad insalvable, desármalo...”- pero mamá impávida cuida que nada le  suceda. Así, deslucido  por el tiempo y con algunos insignificantes bordes deshilachados, el escabel preside nuestras largas vigilias de necesidades y de hambre que pasamos algunas veces. En casa falta todo... pero allí están esos valiosos objetos rescatados del incendio. ¡ Esa es la otra historia!

Se cuenta en toda la Patagonia. La muerte de mis abuelos en el  año 1902. Fue una historia repetida por muchos, pero sufrida por mi mamá y mis tíos. En ese tiempo llegaron de la capital unos hombres del ferrocarril, que intentaron comprar las tierras y las majadas a un precio impensable, comenzando con problemas  de todo tipo. Eran ingleses o del norte de América. Los obreros comenzaron con huelgas por la fuerte presión que ejercían los inmigrantes que traían algunas ideas  revolucionarias. Comenzaron a no ayudar con las pariciones y morían los animalitos.

Mi abuelo, necesitó pedir un préstamo al banco para poder superar la falta de majadas. No pudo pagar y las deudas lo agobiaron hasta que llegó el momento en que le remataron el campo, las herramientas y los animales. Peleó como su sangre mestiza de criollo nativo y madre galesa, pero ganaron los más fuertes. El abuelo perdió  hasta el deseo de comer... en un ataque de desesperación, mandó a los hijos hasta el templo para que llevaran un mensaje al pastor. Sacó a un descampado junto al molino, el ajuar  que le dieron sus padres antes de atravesar el océano. Luego encerrándose con su amada esposa en la casa, prendió fuego y abrazados quedaron juntos para siempre. Ardieron en la soledad de  la tarde hasta que oscureció y el sudario azabache cubrió con cenizas la tierra apelmazada. Se transformaron en una leyenda, repetida en toda la Patagonia. Quedaron, ellos, mi mamá y mis tíos, en la más increíble de las pobrezas, los envolvían las necesidades como los tentáculos de un animal hambriento y a eso se agregó el rencor y el odio, que cada día visitaba sus corazones enfermos. Y tardó mucho hasta que mi madre aceptó y cambió su actitud hacia la vida.

El tiempo cambia todo. Mis padres se han transformado en un par de rivales en guerra perpetua. Yo siento que cada día estamos peor. La tierra ya no produce y los nuevos dueños, extranjeros que no la aman, sólo pretenden tener ganancias sin sacrificios. Por eso somos expulsados de la tierra.

Hoy, mi hermano con obediente cariño, sigue con los ritos. Es tan calmo, con mamá,  acomoda cada objeto antiguo con amor, por lo que nos ha dado estas raíces tan fuertes. Yo lo admiro, pues mi rebeldía, me hace que sienta la necesidad de romper con las promesas. Así mi lucha es tan dura como la de mis padres.

Mientras pasa esto, papá se reúne con  algunos obreros en los galpones, allí hablan y tienen ideas nuevas, revolucionarias. Ellos  dicen que son los eternos explotados y se han cansado, se llaman entre ellos...”anarquistas”.  Cientos de papeles se amontonan en una novedosa imprenta que llegó en un barco sueco. Las ideas revolucionarias – dice mamá- complicarán todo aun más. Se esconden de los ingleses y de los patrones. Se esconden también del ejército que ha llegado desde Buenos Aires armado y provisto de gente dispuesta a usar los nuevos “Rémington”.  Hablan de represión y mano dura. Mamá sufre y discute. Nosotros tenemos mucho miedo, pero papá no escucha y sigue en sus reuniones clandestinas. He visto armas debajo del sofá donde ahora duerme él. Mi hermano lo ha visto armar botellas de gasolina con pellones que hacen las veces de mechas. Otras son de alcohol. Las ubica en cajones, las cubre con paja y mientras las almacena murmura con ira que nadie lo va a doblegar. Mamá llora y llora...

Esta noche hay una reunión en el galpón del “chileno” y papá nos ha abrazado a cada rato, murmura cuánto nos ama y nos besa en la frente con mirada turbia y afiebrada. Antes de ir a dormir quiero dejar escrito que el ruido que provocan los soldados me tiene muy asustada. Hoy los vi merodeando por la calle cerca de nuestra casa. Si llegan a entrar yo correré hacia la habitación de mamá donde estaré segura.

        

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        La elegante galería de arte frente al lujoso hotel Ritz hormiguea de gente que gesticula con los catálogos de la mayor subasta de antigüedades de la década. Allí esperan los dueños de famosos bufetes de arquitectos y diseñadores para comprar en nombre de sus clientes, valiosos objetos rescatados de lugares remotos. París está en pleno apogeo de su gozo de bienestar económico. En el mercado bancario, los grupos de especulación, no saben ya en qué invertir las fabulosas ganancias de la bolsa. Estas subastas están a pedir de boca para su avaricia y deseo de esconder los juegos sucios de las finanzas. Magnates ignotos del petróleo, del oro, de los diamantes y de la informática, pujan por las obras de arte, que tienen una escalada de precios irrisorios. Tapan el comercio de drogas, de esclavitud encubierta y prostitución como de las ventas de deportistas que son esclavos de grupos oponentes en fútbol y automovilismo. Amén de deportes de competición de países del tercer mundo. Las antigüedades son el delirio de nuevos ricos.

George Eduard Ardlenn V, desciende de su coche, blindado ahora, por los numerosos raptos y atentados terroristas, su chofer lo trae desde el aeropuerto Charles De Gaulle. Espléndido en su ropa italiana no se distingue de los hombres que desplazan su ansiedad en los escaparates con antigüedades maravillosas. Entre todo ello, casi escondido un objeto es de su interés. Tiene un cartel con: “Escabel- circa 1870”, aparece como pieza única de origen dudoso. Original, con las marcas del tiempo que le dan una pátina de huellas de amor. Valor imposible de determinar. Una Biblia familiar, sí orienta a los compradores, sus anotaciones en vieja tinta y pluma, manchada por el uso y las lágrimas.

La secretaria de Lord Ardlenn, le ha señado una vajilla Wendwoord, una cubertería de ébano tallada con platería cincel inglés de circa 1820 cuyas iniciales le son familiares... son las de sus antepasados. Esos que él, busca. En otra vitrina  un juego de cristal brilla con las luces estratégicamente ubicadas para iluminar, tratando de atraer aun más la codicia de esos seres nebulosos. Algunos de ellos cuya vulgaridad sobresale de lo acostumbrado en ese espacio, se deslizan obsesivos tratando de obstaculizar el encantamiento de los especialistas.

George Ardlenn está allí en su obsesiva búsqueda del pasado. Ese que sepultó su abuelo cuando supo que: -“ su nieta había contraído nupcias con un mestizo, anarquista, tira bombas... muerta luego en un enfrentamiento con la ley de ese lejano país de salvajes. En aquel tiempo había llegado un cable del gobierno comunicando que la familia había muerto luchando contra el ejército regular en la Patagonia. Esposo, hijos y su amada  Dorothy, armados con fusiles  a plena luz del día... contra soldados que intentaban defender a los terratenientes extranjeros que llevaban la civilización inglesa... con el ferrocarril, la cría de ovejas de las fértiles campiñas irlandesas... ¡ un horror!”

Lord Ardlenn investigó a través del Herald Daily londinense, de periódicos de New York y Boston. Le llegaron notas de periodistas independientes con otras noticias inversas: “Unas familias masacradas en la lejana tierra de pastos cortos y heladas planicies, robadas a los nativos y hoy explotadas por avaros comerciantes extranjeros”  Fusilamientos sin discriminar sexo ni edad.  Nada había sobrevivido a la muerte, sólo en la aislada tierra yerma, objetos de valor que fueron saqueados y vendidos por monedas en la capital.”

Un periodista de París Mach, que anduvo por allí, con una expedición de biólogos, sacó una fotografía. Esa que había dado vuelta al mundo y ganó el premio Pulitzer – Una mujer avejentada, abrazada a un escabel de madera dorada, perduraba inmóvil, acribillada en el páramo patagónico desértico, el viento desplegando hacia el horizonte en sombra, el cabello rubio-canoso, de la muerta. Los ojos abiertos al horror y los labios con un rictus de terror – así, con la imagen grabada en sus noches insomnes, lord George, buscaba sentido a ese trágico desenlace.

La subasta ha comenzado con la tensión elevándose con pura adrenalina. Un Renuard alcanzaba los veintiocho millones de Euros, el jarrón de la dinastía Wang en bronce, con signos del zodíaco chino, en treinta millones... Lord Ardlenn, no puja.  El marchand lo observa, su experiencia le dice que busca algo en especial y que pagará una cantidad inestimable. Le hace una seña a su ayudante; el joven, se acerca  discretamente y recibe instrucciones. Delicadamente se aproxima al caballero que impávido espera. Interiormente una caldera crepita con un ardor que lucha por escapar. Levemente le entrega un pequeño sobre, al abrirlo, encuentra una llave. La mira detenidamente sin alterarse. Comprende que tiene que subir al ascensor del marchand. Sigilosamente deja su lugar- ha pagado una pequeña fortuna por su silla- llega al cubil de acero y espejos, por donde asciende en silencio. Al abrirse las puertas encuentra a un hombre de edad avanzada, con aire astuto, amplia barba cana, patillas pobladas y bigotes enormes, cejas anchísimas y ojos ávidos de zorro. Le da la bienvenida con ceremonia y mientras acariciaba su prominente vientre donde un reloj de oro desplegaba su antigüedad y que prontamente trató de esconder, comenzó a hablar: - “Lord Ardlenn, eminencia, debo contarle una historia...”- escuchó sin gran sorpresa. Intuía una trampa y él era un gran cazador. La historia era simple. El viejo había hecho un largo viaje a un país deshabitado casi, donde logró apoderarse de mercadería especial. Algunos de esos objetos le serían caros a su búsqueda... no sólo estaban allí esos recuerdos de familia sino que él poseía los cuadernos con anotaciones diarias que hicieran su tía Cornelia y su prima Dorothy. No estaban expuestos por ser tan personales.

Lord  Ardlenn, saca la chequera y firma, el avaro anciano astuto, coloca un número irreverente en el ángulo superior del billete de banco. ¡ Veinte millones de Euros ¡ se dan la mano. Desciende el lord al salón sin demostrar la intriga que lo carcome. Es un “gentleman”. Comienza a pujar por sus deseados objetos. Salta de millón en millón. Otros oferentes renuncian ante lo absurdo de las ofertas. Así es que atesora cubiertos, vajilla y cristalería. Quedan la Biblia y el escabel, que yace allí, codiciado por algunos inversionistas. Una magia especial lo rodea. Inicia a subir el precio. Nadie abandona la pugna. Sube, sube y el precio era realmente loco. Comienzan a desistir. De pronto quedan dos en pugna: él y una dama, cuyo rostro se esconde tras un velo negro. El precio llega a treinta y ocho millones de Euros. La tensión hipnotiza al público como una ponzoña de adrenalina ácida. La mujer apenas saca  la bella mano enguantada de su negro escondite para indicar que sube la oferta, nunca menor al millón. Luce joyas de extraña belleza en sus dedos. Lord Ardlenn con un imperceptible movimiento indica su trepada. Al llegar a los cincuenta millones, la pequeña figura femenina sale del lugar sin hablar y cae el martillo. Un sin número de corresponsales, intermediarios asolan el silencio tremolante de celulares. Algo inédito ha ocurrido. La incógnita sostiene a los presentes que sobornarían al mismo demonio para conocer el: ¿por qué?

Cuando George arriba a su caserón en las afueras de Londres se apresura a leer y releer cada página de los diarios íntimos. También disfruta de las viejas anotaciones en la Biblia... y se planta frente al escabel. Lo contempla pensativo. Lo atrae sobremanera, es como un llamado a su delirio personal... luego se acerca al escritorio que ha heredado de su abuelo. Toma la navaja Sevillana que le diera su tío... con cuidado corta por la parte inferior la gruesa tela de lino. Una cascada de monedas de oro cae sobre su regazo, por la alfombra, por el pavimento de mármol con el dulce sonido de la respuesta.

FORTALEZA EN LAS DUNAS.

             

He construido una fortaleza de piedras y de arena para cobijarte

y sólo en la penumbra está la marca de tus pasos.

Hay una huella llena de lamentos en la arena sin olas

sin regreso de espuma escrita de palabras, de gritos y de luces.

Ahora en mi refugio estás impregnando de perfume a sol

el oscuro reflujo de hojarascas celosas del otoño.

La lluvia despeja las dunas en mi playa contratando palabras

y alabanzas del sueño permitido por los dioses.

Hay aún una vieja utopía que anida entre mis caracolas doradas.

Estoy altiva en un acantilado entre borrascas de mar

esperando la llegada de un efímero guardián

o de un opulento y seguro demiurgo profetizado en el tiempo

para que reconstruya el planeta de esa miríada de espectros y niños

que esperan con las manos abiertas y vacías, la boca cerrada...

sin palabras de amor, destilando cansancio y estravíos.

Hay una fortaleza para la esperanza. Efímera y serena.

 Estoy esperando un gesto del antiguo augurio para el amanecer

y allí, justo en mi playa o mi fortaleza encerrar una gota de gozo

entre tu pecho y mis sueños.