lunes, 11 de mayo de 2026

LAS MARISCADORAS DE COREA

 

Fue por casualidad que llegué a Corea del Sur. Yo era un inquieto reportero de un diario poco importante de un remoto lugar de Sudamérica y tan curioso que le había propuesto a mi jefe:- Yo viajo como puedo... y voy enviando por Internet, los temas que me parezcan buenos. Luego, si lo publica, me deposita en una cuenta en mi tarjeta de crédito la paga, el resto me la rebusco yo. Así comencé a caminar por países que me eran extraños. Es verdad que caminé por lugares poco agradables desérticos o con alimañas. Pero conocí paisajes y gente maravillosa. Todo me resultaba interesante porque usaba cualquier tipo de transporte: camión, autobús, tren, botes, avionetas, caballos, mulas y caminé. Caminé hasta romper mi calzado y mis pies sangraban.

Me quedé a dormir en plazas, hostales, casas precarias y chozas. Una aventura maravillosa. Mi único problema era a veces comunicarme, los idiomas no siempre eran el inglés o el castellano. Pero aprendí a comunicarme con señas y dibujos. En las noches, cuando podía dormir en una posada o un parador, que tuviera electricidad, mandaba mis experiencias al diario y compartía a mis seguidores en las aplicaciones. Logré tener muchos seguidores y recibía apoyo económico de muchos admiradores de mis locas experiencias.

Caminando y haciendo mil búsquedas llegué a Corea del sur. Encontré gente tan gentil y ceremoniosa que aportaron historias y me aconsejaron algunos lugares para conocer. Así conocí a las mariscadoras del mar.

Recuerdo haber esperado el amanecer para verlas. Eran unas bellas ancianas que sin más atuendo que sus ropas de algodón, se lanzaban al agua de mar y a zonas profundas con un cesto y un cuchillo. Reaparecían con la carga de mariscos sacados con sus manos artríticas y hábiles y una joven o una niña les recibían la cosecha y le daba otra cesta para volver al agua.

Al terminar la tarea pude hablar a través de un joven de la aldea con una de ellas. Tenía pocos años cuando su abuela la hizo hacer la primera zambullida. Ahora con sus 92 años, su piel llena de heridas y arrugas, seguía la tradición de los antepasados. ¡No tenía miedo a la muerte! Pero sí a no poder hacer otro día su faena de recoger a mano sus mariscos. Sonreía y sus pocos dientes brillaban con la luz del poniente. Salió caminando con un cayado, un palo de madera gastado por el uso. Pero su cuerpo parecía una obra de arte. ¡Estaba llena de vida y de amor!

El grupo de mujeres que la seguía hablando y riendo, regresarían mañana a recoger ese alimento preciosos que nos dona el mar, los mariscos de va

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