Sobre la cómoda estaba la invitación, las letras se borroneaban con mis risas y charlas juveniles. Me miré al espejo y vi. mi rostro, ese que cuando me casé, yo entonces tenía trece años y mi padre apostó por el nuevo cónsul que había llegado de Portugal esa primavera. Él tenía como cincuenta años y era un hombre robusto, calvo y de sonrisa desdentada.
Yo recuerdo esa ceremonia. Fue fatal. Lloré días enteros y mis ojos casi no se veían por lo hinchados que estaban. Igual fui su esposa y esa noche comió tanto que quedó desparramado sobre un canapé del dormitorio. Vino un médico y dijo: " Lo siento pero tiene un ataque de apoplejía". Y a la semana se murió. Quedé viuda a los trece años. Y mis ojos volvieron a ser los de siempre, castaños, chispeantes y alegres.
Hoy estoy como desorientada. El espejo muestra una mujer de veinte años, con profundas ojeras azuladas y un cabello bastante diferente a lo que fuera entonces.
Y pienso... si lo recojo, o lo dejo algo ondulado, si me hago trenzas o un buen moño en la nuca, si me pongo las peinetas de tía Felicitas o la tiara de la abuela Gertrudis. ¡Quiero hacer un gran papel! Soy la viuda más controlada de toda la ciudad. Cuando voy a la catedral a la misa del alba, me siguen chiquilines a los que le pagan para luego contar qué hago.
Ya me han traído varios vestidos. Que si el de seda de Italia o el de encaje de Francia o el de damasco de Oriente. Que si usaré apretado el corsé o más suelto como se ve en algunas láminas que traen de Europa. Si uso escarpines de terciopelo o de seda. Con taco francés o no. Las mujeres opinan. Mi chaperona será la prima Inmaculada, que aun no consigue un esposo y éste sería un excelente momento para echarle el ojo a algún novato recién llegado de ultramar.
Yo no pienso complicarme la vida. Ya sufrí mucho cuando me casaron con aquel vejete; me dejó esta hermosa casa y haciendas en los campos del sur. Pero nunca supe lo que era el amor. Y todo el tiempo pienso en conocer el amor.
¡Al fin me he decidido por el vestido de tafetán azul! Usaré bastante suelto el corsé y zapatos de terciopelo. El cabello entre recogido y suelto, con algunas peinetas de perlas de oriente. El tío Plinio, me pasará a buscar esta tarde alrededor de la siete. Inmaculada se puso un vestido de seda carmesí, que le favorece a su cabello azabache. ¡Es una hermosa mujer! Pero con su edad se ve complicado un compromiso formal, ya tiene veintiséis años.
Me trajo Carlota, la mujer del jardinero una tina de latón con agua caliente y lavandas, donde me sumergí por un rato, me secaron con paños de lino y luego me comenzaron a vestir. Mi ayudante algo torpe con tanta cinta y puntillas de los calzones y las enaguas. Me enfundaron el vestido, me apretaron bastante el corsé y quedé tiesa como una estatua. ¡Aflojen un poco, no puedo respirar! y la carcajada retumbó en los dormitorios.
Un poco de carmín en los labios, polvos de ostras de oriente en la frente y pellizcos en las mejillas. Corrió tía Felicitas con unos zarcillos de coral y oro, que me puso junto con una gargantilla del mismo orfebre. Una hermosa bolsa con canutillos y perlas, el abanico y el carné para anotar los bailes y no podían faltar los guantes.
Bajé las escalinatas como una dama de cuentos. Allí, hasta la cocinera me esperaba. Todos querían verme, era mi primer baile después del luto estricto al que me tuve que adaptar cuando murió mi marido.
El coche esperaba afuera, Jaime, el conductor, me ayudó a subir el escabel y salimos rumbo al Club Social, donde se realizaría la fiesta, baile con cena. Era un agasajo a un abogado joven que había llegado desde Génova para instalarse en la ciudad. Todos hablaban de él. Y la curiosidad se me contagió.
Hicimos una entrada imponente; adelante Tío Plinio con su esposa y sus dos hijos, luego las tres hijas y detrás iba yo con mi prima Inmaculada. El ruido de las voces se entremezclaba con los violines y los movimientos de botas, botines y zapatos de hombres y mujeres. El lugar estaba repleto de vecinos. Todos con sus mejores ropas y alhajas. Plumas de todos colores en cabellos y abanicos. ¡Pobres aves, lo que sufrirán cuando les quitan sus bellas plumas!
Al tiempo, diez o quince minutos, entró un hombre vestido con un traje estrambótico y con un bastón llamó a pasar al comedor... ¡Ahí lo ví! Y él, puso sus ojos azules en los míos, no pude dejar de mirarlo y ruborizarme. ¡Era hermoso! Rubio, de piel blanca y tostada por el sol, ojos de profunda mirada color mar... y una sonrisa inolvidable. ¡Ese era el hombre!
Y se abrió paso hasta donde yo estaba, me tomó de la mano y me invitó a sentarme a su lado. Casi no podía caminar. Era un sueño. Me enamoré de su sonrisa, de sus gestos, de sus palabras, que murmuraba a mi oído. Todos los ojos estaban puestos en mí. Un joven apuesto se acercó a Inmaculada y la acompañó a su lugar, y se sentó junto a ella. Cerré los ojos y disfruté cada minuto de la cena. Luego vino el baile y dancé como nunca lo había hecho. Me enamoré como una escolar de su maestro.
Tío Plinio me sacó del ensueño. Era la hora de regresar. El joven apuesto con el que estaba bailando deslizó en mi bolso un billete con palabras hermosas. Me invitaba a su hotel, hasta que tuviera su casa. Yo espantada, no me atreví ni a mirarlo y decirle nada.
Esa noche no dormí. Pensé tanto como hacía tiempo no pensaba en mi vida. Al despertar me trajo una de las mucamas, una caja de "Huevos Quimbos" que hacen las Carmelitas y una rosa blanca. La tarjeta decía: "La espero".
La casa era una revolución. Yo me miraba en el espejo y me cambiaba de peinado y de vestido cada media hora. No pude comer. Me sentía como un pájaro despistado. ¿Ese hombre, esa mirada de celeste cielo profundo! Mandé al jardinero con un breve billete disculpándome y supe que tuvo un gesto desalentador. ¡Lo trasladarían a una región del país donde hay luchas entre hombres de campo y soldados extranjeros!
Vino Inmaculada con la noticia que ya tenían todo listo, que tenían que ir hacia el norte y que las cabalgaduras y los petates eran para un tiempo largo. Lloraba como un mar. Ella estaba enamorada del ayudante de mi "hombre". Sugirió que los siguiéramos en un faetón a varias horas detrás. ¡No puedo dejarlo, es mi única esperanza! Y dije sí.
Armamos un pequeño bolso con ropa y la cocinera una cesta con queso, jamón y dulces. El pan y la bebida en frascos rescatados de los que traían los contrabandistas de Montevideo. Y al anochecer, a pesar de los llantos de tía Felicitas y tío Plinio, comenzamos nuestra aventura. El polvo de los caminos recién abiertos por el ejército, no disipaba y no se podía saber si el convoy se detenía por lo que cada tanto el bueno de Jaime se detenía y daba de beber a los caballos. Nosotros parecíamos fantasmas por la tierra que ingresaba por todos lados. Rezábamos, llorábamos y reíamos como chiquilinas.
Llegamos a una posta y allí nos quedamos esa noche. Amontonados en una habitación parecíamos una partida de comediantes callejeros, ambulantes. Por el mesonero supimos que el otro contingente seguía hacia el norte. Pero, un pequeño golpe en el ventanuco de la habitación, nos despejó del sueño y el cansancio. Era él. Había regresado para recuperar un baúl y supo de mi existencia. ¡No puedo relatar la noche que viví! Me sentí la mujer más feliz de la tierra. Sus brazos fueron el perfecto nido para mi cuerpo enamorado. A la madrugada desapareció y yo volví al habitáculo donde me esperaba Jaime e Inmaculada, que llorosa me interrogaba desesperada. Le di los mensajes que me diera él. Y se calmó. Seguimos varias leguas, hasta llegar al Tucumán. Allí, nos hospedamos en una posada espléndida. Pero fueron pocas las ocasiones en que pudimos vivir este romance de locos.
Tuvimos que regresar y grande fue mi preocupación cuando
descubrí que esperaba un niño. Viuda, sin marido y en una sociedad chismosa y
envidiosa... iba a tener que irme a Montevideo a la estancia. Me escondí
mientras pude. Él, seguía las órdenes que recibía de sus mayores y jefes.
Prometió regresar cuanto antes, pero como un sino maligno, en una escaramuza lo
hirieron mal y falleció. Mi hijo no tenía un padre. Inmaculada se hizo cargo y
yo seguí siendo
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