Deambuló por las calles entre las sombras de árboles y arbustos. Estaba descalza y aterida desde que salió huyendo de la cochera. Las luces de color que señalaban los diferentes carriles de las avenidas, la mareaban más y más. Se detuvo. Miró obsesa a su alrededor. ¡No podía saber qué o quién la merodeaba! Los pocos ruidos y chasquidos que ingresaban como flechas a su cerebro eran saetas de hielo. Un miedo enorme se había colado por sus huesos. Estaba sola. Estaba como un pájaro herido.
El sudor le corría por la espalda y el pecho. Tiró su chamarra de jean en un rincón del sendero. Un ave graznó y voló bajo, casi la rozó con sus plumas negras. A lo lejos vio un vehículo que pasaba lentamente por una de las calles del parque. ¿La buscaban a ella? Se sentó apoyando las espaldas contra el tronco áspero y frío de un árbol. Se acurrucó como animal atrapado en una trampa mortal.
¿Y si no hubiera acudido al llamado? Pensó. ¿Y si no hubieran insistido con palabras melodiosas y sutiles? ¿Quién como ella sabía que no tenía que dejarse tentar? Volvió a pasar el vehículo con el motor ronroneando como gato en celo. Vio a lo lejos una figura que se acercaba. Se tiró por un costado dejando su... sí, tenía que volver y recuperarlo. Se estiró y aprehendió el mango. Le dolían los dedos y las palmas. ¡Cómo duele la muerte!
Iba amaneciendo. Un brillo púrpura se desplazaba entre los brillantes vidrios de los edificios a lo lejos. Un alboroto de aves la rodeó. Se tapó los oídos y se enroscó como gata en parición. Estaba tan ofuscada y asustada como esos sobrevivientes que se desplazaban entre los carones y trapos mugrientos detrás de los pequeños muros que rodeaban los senderos. Marginales. Adictos, desposeídos, locos y perdidos.
Ya llegarían los gimnastas, los que cada mañana al alba creían ser los dueños del viento. Y sin apuro, se fue escondiendo entre las ramas de ciertos arbustos espinudos. Sangre. Tenía sangre en las manos. En la ropa. En el alma.
La fatiga la dejó tirada como un pedazo de nada sobre la tierra húmeda y fría. ¿Puede alguien dormir después de haber vivido algo como eso? Sus pies sangraban, sus lágrimas secas no le permitían ver más allá de las paredes del puente que permitía el paso sobre la pequeña callecita que rodeaba el parque.
Todo olía a tierra, a humedad y a gritos silenciosos, que desparrama la noche cuando estás muerta por dentro. Un breve rayo de sol, inquieto, se metió entre las hojas. Parecía un ojo husmeando. ¡Pobre Elidia! Se había equivocado mucho. Estaba perdida.
Se quedó dormida. Alguien quiso robarle su más preciado valor, y saltó con fuerza. ¡No, es mío! El ladrón salió trastabillando hacia la otra zona del parque. Y ella, con los ojos desorbitados, le gritó mil palabrotas. ¿Cómo se atrevía? ¡A ella, nada menos y ahora!
El vehículo llegó sin hacer ruido. Se detuvo y bajó una mujer robusta y seria. ¿Elidia Fuentes? Levantó lentamente los brazos con el cuchillo en la mano. Soy yo.
¿Ha matado a su madre? ¡No se mueva! Y responda.
Sí, he matado a esa perra. Esa que me arrancó el corazón cada mañana, cada tarde y cada noche desde que tengo recuerdo... y caminó lentamente hasta el metal frío del coche policial. ¡Elidia Fuentes queda detenida por matricidio! Y entró en el habitáculo negro como alma muerta y corazón perdido. Su historia, se había terminado cuando aceptó ir a la casa de su madre esa tarde.
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