jueves, 1 de octubre de 2026

LEONARDO RECORRÍA EL LARGO PASILLO


            Estaba en una galería de personajes indispensables para un relato increíble. Leonardo nació una noche de luna. Extraña luna de color rojo sangre que presagiaba una vida rara. Su madre trabajaba en un hermoso hotel donde famosas estrellas de cine aceleraban el pulso de los viajeros poco experimentados. Ella pasaba inadvertida. Era delgada, pálida, de ralo cabello castaño que rara vez se podía ver detrás de un pañuelo de color violeta que le obligaban a usar.

            Viuda con su hijo vivió limpiando arañas de caireles de cristal haciendo piruetas en una escalera destartalada, sacando brillo a platería antigua y rehaciendo camas con sábanas de hilo egipcio, que a dios gracias no lavaba ella.

            Nunca se quejó por el solo hecho que le permitieron vivir con el chico. Allí creció. Conoció al dueño, un hombre calvo y barbudo de rojas mejillas alcohólicas. A “Madame Adelle” una pitonisa que leía las cartas del Tarot y a Roullete, su amigo; incapaz de mover una mano para trabajar en la cantina. Paulinna era un poco más joven pero era prostituta y se iba quemando con el paso de los meses y años. Eso sí, muy simpática y alegre, cantaba cuando se lo pedían. Y cantaba bien. ¡Una pena!

            Leonardo fue un fracaso en la escuela. Los libros regresaban rotos y manchados de gratitud de comida que robaba en la cocina del hotel. Apenas si podía escribir y manejar su pluma. Los dedos llenos de tinta se marcaban en el largo guardapolvo beige que usaban en el establecimiento escolar. A veces se paraba junto a la pared y le hablaba a un ser invisible.

            Cierta vez, que asistió un afamado neurólogo al hotel, como iba de paso hacia Las Violetas, apreció al muchacho por su educación. Nunca había hablado una sola palabra, pero saludaba dando la mano respetuosamente. Virtud que le había enseñado Roullete. El médico le explicó a la madre, que el chico tenía un síndrome delirante obsesivo. Por eso hablaba con las paredes. Con el tiempo, Lautaro con el lápiz en mano recorría el papel de la pared de la habitación donde quedaba encerrado, escribiendo extrañas consignas que nadie entendía. ¿Era un idioma de su propia invención?

            Madame Adelle, trabajó con sus cartas y sentenció: “Leonardo escribe en Arameo”. ¿Y qué es eso? Se preguntaron a coro, todos. El Idioma de Jesús y María, su Madre y de todos aquellos que lo siguieron.

            Desde ese día, lo miraron como a un seguidor de Cristo, le preguntaban cosas, que él no respondía y Adelle interpretaba según el dinero del solicitante. Les llovieron los billetes. Pero… Leonardo, solía ponerse como loco cuando alguien lo tocaba, por lo que hubo de encerrarlo en un Centro de Salud Mental. Allí sigue escribiendo en la pared sus raros mandatos Celestiales.

EL HOMBRE SOÑABA QUE SOÑABA

 

EL HOMBRE SOÑABA QUE SOÑABA.

 

                        Y entonces caminaba el hombre sobre las plateadas crestas de las olas, semejante a un delfín sombreado sobre una selva virgen azulada. Caminaba arrastrando una enorme red de hilos giratorios donde atrapaba mariposas. Saltó un guijarro de granate desde la mano que sostenía un grito metálico, agitando la espuma fracturada de estrellas. Apareció una nave con el ancla elevada, esgrimiendo enganchado el cuerpo pálido de la mujer sirena. Voz de océano inventando en un desierto de extraña ingeniería, las voces, los corifeos estáticos que enhebran cánticos de amor pagano que se oían en las marejadas. Él, seguía caminando, sordo su oído a los clamores de la profundidad del mar donde habita la pasión cautiva. Soñó con tentar al demonio, para que le entregara el cuerpo casto de la mujer sirena que ondulaba la cola en el agua profunda entre las rocas. Vio una luz penetrando en su pupila. Dejó que llegara hasta la boca el rayo y salió de sus labios un pez de color ámbar como un haz de escamas nacaradas. Surcaron el silencio los sonidos sibilantes de delfín dormido. Abrazaron los senos fríos de la mujer sirena. Quería despertar. La luna se desplazaba sobre el vientre asexuado por la culpa ancestral de los orígenes latentes. Quería despertar porque estaba soñando que soñaba un tortuoso, agotador y desvariado sueño de espera, de quimeras vacías. Sus cuencas también vacías miraban el espacio desprovisto de planetas. Quería despertar de ese sueño que atrapaba su cuerpo contra el rústico suelo. Volcán árido. Gris estepa sin cielo. Desierto promiscuo de ternura. Comprendió que no despertaría aun...no bebería los besos de pasión...no había nacido y en el nido tibio de su placenta revivió otras vidas anteriores. Esperaría el duro alumbramiento, saldría al abrazo de esa vagina fenomenal de su madre parturienta. Pero sabía que apenas diera el primer vagido, olvidaría ese mundo maravilloso de otro tiempo.

 

 

                        Y entonces caminaba el hombre sobre las plateadas crestas de las olas, semejante a un delfín sombreado sobre una selva virgen azulada. Caminaba arrastrando una enorme red de hilos giratorios donde atrapaba mariposas. Saltó un guijarro de granate desde la mano que sostenía un grito metálico, agitando la espuma fracturada de estrellas. Apareció una nave con el ancla elevada, esgrimiendo enganchado el cuerpo pálido de la mujer sirena. Voz de océano inventando en un desierto de extraña ingeniería, las voces, los corifeos estáticos que enhebran cánticos de amor pagano que se oían en las marejadas. Él, seguía caminando, sordo su oído a los clamores de la profundidad del mar donde habita la pasión cautiva. Soñó con tentar al demonio, para que le entregara el cuerpo casto de la mujer sirena que ondulaba la cola en el agua profunda entre las rocas. Vio una luz penetrando en su pupila. Dejó que llegara hasta la boca el rayo y salió de sus labios un pez de color ámbar como un haz de escamas nacaradas. Surcaron el silencio los sonidos sibilantes de delfín dormido. Abrazaron los senos fríos de la mujer sirena. Quería despertar. La luna se desplazaba sobre el vientre asexuado por la culpa ancestral de los orígenes latentes. Quería despertar porque estaba soñando que soñaba un tortuoso, agotador y desvariado sueño de espera, de quimeras vacías. Sus cuencas también vacías miraban el espacio desprovisto de planetas. Quería despertar de ese sueño que atrapaba su cuerpo contra el rústico suelo. Volcán árido. Gris estepa sin cielo. Desierto promiscuo de ternura. Comprendió que no despertaría aun...no bebería los besos de pasión...no había nacido y en el nido tibio de su placenta revivió otras vidas anteriores. Esperaría el duro alumbramiento, saldría al abrazo de esa vagina fenomenal de su madre parturienta. Pero sabía que apenas diera el primer vagido, olvidaría ese mundo maravilloso de otro tiempo.

 

 

ENSAYO 3


 

Cuando dejo de pensar en ti,

y alcanzo a cerrar mis ojos,

me encuentro con tu  imagen.

 

Allí estas tú, bajo la lluvia .... cautiva...

Tu rostro en  noche azul de magia

explicando en el más sordo silencio

los motivos de tu anisado viaje....

 

En donde más podría estar ?.... perdido sólo,

en ese laberinto de  emociones y colores.

Desde entonces traigo la impresión de fuego,

que esos tus ojos marrones sellaron eternamente

en silencios de candelas y vino tinto...

 

Abrí mi libro enmudecido,

Y ya viajaba por las estelas de luz que irradiaba

ésa mirada tuya que me ensegueció....

 

No se pronunció ni una palabra

Ni siquiera hicimos ruido,

Nuestros labios sellados como en  lacre 

Mantuvimos  nuestro diálogo elegido...

 

Todo fue un vasto silencio

Pero cuantas cosas nos dijimos !!!!!!!

Aun puedo sentirlo.

 

Aquella noche aprendí a leerte....

Supe desde lo más profundo de mi ser

que en tus códigos pedías mis abrazos.

 

Luego derrumbé  el dique de mis ríos...

Y una a una, te ofrecí  mis confesiones...

Lava.  ....  Magma, ardiente  de un volcán en erupción

Que tras añejas sombras de amor  frío 

Volvía a fluir en sangre por la geografía de tus valles.

 

Te fabriqué perfecta, y te culpe por mi flaqueza

al confesarte letra a letra las leyes de mi corazón...

Y aquellas palabras sentenciaban  una tras otra

el encriptado de mis sentimientos.

 

Tus dedos comenzaron a mover los folios de mi alma

hojas que el pasado había labrado en mi mármol

por la orfebrería del dolor y el abandono.

 

Puliste cada una de mis sentencias con  miradas y sonrisas

agotando el cincel que convirtió las rocas en diamantes..

pero entendiste una tras otra

las razones de mi larga espera.....

 

Cuanto miedo!! Y cuánta ansiedad !!

Verdadera mezcla de aromas dulces y limones...

La intriga del sabor de tus labios,

El miedo pronto  a tu rechazo...

 

valió la pena. !!!

ESA VIEJA HISTORIA DE AMOR ENTRE UN VASCO Y UNA ESCLAVA


Sebastián, un joven descendiente de vascos y de oficio peón viticultor, conchabado en una viña ubicada no muy lejos de la plaza de armas de la ciudad, luego de participar del oficio religioso dominical ofrecido en la capilla de la hacienda, practicaba con otros jóvenes compañeros de labor su juego favorito: la pelota vasca. Pero ese domingo, algo raro ocurría a Sebastián pues siendo el más habilidoso en tal juego aquel domingo en cuestión no acertaba a devolver ninguna pelota, ni lenta, ni rápida. Cansado de correr y correr de una punta a la otra de la cancha, finalmente y para sorpresa de sus compañeros, se sentó sobre una piedra ubicada en un costado, lió un cigarro y se quedó abstraído mirando la pared trasera de la capilla, aquella que era usada como frontón. Sebastián no solo era  admirado por su destreza en el juego sino que era muy apreciado por ser un trabajador incansable, aguantador como el que más, de una honestidad intachable, jovial, generoso y buen amigo de sus amigos. En vano sus compañeros lo indagaron buscando comprender semejante actitud tan distante a la personalidad habitual de Sebastián. El mutismo fue total. ¿Qué había ocurrido? Muy temprano, aquella mañana de domingo y como era su costumbre, Sebastián se encontraba en el canal lavando sus ropas cuando no muy lejos vio un carretón que se acercaba, sobre el pesado armatoste, y no obstante la distancia, se podía reconocer a un conjunto de figuras de piel muy oscura. Sebastián se dijo: -"Deben ser los nuevos esclavos y sin darle mayor importancia a la escena siguió lavando su ropa" -¿Qué hubo Sebastián? El saludo del carretero eufórico seguramente por regresar al pago, luego de meses de ausencia, hizo que Sebastián levantara la mirada y ahí fue que ocurrió el milagro. En medio del transporte y rodeada por otras personas a quienes no prestó la menor atención, viajaba una hermosa africana de esbelta figura y no más de veinte años. Las miradas se cruzaron, el flechazo fue mutuo y esa mañana de domingo comenzó a gestarse un amor que duraría hasta la eternidad.

             Era costumbre por entonces en esa y otras haciendas que los amos, en este caso Doña Etelvina, una joven y resuelta viuda, enseñaran personalmente a sus nuevos esclavos rudimentos de español, de catecismo, de las tareas que habrían de desempeñar a futuro, modales higiénicos, de mesa y por sobre todas las cosas a acatar el principio de autoridad como algo inviolable y a entender que las cosas eran así porque de ese modo lo había dispuesto Dios.  ¡Y las leyes de la naturaleza! Finalmente debían comprender que la vida no era más que un tránsito hacia la verdadera vida, a la que todos podían acceder si se comportaban bien por difícil que fuera ese tránsito. Todo esto Sebastián lo sabía, como que también sabía que aquella tarea de iniciación duraría no menos de dos meses, lapso en el cual le sería muy difícil entrar en tratos con la recién llegada. Los días se le hicieron eternos, sólo en una oportunidad pudo verla unos instantes. Una mañana como tantas en la que marchaba con Felipe, su mejor amigo y confidente rumbo a la viña, se distrajo contemplando el vuelo de unos patos luego de haber transpuesto el zanjón, entonces fue que la vio. La africana caminaba entre la bruma matinal en dirección al canal con un atado de ropa sobre la cabeza, su andar era sereno y cadencioso y daba la impresión a la distancia, que sus pies apenas si rozaran la tierra. Sebastián quedó petrificado, con los ojos desorbitados, era sin dudas mucho más bella y elegante que el recuerdo imaginario que lo había desvelado tantas noches. Al advertirlo, la esclava se detuvo, Sebastián le sonrió al tiempo que la saludaba quitándose el sombrero y con un brazo en alto, ella respondió el saludo pero apenas esbozando una triste sonrisa. Felipe que se había adelantado unos pasos, al advertir el retraso de su compañero, volteó la cabeza y pudo contemplar la escena, fue entonces que Felipe comprendió y al instante se formuló el designio de no molestar a su amigo con preguntas inoportunas. El domingo siguiente, luego del consabido oficio religioso, el cura informó a los presente que, aprovechando las festividades de San Juan Bautista en una semana se realizaría el solemne bautismo de los nuevos esclavos y de aquellos niños que habían nacido recientemente en la hacienda y sus alrededores. Tampoco esa mañana Sebastián quiso jugar a la pelota vasca declinando el ofrecimiento de sus compañeros, por el contrario, más taciturno que nunca marchó hacia el canal y se refugió bajo un sauce para oír  en silencio el rumor de las aguas. Felipe que lo había seguido a la distancia fue a sentarse a su lado, armó dos cigarros, ofreció uno a su amigo y ambos quedaron fumando hasta que por fin Sebastián, luego de exhalar unas cuantas bocanadas habló:

- Felipe, tengo  que tomar una gran determinación.

- ¿De qué se trata?.

- Estoy enamorado.

- Ya lo sabía.

- Y, ¿por qué no me lo dijiste antes?

- No se, tal vez por respetar tus reservas, tu silencio o simplemente por imaginar que podría llegar a importunarte.

- Tú sí que eres un buen amigo.

- Trato... pero bueno, ¿qué es lo que piensas hacer al respecto?

- Pedir esta semana una entrevista a Doña Etelvina y solicitarla formalmente en matrimonio.

- ¿Lo has pensado bien?

- Creo que sí.

- ¿Haz reflexionado acerca de que quedarías pegado de por vida a esta hacienda? Que prácticamente renunciarías a tu condición de trabajador libre, a que si te hartaras de esta hacienda y de esta patrona podrías conchabarte como viticultor en cualquier otro lugar, inclusive en Chile, a que, ¿si un día quisieras abrir las alas y rodar por el mundo conociendo otros rebaños, otros cielos y otros soles sólo tendrías que contratarte como carretero o arriero?

- He pensado en todo eso y mucho más, mi querido Felipe, he pensado que tengo veinte años, que he sido huérfano la mitad de ese lapso, que ya ni sé lo que es una caricia y en que por sobre todas las cosas estoy enamorado, me gusta este lugar, me gusta esta gente y  me placen las faenas que aquí realizo. Además, ¿no has pensado en que bien podría ahorrar y algún día comprar su libertad?

- Todo lo anterior no te lo discuto, a lo mejor mis argumentos están más en arder a mis sueños que a los tuyos, pero eso de juntar el dinero suficiente como para lograr su libertad me parece una verdadera locura. A menos que te hicieras bandolero, salteador de caminos o la raptaras para ir a refugiarte entre los salvajes del sur, te aseguro que ni en tres vidas de trabajo en la viña, juntarías el dinero suficiente.

- He pensado pero...

- ¿Felipe, me concederías el honor de oficiar como padrino del novio?- dijo Sebastián.

- O sea que... ¿la suerte está echada?

- Así es.

- Será entonces un gran honor acceder a lo que me pides.

            Puestos de pie, arrojaron las colillas al agua, se miraron largamente para quedar confundidos en un fuerte y prolongado abrazo. Esa misma semana Sebastián solicitó la entrevista con Doña Etelvina. A la patrona no le sorprendió el pedido, siendo Sebastián tan bueno y leal trabajador,  no puso reparos en otorgarla para el jueves al atardecer, luego que la campana de la capilla sonara indicando el  ángelus y consecuentemente el final de las faenas en la hacienda.            Introducido por el mayordomo en el salón donde la patrona despachaba los asuntos de la hacienda, vestido con sus mejores ropas, sombrero en mano y de pie guardando prudente distancia respecto del escritorio, vio de soslayo como Doña Etelvina entraba al salón y tomaba asiento. La imponente figura de su patrona a la que apenas se atrevía a mirar lo turbó, por un instante pensó en salir corriendo o inventar una excusa, algo así como un pequeño aumento o una corta licencia. La voz de Doña Etelvina lo sacó bruscamente de su embarazo.

- Buenas tardes, muchacho, aunque ya no se si debiera llamarte así, no había reparado en cuanto has crecido, si pareces todo un hombre.

- Gracias, señora.

- Pues bien, tú dirás, ¿qué te trae por aquí?

- Patrona, Doña Etelvina... es que yo, no, es que, es que usted sabe...

- En realidad no se nada... vamos muchacho... ¡qué no ha de ser tan grave!

- Vengo a solicitar su licencia para casarme.

- Desde ya la tienes, pero no te hace falta, eres hombre libre. O es que será que me quieres pedir como madrina de tu boda. ¿Es eso, verdad?

- Eso además sería fantástico.

- Y para mí un gran honor, conocí a tus padres y jamás olvidaré la pena que me causaron sus muertes durante aquella horrible epidemia. Pero no entiendo eso de que además...

- Porque hay algo más.

- ¿Y qué es ese algo más que te tiene tan nervioso?

- Es acerca de la novia.

- ¿Qué hay con la novia, no es de aquí y quieres licencia para mudarte a otro sitio?

- No es eso, al contrario es bien de aquí, tanto que usted es su dueña. Se trata de la joven esclava nueva que el domingo va a ser bautizada y presentada en sociedad.

- Vaya... vaya... conque de eso se trataba. Te confieso que me has sorprendido, pero en fin, has pensado seriamente en el asunto?

- Si, lo he pensado.

- ¿Has medido, siendo aún tan joven, los riesgos que semejante vínculo te pueden acarrear de por vida?

- Supongo que sí.

- ¡Pero... si ni la conoces...!!!

- La he visto dos veces y aún sin haber intercambiado ni media palabra, sé que estoy enamorado, como nunca lo estuve. Además tengo la plena convicción de ser correspondido.

- Bueno... te prometo pensarlo y si mi resolución fuera positiva la anunciaré el domingo luego de los bautismos.

            Dicho lo cual, poniéndose de pie dio por concluida la entrevista. Sebastián aguardó a que saliera de la sala y trastabillando, se retiró él también con un nudo en la garganta y a punto de estallar en llanto.

            Doña Etelvina efectivamente pensó el asunto mucho más de lo que Sebastián hubiera imaginado. Siendo una joven viuda en una sociedad patriarcal, donde a diario se las tenía que ver con hombres para discutir los más variados asuntos propios de la hacienda, su carácter era por demás receloso y desconfiado. Lo primero que hizo fue indagar los sentimientos de la esclava, la africana a pesar de su media lengua, entendió perfectamente las preguntas de su ama y por primera vez en los casi dos meses de residencia en la casa de la hacienda,  su rostro mostró una amplia y hermosa sonrisa. Luego y sin articular palabra, de sus ojos comenzaron a brotar copiosas lágrimas, para finalmente postrarse ante su ama y besarle los pies.  A pesar de la dureza de su carácter, Doña Etelvina se conmovió sobremanera. ¡Un casamiento por amor, no era lo corriente entre los de su clase! Ella misma, siendo poco menos que una niña, había sido entregada en matrimonio por su padre, a quien le cuadruplicaba la edad. De ese matrimonio arreglado, le quedó la hacienda y dos vástagos, los cuales a pesar de haber sido cuidados sin economizar desvelos o precisamente por eso mismo, le salieron algo botarates; por sobre todo nada afectos al estudio, al trabajo o a las responsabilidades en general. Pero más allá de sentimentalismos, para Doña Etelvina, la esclava era definitivamente una inversión. Tal vez la mejor que realizara desde que se hiciera cargo de la administración de la hacienda. Efectivamente, la africana había resultado ser sumamente dócil y por demás  inteligente, aprendía sin dificultad las tareas que se le enseñaban, era aseada, prolija, diligente y prometía ser una excelente cocinera. Su determinación hubiera sido negativa si no es que el domingo en que la tendría que anunciar no hubiera sostenido una larga charla con su confesor antes de la misa. El religioso finalmente la disuadió argumentando que existiendo un lazo amoroso tan  fuerte entre esos jóvenes, la negatíva no haría más que potenciar esos sentimientos, en cuyo caso no sería de extrañar que a la larga o a la corta se fugaran quedando la patrona sin su fiel peón y su excelente esclava. El matrimonio no tendría por qué modificar sustancialmente las cosas si las condiciones para acordarlo eran claras y precisas.

            Por fin ese domingo, se ofició la misa y se hicieron los bautizos. A Sebastián, si le hubieran dado la oportunidad la hubiera nombrado: Gacela,  pero esto ni pasó por la mente de doña Etelvina quien optó por nombrarla, santoral de por medio: Consuelo. El cura presentó a los nuevos cristianos y Doña Etelvina anunció formalmente el matrimonio de Sebastián y Consuelo para la primavera venidera, luego, pidió a Sebastián que se acercara y tomara de la mano a Consuelo. Hubieron aplausos generales, finalmente solicitó a la nueva pareja, que la siguieran hasta su despacho donde fijarían las condiciones de la boda. Como quien está muy acostumbrado a resolver asuntos, Doña Etelvina fue clara, precisa, y contundente al anunciar que: - Hasta que la boda se concretara se verían sólo los domingos luego de misa, pudiendo almorzar juntos y permanecer en mutua compañía hasta el atardecer, sin sostener trato carnal, caso contrario el convenio quedaría automáticamente anulado sin apelación posible!-. Sebastián tendría la posibilidad de ir construyendo un rancho, en lugar a determinar, pero cerca de la casa principal y junto al zanjón, para lo cual la patrona aportaría los materiales necesarios. Luego de la boda ambos tendrían una semana de licencia dentro de la hacienda, pasado ese lapso, Sebastián volvería a sus tareas y Consuelo, seguiría al servicio de la casa de lunes a sábado desde el amanecer hasta luego de servirse la cena. En cuanto a días feriados se fijaban los de los santos correspondientes y fiestas de guardar, salvo caso de enfermedad de la patrona, pues si eso lamentablemente ocurría, Consuelo habría de asistirla de día y de noche, de lunes a domingo sin distinción de días fastos y nefastos. Doña Etelvina ofreció elaborar y firmar el contrato correspondiente a lo que Sebastián, en su arrebato, se opuso terminantemente argumentando que desde siempre había servido en la hacienda siendo muy bien tratado sin que mediara papel alguno. Sólo se contentaba con que su patrona y Felipe fueran los padrinos, acordado lo cual, pidió licencia para besar las manos de su patrona y poder salir en compañía de Consuelo para dar el primer paseo y compartir el también primer almuerzo dominical.

             Tomados de la mano salieron de la casa alejándose lentamente, Consuelo, seguramente, poco y nada había entendido acerca del arreglo, sería Sebastián quien a media lengua y por gestos se lo haría comprender, sin embargo poco le importaba, en el fondo sabía que ella seguiría siendo esclava pero con la posibilidad de vivir un gran amor. Por eso, a mitad de camino entre la casa y el zanjón, detuvo la marcha y miró a Sebastián con una mezcla de amor, dulzura y agradecimiento inefables, lo estrechó entre sus brazos de ébano y lo besó en los labios tiernamente. La rígida patrona que había seguido la escena desde la galería no pudo evitar que se le escaparan unos gruesos lagrimones.

            Mientras los días se sucedían y al correr de los meses la primavera se acercaba lentamente, de domingo en domingo Sebastián, luego del servicio dominical, mostraba orgulloso a su prometida los progresos en la construcción del rancho. Con Felipe, en los escasos ratos libres, inclusive en noches de luna llena y no tan llena, habían ido levantando las paredes de dos habitaciones, una para el futuro matrimonio y la otra para que funcionara como cocina con espacio para una mesa. Luego, invariablemente tomados  de la mano, realizaban largas caminatas por el interior de la hacienda. Al atardecer se presentaban en la galería de la casa principal donde la patrona, a pedido de Sebastián, les daba la bendición en téminos tales como:- "¡Dios los bendiga, los ampare y los favorezca!"-. Semejante conducta despertó entre los peones y esclavos de la hacienda nobles sentimientos, todos querían colaborar de alguna manera de modo que cuando hubo que techar el rancho,  plantar los horcones y hacer la cumbrera para la pequeña galería, se armó una jornada de trabajo comunitario, lo que en quechua se conoce como "una minga". Don Joaquín que manejaba muy bien el oficio de albañil, supervisaba la obra a la vez, que personalmente construyó el fogón con un tiraje suficientemente bien hecho como para garantizar que el rancho jamás se llenara de humo. Así mismo; Don Carmelo, el carpintero hizo y colocó puerta y ventanas, ambos menestrales se opusieron gravemente a recibir compensación material, los respectivos aportes tenían que ser aceptados en calidad de regalos de boda.

            ¡Por fin llegó el día tan esperado! Fue toda una fiesta, donde se bebió, comió y bailó hasta el amanecer. La pareja tuvo la semana de mieles prometida y luego la vida continuó sin mayores sobresaltos. Sebastián ahorró y compró un caballo, con la intención de pasear por los alrededores, inclusive llegarse hasta la plaza de armas con su mujer en ancas los días domingos.

             Contra las voces de los agoreros que le sugerían que esas salidas podrían ser la excusa perfecta para una fuga, Doña Etelvina decidió confiar, de modo que los domingos, era un primor ver a la joven pareja pasear por la ciudad a caballo. El mayor placer de Consuelo era sumergirse en la feria dominical con unos pocos reales que le daba Sebastián, para regatear la compra de alguna pollera, blusa, camisa o pañuelo para su marido mientras el vasco, se permitía uno de los escasos lujos a los que era afecto: tomar unas copas con los amigos, jugar alguna partida de baraja o presenciar una riña de gallos. Luego almorzaban en una fonda y al atardecer se presentaban de regreso ante la patrona. A los pocos meses el vientre de Consuelo mostró ciertamente un avanzado  estado de gravidez. El parto no planteó mayores complicaciones y la pareja tuvo su primer y único hijo, un mulato verdadera síntesis de razas. El color de la piel y el pelo lo aportó Consuelo en tanto que los finos rasgos de la cara y la claridad de los ojos, Sebastián. La alegría se disipó muy pronto, exactamente el día en que hubo que resolver acerca de quién ejercería la propiedad respecto del vástago. Sebastián argumentó que siendo él hombre libre, su hijo también tendría que serlo. Doña Etelvina, por el contrario, afirmó que siendo hijo de su esclava el niño también era esclavo y en consecuencia propinad suya.

            La justicia dio la razón a Doña Etelvina, pero concedió a Sebastián la posibilidad de comprar la liberad de su hijo, luego de acordar y abonar un precio justo. Demás está decir que el precio fue alto como las nubes y que en esta oportunidad tampoco el joven aceptó firmar convenio alguno. El hombre no se amilanó, vasco tozudo como el que más, se formuló el designio de trabajar y ahorrar hasta ver a su hijo libre. Compró una vaca para asegurar una buena alimentación a Andrés, tal y como fuera bautizado el crío y de paso aprovechar para hacer y vender algunos quesos. De año en año engordó un cerdo para carnearlo y facturarlo mejorando la alimentación de la familia y a la vez para vender salames, morcillas o algún jamón. Lo propio hizo con un pequeño huerto que generalmente atendía luego de despachar sus faenas en la viña. Por supuesto, porque no todo es trabajo en esta vida, algunos domingos no perdieron la costumbre de pasear por la ciudad, al principio con el niño en brazos de Consuelo y luego montado en un caballito, que Sebastián compró y amansó personalmente para Andrés.  Llámese resignación, convicciones o lo que fuere, la pareja  no se resintió, por el contrario el amor creció al ritmo de Andrés y el trato con la patrona tampoco se alteró. Tanto fue así, que en más de una oportunidad, pudieron hacer excursiones de dos y tres días, la visita favorita la concretaban en la casa de Felipe que también se había casado y vivía con su mujer el la Villa de Lujan, lindante con el Río Mendoza. El día que Andrés cumplió quince años, se organizó una fiesta excepcional pues precisamente ese día Sebastián concretó el pago del cincuenta por ciento del precio fijado para liberar a su hijo. A las pocas semanas y contra cualquier pronóstico Doña Etelvina enfermó y a pesar de los cuidados recibidos, particularmente por parte de Consuelo, murió. Abierta la testamentaría la esclava y su hijo formaban parte del inventario, eran uno más entre las piezas de esclavos, toneles con vino, cubiertos, camas, mesas, manteles y demás que sería repartido a partes iguales entre sus hijos. Sebastián clamó por la libertad de Andrés argumentando que él había pagado la mitad del valor de la misma, pero no hubo caso, no habiendo constancia ni papeles escritos, primero los herederos negaron saber de algún acuerdo verbal y luego la justicia falló en su contra.

 

 

            No es cuento, se trata de una versión libre de un caso real ocurrido en tiempos coloniales en Mendoza, no se han consignado apellidos así como los nombres de los personajes son arbitrarios. Las pruebas están 

UN OTRO, EL HÉROE


 

            Vivo en un edificio enorme. Tiene cuarenta pisos y los elevadores, que son viejísimos, son un espacio descabellado. Cada mañana debo saltar de la cama media hora antes de lo normal, para poder llegar a usarlos. Siempre atestados. Siempre al abrirse la puerta está lleno y la gente con cara enojada, porque tienen que ir a trabajar. A veces me miran con desprecio. La mayoría toman el tren o viajan en subterráneo hasta llegar a sus lugares de trabajo. La mayoría son personas que en cuanto pueden emigran  a zonas más recomendables. Belgrano “R” o Flores. En fin yo no me puedo dar ese lujo. Sigo acá con mi gabardina desteñida y mis zapatillas de segunda marca. En el diario donde trabajo, ni me miran. Soy casi tan invisible como el chico que trae el café o el que reparte los telefax. Igual yo sigo aprendiendo. Soy periodista. Joven, sin trayectoria y como mujer, cristiana y sin ideologías extremas… no existo. Pero eso es otro tema.

            En mi edificio vive gente tan dispar como en cualquier edificio de una capital importante sudamericana. Antes no, antes era un edificio en el que vivían militares. Todos del aire. Los que volaban en aviones de ultrasonido. Pero ocurrió que mi país entró en “guerra” con… nada menos ni nada más que con El Imperio Inglés. He leído todo. Desde lo escrito en diarios, libros de historia, de sociología y política. Tengo grabado hasta los nombres de algunos, que para los de mi país, fueron “idiotas útiles” hasta de los que en la “Gran Isla” consideran héroes de guerra. He leído diarios donde se mofan, otros donde los enaltecen y otros con diatribas incontables.

            Bueno, cada mañana cuando espero el elevador, en el fondo hay un muchacho moreno, usa un bigote armado, delgadísimo y serio. Le digo “Buenos días” y sonríe y hace un gesto amable, pero no habla. Siempre está solo. A veces, lo he visto salir apresurado cuando una mujer joven espera ingresar al pequeño habitáculo con dos niños pequeños. Una nena y un varoncito. La nena, sonríe igual que él. El varón es muy triste y nunca sonríe. La mujer… ni habla, ni se ríe, sólo trabaja. Se nota que lleva los chicos a un colegio cercano, público, porque no usan un uniforme establecido. Ella sale casi como yo, corriendo sube a un viejo coche destartalado y parte por calle Córdoba hacia el sur. Nunca pude entablar una charla con ella. Se viste siempre de azul oscuro o negro. ¡Bueno las mujeres de nuestro país somos de vestirnos con colores oscuros y lamentables! Así, han pasado varios meses y años. Como siete años, diría yo. Hoy, la nena, me dijo que se llama María Loreto, (¡pobre qué nombre que le han puesto!) me dio charla. Este año cumple quince años y quiere ir a Disney, pero la madre no le puede pagar el viaje. Su pensión de viuda, no le permite. Así supe que la mujer es viuda. La “Lore” (como me dijo que le diga), me contó que igual ella no deja de soñar, espera un milagro. Y yo le dije que no dejara de soñar. Así comenzó una charla amable y les conté que trabajo en el diario y que vivo sola, que soy del interior, etc., etc. La madre siempre callada y el chico solitario mira hacia la nada.

            Comienzo ahora, por contarles que hoy, justo hoy cuando en la redacción trabajaba en un reportaje a unos ex soldados de Malvinas, cayó en mis manos una foto. La foto tiene cincuenta y cinco retratos de aviadores que lucharon allá; de todos los hombres que murieron en la Isla del Sur y casi me desmayo. En la primera fila, superior derecha, veo el rostro del hombre que viaja con nosotros en el elevador cada día.

            Cuando al regresar hoy, Lore me mostró la foto de su papá, otro sofocón, el que me mostraba es el mismísimo de la foto que ví esta mañana. Espero subir como todos los días al ascensor, para saber si aun viaja con nosotros y ¿A dónde se dirige? ¿Me animaré a preguntarle? ¡Qué oprobio no saberlo antes! Capaz que le pida el milagro para que Lore viaje… ¿podrá hacer algo?

AL SUR LA FRENTE


 

            Silencio. Sólo las olas golpeando los despojos

            cuerpos frágiles se agitan en la muralla del naufragio.

Ojos cegados por el fuego.

El sol… quemando los cuerpos rojos, secos.

Una guitarra sin cuerdas suena por el viento.

Junto a un cofre donde se bate en retirada un trapo azul

está la arena.  Destierro de gaviotas.                                                                                                                     

Fuertes las olas amarillas golpetean la mano

un rostro gris mira el cielo, el infinito

la frente al sur

señala la otra orilla

huyen de la isla enemiga de los hombres

agonizan unas hojas del libro borroneado.

Se ven palmeras. Caracoles. Ahora es verano y domingo

y nadie verá la luna cristalina amortajar las sombras.

Allá, se escucha un disparate.

Viva, viva el hombre de rostro inagotable.

 

Acá los ojos cegados por el fuego de la nada.

 

RECUERDOS IMPERDIBLES

 


            La ambulancia se detiene frente a una casa humilde en un barrio tranquilo, deja sólo las luces intermitentes que iluminan en rojo y azul la fachada derruida. La mujer que desciende del vehículo, prácticamente arrastra el maletín médico. Su cuerpo agotado insinúa un profundo ensimismamiento. A su lado, el chofer, con una radio pegada a la oreja, disfruta un partido de fútbol al que no puede asistir.

            Cae la tarde, con su mantilla fibrilante de insectos ruidosos. El húmedo calor sofocan al crepúsculo. Un suave golpe en la puerta cancel, transpuesto el zaguán, pasando la sala de recepción, una lamparilla dibuja la alcoba sedienta de vida.

            Semiadormecida yace la solitaria anciana. Abre los ojos lentamente, perezosa y ávida de recibir amigos. Una sonrisa juguetona desdibuja el silencio. Estira el brazo fuera de la primorosa colcha tejida que tapa su cuerpo debilitado por los años, mientras pronuncia palabras de tierno reconocimiento a la pareja de profesionales.

            La médica le toca amablemente la frente, sin mirarla y se desparrama en una hamaca junto al lecho de la enferma. La joven Valentina, no tiene fuerzas para hablar. El chofer ensimismado con el partido se aparta de la mujer. ¡ Está tan sola! Pero la doctora, que por la mañana ha recibido la sentencia de divorcio, tiene un bloque de cemento en el corazón y no habla. No puede, el ancla que se clava en la garganta le impide sentir su corazón herido. Sólo siente el débil corazón de la anciana.

            Como ausente comienza con las preguntas de rutina, que anota en la carpeta, mientras asoman a sus recuerdos los brazos otrora amorosos de Ramiro, su ex esposo. Recuerda cuando por las escalinatas de la facultad la elevaba en sus brazos haciéndola volar como a un pájaro libre, vueltas y vueltas. Su risa fuerte. Sus besos calientes. Recuerda el nacimiento de Natacha y Franco, sus pequeños hijos. Recuerda la boda. Recuerda, recuerdos que le van achicando el pecho. Una lágrima sutil se desliza por su rostro cansado. Ha estado de guardia setenta y dos horas continuadas. Los niños con su madre hoy, ayer con la otra abuela. La casa, cuando regrese estará tan fría como su alma.

            La enferma, observa todo con estupor y sufre. Los ojillos empequeñecidos por la pena que comparte sin palabras. Las cataratas tamizan las sombras, pero su espíritu ve la soledad de Valeria. Entonces le toma la mano, que se detiene en su ir y venir de médica. Automáticamente le sonríe y con sus manos artríticos le señala un álbum en el anaquel de la biblioteca.

            Tito, el chofer, le alcanza el preciado volumen. Al abrirlo, una minuciosa pegatina de recortes de periódicos le muestran el acopio amoroso de la anciana. Tienen fecha. Algunos son de Los Andes, otros del Mendoza y los más antiguos del diario La Libertad. También hay algunos del diario Uno. Valentina se sorprende y Tito se acerca para mirar.

            La mujer busca con ansiedad entre los recortes y les muestra fotos. –“Son de la época en que en los periódicos, se podían leer buenas noticias. Ahora sólo se comunican desastres, muertes, asesinatos y robos. Estos eran de 1956, cuando con mis alumnos de la escuela, ganamos el viaje sanmartiniano, y este es de cuando vos, Valentina te ganaste la beca Calle.¿ Te acordás cómo te ayudé, para que fueras la mejor? Tu padre estaba muy enfermo y no ibas a poder seguir la escuela. Mirá,  acá en este recorte está la medalla de oro que sacamos con el proyecto de vacunación en la campaña.¡ Me acuerdo la carita de los niños entre las viñas, tratando de escaparse por el miedo! Y este recorte es cuando te recibiste de médica. Tu boda. Allí te perdí. Pero un día regresaste.”- las manos temblorosas recorren las páginas con ternura.

            Valentina ha quedado sin habla. Mueve las páginas del álbum y se encuentra con la vida de cada uno de los chicos y compañeras de la primaria. Mira los anaqueles de la biblioteca y observa por primera vez, que hay decenas de álbumes iguales.

            Tito saca otro y se encuentra la foto del actual gobernador, y del jugador de Gimnasia y Esgrima que él admira y sigue encontrando vidas. En cada recorte de diario hay un retazo de historia de la ciudad ajena que pierde su memoria en desvergonzados olvidos.

-¡Mire, doctora, la maestra ha guardado toda la historia de sus alumnos. Pero es cierto... se corta en... ¡ –“¡Estos tiempos, en que sólo se conoce lo feo de la vida, lo que empaña la esperanza de la gente, la falta de recursos para la educación, el hambre”! -  se acomoda la anciana en su lecho y continúa - “ Antes, y no hace mucho tiempo, era noticia un joven que lograba hacer carrera, un becado, un artista que descollaba o un muchacho decente que ayudaba a la gente. Ahora sólo es noticia lo dramático y feo. Y todo pasa rápido y se olvida. Como se olvidarán de mí, y también de ustedes, que día a día hacen milagros para llegar a los pobres que no tenemos posibilidades de ir por nuestros propios medios a curarnos. – se ha agotado en su charla. Penetra entre ellos el silencio agudo de la meditación. Espontáneamente Valentina abraza a su antigua maestra, a quien había olvidado. Se disculpa y sonriente le promete regresar cada vez que pueda, pero no sólo para controlarle la presión sino para hablar de los viejos tiempos. Tiempos que ha perdido y que la prisa de estos tiempos le han impuesto a su vida. Piensa en los niños. Se detiene tan sólo a darle una receta. Disculpándose, la rompe y promete traerle los medicamentos. Otro abrazo y una despedida cargada de afecto y de recuerdos. Sus hijos la esperan y ella tiene algo importante que contarles, recuperó un retacito de su vida.  ¡ Qué lástima que no guardó los diarios en su época!

-¡ Valentina llévate el álbum de tu vida yo ya no lo necesito! – dice la anciana y recuesta su cabellera blanca sobre la almohada. Seguirá soñando con ellos, sus hijos del corazón, que en cada recorte de periódico atesoró por años.

YESSENIA, DENUNCIA


         Llegado el jueves, le comienzan  ataques de pánico. El médico nos mira y asiente. ¡Es el fin de semana! Yessenia sabe qué le espera. Un hermano mayor, madre cómplice y una sociedad indiferente.

         La escuela reclama judicialmente hasta el cansancio. No hay respiro ni espacio para tantas demandas.

         Él, desafiante la busca a las doce en punto y se la lleva. Saciará su apetito sexual con la pequeña como desde que su” mami” se la entregó a los nueve años. Ahora tiene doce y  mucho miedo. Puede ser mamá de un bastardo engendrado por su propio hermano.

         ¡Él me trae dinero todos los viernes, con eso comemos, ustedes no se metan, es mi hija!”

         Yessenia, nos mira aterrada. ¿No podemos hacer nada? ¡Pensemos!

         Aldo, el portero, en silencio se prepara. Un grito y la bala, perfora la frente del insestuoso patán. Aldo sale esposado,  sonriente. ¿El Juez hará justicia?

LOCURA ¿INESPERADA?


 

            Cada tarde de invierno, Belisa confeccionaba una nueva miniatura pintada en pequeño punto cruz, coloridos dibujos aparecían de la nada. Sus expresiones eran observadas por su hermana, quien había dejado su vida de lado para cuidar de quien le fuera entregada por sus padres al cuidado desde niña. Belisa era “especial”, tan especial que no hablaba. La única forma de comunicación que tenía era su insólito trabajo de aguja. En las tardes de estío, se sentaba en la hamaca del jardín y escuchaba los viejos foxtros de la vitrola que recuperaron del desván. Allí encontró, Isabel, discos de pasta tan antiguos como su memoria. Eran, tal vez, de su madre ya muerta hacía algunos años. Y allí estaban, dejando recorrer al tiempo sus pobres historias de mujeres solteras. Nadie tenía interés en esas cincuentonas, agrestes, que vivían de la pobre pensión heredada de su padre. Allí no había nada interesante que obtener para la comunidad descarnada y ambiciosa.

Isabel, repartía su tiempo en la reiterada tarea de despolvar muebles y cortinas; cocinar escuetos menús, cuidar la casa que se disgregaba de tiempo en remezones ruidosos de madera pudriéndose. La arboleda, que rodeaba estrujando la vivienda, servía para que Belisa soñara con las aventuras transmitidas en la imaginación su protectora. Largos cuentos fantásticos comenzaban en primavera y se iban entrelazando con personajes fabulosos y reales durante días y días. Un clima de leyenda entramaba el miedo y el regocijo. Luego, con el frío del otoño y el invierno, encerradas en las paredes inexpugnables, la “diferente” transformaba en exquisitas escenas la ficción del cuento.      Isabel, cansada, aborrecía ese tiempo de encierro y silencio ficticio. Ya no esperaba nada. Sus fatigas la sumían en un agotador sopor y desesperada hurgaba en el rostro imperturbable de  la bordadora. Una noche comenzó a sufrir una fiebre intolerable. Animales fantásticos crascitaban disputando su cuerpo tembloroso. Belisa estaba junto a su lecho con la mirada perdida. Acercó el fonógrafo, comenzó a sonar los discos que escuchaban siempre y se fue ataviando con encantadores atuendos que encontrara en los baúles. En la mente febril de Isabel aparecían imágenes difusas y hostiles. La “idiota” tomó las manos mustias de su cuidadora y comenzó con sus acerillos a pasar hilos de colores dibujando una escena de su mente enferma. Selló la boca en verdes mustios, los párpados con rosa antiguo y así fue bosquejando un cuadro bucólico y fantástico. Varias semanas pasaron hasta que llegó un vecino en curiosa búsqueda de Isabel. El horror impregnó de alaridos el caserón, al descubrir el enorme y cuidadoso diseño en toda la piel de la mujer yaciente. Isabel, totalmente desnuda y prolijamente bordado sobre el lecho abandonada a su suerte junto a la “loca”. El mismo foxtros seguía sonando cada tanto rayado hasta el hartazgo. 

 

LA ABUELA CASANDRA

 


                        Los sucesos le habían hecho perder la razón. Tal vez para nosotros que la amábamos era penoso, pero cada uno escondía su desdicha y disfrutábamos con cada extrañeza de su hábil manera de escapar de la realidad.

En las tardes solía esconderse en los rincones del salón del piano e invitaba a seres imaginarios a danzar sobre la alfombra persa. Con la blanca cabellera suelta sobre las anchas capas granate de gasa, descalza y adornada con flores frescas o secas, según la estación. Danzaba, suavemente danzaba. Siempre escondía secretos en los rincones. Tenía lugares favoritos, claro, en una casa tan grande era factible. Aixa cuando llegaba de su taller murmuraba la eterna muletilla: -“El límite entre la locura y la genialidad es sutil como un rayo de luz”- y Casandra, guardaba sus misterios mientras murmuraba extrañas palabras que no entendíamos. Mientras en puntas de pie seguía la línea de mosaicos cantaba: -“Bereshit Rei Teshúb” o “Guilgul aneshamót”. Luego se sentaba con el rostro hacia la ventana que mostraba la puesta del sol sobre el gran canal. Algunas veces cuando venía Merle exhibía un idioma simple que comprendíamos todas. Igual su perpetua tristeza le prestaba un sortilegio indescifrable.

¿Los años le habían hecho perder la razón? Sus ojos se extraviaban en largas tardes frente al ventanal o al hogar de mármol que enrojecía recuerdos de la familia. En su idioma arcano llamaba a las cosas con apelativos indescifrables. “Jojmáh”, “Tiféret” o “Máljut”, esas eran las más usadas. Sonreía cuando cortaba flores al amanecer y caminaba sobre el césped sólo cubierta por la capa de terciopelo blanco en la nieve. Un día comenzó a desplegar láminas. Eran hojas con retratos inexistentes de seres de otros tiempos. Así sus secretos siguieron escondidos y permanecían debajo de los cuadros, en los búcaros de “Limoges” o en la colección de armas antiguas de Otniel, su difunto esposo.

Nos miraba de reojo y hurgaba en los búcaros que apoyaba en su regazo. Ahí decía sus palabras mágicas. Otras veces estudiaba durante horas debajo del mantel del mesón en el comedor unas extrañas declinaciones de su idioma. Era su sosiego lo que trastornaba a Lais o a mí. La paz que desgranaba en gorjeos rítmicos por los pasillos. Nadie la interrumpía por cariño o por temor.

En las madrugadas caminaba o mejor dicho se deslizaba por el corredor central con ramilletes de espigas secas, otras con puñados de vainas de algarrobos que tiritaban sonidos y pasaba al salón dando pequeños saltitos como guiños de ángeles.

Cuando aparecía la luna llena sacaba un brazo por la ventana redonda del ático y contaba las hojas de los cedros o de los paraísos. En invierno volvía helada, con los labios azules, pero feliz.

Era la época en que regresaba Merle de sus viajes por oriente y al verla, abrazándola, repetía: - “Sueños de los dioses, amigos de mi infancia, vuelvan al lecho de mi lago”- y sonreía tranquila. Si la luna lucía una aureola rojiza como corona real, envolvía su larga cabellera cana con un velo de novia y desplegaba de las pequeñas orejas flores de nácar que robaba del arcón de la habitación de Lais o se adornaba con cerezas  artificiales de terciopelo rojo. Todos aparentaban que no hacía nada fuera de lo común y la dejábamos hacer. Pero una noche de eclipse sucedió lo inesperado.

Salió desnuda con sus senos pálidos colgando sobre el pecho, sólo cubiertos por una muselina de tono añil, su pubis y sus ojos enjaezados de las perlas que fueran de su abuela y caminó descalza hasta el portal. Lo abrió y salió por primera vez en veinte años al enorme jardín de magnolias en flor. Llevaba entre sus manos unos amuletos y sus misterios. Caminó salmodiando sus palabras “kabalísticas” como hechicera herida por la edad. Era la dueña de una noche sabática. Se perdió entre los iris florecidos.

Al rato, cuando la luna volvió a imprimir su rostro milenario tras la breve oscuridad reinante, en conjunción de astros, en el disco rojo que se había formado quedó impresa unos instantes la figura de la abuela Casandra en tonos azulados.

Salimos a buscarla y la encontramos tendida entre pétalos de magnolia, apretaba en sus manos un guardapelo con el retrato de un joven que nadie supo nunca quién era.