martes, 13 de octubre de 2026

HUÉRFANO

 

                 Amancio Urtubia, había nacido entre los surcos de la viña. Su piel solo tenía el dolor del sudor agrio del sol siestero. Se crió guacho y pobre....

Un día lo encontró a Zahir Músase, un vendedor de fantasías, chucherías, pócimas, y mil objetos llamativos. Se aquerenció en su caserón grisáceo, maloliente y sucio. Fregó paredes, pisos y un fogón tiznado, limpió vidrios y puertas. Amancio había quedado afuera. Zahir sólo impuso eso. Amancio en una piecita en la parte de atrás...y la letrina cerca. Nunca a la escuela, pero sí a trabajar la chacra con sus añitos, a estrenar coraje de agua helada en invierno; en esa palangana podía higienizarse; a bañarse en el tanque de cemento. La finca vecina del Tito, en los días calientes de enero y febrero eran su refugio.

                  Trabajo de sobra siempre. Aprendió a podar, a aporcar y entendió bien a hacer los injertos de toda clase de plantas. Los vecinos lo buscaban para que los hiciera en los durazneros, perales, ciruelos y las señoras en los rosales....todos le daban algo. Un pantalón casi nuevo, unas zapatillas o una chaqueta de lana. Sólo, muy solito se fue haciendo grande. Una tarde, casi a la oración, don Zahir lo llamó asustado...Vení Amancio...la Dorotea....no se ve bien. La pobre está muy débil. He llamado la ambulancia que no llega nunca y se escuchó la sirena. Entró un médico acompañado de un enfermero y don Zahir, lo acercó a una pieza del rancho de al lado.

                 La mujer tiritaba, la fiebre se había comido sus fuerzas. El chico entró por primera vez en esa habitación que en penumbra atrapaban el rostro cetrino de una mujer que aparentaba ciento de años. Las manos artríticas se aferraban a una foto pequeñita que de puro tocarla estaba desdibujada.

                  Amancio, la Dorotea es tu madre. Las palabras estallaron como trompadas dadas por un boxeador en su alma. ¿Cómo, cómo pudo esconderme esa verdad? Miró al viejo y de no ser por los dolorosos silbidos que salían entrecortados de los labios secos de la enferma, le hubiera dado un golpe tan fuerte como su cuerpo esmirriado le permitía. Helado, seco, mudo. Así se quedó el ya casi hombre. Amancio.

                 El médico expresó que debían internarla, que estaba muy delicada y que iría a terapia. El hospital, estaba a unos dos kilómetros y la metieron en una camilla y salieron echando humo por el camino hacia el nosocomio. Zahir, estaba perplejo. Amancio furioso. Allá se enfrascó en conocer ese espacio frío de las salas donde se esperaba una palabra de los médicos. Se arrebujó en un banco duro y solitario, don Zahir se fue a la finca y lo dejó solo. Al amanecer se acercó una joven que con discreta dulzura le dijo que su madre había muerto. Todavía vibra en las paredes del lugar el grito de dolor de Amancio, un chico que nació entre los surcos de las viñas y apenas pudo besar las manos ajadas de su madre. 

 

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