Mostrando las entradas con la etiqueta Beca. Cuento corto. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Beca. Cuento corto. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de septiembre de 2020

NOCHE DE MILONGA

 


 

El conventillo tiritaba con la ola de frío.  La niebla que subía del río anonadaba a los pocos transeúntes que caminaban por las empedradas callejuelas del bajo. A lo lejos se oían los motores de los barcos que trataban de llegar a puerto. Buenos Aires golpeaba con su humedad de obreros y olor de podredumbre del Riachuelo.

La “Morocha” bailaba sola en el “piringundín” del Tano. Era casi la madrugada y la niebla se fue disipando dejaba un rayo de luna sobre el piso mojado de la acera. Ella no tenía abrigo y sabía que si salía a esa hora, pescaría una pulmonía. No podía darse ese lujo.

El sol saldría en pocos minutos y así, si, ella, se iría al conventillo, donde la madre le cuidaba al niño que le dejara el “Chalo”, su amor. Él, se había ido al Chaco al obraje a conseguir dinero para llevarla, dijo. Nunca volvió. Hacía como dos años que había perdido la esperanza. Ella se “conchavó” en una tienda, pero el dueño se propasó y se tuvo que ir. Ni siquiera pudo cobrar los cinco días que había trabajado. Trató de ser sirvienta, pero cuando la veían tan bonita, las mujeres no la aceptaban. Los hijos se la tratarían de llevar a la cama. ¡Bueno, así es la vida!

Cuando llegó la primavera, conoció al Tano y la contrató en el boliche. Tenía que cantar y bailar para los obreros de los barcos, como siempre estaban borrachos, no importaba si cantaba bien o mal, le dijo. Le compró un vestido rojo y unos zapatos de taco aguja de charol. Su larga cabellera negra, caía sobre sus espaldas como un río borrascoso de seda. ¡No cantaba tan mal, después de todo!

Un día, se detuvo un taxi y de él, bajó un gringo, que se sentó a escucharla. Era raro por ahí, ver un tipo bien vestido y serio. Habló con el Tano y éste, lo invitó con un Fernet. Cuando terminó de cantar, el “Tigre” la sacó a bailar una milonga. Bailó con lo mejor que pudo porque como mujer, intuyó que su destino estaba en eso. El tipo, la miraba con detenimiento. La llamó a la mesa.

Ella se sentó y esperó que hablara. Pero no decía nada. Se la comían los nervios. De pronto la tomó del brazo y la sacó a bailar un tango: “Refasí”.

Su pollera parecía las alas de una mariposa herida. Todo en rojo sangre revoloteaba en brazos del Gringo. Mañana cantarás en el Chantecler. Y le dejó un fajo de billetes con la orden de comprarse ropa y todo lo que necesitara para ese lugar, para que brillara. El Tano, sonreía.   Ahora tendría que buscar otra “mina” para el bolichón del bajo.

Cuando fue a doña Ercilia y le pidió que la peluqueara, la miró raro. ¡Estoy por trabajar en el centro! Nada raro, ¿sabe? Y le hizo un baño de crema y le aclaró un poco el pelo y le arregló las uñas y le dijo:- Peinate así, con una poco suelto y otro recogido. Y esa noche, a la hora precisa, llegó un taxi y la vino a buscar y ella con su vestido negro de seda, parecía una reina. Felipe, el niño, la miró embobado y le mandó mil besos con su manito flaca. La madre lloraba bajito, como si la fuera a perder.

Llegó al Chantecler, las luces la dejaron muda y ver esos tipos y mujeres con ropas brillantes la asombraron bastante. La llevaron por un pasillo y le mostraron su espacio. Allí había una rubia muy bonita que le prestó su labial bien rojo, le puso máscara de pestañas. Y la llamaron para cantar. Cantó como una diosa. Y luego bailó como un hada. Los aplausos estallaron y su vida también.

La Morocha, dejó su apelativo y comenzó a ser Margot. Casi, casi como la del tango. A partir de ese día fue la atracción del cabaret. Hasta que llegó el “Chalo” del norte. De una trompada le desfiguró la cara. Sacó al Felipe y de allí al ferrocarril y se la llevó. Nunca más se supo. Dicen que en el obraje terminó matándola a golpes. Otros dicen que la vieron borracha cantando en un burdel. Como decir dicen muchas versiones. Hay que ver si es verdad.

 

lunes, 18 de septiembre de 2017

CUENTO SUPER CORTO

VÍCTIMAS DEL ASESINO DE LA SIERRA


Ocurrió entre sombras, el lugar era seco, umbrío y la sangre estaba negra. El silencio se apretaba al breve espacio. Apenas unas luciérnagas trataban de iluminar dando una señal. El inspector Santos descubrió una losa fresca. Cavaron y allí estaba el cuerpo mutilado de una niña. Era la séptima victima ese mes. Se lo seguirá buscando sin respiro. Nadie sabe donde se esconde. Tal vez… alguno de los miembros de la seccional sepa algo. Santos sigue buscando una sierra ensangrentada. Siempre llegan tarde. ¿Quién le avisa?

martes, 22 de agosto de 2017

DISCORDIA

            Las esperaron sin ganas. Era motivo de esconder cobardía entre varios habitantes de la casa. Esa que había sido permanente refugio de toda la familia. Yemina era la más linda, luego estaba Abril y llegó el “machito”, discutieron el nombre. Era muy importante que se le pusiera un nombre pomposo y llamativo. Le nombraron Geraldo. Y fue un solo mimo.
            Las muchachas crecieron a la sombra del hermano y nadie se preocupó por ellas. Hasta que un día llegó un pariente de Europa. Era un joven hermoso y vivaz. Embrujó a todos con su risa y sus charlas de historias extraordinarias. Yemina y Abril, se enamoraron al instante de verlo reír.
            Una mañana la tía al desarmar el lecho, vio la “marca” del pecado. Espiaba a las mozas. No dijo nada hasta que tras mirar y escudriñar descubrió que la primogénita esperaba un niño. No podía ser de otro que del primo amoroso y solícito.
            Pasaron varias semanas. Una mañana me llamó una vecina y me contó una extraña historia. Yemina había muerto en un quirófano. Le habían hecho no sé que estudio en sus entrañas.
            Una negra carroza con caballos enjaezados con penachos de plumas blancas, moños de tul de ilusión albos entre flores de nácar y perlas artificiales, la llevaron al campo-santo. Nadie lloraba excepto sus pocas amigas. El silencio cortaba el sonido de los cascos de los nobles brutos. Murió como nació, dijeron. Hoy al transcurrir los años, discurro que a Yemina la mató un aborto clandestino. Lo organizaron en familia, para tapar el miedo, la cobardía de decir que ese muchacho al que albergaron en la casa, era un farsante que aprovechó la inocencia de la niña. Abril había desaparecido. Luego contaron que entró en un convento del Carmelo, vaya uno a saber qué le hicieron.
            Tremenda discordia debe haber habido en la casona, porque después de ese día, uno a uno se fueron alejando todos los que vivían en la casa grande. El que dicen que se quedó sin pena fue Geraldo, el mimado de todos los que tramaron esa terrible matanza.
            Han pasado varios años y cuando paso por la zona, recuerdo la belleza y dulzura de esas muchachas y un enorme pena me deja perpleja ante la ignorancia y la desidia.








lunes, 14 de agosto de 2017

CUENTO CORTO

      "Cuando el corazón está triste las piernas no responden"
                                                                                              Diego Armando Maradona.
                                                                       Gol
                                   Llegó corriendo, los mocos le caían por la cara llena de tierra colorada. Del pantaloncito de breen descolorido sacó un trozo de papel. Estaba roto y apenas se leía una nota escrita en lápiz. Las lágrimas desdibujaban las palabras enhebradas en miedo. Él, aun no sabía leer. ¿ Qué decía ese papel? Tal vez el padre le diera de azotes. Estaba escrito por el cura. También se había sonreído al garabatear su nombre. El "pibe" no quería entrar en la cocina. Su madre entre ollas tiznadas y sin bordes, sollozaba cebollas. Su padre acodado en la esquina del fogón parloteaba insensato los sueños imposibles de obrero analfabeto. Se acercó en silencio y estiró su manito temblorosa con el papel. La madre apenas leía con dificultad. Se secó el sudor con el ruedo del vestido. Ahuecó la mano en la luz de la lámpara, la luz agónica del kerosén dibujó unas letras que bailaban de gusto. " Don Chito venga a verme, el Coqui es un futuro goleador en primera, si lo hacemos  trabajar, con mi respeto: Padre Julio ". Se produce un silencio caliente. El hombre mira la figura escuálida del chico.-¿Qué va a poder jugar éste, si no tiene ni brazos, ni piernas siquiera?- El pensamiento pasa como una flecha entre los sentimientos de la mujer que arrulla sueños. El Coqui mira y se achica junto a la puerta, si le quieren pegar, se escapa a la calle. Un movimiento lento pero tranquilo le acerca una mano del padre- Vamos a ver al cura, ya vengo vieja- , y se pierde en la calle.
                               El tiempo conoce fuerzas que los hombres no conocen. El "Coqui" es uno de esos jugadores que se dan cada cien años. ¡Claro que se lo llevaron lejos! La capital era chica para tanta maravilla. Ahora se pelean por llevarlo a Roma, a Francia..., el muchachito no puede negar su historia aunque paguen millones por sus gambetas, por sus jugadas magistrales. Viaja de un continente a otro. De un país a otro, pero en su pecho hay un dolor de hambre, de poca escuela, de padres analfabetos y pobres. La gloria de sus triunfos lo deterioran. Un día cae. Un golpe lo derriba y sufre una hemorragia cerebral que lo deja hemipléjico. El equipo más ilustre de galenos de su país, hace la operación reparadora. Gana. Su cuerpo está como antes. Pero su cabeza y su corazón ya no son los mismos. Una profunda pena se instala en su interior, nada lo alegra ni lo distrae. Los jefes buscan llenar su vida de novedades. Necesitan que vuelva. En sus pies hay millones de dólares dormidos. El interés los mueve. ¿Quién podría llenar canchas gigantescas con multitudes delirantes, sino el "Coqui"? Él, se ve tal cual es, un hombre que sirve para otros, a quien sólo importa por el dinero que genera. Regresa a su pueblo y afronta a un sin fin de niños desnutridos e ignorantes que deliran por él. Ahí comienza a desdeñar su fama. Ya no quiere volver a la cancha. Su madre ha muerto, su padre derrocha alcohol barato. Ya ni plata les queda de todo lo que mandó desde otros mundos. Junta un puñado de billetes y crea una escuela. Busca un maestro de esos dispuestos a dejarlo todo por amor a los niños. Los periodistas lo buscan, lo llaman, lo acosan. Nada puede contestar. Silencio. Un día llegan de un raro país de oriente, se lo tratan de “llevar”. – “Cuando el corazón está triste, las piernas no responden”- dice.-¿Para qué me quieren si más me necesitan en mi pueblo?- Recoge a un niño desnutrido entre sus brazos. Camina hacia la casa y canta una canción  de su pueblo y camina, camina..., el Coqui... con un pobre niño en brazos.
           

                                                            

lunes, 31 de julio de 2017

CUENTO CORTO

LING TAI YU...
                        Era de ladrillo cocido, esmaltada en algunas de las figuras del león vigilante de los demonios caseros. Era la casa donde ella, ahora era la “primera”...
                        La belleza nívea de la rala cabellera transpiraba noches de luna insomne. Pequeñita, torpe en su desplazarse entre el crujiente sillón de madera y mármol, que refrescaba su escaso puñado de músculos macilentos. Sus pies hinchados y deformados la hacían arrastrarse para llegar hasta el altar familiar abrazado de incienso volátil. El rojo tapado de seda abarcaba su cuerpecito menudo y tieso. En sus ojos cenicientos nadaban los miles de plantitas de arroz que plantó en su juventud, agachando el deseo de estirar un suspiro en su espalda corva. Miles de siglos apretados en su espalda de campesina. Sus manos de piel morena, dedos deformes y aguzados como azuelas acariciaban una pequeña bolsa displicente en su regazo. Picardía en el sobar las fruslerías de jade y oro que contenía su faltriquera antigua, recuerdos obscenos de la época anterior a la muerte de la primera  esposa y de la segunda. Se sentó extasiada bajo el cerezo florecido esa mañana. Un mar de rosados pétalos atrapaba las abejas y abejorros que extraían el néctar para polenizar otros árboles de la ciudad en flor. Una sombra azulada se perfiló en su rostro cuando una jovencita se acercó a lavarle los pies y las manos. Era la hora de sol rotundo, cuando caen guijarros de fuego húmedo sobre la techumbre de viejas tejas musgosas. Era esa, la nueva esposa de su hijo mayor y ella la odiaba. Su sonrisa desdentada horadó su memoria...Activó la  imagen de la primer esposa de su amado. Esa que la hizo hincarse para limpiar su sangre y el tibio semen después de copular toda la noche. El odio ensombreció la mirada astuta y petrificó aún más su corazón partido en mil esquirlas aguijadas. Zumbó su voz  el vapuleado azote verbal a la nueva muchacha que penetraba en su mundo petrificado de silencios. ¡No me toque, dijo en un zollipar no escuchado! Y la tercer esposa del primogénito, siguió abrevando el tibio líquido sobre la piel escamada, a causa de largas temporadas pisoteando en el fango, cosechando o plantando arroz para su esposo. La había comprado por monedas a su padre que la odiaba porque era mujer y había nacido antes que el varón tan esperado. Otra muchacha, casi una niña, le acercó un bol con una papilla tibia con verduras y pescado finamente desmenuzado. Comió con la pequeña mano, ya no podía sostener los palillos por el dolor afilado que le deformaba los nudillos. Bebió el té verde, que se deslizó por su barbilla que descargaba en el ahuecado pecho la mitad del contenido del mínimo vaso de porcelana. Se durmió entre sorbo y sorbo, pero soñó con las caricias de su dueño caprichoso en tardes de primavera. Sus muertos senos eran como talegas de duraznos maduros y perfumados entre los dedos expertos de aquel hombre que había deseado tanto...otrora. La muerte atisbaba lujuriosa entre los cerezos. Ella abrió los nublados ojillos medio adormecidos y vio acercarse a la esposa primera, aquella que le había robado la pasión de su amo y esposo. Venía a buscarla desde la otra vida. Tomó un bambú que le servía de apoyo y descargó un tremendo golpe a la maldita. Otro golpe y otro. Inesperadamente la tercera esposa de su hijo cayó. La cabeza estrellada a palos en un charco de sangre sobre el pavimento del patio interior. La negra cabellera juvenil teñida de fiesta, pensó... ¡Resonó como el tambor del templo!
 Acudieron las otras mujeres para auxiliarla...era demasiado tarde. La muerte jugó con el destino pero se llevó la vida joven. Inocente la muchacha yacía en las piedras pulidas por el uso. Victoriosa la anciana juzgó que debía dormir una siesta. No vestirían de blanco por lo sucedido. El rojo seguiría siendo el color de la casa.


                                               

CUENTO CORTO

El hombre es la mueca del silencio


No sentía ni tu aliento, ni tu pulso. Sólo el fuerte perfume de diamelas y heliotropos que le dan un sabor frenético a todo tu ser. Penetré en la oscuridad de la noche donde estallaban como fuegos de artificio los recuerdos dormidos o escondidos por perversos y obstinados. Tú, la mujer prohibida. Lejos la verdad de tu vida real. Marqué ávido tu número de teléfono para escuchar esa voz planetaria y helicoide. Tras el otro aparato, una voz varonil ya conocida y realmente odiada me dejó perplejo y mudo. Corté la comunicación, inventando una escusa casi cómica y pueril. ¡Cómo decir que eras tú a quien yo ansiaba! Tomé la determinación exacta. Me senté a esperarte como siempre lo hago en el sillón detrás de los moreras amigas. Esperé en silencio. Soñé contigo y cuando sentí la llave en la puerta elevé el mortal amigo de mi locura y vomité su plomo devastador en tu frágil figura. Ahora miro perdido en la noche silenciosa tu bello rostro. Mi sangre fluye con borbotones mágicos sobre tu piel de seda y nieve. Muero, sí, pero nadie, nadie podrá amarte como lo hice yo en esta vida. Trato de llegar hasta tu cuerpo inerte y se va desplegando mi cuerpo inmaterial sobre ti en besos apasionados y me voy yendo y observo una mueca destemplada en mi antiguo rostro. Una mueca de ira y dolor por no poder amarte. Silencio. Sólo queda el silencio del jardín nocturno donde un casal de alondras hacen el amor entre las frondas de los rododendros en flor.
                                                          


UN RARO CASO DE PERDER...



            Cuando llegó eL “Chicho Rotello” a la concentración, estaba ebrio. “En pedo” a decir de los muchachos. Se armó un lío del diablo. Vinieron el aguatero y el masajista, que son tipos de peso pesado, y como a una bolsa de arena lo depositaron en la camilla del vestuario, junto al gimnasio quedaron los otros jugadores despotricando. El masajista llamó con urgencia al director técnico y al médico. La sentencia fue: “Borrachera y consumo excesivo de calmantes”.
            Algunos compañeros se burlaron y otros, amigos, se quedaron perplejos cuando el “doc.” dijo: Tiene un tumor en el glúteo izquierdo, que interesa los abductores con distensión “izquiotibial” que le impiden moverse, tiene terribles dolores. Habrá que operarlo con carácter de “urgete”.
            El equipo se quedaba sin un extraordinario mediocampista, pero así no podía seguir. El Chicho hacía meses que llegaba tarde, muchas veces borracho y con un carácter de mierda.
            Esa semana lo asediaron los medios gráficos, la radio, la tele, incluso pagaron fortunas en la Villa para poder entrar. Tenían que “ponerse” con un peaje a los “barras” de la Villa para ingresar y salir vivos, con las cámaras y efectos personales sin problemas. Son cosas del laburo. La madre del Chicho los recibió en la casa, hermosa,  que le construyó con el último pase el jugador. Ella siempre apoyada, la madre, claro, por los doce hermanos del as.
            Pagaron 350.000 dólares para que jugara en el club, y a él le dieron el 20% para su vejez. Buen hijo, le hizo hacer una casa de película a la madre. Con tres baños, cocina en isla, ocho dormitorios, sala de juego y hasta un micro cine para disfrutar los partidos en un T.V. de tamaño hotel cinco estrellas, que ahora solía disfrutar en los campeonatos de 1ª. La madre recibió a los medios y con pocas palabras dijo todo lo que podía decir. Nada, en realidad sólo balbuceó una explicación breve de miedo a los médicos, a los hinchas, a los “barras bravas” que cuando se enojan le llenan la casa de “bosta” y pintura con graffitis asquerosos. Ella no ocultó su amor por el Chicho y los otros hijos. Los doce eran más chicos que el enfermo, pero iban todos a la escuela, estaban vacunados y tenían bicicletas, que por supuesto había pagado el mediocampista.
            Llegó el día de la operación. El “Pelado” Soria y el “Panza” Vargas, donaron sangre. La tele en la puerta del nosocomio, esperaba la oportunidad en que los doctores dieran un reporte de lo sucedido. Después de seis horas, apareció un médico con cara seria y se despachó con una perorata con términos, que nadie entendió. Al final un ayudante joven, dijo: “Al señor Francisco Rotello se le extrajo un “DIU” de la nalga izquierda, los tejidos habían cubierto el aparato con una membrana que impedía que se absorbiera. Ahora está descansando, cuando despierte de la anestesia dará una conferencia de prensa. Investigamos cómo pudo llegar allí dicho elemento extraño. Gracias.”
            La madre del Chicho, llorando expresó: Ahora comprendo cómo me embaracé tantas veces…, nadie me dijo que había perdido el DIU. La mujer salió llorando perseguida por una decena de periodistas.
            ¿Cómo habrá hecho el Chicho para golear a los adversarios con ese aparato en el culo, me querés decir?... se escuchó preguntar a un camarógrafo mientras se alejaban.

CUENTO CORTO

El automóvil se desplazó con urgencia sobre el pavimento caliente. Desde la butaca se veía hacia el frente un lago brillante que devenía en gris concreto, a pesar del sueño irreal que se proyectaba adelante. Era la temperatura sofocante del verano. Todo se transformó en un fantasma que jugueteaba en el páramo, con el sol que caía a plomo. ¿Así sería el desierto? Imaginó ser abandonado en el yermo más seco del mundo. En Atacama. Recordó un programa de National Geographic Channel, que había visto hacía un año en televisión. Algo extraordinario ocurrió en aquella época. Llovió. Llovió sobre el desierto, abundante agua, y el Atacama en pocas horas, como un milagro esperado, se cubrió de flores y plantas que emergieron rotundas de la tierra arisca. También habían salido a la superficie sapos, ranas y lagartijas, que rápidamente se aparearon para perpetuar las especies; insectos que llenaron las inusitadas corolas para polemizar los vegetales despiertos por el breve tiempo húmedo. Mucho polen y rocío se esparció por el aire. Toda clase de animalitos se dedicarían a multiplicarse; a transformar, en pocas horas, ese desierto inhóspito en un paisaje inusitado. Su mente dejó de vagar por aquel recuerdo inútil, ya que él, regresaba a un lugar habitado Cerró los ojos y pensó que así encontraría su pueblo. Dormitó. El calor se mitigó cuando Daniel, mientras manejaba, elevó el cristal de la ventanilla y comenzó a funcionar el aire acondicionado. El chofer murmuró un ininteligible insulto. Su afición al tabaco lo torturaba desde siempre y ese viaje era una más de las torturas que debía soportar.
Rogó que lloviera como en aquel programa de su recuerdo. Una densa lluvia calmaría el disgusto de su compañero y su ansiedad.
            Si cambiara ese paisaje espantoso, el viaje no sería lo que era. Algo penoso. Se secó el sudor con un pañuelo de papel. Quería arribar. En realidad no. Prefería no volver a su pueblo. Recordó cuando salió de Casas Viejas. Casi huyó. Era sofocante el recuerdo de esa pequeña aldea donde quien respiraba, debía hacerlo al ritmo de las otras 789 personas que lo habitaban. Se había apasionado con un amor prohibido. Una mujer que no podía responder a su pasión. Era casada. Nadie debía sospechar que era el único horizonte de su locura. No podía exponerla y exponerse al oprobio. Muerte social. Huyó.
            De regreso ahora, el corazón escapaba por las venas que palpitaban como potros salvajes. El llamado urgente de tía Lourdes, no le permitió excusas. Allí iba muerto de angustia. Lleno de ira.
            Había triunfado en la selva de la gran ciudad. Su música logró penetrar en un público inestable y cambiante. Vendiendo cientos de discos y teniendo muchos contratos firmados. No podía desprenderse de ellos.
            Observó a la vera del camino un caserón que no recordaba. No existía cuando vivió allí. Era un desperdicio una casa estilo francés, con unos jardines, que se destacaban entre el enrejado, parecido a los de Versalles. Era un objeto exótico, que distraía el entorno. Innecesario. No, no estaba cuando huyó de Casas Viejas. La curiosidad lo hizo despertar. Se ubicó en el asiento atento al paisaje. Nada nuevo hubo desde allí en adelante, pero el aguijón de la duda lo espoleó. Al fin arribaron. La casa estaba igual. Descascarada la fachada, la puerta crujiente como siempre, roto el llamador de bronce y el jardín recordaba épocas de humedad y cuidado.
            Tía Lourdes, con paso cansado, los recibió con gesto adusto.
            -Mira tu padre murió ayer y lo cremamos esta mañana. Relató detalles como si fuese el final de un partido de fútbol, sin emoción.
            -También murió Juvenal, ¿te acuerdas a quién me refiero? Fue un accidente inverosímil, que se vivió en este pueblo tan pequeño como una osadía del destino. Dejó dos familias rotas.
Se quedó en silencio, mitigado por alguna lágrima que se deslizó por la memoria de la anciana. También pensó en las vidas rotas, la del sobrino y la de la mujer.
            -La tuya y la de ella se descalabraron. Ahora vive en una maravillosa casa en las afueras. Dicen, que Juvenal, el difunto esposo, compró parte por parte, de la casa, en Francia. ¿No la vieron al pasar?
 Había soslayado el tema escabroso. Nombró a la única, como si todos conocían el pasado escondido.
- Ahora, dijo carraspeando, puedes ir a darle las condolencias Es la viuda más joven, hermosa, rica y codiciada de Casas Viejas. Corre antes que alguien se te adelante.
      Agitada, parloteó con Daniel un rato. Lourdes señalaba la calle por donde tuvo deseos de correr. Necesitaba que se quedara callada. Quiso gritar. Ese día o el anterior, su padre se había despedido de la vida. Como siempre sin dejar huella. Huyó como él, pero al otro mundo.
            Se instalaron con Daniel, amigo y chofer de confianza. Trataron de amoldarse a las rutinas de la tía solterona, que ya contaba setenta y ocho almanaques. Los siete gatos merodeaban por todos lados y tres perros, les ladraban ante el más mínimo movimiento, eran los únicos habitantes visibles de la casa.
            Se durmieron agotados. La noche fue una dolorosa danza de silencio que les dio un relámpago de paz. Al amanecer, con el bullicio de los pájaros, despertaron. Debía terminar con los trámites burocráticos. Era el único heredero y no podía dejar sola a su tía.        
             Salieron con la esperanza de acabar rápido y poder regresar a la capital. Atravesar las calles fue un suplicio. Le llegaban abrazos de dudosa condolencia, pedidos de autógrafos y amigos que no conocía, que le hacían mil invitaciones. Debía mostrarse triste y compungido. Hasta llegar a la oficina del municipio, la tortura se fue incrementando. Indudablemente era un personaje exitoso y todos querían tener contacto con él.                                                Cuando ingresaron al pequeño recinto, el corazón le dio un salto. Allí con un jean y una remera negra escotada, estaba ella. El cabello suelto sobre la espalda cubría parte de su cintura. Estaba más delgada. La mujer se volvió para mirarlo y recorrió su piel, con la minuciosa libertad de una muchacha a la que le sobraba tiempo. Se acercó resuelta, y dándole un sonoro beso en la mejilla, se abrazó llorando sobre su pecho varonil. Nunca sabría si por Juvenal recién muerto, por la muerte de su padre o por el amor que habían vivido en secreto. Daniel, se evaporó. Los oficinistas salieron del lugar dejándolos solos.   Sin pudor Analía, le suplicó que la sacara del pueblo. Quería irse con él. Con asombro, Gastón, sintió que ya no la amaba y separándola de su pecho la contempló un instante y la alejó de sí, sin decir palabras.  Ella, llorando, salió y corrió por la calle perdiéndose a la mirada de los transeúntes. El, continuó llenando los papeles que se movían jugueteando sobre el escritorio con el aire de un viejo ventilador de techo que rezongaba desde temprano en la sala.

                

martes, 18 de julio de 2017

CUENTO CORTO


                  LO EXTRAÑO EN LA NOCHE DE PRIMAVERA.
Sí, fue y será extraño. Por eso y por otras cosas quiero contar lo que se vivió en aquella casa de las afueras de Olivares...
            Luego de empujar con fuerza la puerta azul de ingreso exterior de la casona, Marisa Montes, lanzó un fuerte suspiro. Era una noche fresca de primavera. El clima benigno como hacía tiempo no se vivía por la zona costera. Generalmente fríos los cambios de estación, transformaban en indeseable las nochecitas que preludiaban días mejores. Era casi la medianoche. Hacía un extraño calorcillo. Entraba un aire fresco, sin embargo, por un resquicio de la galería que daba al sur. Dejó su abrigo, liviano para la época, sobre un sillón del salón en semipenumbra. Dejó su sombrero y sus guantes.
            ¡Allí pudo ver por primera vez la luz! Era una pequeña luz, que se filtraba desde la habitación de Juanca. Él, hacía ya varios meses que había partido hacia Calcuta. Sintió frío. Un raro escalofrío en la espalda la hizo acercarse al ventanal para cerrarlo. ¡ Juanca y su búsqueda espiritual, lo había hecho demorarse en ese país mágico, la India! Luego del suceso. Ese que lo había hecho inquietarse aún más, al punto de dejar trabajo, novia, amigos, todo. Estaba tan lejos como antes. Más ahora.
            La puerta estaba entreabierta, pero sólo se alcanzaba a ver desde un punto de vista un punto de visión hipnótico. Sosegado. Por el pasillo apenas iluminado por la luna, que penetraba con un haz luminoso de tono rosa pálido, pudo sentir “una” presencia. Igualmente desde la hendija en la puerta de la antigua habitación de Juanca la acarició una sombra. ¡También sintió el sonido de música suave, casi imperceptible, que provenía de la estancia! Ésto hacía más cálido el clima de emoción. ¡ Yo sé que él, está  muy lejos ¡ Su figura alta y desgarbada se filtraba en su memoria. Juanca tenía el cabello largo y fino, apenas ondulado que caía en una coleta fina trenzada en su espalda para crear un vínculo con la tierra. ¡ Lo recordó como había sido antes, cuando era su respaldo incondicional en la infancia y en la adolescencia! Todo acabado. Nuevamente recordó el suceso. ¡ Lo extraño, se dijo malhumorada! Y hoy, justo hoy, después de este momento mágico en el teatro, le ocurría esto. La obra era buena. Algo profunda para el entorno de Olivares. La gente es sencilla y buena. ¡Nada complicada, claro! y tal vez no entenderán, como yo, alguna propuesta de los parlamentos. ¡Charlaría horas junto a él, sobre la obra! Sus manos cálidas, pálidas y azuladas, con perfume a tabaco y cuero, jugarían con mi cabello oscuro mientras me explica cada palabra de esa puesta esotérica... piensa. La luz se aclara. La puerta se abre lentamente y Marisa se ofusca, no, se sobrepone y observa. Él, Juanca está allí. No físicamente, es extraño. Es su espíritu manifiesto, que ha llamado persistentemente con su alma y su palabra. ¡ La mente humana ! Juanca ¿ vienes a acompañarme en este extraño momento de ensoñación? Su luz se inquieta. Se aquieta. Se detiene. Un aire fresco penetra y mueve la ropa y las cortinas. Ya comienza un leve entintarse del horizonte. Agoniza la noche. Se tiñe el añil de un púrpura primigenio. El perfume del mar penetra en la estancia. Ella siente la presencia. Siente que se acerca y la toca con manos insustanciales.
            Hincada en la alfombra ve que el haz de luz penetra lentamente en su piel. Su ser está en éxtasis. Entiende el mensaje...Una paz tenue inunda el corazón de la muchacha. El corazón se acompasa con otro corazón lejano. Marisa es feliz y espera. No habrá otro suceso.¡ Hermano... estás acá y sé que siempre que te llame , que necesite de ti, vendrás a darme tu calor! Marisa es muy feliz. Aprendió. Comprendió.


viernes, 7 de julio de 2017

OTRO CUENTO

UN SIMPLE HOMBRE VOLANDO.                

     Todo comenzó con la internación en el lugar más sórdido de la ciudad. Yo había perdido la paciencia. Tal vez querer volar era un desafío para otros. Traté de volar desde la columna de la luz, desde el campanario de la catedral...desde el mismísimo cielo. No pude. Nunca me dejaron. Mi familia, mis amigos, los bomberos... todos me impedían volar. Eso era mi sueño. Repetía cada mañana el rito. Me bañaba, afeitaba, me vestía con el mejor jeen, la mejor remera o el sueter nuevo, zapatillas de marca. Siempre llegaba al lugar estudiado o elegido. Nada. Algo lo impedía. Alguien me seguía. Punto. Será otro día.
     Entré como si conociera a cada uno de los hombres que habitaban ese espacio infernal. Ahora mis pares. Se acercaron algunos, otros gruñían o reían a mi paso. Yo, los miraba lleno de asombro. Me presentaron al médico especialista " en vuelos"o nó. Era un hombrecito calvo, con lentes muy gruesos, algo obeso pero agradable. Lo acompañaba un ayudante enorme. Todos vestían batas blancas o verde claro. Todos estaban algo sucios. El dormitorio apestaba. El baño...bueno no parecía un baño, era apenas una letrina oscura, obscena, un asco.
     Caminaba mirando hacia el parque. Quería ver si desde allí podría volar alguna vez. Nada. Todo era triste. Los árboles y las paredes desnudas sin farolas ni flores. Vi a otros hombres. ¡ Casi hombres ¡ Mis manos trémulas apretaban la poca ropa que me dejaron. Me quitaron el cinturón, los cordones de los zapatos, la radio, la cadenita de oro con el `santito´ que me dio mi hijo. Casi todo me quitaron. Pero eran simpáticos. Todos reían viendo pasar al médico con uno `nuevo´. Estaba tranquilo. Sabía que con paciencia lograría que un día me permitieran volar. Era un sueño. Desde niño quise volar.
     Me costó dormir en esa cama dura y fría. Pero al amanecer reconocí el canto de los jilgueros y zorzales de la zona. Envidio a los pájaros. Ellos vuelan sin pedir permiso a nadie.
     Un enfermero me buscó temprano y me llevó con una hermosa joven. Ella era amigable y dulce. Charlamos un largo tiempo cálido y bueno. Hablamos de mi madre. De mi padre que apenas conocí. De la escuela en el barrio...hasta de fútbol. Me hizo mil preguntas sobre el trabajo, los amigos, los compañeros y bueno...también fue hermoso. Recordamos las películas de Sandrini, de Niní Marshal, de Cantinflas y las de vuelo. Hablamos de alas delta, de aeroplanos, aviones y cohetes. De éso, sé un montón, le dije. Cuando me iba al dormitorio, ella, me entregó un libro. Comencé a leerlo esa misma tarde. La vida de un tal Saint Exúpèry. Él sí volaba. Me gustó tanto como puede gustarle a un pájaro soñar con aire libre en una elevada montaña  entre las nubes.
     Los otros  habitantes me seguían. Me acosaban. Hasta que encontré a Felipe. Él era un tipazo. Había trabajado en el aeropuerto. Sabía de mi amor por el vuelo. Me escuchaba. A veces no, se sentaba ausente, no hablaba. Sonreía. A veces le daban ataques de rabia y rompía todo. Pobre Felipe, con los ataques queda hecho una porquería. Lo ayudaba a vestirse, lo afeitaba, le daba de comer... Era mi amigo. Los médicos nos tenían cariño. A los dos nos tenían cariño. Eramos tranquilos, inteligentes, limpios. Hasta que llegó el "loco". Ese era loco realmente, no se hacía el loco. Creía que era Jesucristo y bendecía a todos. A veces yo se lo aceptaba, tal vez así lograba volar un poquito. Quería celebrar la santa misa. Estaba loco de remate. Repetía el Sermón de la montaña o a los Corintios a los gritos. Los otros le tenían miedo. Aparte no quería ni hablar de volar...el pobre. Odiaba a los médicos. La furia le hacía dar fuerte patadas y allí empezaba a blasfemar. Quería matar a los doctores. Era muy triste verlo. Comenzó a buscar la compañía de nosotros dos que éramos amigos. Aparte de ser dios, había sido profesor de filosofía, lenguas muertas, literatura y quién sabe qué otras sabidurías. Pero no quería volar. Estaba loco. Nos seguía. Hablaba de Van Gogh, Beethoven, Verdi, Da Vinci...y dale con los genios. Dalí, Chopín, Tchaikovsky, Chaplín era su favorito. ¡ Y tuvo que suceder, era lógico! Peleamos. Él comenzó a hablarme de Darwin y yo no tenía ganas de escucharlo. Yo, repito, sólo quiero volar, que por otra parte es algo normal en un hombre pájaro. Le grité que me dejara. Le dije: "Me tenés abrumado por tanto tabaco, por tanta cultura. Entre saber y no saber, prefiero..." La pizza"... agregó Felipe" Y comenzó a golpearnos. Ya no repetía en latín a Homero ni a Virgilio, no. Puteaba que daba gusto. Vinieron y lo ataron. Por supuesto lo ataron con aquellas vendas blancas que existen...acá.
                   Entonces sucedió inesperadamente algo maravilloso. ¡Felipe, me tomó de la mano y me invitó a volar...!  

                   

miércoles, 31 de mayo de 2017

EXTRAÑA MIRADA



            Me enviaban a la frontera asiática de un país, que si bien apenas era nombrado, había ingresado en una guerra de indigno genocidio.
            El viaje sería largo y debía prepararme para vivir una aventura, más que un trabajo. A pesar que estoy acostumbrada a ese tipo de investigación, llevo años entre trincheras abiertas en zonas literalmente inhóspitas, me cuesta aceptar algunas visiones de la actividad “humana”.
            Siempre para estos movimientos en vuelos penosos, debo salir de mi casa a las peores horas de la madrugada. Desayunar en los aeropuertos, cargar las cámaras y muchos antibióticos. Vacunas, creo que no me falta ninguna. Papeles y mis tres pasaportes, uno de mi país, uno del país donde nacieron mis abuelos y otro que me da la Unión Europea. Ya he tenido que enfrentar varios robos, atravesar cárceles inmundas y conocer lo que es un secuestro por parte de para militares y guerrilleros. El periódico paga altas sumas y luego regreso, maltrecha, pero así aprendí a disfrutar de mi pequeño mundo, mi casa.
            Llegué al aeropuerto y me estaba esperando Mariano Leacheba, mi traductor al idioma de ese país. Apenas nos habíamos cruzado una o dos veces en la redacción. Parecía un pato moribundo. Flaco, alto y desgarbado. Sus anteojos parecían la base de una botella vieja, de carey y metal, brillaban los espejuelos con un arco iris, una chamarra llena de bolsillos con cien artilugios, parecía que iba de pesca y no a una guerra.
            Nos dimos la mano, él, recogió las cámaras y le agradecí, pero mi mochila la tengo implantada en la espalda. No la dejo jamás, me ha sacado de apuro siempre. Unos minutos más tarde llegó Paulina, la secretaria del diario y me entregó tres sobres con monedas de varios países, carta a un embajador asiático y otra a un lama budista de la frontera con aquel país.
            Nos llamaron y debimos apurar el paso, nos quedaban largas horas de vuelo hasta llegar a Los Ángeles, para hacer trasbordo a una línea asiática. Me dieron esos insufribles asientos en medio de una fila de cinco pasajeros. Cada vez se viaja peor. Dejé con dolor mi mochila en el buche del lado izquierdo y Mariano, las máquinas en el de la derecha. Pronto, cuando se elevó el avión, cerré los ojos y me perdí en la charla que había tenido con mi ex pareja.
            Me quedé dormida. Me sacudió una mano el hombro, era un joven que reofrecía una bandeja con comida. Debía pagarla en dólares americanos. Saqué con poca discreción un billete de cien, tan sólo para molestarlo, y miré lo que traía la misma. Un pequeño lunch de jamón con ananá, una cajita con una hamburguesa y un ínfimo helado envuelto en papel plateado. Luego me acercó una botellita de Coca Cola y sonriendo se alejó para traerle a Mariano una bandeja de primera clase. Costaba 58 dólares. Pero él, me dijo, “Come bien ahora, mañana no sabrás si hay comida en nuestro hotel”. Nunca se equivocan.
            Al llegar a Los Ángeles, hicimos aduana y nos transportaron a un aparato de línea Filipina. Allí nos tocó un buen asiento. El ritual fue exacto. Me volví a dormir. Pasaron varias horas y una turbulencia nos despertó. Por el alta voz, nos pedían colocarnos el cinturón (yo nunca me lo saco) y estar despiertos. Llegamos a Kuala Lumpur, donde nos esperaba el embajador de mi país. Le entregué la carta y él, nos entregó una serie de planos y cartas.
Nos invitó a cenar en el mismo aeropuerto y charló con Mariano sobre fútbol americano, rugby y luego hizo algunos comentarios de la gente que trataríamos. Allí, la ví por primera vez. Era una “diosa” extraña.
            Su rostro de fina piel oriental, tenía un rarísimo maquillaje blanco en la frente y azul en las sienes. El cabello sostenido con un turbante de texturas muy mezcladas en color y forma. Labios bien rojos y sus orejas pintadas de blanco y amarillo con un plumón negro. Me clavó la mirada. No se si era con odio o sorpresa. Sentí un escalofrío en la espalda.
Se adelantó al llamado de los altavoces y pude ver su enorme pollera de seda de varios colores y una chaqueta de piel de animal salvaje. Advertí al pasar junto a nosotros que llevaba una gargantilla de calaveras talladas en marfil y plata. Varios anillos con raros dibujos. Eran enormes y atraían la mirada del público extranjero.
            Pasó en primer lugar al hidroavión que estaba detenido junto a un enorme lago artificial. Deduje que íbamos a un país donde había que lidiar con el agua. Se ubicó en un asiento principal. Nos miró fijo y mal. Mariano hizo un rito de “según me explicó” era de los indígenas de Australia para espantar brujos y mandingas. No pude dormir. Ella se volteaba a mirarme a cada rato. Yo aparentaba estar en el séptimo sueño, pero era mentira.
            Al amanecer, el aparato descendió en una isla. Era bellísimo el paisaje. Ella se estaba cambiando el tocado, se puso aretes de oro muy elaborados y un tocado alto con plumas negras larguísimas. Me volvió a mirar e hizo una especie de reverencia. La esperaba un jeep antiguo, pero muy cuidado. Unos jóvenes ataviados con telas muy rústicas la acompañaron y la escoltaban con lanzas. Nosotros dejamos la isla y marchamos hacia nuestro destino en un tren que parecía una pajarera deteriorada.
            El piloto del último hidroavión, nos explicó que era la reina de una tribu muy importante y dueña de una fortuna millonaria. Le pregunté porqué me había mirado así… “Señora, su ropa de pantaloncillos cortos, su chaleco y su sombrero despellejado y roto, la tenían muy sorprendida. Sabía que iba como reportera a la guerra y eso la horrorizaba”. Me quedé pensando y agregó: “Ella dijo que usted iba a una muerte segura”. Unas leves lágrimas perdían mis mejillas mientras miraba maravillada la salida del sol. El tren corría por unas vías que parecían el resultado de un terremoto, pero era por la guerra. El vagón estaba sucio, lleno de insectos, en especial moscas que parecían pegadas con caucho líquido. El paisaje no se disfrutaba, era muy irregular y lleno de polvo, era un mensaje de tristeza.
            Pasaron varias horas en las que mis piernas se llenaron de pinchazos de mosquitos y mordeduras de quién sabe que insecto infernal. Mi ropa era un asco. Mi pelo chorreaba sudor y barro. Era horrible.
            De pronto una manada de “ñúes” se plantó frente a máquina. Se detuvo el convoy y algunos hombres se apearon. Yo me acurruqué en el asiento de madrea. Apareció un nativo con rostro feroz y me tomó del pelo arrastrándome por las maderas astilladas. Caí sobre la tierra pedregosa fuera del tren. Y como por arte de magia éste comenzó a marchar rápido por las vías haciendo que mi vista las viera como dos líneas de oro.

            Me habían raptado. 

CUENTO CORTO

ATRAPADOS

            El reloj marcaba sin descanso el paso de las horas, Pablo trató de detener la vista en un árbol retorcido en la orilla del camino. El tren cada vez con mayor velocidad dejaba atrás todo lo que podía ser vida en colores de verano. Derrotado. Sintió un dolor siniestro en la espalda que pesaba toneladas. Su mochila y pertrechos pesaban.

                Parecían huestes en cacería humana. Un soldado tras otro se quejaba por el triste destino. Yo no quiero ser guerrero. Mis manos labriegas roturan la tierra y cosechan el trigo. ¿Qué hago así, disfrazado de muerte? A su lado otro muchacho acomodaba su ignorancia de armas y destino. Levantó la vista del ventanuco y sacó del bolsillo su armónica y comenzó a sonar una antigua música campestre. El sopor se disipó en los reclutas y comenzaron a corear la sonatina. El aire se llenó de alegría juvenil. A lo lejos, se comenzaba a ver humo de los incendios. Pero ignoraron las señales.
                Los sobrecogió un ruido contundente sobre sus cabezas. Eran aviones del enemigo que bombardeaban el convoy de vagones atestados de soldados.





                                                                                                                   

lunes, 29 de mayo de 2017

YARA EN LA SELVA -1-


La delgada Yara se desliza reptando por el costado del rústico catre. Húmeda y agria. Con el olor persistente del violento sexo vivido. Se arrastra discretamente, pero una ruda mano  trata de atraparla. Ella escapa. En medio de un ronquido, él, escupe una palabrota incomprensible y vuelve al ruido estentóreo. El ambiente todo se estremece. Medio escondida en la penumbra se agazapa y se estira hacia un pequeño hilo de luz. La tabla que sirve de  puerta se desdibuja entre el polvo  en suspenso. Ella desprende una nubecilla del inquieto piso de tierra , polvoriento. Roja, la tierra, se le pega en la piel del vientre, de sus senos machucados y pequeños. Agrede la garganta el polvo ceniciento. Se estira  y acerca sus piernas ávidas, a una palangana con agua que espera en un rincón umbrío. Apaga el ardor de sus sexo herido. Desparrama una cantidad en su cabeza. Chorreada y fresca, se trata de lavar el torso. Descubre los moretones que la brutalidad del hombre le ha incrustado en su piel morena. Atrapa un vestidito de algodón y lo desliza en su figura. Tiembla, se sustrae a los ronquidos y los groseros ruidos intestinales . Se desliza hasta la hamaca. Trepa y se queda dormida como un embrión. Duerme. Sueña.
            El cielo brama, se transfigura , trepida. Una lámina transparente de acero cae desde los nubarrones negros, grises, rojos. Un olor penetrante a selva...a plantas que se deslizan creciendo descontroladas sobre un terreno gredoso, que se anega. El techo de palma se precipita en algunos rincones de la casa con mucha agua.
            Corre el hombre a repararlo en medio del acoso de la tormenta. Ella está pálida. Abrazada al vientre tumefacto...amoratado y palpitante.  Los ojos desorbitados mirando hacia la nada. Él, acomodó todo para ese instante. ¡ Lástima la lluvia que desmerece el momento ! Entra y la toma de los brazos. Le hace acucliyarse sobre un almohadón de algodón recién cosechado. Le ata las muñecas con tientos a  una rienda que cae desde la cumbrera. Ahí está Yara y su vientre convulso con cada contracción. Un trapo entre los dientes. Los ojos abiertos, desproporcionados. Miran sin ver. Apenas parpadea. Puja. Llega el niño y unas lágrimas se aquietan en sus pupilas desmesuradas. Él lo toma y lo envuelve con la agilidad de un tigre. Lo apoya con suavidad en la tierra. Le limpia los ojos y la boca de  humores. El pequeño berrea. Lo esperado. La vida no permite que Yara salga de esa ancestral postura. Recibe el cuerpo carnoso, informe, sanguinolento, húmedo. Lo revisa con ojos de entendido. ¡Nada debe quedar en el hueco profundo de la muchacha! Luego la higieniza. La envuelve. La levanta y la acomoda en la cama, hoy limpia y tibia. El niño entre sus brazos buscando ávido la teta. Sale el hombre y cumple con el viejo ritual. Entierra bajo el árbol, esa cáscara protectora de la vida. La selva se contenta y cesa la lluvia. Se desliza el agua limpiando la zona del frente del rancho. Ella se abraza a su hijo y duerme. Sueña.
           
            El hachero hacía un tiempo que no volvía a la ciudad. No le gustaba la gente. Menos esa. Había conocido en los tugurios hombres de toda laya. Buenos...malos...
            Así conoció a ese hombre hostil. Un petimetre vicioso que sólo quería dinero para perversiones y mañas.
 ¡Él, el padre de Yara una pequeñita morena y dulce! La expulsión de su casa, de su familia, de sus amigos. Le había conseguido sólo el desprecio de la comunidad. Y cayó...profundo cayó. El  juego. La humillación. El alcohol. La nada. El juego. La cocaína. El juego. Las deudas. Se hunde en una vida miserable y trágica. Sin embargo él está ahí, abotagado, ebrio, perdido... ¡Cómo siempre perdiendo en el poker! Un hombre rústico  se le acerca para apostar cualquier cosa. Él, el licenciado, como le llaman burlones los otros..., no conoce a ese que se le acerca. Apuesta su reloj. Lo pierde. El que tiene frente a sí, es un hachero de la frontera. Rudo, silencioso, astuto y ávido. El joven hachero juega y gana. Ya no tiene que apostar. El `Mono´, su amigo, le habla sutilmente al oído. ¡Tu nena, ya tiene sus catorce... recién cumplidos, está muy buena...! No lo piensa. El forastero ofrece un puñado apretado de billetes y una bolsita con polvo de  oro. Piensa en la droga que puede comprar con eso... Sonríe y apuesta. Abren un mazo nuevo. La chiquilina lo vale...
             Tres ases y dos reinas...tiene el hijo de puta... ¡Mañana me la trae...me voy a la frontera! ¿Qué importa que yo tenga cuarenta años, creo que igual será mi hembra! Escucha decir al hombre. ¡Perdió a la Yara ! ¿ Qué puede hacer? ¡ El `Mono´se hace el tonto! Una mirada astuta del Mono, se cruza con la del ganador. Le deja una jugosa propina. Se van y lo dejan solo. Unas hileritas de blancura lo extravían. Se pierde sin saber la tragedia que ha creado. Se confunde en su mundo disparatado. No piensa.


lunes, 22 de mayo de 2017

GOL...GRITÓ

      "Cuando el corazón está triste las piernas no responden"
                                                                                              Diego Armando Maradona.
                                                                       Gol
                                   Llegó corriendo, los mocos le caían por la cara llena de tierra colorada. Del pantaloncito de breen descolorido sacó un trozo de papel. Estaba roto y apenas se leía una nota escrita en lápiz. Las lágrimas desdibujaban las palabras enhebradas en miedo. Él, aun no sabía leer. ¿ Qué decía ese papel? Tal vez el padre le diera de azotes. Estaba escrito por el cura. También se había sonreído al garabatear su nombre. El "pibe" no quería entrar en la cocina. Su madre entre ollas tiznadas y sin bordes, sollozaba cebollas. Su padre acodado en la esquina del fogón parloteaba insensato los sueños imposibles de obrero analfabeto. Se acercó en silencio y estiró su manito temblorosa con el papel. La madre apenas leía con dificultad. Se secó el sudor con el ruedo del vestido. Ahuecó la mano en la luz de la lámpara, la luz agónica del kerosén dibujó unas letras que bailaban de gusto. " Don Chito venga a verme, el Coqui es un futuro goleador en primera, si lo hacemos  trabajar, con mi respeto: Padre Julio ". Se produce un silencio caliente. El hombre mira la figura escuálida del chico.-¿Qué va a poder jugar éste, si no tiene ni brazos, ni piernas siquiera?- El pensamiento pasa como una flecha entre los sentimientos de la mujer que arrulla sueños. El Coqui mira y se achica junto a la puerta, si le quieren pegar, se escapa a la calle. Un movimiento lento pero tranquilo le acerca una mano del padre- Vamos a ver al cura, ya vengo vieja- , y se pierde en la calle.
                               El tiempo conoce fuerzas que los hombres no conocen. El "Coqui" es uno de esos jugadores que se dan cada cien años. ¡Claro que se lo llevaron lejos! La capital era chica para tanta maravilla. Ahora se pelean por llevarlo a Roma, a Francia..., el muchachito no puede negar su historia aunque paguen millones por sus gambetas, por sus jugadas magistrales. Viaja de un continente a otro. De un país a otro, pero en su pecho hay un dolor de hambre, de poca escuela, de padres analfabetos y pobres. La gloria de sus triunfos lo deterioran. Un día cae. Un golpe lo derriba y sufre una hemorragia cerebral que lo deja hemipléjico. El equipo más ilustre de galenos de su país, hace la operación reparadora. Gana. Su cuerpo está como antes. Pero su cabeza y su corazón ya no son los mismos. Una profunda pena se instala en su interior, nada lo alegra ni lo distrae. Los jefes buscan llenar su vida de novedades. Necesitan que vuelva. En sus pies hay millones de dólares dormidos. El interés los mueve. ¿Quién podría llenar canchas gigantescas con multitudes delirantes, sino el "Coqui"? Él, se ve tal cual es, un hombre que sirve para otros, a quien sólo importa por el dinero que genera. Regresa a su pueblo y afronta a un sin fin de niños desnutridos e ignorantes que deliran por él. Ahí comienza a desdeñar su fama. Ya no quiere volver a la cancha. Su madre ha muerto, su padre derrocha alcohol barato. Ya ni plata les queda de todo lo que mandó desde otros mundos. Junta un puñado de billetes y crea una escuela. Busca un maestro de esos dispuestos a dejarlo todo por amor a los niños. Los periodistas lo buscan, lo llaman, lo acosan. Nada puede contestar. Silencio. Un día llegan de un raro país de oriente, se lo tratan de “llevar”. – “Cuando el corazón está triste, las piernas no responden”- dice.-¿Para qué me quieren si más me necesitan en mi pueblo?- Recoge a un niño desnutrido entre sus brazos. Camina hacia la casa y canta una canción  de su pueblo y camina, camina..., el Coqui... con un pobre niño en brazos.
           

                                                            

martes, 21 de febrero de 2017

CUENTO DEL LIBRO ¿SOMOS DUEÑOS DE OTRA VIDA?

NIEVE DOLOROSA

Dos teléfonos sonaban marcando una melodía poliforme sin ritmo ni sentido. Sonaron de día, de mañana, de tarde, al oscurecer y a la madrugada. Nadie respondió.
Afuera comenzó a nevar. Se hizo silencio al tercer día. Un silencio que desparramó su desgarro con tenacidad de gelatina caliente. No, era una mezcla de aceite y grasa de cerdo hirviendo la soledad silente.
La nieve tapó la calle, la casa, la vida. Tapó el silencio que cercó la sala. Nadie entraba ni salía de la vivienda. Pasó el frío y comenzó a derretirse el hielo transformando en barro sucio y resbaladizo.
El hedor y la aparición de moscas de diversas especies lanzó un llamado de atención al único vecino que habitaba en la cercanía. A golpes derribó la puerta el sargento Andres Regules y el bombero Hilario Cruz, entró tapándose la boca y la nariz. Sobre un colchón viejo, yacía un cadáver apenas reconocible por el estado de descomposición. Entre sus fémures negruzcos, aún en su bolsa y demoledor e indefenso hallaron un nonato.
Ingresó un joven como enajenado gritando: ¡Daniela, amor mío! Cayó de rodillas sobre la sangre seca y lloró.

Repite y repite que la nieve lo detuvo en una ciudad en el sur, desde donde no pudo regresar a tiempo y que su mujer no atendió nunca los teléfonos. Creyó que había regresado a su país natal.La investigación continúa, algo no conforma al sargento Regules. Tal vez el entomólogo pueda darle una pista, ya que junto a la puerta había huellas de pisadas que tenían las marcas de un calzado que no se usaba en esa región y que casualmente era igual al del doliente esposo.

MAESTRO DE CEREMONIA

COQUITO LÓPEZ, MAJO.
           
            La puerta del comedor brillaba con el brillo de su traje blanco. Tan majo como el mejor. Zapatos de charol negro y cabellera gris plomo que caía con sorpresa sobre los hombros fuertes. Una camisa negra de cuello de puntas largas y un anillo de oro con piedra en cada dedo meñique. Coquito López, dijo y una extraña reverencia me hizo sentir princesa. El salón arreglado para un suceso descollante. ¡Una boda,- me dijo- y su sonrisa franca cabalgó entre los dientes muy blanco y coronados con un pequeño diamante!
            Un guía de esmoquin y delantal de lienzo, nos ubicó en una mesa escondida entre otras tantas. Éramos extranjeros en el mundo comunitario de ese pequeño pueblo. Estábamos como ladrones de felicidad ajena y nos trataron de soberanos, dueños tal vez de un día de sueños de los jóvenes del pueblo. Yo me sentí espía, atisbando la comarca de otro reino. El poderío de Coquito López, el Maestro de Ceremonia. Su traje blanco con cadenas de oro, fulgurando sueños de Gran Maestro de un ámbito de monarcas imperiales. Se acercó a nuestra mesa y con galante finura preguntó -¿Quiénes son ustedes? Sus nombres, para nombrarlos en esta boda en la que participan por ser forasteros en viaje.- y partió con paso firme a tomar un micrófono desde donde partía la música bailantera.
            Toda Córdoba brillaba en ese salón de fiesta. Iba ingresando gente que nos miraba sonriente. Curiosos nos saludaban y Coquito esperando a la pareja que venía desde el templo a su festejo. Nosotros tratando de pasar desapercibidos, en un rincón en que flotaban globos, comíamos el menú exquisito. De pronto Coquito nos llamó por el nombre... y todos se volvieron a vernos. Éramos los foráneos en el único restaurante del pueblo. Cansados de atravesar kilómetros parecíamos un casal de astronautas que han perdido el rumbo. A pura sonrisa y manos que arremolinaban el aire saludamos con ternura a la joven pareja.
La música estalló y los aplausos a la nueva familia. Ella con su precioso vestido blanco y el velo de tul abrazaba el espacio en un vals precioso. Él, con traje oscuro y zapatos lustrados parecía un delfín de reinos distantes. Dejó la novia su ramo de flores perfumadas y él, dejó la libreta de esposo recién confirmado por un hombre de Dios.
 Luego de pagar sin hacer muchos movimientos, nosotros dos, salimos deslizándonos para dejar el lugar y Coquito que atento nos vio en la escapada, pidió un aplauso sonoro para “esos viajeros” invitándonos a un próximo encuentro.

Aun resuenan en mi memoria los elogios del “Maestro de Ceremonia” en ese inesperado encuentro.

martes, 14 de febrero de 2017

RECUERDOS DE MI INFANCIA

LA SOMBRERÍA DE LA ALAMEDA.
                        En la tienda de Israel Blisman se colocó un cartelito que decía: “Se necesita sombrerera”. Pronto fue necesario sacarlo. Llegó hasta allí, una muchacha frágil, de nombre María de la Consolación Fernández, quien fue contratada de inmediato. Se sentó frente a una mesa de roble lustroso, para armar sombreros todos los días, con el mismo entusiasmo de quien crea una obra de arte. El cabello oscuro y sedoso, los ojitos marrones como ratoncito asustado le daban un aire de muñeca de trapo; pero, día a día se fue haciendo imprescindible para el viejo Israel. Cada mañana cuando arribaba, se sacaba unos horrorosos guantes verde brillante, colocaba su sombrerito de topé negro y su abrigo de pésima confección, en un enorme perchero. Poniéndose un delantal de griseta. comenzaba la tarea. Al ángelus se persignaba y rezaba, pues, educada en la “Misericordia”, sus oraciones eran impostergables.
                        Una tarde sonó la campanilla del cancel y asomó la enorme nariz un joven. Era Moisés Swoulesk, sobrino del dueño de casa. Los enormes ojos azules de Moisés, penetraron los dos puntitos marrones de la muchacha y se desplazaron airosos en su alma. La carraspera furibunda de Israel, interrumpió el descascarado contacto de miradas. Moisés comenzó a saludar mientras se sacaba la kipá y se acomodaba los peiots entre las orejas, que llenas de sabañones, parecían dos floreros. María de la Consolación siguió cosiendo las cintas de seda en los sombreros. Observaba asombrada el cuerpo masculino de recién llegado. Los fuertes hombros indicaban una gran personalidad. Moisés ingresó en la trastienda donde comenzó un diálogo con la tía,  en el idioma de los viejos, incomprensible para la muchacha. La conversación subía de tono y llegaron a gritar. Ellos hacía años habían huido de Polonia y se habían instalado en ese barrio conspicuo de Mendoza. Cuando salió saludó amablemente deteniendo su mano en el hombro de la joven, pero la mirada torva de Israel, ya se sabe, el tío, lo hizo que la retirara rápido. Salió apresurado, haciendo caer un maniquí con un sombrero de plumas azules.
                        A las ocho y media de la tarde, la sombrerera se colocó el suyo, el abrigo y se envolvió las manos en los guantes verdes. Sacando de su bolsillo unas monedas salió, saludó brevemente y cruzó la calle. La parada del tranvía estaba casi en el frente de la vidriera del negocio. Se apostó al lado de la gente, que como ella, esperaba. Subió saludando al boletero, conocido ya, que le dijo un piropo. Junto a ella, casi inadvertido, ascendió Moisés, quien a empujones, buscó sentarse junto a ella. La sorpresa fue mayúscula para María de la Consolación. Quedó muda. Él, comenzó a charlar. “Buena y mansa como fruta madura”, era la mujer que soñé. Pero cuando llegaron a la parada del tranway, que estaba a tres cuadras de la casa donde vivía con sus padres, los nervios la traicionaron. ¿Qué diría el padre tan exigente y celoso? Llegaba con un joven extraño, con rulos que caían sobre los hombros y con un sombrero negro que le oscurecía el rostro.
                        Caminaron hasta la verja y él, abrió la portezuela dando paso a su esperanza. Ella, trémula, puso la llave en la cerradura y sintió que dentro de su casa, se crearía un escándalo. Su padre leía “La Libertad”, el vespertino, sentado en el sillón junto a la única estufa que poseían, y su madre, en la cocina, manipulaba platos caseros. Un perfume de lentejas con panceta y chorizos colorados, les propinó un golpe bajo. Sabía que a los ortodoxos judíos, les está prohibido comer alimentos con cerdo. Don Israel, se lo había contado. Por lo que esgrimiendo una excusa le pidió que se fuera. Él, le besó la mano a la madre, le dio una palmada al padre y se demoró en la piel del los dedos lívidos de la niña. Un guante, sacado con apuro había rodado sobre la pequeña alfombra y él, lo había tomado. La kipá se había deslizado de la cabeza y ella en un intento de evitar comentarios la alzó. Salió Moisés apurado. En la manito de la sombrerera quedó aquel símbolo de su enamoramiento.  Antes de partir, en la verja, Moisés le tomó el rostro y la besó, con ternura y pasión, diciéndole palabras de amor.
                        Cuando llegó al negocio, al día siguiente, el patrón la miró esquivo y no esperó comentarios. Moisés no volvió nunca. Ella esperó. La señora Rebeca le contó el secreto; le dijo, que después de aquel día, a él, lo habían obligado a viajar a Buenos Aires. Se había casado con una muchacha de Villa Crespo, heredera de una gran fábrica a la que lo obligaron a desposar.
                        Los años para ambos fueron atravesando sus historias personales. Interesantes para él. Apenas relatables para ella. Un sin fin negocios y vivencias diferenciaron sus vidas. Él, creó un pequeño imperio económico. Una familia obediente y llena de viajes por el mundo, que llenaban de alegría el rostro del hombre padre. Su bella casa en donde se festejaban los recuerdos, Bart Mitz Bat y Años Nuevos; brillaba con el color de una familia con esperanzas en la inteligencia de los hijos que llegaron a completar las expectativas de los ancianos abuelos.
                        María de la Consolación, siguió en su ensoñación dando todo de sí. Cuidando a sus padres y los siete sobrinos que alegraban el pequeño hogar obrero en la tierra de los sismos. Callada y simple como un pajarito de campo cantaba en su mesa de trabajo, sin cambiar su peinado ni su figura delgada y pálida.
Cuando Moisés camina por la calle Canning o cierra algún negocio difícil, saca y acaricia un pequeño y horroroso guante de lana verde brillante. Recuerda a la bella cristiana que iluminó su juventud y el sueño de un amor verdadero.
Ella en el corpiño tiene una pequeña kipá con una dorada estrella descolorida. Y cubre sus canas con el viejo sombrerito negro de topé, que él le sacó una noche, antes de darle el único beso de amor, que recibió de un hombre.
                       


martes, 23 de agosto de 2016

UNVIAJE EXTRAÑO AL PASADO


LA BERLINA

 

No desciendas. No ensucies tu botita en el lodo del camino. Ha cesado la nieve y ya no llueve. El perfume del bosque envuelve totalmente el aire. Resopla el “Lunarejo” que trota y cerca lo sigue un perro como la sombra de un amado que ha perdido el rumbo.

Desde el claro se ve la vieja hacienda, la casa desmantelada por el tiempo. Todos huyeron el día que llegaron los “mandingas” con su afilada pica y espada bañada en la sangre de los pobres campesinos.

No te vuelvas. El regreso será duro. Ya no queda nada. No hay fuego, ni fogón y graznan los pájaros de plumas negras tinta en sangre. Quemaron las cortinas y muebles de madera para calentarse en las frías noches invernales. Ves, muchacha, allí las cruces son como naipes en desfile de ejércitos dormidos.

La volanta aun sirve para el regreso. No debe importarte el espejo que buscas ni la fútil belleza del retrato. Si miras en lo alto, allí donde jugabas con tu hermano Virkus, hay un ligero movimiento humano. Tal vez encuentres a Luana, tu nana. El dogo ladra con insistencia feroz. Te bajas y echas a correr en el camino helado. Caes una y cien veces, pero sigues ansiosa hasta la inexistente puerta de la casa. Retumban tus llamados. Gritan las aves que vuelan hacia el bosque y de la dañada escalera un Yerko irreconocible viene a tus brazos. Herido por los necios, hambriento y solo. Es un espectro de lo que fue un muchacho hermoso, alegre y risueño. Te toma de la mano y te invita a que lo sigas. En la elevada mansarda habita. El aire que respira es pútrido e indigno. Ese es tu hermano amado, por él dejaste tu mundo, tu bella vida. El amor.

La volanta espera escapen juntos. Virkus se despide. Se queda entre las ruinas. Debe cuidar la casa, sus fantasmas y el famoso retrato que sajado mil veces cubre la pared del salón. Allí, está la pintura de la familia entera. Tu madre, tu padre con su levita y los cinco hermanos con “Salvaje” el perro que junto a Luana protegía a los niños.

El sol resplandece y Frisha comprende que era sólo una fantasía de su alma expectante. Todo está muerto. ¿Y ella?

viernes, 13 de mayo de 2016

NI UNA MÁS. "TANGO II"


ERA UNA MUJER SOBREVIVIENTE

Toda vestida de negro, arrastrando el dolor de su vida sin nombre y sin descanso. Descalza y con los huesos en arco desgarbado como las cañas solitarias que le cubrían la cueva en la que vivía. Era un hoyo en la tierra húmeda de la orilla del canal. Fuente de agua marrón y cenicienta. Un gigante dormía en su memoria. Un grotesco malón cabrío que azotaba su cuerpo contra el jergón mugriento de chala y trapos. Tuvo como diez pariciones. Algunas a término otras apenas esqueletos deformes inconclusos y verdes por los golpes de la afilada verga del monstruo que la rajaba en horario de soles o de lunas. Hijos, hijas, muertos, vivos. Todos ausentes. Como su esperanza.
Se llama Dionisia y como sobreviviente un día  de tormenta, desparramó las entrañas del castigo diabólico llamado por algunos: “marido”.

Escapó del campo, caminó noche y día hacia el poniente. Como animal salvaje fue borrando la huella de sus plantas heridas. Así llegó la Dionisia a la orilla de una ciudad dormida. Sedienta y furiosa cavó su guarida. La tapó con cañizo para evitar miradas. Con barro hizo un apoyo y una mesa de piedras.
Durmió sobre la tierra. Y vivió el resto de su triste vida.