jueves, 8 de septiembre de 2016

POEMA 58


 

CAMINANTE

 

Impúdica y febril camino

por el brocal de la historia,

escondida

tras la cornisa hostil

de aquello que fuera mi memoria

 

Parpadea la luz

Una brizna puja en la piel caliente

carcome el minúsculo candor de la flor extinguida.

 

Silente, camino apagando la sed de la tierra.

 

ALGUNAS FOTOS

 
 LONDRES SALE UN OFICIAL PARA PRESTAR SERVICIO EN EL PALACIO.
 
 
 ANCLADA POR SIEMPRE LA FRAGATA SARMIENTO, EX ESCUELA DE LOS MARINOS ARGENTINOS, EN EL PUERT DE BUENOS AIRES.
LA NOCHE ILUMINA NEW YORK, DESDE EL PUENTE UN PAISAJE DE ENSUEÑO.

UN CUENTO CORTO


                  UN SIMPLE HOMBRE VOLANDO.                     

      Todo comenzó con la internación en el lugar más sórdido de la ciudad. Yo había perdido la paciencia. Tal vez querer volar era un desafío para otros. Traté de volar desde la columna de la luz, desde el campanario de la catedral...desde el mismísimo cielo. No pude. Nunca me dejaron. Mi familia, mis amigos, los bomberos... todos me impedían volar. Eso era mi sueño. Repetía cada mañana el rito. Me bañaba, afeitaba, me vestía con el mejor jeen, la mejor remera o el sueter nuevo, zapatillas de marca. Siempre llegaba al lugar estudiado o elegido. Nada. Algo lo impedía. Alguien me seguía. Punto. Será otro día.

      Entré como si conociera a cada uno de los hombres que habitaban ese espacio infernal. Ahora mis pares. Se acercaron algunos, otros gruñían o reían a mi paso. Yo, los miraba lleno de asombro. Me presentaron al médico especialista " en vuelos"o nó. Era un hombrecito calvo, con lentes muy gruesos, algo obeso pero agradable. Lo acompañaba un ayudante enorme. Todos vestían batas blancas o verde claro. Todos estaban algo sucios. El dormitorio apestaba. El baño...bueno no parecía un baño, era apenas una letrina oscura, obscena, un asco.

      Caminaba mirando hacia el parque. Quería ver si desde allí podría volar alguna vez. Nada. Todo era triste. Los árboles y las paredes desnudas sin farolas ni flores. Vi a otros hombres. ¡ Casi hombres ¡ Mis manos trémulas apretaban la poca ropa que me dejaron. Me quitaron el cinturón, los cordones de los zapatos, la radio, la cadenita de oro con el `santito´ que me dio mi hijo. Casi todo me quitaron. Pero eran simpáticos. Todos reían viendo pasar al médico con uno `nuevo´. Estaba tranquilo. Sabía que con paciencia lograría que un día me permitieran volar. Era un sueño. Desde niño quise volar.

      Me costó dormir en esa cama dura y fría. Pero al amanecer reconocí el canto de los jilgueros y zorzales de la zona. Envidio a los pájaros. Ellos vuelan sin pedir permiso a nadie.

      Un enfermero me buscó temprano y me llevó con una hermosa joven. Ella era amigable y dulce. Charlamos un largo tiempo cálido y bueno. Hablamos de mi madre. De mi padre que apenas conocí. De la escuela en el barrio...hasta de fútbol. Me hizo mil preguntas sobre el trabajo, los amigos, los compañeros y bueno...también fue hermoso. Recordamos las películas de Sandrini, de Niní Marshal, de Cantinflas y las de vuelo. Hablamos de alas delta, de aeroplanos, aviones y cohetes. De éso, sé un montón, le dije. Cuando me iba al dormitorio, ella, me entregó un libro. Comencé a leerlo esa misma tarde. La vida de un tal Saint Exúpèry. Él sí volaba. Me gustó tanto como puede gustarle a un pájaro soñar con aire libre en una elevada montaña  entre las nubes.

      Los otros  habitantes me seguían. Me acosaban. Hasta que encontré a Felipe. Él era un tipazo. Había trabajado en el aeropuerto. Sabía de mi amor por el vuelo. Me escuchaba. A veces no, se sentaba ausente, no hablaba. Sonreía. A veces le daban ataques de rabia y rompía todo. Pobre Felipe, con los ataques queda hecho una porquería. Lo ayudaba a vestirse, lo afeitaba, le daba de comer... Era mi amigo. Los médicos nos tenían cariño. A los dos nos tenían cariño. Eramos tranquilos, inteligentes, limpios. Hasta que llegó el "loco". Ese era loco realmente, no se hacía el loco. Creía que era Jesucristo y bendecía a todos. A veces yo se lo aceptaba, tal vez así lograba volar un poquito. Quería celebrar la santa misa. Estaba loco de remate. Repetía el Sermón de la montaña o a los Corintios a los gritos. Los otros le tenían miedo. Aparte no quería ni hablar de volar...el pobre. Odiaba a los médicos. La furia le hacía dar fuerte patadas y allí empezaba a blasfemar. Quería matar a los doctores. Era muy triste verlo. Comenzó a buscar la compañía de nosotros dos que éramos amigos. Aparte de ser dios, había sido profesor de filosofía, lenguas muertas, literatura y quién sabe qué otras sabidurías. Pero no quería volar. Estaba loco. Nos seguía. Hablaba de Van Gogh, Beethoven, Verdi, Da Vinci...y dale con los genios. Dalí, Chopín, Tchaikovsky, Chaplín era su favorito. ¡ Y tuvo que suceder, era lógico! Peleamos. Él comenzó a hablarme de Darwin y yo no tenía ganas de escucharlo. Yo, repito, sólo quiero volar, que por otra parte es algo normal en un hombre pájaro. Le grité que me dejara. Le dije: "Me tenés abrumado por tanto tabaco, por tanta cultura. Entre saber y no saber, prefiero..." La pizza"... agregó Felipe" Y comenzó a golpearnos. Ya no repetía en latín a Homero ni a Virgilio, no. Puteaba que daba gusto. Vinieron y lo ataron. Por supuesto lo ataron con aquellas vendas blancas que existen...acá.

                   Entonces sucedió inesperadamente algo maravilloso. ¡ Felipe me tomó de la mano y me invitó a volar...!

 
 

lunes, 5 de septiembre de 2016

POEMA 185

Escucha...

el viejo laberinto nos observa.

Hay joyas en cada vidriera de nuestro paraíso.

Capitán de la nave con la proa deshilachada al viento;

toma mi mano ingrávida

voy a bosquejar cada arruga de los rostros

que el tiempo amigo ha dejado incrustado en el azogue

apoyaré mi cabeza blanca en tu pecho macilento

nido de estopa      esponja de perfume suave

madera  de sauce flexible donde penetran los miedos

que cosechamos unidos

de ser tan extraños        a los sueños.

Acúname  y que tus ojos opalescentes de tiempo

me deslicen por el sendero de la cumbre montañosa

dejaré en ella  la materia de mi ser 


de mujer y de poeta.

CUENTO CORTO

LOCURA ¿ INESPERADA?

            Cada tarde de invierno, Elisa confeccionaba una nueva miniatura pintada en pequeño punto cruz, coloridos dibujos aparecían de la nada. Sus expresiones eran observadas por su hermana, quien había dejado su vida de lado para cuidar de quien le fuera entregada por sus padres al cuidado desde niña. Elisa era “especial”, tan especial que no hablaba. La única forma de comunicación que tenía era su insólito trabajo de aguja. En las tardes de estío, se sentaba en la hamaca del jardín y escuchaba los viejos foxtros de la vitrola que recuperaron del desván. Allí encontró, Isabel, discos de pasta tan antiguos como su memoria. Eran, tal vez, de su madre ya muerta hacía algunos años. Y allí estaban, dejando recorrer al tiempo sus pobres historias de mujeres solteras. Nadie tenía interés en esas cincuentonas, agrestes, que vivían de la pobre pensión heredada de su padre. Allí no había nada interesante que obtener para la comunidad descarnada y ambiciosa.
Isabel, repartía su tiempo en la reiterada tarea de despolvar muebles y cortinas; cocinar escuetos menús, cuidar la casa que se disgregaba de tiempo en remezones ruidosos de madera pudriéndose. La arboleda, que rodeaba estrujando la vivienda, servía para que Elisa soñara con las aventuras transmitidas en la imaginación su protectora. Largos cuentos fantásticos comenzaban en primavera y se iban entrelazando con personajes fabulosos y reales durante días y días. Un clima de leyenda entramaba el miedo y el regocijo. Luego, con el frío del otoño y el invierno, encerradas en las paredes inexpugnables, la “diferente” transformaba en exquisitas escenas la ficción del cuento.      Isabel, cansada, aborrecía ese tiempo de encierro y silencio ficticio. Ya no esperaba nada. Sus fatigas la sumían en un agotador sopor y desesperada hurgaba en el rostro imperturbable de  la bordadora. Una noche comenzó a sufrir una fiebre intolerable. Animales fantásticos crascitaban disputando su cuerpo tembloroso. Belisa estaba junto a su lecho con la mirada perdida. Acercó el fonógrafo, comenzó a sonar los discos que escuchaban siempre y se fue ataviando con encantadores atuendos que encontrara en los baúles. En la mente febril de Isabel aparecían imágenes difusas y hostiles. La “idiota” tomó las manos mustias de su cuidadora y comenzó con sus acerillos a pasar hilos de colores dibujando una escena de su mente enferma. Selló la boca en verdes mustios, los párpados con rosa antiguo y así fue bosquejando un cuadro bucólico y fantástico. Varias semanas pasaron hasta que llegó un vecino en curiosa búsqueda de Isabel. El horror impregnó de alaridos el caserón, al descubrir el enorme y cuidadoso diseño en toda la piel de la mujer yaciente. Isabel, totalmente desnuda y prolijamente bordado sobre el lecho abandonada a su suerte junto a la “loca”. El mismo foxtros seguía sonando cada tanto rayado hasta el hartazgo. 


TAXCO- MÉXICO


COCINANDO ENCHILADAS EN TAXCO. TORTILLAS FRESCAS CON MUCHÍSIMO AJÍ PICANTE.


EN UNA ESCALERA DE UN BARRIO DE TAXCO, LA FERIA MÁS LINDA QUE HE VISTO.

UN PUEBLO DE CORRIENTES, ARGENTINA

Esquina

las viejas burganbillas florecidas en sangre

orquídeas  incendiadas entre los troncos ásperos

de árboles gigantes, 

viajeros camalotes,  pedestales de pájaros inquietos

extranjeros sonidos de aires guaraníes

que vuelan en los charcos de nubes espejados

en las aguas del río que se aleja - se aleja - en la tarde de julio

sedienta de nostalgia yo también  me despliego

soy una nube errante en tu memoria de tiempo

fogata verde de sueños cabalgando la ribera de tu río enorme

amigo del silencio rumoreando piropos a los amaneceres

a los nidos  crispados de gritos  milenarios

a las aves que se acicalan para la boda y

el sol entretenido entre los helecho

atisbando el milagro cotidiano sin reproches ni ira

a su esclavitud de siglos sobre la arena.

Esquina pequeño paraíso

donde duermen algunos de mis sueños

me alejo – me voy alejando – ya estoy muy lejos