sábado, 12 de mayo de 2018

PARAÍSO ENCONTRADO





                                               “El alma despegará de la tierra y sobrevolará lugares de ensueño”         

            Eugenia entregó los folletos con las caricaturas de aquellas personas que apenas conocía a través de fotos tomadas por oscuros periodistas en tránsito por la ciudad.
            El jefe de redacción ni la miró, pero tomando cada afiche sonrió, era una especie de venganza personal con los aludidos. Bien reconocibles, se marcaban los defectos y en esos rostros se malograba toda gracia. En el de X. se veía en los ojos la avaricia, en el de R.J. el maldito vicio de beber copa tras copa sin respiro, en S.D. la ira y el odio a la sociedad. Era un sociópata y Eugenia había hecho maravilla con sus lápices y cretas. En A.L. logró la característica de la envidia como que a T.P. le encontró el rictus del soberbio y super macho, capaz de violar sin pena a una niña.
            La dibujante sintió un agudo dolor en el corazón, pero sabía que si los dioses le habían dado ese don, debía vivir para desarrollarlo, de lo contrario no podría pagar su departamento ni el auto y sus pequeños gustos. No eran muchos, pero le gustaba en épocas, fuera de temporada, viajar a países diversos y meterse en esos paseos que no se proponen en viajes comunes. Eugenia aprovechaba cada rincón, cada personaje típico para componer sus extravagantes dibujos y caricaturas.
            El contador se acercó al escritorio y le alcanzó un cheque. La suma era muy buena. Le sonrió y con un pícaro gesto le presumió su reiteración de convite a una noche de pasión. Ella, con una carcajada le hizo un gesto de ¿Y tu esposa, adónde la dejamos?... así se fue riendo por el pasillo de la redacción.
            Ingresó Andrés con una foto preguntando si la colocaban en el periódico del día o si la dejaban para mañana. Era una foto aterradora de un atentado terrorista en un país del sur de África. Gente mutilada, casas quemadas y cuerpos por doquier, rotos, ensangrentados. El jefe dio el sí con indiferencia. Será una gran atracción, dijo y siguió hablando por el celular. Andrés tenía los ojos enrojecidos, seguro la presión por las nubes y cuando Eugenia miró detalladamente el cartón, sintió una punzada en el pecho.
            Salieron juntos. Andrés le ofreció tomar un café en la cafetería del diario. Eugenia le aceptó. ¡Andrés era un buen muchacho que estaba haciendo una pasantía desde diciembre, era de un país de centro América y hablaba poco y un castellano rico en modismos! Se sentaron con la taza entre las manos y un montón de silencio entre cada sorbo. Habían quedado choqueados con la foto. Él, cuando pudo hablar le dijo que esa era la más sencilla. Había otras terribles y muy catastróficas. Le confesó que había llorado y con un poco de vergüenza, le pidió que no comentara con nadie en la redacción, ya que no soportaba a Jaime, su compañero porque lo molestaba con chanzas muy crueles.
            Eugenia se sorprendió, pero prometió sellar sus labios. Luego cada cual a su tarea. La muchacha salió rumbo a una academia donde enseñaba dibujo, él, siguió con su máquina de fotos buscando ese instante de infinita precisión para mostrar algo inusitado.
            En la academia de dibujo, había que descubrir a esos seres especiales que traen una chispa divina para la creación, no todos los aprendices lo tenían y a veces, sólo a veces aparecía alguien con una pizca angelada que enredaba el arte con la belleza pura.
            Cuando terminó la tarea subió a un taxi que la llevó a la clínica donde su anciana madre permanecía en un mundo imprevisible. Su mágico mundo de senilidad donde la verdad era irrecuperable. Luego que la acarició y abrazó un lánguido tiempo, salió escapando al mundo real. De todos modos la mujer no sabía quien era ese ser maravilloso que acababa de salir de su estancia y ya casi lo había olvidado. Eugenia se alejó con ese enorme nudo en el pecho. Alivió el dolor en un sitio donde la esperaban; allí compraría el billete para viajar a las islas del pacífico. Sus vacaciones serían un alejarse de la tristeza y pesadumbre. Le mostraron un pequeño paraíso. Aguas azules, transparentes y arenas de albo resplandeciente. Pagó con el cheque que le dieron y regresó a su departamento. Se bañó, y comenzó a acicalarse para ir a tomar una copa sola como siempre. Sonó el celular. Era Andrés que la invitaba al cine. Aceptó. ¡Sin compromiso! Claro, no estaba en sus planes una relación con un muchacho tan joven.
            Después de una transgresora historia de extraterrestres se fueron caminando a una taberna cercana. Tomaron una larguísima copa de vino y charlaron hasta que una jovencita les dijo que cerraban. Huyeron del bar y cada uno trató de aceptar que si bien podían ser buenos amigos, la relación era muy discorde. Ella 32 años y el 28. ¡Amigos!
            Cuando ella subió al avión encontró en el asiento una nota que le deseaba un paraíso. Y se durmió, alejando el alma de la tierra donde hay humanos que matan por matar o por poder, donde hay mujeres buenas y malas que abandonan o destruyen hogares, o bien son acalladas por sus capacidades.  Niños olvidados o gerentes abandonados. Cuando la azafata la despertó con el desayuno se descubrió que junto a ella estaba Andrés. Él, sonriendo le dejó un flor en el regazo.

martes, 1 de mayo de 2018

UN BESO VERTICAL




Un beso vertical juega en el jardín de casa

Penetra en mi soledad recordando ayeres vespertinos.
Un diapasón de gemas arrebata un castillo de ensueño
Un grito rojo rompe la roca helada del silencio
Las calles y cavernas liberan el anhelo incierto del mañana
Sonrisas, carcajadas que demoran su eco en los muros de piedra.

Mi vuelo vertical sigue una sombra
En el recuerdo rojizo de la noche apurada que huye siempre lejos.
Daré un choque celestial a las manos de incienso
Que rodearon mi espalda con palabras de plata,
Peces que liberaron batallas de sorpresas con rumores de acero.
Parada en la cornisa flameando un banderín de seda
Desmadrando recuerdos como viejas mariposas
Que se posaron sobre el lecho de mi postrer camino.
Y el amor que se aleja por un estrecho bosque.

UNA NIETA HA NACIDO





Un ramo de jacintos me ha crecido hacia el sitio
donde juega tu mirada de pequeña flor, de mis delirios.
Desde que te imaginé, en mi corazón de flauta dulce
te beso en silencio. Y viajo hacia tu sonrisa de ángel tibio
allí encuentro un puñado de pétalos de rosas.
Desde que miré tu imagen transparente
un pájaro jugó con mi esperanza,
fue hacia el mundo inquieto de tu cuerpo,
pequeña estrella de mirada alegre.
Desde que tú, pequeño milagro de vida llegaste
al perfume inquieto de mis manos. Soy. Seré hasta la muerte.
Desde que nació tu luz en esta aurora mi alma juega
con un sol de caramelo hacia la risa de tu boca pequeña
para llenar el hueco solitario de mi vida.
Milagro que renace en cada hora pequeñita de piel rosada. Turmalina. Nácar. Ámbar. Cielo.


VIAJANDO POR EL MURO




El hombre de barba, se apretaba la chaqueta y el manto, con esfuerzo, para evitar el frío de un amanecer gélido. Sobre el breve espacio de huella por donde transitaba, sólo se oía el sufrido fregar de las hojas de cereales que congeladas, se movían al ritmo del viento.
No era aun, tiempo de cosecha. Las espigas estaban apenas a mitad de camino de madurar. En el recodo se sorprendió al ver una figura agazapada. Un hombre, con el extraño atuendo de los campesinos del otro lado del río. ¿Qué hacía allí?
Un sórdido mal humor lo embargó. ¡Un espía! No, un ladrón. Mil ideas pasaron rápido por su imaginación. Apresuró el paso y el extraño se irguió con las manos entintas en sangre. Se detuvo. ¿Qué quieres? Le dijo sin mostrar el terror que sentía. Acaso me vas a matar o quieres que te mate… pero, vio que junto al maltrecho, una mujer había parido un niño y aun, latía en su cordón la sangre tibia de la madre. ¡Ayúdame! Le pidió el desconocido. Me iba de prisa a buscar una anciana comadrona y el parto se adelantó. Mi esposa y mi niño tienen frío y no tengo nada con qué cubrirlos. Ayúdame.
Caminó y junto a ellos, se quitó el manto y cubrió a ambos, madre e hijo. El forastero lloraba y sus lágrimas iban dejando un surco sobre la piel marchita del rostro. Acomodó a la pobre parturienta con paja que arrancó de debajo de un árbol. Tomó algunas ramas y prendió un insignificante pero amoroso fuego. El resplandor compitió con un sol pálido que asomaba entre los campos.
Ven, le dijo al padre, te diré  dónde puedes buscar ayuda. Ves ese monte, tras él, hay una casa vieja y allí encontrarás una buena gente que te dará un espacio para tu desdicha.
No puedo dejarlos solos. Ella no tiene fuerza, el bebé, es muy débil y yo no puedo cargar a ambos. Ve tú y trae a alguien. Mi nombre es Marcus. Vivía en la otra orilla del río hasta que murió el dueño del campo y el hijo nos echó así, con lo que tenemos puesto. Trabajé desde niño con su padre, pero para él, el tiempo no existe. ¿Cómo te nombran por acá?
Durry Stone. Soy el herrero de la aldea. ¡Y buen susto me has proporcionado! Buscaré ayuda. Aunque voy de prisa. Quédate acá junto a ellos y sigue buscando madera para darles calor o morirán de frío. La sobria camisa de algodón y la chaqueta no le daban mucho abrigo, pero se separó del grupo y caminó por la cornisa del camino para atravesar hasta la casucha de Mary Snow, su vecina. Allí seguro encontraría a Peter para que le prestara una capa y con una angarilla asistieran a los desdichados del camino.
Golpeó y el sonido amable de Peter le devolvió el aliento. Pronto el buen hombre le envolvió los hombros con su manto de pura lana escocesa y buscando a Mary, salieron hacia el campo.
El olor del humo que producía la madera húmeda, dirigió los pasos del grupo. Al acercarse, vieron con alegría cómo la mujer amamantaba al pequeño. La cobijaron en la parihuela y dejando a Durry Stone que continuara su viaje, regresaron al hogar de Peter y Mary.
El sol ya comenzaba a desbordar en tibieza y el olor de una sopa de gallina y cebollas, calentó el alma del grupo. Marcus, preguntó si había alguna tarea que pudiera hacer. Salió y hachó leña para el fogón, limpió la porqueriza y juntó algunas manzanas del suelo. Al atardecer vieron que una figura caminaba por el muro de la cabaña, el perro, el mustio ¡Jak! mojado y trotando traía al caballo con la cuerda en las fauces. Era el flaco jamelgo de Marcus que había roto la cuerda que lo ataba al corral y cruzando el río, había buscado a su viejo amo.
Al anochecer vieron llegar a Durry con una hogaza de pan, queso y carne asada. Sentados tomaron una cerveza junto a la mesa del campesino. Llegaron a un buen arreglo, Marcus ayudaría por un tiempo a Peter con las faenas del campo y mientras tanto buscarían un lugar y trabajo en la aldea para el pequeño grupo.
Pasó un tiempo y la breve familia fue al caserío, donde el barbero contrató a Marcus para los trabajos pesados y así, regresaron los tiempos de paz y de cosecha.


POEMAS QUE INSPIRARON A MI ALUMNO

DE MI LIBRO "COMIENZO DEL FINAL" SERGIO GUTIERREZ" REALIZÓ UN CONCIERTO DE MÚSICA .

POR MIS LLAGAS




Son miríadas de aguijones que entretejen mi carne
Armando una urdiembre afiebrada de dolor y heridas.
Llagas, llagas que desparraman sangre y lágrimas
Entre las sábanas solitarias en unas noches perdidas.

Taladran mis oídos las palabras prometidas
Que nunca serán nombradas en las sombras del estío.
Una aurora se desgaja sobre la calma perdida
Color de bermejas lenguas lamen mi piel dolida.
Una alforja prieta entre las manos hundidas
Y el agua corre sedienta con olor a madreselva
Buscando mis senos muertos, mis piernas adormecidas
Y un antiguo sarraceno me espía entre los espinos
Desgarrados los tendones con la mirada encendida
Castigándome la lengua con fuego y audaces ojos fríos,
mastican los jirones de mis pies tan mal heridos
Aquí estoy despertando de un sueño demás sombrío.
Sueño que sueña la espera de madrugada infinita
Bendecida y prohibida. Pecadora en mi conciencia
cometido por soberbia, de un linaje de olvido. Sola

YO NUNCA CIERRO LAS PUERTAS




Yo, Marisa Montiel quiero contar lo que me sucedió aquella tarde luego de empujar la puerta azul. Había llegado del teatro. Era casi la media tarde y el clima tan benigno como hacía tiempo no se vivía. Dejé mi abrigo, liviano para la época, sobre el sillón. Allí pude ver la luz por primera vez. Era una pequeña luz, que se filtraba desde la habitación de Juanca. El, hacía  ya varios meses que había partido hacia Calcuta. su búsqueda espiritual, luego del “suceso”, lo había  inquietado al punto de dejar su trabajo , novia y amigos. La puerta estaba entre abierta, pero sólo se alcanzaba a ver desde mi punto de visión, por el pasillo recién iluminado por la luna que ya se vislumbraba, una hendija con una tenue luminosidad rosa pálido. Una música muy suave que provenía de alguna casa de la vecindario, hacía más cálido el círculo de mi emoción. Yo se, que él, está muy lejos con su alto y desgarbado cuerpo. Su cabello largo y apenas ondulado que cae en una coleta trenzada en su espalda; acostumbrada a ser mi respaldo desde la infancia. ¡Lo extraño! Y hoy, después de haber participado de esa obra de teatro tan profunda necesitaría sentarme con él. Hablaría horas. Sus manos cálidas jugarían con mi cabello y me explicaría cada palabra de esa puesta esotérica... la luz se aclara. La puerta se abre lentamente y me ofusco... él, Juanca está aquí. No, físicamente. Es su espíritu, que yo he llamado con mi mente. Viene para acompañarme en este momento de extraña visión, su luz se aquieta. Se detiene. Mueve mis cortinas y mi ropa. Ya ha oscurecido. Siento que se acerca y me toca con sus manos insustanciales; hincada en la alfombra, la luz... su luz, penetra en mí. Entiendo el mensaje... la paz inunda mi corazón. Soy feliz y espero. “Hermano estás acá”. Entonces siempre que te necesite se que vendrás... Saben... aprendí desde entonces a no cerrar las puertas jamás.