jueves, 6 de junio de 2019

OLVIDO




Me crucifican los silencios
Mi voz clandestina no soporta los sueños perdidos
El olvido.
La mirada dolorosa de una niña que soñó.
Aquel día se desterró de la alegría.
Déjame decirte que aun espero.
Déjame reclamar la voz del arco iris.
Déjame dormir y no abrir los ojos en la noche.
Si el violín se ha roto, déjame en silencio.
Aparece en la niebla una clara palabra de cariño.
Ya me fui. Estoy perdida en la calle de piedra.
El fango me mancha el ruedo de la vida.
Los coros se acallaron en las vísperas sombrías.
Un grillo despierta mi párpado de seda. Lágrimas.
Crucifícame otra vez, pero en un calvario nuevo.
Sin corona de rosas ni claveles. Sin gemas urticantes.
Silencio. Silencio. Olvido.


JARDÍN CREPUSCULAR




Por tu mirada violeta privada de sed y plata

Atraviesa el niño rústico cuyo corazón desgrana

Un murmullo de pájaros ruidosos,  coloridos

Ronda por los espinillos su voz caediza y clara

Sentimental como alma de un pájaro de invierno.



Pobre peón de sueños, ceniza de latón y estrellas

Solitario en reposo sostenido por planetas.

Última llamarada de oro, recuerdos del viejo bosque

Tu honradez de primaveras olvidadas en cerezos

Con apariencia de jardín abrochado en mi memoria

Instalará un nuevo amanecer con ilusión de vida.

DE TRENES, HOMBRES Y....


LA VELETA

                                                           “No hables mal de alguien cuya carga nunca hayas llevado a cuestas” Marion Bradley

                            Ludovica apeándose del caballo, se alejó hacia la mesa de hierro que presidía el jardín. Allí estaba Andrea y el señor Gilberto. Tomaban unos mates con sabor a hierbas del campo. No fue sorpresa para Andrea ver a su compañera del colegio donde pasaban medio año pupilas para aprender las materias propias de señoritas de ciudad. Ellas se reían de la torpeza de la directora, una muy miope docente alemana que ejercía con mano de acero al pequeño rebaño de muchachas. El anciano portero era el único hombre que veían y siempre cuchicheaban sobre su modo penoso de hacer las tareas.
                        Riéndose la recién llegada se tiró sobre la falda de Andrea y Gilberto le hizo una chanza que ruborizó a las dos chicas. Cuando el rato, llegó Rafaela, la ayudante de cocina, vociferando que había fuego en el “guisadero” y que Luisa, la vieja cocinera, estaba abrasada entre humo y chispas con un pavo en los brazos y apretaba con furia la comida. No quiere salir, se va a quema viva y válgame Santa Eufrasia, que yo no quiero ver nada. Salimos corriendo y nos empujó el olor a quemazón de plumas y cabello. Gilberto cerró la puerta y tapó con una manta a la anciana. Juana se quedó muda. Luego salió espantada hacia su habitación con el pavo abrazado y negro. ¡Era la comida del Día de Gracias y la primera vez que fallaba su pitanza.
                        Todos llorábamos por el fuerte olor agrio y el vapor hediondo de grasa y laurel quemado. Luego comenzamos a reír y reír por lo poco afortunado de nuestro accionar frente a la “catástrofe” ocurrida con nuestra cena. Rafaela  comenzó a limpiar y su carita siempre acalorada por los pucheros, estaba tiznada y sucia. Lloraba y murmuraba contra nosotros, que según ella, éramos malas y egoístas. Llegó papá y su vozarrón nos hizo callar a todos.
                        ¿Qué ha sucedido acá? Acaso no saben estos señoritos superar un descalabro con seriedad. Andrea y yo nos tentamos. No podíamos evitar la risa. Nuestra inexperiencia era supina y Gilberto no era el mejor bombero de la zona.
                        Luisa, al oír al patrón, subió a la cocina, siempre abrazada al pavo negro y chamuscado. Su cara era de un fantasma recién acontecido. Todos de pie frente a ella comenzamos a reír y hasta papá se llevó la mano a los bigotes para que no se le notara la hilaridad. Ese día nos llevarían a la casa de Antenor, mi tío a cenar, por lo ocurrido. El problema era la servidumbre. Cuando llegamos todos, con Luisa y Rafaela a la casa del tío, su esposa, puso el grito en el cielo.  Para ella era falta de respeto que ellas estuvieran allí. Las pobres no sabían donde esconderse. Mamá la arengó hablándole de la “caridad” y ella comenzó a maldecir a las pobres mujeres. ¡Que eran sucias, que eran tontas,  Consideraba una que arruinaban sus hermoso pisos, etc., etc.!
                        Papá habló seriamente con ella y le dijo que su gente, era muy buena gente. La tía  Rigoberta cambió como una veleta, sabía que con papá no se jugaba y las defendería como a su prole. ¡Por eso odio a la famosa tía Rigoberta y creo que todos pensamos lo mismo! ¡Es una verdadera veleta!
                                                                                 

LUZ




Armonía de estambres en la fiesta
Colores que aproximan los milagros
Voces y murmullos de sirenas en las aguas quietas
Amores sueltos, besos a la deriva por el viento
La piel, deslizándose en la bruma con perfume de violetas
Luz de luna. Luz de estrellas.
Caminantes solitarios en la orilla del mar
Encrucijada de manos sin espinas
Un abrazo de hilachas vegetales que emigran
Ilumina el camino de la tierra herrumbrada y ciega
Teme perderse en la arena pegajosa de la playa
Sombra de pájaros en la tarde azul roja del invierno
Las plumas vuelan como mariposas olvidadas
No me inquieten, dice, la mujer descalza que camina
Y la luz, atraviesa una figura de marmórea herida
La luz acomete en la fragua de los labios secos.
Silencio. El poeta duerme. La glorieta se adormece.
La luz, la luz, da vida a la mirada que se pierde.


DE TRENES, HOMBRES Y OTRAS HISTORIAS




1-      EL MILAGRO
                            “Recuerda la hora más oscura es la que precede a la aurora” Shakti Gawain
                                                                                                       
            Hilarión Domínguez era hijo de un maquinista de ferrocarril. Aquél, que ya no pasa más por las vías remotas del terruño. Su padre, Don Gervasio, pertenecía orgulloso a la “Fraternidad”, sindicato fuerte en los cuarenta. Él, heredó la tarea y era un apasionado de los rieles. Conocía cada locomotora como a su conciencia. Despertaba a las tres de la madrugada para acicalarse y luego de tomar unos mates silenciosos, preparaba una caja metálica con lo que podía llegar a necesitar. Su viaje era a un pueblo del secano “puntano” para dejar agua potable, leña y alguna mercadería que le encargaban algunos paisanos.
            Iba en el día y regresaba siempre a la hora exacta. Así era el ferrocarril en esa bendita época. Cuando pasaba por la antigua “Corocortas”, salían a saludarlo con las “chupallas” los pocos habitantes que andaban por ahí. Llegaba a esa hora incierta entre la noche y la madrugada, sin luna o con luna, siempre parecía un lugar oscuro. Él, no tenía temor, dos días de descanso y otro viaje, siempre igual. Rutinario pero hermoso. A veces veía correr las liebres por las vías calientes y aceitadas por el gasoil o el alquitrán del vagón de YPF. Otras, un zorro con hembra y crías, tal vez un “choique” y cientos de animalitos que pasaba bajo su mirada atenta. Su atención al trabajo era real. No podía darse el lujo de perder un convoy ni un tanque…, luego pegaba la vista al frente para reconocer algún paisano que le hacía señas con el pañuelo para saludarlo o gritarle un encargo.
            Fue un día nublado y que denunciaba lluvia, raro en esa época y lugar, pero a lo lejos, vio un punto negro entre las vías. Negro, muy negro. De cuarenta kilómetros por hora que era su movimiento fue bajando por las dudas a treinta, a veinte… pero allí se agrandaba la manchita. Tocó el silbato de la máquina. Retuvo la mano en el freno, pero el aceite y alquitrán no le dejaban parar el tren. Vio unos jornaleros que agitaban sombreros y mujeres apostadas en las hileras de alambres de los campos que se agarraban la cabeza.
            Hilarión pensó que había un “choco” dormido ahí, entre sus rieles. No, no alcanzaba a distinguir qué era eso. Su ayudante tomó el manijón de la máquina, del freno. Hilarión sudaba y miró al cielo, pidiendo a Dios y la Santita de los Caminos que lo ayudaran. Descendió del estribo y se quedó helado. Un niño ennegrecido por el alquitrán, el aceite y la tierra reptaba entre las vías. Seguro el tren le pasaría por encima.
            ¡Ruego a Dios nuestro Señor que salga y se aleje…! y vio con sorpresa que el niño se prendía del hongo metálico del cambio de riel y salía. Los lugareños estaban estáticos. A él, se le escapó un insulto.
¿Cómo puede ser que naides se atrevió a cruzar y sacarlo, tuvo que ser “Tata Dios” el que me hiciera el milagro?
            Vio una madre deshecha en llanto. Y un padre que alejaba cabizbajo; pero ahí supo que Dios lo había escuchado. Hizo una promesa… colocó en ese lugar una Cruz Blanca con una estatuilla del Sagrado Corazón y cuando pasaba le tocaba el silbato como saludo.
            Todavía cuando pasan los paisanos le saludan al crucifijo con respeto.



martes, 4 de junio de 2019

LOS QUE SE FUERON



Un enorme crisol donde se funden
uno a uno          granos de cristal
tu boca.    Palabras.

Enorme es la fogata.
Pura leyenda el espacio que encubre la conciencia.
Nada es igual y nada se puede sumergir en la memoria.
verdades sin apelativo         inciertas.

La sal     luz     sopor índigo    sorprende saborizando el sol
cambiando con rumor sombrío la ciudad.
Sombras, sólo sombras.
Han regresado los pájaros migrantes
a poblar con sonidos los silencios
son piedras de impiadoso ocre que sollozan.

Hombres y mujeres sin  identidad   sin nombre
Esculpidos en mármol se transformarán en ángeles.
Volarán con alas  invisibles.
Un beso, precipitado. Una pluma desprendida en el aire
 lentamente caerá
 y  caerán lágrimas dispersas
cristal de fuego  en la memoria de la sangre.
Ya no puedes mentir. Cierra esa boca.
Muerde la lengua.
Apesta una batalla desigual.
 Tu boca es mezquina y pretenciosa.
Calla.


DE UN LIBRO INÉDITO DE POESÍA


Comenzó la violencia. Ni tú, ni yo buscamos
ese mundo de guerra.
Desdoblé mi corazón   lo guardé en una caja con mil llaves
sellé mis párpados con sangre de mariposas bermejas.
¡Cuánto nos dolió¡ Nos expatriamos de los sueños.

Dormí mi materia de loca soñadora
llegaron como pesadillas los fantasmas
despedí  mis nostalgias
evité sumergirnos en la vieja tormenta
alejé la violencia con sonrisas
acaricié con nieve las heridas
Ni tú ni yo aceptamos estar contagiados de mentiras.