martes, 22 de octubre de 2019

PARA MIL POEMAS DE "ISLA NEGRA" CHILE.


PARA CHARLES BAUDELAIRE

Caen magnolias sobre las sábanas marchitas
Suave y desganada una mano yace como grulla perdida
El poeta bebe un vino desflorado entre espinas
muy rojo y perfumado, entintado y promiscuo.
Un seno marmóreo atisba el lecho descubierto
con susurro de aves emplumadas de pétalos albos
hay peces de colores merodeando en la estancia
en penumbra con murmullos y suspiros.
Huyen unos ángeles al inquieto espacio azul.
Otra noche perdida en el infierno.
Late un armonio en melodía de encanto
Y el agua de la cascada
esparce el nombre de Venus
que prometida a la luna se convirtió
en esa Venus incestuosa de enero.
La sábana se arremolina en el lecho despierto.
Rueda la copa sobre la piel sudorosa, afiebrada
mientras el poeta besa el vientre de la luna.
Seda blanca y encaje atrapa una pierna desnuda
sedienta de lisonjas, cascabeles de vidrio,
caricias sin palabras del poeta silencioso en la noche.
Comunica plañidera la aurora un tiempo de relojes
que armoniza en el lecho cuajado de magnolias.

OTRAS NOCHES DE AMOR






Ahora
yo te pido
cortejemos inmensas  muchedumbres con guijarros
de la orilla del río de la vida
continuemos
memoriosos los astros iluminan el camino

son de cuarzo rosado las velas del barco que traslada
nuestro canto. Son de ébano las tablas de la barca.
A lo lejos    allá en el horizonte   tal vez en el poniente
una lámina pintada en el mural del templo nos indica
el rostro de ese dios que nos inquieta
en las noches de amor.


LA CABAÑA DEL BOSQUE




Me duelen las manos. Y también la espalda. Hace una larga semana que trajino. Quiero, pero no puedo. Sí quiero realizar todo este pedido que recibió Joaquín de esa nueva casa de comida que construyeron en la ladera este.
¡Es linda esa parte! Tiene un pequeño sabor salvaje. La  tierra húmeda, la  fina llovizna de las nubes que se apoyan cansadas sobre pinos. ¡El olor resina y a polen! La comenzaron a construir el mismo día de nuestro encuentro. Yo iba con mi bicicleta por el sendero buscando setas frescas. Nos encantan revueltas con cebollas y finamente picadas huevos y queso parmesano. Yo me movía por esos rincones que conozco desde pequeña, que recorría con el abuelo Marco, y él, me iba regalando sus cuentos y secretos. Bueno iba por allí; nos encontramos. Parecía un astronauta recién llegado de un planeta lejano. Era un muchacho fresco, alegre y vivo. Era como el bosque. Me gustó así, de rápido. Yo le gusté, y seguramente, porque me charló como si me conociera de todo la vida. Tuve que sentarme en un tronco, que caído desde hacia un tiempo, albergaba un sin fin de pequeños seres tan vivos como su risa, su mirada clara, se movía, deslizándose por los pinos,”piseas” y robles.
Casi nos olvidamos para qué habíamos llegado allí. Fue Joaquín el que se dio cuenta de la  hora, yo salí corriendo con la  mitad  de las “setas” de lo acostumbrado. Llegué a la cabaña  y caí sólida  en el banco rústico de mi cocina. Ese, mi hogar tiene el perfume cálido de las casas del bosque.
Me sentía feliz cuando llegaba a su saloncito. Hasta allí llegó el otro día Joaquín con su camioneta ruidosa. Allí transformaba su horno de cerámica y cientos de pesados moldes de yeso. Me sorprendió. Me intrigó. Me gustó el perfume ácido de la arcilla, de los extraños objetos de la tarea creativa  de mi nuevo amigo. Me invitó a realizar su  trabajo  y acepté. Me gusta eso de ir  armando un mundo de útiles objetos familiares.
Ahora, cada pequeño plato, taza o fuete tiene su alma, su espíritu ingenuo y personal, le doy a cada uno un gramo con vida de soplo y le regalo una pequeña chispa de vida propia , me gusta, me siento creadora, donadora de historias magras.
Hoy estoy cómoda. Es mucho para hacer. Tengo que hornear el bizcocho de toda una vajilla y mis manos se niegan. Siento pena porque me falta una chispa para encender el fuego de la creación. Debo recuperar la alegría y aderezar con belleza la ingenuidad de los adornos. Rescatar el bosque en cada una de las fuentes. Que al mirarla, penetren en el perfume de la tierra  húmeda  y de los helechos. El amor del latido de los pájaros del   “robledal” y los granos del pinar. ¡Por eso amé a Joaquín, porque le ponía el bosque a cada pieza! Pero una mañana desperté y se había ido. Me dejó una nota. Tal vez regresaría el próximo invierno.

ALEJANDRA PIZARNIK



                                                         Lo que decimos no siempre se parece a nosotros.

            En esa noche
            Calmó la sed el arenal de su fuego
            que ardía al gélido latido de la espera.
            Con sus silentes bramidos y susurros
            Ella dijo en pocas palabras…muero
            recogió como estandarte mudo un papel,
            una calle solitaria entre piedras. Y gritó
            atropellando los murales con roja tinta.
            Sangre de aquella heroína dolorida y quieta.
            Una noche, apagó el cigarrillo.
            Cerró el cuaderno de lágrimas y poemas.
            Encendió una estrella y apagó una lámpara
            Se derrumbó en la silla y quedó muy quieta.
            Se había ido por el camino de la nada
            Donde su duende aun juega con tristes poesías.
            Alejandra durmió sobre su pena. Su luz
            quedó titilando entre los libros. Viva está ella.
            Dolorosa y mística, su desaliento duele apenas
            por una fracción de cielo sin estrellas.


UN RAMILLETE DE VIOLETAS



            Me senté en las escalinatas de “Sacrê Cord”. Una larga fila de jóvenes extranjeros pasaban a mi lado. Otros tocaban un saxo, una flauta traversa y un violín. Todo era risas, comentarios en varios idiomas desconocidos para mí y miradas encontradas.
            Uno se detuvo, me miró diferente, se sacó el sombrero y haciendo una reverencia, me saludó con deferencia. Le devolví la sonrisa y le entregué un ramillete de violetas. Las besó y siguió a sus amigos. Nunca se volvió a mirarme.
            El sol subía sobre mi cabeza y brillaba en la cúpula de la enorme iglesia de mármol blanco. Tornaba nacarada a rosa y luego a naranja hasta casi roja. Cerré los ojos y me pareció que aun oía al hermoso efebo que noches atrás, en la cantina, donde trabajo; me sostuvo la cintura y me hizo bailar un “tango”. Era un grupo de argentinos que disfrutaban de unas vacaciones en París.
            Luego, cuando les serví una botella de champagne  se puso frente a mi y dijo: “Vengo de las pampas. Del sur donde las estrellas de la Cruz del Sur, hacen palidecer tus bellos ojos. Donde el trigo baila un constante vals en la campiña. Donde las vacas sueñan con viajar por el mundo en churrascos apasionados. Donde el río más ancho de América se pone bravo y en cuyas aguas llegan de todos los países para comer y bailar tango. Y…” todos sus amigos reían a carcajadas. Yo, que soy muy tímida, me apoyé en el madero del bar y una lágrima intrusa rodó por mi rostro.
            Un joven se acercó y me entregó un ramillete de violetas. Marchitas pero aun perfumadas. Secó con un dedo mi lágrima y me sonrió. Entonces  pude ver que era uno de los del grupo que me había reconocido. Me hizo una reverencia y se sentó. Nadie pudo reírse. Ninón comenzó a cantar una dulce canción de la Piaf. Yo me saqué el delantal y salí corriendo de la cantina. Un gato me siguió hasta la casa donde vivo. Allí lloré hasta el amanecer. Pero… me gustaría conocer ese país del que hablaba el muchacho anoche. ¡Un sueño más para mi pobre vida!

FLORES MARAVILLOSAS DE LA NATURALEZA.



LÁSTIMOSAMENTE DESCONOZCO SUS NOMBRES. PERO SON UN ALELUYA DE VIDA

LILA              
“Cae lentamente al estanque, donde los nenúfares le hacen bromas a las libélulas que copulan para continuar con la vida” Anónimo.

        La pequeña Lila va dejando esa edad, cuando no se ha vivido sino una niñez tranquila y festiva. Al cumplir los once años, su amada Edelmira, madre del corazón, comenzó a tener esa tos pertinaz y dolorosa, que la derrochaba sobre blancas sábanas y almohadones orlados de puntillas. Comía poco y dormía mucho. Su piel se transformó en un frágil alabastro suave, a veces ambarino, a veces por las fiebres y calenturas de un encendido color encarnado. Una fina pedrería de sudor, refrescaba su arrebol. Cual rocío matutino cada prenda que cubría su escuálido cuerpo humedecido, el satén y las sabanillas. El ralo cabello otrora dorado, era una mata selvática que desparramaba sombría, desdibujada y pajiza.
        Lila la veía como se iba deshaciendo día a día. Casi como una hoja transparente de seda, o de esas que se colocan entre las hojas de los libros y semejan un encaje ocre, simulando ser hoja, simulando ser un tul de finísima estructura. La amaba. Espiaba cada momento sus convulsiones que comenzaron a ser cada minuto más cercanas y terminaban con unas gotas de sangre. Los ojos hundidos y condecorados por medialunas violáceas.
        Su padre, Alcides Morelos, la había traído cuando Lila apenas daba unos pequeños pasos para caminar, y ella, le dio la mano y el amor de una madre inexistente. Nació del amor de ellos, un muchachito de cabello negro, ojos oscuros y rebelde. Creció jovial y dislocado. Reía y rompía cada regla, cada voto, cada reflexión que quisieron inculcarle, en la casa era infrecuente verlo sentado a la mesa, dormir a las horas apropiadas y en la escuela duró tan poco que apenas aprendió algunas letras y números del ábaco.
        Siempre el padre observaba a ese muchacho díscolo y mal aprendido, con desconfianza. Y sí, un día se escapó llevándose una jaca brava. Tenía apenas doce años. Lo trajo un juez, con un moretón en la mejilla y un brazo fracturado. Sin caballo y sin zapatos. El padre, pagó la deuda de los destrozos que había hecho en el pueblo y lo encerró una semana en la alcoba. Lila le llevaba en escondidas algunas confituras y limonada fresca.
        Salió más tranquilo, pero… lleno de ganas de vengarse. Edelmira murió. Su esposo, lloró sobre el cuerpo triste y el corazón vacío. Lila lloró a su lado y juntos la llevaron bajo el jacarandá que ella amaba.
        Cuando el muchacho cumplió quince años, su padre fue a buscar un cargamento del puerto y se quedó dos meses, esperando el barco. Cuando regresó encontró a Lila con el rostro sombrío. Callada y triste. Creyó que extrañaba a Edelmira. Pronto supo que la muchacha estaba embarazada. Su hermano, la empujó por la escalera y el niño murió sin nacer.
        Pasó un tiempo en que el padre trató de saber quién era el padre de aquel vástago. La niña callaba. Cada momento más taciturna y esquiva. Su hermanastro la miraba con dureza y presagio de golpizas. Ella cumplió quince años y el muchacho catorce. Lila le rogó a su padre que la dejara marchar de la casa a un convento. No era posible que la aceptaran si sabían del embarazo y pérdida. Se transformó en un fantasma en vida. Cada noche, encerrada en su alcoba, espiaba por una hendija cuando su hermano pasaba rondando por los pasillos como gato silenciero.
        El padre necesitó marchar nuevamente al puerto y cuando regresó, ella nuevamente estaba encinta. La duda ya no era duda, claramente era el muchacho el causante de ese destrato. Golpeada y arrastrando su pudor adormecido, llegó a término. Nació una hermosa niña. El muchacho, en la noche, la tomó cuando Lila dormía y la llevó al río y allí la arrojó sin el menor dolor.
        Los gritos despertaron la casa. ¿Dónde está la niña? ¿Adónde y quién me la ha quitado? La risa descontrolada del muchacho dejó a todos boquiabiertos. Un malvado demonio vengativo. Un truhán. Un asesino.
        Con quince años había sido capaz de abusar de su hermanastra y matar su hijo. El padre tomó la escopeta y sin pensarlo mucho, lo corrió por el campo y lo acribilló cayendo, este, sobre el trigo dorado que ya maduro, quedaba mojado por la sangre de quien fuera de su propia sangre.
        Dicen los lugareños que al día siguiente Lila flotaba en el estanque junto a las libélulas y flores de pétalos blancos.