martes, 10 de diciembre de 2019

ESE GRAN ODIO



            La conocí a los quince años. Y ya la odiaba. A ésa, la que me trajo al mundo. A él, mi padre, a ese animal alcohólico y maloliente, nací odiándolo. No se asuste, comprenda, fui un niño anónimo hasta los trece años, ahí supe que tenía nombre. No era el Turco o el Demonio… algunos decían que era El padre del demonio. Y tenía siete años. ¿Ahora me entiende?
            Una mueca de dolor se agigantó, mientras refirió ese tramo de su vida. Omar, se apoyó en los codos, como buscando amparo a tanta pena. El rostro contraído y una mueca irónica, parecía la máscara del hombre intentando esconder los sentimientos. Ahora, como un rescatado de la muerte, vive haciendo tareas solidarias. “Tal vez, tal vez su verdadera madre trató de salvarlo de otro infierno peor al que vivió de niño. ¿Quién sabe?”, le dije. Se produjo un silencio, interrumpido por la intervención del teléfono que distrajo ese instante tan duro.
            Cuando me mostraron a mi vieja, sentí que tenía enfrente a un monstruo. ¡Era tan desagradable que no permití que me tocara! Su rostro era la imagen del vicio. ¿Alcohólica? Es probable. Dicen que vivía entre botellas. Vaya a saber, cuentan cada cosa por ahí. Fue prostituta y de las peores. Me abandonó apenas nací y pasé por cuanto instituto de huérfanos existió. Algunas veces recibí cariño. Otras, las más, golpes, desprecio y maltrato.
 Estoy acostumbrado a golpear, a insultar y me sorprende cuando las personas son atentas y respetuosas conmigo. Por eso soy golpeador. Sin embargo mi mujer me entiende; ella vivió lo mismo. Hablamos el mismo idioma. Nuestro idioma es la violencia. Pero… usted, entenderá que luego, con los años aprendí cómo y con quién puedo ser así.
            A los diecinueve años, me hicieron convivir con un matrimonio de ancianos de origen italiano, que me demostraron que se podía vivir de otra manera. Para mí, son mis únicos y verdaderos padres. Él, Marcos, me enseñó lo que un padre le debe y puede enseñar a un hijo. Ella, María es mi madre del corazón. Los respeto y quisiera sostenerlos hasta el fin de sus vidas. ¡Bueno, Marcos, ya murió! En 1995.
           Ahora yo cuido a la vieja. La mamá que me regaló el destino. La única que me dio amor. A la otra no la vi más. Me han dicho que murió. Estará tranquila disfrutando su juego sucio con Lucifer. ¡Sé que el engendro satánico que me procreó vive! Para mí, sólo si  muere podré ver el camino que empedrará hacia el infierno. ¡Tal vez, yo le seguiré por esa ruta! ¡Ja, ja…! Ni allí, creo, nos van a recibir.
            Mi actitud, fue sacarlo del tema. Omar me miró con un matiz tragicómico. Sabía que su testimonio era muy fuerte y que de alguna manera, me hacía sufrir. Lo invité con un café y comprendí que  necesita compartir su memoria.
           ¡Hace mucho que dejé el alcohol, bebo vino sólo en navidad y año nuevo! ¿Qué tal?
           No perdonó a sus progenitores. Escudriña la vida arañando relatos que den lugar en su corazón para un pequeño respiro. Volteó la narración para transitar mi vida privada. ¡Claro, nada que ver con la suya! Tuve una vida, casi diría, tan quieta, aburrida y falta de interés, que no serviría para ninguna novela interesante. Pero, para él, era importante. Hacía su duelo personal y aforaba sus desgracias.
            Déjeme decirle… tengo algunos buenos recuerdos de ciertos maestros. Fui un error en la inteligencia, no aprendía nada. ¡Pero algunos de ellos decían que era inteligente! El odio no me dejaba concentrar. Sólo quería demostrar que podía con mi horror. Hasta que una docente afirmó —ya tenía catorce años— que podía cursar sin estar presente. No entendí qué quería decir. Me enojé mucho. Una noche entré a la escuela y la llené de mierda, rompí todo y quemé papeles.  Me metieron un año en un reformatorio. Igual, hice dos años en uno y por fin egresé. Ahora soy un laburante. ¡Por eso estoy aquí! Tengo que reivindicarme.
            Más cómoda, me dispuse a darle la lista que me pedía para hacer reparaciones en la escuela. Y se alistó con una hermosa sonrisa a realizar un apoyo a la institución en la que trabajo.
            Omar, es un gran ejemplo para mí. Es su caso el que me invita a mostrar a otros que el abandono, la falta de compromiso y la violencia familiar, que hoy se adueñan de la sociedad, únicamente traen más violencia y odio.
            Le di la mano y me propuse seguir con mis tareas. Tranquila, pensé esa mañana en el futuro de quienes me rodean, sin dudar en contar esta historia. Segura de que, quizá, sea útil para quien que la lea.

martes, 3 de diciembre de 2019

DE UN LIBRO INÉDITO


Me pregunto

¿Dónde quedó el jolgorio de piernas movedizas
el sonido granate del viento que eternizaba
los álamos dorados?
    Una muchedumbre ruidosa
deslizaba su ira.

Ayer con la horquilla o el tridente
dominaron las raíces
se cortó el aire cálido del alma con un cordón de plata y
floreció en llovizna de palabras de odio
que pronunciaron los fantasmas ciudadanos.
Nadie queda en la calle solitaria.
Un panfleto, una bandera
una esquina sin nombre en el desierto
pasiones.
Nadie, no quedó nadie.
Sin embargo somos prisioneros de los sueños

derrotados.


EL PESCADOR DE QUIMERAS




            La tarde calurosa amenazaba una noche plagada de estrellas. El viejo, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una antigua pipa. Miró tras sus pupilas nubladas por el tiempo y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo, esquivo, no llenó el vientre hambreado de su barco. Poca pesca. Nada, casi nada. No había viento y eso no permitía que se alejaran de la costa mar adentro.
            Un olor penetrante a sal y pescado, entre podrido y fresco, hería las narices a los hombres silenciosos. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente. Un pescador comenzó a canturrear un sonido triste. Otro, tomó un pequeño instrumento rústico y comenzó a elevar un sonido de belleza inexplicable. Con ritmo a nativa sangre negra  caribeña.     
El caballero que había pedido acompañarlos ese día era un tal Hemingway, escritor que tomaba ron y masticaba tabaco, mientras limpiaba displicente sus anteojos de armazón de oro. Parecía, por su ropa desprolija y gastada, uno más de entre los obreros de la pesca. Pero ese no era un hombre común. El viejo lo supo desde el instante que subió a cubierta con su rostro avejentado y crítico.
            El bote se jactaba de ser como un delfín de madera y metal color herrumbre. Su panza hinchada supo regresar a puerto lleno de peces. De haber luchado con los más fieros tiburones del caribe.  El viejo achicando los ojillos desplazó una sombra tenaz por el cuerpo encorvado del poeta. Nutrió su expectativa con un sonido agudo. Desde no muy lejos aparecieron las aletas ahusadas de los asesinos blancos. El viejo se paró y tomó un arpón, señalándole al hombre en desafiante orden, que imitara sus movimientos. Sobre el agua de color sangre amarillenta, con certero golpe atravesó el cuerpo efímero del pez bravío. No pudo el extranjero imitar su juego. Tiró enojado el arma y se sentó perturbado en los maderos. Soñó con ser un héroe. Ya, el sol, parecía un dromedario agonizante. A lo lejos las luces de la Isla reflejaban una vida desplegando miserias. Comenzó el regreso. Atracaron en el precario puerto y casi sin palabras se despidieron. Una borrachera de ron abrazó la noche. En la mente de un enorme creador nacía una obra gigante.

A LOS HÉROES DE LAS ISLAS MALVINAS


RUTA HACIA EL FUTURO Y LA NIEBLA.
            Siento las piernas livianas. Corro para trepar a mi avión. ¡Soy feliz, por fin podré demostrar todo lo que he aprendido en mi entrenamiento!       
                        La cabina tiene un tamaño cada vez más estrecho a pesar de los años en que aprendí, practiqué y subí para hacer las maniobras de rutina. La orden fue súbita...
                        -" Tenemos un enfrentamiento con un enemigo claro"- "Hemos tomado las Islas después de cientos de años " - " Nos espera un desafío irracional"...- Y yo en mi A 4C, ágil y raudo hacia el sur con mi soledad. Mi juventud a flor de piel como una sazón y lustre épico. El ruido ensordecedor de los motores y el viento pegando en las alas y en el fuselaje. ¡Ahora tengo misiles que me protegen!, pienso mientras aprieto con mis manos el costado de las piernas donde sobresalen los elementos de supervivencia...- Si me eyecto los necesitaré- , pero siento un ruido ensordecedor...el plexiglás está tremolando como la montura briosa de un caballo desbocado. Tiemblo. Tiembla. Tengo miedo y transpiro a pesar de que afuera hacen diecisiete grados bajo cero y acá en la pequeña cabina deben hacer más de doscientos grados. Es como en un desierto, hace un calor insoportable, hace frío intenso y yo ya no siento nada más que el silbido agudo del viento entre los alerones, la tobera y las alas...y el aullido grotesco de la carlinga de plástico que sigue trepidando. Miro afuera de mi tumba de metal... ¿Por qué veo las nubes sombrías que me aprietan, me ahogan, me separan del mundo exterior? Son nubarrones oscuros y premonitorios y agoreros, entre ellos...- ¡No puede ser!- Sí, ¿allí veo a Roberto, mi hermano gemelo?
                          Y... ¿en una tanqueta por entre las nubes? ¿Imposible que él se mueva así entre nubes si soy yo el que vuela en un avión de caza? ¡Y ahora  me hace señas con su mano en alto! ¿Qué me quiere decir? ¡No le entiendo! Voy a girar sobre el ala derecha para verlo mejor y...-¡No, entre el infierno nuboso emerge un "Sea Arrier" enemigo...veo la estela del misil, la veo!-  Aprieto el botón rojo dos veces..., ahí van, ven malditos como salen airosos los dos misiles plateados como aves de invierno. Siento el fogonazo. Veo la estela de fuego casi dentro de mi cerebro y  siento el tremendo estruendo y el golpe en el fuselaje. Me vuelvo y la cabeza me golpea y atruena en mi pecho y veo como el avión comienza a desintegrarse mientras yo me eyecto. Los casi novecientos kilómetros por hora estallan en mi pecho.
                         ¡He perdido el casco y mis guantes y mi reloj y mis antiparras y mi manguera de oxígeno! Todo. Perdí todo.
                          -¡Roberto, hermano, estoy gritando, ayúdame que tengo mucho frío!- pienso- ¡Gracias a Dios tu tanqueta está preparada para socorrerme! – Él, otra vez, no entiendo lo que dice:
                         - ¡Manfredo, hermano, corre que atrás hay otro misil del enemigo!- y trato de correr y siento pesadas las piernas con tantas correas del asiento eyectable y el paracaídas que me lleva lentamente hacia la tierra, y el frío terrible y el dolor atroz en las manos y en las piernas. Ya no siento la cabeza. Seguro que mi gemelo me ayudará. Sus compañeros, en cuanto llegue a tierra, me van a recoger y abrigarán. Entonces todo estará bien. Ya veremos. Cierto, ya veremos...
Allá entre las suaves colinas de húmeda turba encontraré sus brazos. Mi hermano me vuelve a hacer señas que no entiendo. ¿Entre las nubes? Me vuelvo, no puede ser... ¿mi avión estrellado entre unas rocas? ¿ fuego y un estampido?...y estas correas que no me dejan separar de mi asiento y me desprendo y camino sobre el agua y saludo a los jóvenes soldados sin piernas, sin cabezas, sin rostros, sin manos, sin nombre y me sorprendo porque no lo encuentro...¡No encuentro a Roberto, mi gemelo en su tanqueta!-¿Por qué?- Allá escucho a gente que vocifera..."Argentina..., Argentina...Argentina..." y el obelisco y mamá con una enorme bandera que se agita y mi padre entre millones de personas que cantan el Himno, y siento que ya no tengo ni mis pies ni mis manos ni mi avión ni mi orgullo ni mi frente ni oyen que los llamo.¿Dónde estoy?  ¡No puede ser!
            -¡Atento Manfredo, atento, sobrevuele el objetivo!-, y ahora, ¿por qué?...siento la voz urgente de mi guía derecho, me urge apretar el botón rojo... ¡No lo puedo encontrar!  ¿Dónde están mis manos?
            -¡Manfredo atento a su derecha avión enemigo!-estoy escuchando la voz clara de Gustavo P.J. y veo el fuego del misil y maniobro en escapada hacia la izquierda y veo fuego por todos lados y el calor agobiante. Y el ruido ensordecedor, y más calor. Explota el avión de mi guía. No veo...no veo nada. Silencio. Soledad. Muerte.
                                   Ahora...
            Camino sobre las aguas. Por las colinas de turberas, ya nadie me responde.
            "ARGENTINA...ARGENTINA......ARGENTINA......ARGENTINA.....argentina......argentina........argen..........arg...........ah...........ay... ¡Ay...Patria Mía....!”
                                              
                                                          



POESÍA PARA LA MUJER.


 LA ESPERANZA

HOY MUJER ERES LA SEMILLA QUE FRUTECE
HOY MUJER SALVAS LA TIERRA DEL  DILUVIO
HOY ERES SOL MAR, MONTAÑA Y FUEGO
SALUDA LA TRAYECTORIA DEL LOS PIES DESCALZOS
EN UN MUNDO DE TORMENTAS Y HURACANES, GUERRAS
VUELA MUJER; NO TE DETENGAS EN LA ORILLA
DONDE SOLO ENCALLAS LAS NAVES PERDIDAS
VUELA MARIPOSA HACIA  PERDIDAS LUCES
VUELA MARIPOSA HACIA EL SOL NACIENTE
 ABRAZA EL ÁRBOL DE LA VIDA. SUEÑA.
MUJER VALIENTE MILITANTE DEL AMOR
CAZADORA  DE DELICIAS Y PESARES DE SER; SUEÑA
HOY VOLVERÁS A REPETIR LA ÚNICA VERDAD
QUE SOMOS LAS HACEDORAS DE LA TIERRA.
FERTILIZAS Y CREAS VIDA
SOMOS NIDO, FLOR, MAÍZ, PAN Y VINO
SOMOS EL VIENTRE DONDE SE FUNDA LA VIDA.

ENVIADO PARA ANTOLOGÍA EN ECUADOR

UN AMOR IMPOSIBLE





                   Había dejado de llover. Leandra entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se  oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba sola. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo con pena apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por que a  ella? ¿Por qué en su tragaluz?
¿Porqué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?
                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maseta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Se había quedado sola. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.
                     Llegó su madre, la misma que meses antes le dijo: “Ese hombre te hará muy desgraciada”. Pero ella había soñado con el amor. Ese imposible para su vida gris y sin sentido. Sólo trabajar y cuidar unas plantas y a un gato que se escapaba por las noches por la ventana de la cocina.
                     La miró a los ojos , quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su madre la odiaba. Te extrañaba. Yo te dije…
                     Madre él, me hizo feliz, no entiendo qué ha pasado. Anoche hablamos hasta casi la madrugada, hicimos planes, pero…pero acá dejó una carta. Se despidió de mí, sólo lo angustiaba el haber matado hace un año atrás a su exmujer. ¡Bueno, tal vez, fue mejor!
                     Tal vez, hija, estuvo a punto de volver a cometer un asesinato.
                     Entonces no lo hizo por amor, sino por miedo a volver del lugar desde donde vino, la cárcel.
                     Sonó el timbre. Era la policía que venía a buscar el cadáver de Julio. Se secó una lágrima con la manga del saco y abrió para deshacerse del cadáver del amor imposible. La gata entró corriendo y se acomodó en el sillón, frente al televisor. Todo volvió a la normalidad.

DOLOROSAMENTE


    

Pequeña ciudad adormecida.  Te trepas como hiedra
en los muros del alma como serpiente venenosa
que lame mis entrañas y mis ojos, con ponzoña de muerte
y un fango pegajoso y pestilente que me ahoga.
Tus muros de piedra enmohecida y pájaros agoreros
me llenan de espanto. Dolorosamente.
La negra experiencia de la muerte revolotea en mi aurora.
El miedo y el dolor y la distancia y un lejano temblor de alas
y de picos que golpean la piel y mis quimera.
Un dios que me olvidó y sonríe lejano.
No le encuentro latido ni lágrimas a las rocas,
dormidas en su antiguo rostro de insienso y mirra.
Se aleja, no me mira y está quieto en un horizonte
de palmas. Palomas negras se quiebran en los muros.
Oscuros y callados golpeteos y murmullos
de voces silenciosas que nadie oye. Ya nadie oye