lunes, 5 de abril de 2021

LA VIEJA CASA DE TOMÁS BARNE

 

Retumbó un gran estrépito en el silencio de la biblioteca oscura, entonces, observé el gato blanco de porcelana de la dinastía Chí, estrellado en el mármol azul. Una sombra lechosa penetró en la “boisserie” en la pared sur. ¿Escondía algún secreto ese trozo de roble taraceado con nácar y bronce? Me sentía atrapada con terrible miedo. Nadie acudió a observar qué había sucedido. Creo que quedó detenido en el tiempo, por lo fugaz del espacio transcurrido, desde que llegué a la vieja estancia de la familia paterna. Mis padres, se habían divorciado ocho años antes. Recuerdo que ellos, me enviaban cuando tenían algún tipo de litigio, a convivir con los abuelos. Todos los primos eran realmente odiosos con sus risitas irónicas y extraño lenguaje que habían inventado para que no comprendiera. La abuela era dulce y gentil, no podía ayudarme mucho ya que permanecía en una vetusta silla de ruedas y no siempre podían bajarla al piso inferior. El abuelo Tomás no me quería. Le recordaba el fracaso de su hijo. Tal vez, él, lo vivía como propio.

            Corrí escaleras arriba y casi caigo desmayada cuando tropecé con la prima Samanta. Tenía una pierna paralizada que arrastraba penosamente por la gruesa alfombra turca. ¿Cómo llegó sin hacer ruido hasta allí?; no lo entendí en ese momento, pero mi corazón estalló al sentir su tibio cuerpo apoyado en la baranda de la escalera. Una mirada dura y penetrante sostuvo la mía agónica. No pronunciamos ni una disculpa. Continué caminando hacia mi alcoba y me escabullí vestida en el lecho, me tapé con el edredón hasta que me dormí. Temblaba. Desperté transpirada, afiebrada, mas, el abuelo exigía que nos concentráramos en la biblioteca, y por lógica obediencia fui. Luego de repasar los sucesos de la víspera, esperé cautelosa.

            El rostro adusto del anciano presagiaba una tormenta de esas que dejan a los niños acosados por penas inolvidables

Mi vida estaba signada por la dura realidad que me perseguía. Allí encontraba sólo sentimientos hostiles. El viejo se plantó y con cara recia, indicó apenas con un movimiento que me parara delante de todos. Su rostro era de roca y sus enormes bigotes disfrazaban el rictus de desprecio que sentía por la nieta de su hijo fracasado.

            Trémula como siempre, esperé su castigo. ¿Cómo decirle que había visto esa figura fantasmagórica? ¿Quién arrojó al suelo el gato y desapareció entre las maderas que cubren las paredes de la habitación? Fisgona, me dijo, con labios apretados uno de mis primos. Seguí allí tiritando.

            -¿Quién anduvo hoy por la biblioteca y quién osó tocar el Gato de porcelana china?- Todos me miraron. Caí rotunda al piso. Desperté en cama. Estaban  observándome como a un raro monstruo. Todos. La abuela me acarició la frente y  enérgica opinó que tenía fiebre altísima, que llamaran rápido al médico y a mi padre. El abuelo rugió. Jamás ese hombre pisará esta casa. Mis primos comenzaron a reírse  sin dar muestras de solidaridad.  Nadie vendría en ayuda. Eso lo sabía. Tal vez la abuela, si podía contradecir al esposo. Pero era casi imposible. Me quedé dormida o no, mas, sentí la presencia de una mujer que bajaba por las escaleras y se acercaba descalza hasta mi lecho. Trató de ahorcarme con  manos lívidas de enorme venas rojizas. Los ojos  brillaban glaucos en las cuencas profundas.

            Desperté tras varios días y escuché la voz de mi madre. Había viajado desde la capital por el llamado de abuela. Me abrazaba y yo sentí, por primera vez, que estaba a salvo. Tras dos días partimos. Regresar a casa  me curó. ¡No regresaría jamás!

            El otoño siguiente estaba en el estudio de mamá, sonó el teléfono, contesté el llamado. El abuelo Tomás exigía que viajáramos al campo. Me estremecí. Yo no quería volver pero el pedido era estrictamente urgente. Mamá preparó el coche y viajamos esa misma tarde. Llegamos a la madrugada. La abuela estaba muy enferma y quería vernos, a nosotros en especial.

            Me acerqué sin miedo ya que ella era la única persona que me quería y yo la amaba. Estaba muy delgada y frágil. Tomó mis manos y las besó muchas veces. El abuelo, que antes, no hablaba con mamá, la tomó del hombro y le pidió que lo acompañáramos. La biblioteca estaba oscura, un aire frío insistía en penetrar por cada resquicio. Se sentó. El sillón de cuero negro era su refugio. Luego cerró los ojos y meditó lo que iba a decir. Comenzó murmurando, luego su voz se fue haciendo fuerte y segura: “Señora...usted sabe que la vida ha resultado contraria a mis deseos de caballero”- carraspeó, se notaba cuanto le costaba decir lo que tenía en su mente- “Mi hijo, a quien le debo la vida de María Amor, su hija, me ha dejado un doloroso legado. Relatar la verdadera historia es para mí una terrible vergüenza”.

            Mamá estaba muy nerviosa y bizqueaba mientras buscaba una palabra para escapar de la situación. Me mantuve atenta para huir si me trataba de tocar. El comprendió el terror que nos producía. Se detuvo y por primera vez en mis doce años, lo vi sonreír.

María Amor, señora Cecilia, no tenga miedo de mí. Voy a relatarles una parte de la historia de nuestra familia que no conocen. Por las circunstancias que se avecinan deben conocer. Acá, en esta sala hace exactamente veintitrés años, mi hijo cometió un asesinato. Tu padre, pequeña, es un mal hijo y peor persona. Mintió a una joven muchacha a quien enamoró y luego que trajo ella al mundo a una niña tan desdichada como su madre, buscó la manera de deshacerse de la pobre mujer. Así una noche de tormenta en que el ensordecedor ruido de truenos y de viento huracanado, no permitió que alguien oyera o viera su acto,  la trajo a la biblioteca y la encerró en esa parte de la “boisserie” que entonces tenía una puerta escondida, que daba a un pequeño gabinete en el que se guardaban útiles y herramientas de todo tipo. Nosotros, mi esposa y yo, habíamos partido para un largo viaje que soñábamos hacer alrededor del mundo. Tardamos más de ocho meses en regresar. El olor nauseabundo había penetrado la casa y sólo era percibido por los perros de caza que cuidaba el viejo jardinero. Él, desoyó los ladridos. Nosotros habíamos licenciado a todo el personal.

Como había quedado en venir poco o nada, el hombre, nunca advirtió el problema. Regresamos inocentes. Apenas entrar y el horror nos aprisionó el alma. En principio pensamos en él, caído y destrozado en el piso. Pero no vimos a nadie. Buscamos con urgencia a la policía que tras rebuscar por toda la casa encontró el cadáver de esa desdichada. Llegó tu padre como si no supiera lo sucedido y con gran arte evitó las sospechas de los criminalistas. Supo esconder su maldad. Cerraron el caso como un hecho casual. Creyeron que la joven había entrado a la casa sola buscando valores para robar, había quedado encerrada allí, muriendo sola y sin ayuda. Pero yo dudé de la explicación que nos daban. Desde entonces y luego de tapar herméticamente el cubículo, ella suele en noches de tormenta, atravesar la pared, romper algo y desaparecer por el mismo sitio. Un día, él, nuestro monstruo,  la trajo a usted Cecilia y con usted a la niña.

Todos pensamos que debíamos alejarla de esta casa y que ese ser abyecto que engendré había cambiado por obra del amor. ¡Fue totalmente falso, pronto comenzó a golpearlas y a manifestar su ira y crueldad! Mi amada Abigail, la abuela, quiere contarles algo. ¡Subamos!

             La anciana reposaba en su lecho, ya sin mucho tiempo. Tomó nuestras manos y nos dijo: “Cecilia, María Amor, no me animé nunca a decirles que Samanta es tu hermana, pequeña. Un día bajo el influjo de quién sabe cuál circunstancia, el espectro la empujó desde la balaustrada y quedó así, tú sabes, con la pierna paralizada. Te hemos tratado mal para evitar que te pasara algo parecido. Ayer hemos recibido un cable desde la Capital, nuestro hijo está muerto. Alguien lo encontró degollado en un cuartucho de hotel. Yo, a pesar de todo, lo he amado siempre. Era mi hijo, mi único hijo varón. –un suspiro tibio escapó de su boca- yo lo he amado, les ruego lo  perdonen.

            Mamá salió y asomándose al pasillo, señaló una figura que se desplazaba por allí. ¡Era la mujer que yo había visto aquella noche! Detrás un cuerpo agazapado la trataba de tocar. ¿Era mi padre? Con dedos agudos intentaba tomarle el cabello y una daga golpeaba y golpeaba el cuerpo que se hacía añicos. Él era incorpóreo o casi, no puedo explicarlo.

 

 

La abuela cerró los ojos y se fue desdibujando en una especie de cordón dorado que se elevaba con su imagen fluida en el rincón más ligero de la habitación. El cuerpo yacía con una sonrisa impenetrable unida por el pecho al objeto luminoso que se alejaba. El ruido de una pieza de porcelana estrellándose en el pavimento de la biblioteca nos puso en alerta. Otro gato blanco de porcelana de la dinastía Chí, estrellándose en el piso de mármol azul sin explicación.

MUCHACHA EN MI MENOR

 

                        Con la mano despejando chalas del maíz, llora. Sangran las manos con la mazorca que debe desgranar sin pausa. El tiempo apremia. Las trenzas caen sobre su cuerpo cargado de trabajo. Doloridos los brazos, sangrando los dedos, van juntando el grano en vasijas de barro cocido. Cerca, muy cerca el “Ñasti” duerme su embriaguez de chicha sobre una manta de lana, que perece el regocijo del tiempo de la chaya.

            Bajo el techo de paja, llueve la servidumbre desdichada. Un cuchillo brilla entre las chalas y el ruido gorgoteante de la sangre ingresa entre los granos amarillos como el agua del río cuando crece. La tormenta ha pasado. Nadie oirá el chasquido del hombre río abajo.

 

 Crees que me dejaré engañar en la otra vida, te equivocas. Ríete de mí. Ya verás mi venganza. Volveré siendo como un aguijón imantado a trepar por el rostro de quien me hirió en la confianza. Yo estaré esperando regresar de ese limbo del que hablan las mujeres dolidas. Creo. Creo que será como el revertir la noche, el regreso de la ola en el mar calmo. Un trueno resuena en el valle.  

 

COMO SI ME OLVIDARAS CADA NOCHE


 

Para recordarme en la mañana que estamos vivos.

 

 Recuérdame que aun late mi corazón herido

 

Recuérdame que sale el sol y brilla en sus ojos la vida plena

 

Recuérdame que hay un solsticio de invierno donde duermen las hadas

 

Recuérdame, que he vivido esperando con la mirada puesta al este

 

Recuérdame que no me despertaré con alguien sin conocer su nombre

 

Porque si me olvido de ser yo misma

 

Porque si huelo al viento y no penetra el perfume de las retamas

 

Porque si me siento sobre una roca cerca del mar y no te veo

 

Porque si tus brazos escapan de mi cintura profusa de enrona

 

No seré yo. Será mi cuerpo perdido en la penumbra de la muerte.

 

No serás tú, mi consejero y amigo de milagros esperados.

 

No será la vida, ni el sol, ni los tulipanes, ni las dunas…

 

Ya seré un recuerdo en la fachada desdibujada del calendario

 

Que ha perdido su color y su hermosura. Entonces me olvidarás.

 

Cada noche me olvidarás y en la neblina seré aire, humo y nada.

 

Para recordarme en la mañana que estamos vivos.

 

 

 

Recuérdame que aun late mi corazón herido

 

Recuérdame que sale el sol y brilla en sus ojos la vida plena

 

Recuérdame que hay un solsticio de invierno donde duermen las hadas

 

Recuérdame, que he vivido esperando con la mirada puesta al este

 

Recuérdame que no me despertaré con alguien sin conocer su nombre

 

Porque si me olvido de ser yo misma

 

Porque si huelo al viento y no penetra el perfume de las retamas

 

Porque si me siento sobre una roca cerca del mar y no te veo

 

Porque si tus brazos escapan de mi cintura profusa de enrona

 

No seré yo. Será mi cuerpo perdido en la penumbra de la muerte.

 

No serás tú, mi consejero y amigo de milagros esperados.

 

No será la vida, ni el sol, ni los tulipanes, ni las dunas…

 

Ya seré un recuerdo en la fachada desdibujada del calendario

 

Que ha perdido su color y su hermosura. Entonces me olvidarás.

 

Cada noche me olvidarás y en la neblina seré aire, humo y nada.

MENSAJE SECRETO

 La organización envió a varios agentes de inteligencia a Kioto, nadie sabía bien quiénes serían los que nos recibirían. Viajamos en avión, ya que los miles de kilómetros que nos separaba desde Costa Vieza, impedía que llegáramos en otro medio. El viaje fue realmente mortífero. Una fuerza superior nos mantuvo alerta y allí abrimos los sobres con las órdenes que emanaban del “Jefe”. Teníamos allí la orden de fisgonear a un tal Kevin Khi, alias H’shy, un chino-americano, que aparentaba ser un oscuro comerciante en estatuas de mármol hechas en serie. Era un experto en karate, actor secundario en varias películas de ambientación china, y  sus oscuros ojos infundían misterio.

                                   Todo caminaba bien, hasta que en el hotel donde nos hospedábamos comenzó un fuego, que se descubrió luego, con la investigación, había sido encendido por alguien, usando combustible, y que hacía entrar oleajes de humo mortal entre todos los hombres. Nos asfixiábamos. Mäntel, el lúcido investigador que había viajado con nosotros, organizó una fiesta para tratar de descubrir a quien quería deshacerse del grupo. Era evidente que el mestizo no estaba involucrado porque lo teníamos muy controlado.

                                  Contrataron a un grupo de geishas y prepararon un menú extraordinario. Las muchachas con sus kimonos y sus rostros de exquisita belleza trastornó a dos de nuestros hombres, que cautivados, no advirtieron que entre el sushy había una trampa mortal. En pocas horas tuvieron una muerte dolorosa pero en la autopsia, no encontraron nada extraño. La enorme maldad de quienes estaban involucrados era evidente. Comenzó una búsqueda obscena, nada quedaba fuera de los ojos de los agentes. Mäntel, tenía fe que pronto sabríamos de qué se trataba esa venganza. Una organización de traficantes de obras de arte antigua, estaba detrás de todo eso, pero ninguno supuso que Kevin Khi, era un agente secreto de China, que buscaba a los involucrados. Apareció ahogado entre el oleaje pútrido de la laguna Biwa y con un mensaje en la boca escrito en un antiguo trozo de seda de la dinastía Tokugawa.

                                   Una noche que fuimos invitados por un simpático secretario del presidente de Taganaka, la empresa de comercio del señor Öntuwe, supusimos que sería un beneplácito para esos malos momentos que vivíamos. El teatro kabuki, estaba repleto de serios caballeros nativos. Sólo nosotros estábamos allí, extranjeros en toda nuestra ignorancia de dicha tradición. La representación, magnífica por el esplendor de trajes y decorados, cubrió el mensaje. En la escena onnagata desenmascararon a uno de los hombres y le sucedió una máscara de extranjero. Siete sables samurai, traspasaron al actor y se produjo la escena mie. Ahí advirtió Mäntel un mensaje secreto de muerte. Lívidos, salimos del teatro y subiendo a un taxi, partimos directamente al aeropuerto. Dejamos que Öntuwe, quien nos había hecho la deferente invitación se comunicara con nuestro jefe. Él, sabría descifrar el secreto.

 

LA MARCA.

                                           

            Se ha quedado en un silencio del que no va a regresar, me dije en ese momento difícil. Él me pidió escuchar la "Tocata y Fuga en Re Menor de Bach" y yo allí casi paralizada no podía hacer ningún movimiento. Un gusto amargo me llenó la boca de asco y rebeldía. Cuánto amaba yo a ese cuerpo frágil y desgarrado, no obstante quedé detenida en un sopor pensando en despojarme de la realidad.

            Él estaba de espalda con las manos agarrotadas y desolladas tratando de aferrarse a la sábana que apenas cubría los restos de ese cuerpo que había sido infinitamente humano, lleno de fuerza y de inteligencia. No quedaba casi nada. Era un fugaz espectro del que fuera hacía unos años. Todavía era muy joven y ya su fragilidad le proporcionaba la imponente deformidad de tiempos cronológicos rotos. Parecía un anciano. Era un anciano de cincuenta años y mil de sufrimiento.

            Yo lo amaba y estaba allí contemplando un minuto de transfiguración. Su muerte. La muerte de un padre inusual. ¡Tan culto! De hablar retórico y estudiado. ¡De manos expresivas y vigorosas!

¡Espiritual y bondadoso!  No podía llorar escuchando la última respiración forzada que intentaba aferrarse a una vida que inexplicablemente se le había negado. Tenía aún los pies tibios cuando cerré los ojos cubiertos por una suave nube bienhechora, que imagino ahora, evitará que el ser vea su propia muerte. Es inútil recordar lo que sucedió después. La gente amiga, los parientes, una muchedumbre que se acercaba a consolarme. ¿Quién puede consolar realmente a una niña que ha perdido a su padre? ¡Ese hombre no era un padre era la imagen de un ser singular!

            Culto hasta lo inimaginable, hablaba varios idiomas y adoraba la música clásica, la ópera y el valet. De su mano había conocido muchos artistas plásticos y músicos. Todos los días viernes me llevaba al teatro y los domingos al cine cultural del consulado italiano.

            ¡Yo, que desde muy pequeña quise ser escritora recibí el mejor consejo de sus labios! :

 - Hija siempre escribe de los temas que conoces y si no, estudia e investiga! Gracias a ello hoy he recibido algunas menciones que han sido un orgullo y un asidero para continuar en este mundo mágico que son las letras. Es una inmensa pena no tenerlo cerca porque sería el mejor crítico.

            La muerte lo arrebató para que no sufriera más y dejó una imagen de un ser honorable, honrado y sensible; que con dolor siento han olvidado muy pronto.

            ¡Gracias papá por ser como fuiste y más!

                                                           A mi padre Luis Antonio Vespa .

 

                                                           

PACA LA DE LA MULA

 

            Esto ocurrió en una aldea llamada “Ocho Soles” hace un tiempo. Me lo contó el abuelo Antonio cuando era una niña.

                        Tener mulas en el campo, niños, es un milagro del cielo. Y si son poco mañosas un regalo de Dios. Don Tiago Medina era dueño de tres mulas de alzada. Cargaban leña y trigo en alforjas de cuero por las laderas entre árboles y rocas. Su mujer, las había enjoyados con pompones de color y cascabeles que resonaban en el camino. Hasta un día en que “Rosita” se desbarrancó cayendo por un meandro hacia el abismo. Quedó estampada en el distante cañón descoyuntada, con el morral destruido y su mujer difunta. ¡Lástima de esposa buena! Diez años acompañándolo en la vida y venir a caer sin ton ni son por el barranco abajo. ¡Y sin la mula Rosita, la tan provechosa! Viudo con una hija. Pequeña y mimada por su madre, la Pilar se quedó sola para ayudarle en el campo, la casa y los animales con sólo nueve años. El padre la miraba con tristeza, pero le cargó el lomo como a las mulas.

                        Los días de feria en el pueblo, llenaba las alforjas y talegas con frutas y verduras y por las dudas, no dejaba que la Pilar cabalgase a lomo de mula. Podía perder a su única ayuda, la hija. Allá iban los animales agobiados al paso lento que le daba su dueño y a la pobre marcha que lograba la pequeña. Regresaban cansados y con la bolsa flaca, pero con la esperanza de un día mejor.

                        En una feria, el viudo, conoció a la Paca. De carácter fuerte y limpia como el agua del arroyo. Blancas sus pechugas y ojos oscuros. Algo tiene de mora, se dijo el hombre, pero palabra va, palabra viene, la invitó a la huerta. Cuando la Paca, vio lo que el hombre tenía, no miró a la niña, sólo la tierra, las mulas, los cerdos y gallinas.

                        Se casaron pronto, dos meses apenas después de la última vendimia. Vino con sus trajes, humildes y pulcros. Pucheros de hierro, sartenes de cobre y colchas tejidas por sus propias manos con lana de oveja que ella misma hilaba. Pilar fue su sombra. Su voz resonaba en las piedras: Niña friega el piso. Lava la vajilla. Corre al gallinero, coge una gallina, busca la más vieja, y mátala para el cocido. Tiende nuestro lecho. Límpiate esos vidrios. Nunca descansaba la pobre Pilarica. Era la huérfana y el padre en silencio ni la miraba. De noche llorando llamaba a la madre y nada. Nadie respondía.

                        En la primavera le nació una hermana. Gritona y blanca como su madrastra. Pilar la adoró desde el primer vagido. La bautizaron Rocío. Redobló el trabajo. Pero era feliz con la beba. Le enseñó a caminar, a jugar, a cantar y la mimó hasta hacer de ella su muñeca. Paca, nunca permitió que rocío realizara ninguna tarea; para eso estaba Pilar. Nunca supo fregar, cocinar, hilar, tejer ni siquiera se sabía bañar o peinar. Era una figura de cristal cuidada por todos.

                        Las niñas crecieron. Cuando Pilarica cumplió catorce años, vino el herrero del pueblo y pidió su mano para el hijo mayor. Así la joven partió casada con un muchacho trabajador y bueno. Honesto y muy enamorado en secreto de su mujercita.

                        A los años el dueño de una botica habló con Tiago, para casar a Rocío con su hijo menor. Eran muy jóvenes y el buen boticario sufría al ver que el muchacho era superficial y amigo del “codillo, mus y póker”. Se trataron y alocadamente Rocío se escapó con él al cumplir los trece años. Vivían en la planta alta de la botica con un cachorro y un pájaro charlatán y arisco.

                        Dos años después, Tiago viajando con sus mulas a la feria, tuvo un accidente. Murió la mula “Jonás” y él, quedó en cama con las piernas rotas que no curaban. No hubo médico ni charlatán que no intentara sanar sus dolencias. Un día de otoño, bajo una triste llovizna cerró su pecho al aire fresco del amanecer.  

Quedó a huerta abandonada y gris. Sólo las urracas y los zorzales aparecían para desgranar las frutas que caían maduras sin que nadie las cosechara. La pena punzaba en la sala y la única mula que aún vivía rebuznaba de hambre y soledad en el pequeño potrero. Rocío no llegaba nunca hasta la casa de su madre y Pilar tenía mucho trabajo, como siempre junto a su herrero, quien tenía tareas multiplicadas por docena.

Paca, tuvo un sueño. Tiago la invitaba a enjaezar la mula, acopiar todo lo que tenía en la alacena y buscar a su hija para vivir con ella. Así fue que juntó los jamones, la panceta, los frijoles secos, orejones y pasas de uva, cargó todo en “Sol” y comenzó un descenso hacia el pueblo en encuentro de su amada Rocío.

Cuando iba llegando escuchó gritos y calló frente a ella por la ventana, un calderillo con sopa quemada. La puerta de la casa permanecía abierta y subió los escalones lentamente pisando camisas sucias, un corsé, el gato que dio un brinco y corrió buscando la salida y el perro flaco, que merodeaba por una olla de barro con algo que parecía comida, aunque estropeada y maloliente.

La muchacha yacía despeinada, con una bata sucia y rota, maldecía a su marido que borracho y desgarbado, permanecía tendido en un sillón despanzurrado. Los gritos de ira retumbaban entre las paredes de piedra como martillazos contra los tímpanos. Rocío se quedó muda. Ver ahí parada a su madre la dejó boquiabierta. Sólo atinó a preguntar por Sol, la mula. Está abajo, en la calle. El muchacho intentó pararse pero estaba tan ebrio que volvió sobre su cuerpo cayó rotundo en el piso. Impávida, acomodándose el cabello invitó a su madre a entrar. Trató de ayudar al marido y lo arrastró un poco hasta subirlo a la cama que parecía un nido de ratas.

La madre no supo que decir. Me quedaré con la hija que viva mejor…pero tendré mucho que trabajar aquí. Rocío vive mal. Yo no merezco terminar mis días así.  La mujercita, desesperada la invitó a tomar té. Lavó como pudo un pocillo y calentó agua con la poca leña que le quedaba. Su madre observaba la torpeza de las manos juveniles. Fue a buscar hasta una de las alforjas de Sol, la mula, y trajo pan, jamón serrano, nueces y huevos frescos. Charló un rato y se despidió prometiendo pronta visita. Si Tiago viera a su hija vuelve a morir de un susto, esta vez, claro. Mejor veré como vive Pilar, mi hijastra. ¡Ella tal vez no me quiera recibir, la hice trabajar tanto!  

Atravesó el pueblo. El herrero vivía en las afueras del otro lado del arroyo. La mula la llevó sin pausa ni prisa. Ya cerca de la casa, Paca vio un jardín lleno de rosas, margaritas y caléndulas. Junto al taller donde se oía el martillo y el silbido   del fuelle, vio un perro que gozoso dormía sobre una alfombrilla de hilos de algodón rústico. Los brazos fuertes y el rostro rubicundo del yerno se abrieron en una enorme sonrisa. ¡Sorprendido, llamó a Pilar, quien abrió la boca y comenzó a reír! Pase. Pase, dijo alegremente mientras se secaba las manos en su delantal. ¡Qué linda sorpresa! Sacó las riendas de “Sol” y la descargó para darle agua y sentarla bajo los árboles. ¿Dónde dejo la carga? Deja un jamón, pan y almendras, ya veré qué hago. Esto es una casa donde quiero vivir, pero no puedo quedarme si no me invitan.

Cuando ingresó a la cocina, todo brillaba. El olor a comida casera, la mesa con mantel impecable, los platos dispuestos al que Pilar agregó uno más con sus cubiertos y el vaso, le daba el sabor de hogar. Siéntese y descanse, debe estar muy fatigada. Buscó agua fresca del pozo y le sirvió mientras aligeraba sus pies en una palangana con hierbas y sal.

Pilar ¿has visto a tu hermana? La he visto, es más, voy una vez por semana y limpio, lavo su ropa y la de él, le dejo pucheros y quesos que hago yo acá… pero cada vez la veo peor.  ¡En qué me equivoqué? ¿En que nos equivocamos con tu padre? ¿Acaso fue en casarla con tan poca edad y con ese muchacho? Dime. Madre… no se.

Creo que en no enseñarle, en cuidarla tanto, en mimarla. La hemos perjudicado tanto que no se cómo hacer para socorrerla y eso que no tiene hijos. Si tuviera los seis que yo tengo… no sabría qué hacer. Acá tenemos trabajo, los niños estudian y juegan, salen por el campo y retozan. Yo hago lo mismo que hacía en casa con ustedes y no siento que es mucho. Es todo lo mismo.

Pilar, ¿puedes perdonarme? Fui mala contigo. No, me enseñó que la vida es difícil y ahora disfruto lo aprendido. Tal vez Rocío la necesite más que nadie. ¿Pero sabes lo que sufriré? He trajinado tanto y ya la mula es vieja, tu padre se ha ido y la huerta está lejos y no quiero regresar allá. ¿Qué crees que puedo hacer? Quedarse con nosotros y juntas veremos cómo ayudar a mi hermana.

Afuera las pájaros llamaban para que Pilar les diera de comer.  

           

RECUERDOS IMPERDIBLES

             La ambulancia se detiene frente a una casa humilde en un barrio tranquilo, deja sólo las luces intermitentes que iluminan en rojo y azul la fachada derruida. La mujer que desciende del vehículo, prácticamente arrastra el maletín médico. Su cuerpo agotado insinúa un profundo ensimismamiento. A su lado, el chofer, con una radio pegada a la oreja, disfruta un partido de fútbol al que no puede asistir.

            Cae la tarde, con su mantilla fibrilante de insectos ruidosos. El húmedo calor sofocan al crepúsculo. Un suave golpe en la puerta cancel, transpuesto el zaguán, pasando la sala de recepción, una lamparilla dibuja la alcoba sedienta de vida.

            Semiadormecida yace la solitaria anciana. Abre los ojos lentamente, perezosa y ávida de recibir amigos. Una sonrisa juguetona desdibuja el silencio. Estira el brazo fuera de la primorosa colcha tejida que tapa su cuerpo debilitado por los años, mientras pronuncia palabras de tierno reconocimiento a la pareja de profesionales.

            La médica le toca amablemente la frente, sin mirarla y se desparrama en una hamaca junto al lecho de la enferma. La joven Valentina, no tiene fuerzas para hablar. El chofer ensimismado con el partido se aparta de la mujer. ¡ Está tan sola! Pero la doctora, que por la mañana ha recibido la sentencia de divorcio, tiene un bloque de cemento en el corazón y no habla. No puede, el ancla que se clava en la garganta le impide sentir su corazón herido. Sólo siente el débil corazón de la anciana.

            Como ausente comienza con las preguntas de rutina, que anota en la carpeta, mientras asoman a sus recuerdos los brazos otrora amorosos de Ramiro, su ex esposo. Recuerda cuando por las escalinatas de la facultad la elevaba en sus brazos haciéndola volar como a un pájaro libre, vueltas y vueltas. Su risa fuerte. Sus besos calientes. Recuerda el nacimiento de Natacha y Franco, sus pequeños hijos. Recuerda la boda. Recuerda, recuerdos que le van achicando el pecho. Una lágrima sutil se desliza por su rostro cansado. Ha estado de guardia setenta y dos horas continuadas. Los niños con su madre hoy, ayer con la otra abuela. La casa, cuando regrese estará tan fría como su alma.

            La enferma, observa todo con estupor y sufre. Los ojillos empequeñecidos por la pena que comparte sin palabras. Las cataratas tamizan las sombras, pero su espíritu ve la soledad de Valeria. Entonces le toma la mano, que se detiene en su ir y venir de médica. Automáticamente le sonríe y con sus manos artríticos le señala un álbum en el anaquel de la biblioteca.

            Tito, el chofer, le alcanza el preciado volumen. Al abrirlo, una minuciosa pegatina de recortes de periódicos le muestran el acopio amoroso de la anciana. Tienen fecha. Algunos son de Los Andes, otros del Mendoza y los más antiguos del diario La Libertad. También hay algunos del diario Uno. Valentina se sorprende y Tito se acerca para mirar.

            La mujer busca con ansiedad entre los recortes y les muestra fotos. –“Son de la época en que en los periódicos, se podían leer buenas noticias. Ahora sólo se comunican desastres, muertes, asesinatos y robos. Estos eran de 1956, cuando con mis alumnos de la escuela, ganamos el viaje sanmartiniano, y este es de cuando vos, Valentina te ganaste la beca Calle.¿ Te acordás cómo te ayudé, para que fueras la mejor? Tu padre estaba muy enfermo y no ibas a poder seguir la escuela. Mirá,  acá en este recorte está la medalla de oro que sacamos con el proyecto de vacunación en la campaña.¡ Me acuerdo la carita de los niños entre las viñas, tratando de escaparse por el miedo! Y este recorte es cuando te recibiste de médica. Tu boda. Allí te perdí. Pero un día regresaste.”- las manos temblorosas recorren las páginas con ternura.

            Valentina ha quedado sin habla. Mueve las páginas del álbum y se encuentra con la vida de cada uno de los chicos y compañeras de la primaria. Mira los anaqueles de la biblioteca y observa por primera vez, que hay decenas de álbumes iguales.

            Tito saca otro y se encuentra la foto del actual gobernador, y del jugador de Gimnasia y Esgrima que él admira y sigue encontrando vidas. En cada recorte de diario hay un retazo de historia de la ciudad ajena que pierde su memoria en desvergonzados olvidos.

-¡Mire, doctora, la maestra ha guardado toda la historia de sus alumnos. Pero es cierto... se corta en... ¡ –“¡Estos tiempos, en que sólo se conoce lo feo de la vida, lo que empaña la esperanza de la gente, la falta de recursos para la educación, el hambre”! -  se acomoda la anciana en su lecho y continúa - “ Antes, y no hace mucho tiempo, era noticia un joven que lograba hacer carrera, un becado, un artista que descollaba o un muchacho decente que ayudaba a la gente. Ahora sólo es noticia lo dramático y feo. Y todo pasa rápido y se olvida. Como se olvidarán de mí, y también de ustedes, que día a día hacen milagros para llegar a los pobres que no tenemos posibilidades de ir por nuestros propios medios a curarnos. – se ha agotado en su charla. Penetra entre ellos el silencio agudo de la meditación. Espontáneamente Valentina abraza a su antigua maestra, a quien había olvidado. Se disculpa y sonriente le promete regresar cada vez que pueda, pero no sólo para controlarle la presión sino para hablar de los viejos tiempos. Tiempos que ha perdido y que la prisa de estos tiempos le han impuesto a su vida. Piensa en los niños. Se detiene tan sólo a darle una receta. Disculpándose, la rompe y promete traerle los medicamentos. Otro abrazo y una despedida cargada de afecto y de recuerdos. Sus hijos la esperan y ella tiene algo importante que contarles, recuperó un retacito de su vida.  ¡ Qué lástima que no guardó los diarios en su época!

-¡ Valentina llévate el álbum de tu vida yo ya no lo necesito! – dice la anciana y recuesta su cabellera blanca sobre la almohada. Seguirá soñando con ellos, sus hijos del corazón, que en cada recorte de periódico atesoró por años.