martes, 10 de agosto de 2021

EL INTRUSO

 

EL INTRU

 

                     Había dejado de llover. Leandro entró al comedor y comprendió que había llegado demasiado tarde. Se oía  la cascada de los desagües desagotando agónicos el canal de la azotea sobre el pequeño patio interior. Estaba solo. Unas sombras se alargaban en los mosaicos mojados. Dejó el paraguas húmedo como pena, apoyado en la silla. Se quitó la bufanda y los guantes que hacían juego con el hilo de sangre que se diluía en el torrente hacia la pequeña rejilla de la terraza. Lo vio allí caído. Solo, quieto. La cabeza destrozada  contra las frías baldosas. ¿Por qué a él? ¿Por qué en su traga luz? ¿Por qué ese hombre que llenaba de sueños sus largas tardes grises de domingo?

                     Ahora que era  primavera, él le dejaba ese regalo entre sus plantas. Cortó una flor de una maseta. Se la puso en la mano y fue al teléfono. Marcó el número que él, un día le dejara. Se sentó y lloró. Quedó solo. La noche  cubría la ventana como cortina de pena.

                     Lo miró a los ojos, quería escrudiñar su alma... quería saber si aun su amante lo odiaba. Te extrañaba, pensó. Pero no esperaba que me hicieras algo así, tan desatinado. Todos se enterarán que éramos amantes. Se reirán de ambos, sin piedad.

¿Quién llenará mi alcoba con perfume de almizcle y romero en las siestas de verano?

Llegó la ambulancia y llamaron a la policía. No podía explicar lo sucedido. El cuerpo de Luciano masacrado. Los vecinos vinieron a mirar y se admiraban de lo limpio que estaba todo. Las plantas del traga luz perfumando el pasillo y los departamentos cercanos.

Leandro demostró que no había estado en casa. No había un arma ni huellas por ningún lugar. Nadie había escuchado gritos ni peleas. ¡Son tan discretos estos chicos! Raro, muy raro. La puerta no estaba rota ni las ventanas. Se llevaron a Luciano envuelto en una sábana blanca con el monograma que bordó la tía Felicitas. Parecía un duende.

La policía  rebuscaba algo… para inculparlo. Él, estaba anonadado. Les mostró cada rincón, cada resquicio, cada escondite de la casa. Nada. No encontraron nada.

Se fueron sospechando que había algo escondido.

Desde el altillo de la casa de al lado, una ráfaga mostró un rasguño de sangre en la pared. Se movió alguien en la ventana. Era un muchacho hermoso que lo miraba con odio. Leandro cerró la puerta y corrió la cortina. Supo que había sido él. El intruso. Mañana lo denunciaría.

Al amanecer salió rumbo a la calle y no vio el arma.

INOCENCIA DEL AGUA

 

Atajo en el estanque las libélulas de arcoiris en la niebla

Subo por la escalera de agua de los suspiros; plata y oro.

Contagia el susurro de la brisa inestable los labios rojos,

De la luz en la tiniebla de la playa solitaria.

 

La cascada de fuego gotea su dulce crepitar de hielo,

De sombra, de hadas, con su magia de rosas negras,

Que caminan por las aguas umbrías de una ciénaga

Esa que se forma con sangre, greda y vino.

Y la copa de cristal con aristas de estrellas y humo

Perfilan la inocencia del agua que descarga su fluir en la roca.

EL VIEJO CAFÉ DE QUILMES

   

                               Es mejor poner el corazón, sin encontrar palabras, que encontrarlas...sin que el corazón participe.

 

Pablo se quedó sentado en la misma silla del mismo café de siempre. Su corazón estaba quieto. Un rumor envolvía el lugar, los parroquianos lo miraban con displicencia. ¿Todos sabían? O a él le parecía que cada uno de esos hombres y mujeres conocían los profundos horrores por los que había pasado. Lucrecia. Pensó en la lejana imagen de esa mujer que pasó por su vida con el fuego incontrolable de la pasión prohibida. ¿Adónde  estaría hoy? Será una mujer anodina, gris y amargada como está Tatiana, llena d rencor y encerrada por los miedos a la vida.

Tal vez, si la viera pasar cerca no la reconocería. Recordó el color de su piel, el perfume de lavanda de su ropa interior, las uñas esmaltadas color ciruela, sus tacones. La había amado. En la oficina disimulaban su frenesí amatorio. El jefe los observaba y con sus pequeños lentes de fisgón, parecía un búho nocturno al acecho. La codiciaba. Pero era mía, entonces era mía.

Un maldito día lo trasladaron a otra sucursal. A los pocos días la fue a buscar y la vio del brazo del jefe. Salió en un coche nuevo, brillante como el zorro blanco que envolvía su cuello. ¡Se vendió! La rabia le hizo cometer aquella locura. Lo pagó bien. Siete años adentro entre rejas. Después, lo natural. Buscar un trabajo digno en otra parte.

Se fue de la zona y se conchavó en un almacén enorme de los suburbios. Allí conoció a Tatiana. Era tímida y callada. Una fémina sin instrucción ni clase, pero le tenía la covacha y la ropa bien. Le dio tres hijos, rubios como ella, insulsos como ella y necios como él.

Ahora, que ella estaba al borde de la muerte, con una enfermedad sin cura, se daba cuenta que nunca la quiso, pero la respetaba. La cuidaba. Y los muchachos, que habían partido de la casa, ya tenían su vida lejos y mejor que la de ellos.

Terminó el cigarrillo y el café. Dejó dos billetes junto al azucarero. Cerró el periódico y lo dejó junto a otros en un revistero. Tomó el sombrero y se lo caló hasta las cejas. Luego apretando la gabardina miró a los comensales y se fue derechito a la calle. Bajaron, todos, la mirada. ¡Ahí, estaba su foto! En la portada a todo color.

“Una vez más, el “Chacal” de Quilmes, degolló a su mujer”. La pobre, estaba desahuciada por la ciencia y él, haciendo gala de su experiencia, le cortó la garganta.

Caminó calle arriba, llegó al distrito 66 y se entregó. Pablo Rinocenti, se había condolido de su mujer enferma y del sufrimiento que padecía. No tenía dinero para pagar sus drogas y solo, no tuvo el corazón para dejarla seguir padeciendo…total, ya conocía la oscuridad de la celda cuando mató al fulano que le arrebató a su amor

EL COMPADRITO

 

            Nació como según se dice: en cuna de oro. Su padre estanciero, su madre con apellidos para hacer un legajo real. Un bebé de portada de revista de moda. Sexto hijo de una pareja despareja y sombría, pero que aparentaba felicidad. Los tres primeros eran unas niñas que no tenían el glamour que se esperaba de esa gente. Los dos varones que vinieron después, mellizos, eran morenos, de ojos negros y tan diferentes al padre que se murmuró que no eran del patrón, sino del chofer. Tenían una berlina que los llevaba a la iglesia o a la ciudad. Siempre acompañados por la nana, una matrona rubicunda y alegre que le cantaba canciones en francés.

            Lo bautizaron Luciano Rigoberto Cosme, por abuelos y parientes muy queridos. Y aprendió a caminar pronto, más ligero que sus hermanos. Ágil y picaresco siempre haciendo travesuras que eran ocultadas por el resto de los hermanos. Una tarde de tormenta un rayo cayó cerca del camino, el caballo se descalabró y cayeron en un barranco. Dos de sus hermanas: Federica y Leticia quedaron en estado de coma. No hubo terapia que ayudara a las niñas y con el dolor incrustado en el corazón de la familia las dejaron en el camposanto de Laguna Larga. A tres kilómetros de la casa familiar.

            Pasó el tiempo y los muchachos fueron internados en un colegio LaSalle y Amancia la hermana de ocho años, fue a las Clarisas. Quedó él, el niño más mimado de la familia. Con el Jardinero, aprendió a cazar, a pescar y a galopar por los campos de trigo y cebada de la estancia. También don Antenor, le enseñó a capar y marcar el ganado. Para el muchacho todo era un deporte.

            Creció hablando un francés pasable, porque la nana insistió en enseñarle su lengua nativa. Su madre le hablaba en inglés y el padre, como buen hijo de castellanos, le obligaba a usar el español a la perfección.

            Nadie habló de llevarlo a la ciudad a un colegio para su formación y sólo aprendió con esmero de la enorme biblioteca de sus padres. Era muy inteligente y curioso. El día que su padre compró un Ford, estalló en gritos de alegría y ya nadie pudo impedir que trepara al vehículo y aprendiera a manejarlo. Volaba por los caminos polvorientos. Desarmaba parte por parte el automóvil y lo armaba como a un simple rompecabezas. ¡Es un genio! Se decían en la casa. Pero salía con el asiento lleno de armas y volvía con animales sangrando, colgados de los hierros del coche.

            La cocinera se molestaba porque debía limpiar y despostar los bichos. Luego cocinarlos con recetas que le daba la nana. La madre lo llamaba Rigoberto, por una discusión que había tenido con su abuelo de quien el muchacho había recibido el nombre de Luciano.

            Cuando pasó el tiempo, ya mozo, su figura era la de una estampa de buen artista plástico. Alto, bien formado, de ojos claros como su padre y siempre tostada la piel por el sol que recibía entre los campos de girasol y maíz. A veces iba a buscar a sus hermanos y los veía pálidos y descontentos, llenos de remilgos por la exigida escuela y sus maestros. Pero él, sólo pensaba en grandes aventuras.

            Su padre le regaló un campo y él, supo hacerlo trabajar y acrecentar sus bienes. No sería abogado como uno de los hermanos, Rufino, ni cura como Alcides pero su vida sería recordada por siempre. Él, sería un héroe.

            Aprendió a volar unos armatostes de metal, lona encerada y madera. El motor echaba humos como horno de pobre y el ruido era del mismo infierno del Dante. Voló solo y acompañado por su amigo Waldemar. Pasaron del globo al aeroplano como pájaros sedientos. Eran jóvenes y arriesgados. Llegó a Francia y París lo recibió con su bohemia y pasión. Amó a varias mujeres, probó todo. Hasta un día que le llegó un telegrama diciendo que su padre y su madre habían muerto y se lo necesitaba en América. Laguna Larga era su lugar y su mundo pequeño pero asombroso. ¡Y regresó! Ya tenía cuarenta años. De sus hermanos poco sabía. Su hermana se había casado con truhán que le robó hasta la memoria. Tenía siete hijos y deudas hasta en la cocina. Cuando la vio, casi cae desmayado. Delgada y pálida, su cutis otrora arrebolado era color ceniza verdosa, sus manos que parecían ángeles en el teclado del piano estaban llenas de cayos y ampollas. ¡Un horror!

            Resolvió la vida de Amancia, que cambió. La de sus hijos también. Pero, ella le hizo comprender que tenía que formar una familia. Buscó entre las muchachas casaderas a la más inteligente y de buen humor, no quería un limón agrio a su lado. La encontró en Virginia Del carril y Orregio. Una dama, que hablaba francés, inglés y pintaba como había visto a grandes artistas en París.

            Siguió cazando pero junto a su amigo Waldemar, atravesaban la sabana africana o asiática buscando piezas de alto valor entre los hombres acostumbrados a ese deporte. Mientras ellos viajaban, Virginia y Amancia, manejaban los campos y disfrutaban en reuniones con personas pensantes. Hasta que vino una revolución y quedaron dentro de un pequeño círculo que se ocultaba para tratar de reponer la Justicia y el orden.

            Les confiscaron las haciendas y los vehículos. Se salvó el avión porque Luciano Rigoberto lo había llevado a África. No pudo regresar por dos largos años. Su país ya restablecido el parlamento, le había devuelto sus bienes. Cuando regresaban una tormenta los atrapó en pleno mar, debieron aterrizar en una pequeña isla y allí, esperar un tiempo de bonanza. Al aterrizar en Laguna Larga comprendió la verdad, se acercaba un hombre bello, tan hermoso como fuera él, a sus años y supo que había envejecido.

            Un abrazo enorme los unió y una promesa selló sus corazones. No venía un héroe, venía un hombre maduro que ya perfilaba los setenta años. Virginia, con la cabellera gris, le entregó dos cartas. Una de su hermano abogado que exigía la herencia que le correspondía y una de su hermano que ya era obispo, que pedía entregara su parte a los pobres de África. Y así, el muchacho arrogante y veleidoso se arrebujó en un sillón junto a su perro y su esposa, para pasar el resto de su vida como un hombre común típico de un tiempo lejano.

ARELYS

 

            HOMENAJE A MAIA

 

                               No me acuerdo bien cuando me drogué la primera vez. Le saqué al Tulio, que creía que era mi padre una noche que me llevó a su cama. ¡Oiga doña, no le voy a decir lo que me hizo! Pero me creí que me quería y no a mi mamá. Bueno, ella esa noche estaba pasada. No podía ni hablar. Balbuceaba. Me convida un “faso”, lo necesito. Hace dos días que no me inyecto. Estoy atada en la comisaría como el perro de mi abuela, la “bruja” que nunca me defendió.

                               Yo tendría siete años. Nunca fui a la escuela. Nunca supe lo que era jugar como otros chicos. Vivíamos en la casa del Tulio, hasta que una noche se peleó con mi vieja y nos echó. A la calle, bajo un portal primero, después bajo un puente del tren que está abandonado desde hace mucho.  ¿Mi nombre? Creo que me llamo Arelys. Así me llamaban los “canas o los de la familiar” cuando nos pillaban robando comida en algún lugar. Una semana en “cana” y nos bañaban, despiojaban y vestían con ropa que tenían en cajones. Mi vieja insultaba, pateaba y se cortaba con vidrios. Le faltaba la “merca” y a mi también. ¡Pero yo tenía entre ocho y nueve años! Un señor de traje blanco o celeste venía y nos revisaba. Pero pronto de nuevo estábamos en la calle.

                               Creo que tengo diecisiete años, ahora. No tengo papeles, diga, ¿de dónde voy a sacar documentos, como usted me pide si viví toda mi infancia en la calle? Mi vieja está peor que yo, ya no habla. Se escapó de la casa de su madre, la “bruja” según me contó una vez, porque no quería que viviera en lo del René, un adicto de la cuadra, y después que la embarazó de mí, la echó. Creo que está preso. Pero yo no lo quiero reconocer como padre. ¡Es un hijo de puta! Tenía como cuarenta y mi vieja trece. Nací en la calle. Viví en la calle, pasé frío, hambre, enfermedades y me drogué a los siete u ocho.

                               Tuve un hijo, que me lo quitó la mina que me atendió en la “familiar”, dijo que yo era inepta o algo así. Inadaptada social, eso dijo. Y si me da un poco de merca, le sigo contando. Por ahí me entero que estoy de nuevo embarazada o preñada, como me dice la mina de la “familiar”. Eso me daría pena. Por el pendejo que viene al mundo sin destino como yo.

                               ¡Doctora la necesitan en laboratorio… es urgente! Espera mellizos. Pero mire en la imagen no se les ve el cerebro a los fetos. Está aparentemente de veinte semanas. ¿Qué vamos a hacer?

¿Llamamos a “Familiar” y que nos orienten o el juez debe decidir? Esperemos que se limpie un poco, ya entró en crisis dos veces. Esperemos… esperemos.

                               ¡Arelys N.N. tiene dos años de prisión por poner en riesgo la vida de sus hijos, la propia y por no ser un ejemplo para la sociedad!

                                ¿Y doña, eso qué significa? ¿Voy en cana otra vez? Qué culpa tengo yo que mi vieja no me enseñara y me diera una vida como la suya. Que la “bruja de mi abuela no me educara” y que el Tulio me hiciera su mujer con siete años. ¡Diga, qué culpa tengo que nadie se hiciera cargo de mi vieja adicta con trece años, me prostituyera para tener “merca” y yo ahora en cana!

                               Señorita Arelys N.N. la ley es la ley. Tiene dos años, siete meses y quince días en la prisión de mujeres de la ciudad. Cúmplase la misma con número 28.791 inciso 45 del /56. He dicho.

martes, 3 de agosto de 2021

LA CABAÑA DEL BOSQUE

 

Me duelen las manos. Y también la espalda. Hace una larga semana que trajino. Quiero, pero no puedo. Sí quiero realizar todo este pedido que recibió Joaquín de esa nueva casa de comida que construyeron en la ladera este.

¡Es linda esa parte! Tiene un pequeño sabor salvaje. La  tierra húmeda, la  fina llovizna de las nubes que se apoyan cansadas sobre pinos. ¡El olor resina y a polen! La comenzaron a construir el mismo día de nuestro encuentro. Yo iba con mi bicicleta por el sendero buscando setas frescas. Nos encantan revueltas con cebollas y finamente picadas huevos y queso parmesano. Yo me movía por esos rincones que conozco desde pequeña, que recorría con el abuelo Marco, y él, me iba regalando sus cuentos y secretos. Bueno iba por allí; nos encontramos. Parecía un astronauta recién llegado de un planeta lejano. Era un muchacho fresco, alegre y vivo. Era como el bosque. Me gustó así, de rápido. Yo le gusté, y seguramente, porque me charló como si me conociera de todo la vida. Tuve que sentarme en un tronco, que caído desde hacia un tiempo, albergaba un sin fin de pequeños seres tan vivos como su risa, su mirada clara, se movía, deslizándose por los pinos,”piseas” y robles.

Casi nos olvidamos para qué habíamos llegado allí. Fue Joaquín el que se dio cuenta de la  hora, yo salí corriendo con la  mitad  de las “setas” de lo acostumbrado. Llegué a la cabaña  y caí sólida  en el banco rústico de mi cocina. Ese, mi hogar tiene el perfume cálido de las casas del bosque.

Me sentía feliz cuando llegaba a su saloncito. Hasta allí llegó el otro día Joaquín con su camioneta ruidosa. Allí transformaba su horno de cerámica y cientos de pesados moldes de yeso. Me sorprendió. Me intrigó. Me gustó el perfume ácido de la arcilla, de los extraños objetos de la tarea creativa  de mi nuevo amigo. Me invitó a realizar su  trabajo  y acepté. Me gusta eso de ir  armando un mundo de útiles objetos familiares.

Ahora, cada pequeño plato, taza o fuete tiene su alma, su espíritu ingenuo y personal, le doy a cada uno un gramo con vida de soplo y le regalo una pequeña chispa de vida propia , me gusta, me siento creadora, donadora de historias magras.

Hoy estoy cómoda. Es mucho para hacer. Tengo que hornear el bizcocho de toda una vajilla y mis manos se niegan. Siento pena porque me falta una chispa para encender el fuego de la creación. Debo recuperar la alegría y aderezar con belleza la ingenuidad de los adornos. Rescatar el bosque en cada una de las fuentes. Que al mirarla, penetren en el perfume de la tierra  húmeda  y de los helechos. El amor del latido de los pájaros del   “robledal” y los granos del pinar. ¡Por eso amé a Joaquín, porque le ponía el bosque a cada pieza! Pero una mañana desperté y se había ido. Me dejó una nota. Tal vez regresaría el próximo invierno.

EL TAXISTA


 

Renato necesitaba viajar con urgencia a la capital. Su antiguo departamento de Caballito, estaba inundado y caía agua en catarata sobre el piso de abajo. Los inquilinos huyeron con tal de no pagar el arreglo. Según los vecinos, la pelea había sido feroz y el sistema de caños y grifería suplió el desapego amoroso de la pareja. ¡Se dieron con un “caño”!

Del aeropuerto en taxi le demoró treinta minutos por lo concurrido de la avenida y calles que sortearon. Tras de sí, dejaron dos manifestaciones políticas que se habían apropiado de las salidas rápidas a la capital.

El chofer era un rudo solitario, que apenas murmuraba un insulto cuando se encontraba atrapado por gente con carteles y ruidos múltiples. ¡Y Renato no tenía ganas de hablar, venía del campo, de la tranquilidad de los sembradíos de trigo! El ruido lo enfurecía. Lo transformaba en otro ser humano. El chofer lo depositó en un hotel a diez cuadras del departamento. Era confortable, pero tenía que dejar sus pocas pertenencias y salir a resolver su catarata loca.

Hizo el “cheking” y subió a la alcoba. Se duchó, cambió su ropa y salió volando de l hotel. Buscó otro taxi y grande fue su sorpresa que éste, durante el trayecto concretó el préstamo de tres diferentes personas que le pedían dinero o cambio de divisas. ¡Era una “empresa trucha de cambio y préstamos con un porcentaje alto de interés” según pudo escuchar. Entre atención y atención a esos clientes, le explicó, que él y su esposa, hacían eso con un dinero que heredaron de un familiar y que les iba muy bien, llegaban a fin de mes y al año, obtenían buenas ganancias.

Renato no sabía se reír o llorar. Su trabajo en la siembra, trilla y cosecha, significaba horas de salir de su lecho a las cuatro de la mañana con heladas o calor agobiante. ¡Este país da para todo!

Al llegar al departamento, luego de pagar una pequeña fortuna en el uso del taxi, se encontró con un par de personas que lo esperaban desesperados. Ya el agua llegaba al segundo piso. El conserje había cortado el agua de ese sector, pero igual fluía desde la central del edificio. Subió lo ocho pisos entre goteras, charcos y lagunas. Llegó a su antiguo departamento… ¡Un horror! Al abrir se encontró una pequeña pileta de natación donde flotaban papeles, ollas y muebles transformados en barcazas de seudo madera en forma de hojaldre. Un especialista lo siguió y comenzó a poner tapones en todos los caños quebrados y desde donde fluía agua fría o caliente.

¡Renato no entendía cómo no había un cortocircuito o el calefón que estaba encendido no había colapsado! Trabajaron varias horas. Quedaron extenuados y cuando todo comenzó a normalizarse, sonó su celular. Era el inquilino que preguntaba si podía ir a buscar algunas pertenencias. ¡Cara dura! Sólo por el daño tendría que hacerle un juicio enorme. Sin embargo Renato le dijo que en dos o tres días podía acercarse.

El conserje le dijo: ¡Yo lo ahorcaría! Hágale pagar todos los gastos de los demás damnificados. Y el buen dueño del departamento, dijo: ¡Es un muerto de hambre, no le voy a sacar un solo billete, es un inmaduro! Ya veré como resuelvo todo. Cerró la puerta, dejando todos los ventanales abiertos para que el aire secara la humedad. Pagó a cada vecino una suma de dinero y dejó avisado que regresaría en dos días. De todo ese lío sacó dos conclusiones: primero, trabajar lejos de la capital te asegura tranquilidad y segundo, hay gente tan amoral que sólo piensa en sacarle la paz a los demás.

¡Mirá que tener una casa de préstamos en un taxi y una de cambio de divisas extranjeras, es como crearte un banco en el taller de bicicletas de tu abuelo!