lunes, 16 de agosto de 2021

MI PRINCESA

 

Risueña sentiré una marejada de sonrisas con aire de ángeles de miel en tu ventana.

 

              Emily entró como un remolino multicolor por la puerta de la sala. Su risa golpeaba cada rincón de la casa. Su vestido de algodón verde claro era una brisa fresca en esa hora en la cual el cielo se emponchaba con morados vertiginosos y rosadas. El sol había cargado de humedad e insectos la zona del jardín. Unos rayos intrusos se colaban entre los árboles de la calle.

              De la sonrisa pasó rápido a un silencio oscuro. No sabía que Rocío había sufrido un asalto en el negocio de su padre. Un par de matones habían ingresado con armas y tomándola por el cuello, le habían intentado sacar la blusa. Sus gritos despertaron la curiosidad de sus vecinos y pronto aparecieron los guardias de seguridad. Ella quedó golpada y llorando en el piso del pasillo y sin sus brazaletes y reloj.

              Los ladronzuelos habían escaparon corriendo y lograron evitar ser detenidos. Un patrullero, la había traído a casa y fue un revuelo general en la familia y el vecindario. ¡Un milagro evitó algo peor!

             

 

SOLILOQUIO DE UN PERRO


            El ruido me volvió loco. Salí tan pronto pude. Corrí con la fuerza que mis patas me lo permitieron hasta que de pronto me di cuenta que estaba en un lugar desconocido, lejos de mi hogar. ¿Pero a quién se le puede ocurrir hacer semejantes estallidos en medio de la noche? Es cierto que el cielo se pobló de luces d colores, pero con el miedo que tuve no miré mucho. ¡Qué miedo! Me acurruqué debajo de unos ligustros y allí me quedé dormido.

            Un ser humano joven me vio y me levantó, me acarició y como yo temblaba, me dijo…Napoleón debes ser mi guardián. ¡Pero cómo si yo me llamo Tom! Quiero ir con mi dueño. Él, es bueno conmigo. ¡Eh, llévenme con mis niños queridos!

            Nada. Yo ahora soy Napoleón y convivo con una verdadera jauría de perros que tienen diverso carácter, poca educación y algunos son hasta sucios. La más vieja es una hembra; se llama Aída. Es casi ciega y no tiene dientes, cosa complicada para uno de nosotros. ¿Cómo roe los huesos? Es cómico verla comer. Es la única que puede entrar a la casa. Nos vive gruñendo por todo, en especial a uno que se llama Chaplin y es tuerto. Ese pobre tiene la pata trasera rota y se arrastra.

            Anoche me llevé un gran susto. De pronto apareció una rubia, de pelo largo y vestida de minifalda roja con brillo y se acercó para hacerme cosquillas en la panza, yo salté… ¿quién era esa? ¡Eh, tonto, soy yo Brian! Era mi rescatador, vestido así, todo como mujer…detrás venían otros dos u otras dos, una pelirroja y una morocha,  vestidas con ropas raras, con los labios pintados de rojo y muchos colorinches. Eran Jonathan y Omar. ¿Adónde van estos así, pensé? Tendré que averiguar.

            Me acerqué prudente a Fidel, era bastante viejo pero no me gruñó. ¿Che, porqué el Brian y los amigos se visten así? ¡Ay, loco, nada, son trans! ¿Qué? Son Transexuales. ¿Y eso qué carajo es? Se sienten minas. ¿Cómo? Nada, loco, es tan antiguo como el viento. ¡Ah, yo no sabía! Yo vivía con una familia muy rara, pero nunca así. Ellos se juntaban a rezar entre muchos y leían libros, que decían sagrados. Eran buenos mis dueños. Estos también, a mi me rescataron de una tarada que me ataba y me pegaba. Por eso un día pasó don Micheel y me agarró, me desató y me trajo. Él, es raro, pero bien piola. Gracias por darme una lección, Fidel.

            Me fui por el pasillo del fondo y me quedé pensando en mi destino. De dueños serios y religiosos, a amos “trans”; ¡qué cambio!

            De día todo era casi normal, para mí, que creía en lo “normal”. De noche se armaban unos raros encuentros de música ruidosa de la que yo sólo espiaba. No me gusta el ruido. Me da miedo. Una noche llegó una perra, hermosa, algo herida. Le decían Madona. Era linda. La bañaron y la perfumaron. Se armó un revuelo entre los machos. Yo la defendí y se quedó junto a mí. Era inseparable, pero yo no tenía ganas de complicarme la vida con hembras, ni con machos; por lo que tomé la medida de cuidarla sin darle mucha importancia.

            Un día de mucho calor, don Micheel sacó un auto rarísimo. Atrás llevaba un cajón de los que usan para los muertos. Él, vestido con un pantalón de baño a lunares celestes y rosados, cada uña de las manos y pies pintadas de colores y el pelo color verde, con una chaqueta de piloto de color naranja, se metió en el cajón y acostado se hizo llevar por el chofer a un “recital en un teatro”. No me animé a seguirlos, me podía perder. ¡Pero qué loco! Fidel se me acercó y me contó: ¡Nuestro amo, es un músico famoso, lo adoran multitudes! Tiene ganados discos de oro y platino. ¡Es un genio musical, medio desquiciado, pero es muy generoso! Nada. Hace cosas raras, por eso lo dejó la madre del Brian. ¡A la hija, la metió al río cuando era chiquita para ponerle el nombre y casi la ahoga…lo llevaron preso! Me jodés. ¿La bautizó en un río? ¡Está más loco que yo! No, estaba volado con marihuana. ¿Qué es eso? ¡Che, Napoleón, sos tonto! No, nunca supe de esas cosas. Es una hierba. Déjalo así, mejor ni te cuento.

Cuando la ví a la chica la miré diferente. ¡Pobre! Bautizarla en medio de un río. Y nombrarla con un “Sirenita”, como si fuera un cuento infantil. Quisiera volver con mis dueños de antes. Pero no creo posible que los encuentre. Acá son raros pero me dan bien de comer y me siento cuidado.

Cuando don Micheel, llegó, se tiró por la ventana a la piscina. Yo pensé: este idiota se mató. ¡Salió nadando como un pez! ¡Qué extraños son los humanos! Gracias a la vida que nací perro.

Mañana, voy a intentar salir de casa para ver si me oriento y regreso a casa. ¡Pero me da pena Madona, está tan triste que no quiere comer si yo no estoy cerca! Es una chica buena, algo remilgada, siempre se esconde de los otros perros y es amiga de los gatos… ¡Increíble! Se deja bañar por una gata vieja que suele desayunar en la casa con Brian en la terraza. Mete sus patas en la taza con café y se lame sin pudor. Y el muy cochino de Brian, sigue bebiendo el café como si nada. ¡Un escándalo ver las costumbres de estos nuevos amos! Si me viera mi otra dueña, diría que están endemoniados. Son algo exagerados, son mugrientos, nada más.

Recién escuché una riña entre Fidel y Aída. Parece que alguien se robó la comida de la mesa de la sala donde están todos los instrumentos de música. Por las huellas era el Fidel. ¡Extraño que un buen perro robe comida siendo que acá sobra para todos! Me puse a espiar y descubrí que era una amiga de Sirenita, que trajo de la calle. Escuché la palabra “indigente” y me acordé que mi dueña anterior cocinaba para esos, los indigentes. ¿Conocería a mis amos? Tal vez me lleve a su casa. Me acerqué y descubrí que tenía en el bolsillo un reloj del amo. Le ladré fuerte. Me pateó. Se armó. Vino Aída, Fidel, Chaplín, Caruso, Tita, Tosca y Beethoven y ladraban como locos o gruñían a la piba. Brian se dio cuenta que pasaba algo y la agarró del pelo. Le sacó de un tirón la peluca. ¡Era un tipo! Me dio una patada y di como mil vueltas por el aire, lo mordieron todos los muchachos, hasta Aída sin dientes…!

Ahora soy el rey del grupo. Todos me tratan bien. El amo, se acercó y me puso sus flacos dedos en el lomo. Y se sentó al piano y me cantó una canción que hablaba de mí. ¡Qué suerte que tengo! Soy un perro muy suertudo. Madona me hace cariños y me lame la herida que me dejó la patada del ladrón. ¡Es divina Madona! Pero no se lo voy a decir. No quiero tener problemas con hembras.

¡Napoleón…, vení! Me está llamando el Brian, otra vez está vestido de “mina”, ¿qué quiere ahora? ¡Ay, me quiere poner un vestido de lentejuelas! Yo me voy. Soy un macho. Déjenme de cosas raras a mí.

 

LA CAJA


 

Soy una caja de cartón corrugado. Tengo un color indefinido entre gris y celeste. Tengo dos hendiduras a los lados para introducir cosas. Me agrada estar con mi tapa prolijamente puesta para evitar que se escapen los sueños.

Me gusta estar cerca del calor de la ventana para espiar por las pequeñas hendiduras el sol y las flores del jardín. Para mí hay música siempre, porque a mi lado está la compactera. El olor del café recién hecho en la mañana o del vino tinto en la noche, me penetra hasta por los pequeños resquicios que se abren en mi materia.

Por allí… algunas primaveras se escapan mis sonidos como pequeñas mariposas. Deambulan por la casa, desmembrando sonrisas de otros seres parecidos a mí. Otras, soy como una larga cinta de seda de color sahumerio. Soy y no soy. Me gustaría estar sin que nadie advirtiera que puedo ser abierta, transportada, rellenada, rota. Mi espíritu se enrosca como un resorte dispuesto a saltar, si alguien abre mi tapa. Adentro tengo cosas. Cartas de amor, fotos y rosas mustias.

Tengo muchas historias para relatar, secretos muy interesantes que esconden mis paredes. ¡Por ejemplo…un romance entre el marido de Victoria e Ivana! Ella es hermana de la esposa de Rogelio. Y yo los vi. esconderse en mi rincón detrás de la mampara de seda con flores de peonías chinas que guarda la vista directa a la puerta; allí se besaban con verdadera lujuria. Y la pobre Victoria, no imagina que su propia hermana, la traicione. Él, es un verdadero seductor. Hace un tiempo, para mis días de cartón imprecisos, lo vi atrapar a una chiquilina que servía en la casa. Fue antes que Victoria perdiera el bebé, cayendo por la escalera. Desde acá no pude saber qué pasó en realidad. Escuché gritos y una pelea, pero no entendía que sucesos reales se desarrollaban abajo. Pasaron muchas cosas. Una noche del verano del setenta y dos, entraron ladrones a la casa. Eran unos seres sucios con olor a mugre y aliento a alcohol. Yo traté de parecer indiferente, pero me vieron y se acercaron con artes malignas y me sacudieron, abrieron mi delicada tapa y revolvieron mi interior. Me violaron, eso sentí. No pude hacer nada. Dejaron todo mi mundo desparramado por el suelo. ¿Acaso podrían robarme los secretos? Igual, tiempo humano después, Victoria vino hacia mí y amorosa guardó las fotos, cartas y recuerdos, con amor. Como si tuviera un sentimiento enorme con mi pequeño interior.

Ahora he sentido un ruido extraño en la planta baja. Rogelio, sacó hace unos días la compactera y ya no escucho música, pero siento mejor lo que hablan. Parece que Ivana se va, viaja a Italia. El revuelo se produjo, cuando Victoria le encontró en la cartera un mensaje de Rogelio. ¡Si yo pudiera hablar! Le avisaría a la muchacha que su amado hace planes para irse con Ivana. Para distraerla le ha traído un perro pequeño, peludo y gritón. Pero yo los conozco, son subterfugios y mentiras que van a terminar mal.

Recién escuché una charla vergonzosa, Rogelio ha comprado un arma. Victoria le echó en cara el hecho de gastar en algo para ella “innecesario”. Desde mi interior temblé al oír la carcajada de Ivana y Rogelio. Sentí los sollozos de Victoria. Un ruido ensordecedor y un grito.

Ahora hay silencio. Desde una ranura vi, que arrastraban el cuerpo de mi querida Victoria, lo ocultaron tras la mampara de peonías de seda. Allí, ellos, se besaron e hicieron el amor. ¡Ivana y el traidor! Ella, mi amiga, estaba cubierta de sangre. Quieta como yo y en silencio. Salieron, ellos, riéndose.

Hace un tiempo, no puedo decir cuánto, llegó un hombre con cara de intriga. Encontró a Victoria. Llamó a voces y entraron varios más y comenzaron a revisar todo. Hablaban entre ellos. Se preguntaban qué había sucedido ahí. Y yo, no puedo hablar. Soy una antigua caja de cartón que tiene muchas historias pero no tengo voz.

Quisiera decirles que Rogelio e Ivana, que lloran y gimotean son los autores. ¿Quién le creería a una caja de cartón?

 

 

 

 

AUDELINA


              Hablarte así no es fácil. Hace un tiempo que te veo desde mi ventana con el rostro contraído y mustio. Te vi., frente al piano, ejecutar por horas y horas ese concierto de Beethoven. Tu piel clara parece transparente. Tu cabello oscuro y travieso cae como enredado por tu espalda con la alegría que presiento no vives. He visto el rostro perfilado de tu padre discutiendo con el tutor de la familia.

            ¿Qué misterio es el que esconden sus gestos y palabras que desde la distancia imagino y no comprendo? Llegan las notas del piano, pero las voces se pierden con la brisa que esconde los preciosos diálogos. Y yo espero. Dejo mi pluma y me detengo en la ventana, para espiarte. Me enamora tu rostro y tu tristeza. Pienso en la diosa Erato que apaña el sortilegio de tus sueños. Me extasío mirando cada paso que atraviesa esa hendija por la cual te espío. ¿Es acaso el amor lo que tremola en mi pecho? Estoy cansado de observarte desde lejos. Se que tengo prohibido acercarme a tu casa, desde aquel día que caíste del caballo y corrí a socorrerte. Cuando llegué cargándote en mis brazos a tu puerta, el tutor me golpeó con su bastón de ébano y plata. Dejó una marca en mi cuerpo que atesoro. ¡Es como tenerte clavada en mi espalda! Aún me parece sentir el perfume de tu cabello y de tu piel. ¿Será verdad que eres libre o tienes un dueño inaccesible que te esconde? Tu madre, callada y triste suele salir por las tardes de verano, a caminar por las veredas de la calle, sola, con su rosario de nácar en la mano. La mirada perdida en quién sabe qué horizonte de ensueño.

            Una vez la ví, en cierta madrugada caminar por siete parapetos del caserón que dormía. Llevaba un ramillete de amuletos, eran cintas de colores desvaídos que manejaba con cierto respeto mágico. Cantaba unas canciones de delfines y sirenas. A un mar inexistente. Es tan bella como tu, tan frágil y distante. Corrió el tutor y tomándola de la cintura la condujo al interior de la casa hablándole quedo en el oído. Yo había mirado largamente tu ventana. Permanecía a oscuras como mi nostalgia de verte deambular por la alfombra azul de los silencios. Me agota esperarte. Cada madrugada insomne, dejó de escribir y me detengo llamándote en mi pensamiento…Audelina, niña amada.

            ¿Por qué tu padre sale y no regresa? Acaso es tan difícil cobijar dos pájaros pequeños y acunarlos en los brazos fuertes de su estirpe. Tendré que enfrentarlo un día de estos. Decirle que te amo. Pedirle que me deje cuidarte y cuidar a la dama que te engendró con corazón de seda. En mis sueños te beso, te abrazo y apareo, con las sutiles

Voces de mi pasión juvenil. ¡Tan sólo en sueños! La realidad está ahí, presente en ese tutor que te acorrala en la sala. Lo veo y mis sienes se agrandan por la sangre que fluye como el torrente de un río embravecido. El corazón se dispara y grito como un león del desierto. No me oyen, porque nos separan los muros de la muerte. Él, me buscó en una noche aciaga de otoño, me llamó y al volverme, me disparó con un viejo fúsil de tu padre.

            Luego, desde donde pude verlos, me llevaron a un socavón y me tiraron. Quedé ausente de cuerpo, no de alma. Y después pude observar cómo sacaban a tu padre engrillado con cadenas infames. El tutor, lo denunció por mi muerte. Y… ahora se quedó contigo.

            Audelina ya no puedo protegerte. Hay un oscuro invierno donde me acurruco para no atravesar al mundo de los muertos. Quiero verte, seguir los pasos de tu madre que ahora camina sobre las cornisas, llora por ambas. Y por mí, te lo aseguro. Está muy bella, con sus pálidas manos tejiendo guirnaldas para tu frente y tu cintura donde crece una niña que será tan dulce como tú.

            Mañana, quizás puedas evitar que el tutor te esconda de los ojos de la gente. Camina tranquila, yo te sigo. Y por favor no cantes esas canciones tristes. El sol sale para ti en las mañanas. Y hay un pájaro de plumas blancas y copete rojo que te mira. Ese soy yo trasmutado en ave. Ábrele la ventana y comeré de tu boca y beberé de tu mano. Porque yo, sí te amo.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 11 de agosto de 2021

NADELIA, EN APUROS


Nació en una familia de clase media. Padre médico, anarquista. Su madre, socióloga, culta y refinada, seguía a su “hombre” con afán irrestricto. No querían hijos. Un extraño juego del destino hizo que en unas vacaciones engendraran un ser humano. Los llenó de temor y angustia. Ellos sentían pánico de perder la libertad. Abrumados pensaron en matarla o dejarla en la puerta de cualquier edificio. No tuvieron valor, eran muy cobardes.

Celosos de su autoestima y desarrollo personal sólo pensaban en cuánto les costaría cuidar ese  con su pseudo mamá.

Sólo le faltó un padre y una madre. Ni bella ni fea, la pequeña se crió con ideas extrañas a la de sus progenitores. Se transformó en Testigo de Jehová y salió casa por casa a mostrar la palabra. Un día golpeó en una casa bellísima, enorme y lujosa. Salió un hombre envejecido por el sol que lamía cada semana en su embarcación lujosa y tras él, salió una mujer embellecida con un sinfín de operaciones de rejuvenecimiento. La miraron extrañados y casi le golpean la cara de un portazo; pero los detuvo una medalla que llevaba sobre el estricto suéter negro. ¡Nadelia! Hija.

La joven salió corriendo y tras ella la pareja que intentaba atraparla para hablar. Ganó la muchacha.

Se refugió en la pequeña casa donde su “madre” la abrazó con ternura y dijo: Unos locos gritaban que eran mis padres. Si tú  me encontraste en un basurero, Si eres mi ángel custodio. Si… ¡me amas!   

EL MENSAJE

 

“Cuando quedará mi cálida luna acumulada en mi cintura poblada de fantasmas que blanquean al trasluz el bosque, allí donde pacen los unicornios y las gacelas. El cielo se transforma en un oscuro escondite de la sombra, de allí saldrá una nave de tránsito ligero. Viajará la niña, con su perro dormido entre los brazos”.

La carta se cayó entre los pies de la joven que sorprendida, miró tras la ventanilla del tren que volaba sobre la planicie.

No comprendía el mensaje, era como un lenguaje cifrado propio de la contienda. Comenzaba a nevar y la nana la cubrió con una manta de piel. Un fuerte olor a alcanfor penetró en sus pulmones. Sabía que estaba huyendo del infierno, pero no alcanzaba a desentrañar el recado. La hiriente mirada del acompañante le daba temor, era tan dura, tan inquisitiva que creyó imposible dormir.

Sin embargo el movimiento del vagón y el suave calor que le prodigó la manta, le dieron un insinuante sopor, quedó dormida, Y soñó. En la pradera se movía un caballo que galopaba con un andar  cadencioso y firme. Montado en él, un hombre con la capa azul que envolvía su rostro y apenas se mostraba un mechón de cabello renegrido. De repente el tren se detuvo en forma brusca y se despertó. Ingresaron dos soldados vestidos con capotes negros, impermeables, de rostro enrojecido por el frío. Pidieron los papeles y la nana, asustada entregó el suyo y rebuscando nerviosa el de Ludmila, se arrebató  frente a los jóvenes, que por inexpertos, sólo osaban gritar en un idioma incomprensible. La muchacha les pasó el papel, el mensaje. Ellos intentaron leer, pero en su ignorancia, amagaron pedirle a la nana que les leyera.

La mujer abriendo los ojos y respirando profundamente dijo:

 “La niña Ludmila Trensky, es llevada a un monasterio cercano a Moscú, para ser ingresada como enferma mental. Se ruega no molestarla, es muy delicada de salud y su familia, está muy preocupada por su destino” la firma es ilegible, dijo.  Ustedes saben que los médicos y los generales tienen escrituras muy complejas. ¿Verdad?

Los inexpertos soldados, aceptaron la respuesta de la acompañante. No tenían órdenes y no se animaron a persistir. Descendieron del carromato y siguieron junto al tren hasta que éste se perdió entre el humo y la niebla.

Ludmila, cerró los ojos y comenzó a reír. Su risa engrosó el humor del vagón, otros rieron sin saber por qué.

¿Por qué les mentiste? Si ni tú, ni yo entendimos el mensaje. Me parece que ellos no saben ni siquiera las letras… sus ojos parecían los de un cordero enfermo.

¡Ay, Ludmila, si no les inventaba eso, te llevarían y quién sabe qué maldades te harían! Te salvé la vida y honra.

El caballero que  estaba frente a ambas, se atusó los bigotes y sacó una petaca del capote, y por primera vez sonrió. Bebió un largo trago de vodka y

Dijo: ¡Realmente la felicito! Supo engañarlos como corresponde, pero a mí, no. Y parándose, tomó a las dos de los hombros y empujándolas las sacó de la cabina. La manta quedó en el suelo y el mensaje cayó junto a la puerta. Era un extraño correo con notas de máximo valor militar, pero el viento lo sacó por el pasillo y se fue volando por el aire fuera del tren, perdiéndose en la nieve.

 

martes, 10 de agosto de 2021

LA ANCIANA EUNICE

 

 

Caminaba sola. Eunice, por la calle solitaria soñaba con su infancia y los recuerdos. Armaba y desarmaba  guirnaldas amarillas con sus recuerdos. Cerró los ojos de impecable color tristeza. Entre su pecho y su pulso latía un suspiro de hojas secas y crujientes. Cada pisada que daba, pintaba marcas sobre la tierra enjoyadas en ocres, dorados y rojos. Su cuerpo se iba  transformando, transmutando en un retroceder de tiempo incontenible. Su cabello gris se alargaba en una sinfonía de ondas castañas y sedosas mientras se alisaba con dedos sarmentosos y los ojos pedían lentamente el color ceniciento; cobraban luz y vida. Volvió a ser niña. Pequeña Eunice con su vestido lacio, holgado, largo y el perfume a jazmines desolados. Eunice  recobrando la sonrisa y la melodía de las rondas.

Tras los álamos robustos que rondaban entre hojas de amarillos y bermejos, vio la figura frágil del hada del jardín de primavera. Tan sutil con su túnica de gasa y su corona de flores silvestres. Sonreía y la miraba con ojos de esmeralda. La tomó del lazo del delantal de organza y le colocó una coronita de flores silvestres que emergían de sus manos, de la nada. Todo olía a perfume de jazmines, a frescias, a violetas y voló un pájaro de cristal y miles de alas de mariposas la siguieron, perdiéndose en el humo gris de las chimeneas del puerto, que con el viento se transformaban en plumas rojas. Eunice se reía, rodeó el tronco del roble y del abeto, y allí, justo, justo allí, enfrentó al unicornio de color azafrán y plata. Los ojos de ágatas doradas la miraron un minuto, tan solo un instante y recobró la risa. Era muy raro el unicornio. El que ella poseía cuando niña era de  porcelana. Se lo dio la abuela antes de embarcar e irse. No la vio más. Su hermoso unicornio era de terciopelo tibio. Suave y alegre en su mirada triste. No hablaba. Los tomó a los dos... al hada del jardín y al unicornio y se sentó en la alfombra de plumas y hojarasca. La rodeó una tenue melodía de celestas y agua. Jugó a acariciarlos, a las antiguas rondas infantiles. Ya cansada se detuvo en medio del jardín de otoño. Se fue quedando quieta y una lágrima salió rodando lentamente de sus ojos cerrados.

Alguien que caminaba en la plaza al amanecer, encontró una anciana muerta en un banco de cemento. Rodeada de palomas, cubierta de hojas amarillas y en las manos jugaba con la brisa

una guirnalda de flores frescas perfumadas. En el regazo como un nido tibio unas pequeñas figuras.... un hada de cristal y un unicornio de porcelana.