Me costó llegar a Lisboa. Fueron
trece horas, sentada, en un incómodo asiento de un avión entre dos personas
gruesas, que se desparramaban sobre sus pequeños asientos. El caballero que
estaba a mi izquierda era un enorme padre chileno que hacía tiempo no veía a su
hija y nieto en Alemania, y debía pasar por el aeropuerto de Ámsterdam, para
hacer combinación con su nave. Llegamos sobre el tiempo esperado y al bajar en
la aduana, nos llevaron por un ascensor hasta un sitio donde vendían todo, sí,
había plantas (Mis favoritas), recuerdos de todo tipo, bebidas, comidas y un
sin fin de objetos.
De pronto apareció una señora en un
simpático motor con ocho sillas adosadas, para llevarnos de un lugar del
aeropuerto a otro. Allí los despachos y salidas son de varios cientos de
metros. Nos ayudó a subir y montó feliz a su frente. Puso el artefacto en
marcha y comenzó a luchar para sacarnos del lugar. Llevó por delante un cartel
metálico, un enorme elemento de acero para desperdicios, chocó con una columna
y luego de ser asistida por otra dama, compañera de su tarea, comenzó el viaje
evitando llevarse por delante pasajeros que apuraban su paso por el enorme
corredor. Cada recorrido que hacía, producía un silbido semejante a una sirena
de barco o de tren, la gente o reía o renegaba. ¡Era un personaje de película!
Lástima que en el momento no atiné a sacarle un video con mi celular. Fue un
simpático viaje de corto cómico.
Luego de hacer el resto de mi
travesía, llegué a Lisboa. El traslado fue excelente, nos esperaba un joven
brasileño, que nos dejó en un hotel en el centro mismo de la ciudad. Cosa que
agradezco. El hotel, como todos los hoteles, ha atravesado dos años de cierre
por el COVID 19 y se está desperezando del encierro. Frente al mismo, había un
teatro que al preguntar si había posibilidad de tener una entrada para asistir,
había que haber sacado el ticket un mes
antes. Desistí. Mi amiga y compañera de viaje no se molestó mucho, porque no
gusta del teatro, yo lo lamenté. Sobre la calle que caminamos cada día, había
muchos restaurantes y negocios que lentamente van abriendo sus puertas. Venden
sugestivos objetos hechos con alcornoque, corcho, como decimos nosotros.
El primer día almorzamos en un
lugar que nos pareció simpático, con un tenderte para poder usar parte de la
calle. Un alegre camarero nos hizo en un cerrado portugués los elogios de su
cocina. Y entramos y comimos. Yo, que adoro los pescados y mariscos, soñaba con
un buen plato lleno de ellos. ¡Mi compañera de aventura, odia lo que yo amo, se
conformó con un pez, que ella detesta y para colmos, lleno de espinas…! Nos
prometimos no volver al lugar.
Conocimos los lugares emblemáticos
del turismo por la ciudad de Lisboa, hicimos tours por barrios antiguos y zonas
marítimas, así, llegamos a una zona donde sólo se comía frutos de mar. Mi
amiga, solicitó pollo y papas. La miraron con desdén, pero le prepararon ese
menú, yo, preferí comer moluscos que eran tan frescos como el aire del mar que
corría por esa rambla.
Buscábamos alguna tienda que no
vendiera los típicos objetos que descubrimos no eran de alcornoque, sino de una
fibra plástica imitando el material real. Nada. Todo era igual.
Ya regresadas al hotel y pasado el
tiempo, salimos a conocer una antigua iglesia del siglo XIII que abrió las
puertas por ser el día de Lisboa, el día Patrio. Por todos lados repartían
claveles rojos y yo recordé que hubo una revolución, no recuerdo en que año que
la llaman: ¡La asonada de los claveles! Así que pusimos un clavel bajo los pies
de una antiquísima Virgen de piedra en la que creo fue una catedral.
A los pies de la misma, en una
especie de callejuela, se apacientan una gran cantidad de inmigrantes africanos
y hacen música y bailan. Hay allí un hermoso homenaje al Holocausto y también
cohabitan anticuarios. Ese día las tiendas todas cerradas. Y la plaza mayor,
cerca de nuestro hotel con innumerables personas que bebían un licor hasta quedar
algo ebrios. Todos lucían un clavel rojo. Los padres y madres con sus niños,
los ancianos y viajeros recibíamos el clavel con cariño. Era el símbolo de la Libertad.
El día de los claveles, conseguimos
que nos llevaran a la Iglesia
de la Virgen
de Fátima, donde según la historia, se presentó en 1917 la Madre de Cristo a tres niños
pastores. Cuando llegamos, (el viaje fue hermoso), la enorme fila de cuatro en
forma, era de tres o cuatro cuadras o más de quinientos metros. La gente
silenciosa oraba, transportaba velas y flores blancas. Yo me dije: ¡De acá no
salimos ni mañana! Comencé a caminar por un jardín que bordeaba la ermita y de
pronto me encontré frente a un templete con la
Madre. No lo podía creer. Mi amiga se quedó
asombrada. Nadie nos había impedido ingresar y estábamos a los pies de la muy
soñada y esperada Imagen. Oramos un rato por nuestras familias, nuestra Patria
y el Mundo. Pedimos por la Paz
en este duro momento de guerra; y dejamos nuestras súplicas de quienes me
habían pedido llevara a la
Virgen de Fátima; amigas y amigos de mi ciudad. Allá quedaron
en las manos de María. Luego salimos por una callejuela donde vendían recuerdos
que compré para regalar. Y a las catorce en punto estábamos regresando a
Lisboa. ¡Gracias Madre por permitirme no hacer esa espera enorme en la fila de
gente que te quiere ver y rogar salud y bendiciones! Juro que no sé cómo pasó,
que estuve a sus pies sin hacer nada contrario a lo que estaba estipulado. Ella
me llevó a sus pies.
Al día siguiente, después del desayuno,
salimos a la plaza, ya sin tanta gente para hacernos un RCP, que exigían para
ingresar a España y lo hacían gratis y en dos horas nos entregaron, firmado y
legalizado por el gobierno portugués. En la plaza se había desplegado una feria
de artesanos. Allí compramos algunas chucherías para nietos y nietas.
Ya llegaba nuestro último almuerzo.
Habíamos probado las exquisiteces que produce en dulces y masas en Lisboa y
todo Portugal según nos comentaron. Realmente, yo que nos soy muy adicta a las
masas dulces, me enamoré de algunas. Ya armada nuestra valijas y listos
nuestros papeles para nuestro viaje a Santiago de Compostela, salimos a comer.
¡Y, OH, sorpresa, nos volvimos a encontrar en el mismo restaurante que habíamos
prometido no volver! Yo rogué no me
hicieran el pescado con ajo y mi amiga renegó, pidiendo pollo con papas, porque
no estaba en el menú. ¡Por Dios, cómo les gusta el ajo! Todo olía a lo mismo,
gustaba a lo mismo y molestaba al paladar igual: AJO.
¡Le dijimos adiós a Lisboa, con
buenos recuerdos y algunas molestias, mínimas hasta ese momento!
Lamentablemente no pudimos ir a Oporto.