martes, 24 de mayo de 2022

UN MISERABLE

 


            Usted no lo conoció. Asdrúbal Segovia, el hijo del hacendado, gustaba de las rameras. Verlas caminar semi desnudas por el lupanar; con sus nalgas bailoteando en su andar por los pasillos, con las tetas algo flácidas en vaivén de acá para allá. Siempre buscando un granuja que las atrapara. Les sacaban todo el dinero que tenían. ¡Eso era lujuria! ¡Y eso era su única dicha!

            No era malo el Asdrúbal. Era tan sólo un miserable lleno de desconcierto sobre la vida. Un insecto lleno de miedos y que olisqueaba el perfume de cebolla que descargaban los sobacos de las pupilas. ¡Ni hablar de las jóvenes nuevas! Esas que llegaban aterradas, desterradas de sus ranchos por ignorantes y padres mal entretenidos.

            Las seguía como el zorro en celo. No podía sentir el olor de la fritanga de ajo y cangrejo que había en los pasillos del lupanar. Eso era el éxtasis, se excitaba y deliraba, pero sufría. Un pillo desvergonzado e ignorante que fue cuidado por una madre enferma de tisis que lo dejó siendo niño. Su existencia fue un desastre. El olor caliente de los intestinos flojos de su mamama, o de la “Niña”, lo enloquecía. Salía por las siestas abrasadoras buscando la orilla del río, donde desnudo retozaba, hasta que vio a un mulato atrapar una muchacha y escondido entre los matorrales aprendió. Quiso ser igual de atrevido y ganador. Tenía trece años y ninguna lectura. Ni números en el ábaco.

            Así creció el Asdrúbal, como perro en celo. Su hermana, la Niña, tomó las riendas con un par de años más que él. La hacienda daba frutos, pocos, pero alcanzaba para mantener la casa y los empleados. Su  padre, el capitán Segovia, que no era militar sino ayudante en un bote de río, se fue hacía como ocho años y nunca regresó a la casa.

            Ya el muchacho, no recordaba su cara ni su figura. Sí, cuando dormía, soñaba con los gritos que daba cuando golpeaba a los animales del corral, a los azotes que daba en la baranda del balcón profiriendo blasfemias. Un bebedor que dejaba su huella en los bares de poca monta del poblado.

            Una mañana lo encontraron tirado en el portal de la hacienda con un enorme tajo en los brazos, un ojo hinchado y negro; casi desnudo, con barro y sangre por cada orificio de su cuerpo. ¡Era una venganza de algún petimetre del lupanar!

            Lo llevaron al médico, que no quiso atenderlo, en principio. Cuando vio los billetes, llamó a su mujer y luego de lavarlo, comenzó a coserlo como a un fiambre. Los gritos se oían desde una calle abajo. Así se quedó en la casa de su familia.

            El cloroformo lo dejó medio dormido por muchas horas y cuando despertó no podía hablar ni moverse. ¡Menos mal, decían todos! Pero los días pasaban y las cosas seguían igual. Así es que la casa parecía un hospital. El olor de los remedios y tisanas, el ruido de los pasos sordos de cada familiar era un cambio fenomenal en la hacienda.

            Tomaron a un “toruno”, un muchacho joven muy fuerte que lo levantaba en brazos para poder cambiar las sábanas y limpiar su cuerpo de las heridas malolientes. Apenas hablaba el mozo y Asdrúbal, gemía por el dolor caliente de sus costuras, esas que le habían salvado la vida. De noche despertaba a los gritos, soñaba con la muerte.

            Mamama hizo traer a un fraile de la Ermita de santa Escolástica, para que expulsara los humores del cuerpo y del alma. Así comenzó una verdadera guerra entre el herido y el hombre de Dios. Una contienda de palabras y rezos, de mentiras y perdones, de rosarios y puteadas. Al fin ganó Asdrúbal y el fraile se resignó. Mamama no se lo perdonó, Asdrúbal, se puso cada vez más enfermo. El médico pidió que se lo llevaran a la ciudad, él, no quería comprometerse más. Así partió el enfermo en una carreta por los caminos irregulares hasta el asfaltado y de allí a la urbe.

            Largo fue su tiempo en el sanatorio y tan diferente regresó, que desde entonces se trata de otra historia.

           

             

UNOS PANES SOBRE LA MESA

 

FULBIO

Si caminaba un trecho más, encontraría la cornisa de piedras que rodeaba el límite del redil. Sus pies doloridos y mal equipados arrastraban con pena su menester como labriego. La casa grande parecía dormir a esa hora. Los perros no se acercaron para torearlo por pereza y decencia. No hacía frío, pero un vientecillo áspero tremolaba en la fértil parcela de trigo que comenzaba a dorarse en su madurez.

Seguido por su caballo, llegó al pesebre perfumado a pasto fresco. Lo dejó envuelto en una manta decolorada de lana rústica. Cerca de la puerta se lavó con agua fresca de la fuente que manaba descontrolada hacia la vega. Su brazo sostenía el rifle y del hombro colgaban dos liebres que cazara para la cena. Ingresó en la cocina. El perfume a romero y cebollas invadió su alegría. Hogar. Él, era un simple labriego asalariado pero sentía pertenecer.

Nació allí, en la casa, como un duende inevitable de los dueños; se paseó por las habitaciones siendo niño, pero llegando a la adolescencia ya fue ubicado en la zona de servicio. Amaba a esa gente. Eran su familia. El dueño, un astuto comerciante, postrado en una silla de ruedas por efecto de la guerra. La señora, una dama dulce y misteriosa que caminaba como un pajarillo sobre las alfombras, siempre lista para sus hijos que llegaban como gazapos a la mesa, hambrientos y ruidosos.

Nunca le pegaron, ni lo maltrataron. Tal vez, porque era muy parecido al mayor de los niños de la casa. Su madre, era la doncella de la señora. La cuidaba y parecían amigas.

Un día uno de los muchachos se burló de su madre y el señor, encolerizado le dio un azote con la fusta del caballo que montaba cuando recorría el campo. El chico lloró a mandíbula loca, sus gritos se escuchaban desde el gallinero donde Fulbio, se escondió. No quería ser la causa de los golpes. ¡Pero su mamá se metió en la cocina y lloró mucho! No entendía el motivo.

Al día siguiente tuvo que llevar la comida a la habitación del muchacho y este le gritó que lo odiaba. ¿Por qué sería? El chico le descargó su enojo contándole que su padre era el mismo que el de él. ¿Cómo? Sí, mi padre es tu padre, pero tú, eres hijo de la doncella y no de mamá. Salió corriendo. Se escondió en el establo. Lo vino a buscar la cocinera. Debía irse al monasterio por una orden del señor. Eso fue lo que hizo. Partió.

Al tiempo, lo fueron a buscar, tenía que trabajar en el campo. Ya los muchachos habían crecido y no había quien cuidara de la vega. Aró, sembró y cuidó a cada animal de la casa. Ya tenía como veinte años. No le permitieron ser cura, como le proponían en la abadía sus maestros. Manso, volvió y siguió siendo el labrador de la tierra.

Su madre, ya anciana, le explicó, que su futuro era mantener el bienestar de la familia. Eso la incluía a ella. Supo que cada año, sembraría, cosecharía para tener granos, porque tenía que transformar el trigo en pan para los habitantes de la casa. Su casa. Su familia y su vida.

 

LISBOA UN INESPERADO ENCUENTRO CON LAS BELLEZAS, de Anécdotas deviajes.

 

Me costó llegar a Lisboa. Fueron trece horas, sentada, en un incómodo asiento de un avión entre dos personas gruesas, que se desparramaban sobre sus pequeños asientos. El caballero que estaba a mi izquierda era un enorme padre chileno que hacía tiempo no veía a su hija y nieto en Alemania, y debía pasar por el aeropuerto de Ámsterdam, para hacer combinación con su nave. Llegamos sobre el tiempo esperado y al bajar en la aduana, nos llevaron por un ascensor hasta un sitio donde vendían todo, sí, había plantas (Mis favoritas), recuerdos de todo tipo, bebidas, comidas y un sin fin de objetos.

De pronto apareció una señora en un simpático motor con ocho sillas adosadas, para llevarnos de un lugar del aeropuerto a otro. Allí los despachos y salidas son de varios cientos de metros. Nos ayudó a subir y montó feliz a su frente. Puso el artefacto en marcha y comenzó a luchar para sacarnos del lugar. Llevó por delante un cartel metálico, un enorme elemento de acero para desperdicios, chocó con una columna y luego de ser asistida por otra dama, compañera de su tarea, comenzó el viaje evitando llevarse por delante pasajeros que apuraban su paso por el enorme corredor. Cada recorrido que hacía, producía un silbido semejante a una sirena de barco o de tren, la gente o reía o renegaba. ¡Era un personaje de película! Lástima que en el momento no atiné a sacarle un video con mi celular. Fue un simpático viaje de corto cómico.

Luego de hacer el resto de mi travesía, llegué a Lisboa. El traslado fue excelente, nos esperaba un joven brasileño, que nos dejó en un hotel en el centro mismo de la ciudad. Cosa que agradezco. El hotel, como todos los hoteles, ha atravesado dos años de cierre por el COVID 19 y se está desperezando del encierro. Frente al mismo, había un teatro que al preguntar si había posibilidad de tener una entrada para asistir, había que haber sacado el ticket  un mes antes. Desistí. Mi amiga y compañera de viaje no se molestó mucho, porque no gusta del teatro, yo lo lamenté. Sobre la calle que caminamos cada día, había muchos restaurantes y negocios que lentamente van abriendo sus puertas. Venden sugestivos objetos hechos con alcornoque, corcho, como decimos nosotros.

El primer día almorzamos en un lugar que nos pareció simpático, con un tenderte para poder usar parte de la calle. Un alegre camarero nos hizo en un cerrado portugués los elogios de su cocina. Y entramos y comimos. Yo, que adoro los pescados y mariscos, soñaba con un buen plato lleno de ellos. ¡Mi compañera de aventura, odia lo que yo amo, se conformó con un pez, que ella detesta y para colmos, lleno de espinas…! Nos prometimos no volver al lugar.

Conocimos los lugares emblemáticos del turismo por la ciudad de Lisboa, hicimos tours por barrios antiguos y zonas marítimas, así, llegamos a una zona donde sólo se comía frutos de mar. Mi amiga, solicitó pollo y papas. La miraron con desdén, pero le prepararon ese menú, yo, preferí comer moluscos que eran tan frescos como el aire del mar que corría por esa rambla.

Buscábamos alguna tienda que no vendiera los típicos objetos que descubrimos no eran de alcornoque, sino de una fibra plástica imitando el material real. Nada. Todo era igual.

Ya regresadas al hotel y pasado el tiempo, salimos a conocer una antigua iglesia del siglo XIII que abrió las puertas por ser el día de Lisboa, el día Patrio. Por todos lados repartían claveles rojos y yo recordé que hubo una revolución, no recuerdo en que año que la llaman: ¡La asonada de los claveles! Así que pusimos un clavel bajo los pies de una antiquísima Virgen de piedra en la que creo fue una catedral.

A los pies de la misma, en una especie de callejuela, se apacientan una gran cantidad de inmigrantes africanos y hacen música y bailan. Hay allí un hermoso homenaje al Holocausto y también cohabitan anticuarios. Ese día las tiendas todas cerradas. Y la plaza mayor, cerca de nuestro hotel con innumerables personas que bebían un licor hasta quedar algo ebrios. Todos lucían un clavel rojo. Los padres y madres con sus niños, los ancianos y viajeros recibíamos el clavel con cariño. Era el símbolo de la Libertad.

El día de los claveles, conseguimos que nos llevaran a la Iglesia de la Virgen de Fátima, donde según la historia, se presentó en 1917 la Madre de Cristo a tres niños pastores. Cuando llegamos, (el viaje fue hermoso), la enorme fila de cuatro en forma, era de tres o cuatro cuadras o más de quinientos metros. La gente silenciosa oraba, transportaba velas y flores blancas. Yo me dije: ¡De acá no salimos ni mañana! Comencé a caminar por un jardín que bordeaba la ermita y de pronto me encontré frente a un templete con la Madre. No lo podía creer. Mi amiga se quedó asombrada. Nadie nos había impedido ingresar y estábamos a los pies de la muy soñada y esperada Imagen. Oramos un rato por nuestras familias, nuestra Patria y el Mundo. Pedimos por la Paz en este duro momento de guerra; y dejamos nuestras súplicas de quienes me habían pedido llevara a la Virgen de Fátima; amigas y amigos de mi ciudad. Allá quedaron en las manos de María. Luego salimos por una callejuela donde vendían recuerdos que compré para regalar. Y a las catorce en punto estábamos regresando a Lisboa. ¡Gracias Madre por permitirme no hacer esa espera enorme en la fila de gente que te quiere ver y rogar salud y bendiciones! Juro que no sé cómo pasó, que estuve a sus pies sin hacer nada contrario a lo que estaba estipulado. Ella me llevó a sus pies.

Al día siguiente, después del desayuno, salimos a la plaza, ya sin tanta gente para hacernos un RCP, que exigían para ingresar a España y lo hacían gratis y en dos horas nos entregaron, firmado y legalizado por el gobierno portugués. En la plaza se había desplegado una feria de artesanos. Allí compramos algunas chucherías para nietos y nietas.

Ya llegaba nuestro último almuerzo. Habíamos probado las exquisiteces que produce en dulces y masas en Lisboa y todo Portugal según nos comentaron. Realmente, yo que nos soy muy adicta a las masas dulces, me enamoré de algunas. Ya armada nuestra valijas y listos nuestros papeles para nuestro viaje a Santiago de Compostela, salimos a comer. ¡Y, OH, sorpresa, nos volvimos a encontrar en el mismo restaurante que habíamos prometido no volver!  Yo rogué no me hicieran el pescado con ajo y mi amiga renegó, pidiendo pollo con papas, porque no estaba en el menú. ¡Por Dios, cómo les gusta el ajo! Todo olía a lo mismo, gustaba a lo mismo y molestaba al paladar igual: AJO.

¡Le dijimos adiós a Lisboa, con buenos recuerdos y algunas molestias, mínimas hasta ese momento! Lamentablemente no pudimos ir a Oporto.

 

viernes, 20 de mayo de 2022

MUY MACHO PERO…

 

 

            Miró el trapo lleno de sangre que tenía en las manos y de un tirón le quería quitar el policía. Dio un salto hacia atrás y se alejó. Vomitó. ¡Nunca había pensado que le pasaría eso a él, el mejor maquinista del ferrocarril del sur de la provincia de Buenos Aires!

            Nació para ver pasar los trenes, su casa temblaba con el pasó de cada vagón, fuera de pasajeros o de carga. Amaba el olor del humo y de los aceites que derramaban las locomotoras. Iba pasando el tiempo y le suplicó a su madre que lo dejara ir  a la escuela Técnica de “Ferroviarios”. Estudió y salió con una medalla. No era muy inteligente, pero si tenía la testarudez de un toro. Orgullosos con su título se presentó en la oficina en Paternal donde le harían unas pruebas. Salió bien pero los acomodados le ganaron de mano.

            Se “conchabó” como aprendiz de un viejo polaco que armaba camiones y grúas, para el ejército. Aprendió de ese viejo agrio que escupía cada vez que hablaba en un idioma trágico de su tierra, un sin fin de estrategias con los metales. Sabía de todo y atento memorizó mucho de lo que el anciano sabía.

             Siempre puteaba por la guerra y se dormía sentado en un sillón desvencijado que según él, era traído de Polonia. Tenía más tierra y mugre que todo el vertedero de basura.

            El hombre escuchaba una música linda, pero extraña para el muchacho que amaba el tango. Igual, un día encontró en la mesa de la cocina una carta que lo llamaba del Ferrocarril Central para comenzar como maquinista.

            Un sueño cumplido. ¡No fue fácil! Tenía a un montón de tipos envidiosos y vagos que le hacían la vida imposible. Nunca los delató, hubiera sido peor. Había una pequeña mafia apadrinada por punteros políticos y del sindicato.

            Cumplió a rajatabla con su tarea, hasta lo premiaron dándole la locomotora más nueva y la más bella. La limpiaba como a una estatua de mármol o de acero. Brillaba cuando rauda pasaba por la ruta. Siempre atento a los cambios de luces, si veía un color naranja, aminoraba caso a diez kilómetros para evitar cualquier accidente. Si era roja, frenaba y los rieles y las ruedas chirriaban como una sinfonía de terror. Era verde volaba como los pájaros libres de la pampa.

            Ese día fue un horror. Bajadas las barreras y terminado de subir todo el público, comenzó a poner la máquina a andar, llevaba a los obreros y mucamas de media provincia, en la próxima barrera baja, una joven mujer corrió y se tiro bajo “su” tren. El grito y escándalo fue feroz. La gente gritaba y se tiraban para tratar de ayudar. Unos varitas y policías echaron a todos. A él, lo tomaron de atrás para quitarle el trapo que arrancó del cuerpo de la joven mujer. ¡No! Se deshizo de las duras manos que lo sostenían y le pusieron unas esposas de acero. No dejó el trapo sangrante. Lo arrastraron hasta un celular que irradiaba luces azules y rojas como la cabeza que rodó a sus pies, de la pobre mujer. Sacaron el cuerpo y lo llevaron fuera de su vista. Lloró. Lloró mucho, nunca pensó que le podía pasar algo así. Para eso no estaba preparado. Cuando abrió entre sus manos ese trapo sangrante, comprendió que era un delantal de cocina. Metió la mano en el bolsillo y encontró un sobre, arrugado y sucio. Lo abrió y había una hoja que con letra temblorosa decía: “Marcos, no soporto más tus golpes, tus insultos y tus llegadas borracho todos los días. Estoy embarazada y seguro que no quiero que mi hijo sea como vos” adiós y que Dios te perdone.

            Ese día Roberto González, dejó de ser maquinista de ferrocarril. El “polaco” y su madre fueron los únicos que lo fueron a ver en la cárcel de Caseros, hasta que demostraron que era un suicidio

EL MILAGRO


                            “Recuerda la hora más oscura es la que precede a la aurora” Shakti Gawain

                                                                                                       

            Hilarión Domínguez era hijo de un maquinista de ferrocarril. Aquél, que ya no pasa más por las vías remotas del terruño. Su padre, Don Gervasio, pertenecía orgulloso a la “Fraternidad”, sindicato fuerte en los cuarenta. Él, heredó la tarea y era un apasionado de los rieles. Conocía cada locomotora como a su conciencia. Despertaba a las tres de la madrugada para acicalarse y luego de tomar unos mates silenciosos, preparaba una caja metálica con lo que podía llegar a necesitar. Su viaje era a un pueblo del secano “puntano” para dejar agua potable, leña y alguna mercadería que le encargaban algunos paisanos.

            Iba en el día y regresaba siempre a la hora exacta. Así era el ferrocarril en esa bendita época. Cuando pasaba por la antigua “Corocortas”, salían a saludarlo con las “chupallas” los pocos habitantes que andaban por ahí. Llegaba a esa hora incierta entre la noche y la madrugada, sin luna o con luna, siempre parecía un lugar oscuro. Él, no tenía temor, dos días de descanso y otro viaje, siempre igual. Rutinario pero hermoso. A veces veía correr las liebres por las vías calientes y aceitadas por el gasoil o el alquitrán del vagón de YPF. Otras, un zorro con hembra y crías, tal vez un “choique” y cientos de animalitos que pasaba bajo su mirada atenta. Su atención al trabajo era real. No podía darse el lujo de perder un convoy ni un tanque…, luego pegaba la vista al frente para reconocer algún paisano que le hacía señas con el pañuelo para saludarlo o gritarle un encargo.

            Fue un día nublado y que denunciaba lluvia, raro en esa época y lugar, pero a lo lejos, vio un punto negro entre las vías. Negro, muy negro. De cuarenta kilómetros por hora que era su movimiento fue bajando por las dudas a treinta, a veinte… pero allí se agrandaba la manchita. Tocó el silbato de la máquina. Retuvo la mano en el freno, pero el aceite y alquitrán no le dejaban parar el tren. Vio unos jornaleros que agitaban sombreros y mujeres apostadas en las hileras de alambres de los campos que se agarraban la cabeza.

            Hilarión pensó que había un “choco” dormido ahí, entre sus rieles. No, no alcanzaba a distinguir qué era eso. Su ayudante tomó el manijón de la máquina, del freno. Hilarión sudaba y miró al cielo, pidiendo a Dios y la Santita de los Caminos que lo ayudaran. Descendió del estribo y se quedó helado. Un niño ennegrecido por el alquitrán, el aceite y la tierra reptaba entre las vías. Seguro el tren le pasaría por encima.

            ¡Ruego a Dios nuestro Señor que salga y se aleje…! y vio con sorpresa que el niño se prendía del hongo metálico del cambio de riel y salía. Los lugareños estaban estáticos. A él, se le escapó un insulto.

¿Cómo puede ser que naides se atrevió a cruzar y sacarlo, tuvo que ser “Tata Dios” el que me hiciera el milagro?

            Vio una madre deshecha en llanto. Y un padre que alejaba cabizbajo; pero ahí supo que Dios lo había escuchado. Hizo una promesa… colocó en ese lugar una Cruz Blanca con una estatuilla del Sagrado Corazón y cuando pasaba le tocaba el silbato como saludo.

            Todavía cuando pasan los paisanos le saludan al crucifijo con respeto.

 

 

ALQUILER

 

Cinthya Mac Rowells después de la operación supo que nunca quedaría embarazada. ¡Cosas del destino! Su fortuna era voluminosa en bancos de su país y del extranjero, pero supo también que para Patric, su prometido era imprescindible tener un descendiente y si era varón mejor. ¿Qué podía decirle, la verdad? La abandonaría por esa fila enorme de muchachas casaderas de Danbury.

Tomó la determinación de mentir. Escandalosamente y tenaz aparentó estar embarazada para que Patric le pusiera el codiciado anillo en el anular y la llevara al altar.

Estaba hermosa y el hombre se obnubiló viendo a la graciosa mujer que esperaba su hijo. El padre O’Cannohill quiso intervenir pero fue imposible acercarse a los Clark, todos eufóricos con el acontecimiento.

En el viaje de bodas, Cinthya sorprendió a su joven esposo con descomposturas y teatralizó hasta el día que se indispuso y una hemorragia poco convincente quiso delatarla. Ella lloró la pérdida “imaginaria” del bebé. Regresaron a Danbury y comenzó la extraña vida de la pareja.

Una mañana la joven esposa sacó su BMW y se metió en una barriada oscura. Paró en el 9014 de la calle Nolan y descendió directamente a una casucha humilde donde la esperaban. Allí contrató el vientre de una inmigrante ilegal, que no salía a la calle por miedo a los inspectores de Aduana que deportan a cada indocumentado que encuentran. Era una joven blanca, de origen latino pero con ascendencia europea. Ojos grises como los de Patric y cabello castaño claro como el suyo. Pagó cinco mil dólares por adelantado, al nacer el niño, pagaría diez mil más y todos los gastos de medicinas, vitaminas y hospital, que debería ser privado para poder quedarse con el niño.

Dos días después trajo en un condón herméticamente cerrado la semilla de Patric. Pasó un par de meses y el embarazo estaba plenamente monitoreado. Eran tres bebés, dos varones y una niña. Mientras tanto Cinthya, aparentaba estar nuevamente encinta. Pero disimular tres era demasiado. Con absoluta frialdad le ordenó a la mujer que abortara.

Ésta se negó y amenazó con hablar a la familia Clark. Cerca de la fecha de parto, en medio de un gigantesco lío, tuvo que decirle a Patric la verdad. Él en silencio, la siguió hasta la casa de la sustituta, y de dos balazos mató frente a la mujer a una Cinthya, que no supo nunca el por qué. Cuando llegaron los policías, Patric con la futura madre de sus hijos, habían desaparecido. 

 

EL PESCADOR

 

Una cárcel de espinas incrustadas en la memoria de un muchacho que tiene que pescar.

La tarde calurosa amenazada una noche plagada de estrella. Él, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una pipa y prendió un perfumado sabor de chocolate. Su tabaco amigo de la soledad. Miró tras sus pupilas nubladas  por la luna y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo no llenó el vientre hambreado de  su barca. Poca pesca. No había viento y el poco que rondaba su bote, no permitía que se alejaran de la costa donde seguro se apretujaban los peces.

Un olor penetrante de sal y pescado hería a los hombres silenciosos en sus bancas. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente, dejando el cielo con un color de sangre seca. De muerte antigua. Un pescador comenzó a canturrear un triste sonido. Otro tomó un sonido de belleza inexplicable en esa rústica vida de sudor y fuerza.

El muchacho se acomodó. Cerró los ojos y dejo vagar la mente en los recuerdos. Laberintos de historias avidas que  regresaban como pájaros.

Recordó a su abuelo que le enseñó los juegos de la infancia, recordó la brava tormenta que se tragó con furia el barco de su padre.

Cerró los ojos y aspiró profundamente la sabrosa pipa. ¡Una mujer! Pensó en la muchacha de sus sueños. Era altiva la tonta, lo miraba de lejos como para que no se atreviera a buscarla. Pero siempre pasaba cerca del muelle con la pollera de color mostaza y flores rojas. Revoloteaba el cabello sobre su espalda como alas de gaviotas en danza de apareo.

Una nube comenzó a avanzar sobre el mar y se puso oscuro y sombrío. Sopló un viento enérgico que atormento el madero, tuvo que bajar las velas y remar brioso. El agua le mojaba el rostro. A lo lejos la vio con una lámpara encendida. Era ella que lo guiaba a la costa. Las olas lo tapaban. Siguió peleando. Ella lo estaba esperando, no podía fallarle.