lunes, 2 de enero de 2023

EL REGRESO


 

            La pequeña Selene nació con el solsticio de verano. Era prematura, frágil y de rostro simiesco. La familia se asustó al ver que su cuerpo estaba cubierto por una profusa pelusa oscura. Abrió los ojos y asombroso el color del lago se reflejaba en sus pequeñas pupilas.

            Al pasar los días su piel se limpió de vello y una piel sonrosada quedó expuesta a la mirada aguda de su gente. Era un milagro. Cada vecino trajo un regalo a la niña, la madre conmovida aceptaba sorprendida el cariño y empeño puesto en ese nacimiento.

            Cuando el padre llegó del campo a conocerla, pues era tiempo de cosecha, se quedó prendado de la sonrisa desdentada de Selene. La besó en la frente y le cantó una antigua canción de sus ancestros.

            Pronto llegarían las lluvias y las inundaciones del campo. El techo de la casa de pobre hechura campesina se retorcía con algunas ráfagas de viento. Gehasko, el abuelo, trató de treparse y arreglarlo pero los huesos doloridos por los años de trabajo, no le ayudaron. Pidió asistencia a su vecino y entre ambos pusieron una capa de tierra y pasto seco, palma y barro.

            Estrella, la joven madre, recogió a los animales en jaulas de ramas y cañas, acopió las semillas en un esterillado bajo el techo y en grandes cestos de apretada trama juntó frutos que secó al sol caliente de los mediodías.

            Selene crecía cada día más bella. Graciosa y alegre su madre cantaba mientras en el viejo telar ordenaba hilos de algodón y seda. Las telas eran apreciadas en la aldea y con eso podían comprar algunos elementos que no se cultivaban en los alrededores.

            Un día cuando arreciaba el monzón, Reshir fue despedido por el dueño del campo de palmas datileras. Sobraban brazos y faltaban compradores en la región.

            Un amigo lo invitó a viajar a un país cercano a trabajar en obras grandes. La paga era buena y podía regresar cuando quisiera. Y partió con una pequeña mochila que le armó su Estrella. Besó a la niña y salió con un nudo en su garganta varonil y endurecida por la pena.

            En ese país, con un idioma diferente, costumbres raras y estrictas leyes, trabajó a destajo. Noche y día y día y noche. Juntó billetes de alto valor en su tierra. Cuando le tocaba el descanso, miraba el cielo y oraba a su dios para que su familia estuviera bien y en su corazón palpitaba un: -Ya vuelvo, ya regreso.- y siguió por meses hasta ver que un edificio de cristal dorado, reflejaba el sol y se elevaba hasta las pocas nubes que solía ver. Habían terminado y quiso el regreso.

            Cuando lo dejaron en ese enorme avión de línea que lo llevaba a su casa, una lágrima asomó por sus negras pestañas. –No quiero volver a este país tan caliente de clima y tan frío de amor.-

            Cuando llegó a la aldea, lo recibió una bellísima Selene que ya caminaba y hablaba. Su mujer había enfermado y su padre la cuidaba. –Hijo, hemos prometido a tu Selene al hijo del patrón. Se casarán cuando la niña cumpla ocho años. ¡El joven muchacho tendrá doce, tu lo conoces y sabes que buenos son, es un honor! Abrazó a la niña y abrazó a la madre. Puso un fajo de billetes en el lecho y mandó a buscar un doctor de la ciudad vecina.

            -Su mujer sólo tiene cansancio… y una leve anemia por insuficiente alimentos. Debe recuperarse con esta medicina y comer proteínas. La veré en tres semanas. Reshir puso billetes en las manos del galeno, éste lo miró sorprendido… ¿Cómo era posible que el campesino le pagara con esos valiosos pesos? Le miró las manos y comprendió todo el sacrificio del muchacho. -¡Gracias, pero sólo tomo uno, es suficiente!

            La vida se volvía una sinfonía de maravillosos momentos. Juntos, bajo el techo familiar el regreso del padre, había devuelto la paz y la tranquilidad a la pequeña familia. Selene con su hermosa ropa de colores, tejidas en el telar por su madre, parecía una mariposa revoloteando en la tierra de los alrededores. Desde lejos el joven prometido la espiaba, y a veces s e acercaba para jugar o le traía un dulce o una flor.

            El tiempo, ese intruso que espera poco, pasó como torbellino y llegó el día de la boda. Selene con un traje dorado y bellas alhajas, fue llevada en andas hasta su nueva casa. Su madre y su padre, tomados de la mano esperaron que pronto la vida les diera el regalo de más hijos, que llenaran sus vidas de alegría y risas. 

UN TROPERO JUSTO Y BUENO


 

Serapio ha llegado a los setenta y tantos. El patrón lo aprecia, pero lo ve cansado y lento. Muy bueno para amansar potrillos y arrear el ganado por los pasos en la cordillera. El tiempo ha pasado y la Justina se fue mermando hasta que no despertó una siesta.

La llevaron al campo santo junto a la capilla de la estancia “El Tronador” de don Hilario García, en la quebradita. Allá la rodeó con retamos y bajo un aguaribay, que le diera sombra a los penitentes de los alrededores. Ella no estaba sola. Otros difuntos la acompañaban.

Siguió la vida con sus tranquilas costumbres de siempre. De vez en cuando venía su hijo a verlo y le traía yerba, tabaco y harina. La que venía más pronto era la Lila, la más chica. Ella traía ropa de abrigo y calzado. Algunas chucherías y juntos iban para el “El Tronador”, a la capilla a rezar por la difunta. La Carola no vino nunca. Estaba enojada con Serapio. Se había ido al sur con un medio indio cochino, que según decían era matrero y había tenido entreveros con la policía. ¡Pero las mujeres no escuchan! Se van con el primer macho que las enamora. ¿Quién sabe qué sería de ella? Nunca se supo nada.

Una tarde de esas de otoño, que parecen que el cielo está amortajando el cerro, apareció el patrón con una camioneta nueva. Con él, un hombre. No le gustó al Serapio, tenía una mirada turbia como el barro del remanso del arroyo el Tigre.

Mirá Serapio, este caballero me arrienda el campo por un par de años. Yo, tengo que irme de viaje lejos y no puedo proveerte de los medios que necesitan los animales ni el campo. Las semillas, el alimento y los remedios te los traerá el señor Lontario.

¿Quién arrienda el campo de mis amores?- ahora me las veré malas. Yo ni me quito ni me doy y soy duro para el trabajo, pero no necesito a extraños en el campo. Ya estoy viejo, canoso y cansado pero usté sabe bien que aquí no pasa nada. - Estando el horno caldeado nunca saco el pan crudo. Así soy ni más ni menos  como buen criollo de esta hacienda. Perdono el error ajeno, porque puedo perdonarme si una majadita se embrolla o se muere un potrillo en la parición.

Lo se bien Serapio, sos un buen hombre y te prometo que no te faltará apoyo. Hacé nomás lo que venís haciendo desde que llegué acá como el dueño de Las Margaritas.

 Esta tierra es parte de tu vida, lo sé. – La llama del sol que te calienta es la que tienes en casa y te calentó en inviernos de nevadas grandes.-

-Altanero, como buen criollo el tal Serapio.- Dice el nuevo patrón. -¡No crea! Contesta don Braulio.

 Se cree justo y sabe que si lo descubren buenazo van a llevarle todo y le  sacan lo que quieran… y a pesar de que es viejo aún puede. No es soberbio ni  hablador. Es de silencios largos y miradas frescas, pero esconde su corazón herido. Se auto abastece y no es mudo cuando la cosa se pone a mano y tiene que defenderse. Le teme al invierno que es duro y traidor por esa zona.

Robusto y con una mirada inteligente. Hábil y rápido. Olor a tabaco, humo y transpiración; estiércol y asado. Sólo es amigo del mate, usa los aperos que él mismo forja y rejas de arado. La dueña del campo, esa, la anterior lo conoció de cachorro y era un lío porque era de afuera. Con una educación extranjera sin conocer nada de la tierra y de los animales. Era buena. Se casó y tan mala pata, la pobre que le tocó un “toruno”, pegador y jugador que la dejó en la calle. El hombre codiciaba el campo y la yeguada. Un día en el boliche se emborrachó y con un cuchillo mató al comisario. Tuvo que huir. Yo le ayudé a la doñita, la pasé a Chile por un paso escondido entre las montañas. Yo eludo las miradas y las insinuaciones. Los otros me miran y comentan... que soy tan culpable como el matón, pero si no la pasaba yo, estaría muerta.

Ahora veremos qué sol calentará mi rancho.

 

 

UN CUENTO DE COLOR Y SABOR

 

La tarde le ponía una letanía de estrellas al parque de Urbina. La anciana sentada en una hamaca desmadejaba recuerdos. Tiziana, su nieta, a sus pies jugaba con una antigua cajita de música. Apenas hablaban. La niña era su compañía. Pequeña, menuda y risueña, escuchaba el susurro de los árboles del jardín. Unos pájaros bullangueros dispersaban sonrisas. De pronto elevando la carita pecosa hacía la mirada amorosa de la abuela, clavó los ojos de agua clara en la piel antigua. Luego cerró los ojitos y coronó con un suspiro. Pareces una azucena dijo la anciana seria. Abrió grandes los  pozos de estrellas matutinas y regaló una risa. Cascabel de esperanza entre sus labios pequeños, profunda su mirada ingenua. Trató de ingresar sus pupilas creando un túnel de pétalos celestes en la mirada de su abuela. Comenzó a canturrear y de repente…

- Abuela… ¿de color es la letra a?- preguntó inquieta.

- Del color del amor, creo…, un color de caricias de terciopelo, del color de los pétalos de las azucenas que tienen en su altar la “Dama con su niño”.

- ¿Has visto tu al amor? Acaso alguna vez vino a visitarte…- dijo la niña  ingenua.

- El amor, mi pequeña Tiziana, ha venido mil veces. A mi corazón, a mi ventana. Se llamaba mamá, se llamaba José, ese fue mi padre. Un día vino en un alto y hermoso hombre. Lo amé con mucha ternura, fue tu abuelo Fernando. Después vino con rostro de niña. Esmeralda, tu mami. Vino como un varón, tu tío Pedro... como vez, amor tiene el color del recuerdo, puede ser transparente, blanco, verde o celeste como tus ojos.

-¡Ay, abuelita... ¡qué hermoso debe ser mirar con tus ojos! Acaso me ves con el color del amor. ¿Conmigo que color tiene?

- Contigo, mi pequeña... tiene un tono rosado. Piel de caracol marino, tiene color de luna... pero tibia y dulce.

- Entonces tu sabes tantas cosas... ¿Qué sabor tiene el otoño?- dice la  niña  empinada para sacar una hoja seca del cabello blanco que embellece a la  abuela

- El otoño... tiene sabor a setas: pequeñitas, doradas y con mucho perfume. A las hojas que crujen, que protestan porque se han olvidado de ser verde de ensueño.

- Abuelita: ¡declaro que te quiero por eso! Porque sólo tú me escuchas, juegas, conversas. A mamá y a papá los veo tan poco... siempre están  ocupados.

- Para eso estamos  nosotras las abuelas. Amiga de las hadas. Con ángeles que juegan a la mancha y traviesas brujitas... ¡que no son malas...!

- ¿Me las muestras? - dice la  niña  trepando por las piernas de la noble anciana.

- En las noches de luna, tal vez podamos verlas.- y ahora ¿me puedes contestar otra pregunta que me interesa?

- ¡Por suerte tengo todo el tiempo que juntan todos los relojes del mundo!- ve Tiziana , que vengan tus preguntas...y la  vieja sonríe. Se ve del interés de conocer el misterio grandioso que rodea a la niña.

- ¿Qué olor tiene la calesita?- ¿Tiene olor a pororó, a manzanita dulce, a praliné? ¿Tiene olor a infancia?

- Tiene metido adentro caminos interminables que el caballito blanco, con arreos dorados recorre hasta el cansancio.

- ¿Adónde van abuela? - dice mirando con asombro la cara tierna de la mujer.

- ¡Ay mi niñita de mirada de caramelo recorre por países de ensueño. Reflejado en espejos estarán las princesas de los cuentos. Las pequeñas luciérnagas que son farolitos tenues que señalan los castillos y allá van trotando los caballitos de color canela, negros como la  noche. ¿Te has dormido?- La pequeña apoyada en sus piernas sueña. ¿A que mundo de magia ha ingresado Tiziana?

 

LAS ZAPATILLAS DE BAILE

 

            La joven se miraba al espejo. Esperaba que la llamaran para entrar a bailar al plató. Estaba descompuesta; pero igual recordaba lo que pasó.

En la función anterior un público manifestó su desencanto por el retiro de la primera bailarina. Esa famosa joven que vomitaba y vomitaba antes de bailar. En realidad, nadie sabía que estaba embarazada; que la había violado el dueño del teatro entre los trebejos de tramoya y sólo el tramoyista los había espiado. ¡Nunca se atrevería a denunciarlo! Sabía que lo echaría inmedediatamente. Un pacto de silencio empujaba a los empleados del odeón para evitar que cerraran el único lugar donde podían desempeñar su trabajo.

            La bella “Julieta y el hermoso Romeo con sus mayas viejas y ajadas, siguieron bailando hasta completar el ballet. Cuando cayó el telón, ingresó un policía con un médico tinto en sangre. En un callejón cercano al teatro habían encontrado el cuerpo del tramoyista, con la yugular cercenada. Un silencio profundo se hizo en los entretelones del teatro. Nadie se atrevió a pronunciar palabra.

            Se miraron unos a otros. El policía les obligó a sentarse en el suelo y comenzó a indagar mirando a los ojos de cada uno de los personajes del teatro. Un horror atravesaba el cuerpo de los frágiles muchachos. Sabían que se delatarían. Otros, realmente desconocían lo ocurrido con la primera bailarina hoy reemplazada por Jazmín Otero.

            Un arrogante patrón caminaba furibundo entre el personal, con la mirada fija en cada uno, amenazante y sarcástico; no hablen… decía su actitud, que no pasó por alto al Inspector que ingresó tras el oficial de la policía inicialmente interrogante.

            Jazmín, muy descompuesta cayó desmayada. Mirko, la recogió e intentó sacarla del lugar, cosa que fue impedida por el nuevo inquisidor. ¡Esta joven debe saber algo! Y un murmullo se desbarrancó entre los presentes. ¿Ella también?

            El hombre de gabardina negra con oídos acostumbrados a los susurros, entendió que había un secreto conocido por todos. E indagó con fiereza a los presentes. Los fuertes gritos retumbaban como timbales en el teatro. ¿Qué está pasando aquí? Urge que hablen o los arrestaré a todos. El temblor de los artistas era clásico. No Estrabn acostumbrados a enfrentar ese tipo de trato.

            Una voz cansina y trémula dijo: - Hay una posibilidad. Ayer nuestra querida Muriel, se desmayó y hubo que reemplazarla hoy porque está embarazada. Tal vez, el tramoyista tenía algo que ver… era un padre negado.- Y se hizo un silencio gélido.

            -¿Es posible que Muriel o como se llame esa muchacha, sea la asesina? – preguntó al patrón. ¡Si, claro es una mujer fuerte y odiosa! El grupo se rió a carcajadas. ¿Fuerte y odiosa? Si era débil y amorosa, jamás se negó a pesar de que fue maltratada por usted, dijo sin temores  el pianista.

            No pasó por alto el comentario. Bueno serán todos indagados y queda arrestado el señor, dijo mandando al policía a apresar al hombre. Jazmín despertó. Mirko la sostuvo y ella señalando al patrón dijo: Yo pude ver que violó a Muriel, usted es un malvado. ¡Asesino! Gritaron todos. E inesperadamente, éste sacó un pequeño revolver y detonó un tiro en la sien, cayendo sobre el plató. La sangre cubrió las zapatillas de bailes de los artistas. ¡Todas, ahora, eran zapatillas rojas tintas en sangre!

TRISTEMENTE EN LA ACERA


 

Llegué como inmigrante

A rodear la vivera de los sueños.

En una región con paso arrogante y lúdico

Ingresé a praderas fértiles

Oí voces viejas

Susurros.

 

Un olor de violetas creció con glorioso desafío,

Como tormenta azul

Con congoja y tristeza.

Encendí algunas luces, armoniosas y bellas,

Una luna, un lucero,

Una esperanza tierna.

 

Como espía ingresé en la esfera del tiempo

Almacené manzanas

Guardé abanicos y velos

Usé luto umbroso esperando un regreso

Y a la hora del véspero, sólo escuché campanas

Que anunciaban más penas.

 

En el lejano manto del vespertino sueño

Una estrella me busca con lágrimas de madreperla

Oigo voces extrañas

Susurros de antiguas almas, merodeando

 en espera.

Me voy caminando por la vereda gris

Sola, sin luz de ámbar, ni velas.

 

¿Dónde quedará el ensueño de aquella primavera?

He quedado despojada, sin color y sin aliento.

No hay cantares fabulosos de aves de madrugada,

Que atrapen mi desconsuelo.

Estoy triste, es cierto.

Me conmueve el silencio.

¿Será así estar muerta?

 

 


UNA HISTORIA DE ANIMALES

 

"Nunca vimos en los animales de la casa, orgullo mayor que el que sintió nuestra gata, cuando le dimos para amamantar a una tigresita recién nacida"

                  Horacio Quiroga.

                        ¡Claro que para mí fue realmente necesario tomar esa decisión! Como mayor en tamaño y jerarquía tuve que tomar la organización de la casa. Los sucesos eran imprevistos. El incendio nos había dejado todo desbaratado. No quedaba ni corrales, ni abrevaderos, ni siquiera un refugio decente para nadie. Los troncos chamuscados y malolientes de los grandes eucaliptos parecían gigantes agonizando. Yo también tenía miedo. Supe desde el principio que todo era difícil. Seguro...si yo hubiera podido huir, tendría resuelto mis problemas de comida, agua y libertad absoluta. ¿Pero qué hubiera sido del resto? Cada uno miraba desconcertado hacia un lugar distante. Por doquier llamas o brasas ardiendo. Hacía como seis o siete meses que no llovía en la zona. Los vecinos se fueron yendo hacia otros lugares. El río traía un hilo de agua barrosa, y yo fui buscando por dónde podíamos salir del círculo hirviente. Ayudé a los más pequeños primero, luego a las embarazadas, luego a las hembras sin distinción de edad y linaje. Allí todos éramos iguales. El campo era un horror. Nada quedaba verde.  Nada en pie que nos alentara a encontrar ayuda. Pero firme seguí guiándome por mi naturaleza noble. Para algo uno nace con inteligencia y distinción. Nunca demostré dudas, ni miedo. Encontré algunos animales heridos o abandonados. Traté de auxiliarlos dentro de nuestras limitaciones. Me siguieron algún yeguarizo chamuscado, pero fuerte para la tarea que nos esperaba.

            Así pasamos varios días. Una tarde comenzó a soplar una leve brisa del sur. Esperanza de agua...me dijo uno de mis nuevos compañeros de viaje. Miré hacia el horizonte y vi el reflejo de la tormenta que se avecinaba. Nubes de color blanco con bordes grises, casi negro, merodeaba los pastizales socarrados. El ruido asustó unas vacas mañosas. Pero todos esperamos esperanzados el agua. La tormenta fue feroz. Caían rayos por donde quiera imaginar. El grito de animales salvajes nos ponían los pelos de punta...sólo eso nos faltaba. Pumas, gatos de las rocas, zorros y jaguares que trataban de acercarse a nosotros. ¡Claro éramos carnes frescas para su hambre silvestre! Mi responsabilidad era salvarlos a todos. Subí una pequeña cima, sobre la llanura y observé un grupo de animales peleando sobre una tigra herida. Arrojé unas piedras de una patada y cayeron cerca de los carroñeros. Era tarde. La tigresa había muerto. Una cría pequeña estaba debajo de su cuerpo destrozado. Los merodeadores daban vueltas cada vez más cerca. Pero como pude tomé a la pequeña y la llevé hasta nuestro grupo. Allí estaban todos sorprendidos. Me respetan tanto que nadie opinó. Otro más para compartir el agua y la comida. Me acerqué a Perlita, nuestra gata que traía sus dos crías con ella. ¡Son increíbles madres las gatas! De inmediato tomó a la recién parida entre sus maternales patas. La limpió con esmero con su lengua áspera y delicada el cuerpo amarillento y húmedo. Algunos animales de la casa se acercaban a ver cómo era ese nuevo huésped del grupo...que sorpresa les daba ver a Perlita amamántala con tanto amor. ¡Qué orgullo sentíamos todos! Comenzó a llover, diría que diluviaba. Eso era lo que esperábamos para que todo volviera  a la normalidad. Pasado el tiempo, y viendo que ya era prudente, regresamos por el camino andado hacia la estancia. No fue bonito ver como quedó la casa, pero al vernos, mi dueño, se abrazó a mi testuz y lloró largamente. Nada le quedaba del campo, pero yo su "Tordillo" le había salvado a todo los animales  del incendio. Hoy le cuento a mis nietos, en el corral nuevo, cada vez que me rodean y preguntan:

 - Abuelo...contanos cuando la Perla crió a la tigra, esa que después quiso comerse al amo.- ¡Y yo les cuento, es cosa de animales jóvenes, que le voy a hacer! 

                                                                            

 

LA MISTERIOSA DESAPARICIÓN


 

            Alfredo exitoso coleccionista de monedas antiguas, había logrado que lo invitaran a una subasta excepcional en la capital. Viajó en un tren que parecía un carromato diluviano. ¡Este país debería renovar el sistema ferroviario! Pensó hasta quedar dormido por bamboleo de vagón.

            En el asiento frente al suyo, viajaba un joven muy acicalado y al su lado una mujer de mediana edad, que aparentaba ser su madre. Despertó cuando sintió el sofoco producido por los vecinos, que creyendo que no despertaría copulaban con descaro y para sorpresa, haciendo verdaderas acrobacias para no salir de sus puestos. Cerró los ojos y los espió con discreción. ¡Qué creaturas más raras! Indudablemente no eran madre e hijo, sino una simple ramera que atrapó a un joven inexperto; bueno no tanto.

            Cuando hizo amagos de despertar se sentaron como dos desconocidos sin dar indicios de lo que había ocurrido minutos antes. Más, le ofreció, la mujer un bizcocho de anís, que según expresó había horneado esa mañana antes de partir. Alfredo declinó en convite y agradeció cortés, pero mirando fijamente al muchacho que con una sonrisa socarrona la miraba de soslayo.

            El tren se detuvo en Rincón Lejano y la mujer saludó amable y descendió como si fuera una cándida señora de hogar. El vecino sacó un libro de leyes y se dispuso a estudiar. No miraba a Alfredo. Quien observó la ropa manchada del muchacho en cierta zona del pantalón, lo que le hizo reír para su interior. Pasó un tren del lado contrario que lo distrajo. El estudiante, se paró y salió del vagón rumbo al sanitario. Miró el libro y leyó el título: Ética profesional del abogado. Se le escapó una risotada.

            Cuando ya llegaban a la capital, el joven sacó de la parrilla superior a su asiento una valija mediana y una mochila tipo militar llena de libros. Lo saludó y escapó hacia el andén. Saltó y desapareció.

            En la subasta Alfredo comprendió que había una dificultad terrible para evitar caer en manos de timadores. Los “Palos blancos” trataban de aumentar los precios de las piezas en forma astral. Alfredo, sólo pujaría por una moneda de plata del siglo XVII; que faltaba a su colección. Las había más antiguas, de oro y de cobre; de materiales y lugares raros, pero él, sólo coleccionaba de la región de los Pirineos, ya que de allí, habían salido sus antepasados.

            Cuando llegó el entretiempo para comer, salieron muchos personajes que se notaba de lejos, que eran contratados por la empresa de subasta. Los verdaderos coleccionistas, se agruparon en un conocido bodegón cercano para hablar sobre sus “Joyitas”. ¡Qué disfrute! Estaba un anciano francés que coleccionaba antiguas monedas romanas; un árabe que buscaba de la época de un Rey Persa, un español, gozoso de su enorme colección de monedas de la antigua región ibérica del siglo de Oro. Comieron cada cual a su placer y bebieron juntos un buen vino tinto Cabernet Sauvignon, que abonaron en conjunto. Regresaron a la sala de subasta y ¡OH, sorpresa! Había un coche policial que les impedía ingresar.

            Ansiosos por conocer la causa, un agente les explicó que habían encontrado al caballero que marcaba el martillo con un cuchillo clavado en la espalda; que faltaban las piezas del siglo XII de Oro y que alguien al pasar había visto salir a un joven muy acicalado con un libro de Derecho bajo el brazo.

            Alfredo, recordó a su compañero del tren. Y abrió grande los ojos cuando vio subir a un taxi a la mujer que le ofreció el bizcocho de anís en el vagón. Se tocó el bolsillo de la chaqueta y descubrió que cuando se había quedado dormido le habían sacado una tarjeta donde estaba la invitación a la subasta.

            ¿Qué podía hacer? Si le decía a la policía podían dudar de su inocencia. Y si callaba se sentía cómplice. Finalmente, los hicieron ingresar y les tomaron a todos las huellas dactilares y una fotografía, luego les avisarían. Él, se acercó a la vitrina y vio que faltaba la moneda por la que él, iba a subastar. Una arruga en el entrecejo y un guante sobre una silla, lo impulsó a mirar tras la vitrina y la vio caída en el piso, junto a la pata de la mesilla del cobrador. ¡Estaba manchada de sangre! Si la tocaba, seguro dirían que él fue. Llamó al inspector y le mostró su encuentro. Los muy malvados le habían querido tender una trampa.

            Su instinto y el no ser avaro lo salvó de un verdadero desastre. Saludó a todos los coleccionistas y partió rumbo a su pueblo. Ya habría tiempo para conseguir otra moneda igual.