martes, 31 de enero de 2023

EL TRAPECISTA

 


            Anatol se escapó de su dacha una siesta de verano. Corrió por la vereda empedrada hasta la calle donde viera una enorme carpa desplegada en el descampado que dejara la guerra. Allí del mil colores una enorme construcción, para él, maravillosa, se abría a la curiosidad de la gente. Se escondió entre unos carromatos y esperó.

            Al atardecer, comenzó a llegar gente que se detenía en una casilla donde un pintoresco payaso abría una boca grande y por ahí, pasaban un papel y la gente dejaba un rublo.

            Se deslizó por debajo de una tela rústica y pesada. Entró como un invasor. Desprevenidos sus padres que regresaban del campo no advirtieron su ausencia. Comieron sopa de col, como todos los días e imaginaron que Anatol, andaría vagando por el campo buscando nidos y huevos. Él, estaba dentro del circo.

            Cada cosa que sucedía allí, lo dejaba extasiado. Abría los ojos y la boca sin emitir sonidos, escondido debajo de un banco de madera. Allí quedó quieto. Un atronador tambor llamó a silencio al escaso público. Una luz se elevó al centro de la carpa; ahí suspendido como un ave estaba un joven de figura atlética haciendo piruetas y movimientos elásticos que lo hacían volar por los aires.

            Anatol, vio que debajo había una red, pero no le puso mucha atención, ya que quería ver las volteretas y formas que creaba el muchacho. ¡Eso haré yo cuando crezca! Y soñó.

 

            Pasaron diez años y Anatol se fue. La gran ciudad lo recibió como recibe a los inocentes. Se lo tragó. Tenía apenas quince años y muchos sueños. Buscó trabajo en una fábrica y comenzó a indagar dónde había una escuela de trapecistas. Y en ese momento encontró una que estaba en un centro comunal del partido. Se inscribió y al comienzo fue duro el entrenamiento, pero más tenaz que hábil, logró llamar la atención de un profesor que lo tomó bajo su mano.

            Luchó para ser el mejor. Así llegó pasando de etapa en etapa hasta llegar a ser el mejor trapecista del instituto. Él, no sabía de política ni de poder, sólo de sacrificio y esmero.

            Una mañana lo visitó el comisario del partido y le propuso representar a su país en una olimpiada en Alemania. Pero el soñaba con ir al circo. No tuvo alternativa y por primera vez, viajó en avión, representó con excelencia la bandera de su país. Ganó una medalla de oro. Lo llenaron de honores cuando regresó a su país. Cuando un periodista le preguntó cuál era su sueño, él, dijo ser trapecista del circo. ¡Entonces, lo llevaron como el soñaba y realizó unas largas temporadas de país en país, de pueblo en pueblo.          Un día llegó a su pueblo. Buscó a sus padres…ya no vivían ahí. Cuando estaba en lo alto del trapecio; vio a su madre y a su padre que lo miraban asombrados sin reconocer a su hijo perdido. Se distrajo y cayó. ¡Gracias a Dios había una red debajo que contuvo su cuerpo! El grito fue enorme. Su madre lo había reconocido y corrió a abrazarlo entre los hilos de soga que sostuvieron su cuerpo. Un beso infinito lo envolvió y lágrimas de ternura cubrieron el cuerpo del trapecista más afamado del país. Anatol, no quiso seguir en el circo porque sus padres ya estaban muy ancianos y lo necesitaban.

 

LOS ACANTILADOS

 

La buaturé seguía por la angosta carretera de cornisa. Dentro viajaban los oficiales de la GESTAPO. Sus uniformes impecables, dominaban el espacio y las manos lechosas de los jóvenes militares, contrastaban con el rubor de sus mejillas. Eran casi niños. Ya habían muerto en batalla los viejos combatientes de muchas contiendas. Heber, había salido de sus últimas cátedras de física en su ciudad: Berlín. Su madre había llorado varios días y en las noches caminaba como un sonámbulo dentro de su habitación. Él, creía en las palabras del Führer y se entregó maravillado a su trabajo. Otto, era rústico y desconfiado. Miraba con resignación esa tarea que no le gustaba. Añoraba su granja, sus tropillas de caballos y yeguas, que largaba en los alrededores del río. Frank, era muy religioso. No hablaba y leía obstinado su Biblia.

El camino se fue estrechando y comenzaron las rocas multicolores y los precipicios, el chofer era un regordete anciano, que dejó su familia obligado. No quería entrar en esa vida. Su ropa era estrecha, le dolían los pies, con las botas viejas y muy usadas que le habían proporcionado. Además, fumaba unos extraños cigarros de un olor a muertos espantoso. Frank, le dio suavemente la orden que dejara de hacer eso. Fumar. Él, se le rió en la cara. Mire Niño, yo hago lo que quiero. Ya no tengo edad para disparates. No supieron cómo actuar, era falta de experiencia y no sabían lo osados e inescrupulosos que eran otros oficiales de la GESTAPO.

Al llegar a la orilla de mar, pero sobre una carretera que bordeaba cerros y viejas montañas, el auto se detuvo. ¡Debemos bajarnos señores! Los neumáticos no resisten el peso.

Otto, sacó su luguer y puso punto final al chofer. El viejo despatarrado, quedó sobre un costado. Heber se alejó, estaba fuera de si. Nunca pensó que ese muchacho, haría algo tan desopilante. ¿Mataste a un servidor de la causa? No obtuvo respuesta. Sólo escuchó la voz de Frank diciendo: Ahora el coche rodará con menos peso.

Esa locura lo sobrepasó. Heber comenzó a discutir sin pensar la reacción de sus compañeros. En el camino, entre los vientos fuertes y el movimiento de los pinos, se oyó un balazo. El cuerpo inerte de Heber, cayó por el acantilado y quedó extendido en la orilla del mar. Las olas cubrirían su cuerpo y con lo que ocurría en la zona, pensarían que había sido algún enemigo del régimen.

El coche siguió su derrotero, ellos tenían que ir a cumplir con la consigna final. Matar al Führer.

PALOMA

 

Estaba asombrada. Caminaba como un gato, como felino buscando una presa. Era un momento de sostener esperanzas. Gastón le había llamado pidiéndole una cita. Esa tarde la estaría esperando en la confitería de la plaza mayor del pueblo. Era la primera vez que se verían a plena luz del día. ¡Era muy extraño! Él era casado y siempre se lo dijo. Nunca ocultó su estado y su compromiso.

Lo conoció en una reunión de pequeños comercios de la zona, donde se reunían los propietarios de negocios que dependían de si mismos. Nadie los presentó, pero apenas se miraron ella sintió que algo los unía. Su amiga Magdalena, que creía en otras vidas, cuando le comentó, le dijo muy suelta de cuerpo: "En otra vida ha sido tu amor".

Paloma no creyó en eso. Se acercó el hombre y con una sonrisa le dio la mano dando su nombre: Gastón Fernández. En su dedo brillaba la alianza de oro. No cabía dudad que era casado. Ella, no se hizo problema. No lo veía como a un ser "conquistable". Fue él, el que en los momentos de descanso la buscó y charló sobre mil cosas. Era agradable. Gastón le dejó la tarjeta y ella, casi como por obligación le entregó la suya.

Paloma, es la secretaria de una empresa grande y su jefe, le había solicitado lo reemplazara en esas inútiles reuniones de trabajo. No se arrepintió. Conoció a algunas personas interesantes y escuchó atenta opiniones tan dispares, que salió a punto cero. Nada que se pudiera aplicar a la empresa.

Una semana después recibió un llamado de Gastón. Le pedía unos datos del mercado y la bolsa. Ella le mandó por fax datos y comentarios breves. Dos días después él, le llamó para hablar y charlaron como veinte minutos. Sus compañeros se miraban asombrados. Ella nunca había usado del tiempo de trabajo hablando de cosas intrascendentes.

Pasó una semana y le llamaba día por medio. Le contó de la enfermedad de su mujer, de su perro que tenía un problema de salud, de su cocha al que quería cambiar por uno más nuevo. Ya parecían amigos de toda la vida. Ella le contó que estaba lejos de su familia, que había venido de otro pueblo a ese para tener mejor trabajo y un sin fin de detalles personales.

A veces filosofaban. A veces se reían con alguna noticia estrafalaria del medio. Pasó el año. No se habían vuelto a ver personalmente. Ella se fue de vacaciones a su pueblo y le contó a su madre la amistad que tenía con Gastón. ¡Ten cuidado hija, puede ser una mala persona! Mamá, si nunca nos vemos, solo hablamos por teléfono. Además fue sincero y no ocultó su matrimonio. ¡Bueno, pero cuídate, no es muy normal que no se vean y solo hablen! Bueno mamá, seré cauta.

Cuando regresó ella lo llamó. No atendieron el teléfono. Dejo un mensaje de voz. Y por varios días no la llamó. Cuando lo hizo, estaba muy consternado. Su esposa había tenido un ataque y la tuvo que internar en un sanatorio. Pero le pedía disculpas. 

Por eso esa mañana, caminó con cautela, pisaba sobre las calles con pies alados, apenas si sus sandalias, dejaban huellas en la vereda. Llegó a la confitería y tras los vidrios, lo vio. Parecía cien años más viejo. Su cabello castaño era un ralo mechón blanco. Entró y se dirigió a la mesa donde revolvía sin descanso una cucharita en la taza de café. Parecía perdido. Se paró y le corrió amable la silla. Ella se acomodó y sin más ni más, él, le tomó las manos y se puso a llorar.

¡La tuve que ingresar en un sanatorio para enfermos mentales crónicos! Ya no duermo pensando que esa hermosa mujer que amé, amo y amaré siempre está encerrada entre cuatro paredes sin otra meta que la soledad interior y exterior. Paloma, se sintió amargamente sola. Ella estaba allí remplazando a una alienada. De alguna manera su madre había tenido razón. Él, se aferraba una mujer joven sin ofrecer ningún tipo de compromiso, ni amor. Miró a su alrededor y vio un sin fin de seres solitarios que leían el periódico, fumaban y tomaban café o bebidas con alcohol. Su corazón esperaba otra cosa. ¡Tal vez, el amor que soñaba!

Hablaron un rato y Paloma, le dijo lo que sentía. Él, la miró un rato y sostuvo que nunca le había dado esperanzas de otra cosa que una gran amistad. Ella se paró, se arregló la falda, le dio un cálido beso en las mejillas y le dijo: "Nunca más me vuelvas a llamar, quédate rumiando tus desgracias, yo lo haré con las mías. Adiós." Y como una paloma de la plaza alzó vuelo hacia la soledad de su vida.

LIBERATO

 

 

Estaba galopando, agazapado en la orilla de un cielo infinito. El odio lo consumía. Receloso de furia e inusitada sed de venganza. Su caballo vuela y vuela una arista deshilachada de su poncho viejo. Solo, el hombre, regresaba de comprobar que los salvajes, le habían "cuatrereado" la hacienda. Seguro la llevaron por el valle a Chile. El viento, en el naciente, la tierra que levantaban los cascos de otros potros de los salvajes, le alimentaban la sed de venganza. Su poca tierra, era como un arcón de suerte abandonada. Gastada por la perversa miseria de los hombres de campo de los límites de los nativos. Liberato, arracimaba camino al infierno, que indiferente, lo dejaba hambriento y sediento. Hombre solo. Los salvajes, rompían y quemaban las taperas dejándolo más solo. No podía tener una mujer que le diera una familia. La primera que llevó la llevaron ellos, y desapareció como un fantasma inalcanzable. ¡Pobre hembra! ¿Qué habrá sido de ella? Sabía que les arrancaban la planta de los pies para que no escaparan. Las maniataban y les pegaban por ser blancas y cristianas.

Siguió galopando, sin esperanza de futuro, galopando el inmenso espacio marginal de la pampa. Gaucho olvidado, solo. Una piedra, u eucalipto, un pájaro emigrante. Vio a lo lejos una recua de mulas y caballo. No eran de los salvajes. Eran criollos como él. Parpadeó y con la mano hizo un gesto de visera para ver mejor. Tuvo miedo. Pueden ser cuatreros, a mal lugar han venido a robar hacienda, no queda nada.

Se llevó la mano a la cintura, donde tenía un arma. Pero al acercarse el grupo, pudo ver que era gente vestida con ropa de otra laya.

Se detuvo. Aparejó el caballo que salivaba y transpiraba como un humano. El ocaso asomaba desde el este y se iba cubriendo la campiña con colores de gloria. Hizo pie, se apeó con las dudas y la curiosidad de los hombres de la tierra abandonada. Había creado una suerte de refugio con carpas y palos. Escuchó los arpegios de una guitarra silenciada por las coces de los animales en la tierra. Comenzaba el monte a estar sombrío. El sol, pensó, que enamora los árboles y los pájaros, se duerme para dar paso a la noche. Atrapando los sonidos de animales agrestes y salvajes, como esos salvajes que se robaban todo. Él, era una mezcla rara. Sus tatas eran gringos de una Italia lejana y su madre era "India", rescatada por unos vendedores de armas a los salvajes. La cambiaron por dos Rémington, y la llevaron como aun animal más de la tierra. La pobre se acollaró con su tata que la cuidó y defendió del la ferocidad de algunos contrabandistas. Él, Liberato, era una mezcla rara. Flaco, enjuto, ralo, rubio de ojos celestes y pelo como crines de azabache, terco y vengativo.

Se acercó como un puma, silencioso y esquivo. El fuego le daba un color especial al que había puesto un trozo de carne a asar en una suerte de espadas. Mano a mano vio que bebían de un mate, cuyo sabor él, aun no conseguía apreciar. ¡Cosa de "indios" había dicho su tata! De la grupa del jamelgo sacó la cantimplora con agua del río. Estaba aun fresca y dulce. Le ofreció al que tocaba la guitarra. Bebió en silencio y lo miraron extrañado. ¿Quién se atreve por estos pagos? Soy Liberato... simplemente Liberato, dueño, era de una tropa de ganado que se llevaron los salvajes.

¡Nosotros, venimos desde la ciudad, enviados por el ministerio, para atrapar a esos renegados! El gaucho echó a reír, era una mala idea atrapar a esos hombres que ya habrían atravesado la cordillera y estaban en el otro lado. Se sentó junto al fuego y de su faja, sacó un puñado de billetes. Pago por un trozo de esa carne y por aguardiente, si tienen. Y se rieron a carcajadas los otros. Todo esto es gratis, lo paga el ministerio.

Liberato se quedó serio, y dando un soplido dijo: "Yo no acostumbro a que nadie me regale nada". O pago o sigo mi camino. Los otros se miraron sorprendidos. Pero bueno hombre serían... se miraron. Veinte billetes de los nuevos. ¿Qué, de qué nuevos me hablan? De los que ha inventado el nuevo presidente. Mire. Y pasaron unos flamantes papeles de color con la cara de un hombre de bigotes y barba. Liberato, se despidió. Me voy, dijo, quédense ustedes intentando lo imposible. Los salvajes ya no están en esta tierra. Montó su pingo y galopando siguió atrapando los sonidos de la noche. Se alejó pensando con más odio en los que no sabían cómo era la vida en esa zona de salvajes.

lunes, 30 de enero de 2023

Hubo otro tiempo y...

 

 

No hay futuro me dijo

un pájaro agorero con mirada de arpía y

yo metí las manos

en el agua sonriente del río de la vida.

Olor de incienso me transmitía tu mirada.

 

Allí te encontré

pintado el rostro con ceniza

te miré en el espejo

detrás, donde el candado escondió las respuestas y

recordé tu nombre             tu zodíaco pétreo

que agoniza en silencio con el pueblo olvidado.

 

VIEJO MANUEL

  

            En la oscuridad brilló el cerillo con luz roja hasta perderse en sombras de humo azul. Estaba apretado contra el muro de piedra, como cobijándose de un chubasco inexistente. Envuelto en la noche sólo se oye el rumor de algún paso lejano en los corredores solitarios.

            Ya no era Manuel el que miraba interrogando las sombras, era otro. Encendió otro cerillo y paneó alrededor con admiración y sorpresa. No había nadie. Otras veces había guardias que lo jaqueaban con sus batas blancas y ojos cetrinos. Ahora buscaba a Violeta que seguro no estaba tuberculosa y viviría para cantar o a Lucía para evocar la escena de locura o Julieta cantando en el balcón para él. ¡No puedo! Han pasado las doce y el carillón del parque no ha sonado como todos los días.

            La luz titila en su mano temblorosa. Se agazapa escondiéndose de sus perseguidores. Tiene puesta la capa de la obra que interpretó hace muchos años. “Hamlet”. Se desliza por el pasillo y abre una puerta con protesta de metal. Ingresa y la mirada perdida desplaza una visión fantasmal por la habitación. En un lecho duerme un hombre tapado con un hilachento cobertor blanco que desentona con el gris que los envuelve. Manuel se acerca, le tiembla el pulso cuando toca la frente húmeda del yacente, éste se mueve y alarga una mano vendada buscando algo. “Tartufo” acá tienes tu pan. Tal vez el alimento que no te han traído hoy, te creen moribundo. Te han olvidado en la espera. El viejo le entrega un bollo que escondió entre sus ropas y sale casi como un alma en pena.

            El hospicio es frío y oscuro. Todos son forasteros de tiempo, que están allí por designio del destino, no es una penitenciaría pero lo parece. La soledad envuelve a cada interno. Forzados a ser nada por un descuido de su familias están esperando la libertad final. ¿Todos son desperdicios humanos? No poseen nada y eso atrae la soledad y la desidia del mundo indiferente.

            Acorralados, detenidos en una nada de estratégica espera; buscan la escapada última. Son simples cosas, son los “viejos” que van declinando en el espacio y el pasar de los calendarios y relojes.

            Dulce muerte que llega siempre a tiempo en primavera. Es paradójico pero mueren siempre en primavera. Manuel, otrora gran tenor, canta cuando puede y escondido en un armario tras la puerta de un salón, para que no le den esas medicinas que él escupe cuando sale la matrona de las llaves, a su encuentro. Es el cancerbero de la honorable sede de gerontes olvidados. Siempre de blanco inmaculado el uniforme, sin arrugas y afeites que la transformen en humano. Su nombre es Dorotea, pero nadie la llama así. Señora Tremon a secas. El médico del Estado viene dos veces por semana y sólo asiste a los que presentan dolencias fatales. Moribundos silentes. Revisa apenas a los a que están exánimes. Deja junto al camastro, con una cinta con goma sobre la cabecera, un papel con el nombre de algún calmante u otro remedio que nunca llegará a tiempo. No los toca, no los ausculta, no los ve. Sólo se detiene en los que ya son un despojo. Tiene que correr a otro nosocomio y tiene 60 turnos dados por otra enfermera inhóspita.

            En la mañana del jueves quince de diciembre Manuel despierta con un suave cosquilleo en la espalda. Tiene una pequeña saliente en los omóplatos. Pasan los días y cuando canta “Trovatore” o “Cosí fan Tutte” le crece y al pasar varias semanas, la señora Tremon trae al doctor, está preocupada. Ha visto que en la espalda del viejo Manuel hay pequeñas plumas de color ambarino, que pasan a ser un objeto indeseable en la institución. ¡Son un hermoso par de alas” dice el doctor sin pestañear! Si bien no es común, en los viejos artistas soñadores puede suceder que le crezcan alas.

            Los corredores se han iluminado y ya no hace tanto frío. Es verano. Manuel emprende un primer vuelo por el patio. Luego ensancha el horizonte y desaparece como Ícaro volando hacia el sol, cantando, siempre cantando una ópera de su repertorio.

VIEJA HISTORIA IMPOSIBLE

 

            La calle es como un escondite de hierbajos lóbregos. Silba el viento entre las ramas desprolijas de los eucaliptos. Un paredón taciturno marca el límite de las casas deshabitadas con el bullicio de la ciudad. Detrás de ese toldo manifiesto de destierro, ruge la vida con furiosa porfía. Es viernes y cada cual busca acabar con sus tareas.

            Yo estoy ahí, perdido en mis cavilaciones. Solo. Hace tiempo que he perdido el deseo de arrimarme a la otra orilla. Sé, que envejeceré distanciando la temporada de prosperidad en reiteración de nada. Transformaré el mutismo en castigo compartido con los que se han ido. Narela ya partió. En su figura de obstinada dignidad, comenzaban a aparecer los márgenes de lo previsto.            Una sutil delgadez, le imprimía un desvaído rosa parafinado a su piel translúcida. El cabello, otrora negro, brillante y despeinado, comenzó a tornar en un opalescente gris. Antes, caían sus rulos por la espalda, configurando sus caderas firmes y maternales. Eran dulces cintas que procuraban llenarse de luces del arco iris matinal o vespertino. Narela era hermosa y ella lo sabía. Todos lo sabíamos y la rodeamos de exquisitas atenciones.

            Todo el tiempo en que se dejó amar en esta casa sombría, se desplazó con dilatada alegría. Un día vi sus ojos demasiado verdes para ser de una mujer tan nuestra. Tan humana. Sospeché que el tiempo se acercaba. Limité mi necesidad de aferrarme a quien yo sabía no era mía. Mis años, me han argumentado que el futuro está cerca. Que la dueña, esa intrépida impía se avecinaba sin piedad hasta mi dominio. Mi cuerpo se preparaba para el orco que supe conseguir a través de la vida.

            Soy un auténtico ruin. Un pérfido. Un mentiroso. ¡Pero ella era una corzuela llena de belleza! Atrapada por el lodazal del salvaje que le mostró ternura en su desamparo. No supo nunca en qué trampa caía. Y yo, miré la celada que la enredaba y no hice nada. Traidor. Soy y fui un traidor, lo acepto. Ahora observo detrás de los cristales ahumados por el polvo y ya no puedo hacer nada. No retrocedo. Miro.

            La calle cobra un inusitado movimiento. Viene por la grava trabajosa, un coche. Los caballos, tienen espuma en toda su piel, por el paso persistente que le imprime el látigo. Los belfos, húmedos aceptan sin despojarse de los hierros ajustados que marcan su camino. Amé siempre esos animales nobles y distinguidos, de alzada perfecta, crines al viento en su marcha forzosa hacia algún destino. Eran parte de mi vida.

            Se detienen en mi portal, la herrería amohosada, disimula mi presencia. Quisiera huir, pero algo me detiene. Giro sobre mis cansadas articulaciones y me acerco al sonido disparatado que se avecina por las piedras irritadas del camino del frente. Hay un hombre. Sostiene las riendas con fuerza y se agita observando por los vitrales muertos que aun sobreviven. Se abre la puerta, pesada maniobra que se produce un esfuerzo vital que ya no poseo. Me empuja. Trae una carta amarillenta al aire como trofeo de guerra. El sello, que conozco, me hace sonreír. Se distrae mirando hacia el balcón del rellano, donde una fugaz sombra se desliza urgente. Desaparece. La sombra. Otra vez la sombra. Desaparece a tiempo, para que el caballero suba urgiendo su encandilamiento.

            Busca. No hay nadie, digo. Hace tiempo que no hay nadie. No me oye y comienza a abrir las puertas, los cajones, las celosías que seden y se caen podridas en el pasto del jardín muerto. Todo está muerto. Rebusca en los muebles, el secreter y las trampas que sabe tiene el viejo moblaje. Se enfurece. Embutido en una cómoda enclenque, encuentra un escondrijo y atrapa las cartas, envueltas en cintas de terciopelo añil. Aquí están, dice. Y yo me lleno de bochorno. Ha logrado inmiscuirse en el pasado. Arrebatado, baja las escaleras, que se van desplomando a su carrera. No vuelve el rostro atrás, si no, vería que me deshago en polvo. Porque de polvo estoy hecho para confundir a los que se atreven a ingresar en el mundo de lo arcano. Narela, se acerca a la ventana. Mira al esforzado jinete. Sabe que nunca encontrará a quien lo envió a la casa. Ella quisiera mostrarse. No puede. Ya es imposible. El sol oculta tras la casa la luz y una sombra se escurre entre los árboles que gimen en la noche. Otra vez es viernes.