viernes, 3 de febrero de 2023

“LOS SABIOS NO HABLAN, PIENSAN los NECIOS NO PIENSAN, HABLAN”

 


Es menester que pensemos antes de hablar.

Nos llenaremos de odas, sonetos y poemas

Nuestras manos abrevarán en las hojas en blanco

Con tintas multicolores y con sangre derramada

Seremos fantasmas inquisidores de la muerte.

Seremos inquisidores de la Vida. Magos.

Caballeros y heraldos de la palabra hermosa

Testigos inoportunos de lágrimas amargas

Nosotros caminaremos entre huellas escritas

Cual runas, nuestras letras bailarán al son de la lluvia

O caerán como caireles de fuego y azufre

Un volcán se elevará con humo entre pájaros negros.

Caerán en el profundo pozo del silencio. Letras.

Palabras que anuncien la primavera y los brotes

El amor simple de los simples jóvenes amantes

Un día nos quedaremos con los libros de arena

Las páginas vacías, los estantes ocultos sin tiempo

Silencio. Silencio. Silencio y piensa. Crea, ahora crea.

 

EL FAMOSO ACTOR


 

                                 ¡Sano está, Betsy, aún vivo, aunque con permanente tratamiento psicológico! Luego el regreso al infierno. Ella se fue al campo con los chicos; le solía llegar con estrellitas de televisión, modelos y hasta campeones internacionales. Le traía como siempre dinero a caudales y joyas...en fin los autos eran modernos y ágiles.

                                  Partía, dejando la rara sensación de un tornado, donde los rayos de sol atravesados de oro...y fulgor marcaban de olor a perfumes francés que atrapaban el olor nauseabundo al hashid o el opio. Hace unos  días la golpeó la noticia que vino a su tranquilidad como el volcán ardiente del horror.”El playboy, había matado con su Ferrari una familia de cinco personas”. La policía cuando llegó sorprendió al hombre con una despampanante travesti, totalmente dormidos por la dosis...

                                 ¡Ahora lloras y gimes como un animal acorralado entre el lujo, la lujuria y la caída, que será aún más dolorosa!

                                  “Recuerda que Dios no ha muerto”, como tu sueles decir a viva voz cuando en medio del glamour de tu fama, de los flashes, de fotógrafos y paparazzi, la lluvia  de billetes que trae y lleva el uso y tráfico de drogas, vociferas como llamando a los dioses...y al destino. Pensó.

                                   Cerró la puerta  del automóvil y se quedó llorando. ¡Al final lo habían condenado! No bastó todo lo que les habían pagado a los abogados penalistas. Un enjambre hambriento de flashes y micrófonos; seis cuervos los había rodeado como una gelatina ácida y pringosa. ¡Culpable! ¿El más notable de los medios para lograr la representación de los famosos? El, con su aplomo de modelo de pasarela, que atraía como luz a las, mariposas del yetset, esas muchachas (cada vez más jóvenes) que con cuerpo de vestales y caras de muñecas de porcelana, se abrazaban a su fama y su dinero. Ahora preso en la  cárcel... ¿Con los presos comunes? No lo soportará, pensó y se tocó los anillos de esmeraldas y brillantes que le habían regalado cuándo les nació la    primera  hija. Recordó a esa pequeña... había nacido discapacitada y a las pocas horas había muerto. El médico sentenció... “Es por el uso de cocaína, efedrina y heroína, que la bebé  nació sin cerebro...” Lloró mucho, pero adoraba a ese hombre que la  llenaba  de joyas, pieles, fiestas y viajes a lugares de ensueño. Es cierto pensó, secándose unas lágrimas de plomo derretido que le caían heladas por la cara agrietada por la  angustia, muchas veces tuvo que huir de los golpes cuando él, estaba ido. Luego vino un descanso. Fue cuando lo denunciaron por primera vez, había violado a una menor y el no recordaba nada. El juez ordenó su internación. Vinieron algunos años hermosos. Nacieron los dos hijos sanos.

                                         El coche se deslizaba por la gran avenida. Iría a buscar al hombre con más poder del país, que sería quien los ayudaría en este momento. Sí, seguro que la recibiría como siempre en el salón azul-dorado. Seguro que tomaría el teléfono y con dos o tres palabras al juez, quedaría internado en una clínica por demás conocida; sí, seguro que los medios suavizarían la agria historia... con suerte y el dinero, siempre habían comprado tanta gente.

                                           Ya se acercaba el automóvil a la gran casa..., le llamó la atención el poco movimiento y el silencio. Paró el chofer y se les acercó un hombre de vigilancia. Lentamente bajó el vidrio de la ventanilla. El uniformado se acercó luego de hablar por radio.

                                           ¡Lo siento señora, el presidente, no la puede recibir... y ruega que no lo importune!

                                            ¡Arranque, vamos... miró hacia el cielo y vio un sol, anaranjado y rojo sangre! Y vio un sol, que se ocultaba ostentosamente entre las nubes... ¡Dios se ha despertado, pensó!

                                          ¡Ahora tendrá que ocurrir un milagro... cerró la ventanilla, también los ojos y comenzó a rezar!

 

 

 

OJOS, OJOS, OJOS

 

Zoraida, miró por la ventana desde donde podía observar qué hacían los niños. Sus mellizos de seis, Elenita de cuatro y la beba de dos. Jugaban bajo el sol tibio de la mañana. Ella trajinaba ollas y sartenes para llegar al medio día con esos exquisitos olores a hogar de campo. En realidad no tan de campo, pero los frutales daban la sensación de estar en un predio campestre. Peló las patatas y las cortó en cuadrados pequeños para hacer una buena tortilla. Del gallinero, a las seis de esa mañana había ido al fondo, en ese gallinero medio improvisado que había construido Donato, recogió huevos frescos.

Miró por setecientas veces por la ventana y todo era normal, las risas y juegos, le llenaban el alma. ¡Sus hermosos hijos! Eran el motivo para seguir viviendo después de los largos períodos cuidando a su madre con Hailzalmer. Su padre, que había perdido el trabajo después de la juega del 85, había caído en una depresión que lo llevó a la tierra en un coqueto parque jardín lejos de su casa. Volvió a mirar y todo seguía igual. Quieto o mejor dicho, hilarante.

Sonó el siembre, salió a buscar un sobre que traía el cartero para Donato, firmó una planilla y oyó los gritos. Salió corriendo. Mamá la nena, no respira gritaban los mellizos, Elenita lloraba desesperada. El cartero entró corriendo y sacó a la beba del agua. No respiraba. Esa pequeña pileta de lona se había transformado en un instrumento de terror.

Cuando llegó Donato, ya la habían llevado al sanatorio. Estaba muerta. La bebé estaba muerta y Zoraida, entró en un estado de shoc inimaginable. Alguien la inyectó con un sedante. Donato, con un profundo dolor se hizo cargo de todo. Los mellizos y Elenita se habían quedado con su madre, que ya añosa, no podía lidiar por mucho tiempo con los niños.

 

Me mira un ojo en el crepúsculo de la campiña. No hay nadie. No puedo hablar. El ojo sigue ahí y me persigue. Se agranda, es ciclópeo, se agiganta. No me toque. ¿Usted ve el ojo? ¡No, mejor! Porque a veces se transforma en una aguda cuña e ingresa en mi boca hasta la profundidad de mi cuerpo. El ojo ve el aire que penetra levemente celeste, como el agua de una piscina, y luego se oscurece. Es azul. Es índigo. Llega a ser rojo y solazarse en su mirada penetrante. Me mira. Un ojo. No me toque, no quiero esa medicina que me obligan a tomar. Pierdo el itinerario del ojo. Se escabulle entre las habitaciones y mira. Mira como escudriñando a los niños. Pero también se detiene a los pies de mi cama, bueno, no es mi cama. El ojo, no me deja estar en la mía propia.

A veces lo veo púrpura como sangre que aspira obsesionado. Me roba el oxígeno vital como a "Ella". Me inmoviliza. Llega la aurora y el ojo está allí, en mis pulmones y mira el interior de mi corazón destrozado. Déme esa medicina que me permite mágicamente desplegar mariposas en mi interior con alas transparentes. Pero no veo por dónde pasa el ojo. También la veo, a "ella" entre pétalos de espuma que derraman suspiros. Y el maldito ojo se transforma en blanca opalina, como el estuche en que la pusieron. Desparrama manojos de burbujas en mi vientre donde anida ella. Puja por salir. Se estira. Atraviesa la membrana que recubre mis pulmones. Y allí se detiene el ojo. No puede salir, ella, se desliza con gritos que sólo yo oigo en mi corazón destrozado. Es una espiral metálica que penetra junto al ojo. Salta. Sale y entra. Se despliega como un torrente de colores atrevidos y detrás ciento de ojos corren buscando atragantarme. No me toque. No quiero esa medicina. Ella está por nacer. El ojo no la deja, yo pujo y pujo. No nace. La bebé no nace. Los ojos me aprietan el vientre para que no pueda parirla.

Doctor... ¿Qué podemos hacer? No entra en razón, no quiere seguir el tratamiento. Su esposo nos ha pedido una respuesta. ¿Qué le digo? Que traiga a los otros niños con frecuencia, le cambiaré la medicación y la llevaremos a un especialista en estos traumas. ¡Gracias doc.!

Ayer, después ocho meses de hablar con la especialista dijo: ¡El ojo cayó en un hoyo profundo! Se detuvo y yo lo encerré en la tierra en un hoyo bien profundo. El ojo, no me podrá impedir estar con mis hijos. Ese ojo se detiene y yo, volveré a la vida. Donato, Cristian, Pablo y Elenita, me esperan. Y por primera vez lloró, lloró como nunca lo había hecho desde aquel fatídico día que la bebé cayó jugando a la pileta de lona de la casa de campo.

miércoles, 1 de febrero de 2023

EL DEMIURGO

 

Ahora

yo te pido

cortejemos inmensas  muchedumbres con guijarros

de la orilla del río de la vida

continuemos

memoriosos los astros iluminan el camino

 

son de cuarzo rosado las velas del barco que traslada

nuestro canto. Son de ébano las tablas de la barca.

A lo lejos    allá en el horizonte   tal vez en el poniente

una lámina pintada en el mural del templo nos indica

el rostro de ese dios que nos inquieta

en las noches de amor.

 

EL MILAGRO


                            “Recuerda la hora más oscura es la que precede a la aurora” Shakti Gawain

                                                                                                       

            Hilarión Domínguez era hijo de un maquinista de ferrocarril. Aquél, que ya no pasa más por las vías remotas del terruño. Su padre, Don Gervasio, pertenecía orgulloso a la “Fraternidad”, sindicato fuerte en los cuarenta. Él, heredó la tarea y era un apasionado de los rieles. Conocía cada locomotora como a su conciencia. Despertaba a las tres de la madrugada para acicalarse y luego de tomar unos mates silenciosos, preparaba una caja metálica con lo que podía llegar a necesitar. Su viaje era a un pueblo del secano “puntano” para dejar agua potable, leña y alguna mercadería que le encargaban algunos paisanos.

            Iba en el día y regresaba siempre a la hora exacta. Así era el ferrocarril en esa bendita época. Cuando pasaba por la antigua “Corocortas”, salían a saludarlo con las “chupallas” los pocos habitantes que andaban por ahí. Llegaba a esa hora incierta entre la noche y la madrugada, sin luna o con luna, siempre parecía un lugar oscuro. Él, no tenía temor, dos días de descanso y otro viaje, siempre igual. Rutinario pero hermoso. A veces veía correr las liebres por las vías calientes y aceitadas por el gasoil o el alquitrán del vagón de YPF. Otras, un zorro con hembra y crías, tal vez un “choique” y cientos de animalitos que pasaba bajo su mirada atenta. Su atención al trabajo era real. No podía darse el lujo de perder un convoy ni un tanque…, luego pegaba la vista al frente para reconocer algún paisano que le hacía señas con el pañuelo para saludarlo o gritarle un encargo.

            Fue un día nublado y que denunciaba lluvia, raro en esa época y lugar, pero a lo lejos, vio un punto negro entre las vías. Negro, muy negro. De cuarenta kilómetros por hora que era su movimiento fue bajando por las dudas a treinta, a veinte… pero allí se agrandaba la manchita. Tocó el silbato de la máquina. Retuvo la mano en el freno, pero el aceite y alquitrán no le dejaban parar el tren. Vio unos jornaleros que agitaban sombreros y mujeres apostadas en las hileras de alambres de los campos que se agarraban la cabeza.

            Hilarión pensó que había un “choco” dormido ahí, entre sus rieles. No, no alcanzaba a distinguir qué era eso. Su ayudante tomó el manijón de la máquina, del freno. Hilarión sudaba y miró al cielo, pidiendo a Dios y la Santita de los Caminos que lo ayudaran. Descendió del estribo y se quedó helado. Un niño ennegrecido por el alquitrán, el aceite y la tierra reptaba entre las vías. Seguro el tren le pasaría por encima.

            ¡Ruego a Dios nuestro Señor que salga y se aleje…! y vio con sorpresa que el niño se prendía del hongo metálico del cambio de riel y salía. Los lugareños estaban estáticos. A él, se le escapó un insulto.

¿Cómo puede ser que naides se atrevió a cruzar y sacarlo, tuvo que ser “Tata Dios” el que me hiciera el milagro?

            Vio una madre deshecha en llanto. Y un padre que alejaba cabizbajo; pero ahí supo que Dios lo había escuchado. Hizo una promesa… colocó en ese lugar una Cruz Blanca con una estatuilla del Sagrado Corazón y cuando pasaba le tocaba el silbato como saludo.

            Todavía cuando pasan los paisanos le saludan al crucifijo con respeto.

 

 

EN LA TRASTIENDA

 

            El mercadillo estaba repleto de vendedores y transito de comerciantes que a viva voz intentaban atraer  compradores. Los vegetales brillantes y las aves colgaban como flores vivas de colores de los tenderetes. El perfume fuerte, mezcla de mil especies, merodeaba por entre las alfombras y vestidos de mujeres y niños.

            De un pequeño portal, salía una música fuerte que aturdía y rompía los oídos de los caminantes. Azedinne se cubrió el rostro y tras el velo buscó con desesperación a ese hermoso joven que le había ofertado un collar de turquesas en la feria del mes pasado.

            Su padre no le había permitido regresar y le dio varias monedas a su hermano Abdhul para que la acompañara a la Medina. Éste por dinero era capaz de ir hasta a la tienda de ropa del centro más caro de la ciudad. El minarete comenzó a llamar a la oración y todo quedó quieto. Los hombres de rodillas con la frente al piso, rezaban las azuras del Corán y las mujeres de bruces como verdaderas esclavas del Venerado. La mayoría sabía de memoria el libro sagrado, pero por ser mujeres no podían rezar a viva voz como los hombres.

            Un extranjero, las miraba asombrado. Azedinne le escuchó decir que parecían flores negras gigantes postradas en las piedras. Pronto todo se volvió a mover, los hombres caminaron a las tiendas, los ancianos a sentarse en los portales rezando con su rosario de cuentas infinitas y las mujeres como pájaros oscuros comprando con la ayuda de sus hermanos o hijos varones.

            Ella, caminó despacio observando con sus ojos que transparentaban dulzura. Ojos negros de azabache luminoso, se llenaron de tristeza cuando lo vio. Estaba en la  trastienda de un negocio tomado de la mano con una joven extranjera. Su corazón se desmembró. Salió corriendo y su velo voló por el aire. Un susurro de temor y el manotazo del hermano la pusieron en alerta rápido. El muchacho salió tras ella, la alcanzó y le pasó el velo. Mientras la miraba con una forma amorosa y bella. ¿Qué hacía esa extranjera en la tienda?

             Abdhul la sentó en una silla y le ayudó a componerse, para eso era un “hombre” de trece años. Mientras le prometía que averiguaría sobre el joven vendedor. ¡Claro que por un billete!

            Durante los días de la semana,  Abdhul, se entretuvo en la Medina haciendo preguntas sobre el joyero. ¿Es casado? ¿La tienda es de él? ¿Y la extranjera? Toda clase de interrogantes que los mayores comenzaron a preocuparse porque no era bueno que un muchacho averiguara tanto. Todos comentaban sobre su hermana, que había cometido el pecado de hacer volar su velo. Él, avergonzado daba mil explicaciones.

            Su madre comenzó a sospechar. Le quería sonsacar el tan interesante apuro que había adquirido de ir al mercadillo de la Medina. Pero él, serio, solo contestaba que andaba buscando un ajedrez especial. ¡Que Alá, lo perdone! Mentía descaradamente.

            Un amigo del padre apareció por la casa de los chicos. Venía como “casamentero” a preguntar por Azedinne. Y el padre, inocente le pidió una visita de los padres del muchacho.

            Arreglaron la boda. Y dicen que ha quedado en la historia del mercadillo el vuelo del velo de Azedinne al que le han agregado mil fantasías de amor.

LA FLORISTA

 

Regresaba tarde de la florería. Me dolían las manos con tantos pequeños tajos y pinchazos de las rosas y hojas cortantes. La calle apenas iluminada proyectaba sombras fantasmales que prometían temores. Soy muy miedosa. Pero necesito trabajar hasta las horas en que los oficinistas salen de sus trabajos y suelen cubrir sus "pecadillos" llevándole flores a sus esposas o compran rosas para conquistar a alguna incauta secretaria u oficinista.

Amo mi trabajo. Tengo muchas historias de amor, de tristezas, de líos amorosos... en general, por las mañanas compran las amas de casa que adoran decorar sus salas con flores, es la venta más económica. Ellas cuidan el billete que sus maridos o compañeros, dilapidan en amantes y otros "yuyos".

Hace un mes, más o menos, apareció un señor. Era alto, muy delgado, bien vestido y pulcro. Llevaba unas gafas enormes que le cubrían medio rostro. ¡Yo pensé: "Soné me asaltan"!; pero no, se acodó en el pequeño mesón donde hago los pedidos y me preguntó cuáles son las flores más resistentes al calor, el sol, el viento y la falta de agua. Vaya, pregunta. Yo compro a los mayoristas flores conocidas: Orquídeas, rosas, agapantos, strelizias, conejitos... bueno las más usadas para armar ramos. Ah, helechos y algunas hojas que me permiten hacer bonitos arreglos. Le mostré lo que tenía. Miró un rato. Y se decidió por unas margaritas que estaban en un jarrón hacía varios días.

Le armé un hermoso ramo con una rosa roja en el medio. Me pidió que le pusiera una de color blanco. Y así se lo entregué. Pago sin chistar una suma algo elevada. Por la rosa que las traen de Colombia. Al sacarse los anteojos, vi. sus enormes ojeras. Un alo de dolor mostraba su rostro cansado. ¡Son para mi difunta esposa! Dijo y se volteó con una lágrima en las mejillas. Sus manos temblaban. Se volvió y después de un breve silencio me dijo: "Paula, fue una mujer increíble. Solía esperarme horas y horas con la mesa llena de exquisiteces y velas rodeando el comedor con un perfume a violetas, que ella amaba". Le juro, señorita, que cuando se desmayó esa noche en la sala, yo creí que era algo momentáneo. Llamé al médico que llegó en una ambulancia en minutos. Me desplomé cuando me dijo... No está desmayada, está muerta. Y le aclaro, ni un suspiro ni una palabra destemplada o fuera de lugar había salido de nuestras charlas nocturnas. Porque después de cenar, íbamos a la sala a conversar sobre los hechos cotidianos. Y allí, mi esposa, la excelente mujer que me acompañó tantos años, estaba muerta.

Las flores eran para esa mujer que él, extrañaba tanto. Todos los viernes venía a buscar un ramo de flores que seguro iban a para a la lápida de su amada. Me contó cosas de su vida, me mostró fotos de viajes compartidos, y supe que nunca habían podido tener hijos.

Pasado un para de meses, lo vi más delgado y comenzó a encorvarse. Era como si se abrazara solo él. Un viernes vino y me dejó un sobre sin decir esta boca es mía. Yo, lo dejé a un lado. Le entregué el ramo de Rosas blancas que me pidió y me dijo: ¿Puedo darle un abrazo? ¡Sí, por supuesto! Y me abrazó con mucha ternura, me dio un beso en la mejilla, tomó el ramo y salió, arrastrando sus pies por la vereda. Me quedé pensando. Llegó un joven y compró otro ramo de rosas. Olvidé abrir el sobre. Cuando regresé a casa, llegó una muchacha y me dijo que el señor Oscar regules, el cliente había fallecido. Me quedé muda, paralizada. Se había despedido de mí.

La joven me hizo un comentario que me dejó pasmada. Don Oscar, murió de amor. Y yo, recordé el sobre. ¿Qué contenía? A la mañana siguiente abrí la florería y abrí el sobre. Me había dejado su casa como regalo. Una breve nota despidiéndose y me rogaba que cada veinte de Abril, le llevara un ramo de rosas blancas a su amada.

Desde esa fecha, cierro antes la florería y llevo un ramo de rosas blancas al cementerio de mi ciudad.