jueves, 9 de febrero de 2023

UN BARCO A LA DERIVA

 

            Ramón Plates, dueño del bote “Nadia” instaló los ganchos con redes esa mañana. Las jaulas para recoger las centollas en la zona sur del océano, que ese año parecía generoso en su cantidad y tamaño. El Gervasio Robles, había regresado con una cargamento digno de los mejores mercados. Llamó a sus ayudantes. Eran quince; hombres rudos y dignos de ese mar próspero, que entregaba su vientre preñado de vida.

            Fueron llegando con una bolsa de lona que por la sal de muchas cosechas, que parecían de madera, colgadas a las espaldas como único posesión. El olor a sal y pescado penetraba su piel dejando huellas indelebles. El servicio meteorológico había aclarado que todo estaría calmo esa semana. Había que apresurarse.

            El motor estaba recién revisado y se le había cambiado alguna que otra pieza para que fuera más seguro. Zarparon a la madrugada, a lo lejos se veía el cielo rojizo con un sol aplanado en el horizonte. El oleaje los hacía danzar como siempre adormeciendo a los robustos navegantes. Rumbo al sur, rumbo a las gélidas aguas del atlántico. El amanecer fue tranquilo y los hombres se movieron por la cubierta respetando los gritos del Jefe, que les pedía controlar los aparejos del puente.

            Un mundo de gaviotas y petreles los seguía. Y al estar vacíos las cámaras frigoríficas, la línea de flotación estaba menos sumergida. Pronto se llenarían y si la buena suerte los acompañaba llegarían a puerto, cargados y bien hundidos en las aguas.

            El viejo “Onrieta” se acomodó con una caña en la popa. Hacía unos meses que no comía un buen “Bonito” fresco y el cocinero los preparaba exquisitos. Los que estaban en timonera interior, se reían del hombre. ¡Este es un pescador que será pescado! y reían con sus temores típicos de los hombres de mar. Porque el mar es muy déspota, caprichoso y a veces malvado.

            Pasados tres largos días, el tiempo comenzó a cambiar. Desde el radio, los mensajes eran tranquilizadores, pero por las dudas, Ramón Plates, tomó la decisión de agregar más cables en las básculas, grúas y jaulas. El trabajo estaba hecho y bajaron la zona de obra viva, dejando sus literas bien soportadas.

            Al quinto día, las olas hacían bailar el barco de estribor a babor y a veces el “púlpito” desaparecía en las aguas y aparecía la popa elevada como una chimenea. Juan Artemio, uno de los más jóvenes, sacó de su bolsa una imagen de la “Virgen Stella Maris”, cosa que produjo una protesta general. Mufa. Mala suerte. Toda clase de chanzas y palabrotas brotaban de las gargantas que se calmaban con unas botellas de buen ron y ginebra. La tripulación comenzó a echar las jaulas en el lugar establecido y a esperar que las grúas, comenzaran a hacer su tarea. Llovía a cántaros y bramaba el mar transformando el barco en una cascarita de papel en la noche. Los truenos y relámpagos, iluminaban a los rudos varones. El agua comenzó a tapar el “casillaje” y la cubierta. Tambaleaban las jaulas y cuando elevaban alguna, preñadas de centollas un grito gutural de triunfo se desparramaba por el barco. Se iba llenando la panza del barco. Pero la tormenta era cada vez más dura.

            Esa madrugada Adriano Reano sintió un crujido electrizante en la zona de “espejo”, algo se había desgajado. Salió corriendo de su cabina y otros, ya, le seguían; sí, el mar se cobraba una suerte de venganza. La plancha que recubría el “espejo” que era de un material nuevo de alto contenido de material plástico, se había desgajado y una hendidura profunda hacía agua. Comenzó a llenarse la zona de “obra muerta” y don Ramón, dio la orden de soltar las centollas al mar. Una maniobra brusca los dejó bamboleando y rolando. ¡Todo se transformó en un aquelarre! Bravío el océano se  cobraba la represalia contra ese barco que lo desafiaba. Los rayos caían despiadados sobre el Nadia, que trataba de salvarse de las embestidas del mar. Reano y Onrieta, lanzaron un bote salvavidas al agua, los que pudieron con sus chalecos saltaron y comenzaron a remar.

            Arriba, en la timonera interior, don Ramón peleaba contra los ataques del diluvio que lo apedreaba con olas gigantes. Desde el minúsculo bote salvavidas, vieron como un amoroso Nadia, se iba hundiendo entre murallas de agua helada, reservándose al quien amaba su nave y despreciaba el aluvión de agua salobre que lo llevaría a las entrañas del mar del sur.

            A la mañana siguiente, a la deriva, sobre aguas quietas y silentes un pequeño grupo dejaba que algún otro pesquero los encontrara para regresar con sus familias y emprender en otro viaje la cosecha que los hombres esperan para comprar y vender las mágicas entrañas de los mares del Sur: las centollas.  

MARIMAR

 

Llegó la sombra que envolvió apacible el lecho del río, en la primavera cumplió  con la promesa de un amor efímero.

 

            Dicen que no hay paisaje más bello que la pradera a la llegada de la primavera. Nuestra visión se demora en los pastizales que rodean el río, especialmente ese olor a tierra húmeda y a setas, el brillo de los juncos que se mueven con un ritmo de góndola veneciana. ¡Y el color! Color de ámbar y oliváceo con fulgor esmeralda, el rojo de las vallas que picotean las aves buscando candorosas alimento para sus pichones. ¡Ay, Marimar! Qué tiempo hermoso es la primavera. Lástima que te fuiste tan lejos.

            Esa mañana apareciste en la sala, con el vestido de los domingos, peinando tu largo cabello en trenzas que enroscabas en la cabeza; tus ojos enrojecidos por la noche en vela, llorando. ¿Qué había pasado en tu corazón de mujer joven y enamorada? Él, se había ido prometiendo regreso. Y esperaste días, meses y años, no muchos hasta que llegó aquella carta con sello de un remoto país de África, donde un sacerdote que misionaba por esos países, te relataba la dura y larga enfermedad que había soportado tu amado Julián. Y tomaste la decisión de ir y embarcarte para una aventura ignota.

            Llevabas poco de lo que creías te serviría para sobrevivir. Luego, después de ese enorme y estrafalario periplo, llegaban tus fotos con unos atuendos que nada tenían que ver con los preciosos vestidos que usabas en casa. Tu cabello rapado, tus manos llenas de ampollas y llagas de trabajar en lugares horribles. Allí no había agua, ni confort en las llamadas casas. Parecían taperas o chamizos de barro y paja como en las láminas que coleccionaba el abuelo Mauricio.

            Albergabas unas sonrisas asombrosas. Nos preguntábamos por qué, si era una zona de espanto. De lluvias torrenciales o sequías mortales. ¿Qué encontraste allí Marimar? ¿Hallaste al amor perdido? ¿O sentiste que tu vida cobraba un sentido diferente?

            El día de Gracia, cuando llegó tu misiva con unas fotos y te vimos con ese hermoso nativo abrazada, nos quedamos en silencio. En la mesa, el mantel estaba un poco menos blanco que nuestros rostros. Pero elegiste explicar que era algo somero, que allí no había compromisos como en nuestra tierra y te creímos. Porque siempre fuiste tan directa, tan tú y tus verdades.

            Tu madre, comenzó a declinar con penas incomprensibles para algunos, no para mi. Yo entendía que ella no soportaba el cambio entre Julio y ese Munbhata.

            Era como si hubieras regresado al pasado neolítico. Pero mirando bien, era un hombre fuerte que tenía una mirada sana y dulce. ¡Sus manos! Eran como dos rocas esculpidas a cincel y su pecho, cubierto de tatuajes entintados con dibujos raros, me llevaron a buscar las láminas del abuelo. Las encontré en un arcón en el desván.

            Mi ansiedad me hizo pasar por alto tantas cosas bellas. Esa jungla dispar y los insectos y bestias que sólo se ven en los zoológicos de Londres. Luego, llegó la noticia que regresabas. ¡La fiesta que prepararon tus hermanos era para los periódicos de sociales! Llegaste sola. ¡Tan cambiada! Eras otra Marimar, diferente en todo.

            Habías decidido entrar en un convento de misioneras. Y luego de abrazar a todos por muchas horas y algunos días, volviste a aparecer en la sala, con los ojos enrojecidos por el llanto. Con una túnica blanca y el cabello cubierto. Una alforja con dos o tres prendas útiles, tal vez, en esa nueva vida que emprendías. Me invitaste a caminar cerca del río, una primavera incipiente acomodaba nidos entre los almendros florecidos. Me narraste lo efímero que fueron tus dos amores. Hablaste de Julían y de ese desconocido Munbhata que te había amado hasta el delirio. Ambos presa de la malaria y tú, me dijiste que contrajeron lepra. Y la inestimable patrona de larga túnica negra y maligna había hecho un trabajo ejemplar. ¡OH, muerte! Nunca inevitable con los que aman.

            Ahora, como misionera, recorres los caminos cuidando a gente débil y sencilla. Tus manos, siguen creando un mundo aceptable. Le regalas justicia y amor. Cuidas sus cuerpos deshilachados y grises. Y yo, acá,  sigo buscando en cada amanecer los colores del alba, rosados, carmesíes, violetas y morados.  Los perfumes deliciosos de los duraznos maduros y las flores, miro el sol de plata insistente en calentar la tierra o la luna naranja que anuncia tormentas. ¿Te extraño Marimar! Nunca me atreví a decirte…Cuánto te amo. Alfredo.

             

 

 

lunes, 6 de febrero de 2023

LA PRESENCIA

 

            Desde la calle la casa se ve como cualquier casa. Eso sí, algo descuidada. Sucia tal vez, en comparación a como lucía hace… 50 años. Llegué con cinco años y me fui a vivir lejos con veintidós. Pasé momentos felices y tristes. Era mi casa. Ese rincón increíble donde acunaba sueños. Mis padres la levantaron con esmero y pasión. Era señorial como si allí habitaran seres con cierta noble ubicación social. Era otra época.       Le decíamos “la casa blanca” por su fachada tapizada de mármol “travertino” y puertas níveas. Un día comenzaron nuestras penas. Ya no había esa abundancia de mercado y heladeras llenas. Papá estaba muy enfermo. Después de varios contratiempos se fue por ese túnel dichoso que ven los agraciados. Él, era todo luz. Luchamos mucho para mantener el bienestar, pero fue en vano. Pronto la casa nos desplazó con su injusta grandiosidad. Salimos de allí y al cerrar sus puertas, dejamos infinito manojo de recuerdos. La vida continuó.

            Lejos, viviendo lejos, casi no pensaba en los buenos tiempos de la casa. Algunas noches, soñaba con sus habitaciones. Generalmente con el patio, las rosas blancas y los jazmines. Los nuevos dueños le hicieron algunos cambios. Pocos en realidad. Perduraba en el tiempo a pesar de los años que describían su carrera perenne hacia el final de la vida útil.

            Regresé después de muchos años. Un día, inopinadamente me paré frente a la ancha puerta de entrada. -¿Necesita algo, señora?- me dijo el intruso. -¡Sabe viví una vida en esta casa… y a veces la sueño!- ¿Quiere verla?- ¿Si me deja?- dígame algo que me haga saber que usted dice la verdad, que vivió acá.- ¡La escalera tiene veintiún escalones y en el baño, de azulejos negros hay una repisa de cristal negro, bien grueso, junto al espejo!- Pase. Pase. Es indudable que usted vivió aquí.

            La recorrí con alegría y pena. Esa había sido mi casa. Jugué entre los canteros a las visitas, subí escaleras siendo reina, bailé “El lago de los Cisnes” en el amplio comedor. Entonces era una niña. Era una soñadora de estos cuentos que burbujean en mi cabeza. El hombre me observaba. Y una lágrima corría indiscreta por mis ajadas mejillas. Respetuoso hacía un silencio, que abarcaba mi sentimiento.

            Cuando llegué, en la planta alta, a lo que fuera mi dormitorio, una joven mujer, se acercó y con tono ligero me preguntó: -¿Usted vivió acá? - ¡Sí!- le dije ¿Por?- el hombre la miró duramente y carraspeó. -¡Por la presencia! - ¿A qué se refiere, niña?- A una presencia que habita la casa.- ¿Una presencia? – Sí, la hemos visto todos, es como un ser de otro mundo, que entra y sale por las paredes, camina, se esconde dentro de los placares…, ¡pero no molesta!- ¿Dice que hay un fantasma? – Algo parecido. No sabemos si es hombre o mujer…- Algunas veces no se deja ver por cierto tiempo, luego regresa y se desliza sobre el piso como si fuera hecha de alas de mariposa o de pétalos de flores…, bueno la voy a asustar.- ¡No, acá viví cosas hermosas y tengo recuerdos que atraviesan mi memoria como eso, como si me visitaran entes celestiales! – Señora, no le haga caso. Lo que dice es cierto, pero no tenemos pruebas para demostrar los hechos.-

            Quise salir de allí, algo avergonzada, casi, creo, escapé. Ambos me saludaban desde la puerta con sus manos en alto y me dije: ¿Y si las presencias son ellos? ¿Y si en realidad estuve con unos fantasmas que me han hecho creer que son seres vivos? Un mar de dudas me obligaron a mirar con mayor detenimiento la casa. Y noté que las ventanas estaban cerradas y había mucho polvo en la vereda y en los diferentes espacios que daban a la calle. No había luces encendidas. Me propuse volver de día. Cuando volteé antes de cruzar la calle, descubrí que tenía un cartel que decía: “Se Vende desocupada”.

EL COMPADRITO

 

            Nació como según se dice: en cuna de oro. Su padre estanciero, su madre con apellidos para hacer un legajo real. Un bebé de portada de revista de moda. Sexto hijo de una pareja despareja y sombría, pero que aparentaba felicidad. Los tres primeros eran unas niñas que no tenían el glamour que se esperaba de esa gente. Los dos varones que vinieron después, mellizos, eran morenos, de ojos negros y tan diferentes al padre que se murmuró que no eran del patrón, sino del chofer. Tenían una berlina que los llevaba a la iglesia o a la ciudad. Siempre acompañados por la nana, una matrona rubicunda y alegre que le cantaba canciones en francés.

            Lo bautizaron Luciano Rigoberto Cosme, por abuelos y parientes muy queridos. Y aprendió a caminar pronto, más ligero que sus hermanos. Ágil y picaresco siempre haciendo travesuras que eran ocultadas por el resto de los hermanos. Una tarde de tormenta un rayo cayó cerca del camino, el caballo se descalabró y cayeron en un barranco. Dos de sus hermanas: Federica y Leticia quedaron en estado de coma. No hubo terapia que ayudara a las niñas y con el dolor incrustado en el corazón de la familia las dejaron en el camposanto de Laguna Larga. A tres kilómetros de la casa familiar.

            Pasó el tiempo y los muchachos fueron internados en un colegio LaSalle y Amancia la hermana de ocho años, fue a las Clarisas. Quedó él, el niño más mimado de la familia. Con el Jardinero, aprendió a cazar, a pescar y a galopar por los campos de trigo y cebada de la estancia. También don Antenor, le enseñó a capar y marcar el ganado. Para el muchacho todo era un deporte.

            Creció hablando un francés pasable, porque la nana insistió en enseñarle su lengua nativa. Su madre le hablaba en inglés y el padre, como buen hijo de castellanos, le obligaba a usar el español a la perfección.

            Nadie habló de llevarlo a la ciudad a un colegio para su formación y sólo aprendió con esmero de la enorme biblioteca de sus padres. Era muy inteligente y curioso. El día que su padre compró un Ford, estalló en gritos de alegría y ya nadie pudo impedir que trepara al vehículo y aprendiera a manejarlo. Volaba por los caminos polvorientos. Desarmaba parte por parte el automóvil y lo armaba como a un simple rompecabezas. ¡Es un genio! Se decían en la casa. Pero salía con el asiento lleno de armas y volvía con animales sangrando, colgados de los hierros del coche.

            La cocinera se molestaba porque debía limpiar y despostar los bichos. Luego cocinarlos con recetas que le daba la nana. La madre lo llamaba Rigoberto, por una discusión que había tenido con su abuelo de quien el muchacho había recibido el nombre de Luciano.

            Cuando pasó el tiempo, ya mozo, su figura era la de una estampa de buen artista plástico. Alto, bien formado, de ojos claros como su padre y siempre tostada la piel por el sol que recibía entre los campos de girasol y maíz. A veces iba a buscar a sus hermanos y los veía pálidos y descontentos, llenos de remilgos por la exigida escuela y sus maestros. Pero él, sólo pensaba en grandes aventuras.

            Su padre le regaló un campo y él, supo hacerlo trabajar y acrecentar sus bienes. No sería abogado como uno de los hermanos, Rufino, ni cura como Alcides pero su vida sería recordada por siempre. Él, sería un héroe.

            Aprendió a volar unos armatostes de metal, lona encerada y madera. El motor echaba humos como horno de pobre y el ruido era del mismo infierno del Dante. Voló solo y acompañado por su amigo Waldemar. Pasaron del globo al aeroplano como pájaros sedientos. Eran jóvenes y arriesgados. Llegó a Francia y París lo recibió con su bohemia y pasión. Amó a varias mujeres, probó todo. Hasta un día que le llegó un telegrama diciendo que su padre y su madre habían muerto y se lo necesitaba en América. Laguna Larga era su lugar y su mundo pequeño pero asombroso. ¡Y regresó! Ya tenía cuarenta años. De sus hermanos poco sabía. Su hermana se había casado con truhán que le robó hasta la memoria. Tenía siete hijos y deudas hasta en la cocina. Cuando la vio, casi cae desmayado. Delgada y pálida, su cutis otrora arrebolado era color ceniza verdosa, sus manos que parecían ángeles en el teclado del piano estaban llenas de cayos y ampollas. ¡Un horror!

            Resolvió la vida de Amancia, que cambió. La de sus hijos también. Pero, ella le hizo comprender que tenía que formar una familia. Buscó entre las muchachas casaderas a la más inteligente y de buen humor, no quería un limón agrio a su lado. La encontró en Virginia Del carril y Orregio. Una dama, que hablaba francés, inglés y pintaba como había visto a grandes artistas en París.

            Siguió cazando pero junto a su amigo Waldemar, atravesaban la sabana africana o asiática buscando piezas de alto valor entre los hombres acostumbrados a ese deporte. Mientras ellos viajaban, Virginia y Amancia, manejaban los campos y disfrutaban en reuniones con personas pensantes. Hasta que vino una revolución y quedaron dentro de un pequeño círculo que se ocultaba para tratar de reponer la Justicia y el orden.

            Les confiscaron las haciendas y los vehículos. Se salvó el avión porque Luciano Rigoberto lo había llevado a África. No pudo regresar por dos largos años. Su país ya restablecido el parlamento, le había devuelto sus bienes. Cuando regresaban una tormenta los atrapó en pleno mar, debieron aterrizar en una pequeña isla y allí, esperar un tiempo de bonanza. Al aterrizar en Laguna Larga comprendió la verdad, se acercaba un hombre bello, tan hermoso como fuera él, a sus años y supo que había envejecido.

            Un abrazo enorme los unió y una promesa selló sus corazones. No venía un héroe, venía un hombre maduro que ya perfilaba los setenta años. Virginia, con la cabellera gris, le entregó dos cartas. Una de su hermano abogado que exigía la herencia que le correspondía y una de su hermano que ya era obispo, que pedía entregara su parte a los pobres de África. Y así, el muchacho arrogante y veleidoso se arrebujó en un sillón junto a su perro y su esposa, para pasar el resto de su vida como un hombre común típico de un tiempo lejano.

EL PECADO

 

            Su tamaño le permitía hacer una suerte de piruetas y malabares como si la hubieran engendrado con siliconas, dúctil, ligera y fuerte, se contorneaba en un sin fin de movimientos circenses admirables. Lo hacía desde pequeña como juego, hasta ese día en que la vio Restrepo, el secretario del club del barrio. Tenía, ella, unos once años.

            Se presentó al presidente del club en una reunión y pidió la palabra, era uno más del equipo. He visto a una niña que puede hacer maravillas con su cuerpo, parece de goma. Describió lo que había observado en la clase de “tela” mientras la profesora del gimnasio, le daba unas ideas para trepar; cosa que ella hacía en forma increíble.

            Estaban pensando crear un grupo de chicos y no tan chicos para una murga que representara al club. ¡Era la persona justa! ¿Le permitiría su familia?

            Los interesados se moverían buscando la aprobación del padre. Y como era un socio antiguo y prestigioso, tal vez, les diera el ansiado Sí. Hicieron un llamado a un conocido murguero de la ciudad, un tipo extraño que movía multitudes de gente de toda laya en murgas famosas. ¡No sabían que tenía algunas denuncias por acoso! Pero todos sabían que era el mejor. Lo contrataron.

            A la semana tenían entre quince y veinte personas dispuestas a armar una murga. Los había bailarines, saltimbanquis, músicos y bribones. El club se hizo cargo de comprar ropa de acuerdo a los colores pensados por la comisión y los instrumentos que precisaban. Un a madre se aseguró el pago para confeccionar los trajes y los sombreros llenos de color y lentejuelas.

            A la pequeña, después de mil promesas, los padres la autorizaron ser del grupo. Ruidosos y versátiles, comenzaron a prepararse para una actuación frente a la comisión del club. ¡Fue extraordinaria!

            De tarde, casi cuando el sol terminaba de escaparse por el horizonte, se reunían para ensayar en la cancha de básquet que daba el espacio y el equilibrado lugar donde el ruido ensordecedor de los redoblantes y tambores. Una tarde llegó un joven que sabía de clarinete y saxofón. ¡Más sonido! ¡Ruido espantoso!

            Yola, sintió que ese era su destino, su vocación y amó la murga. Cada día despertaba soñando con la hora serena de la tarde en que se vestía con una simple calza y una remera ajustada a su menudo cuerpo, y así, con unas zapatillas deportivas adaptadas para moverse con absoluta libertad. Se sentía una musa  griega, tal vez Calíope o Terpsícore; sólo sentía que su corazón se agitaba cuando caminaba hasta el salón donde la esperaba la música y el movimiento.

            Llegó una tarde, más agitada que nunca. Se colocó la ropa que le habían confeccionado y de pronto se vio en los brazos de ese compañero nuevo cuyo rostro sombrío le asustaba un poco. Era alto, fuerte y musculoso, la alzaba sobre sus hombros donde Yola, hacía acrobacias. Luego un salto y caí en brazos del profesor. Sintió que era una muñeca de trapo. ¡Se molestó, pero era parte de la coreografía!

            Pasaron los días y se fue acostumbrando al ruido de la música y silbatos, al brusco movimiento de los cuerpos, al miedo que le provocaba Tulián, su compañero.

            Comenzó a adelgazar, comía poco y no tenía deseos de ir al club. Comenzó a faltar, a evadirse. Los compañeros la fueron a buscar, los padres preocupados, pidieron un descanso.  Yola no era así, antes era alegre, risueña… ahora se encerraba en su cuarto en silencio. Preocupados los padres llamaron a un médico. ¡Está cansada! Pero no vemos problemas serios de salud, tal vez un psicólogo la ayude.

            Una tarde salió hacia el club y sintió un fuerte olor que la seguía, ella había sentido ese penetrante aroma. Al atravesar el parquecito sintió una mano que le cubría la cara, le apretaba el cuello y casi no podía respirar. Pensó en Melpómene, la diosa de la tragedia, me van a matar, se dijo. Pero se defendió mordiendo a su atacante. ¡Ese olor! Su memoria, le traía en el cerebro si oxígeno casi, una figura desdibujada de un hombre. ¿Cuál? Sintió un golpe y se desmayó. Cayó rendida sobre el pasto húmedo. La atravesaron como a un animal en celo. Y la dejaron tirada en la penumbra. Salvajemente en medio de su sangre. Los ojos amoratados, la lengua crispada en el crimen interminable de la fuerza que con siseo mortal atacó su inocencia, a la vera del parque. Rota, desmembrada y trágica. Quedó allí hasta que al amanecer un transeúnte la vio y llamó a la policía. Una ambulancia la llevó ululante hasta un centro de salud.

            La murga, estaba consternada, sus compañeros y todo el cuerpo directivo, se propuso buscar al malvado que la dejó moribunda en ese estado. Yola, no reaccionaba. Su cerebro no respondía. Un coro de personas lloraban como el cuerpo de un teatro de tragedias. Menuda, empequeñecida y sombría se ahuecaba en el lecho rodeada de profesionales médicos y especialistas terapéuticos. Pasaban los días, sólo sus padres podían llegar hasta donde ella luchaba por su vida. Y una tarde, se acercó un terapista y el olor, ese que había penetrado en su conciencia, la hizo reaccionar levemente. Él, escapó de la habitación. Vio en los monitores que los signos habían variado enloquecidos. Nadie advirtió su huída.

 

BERNARDO FONTANA, ESTANCIERO

 

Dueño de la Anunciada. El mejor campo, la estancia del sur de Buenos Aires. Era de las de antes, decían los lugareños. La heredó de su tía Felicitas y Carlota. No sabía si las había visto desde su niñez, cuando su madre los llevaba a saludarlas para el santo de cada una. Eran dos mujeres altas, delgadas en extremo, encorvadas y secas.

Las recordaba como pinturas de retratos que había en el desván de la casa de Los Tordos, casco de la estancia de su padre, que había perdido en un juego de poker en una de esas tantas noches interminables del Club de Hombres. Fue un escándalo que llevó a mi madre a la tumba. Desde ese día en que se tuvieron que ir al departamento de la ciudad, mamá no le dirigió más la palabra a mi padre. No comía y no podía dormir. Deambulaba por los pocos metros del living del departamento hasta que asomaba el sol. Él, mi papá salía a buscarse la vida como podía.

Sus ex amigos, le cerraron la puerta de oficinas, ministerios y del club. ¡Ahora era Pobre! Mamá vendió las alhajas de sus abuelas y madre. Con eso pudimos ir a una escuela decente. Pero... ya no fue lo mismo. Los hijos de algunos amigos de mi antigua vida, seguían hablándome y jugaban conmigo. Otros ni me miraban y por lo bajo se reían. ¡Claro, ellos algún día serían como nosotros, pobres! Porque en el club seguían jugándose la vida.

Mamá siguió fiel a su educación. Llevaba a mis hermanas Micaela y Luciana, cada aniversario de la muerte de sus abuelos a la Recoleta, con un ramo de flores que eran sacadas del balcón de casa. Y siempre a los aniversario de los santos de las ancianas, que según escuché entre la servidumbre que mantenían, era, mi mamá. La única sobrina que se acordaba de ellas.

Yo me esforcé y estudié abogacía, mientras trabajaba en un estudio contable de unos extranjeros que no les interesaba si era rico o pobre, sino que yo fuera despierto, los entendiera y les asegurara todos los engorrosos trámites que había que superar en las horribles oficinas del gobierno. ¡Discreción! El silencio era fundamental para que no se supiera de los sobres que tenía que pasar por debajo de los escritorios de dichas oficinas.

Me recibí con notas bastante buenas, cosa que trajo aparejado que algunos ex amigos de mi padre, se acercaran para que yo les arreglara sus chanchullos. Me reía y les cobraba el doble. ¡Se lo merecían por mala gente!

Cuando mamá falleció, mis hermanas se casaron con hombres buenos, pero nada especiales y se fueron a vivir al interior de la provincia. Una a Tandil y la otra a Balcarce. Las veía sólo para navidades o para apadrinar a alguno de sus hijos o hijas. Nunca dejé de ir a cumplir con las dos viejas tías, hasta que se me complicó la vida con tanto trabajo y sólo las llamaba por teléfono. Estaban sordas y se fueron muriendo de a poco. No las extrañé. Hasta ese maravilloso día que apareció un señor con unos pliegos donde me habían hecho heredero de todos sus bienes. Y la Estancia, La Anunciada, estaba algo decrépita, pero me dejaron dinero muy bueno, y yo, ni lerdo ni perezoso me las ingenié, para ir hasta el sur y levantar el campo.

La Anunciada, se transformó en uno de los mejores establecimientos agropecuario de la provincia. Me llegaban invitaciones de mucha gente, Me llevé a papá, que ya estaba bastante anciano y perdido. Le pedí que se quedara y no dejara entrar a ninguno de los viejos conocidos, porque fueron unos sinvergüenzas en su juventud. Papá, con lágrimas en los ojos, me abrazó y se comprometió a ayudarme. Él, sabía de campo, de siembra, de ganado y yo, apenas si sabía de leyes. Leyes que apenas se cumplían. Contraté a unos jóvenes ingenieros que querían hacer buena letra. Levantamos el campo en dos años. Después de eso, pude sentarme a concretar negocios con extranjeros. ¡Acá, yo tenía el sartén por el mango! Conocía los tejes y manejes de los ministerios y sus malditas estratagemas para quedarse con las ganancias de los que producíamos.

Una noche, de tormenta, me detuve en el pueblo, avisté un bar y me fui a comer algo. Allí, sentado, mientras degustaba un plato caliente, se acercó una muchacha. ¿Señor, Usted es el dueño de La Anunciada? Me sorprendió. Si. ¿Por? Soy la nieta del ama de llaves de las antiguas dueñas de doña Felicitas y doña Carlota. Tengo una caja para usted que le dieron a mi madre antes de fallecer. Si me espera se la traigo. Con esfuerzo la muchacha trajo una suerte de cofre, arcón mediano... y me lo dejó sobre la endeble mesa. ¡Acá tiene! ¡Por fin cumplo con mi obligación!

Salí con el baulito, subí a la camioneta y saludando amablemente, partí, seguido por la mirada quieta de la muchacha, que bajo la luz del cartel, me pareció bien linda. ¡Hacía tanto que no miraba a una mujer, que me había olvidado cómo eran! Llegué a casa y casi dejo el baulito en el asiento. Lo saqué refunfuñando. Lo dejé en el sillón de la entrada y me fui a dormir.

Al día siguiente, cuando apenas asomaba el sol sentí los pasos cansinos de mi padre que venía por el pasillo. ¿Bernardo, de dónde sacaste ese baúl? Me lo dio una tal Nicolasa, hija de la ama de llaves de felicitas y carlota. ¿Por qué? ¿Sabes que es eso? No. Aun no lo he abierto. Son las joyas que vendió tu madre cuando yo perdí nuestra estancia en el club. ¡No lo podía creer... La Anunciada, me devolvía lo que mi madre había hecho por nosotros!

Llamé a mis hermanas, las invité a venir por una semana a la estancia. Primero pusieron mil problemas, cuando les dije, que tenía una maravillosa sorpresa; se atrevieron a dar el sí. Cuando llegaron yo ya había buscado conocer mejor a Nicolasa. Era la mujer que yo, como hombre necesitaba. La fui descubriendo de a poco. Era bastante bonita, llena de vida, trabajadora, honrada... y prometía ser una excelente ama de casa. Junto con el reparto de las joyas con mis hermanas, saqué el mejor anillo de diamantes y dije: ¡Chicas, encontré a la mujer!

Me miraron asombradas. Se llama Nicolasa y nació y vivió siempre en La Anunciada. Les aviso que me casaré con ella. Se quedaron mudas, me miraban como a un fantasma. Papá se paró y vino a abrazarme. Te felicito, nadie como esa chica para defender su casa y familia. Es como tu mamá. Lo dio todo por ustedes y por mí, no te has equivocado. Y se acercó a Nicolasa, que entraba con una bandeja con limonada, la tomó por el hombro y dijo: ¡Bienvenida a tu hogar!

viernes, 3 de febrero de 2023

LA MUCHACHA DE OTOÑO


¿Quién te trajo a mí? Me pregunté hoy caminando por la calle  trajinada de gente Cuando asomaste por la inmensa ventana de mi vida como la máscara  angelical de un torbellino; llamaste a mi corazón y un aleteo febril de estrellas ingresó a mi mundo de doméstica tranquilidad.

 Conocí cada una de tus inquietudes de muchacha llena de voracidad por tragarse el mundo, la vida y conocer el país de las palabras. Caminaste como un ciervo en sus praderas. Comiste hasta la última gota de néctar de las flores, los frutos fueron los que llenaron el brocal de tus palabras. Cada vez  que nos sentamos a practicar quedó una sombra de estrellas entre las frases que bailaban su danza esperanzada.

Algo sucedió y se cayó una gota de sol. Un reflejo de luna. Una mirada se prendió de la

telaraña del otoño... y se quedaron colgadas las palabras entre las ramas como fantasmas guerreros.

Ahora envejece el silencio de tanto escuchar las palabras... eco de suspiros por tu huída reciente.

Tu duende juega con mi insomnio cada noche cuando te repienso amiga. Un rosal con tu nombre sonríe en octubre. Y el otoño será un recuerdo imborrable en mi vida.

Te amé y me amaste. Ya no estás y tu huída dejó mi corazón maltrecho. Eras un hálito de verano en mi vejez. Adiós. Te duermo en mi memoria.