lunes, 19 de agosto de 2024

ATRAPAR UN SUEÑO

 

 

El camino parecía un velo de gasa ocre. Alguien venía por la polvorienta vereda que arrimaba a la vieja casa. No había llovido desde hacía varios meses y el sol era un enemigo que perduraba hasta casi perderse en el horizonte. Me senté en un resto de pared de adobe que había construido mi abuelo y que con el viento y el tiempo se iba deshilachando como un trozo de paño viejo. Las gallinas se apiñaban cerca de mis pies hinchados y doloridos. Picoteaban en busca de comida y yo, lamentablemente ya no tengo mucho para darles. Todo está seco. De repente como un fantasma desleal, apareció un muchacho de no más de trece años, en una destartalada bicicleta y se detuvo frente a mí. ¿Fátima .... es usted? Apenas le entendí. Yo hablo "tarifit" y el me hablaba en árabe. Me entregó un mensaje en papel sellado con una pasta roja. ¡Yo no se leer ni escribir! En mi infancia las niñas no íbamos a la escuela. Hoy sí, pero para mí fue tarde.

El muchacho desapareció rodeado de una nube de arena y polvo. Me quedé quieta. Una lágrima corría por mis arrugadas mejillas. ¿Cómo haría para saber qué contenía ese papel? Tuve siete hijos y casi todos se fueron alejando hacia las ciudades o están en España. Me sentí sola por primera vez desde que mi esposo Yussuf partió para trabajar en la ciudad y no regresó hasta hoy. Yo lo espero. Siempre lo espero.

Ingresé a la casa. Entre las sombras de los muros, busqué dónde poner seguro el billete que parecía jugaba con mi soledad. Me acerqué a la cocina. Tenía unos trozos de cordero y el "cus cus" que entre las brasas daban ese perfume maternal de la infancia.

Me senté a la sombra, sentía el murmullo de las aves y animales que aun conservo en la parte trasera de la casa. Recordar... mi niñez. ¡Qué tiempo en que mis abuelos y mi madre trabajaban en la huerta, en los corrales, en la casa! Yo tendría seis años, cuando me perdí buscando una gallina que se había escapado... y crucé varias chacras y llegué al camino. Caminé por una calle que parecía un laberinto. De pronto, en una ventana lo vi. ¡Era un maestro! Escribía en una tablilla con un objeto que dejaba huellas con bellos dibujos. Unos muchachos me vieron y uno, me tiró un higo seco. Me golpeó la frente y empecé a llorar. Salió el escribiente. Era un hombre anciano de barbas blancas como la luna, sus manos entintadas y secas, parecían alas de un ave desconocida para mí. Salí corriendo pero uno de los muchachos me atrapó. Un coro de ellos reían. Había de varias edades. El maestro, me preguntó qué hacía allí y si mis padres sabían dónde estaba. Yo entre sollozos le dije en mi lengua que buscaba una gallina. Más risas. Me dio un higo y me dijo que regresara a casa. ¡Las niñas obedientes no salen de casa sin compañía! Yo corrí hacia los lugares por donde había pasado hasta topetar con mi padre que me buscaba. Su enojo era muy grande. Me hizo entrar a la casa y me dio una penitencia. No podrás salir a jugar con tu gato y tu perro hasta el próximo día de luna llena. ¡Mamá me hizo un guiño! Faltaban tres días para la luna llena. Ellos se manejaban con el sol y la luna para plantar o cosechar. ¡Era una vida simple y bella!

Perdonada, me atreví a preguntar: ¿Padre por qué los muchachos van a la casa del escriba, el maestro de árabe y las niñas no? Me miró muy serio. Tú, tendrás que memorizar con la ayuda de tu madre las palabras sagradas. Las niñas no van a la escuela. Y menos tú, que aun eres muy pequeña. ¡Yo lloré una tarde entera! Quería saber escribir como los varones. ¿Padre me enseñarás a escribir mi nombre?  No. Pero una tarde me trajo en una pequeña tablilla esos maravillosos dibujos y me dijo: ¡Fátima, ahí está escrito tu nombre! Nunca más me pidas otra cosa así.

A partir de ese día me sentí una elegida. Lo dibujé en la tierra, en los muros de los alrededor con carbón que sacaba del fogón, lo bordé en un almohadón con hilos que me dio mi abuela. ¡Pero nunca más pude escribir otra palabra y menos leer!

Ahora miro el papel con inquietud. El maestro, supe por Yussuf, que murió con noventa años. Vino un extranjero a enseñar. Era un joven que reemplazó al viejo maestro. Y su imagen aun está viva en mi memoria, ya que un día se acercó a mis padres y les preguntó si podía enseñarme a leer y escribir para que le ayudara en la escuela. Mis padres fueron amables y hospitalarios, como es nuestra costumbre, pero le dieron un No rotundo. Ella es mujer y no debe aprender esas cosas. El se fue muy apenado.  

¡Ah, al poco tiempo, me casaron con ese muchacho que me tiró el higo frente a la ventana del escriba! Yo tenía trece años y él, veinte. Era bueno. Trabajaba a la par de mis padres. ¡Mis abuelos ya estaban en el paraíso! Una mañana mi padre se descompuso y Yussuf, tomó el carro y lo llevó a un médico a Larache. Ahí, quedó internado y lo trajo muy enfermo. Papá murió y a los pocos meses mamá cayó en la cocina rotunda como una mula vieja. No pudo superar sola el trabajo y la falta de su compañero. Yo ayudaba en todo. Con la huerta, las higueras, los nogales y los animales. De los olivos se ocupaba mi esposo. Hasta que llegó una sequía como la que hay ahora. Decidió ir a buscar trabajo a la ciudad. ¡Gracias al maestro, tomó un trabajo en una empresa española!

Todos los meses venía con dirham para costear el alimento y la educación, de los niños. Yo trabajaba por los dos. ¡Pero cada día me pesaba más! Casé a Sara con un buen vecino que la llevó a Tánger. Supe que tuvo siete hijos. Casé a Mahmet con una muchacha de Larache y lo obligó a mudarse a ese hermoso pueblo. Pero no vino más y se poco de ellos. Me fui quedando sola. Mustafá está en España. Logró entrar en la milicia y no sé, pero no regresó más; a veces llegan noticias a Larache y algún vecino me las trae. ¡Si supiera leer y escribir! Ahora ya las niñas pueden ir a estudiar por orden del Rey Mohamed VI. Qué suerte tienen.

Por eso me pregunto a quién llevaré el mensaje que me trajo el muchacho para saber qué dice. Allí está junto al almohadón con mi nombre bordado. Parece que me sonríe. ¿Y si es una mala noticia? Será mejor que espere un poco.

Salió a la parte trasera de la casona. Miró el cielo y vio nubes agoreras de tormenta. Juntó las aves, los corderitos y las cabras. Acomodó las celosías. ¡Si hay viento fuerte se volarán ya están muy viejas! Trajo carbón seco y palos para el fogón, encendió la lámpara y comenzó a limpiar algunas verduras para agregar a los garbanzos.

Todo el ardor del Mediterráneo y del Océano, se enfrentaron en una gigantesca tormenta. Rayos, relámpago y una tromba de agua caía en torrentes del cielo oscuro y aterrador. Fátima, se sentó en la hamaca del abuelo junto al fogón que apenas refulgía en rojos azulados en el hogar. Sacó el mensaje y se lo puso en el pecho junto con el viejo almohadón. De repente, el techo abrió una boca de barro y caña, y el agua entró como turbión sobre la mujer. Ahí quedó.

Las noticias de los terribles acontecimientos llegaron a todo el país. Yussuf, salió tras la tormenta hacia su hogar. Llegó y su corazón quedó sombrío. La casa semi destruida aparentaba un derrumbe total. Con ayuda de algunos vecinos, logró ingresar y allí... en la hamaca encontró a la dulce Fátima. Tenía entre sus heladas manos azulosas el cojín que bordara de niña, pegado a los senos húmedos estaba el mensaje cuya tinta desdibujada no se podía leer. Allí, él, le había pedido que empacara y fuera a Tetuán donde ya tenía un nuevo hogar para ambos, donde pasarían los últimos años de su vida.

EL ÁNGEL NEGRO

  

            Estamos cruzando el río con una canoa frágil que compramos con nuestros ahorros. Es pequeña y pintada de colores vivos. El río se desliza suave como un reguero de miel o aceite entre un sin fin de plantas. Hay ruidos desconocidos por la costa. ¿Serán monos o aves? No tenemos idea de dónde provienen. No le tenemos miedo. La aventura nos ha superado. Primero la avioneta se descompuso en medio del tramo que nos llevaba al puerto, luego caminamos por una ruta contraria hacia donde queríamos ir, nuestro viaje de tres días está durando trece.

            Chalo dice que ese número no hay que nombrarlo, es mufa. Yo no creo en esas cosas. Rolando que es medio místico, nos alienta con unas oraciones que parlotea a toda hora. Me cansa, pero no le digo nada porque es bueno y ayuda en todo. Seguidamente al llegar al único puerto que encontramos había sólo una canoa. Ésta que se desliza como sobre miel caliente. Gracias a Dios no estamos solos, hemos visto algunos nativos caminar por la orilla. Nos miran con su boca desdentada y nos hacen señales que no entendemos.

            Giro y un sordo ruido surge entre las frondas. Es una imagen extraña. Lo que vemos es como un enorme ángel negro con un par de alas emplumadas que se abren sobre nuestra bonita canoa. Pareciera envolvernos con sus alas de grafito brillante y garras afiladas. Clava sus grandes ojos en mí. Me toma por el hombro y me sostiene sobre el río como un juguete sin forma. Lloro con desesperación. El número trece, pienso y con un llanto de cobarde, me lanzo a gritar y a golpear con mi mano ensangrentada al Ángel Negro. Los nativos vociferan y saltan de alegría. Ahora entendemos que ellos esperaban eso. Le grito a Rolando que rece por mí. Un dolor cálido me consume mientras mis alaridos se pierden para siempre. Ellos siguen navegando huyendo de ese monstruo alado que ya sació su hambre.

 

 

OLORES FUERTES

 


            Observé un largo tiempo, insegura por dejarla sola. Estaba bañada en sudor. Ardía de fiebre y deliraba. Cerca de nuestra casa había caído un rayo con la fuerte tormenta que arreciaba en el campo. A varias leguas a la redonda no se oía sino el ruido de los rayos y el brillo mañoso de las nubes que chocaban enojadas con la tierra.

            Tal vez, lejos de casa había otro tipo de guerra, una real, con bombas y obuses, minas y bayonetas caladas. Pero acá en la estancia, la guerra la peleábamos con la salud de Elinor. Entré en la habitación y el fuerte perfume que despedía el extraño emplasto que le había colocado en el pecho la vieja “Palmita”, que nos ha criado desde que éramos pequeñas ya que mamá se dedica a ayudar a papá y al abuelo con la cría de animales; fue como un golpe rudo en mi pobre nariz. La lluvia parecía que deseaba desenterrar árboles y casas. El galpón cimbraba o roncaba, según la furia del viento. A lo lejos se podía ver el bosquecito de paltas y guayabas, que era arrancado de cuajo y volaba por el aire en remolino para estrellarse contra las paredes enormes de silo.

            Elinor jadeaba. Su pecho silbaba como el fuelle del viejo armonio de la iglesia anglicana del sur. Ni mamá ni el abuelo podrían regresar del pueblo donde estarían refugiados. Habían ido a depositar cierto dinero de la venta del trigo que gracias a Dios se pudo cosechar antes de esta tormenta.

            Se sintió un olor extraño que venía por los pocos espacios que quedaban libres entre los grandes ventanales que el viejo Isidro con su muchacho, el “Cabezón” habían tapado firmemente con placas de madera. Me acerqué a una hendija para espiar y vi que un rayo estaba quemando el enorme árbol de encina que adornaba la entrada de la casa. Ese era el olor. Un terror me asomó en la cara y la buena “Palmita” me dijo sin dificultad: ¡Mi niña ni que vieras a la “marimanta” justo aquí!

            No creo que un fantasma como la marimanta me asustaría tanto Palma, hay un incendio cerquita de casa. Espero que cese con la lluvia.

            El susto no nos lo va a quitar nada. Le tengo terror al fuego y ustedes lo saben, desde aquella vez que me acerqué tanto a la chimenea que se me prendió la falda de seda celeste. Elinor me miró con unos ojos abiertos que me produjo espanto. ¿Mi árbol preferido se está quemando? No te preocupes, le dije, tu frente está más caliente que tu árbol. Se quedó callada y mustia. Palma le puso paños fríos en las sienes y le mojó la ropa de cama. Eso le bajó el calor corporal. Sentimos el aldabón de la puerta e Isidro salió para abrir. El viento que entró llenó la casa de un olor fuerte a leña verde quemada.

            ¡Tranquilas dijo papá ya ha amainado la tormenta! El árbol se secará y pondremos uno nuevo, pero un poco más lejos de casa. ¡Por precaución! ¿Cómo está Elinor? Todos nos miramos… ella parada junto a Palma, se abanicaba tratando de sofocar el enorme calor que sentía. Mamá nos dijo: ¡Chicas esto, como la tormenta también pasará! Y abrazamos al abuelo que solo señalaba su botella de scotch y con seriedad comenzó a rellenar la vieja pipa con olor a chocolate.

 

SALTÓ AL BALCÓN

 

            Mi viejo era un héroe. Viajaba siempre al interior con la chata llena de mercadería que vendía en el campo. Con lluvia y con sol, con viento y con calma el iba por caminos internos, no por las rutas. Las rutas las usan los comerciantes grandes, los que llevan muestras. Él, no, el vendía ollas, juguetes, ropa de campo, zapatos, alpargatas, cuchillos y mil cosas que conseguía en los galpones de la aduana o en garajes escondidos de los grandes comercios.

            Dormía en la camioneta o tal vez en algún cuchitril, de esos que hay por los caminos con luces de colores y flechas que dicen “Hotel” y son de cuarta. Mi madre lo adoraba. Y nosotros, los cinco hermanos también.

            La Lidia, aprendía piano, con doña Tiburcia y cuando sentía que llegaba rezongando la chata, se sentaba en el piano y tocaba y tocaba y mi padre la miraba y lloraba. De alegría lloraba. Yo coleccionaba “El Gráfico” y él, se sentaba en un sillón destartalado en el porche y los leía y acariciaba mi cabeza. ¿Sabés como me acuerdo de mi viejo? Si me parece hoy que lo estoy viendo con la foto de Labruna y a Di Steffano a quienes admiraba tanto. Mi hermana Célica se escondía debajo de la mesa que mamá tapaba con una carpeta que tejía con hilo fino y una aguja finita, y espiaba los libros de mi hermana que iba a la escuela Normal para ser maestra. Tal vez hubiera sido mejor que nunca creciéramos.

            Un día mi papá llegó fuera de hora. Mi hermana Carlota no había ido a misa con nosotros y mamá. Él, como no tenía llave saltó por el balcón a la pieza de arriba y el mundo se vino en catarata hacia el “carajo”. El Aurelio Marín, nuestro vecino, casado con la Antonia, estaba desnudo en la cama con mi hermana.

            Papá no dijo nada, sacó una pistola que llevaba siempre por las dudas y le pegó un tiro. Tan pero tan mal que en vez de darle al “tipo” mató a la Carlota. Ya no va a ser maestra.

            Vino la policía y se lo llevó a papá y al Aurelio. ¡Pobre mi papá, nunca supo que la puerta estaba sin llave; porque de la vergüenza se colgó en la reja de la celda en la comisaría! 

 

DESPIDIÉNDOTE

 


¿Dónde....dónde la lanza primigenia?

 

Esa que abrió el costado donde  fluyera un corazón

 

 de pájaro dormido.

 

Allá en el monte, solo una luz se apaga

 

en el alón de sueño adormecido, un vuelo roto.

 

Una caída,

 

Una derrota...

 

¡Qué marcó tu rostro quinceañero!

 

Tu muerte estaba preanunciada.

 

Volaste hacia el negro poniente abrazado a tu adicción mortal.

 

 

Tanto amor de la matriz prestada ahogó tu soledad.

 

Es cierto, no alcanzó para ti, mi muchachito atormentado.

 

No puedo tejerte una red de brazos para atrapar... tus sueños.

 

Tus manos ya no pueden alcanzar mi pena,

 

 volaste tras el horizonte de la nada;

 

 tu génesis violenta te abandonó sin miedo.

 

¡Tus miedos increíbles!

 

¿Dónde estarás niño desesperado por la vida;

 

¿Qué incógnita tu destino y tu muerte?

EL RESPLANDOR

  

 Mateo se despertó con el rudo sonido de los truenos. Caminó descalzo por la tierra húmeda de su rancho. El perro que gruñía con desagrado estaba enfrentado a la endeble puerta de madera. La tormenta dejaba todo en breve tiniebla. Una cascada de luces intermitentes iluminaban las hendijas de las paredes de barro y cañas.

¿Pará, Zoilo, no ves que es tan sólo una tormenta! Que no pasará nada en este lugar que no pasara antes... aunque en el verano de tu llegada hubo una inundación del arroyo Los Hornillos, que rompió todo. Si comienza a soplar el viento desde el sur, ¡ahí, sonamos! Prendió un candil e iluminó las paredes y el techo. Todo estaba flojo y muy gastado.

Buscó leña seca del rincón. Dos ratas salieron corriendo y se treparon por uno de los sostenes del techo. ¡Estamos fritos, viene la inundación! Zoilo, vamos a tener que subir al entretecho el catre y el fuego... ¿Cómo? ¡No sé, pero si me quedo sin fuego nos morimos de frío! Un tremendo estruendo sacudió el chamizo. El costado que daba al sur, comenzó a estremecerse. ¡Vamos Zoilo! Tomó un costal con sus papeles, algo de dinero, una muda de ropa, queso y galletas. Atravesó un machete a su espalda y se calzó con lo mejor que tenía. Un par de botines viejos y una manta. Salió como pudo del albergue que lo había abrazado varios años. Subió al caballo y partió alejándose del lugar. Zoilo trotaba atrás con deleite y mojado por el chubasco. ¡Había olvidado el yesquero y decidió regresar! Llegó justo cuando se desplomaba la pared que daba al arroyo. Como pudo se acercó y cargó con dos o tres herramientas y el famoso yesquero de su tata Aurelio. Cabalgó toda la noche, cuando asomaba el día, los truenos y la lluvia continuaban. ¿Adónde iba? Si se acercaba al pueblo, enfrentaría a su enemigo el Melchor Zapata... bravo con el cuchillo y de mala junta.

Se desvió por el terraplén del ferrocarril y siguió un trecho largo hasta la fonda "Ocho soles" del gringo Fortunato Giordano. ¡Buen hombre, que siempre le había dado una mano! Ingresó, dejando en el palenque al tordillo junto a Zoilo que ya, seco, se lamía las patas heridas por las piedras y las malezas. El agua trae mucha resaca de variada naturaleza. 

Apenas ingresó, le pidió una grapa al dueño del boliche. ¡Amigo, he perdido todo, o casi todo, porque el agua se llevó parte de mi rancho! Mi caballo y mi perro son mi único valor. Tengo algunas monedas para pagarte si esta noche me dejas quedarme a dormir bajo techo. El buen hombre se acercó, lo palmeó y le dijo... No necesito tu dinero. Tienes un catre en este lugar y señaló una habitación pequeña cerca de la puerta.

Mateo, le agradeció. No podía llorar era un hombre de "fierro".  Pero le dio una mano fuerte y sentida. Abrazo de hombres de campo acostumbrados al dolor y a las pérdidas. De pronto ingresó Melchor Zapata. La mirada furibunda que desparramó por el boliche parecía el rayo más grande que había destronado el cielo. Se enfrentaron las miradas. Ambos eran hombres de ley.

Fortunato se adelantó y dijo: ¡Acá se respeta a los parroquianos! Un brillo destelló en el aire. Era el machete del bravucón. Mateo manoteó su cuchillo, pero de repente un resplandor abrió un fulgor inexplicable en el lugar. Temblaba el recinto y cayó el matrero como bolsa de estiércol al piso. Un ruido gutural salió de la garganta del hombre. Corrió Fortunato y luego Mateo, el varón había sido atravesado por una luz fulminante que entró por la ventana vieja y sin vidrio.

El raro resplandor bailoteó un rato por el espacio y salió como un ave brillante por la puerta que se acababa de abrir, Zoilo empujaba para entrar para proteger a su dueño.

Esa noche, sólo se oía el ruido de la tormenta a lo lejos.

UN BARCO A LA DERIVA

  

            Ramón Plates, dueño del bote “Nadia” instaló los ganchos con redes esa mañana. Las jaulas para recoger las centollas en la zona sur del océano, que ese año parecía generoso en su cantidad y tamaño. El Gervasio Robles, había regresado con una cargamento digno de los mejores mercados. Llamó a sus ayudantes. Eran quince; hombres rudos y dignos de ese mar próspero, que entregaba su vientre preñado de vida.

            Fueron llegando con una bolsa de lona que por la sal de muchas cosechas, que parecían de madera, colgadas a las espaldas como único posesión. El olor a sal y pescado penetraba su piel dejando huellas indelebles. El servicio meteorológico había aclarado que todo estaría calmo esa semana. Había que apresurarse.

            El motor estaba recién revisado y se le había cambiado alguna que otra pieza para que fuera más seguro. Zarparon a la madrugada, a lo lejos se veía el cielo rojizo con un sol aplanado en el horizonte. El oleaje los hacía danzar como siempre adormeciendo a los robustos navegantes. Rumbo al sur, rumbo a las gélidas aguas del atlántico. El amanecer fue tranquilo y los hombres se movieron por la cubierta respetando los gritos del Jefe, que les pedía controlar los aparejos del puente.

            Un mundo de gaviotas y petreles los seguía. Y al estar vacíos las cámaras frigoríficas, la línea de flotación estaba menos sumergida. Pronto se llenarían y si la buena suerte los acompañaba llegarían a puerto, cargados y bien hundidos en las aguas.

            El viejo “Onrieta” se acomodó con una caña en la popa. Hacía unos meses que no comía un buen “Bonito” fresco y el cocinero los preparaba exquisitos. Los que estaban en timonera interior, se reían del hombre. ¡Este es un pescador que será pescado! y reían con sus temores típicos de los hombres de mar. Porque el mar es muy déspota, caprichoso y a veces malvado.

            Pasados tres largos días, el tiempo comenzó a cambiar. Desde el radio, los mensajes eran tranquilizadores, pero por las dudas, Ramón Plates, tomó la decisión de agregar más cables en las básculas, grúas y jaulas. El trabajo estaba hecho y bajaron la zona de obra viva, dejando sus literas bien soportadas.

            Al quinto día, las olas hacían bailar el barco de estribor a babor y a veces el “púlpito” desaparecía en las aguas y aparecía la popa elevada como una chimenea. Juan Artemio, uno de los más jóvenes, sacó de su bolsa una imagen de la “Virgen Stella Maris”, cosa que produjo una protesta general. Mufa. Mala suerte. Toda clase de chanzas y palabrotas brotaban de las gargantas que se calmaban con unas botellas de buen ron y ginebra. La tripulación comenzó a echar las jaulas en el lugar establecido y a esperar que las grúas, comenzaran a hacer su tarea. Llovía a cántaros y bramaba el mar transformando el barco en una cascarita de papel en la noche. Los truenos y relámpagos, iluminaban a los rudos varones. El agua comenzó a tapar el “casillaje” y la cubierta. Tambaleaban las jaulas y cuando elevaban alguna, preñadas de centollas un grito gutural de triunfo se desparramaba por el barco. Se iba llenando la panza del barco. Pero la tormenta era cada vez más dura.

            Esa madrugada Adriano Reano sintió un crujido electrizante en la zona de “espejo”, algo se había desgajado. Salió corriendo de su cabina y otros, ya, le seguían; sí, el mar se cobraba una suerte de venganza. La plancha que recubría el “espejo” que era de un material nuevo de alto contenido de material plástico, se había desgajado y una hendidura profunda hacía agua. Comenzó a llenarse la zona de “obra muerta” y don Ramón, dio la orden de soltar las centollas al mar. Una maniobra brusca los dejó bamboleando y rolando. ¡Todo se transformó en un aquelarre! Bravío el océano se  cobraba la represalia contra ese barco que lo desafiaba. Los rayos caían despiadados sobre el Nadia, que trataba de salvarse de las embestidas del mar. Reano y Onrieta, lanzaron un bote salvavidas al agua, los que pudieron con sus chalecos saltaron y comenzaron a remar.

            Arriba, en la timonera interior, don Ramón peleaba contra los ataques del diluvio que lo apedreaba con olas gigantes. Desde el minúsculo bote salvavidas, vieron como un amoroso Nadia, se iba hundiendo entre murallas de agua helada, reservándose al quien amaba su nave y despreciaba el aluvión de agua salobre que lo llevaría a las entrañas del mar del sur.

            A la mañana siguiente, a la deriva, sobre aguas quietas y silentes un pequeño grupo dejaba que algún otro pesquero los encontrara para regresar con sus familias y emprender en otro viaje la cosecha que los hombres esperan para comprar y vender las mágicas entrañas de los mares del Sur: las centollas.