lunes, 21 de abril de 2025

DIEZ AÑOS PARA EL AMOR

 


 

                                                               En la sombra del aire regresó desdibujando el dolor de su ausencia.

 

 

            La oficina era un espacio donde se coagulaba el alma de Inés, secretaria típica de empresas extranjeras. La contrataron hacía dos años por su cultura, uso de idiomas y belleza física. ¡Era bella! Su cuerpo de un metro setenta y cinco, largas piernas torneadas, cintura estrecha y manos hermosas. Ni hablar de su rostro, era una verdadera belleza de  “Tiziano”, su cabellera de tono castaño rojizo le caía sobre los hombros en cascada de suaves hondas. El jefe, que la contrató le hizo pasar varios exámenes pensando que era tan sólo eso, un cuerpo bonito y una cara hermosa. Pasó todas las pruebas por extrañas y difíciles que fueran. ¡Un hallazgo!

            Llegaba temprano y ordenaba el trabajo de acuerdo a las prioridades. Nadie sabía que había sido criada estrictamente por un abuelo austríaco y que su padre, había viajado a un país americano enamorándose de una muchacha preciosa pero de bajo nivel social, por lo que una vez nacida, fue sacada de los brazos maternos y paternos y escondida en la enorme mansión de los Alpes, que guardaba en secreto el anciano.

            Luego, enviada a estudiar en distintos institutos y universidades del mundo, Inés, era la joven perfecta para estar en el mundo de la economía y comercio de alto nivel del mundo, pero… ella tenía un rasgo personal extraño. Era antisocial. No sólo le temía a la gente, sino que era muy callada y solitaria.

            El abuelo, había impregnado su vida de cultura, de belleza y arte; pero la aisló de la sociedad con un desmesurado afán de protección. En el fondo el egoísmo le quitó a Inés de la compañía despreocupada de gente como ella. Su juventud pasó siempre entre libros, cursos con grandes maestros, teatros y bibliotecas solitarias y con perfume a papel entintado.

            En Liverpool caminando por entre los pasillos de una librería lo conoció. Era un hombre un tanto mayor. Tendría unos ocho años más que ella que cumplía los treinta en pocos días. Era muy alto, algo canoso, bien plantado y con unas enormes gafas que le daban un aire de profesor magíster. Él, se acercó silencioso y la enfrentó. ¿Qué buscas? La dejó perpleja, busco un libro de Chesterton. ¡Ah, pensé que buscabas algo de modas!

            Ella se largó a reír. ¿Por qué, si soy universitaria y estoy preparando una tesis sobre… Chesterton? Por tu inimaginable belleza.  Simplemente por tu hermosura y ese perfume que se huele desde varios metros de distancia.

            Volvió a reírse. Lo compré en Argelia en una Medina y es un aceite de nardos. ¿Pero usted quién es?

            Él, se sacó un guante de cabritilla negra y le dio la mano, presentándose. Me llamo Damián Makontoff, profesor de filosofía. Inés vio el anillo de oro que portaba en el dedo anular. ¡Era casado! Mi nombre es Inés Maryan Sgruggs López y soy profesora de literatura y entre otras cosas mujer. ¡Cómo se rió él, cuando dijo: Mujer! A carcajadas. Era la primera vez que Inés veía una risa tan clara y sonora. Alguien los hizo callar, entonces Damián la tomó de la mano y la saco por los pasillos conduciéndola al café que estaba habilitado en la planta baja de la biblioteca.

            Cuéntame de tu vida. Y ella por primera vez, comenzó a narrar su historia. Él, la miraba arrobado. Le miraba a los ojos y escuchaba atentamente sus pingües vivencias familiares, sus enormes pasos por claustros y la dura educación que le dieron.  Habló de su abuelo Kurt y de su padre Adolf. No conocía el nombre de su madre, nunca la había visto y sólo sabía que era de Argentina, de una ciudad llamada Rosario y que no le permitían buscarla. Tampoco a su padre.

            Inés creía a su padre muerto hasta que un día descubrió a su abuelo hablando por teléfono con su padre. Estaba en ese lejano y raro país que es Argentina. Y comenzó a investigar cosas de la gente, las costumbres, la música y todo lo que pudo sobre arte, música y literatura. Así conoció a Borges, Cortazar, Lugones y muchos otros que leyó con avidez. Escucho en escondidas “tango” y se enamoró de Piazzola y de Julio Sosa. Buscó paisajes y hasta se atrevió a escuchar música popular de las diferentes provincias. Le entusiasmó saber de la diversidad de artistas plásticos y bailarines que habían logrado destacarse de entre los mejores del mundo.

            Damián solo le contó que estaba casado con una mujer excelente que había comenzado a sufrir una enfermedad lenta y deformante, que cada vez, estaba más recluida en una silla.

            Así, comenzó su amistad telefónica y por Internet. Algunas veces, cuando el podía la invitaba a un concierto o una ópera. Pero no se atrevía a hablar de otro tema que no fuera intelectual. Pasaba el tiempo y del sillón, Amalia la mujer de Damián, pasó al lecho, ya no podía caminar, ella comenzó a trabajar en la facultad para verlo frecuentemente; pero él, cuidaba su imagen y sólo conversaba con Inés en la cafetería del Instituto. Jamás le había hablado de amor. Hasta el día que lo encontró llorando en la secretaría y supo que su esposa, había comenzado a usar un respirador para sobrevivir.

            Cansada se mudó a otra ciudad y allí tomó el secretariado de la corporación Internacional de Stafford  J. P. R. & CIA. Y trató de alejarse de Ese amor imposible que la torturaba. Ella amaba a ese hombre honesto y fiel, pero habían pasado nueve años y jamás le dijo una sola palabra que le indicara amor y pasión. Los compañeros se deshacían por acercarse a la “diosa” y ella gentil, sólo les demostraba eficiencia y solidaridad laboral. Estaba cansada de su ausencia que la despojaba de un sueño de ternura y compañía.

            El día que cumplió cuarenta años, le llegó un ramo de orquídeas blancas con una rosa roja. La tarjeta decía: Te amo, Damián. Y un número de teléfono.

            Inés no se animaba a marcar. Pensó en lo extraño de ese regalo y en las palabras tan inesperadas de amor. Cuando salió de la oficina, vio un automóvil azul oscuro que estaba detenido a la vera de la puerta del frente. Él, Damián la esperaba parado junto al coche. Ella le saludó con la mano y vio que él, estaba extraño. Se acercó y el le susurró: “Amalia falleció hace unos días”. Perdóname, nunca quise decirte cuánto te he amado por respeto a ti y a ella. Hoy, libre vengo a buscarte para recuperar el tiempo perdido. Te amo y espero poder darte todo lo que mezquiné en estos diez años. La enlazó por la cintura y por primera vez la besó como Inés había soñado.

            Hoy Damián e Inés, ya casados, viajan por el mundo y disfrutan de una pasión que los inaugura en la felicidad.

                              

JUAN MANUEL


 

            Por su porte, lo miraban todas las muchachas y algunos muchachos. Pero aun era un púber. Trajinaba calles vendiendo frutas de la chacra de sus abuelos paternos a quienes le debía su educación. Su padre le era una especie de fantasma imaginado perpetuamente porque nunca regresó de un viaje por las islas del sur. La amarillenta fotografía que tenía de él, se estaba desdibujando con el tiempo y la humedad de la casa.

            De su madre, solo escuchaba chismes malintencionados de las vecinas y del cuchichear de sus abuelos. Le parecía que era una vampiresa de esas de las novelas que escuchaba su abuela por la radio. Pero nadie le decía la verdad. No sabía ni siquiera cómo se llamaba y si vivía en ese pueblo.

            Soñaba despierto. Pensaba que sería un torero como el “Piquín” o el “Muletilla”; pero ya a su edad no lo aceptarían en ningún ruedo. A veces iba con el abuelo a los toros. Miraba azorado el valor de esos muchachos que enfrentaban los toros en la arena.

            Un día, una mujer de mediana edad, se acercó y quiso hablar con el viejo, pero este se hizo a un lado y lo tironeó de la camisa bruscamente. ¡Vamos, salgamos de aquí que hay un demonio cerca! Y se lo quedó mirando mientras la mujer le decía dos o tres mezquindades.

            Esa noche escuchó clarito una discusión entre ellos, sus abuelos. ¡Que no dejaste hablarle al niño! No, mujer, si casi me insulta. ¿Pero él la vio bien de cerca? Bueno había mucha gente alrededor, puede que no la viera muy bien. Y el murmullo se fue sofocando como él, pues comprendió que algo importante tenía esa mujer con los abuelos y su persona.

            De camino al mercadillo, un sábado, se cruzó con ella. Se la quedó mirando y se imaginó que podía ser su madre. ¿Cómo le hablo? Pensó, pero siguió rápido su camino, no fuera que sus abuelos se enteraran y se armara un lío.

            Juan Manuel cumplía los dieciséis años y vino de la aldea de Portezuelo un tío, que era su padrino. Le traía un traje de tela gris oscura. Un regalo inesperado para ese chico que tenía poco y nada propio. El padrino era hermano de su padre. Y le habló muchas historias de cuando eran niños. Se fue tarde, casi al anochecer.

            ¡Mira Juan Manuel, parece que se viene una buena… la mili está muy alborotada y el general Franco, está dispuesto a enfrentarse con los rojos! Y de golpe sintió orgullo de sus ideas. ¡Quiero ir a la mili, abuelo! Tú, niño, ni pensarlo. Dicen que se viene la guerra y ni te imaginas lo que se sufre con ella. ¡Es un monstruo que no dispara con justicia, sino con odio y venganza!

            Ese domingo se puso el traje que le regaló el padrino y decidió ir a la iglesia del pueblo. Que lo vieran las muchachas. Que creyeran que era un hombre y que su pecho, ya no enfrentaría a un toro, sino a un soldado o cien o miles.

            Juan Manuel, estás muy guapo. Este muchacho es un milord en persona. Un majo. Un mozo de orfebrería. Y una y otra comparación que no entendía. Se sintió enorme, sabio e inteligente. Se sintió un elegido.

            Pocos días después, comenzaron las riñas en el pueblo. Ya no había esa amabilidad que era su fuente de alegría. Los vecinos peleaban, se decían vulgaridades y hasta se comenzaron a pegar con herramientas de labranza. Aparecieron camiones con hombres de otros pueblos y después del ejército. Los primeros tiros, eran oídos sin preocupación, hasta que al salir a la calle vieron al cura muerto con un balazo en las sienes. Otro día en la noche, se sintieron disparos más fuertes y cayeron don Paco y Lisandro. ¡Eran rojos, dijeron!

            Juan Manuel, ya no se sentía un chiquillo, era un hombre dispuesto a luchar. Pero una mañana que salió para llevar las naranjas, vio muchos muertos en las calles y él, no quería participar de esa locura. Caminó por la orilla del río y vio más caídos. Más sangre y de pronto, una mano de mujer lo sujetó con fuerza. ¡Vete niño! Era la mujer del encuentro. ¿Y a usted quién le dio vela en este entierro? ¡Soy tu madre, y te ruego que vuelvas con tus abuelos y se escondan y guarden toda la comida!

            La mujer llevaba una escopeta y un brazalete de paño rojo. ¡Esa era su madre! Y le quería evitar un desastre. Juan Manuel no alcanzó a preguntarle el nombre cuando un balazo le entró en las tripas. La mujer se agachó sollozando. Amor mío, te quiero con toda mi alma. Y cerró los ojos del niño que se creía un héroe de verdad.

LA DESIDIA

 

                        El maestro llegó en su moto justo en el minuto en que se desplomaba la última pared que quedaba en pie. Venía para ver qué sucedía con la pequeña Rocío que no asistía a las clases desde...hacía como un mes y medio. Su asombro lo dejó entre extasiado y desesperado. No podía comprender cómo se puede destruir una casa como esa. Recordaba cuando el era niño y pasaba por ahí. Estaba construida con buen material y diseñada por arquitecto e ingeniero. Tenía todo lo que una familia de clase media trabajadora podía necesitar. La buena señora Adelaida, la dueña, había plantando toda clase de vegetales, árboles que yacían como esqueletos afiebrados en el secano ahora. Vio por primera vez a Chacho, el hijo, ese muchacho mimado que nunca logró hacer nada. Chacho estaba allí parado sin moverse. Las manos en su enorme cadera flaca. Huesos y piel era lo que quedaba del hombre que criaran Adelaida y Floreal, el padre. Una mujer, la madre y esposa del padre de sus hijos, contemplaba las ruinas con mirada de idiota. Los niños, nueve, lloraban. Sucios como siempre, desvalidos y ansiosos, se le acercaron buscando una respuesta. ¿Qué podía hacer él?

                        Llegaron los bomberos, tarde, porque en realidad ya no eran necesarios. La casa se había comenzado a morir cuando los viejos murieron. Chacho era incapaz de mover una mano para trabajar. Todos los días tenía el pretexto locuaz para no salir a trabajar. Esa palabra era tabú. Él no había nacido para “romperse el lomo”. Las lluvias, los vientos, el descuido...hicieron el resto. Como un cáncer la casa se fue destruyendo. Nada quedaba de la que fuera la mejor casa del barrio. Quedaba el grupo familiar como los miles de desamparados que viven en las calles. Pero en el caso de Chacho y su mujer, por no querer aceptar la dignidad del trabajo. Habían quedado desnudos de un techo, un hogar.

El abandono y la pereza los había ganado. Ahora el gobierno se haría cargo de los niños que desnutridos parecían espantapájaros sonrientes y bobos. Nunca pisaron la escuela. Era un esfuerzo que el padre y la madre no podían o no sabían enfrentar.

            El maestro llamó a salud mental ¡Ya es tarde le dijeron! Pero rocío, era una niña inteligente y podría superar. El juez aceptó la tenencia al docente y dicen que fue la que con el tiempo reconstruyó la casa.

Caídas

 

“NO HAN DE SER TUS CAÍDAS TAN VIOLENTAS”

                                                               PEDRO B. PALACIOS (ALMAFUERTE)

 

Sintió la afrenta. El patrón estaba obsesionado con la hija de Palmira. Había cumplido doce años y tenía un cuerpo de mujer que lo volvía un tigre. Despertaba en las noches calurosas, con un sudor hediondo entre las sábanas. Soñaba con la niña. Su cabello negro que caía sobre la espalda oscura por el sol que amedrentaba las sombras. Sus pequeños senos, apenas pretendiendo empujar la tela rústica de su vestido pobre y viejo.

            Despertaba y se metía baldazos de agua fría para romper ese ardor incurable que sentía.

            Podía ser su padre o su abuelo. Y la pobre niña, atenta siempre por orden de la madre le acercaba un mate para que desayunara.

            Palmira lo observaba desconfiada. ¡Ese matungo fiero y enclenque no la va a arruinar a la Macaria! Y no le quitaba la vista de encima. Siempre atenta a cada movimiento del hombre que supo levantarle más de una noche la pollera siendo joven.

¡Y esa chiquilina, tan inocente no se daba cuenta de las miradas turbias del patrón! Aun jugaba con el gato, el felino se desparramaba sobre la pollerita de la niña ronroneando. Luego afilaba la uñas en sus alpargatas y saltaba cuando Macaria le daba un trozo de carne. Simple juego de pequeña campesina.

En invierno cumplía los trece. Hacía frío y la leña escasa bailoteaba en el rostro sonriente de la muchachita. La Palmira se sintió morir cuando la vio venir ensangrentada de la parte de atrás de la vivienda. ¿Qué te hizo ese viejo cochino?

Nada madre, el patrón se resbaló en la nieve y se hizo daño en la cara, yo lo auxilié; como usted me enseñó. ¡El pobre hasta lloraba!

¡Está bien, ya lo voy a ver! Salió Palmira azuzada por la curiosidad. Llevaba un poco de venda y agua oxigenada. Golpeó. La rústica voz del hombre le ordenó que se fuera. Pero ella empujó la puerta e ingresó en la oscura habitación del patrón.

Sobre la cama, envuelto en un papel de seda, había un vestido color carmesí y unas cintas. ¿Y eso? No serán para mi Macaria…

Se acercó y en la cara del patrón los arañazos del gato, habían dejado huellas húmedas y vergonzantes. El animal, había saltado sobre él cuando intentó tocarla y Macarena, se asustó tanto, que no supo qué hacer. Creyó que el animal, lo había hecho de pura maldad. Y trató de ayudarlo.

¡Me caí, Palmira, eso fue todo! Y el gato me arañó un poco. No fue nada, pero te pido, que mandes a la niña con tu madre a otro lado. No la quiero aquí con ese gato.

La mujer cerró los ojos y salió despacio. Sabía que si no se la llevaba de allí pronto una caída certera, sería sobre la muchacha.

 

UNA ESTACIÓN EQUIVOCADA


 

El Víctor descorchó el último champagne y abrazó goloso a la Rubita. Ya no recordaba cuándo la invitó a esa fiesta, pero estaba allí. Con el escote generoso mostrando la piel morena, y un vestido escaso de tela en color rojo furibundo, se contorneaba frente a su cara zorruna.

No era rubia. El peluquero había hecho maravillas para que luciera así. No importa. La tomó por la cintura sentándola entre las piernas. Sintió escalofrío. Esa mujer lo volvía loco.

            Ella con una corta mirada sopesó el salón, la ropa, los muebles y la vajilla, que había desplegado el hombre. Su calva relucía con tanta luz y los ojitos, casi cerrados por el alcohol, la desvestían con su desvergüenza de borracho.

            A una seña de Ronaldo, se acercó a la boca del tipo y lo provocó a un beso. Escapó a tiempo con un gritito histérico y comenzó a cantar un bolero de moda. Él sollozó por el cuerpo perdido. Ella escurridiza, lo incitaba con mohines teatrales. Era el candidato preciso y precioso para timar. Cuarentón, soltero y con guita. El Ronaldo le hizo un signo y alargó un pie desplazando el tajo del vestido que envolvía la pierna. Un muslo fuerte y cobrizo, engolosinó al hombre que la manoteó sin pudor. Cayó en un sillón, apoltronando el cuerpo apetecible en los brazos y alargó los dedos rasguñando, agatunada, el rostro sudoroso de deseo. Acarició torpe los senos de la hembra. Dio un salto, y volvió a cantar con voz de loba en celo.

            Había aprendido eso después de escaparse de su casa. Allá en medio de fincas y huertas nada encontraba divertido. Soñaba con las novelas que veía en la televisión y pensando que la vida era fácil, una tarde de otoño, cuando un mantón dorado cubrió el verde, huyó de lo que creía era una verdadera esclavitud. Una noche de tiniebla la acogió. La ciudad la deglutió sin fantasía. No tuvo escapatoria. ¡Prostituta! Eso fue. Era. Sería por siempre.

La Pichaca, la acogió en una casa del barrio bajo, cerca del zanjón que traía agua para el riego. Le prestó un vestidito corto, una tanguita mínima y unos tacones altísimos. Maquillada como un fresco de Miró, salió por zonas oscuras a hacer la calle. La primera vez, se le murió un sueño. El alma. Le nació un dolor que escondió con furia en el corazón herido. ¿Regresar? ¡Jamás! Para la familia, había muerto. La Juana Leiva, una mañana en el mercado le contó que así le habían dicho, allá en su casa. Sintió alivio. ¡No los necesitaba!.

            Un día de tormenta, la enganchó el Ronaldo. Las contrató, a la Pichaca y a ella para la fiestita de unos garcas. No sabía qué significaba. Pensó que era gente con plata y sólo eso. No. También eran degenerados. ¡Algunos de puta madre! Esa trasnochada, supo que iba a terminar mal. Pero el Ronaldo fue bueno. Le pagó un fangote de guita y ofreció ayuda. Si se portaba bien, claro.

 Cada fin de semana había una fiesta. Cada vez más podridas, con cocaína, crac y juegos pervertidos. Aprendió a vestirse de otra manera, a pintarse mejor. Se tiñó el pelo casi blanco. Frente al espejo se cantaba “La rubia Mireya” y se paraba como las viejas actrices de los cincuenta. ¡Esas viejas sí que eran bárbaras!

 Él se le reía en la cara, el Ronaldo, digo, porque ahora en los brazos de ese gil, se sentía Marilyn Monroe. A ella qué le importaba si lo timaban después, “Era el destino de los lujuriosos”, leyó en una “Gente”. Y, si lo decía, Mirta Legrand era fija. Esa noche, el Víctor después de varios morbos depravados, se durmió en su cuerpo. Cuando despertó, no estaba ni la rubia, ni su dinero, ni los cubiertos de plata de su abuela, ni las pieles de su difunta madre. ¡Todo se había esfumado como en un sueño! No podía denunciarlos. En el Banco, la tele, la radio y el club, hablarían de su berretín de andar con putas y travestidos. No, no podía.

            Llegó la época de Vendimia, la ciudad se llenó de turistas y de gente exótica. Las calles hervirían de patanes cargados de billetes de todos los colores. Pero, esa noche no quiere salir. Prende la tele y se queda pasmada frente a la pantalla. Comienza a llorar y la Pichaca la observa preocupada. Algo grave le ocurre. Nunca la vio llorar así.

—Mirá, che, ésa que va en el carro, esa bonita, la reina, es mi hermanita menor, la Lidia. ¿No es preciosa? ¡Ves qué cuerpo, qué sonrisa, qué chiquita! Si me encontrara, no creo que me reconozca. Fijate cómo tira besos.

La compinche la abraza y llora con ella.

—¡Si me hubiera ido en época de cosecha, no estaría tan lejos!

De pronto, en la pantalla, la imagen del Víctor enfrenta a los televidentes abrazando por la cintura a la niña. Lo muestran como un galán atrapando el cetro que tiene la Lidia en la mano. Él está junto a su muñeca haciendo un reportaje para el canal en el que trabaja. La niña inocente sonríe...

 La Rubita salta, toma la cartera y sale corriendo. Detiene un taxi y grita: “¡Llevame a la Vía Blanca, tengo algo importante que hacer!”.  En la cartera esconde un revólver.

 

 

TANGUERO POR ELECCIÓN

  

 

            El campo se pintarrajeaba de luz a esa hora en qué los pájaros dispersan los insectos. El griterío de ranas y sapos despertaba a los que se habían atrevido a romper con los relojes naturales del sueño. El mate pasaba su peor momento, flaco de yerba y azúcar quemada unido a yuyos de aquí y de allá, saborizaba la tranquilidad de la garganta.

            Don Elías se acomodó el cinto, allí escondido tenía un viejo revólver que no tocaba sino para pavonearse en caso de emergencia. Un bolso donde apretaba el dinero para pagar a los cosechadores, soportaba el permanente pasaje de la vista aguda del patrón.

            Llegó a la finca la noche anterior. La cosecha magra por el granizo tempranero, dejó la mitad de la uva en el suelo. Algo de melesca y algunos racimos se habían salvado. El sesenta y cinco por ciento apenas, dijo el de la cooperativa. Sí, era cierto, pero a los hombres había que pagarle igual.

            El tractor atropelló suavemente los perros que intentaban robar algo del fogón nocturno. Salieron ladrando sin problema. En la parrilla dormitaba, sobre las brasas, un asado que merecían los obreros. La Florita se acercó con una “sopaipilla” y le tendió una servilleta. El hombre tenía tiznada la frente. “Límpiese don Elías”. La pava, que se desmembraba sobre la hornalla, tenía hollín de varias cosechas. Algunos gallos juntaban ganas de cantar aún, y las gallinas picoteaban alrededor del dueño y la mujer.

         —¿Doctor, alguien sabe que usted vino anoche? ¿Y si se aparecen todos juntos, no habrá camorra? Anoche chuparon mucho. Era vino viejo, lo que queda, pero tontos no son. Ellos saben—. Sin esperar respuesta la Florita se levanta y se mete de lleno en la cocina.

         Don Elías sigue cebando mates suaves y lavados, pero con sabor a menta y cedrón. Comenzaba a amanecer. El rojo círculo entrelazaba su luz con los viñedos, que ralos ya, ponderaban el paisaje.

            El hombre había nacido en la tierra y por esfuerzo de su padre, tuvo que emigrar a la ciudad para ser abogado. Aún se regocija y estremece de placer al ver la finca. Harto de expedientes y códigos, añora su vida juvenil, cuando ayudaba entre hilera e hilera, atando o podando la vid. Simplemente colaboraba cuidando el agua, para que el gringo de la otra finca no se robara, de madrugada, ese oro imprescindible.

            Recordó las noches de luna, allí junto al zanjón, con la escopeta aperdigonada con sal. Evocó a su madre, esa extraña libanesa de ojos negros y profundas ojeras que, silenciosa, seguía viviendo como en otro mundo. Única mujer entre ocho hermanos, su madre era sumisa y sabia. El padre la casó con el paisano de Rivadavia. Y allá fue sin haberlo visto nunca. Obediente aceptó ese matrimonio, pasiva como toda mujer de aquella época. Siete hijos, había criado. Todos varones. Don Elías era el más pequeño. El hijo predilecto. Pero un día se fue a la eternidad, silenciosa como siempre.

            Rememorando estaba, cuando una sombra se proyectó tras él. Alcanzó a manotear la navaja que trataba de cortarle la yugular. Logró hacerle, por detrás del pecho, un profundo tajo que le abrió la carne. Su mano diestra cogió la hoja aunque se abrió una herida sangrante en la palma.

            El grito de Florita asustó al ladrón que trató de manotear el bolso con la paga de los cosechadores. Salió corriendo el bandido y en una moto se perdió entre los parrales hacia el norte con un vil acompañante que lo esperaba.

            Con el amasijo, la Florita tapó la herida y medio a la rastra llevó al apuñalado hasta el automóvil. Como pudo, el pobre don Elías manejó hasta el hospital Sícoli.  Al oír el bullicio de los que esperaban en la vereda ser atendidos, salieron corriendo los hombres y mujeres de la guardia. Rápido ingresó a cirugía. Un manchón de sangre regaba el corto espacio hacia la muerte.

            Recuperado, don Elías, descubrió que la existencia, demasiado corta, tenía un nuevo ventanal para sus sueños. ¡Siempre había querido cantar tangos! Ahora era su tiempo.

Así, con los sábados despierto a la música, en espacios sorprendentes, cantó tangos para amigos y desconocidos, que se sorprendían de su entonación y fuerza. Otra vida diferente se prendió en un farol de la esperanza en la esquina venturosa de una calle cualquiera de la ciudad.

 

Vocabulario

Melesca: cosecha de uva que queda en no más de dos o tres granos después de la cosecha grande.

Sopaipilla: torta frita, típica de Cuyo y otras regiones de América del Sur.


ENTRE RECUERDOS Y OLVIDOS


 

—Me toca a mí hoy, es difícil, pero lo cuido yo. Mañana que lo cuide el que pueda —dice la muchacha y se agacha frente al anciano que dormita en la silla de ruedas.

Un mechón de cabello canoso cae desprolijo sobre la cara del hombre. Las manos, largas y ajetreadas descansan deformes sobre los brazos del armatoste. Sólo en la noche lo ponen en la enorme cama con dosel y pintura desvaída que tuvo mejor memoria.

Con un movimiento brusco la atrapa. Los ojos celestes del viejo la observan y le mete la mano por debajo de la falda. Ella le da un golpe, grita.

—Abuelo, quieta la mano. Soy Eleonora, la hija de su hijastro Jurguens. Quieta la mano. Un poco de respeto. ¡Viejo zorro! ¡Bien que sabe, mujeriego, baboso!”  —la joven esquiva la mirada febril del viejo—. ¡No me busque…! ¡Seré como una fiera cuando le cambie los pañales o lo bañe! No soy su mujer —se sienta y comienza a depilarse con delicadeza la pierna.

Mañana es el día, la familia toda es un avispero. Buscaban para que represente al Club de Tiro en la Fiesta de la Vendimia de Junín a una joven bonita como ella. Es alta, de cabello negro y ojos celestes. Es esa perfecta mezcla de criollos y europeos que llegaron a poblar Mendoza. Una figura esbelta y grácil.

Ella es el sueño del pequeño paraje al que llegó después de rendir varias materias de su carrera de Relaciones Públicas. Eleonora ha sido protegida desde niña. Ahora su madre, mujer dedicada al cuidado de la finca, junto al marido y al anciano, sueña con ver a su hija mayor con la capa y la corona distrital. ¿Y por qué no departamental?

El viejo se sacude la modorra y la mira.

—Eres tan bella como mi primer esposa. La conocí en Marsella cuando escapaba, de país en país, buscando salvar mi vida. Yo tenía siete años, cuando se produjo la revolución y mi padre me puso en manos de unos extraños.

—Ya me lo contó mil veces, abuelo. Que su mamá murió frente a usted, que le cañoneaban la ciudad y degollaban a los campesinos que no se adherían a los revolucionarios.

¿Te conté cómo llegué a este país? ¿Por todo lo que pasé? —pregunta el anciano y enseguida dormita.

Eleonora se hunde en su recuerdo, en su infancia tranquila, pero llena de historias de guerra y metralla. Piensa qué haría ella si de pronto le destruyeran su casa, su familia, sus amigos y su país. Mira al abuelo. Apenada, le acomoda la colcha tejida con restos de lana multicolor, sobre las piernas. La mano rígida vuelve a tratar de subir por sus largas piernas enfundadas en una pollera de muselina. Usa una gastada remera con el dibujo de Mafalda. Lo esquiva. Se ríe y él, acompaña su risa con la boca desdentada y seca.

—¿Quiere un mate? —ofrece ella.

—No, usa mi samovar y prepara un buen té. Allá en Rusia, siempre había un samovar en cada casa. Aun en la más pobre. Y té caliente esperaba a cada campesino. Hacía mucho frío.  A veces hasta cuarenta grados bajo cero. Cuando papá me entregó a aquella gente, apenas me dio una cadena de oro y sus anillos. No tenía nada. Me los quitaron en cuanto salimos de la villa. Y se fueron. Quedé solo y me escondí en un carromato lleno de paja. Mis padres nunca supieron. Estaba solo como vos.

El sueño del viejo es más profundo. Eleonora observa que de los ojos dormidos, caen unas tenues lágrimas que se desparraman por la piel arrugada y se pierden en la boca entreabierta. Sin dientes parece una máscara lamentable.

A las siete, aparece su madre con las manos rojas y doloridas. Ha cosechado duraznos y los cajones se apilan en la tierra blanquecina. El desgastado delantal es un muestrario de los jugos dulces que emanan de la fruta. “Don Antenor vendrá dentro de media hora a buscar los cajones. Me baño y te ayudo. ¿Cómo se ha portado el viejo?”, dice y  sale sin esperar respuesta. La rutinaria vida es extrema y dura. La muchacha, comienza a preparase para la noche.

Se bañó, se sacó esa suerte de tiras de tela que le enrulan el pelo. Tiene el perfume dulzón de las manzanas convidado por el papel de los ruleros caseros. El cabello cae como cascada de fuego oscuro sobre su piel tostada por el sol. El cielo turquesa de su mirada, despliega historias de amor entre gente antigua. Tiene una mirada envolvente y labios sonrosados. Dos hoyuelos insinúan un frágil mohín aniñado.  Sobre la cama ha desplegado un vestido, del color de sus ojos, que espera abrazar la espléndida figura.

El anciano despierta. La mira.

—¿Ingrid o Hilse? Eres como una de ellas. Hermosas mujeres me calentaron la cama. Claro que sucedió mucho después que entré en el túnel negro del barco, donde me escondí en el carbón de los fogones. ¿Te conté que pasaron tres días y, muerto de sed, me mordí una vena? Mira todavía se ve la cicatriz. Lamía mi sangre para no morir de ansiedad, angustia y hambre.

Sí, abu, me lo contó mil veces. Cambie de historia, ya es muy vieja.

—¡Ustedes no entienden! La muerte me seguía por todos lados y  trataba de distraerla. La distraje hasta ahora. Suele venir a verme y le hago una pirueta y se aleja. ¡Por ahora! Se aleja por ahora. Pero viene, siempre viene. Te hablaba de Hilse. Una mujer bella, casi como tú. Alta, de piel casi azul, tan blanca y ojos celestes como los de mi hijo Iván. Murió en 1955. La polio.

—¿Quién?

—Mi hijo Iván. Eso dijo un médico. Hilse se atormentaba en la pena. Se fue. Me dejó. ¡Todos me dejan! ¿Y tú, Eleonora qué harás cuando te coronen reina?

¡Abuelo usted qué sabe?

Yo sé. Eres la más bonita de las muchachas. Verás, serás una reina y corearán tu nombre miles de personas allá en el parque.

—Vamos, viejo, no divague. Con suerte esta noche seré candidata al cetro de Junín

            —Serás la reina. Eleonora 1ª. Ya verás.

El viejo vuelve a su sueño errante y la muchacha se prepara. Ya pasada la hora del crepúsculo, sale con su esperanza hacia el círculo social.

 

Una muchedumbre se para a aplaudir a la hermosa joven que se desplaza por el escenario. Estallan los fuegos artificiales. Allá en la finca el anciano murmura “Ya lo sabía, mis amores, tú Ingrid, y tú Hilse me lo han dicho. Ella será la reina”. Y se sumerge en la profundidad de las sombras.