lunes, 28 de abril de 2025

MI CIUDAD ES UNA CALLE SIN TIEMPO

 

 

                                                               Me asombra  siempre  despertarme y comprobar                                               que he acertado una vez más con este lugar en el mundo.

 

 

                Mi ciudad es una calle sin tiempo. Puedo caminarla sin perder el ritmo de cientos de relojes y carteles que atropellan la mirada ingenua de la gente. Miro para cada lado y veo una muchedumbre que anda entre músicos callejeros, mimos disfrazados de mil colores y personajes de historieta.

Nací como nacen todos los humanos: débil, chillando y tratando de prenderme a los pechos de mi madre. Crecí con la porfía de cualquier soñador. Tenía que llegar a espacios siderales, a ser un mago de la vida, caballero de extrañas aventuras. De niño troté en animales fantásticos e imaginarios, caminé en desiertos de plantas perfumadas, jugué con campeones que nunca lo fueron. ¡Un loco soñador y arriesgado inventor!

Crecí. ¡Qué pena! Crecí como todos crecemos, golpeándome entre las murallas de las incomprensiones. Yo era el demente. El fantaseador. El embustero.

Me cansé de escudriñar los mundos paralelos y tuve que acomodarme a la realidad de afuera.  ¡Pero adentro de mí…vivía un soñador!

Los calendarios se fueron apiñando entre hojas de papel amarillas y viejas. Por doquier, había plumas y tinta y papel secante que limpiaba mi sonrisa de trashumante. Dormía con presteza. Soñaba y volaba por los mundos más lejanos y dispares. Me encerraba en bibliotecas a transitar las playas, las dunas, las ciudades, los muelles y los trenes.

¡Allí ha vuelto el loco, se decían! El que sube a los más altos estantes de la biblioteca donde se dejan los libros que no lee nadie. Él, los trae y se sienta en el escalón hasta que tenemos que echarlo. Lee y lee. Y se ríe solo y hasta algunas veces canta y habla con las hojas rotas de los que por antiguos se van deshaciendo como “el libro de arena de Borges”.

Me estoy volviendo viejo. Ya las canas han comenzado a poblar mi memoria. Las calles que transito son ruidosas y apestan. La gente no lee, corre sin verme, me atropellan. ¡Pobres gentes! Si es tan bella la acera en otoño. El árbol en invierno cubierto por la nieve. Ver como una suave pelusa de verde primavera se cuela entre el cemento. ¡Y el verano, con el sol que calienta cual infierno del Dante! Pero no, nadie se detiene a mirar.

Vuelvo a mi pequeño mundo familiar y como un plato de legumbres mientras leo a Bocaccio, o a Hernández, tal vez releo a Vallejo y sus poemas. Luego me duermo. Me distraen los trinos de los pájaros que madrugan y llaman a mi ventana, buscando alpiste o carne. Son mis amigos y saben esperarme. Mi ciudad es un lugar sin tiempo.   

CAPTURÓ LAS SOMBRAS DE SUS IDEAS

  

            Se burlaba de los escritores jóvenes. Siempre se sintió algo superior. Había soportado a unos profesores en letras que creían ser Goethe, Joyce y Borges en distinto plano intercelestiales. Eran normales y algunos dejaban mucho que desear. Sólo el maestro Sergio Arguiles les había proporcionado un carácter de excelencia a sus producciones.

            Aprendió a escribir con la fluidez de un especialista, pero no se sentía completo. Le faltaba esa chispa de creatividad, de entusiasmo y algo de magia, que veía en los libros de extraordinarios literatos.

            Desde pequeño había leído profusamente desde los clásicos hasta lo más moderno, hasta se había atrevido con los “anti literatos” y una escuela que rompía todos los esquemas lógicos del pensamiento. Se detuvo. Tomó la decisión de irse a vivir por un tiempo a un lugar alejado de la cosmopolita ciudad y serenarse. Tenía que encontrarse con el ingenio mismo, con la pizca de la secreta belleza. Tampoco quería ser uno de esos que por ser  diferentes escribían mamarrachos o copiaban el ritmo o el lenguaje de los buenos.

            Una mañana salió por una de esas calles apretadas de sombra del lugar donde habitaba y vio un breve cartel que invitaba a tomar “Sidra artesanal”. Entró y lo sorprendió todo lo que allí se podía observar. Antiguos carteles de propaganda, raros aparatos de metal y madera que colgaban junto a cacerolas y sartenes de cobre mustios, llaves y candados enmohecidos por el polvo y el tiempo. Y pudo soñar. Se sentó y pidió una “sidra”. Puso el ojo, justo en el lugar donde su mente absurda comenzaba a transmitirle ideas. Pidió al dueño, hombre de cultura dudosa, papel y pluma. Comenzó a escribir con fluidez y hoja tras hoja, fue creando un mundo de misterio. Había encontrado ese destello interior que esperaba.

            Su trazo imprudente recorrió las páginas con una celeridad inesperada. El hombre, se había parado tras él y leía su trabajo. Su cara se fue transformando. De tranquilo despensero a un cantinero iracundo y fiero. Cuando llegó a la página final de la historia la tosca mano golpeó sobre los papeles con furia. Saltaron hojas por doquier.

            Un hilo de sangre completó las páginas que cayeron lentas sobre el piso mientras escuchaba la voz del hombre que le hablaba de su ira con lo escrito. ¡Era una historia verdadera! Mi vida no se la presto a nadie. Dijo mientras lo arrastraba por el pavimento hacia la calle. “Mequetrefe, capturó las sombras de mi alma en pena”. ¡Devuélvamelas!

            Quedó tirado a la vera de una acera que conocía viejas y notorias historias brumosas de astucias para esconderse de la verdad. Lo último que oyó fue: “Al Carnicero de Riga, nadie lo desnuda”

 

viernes, 25 de abril de 2025

GOLD ¿SOY UN PERRO?

 


 

            ¡No sé porqué me sacaron de las dulces tetillas de mi madre! Mis hermanos uno a uno se iban de mi lado y yo me aferraba a su piel suave y dulce. Unas fuertes manos me envolvieron en un paño de un color oscuro y me pusieron sobre una superficie dura y... ¡Ay, me dolió, eso me dolió! ¿Qué les he hecho? Ahora me ponen en una jaula de color claro y me dejan a un lado en un sillón sin pelos, como el cuerpo de mi mamá.

Hay mucho ruido que desconozco. Me duele todo el lugar donde me pincharon. Mi pobre cola duele. ¿Estas manos tienen un cuerpo grande y hay unas manos pequeñas que me tocan mucho. ¡No me gusta! Parece que me llevan por un lugar desconocido. ¿Mi madre, estará en una caja igual a la que me han puesto a mí? No la veo.

Escucho una voz dulce que le dice al pequeño que va junto a mí: - ¿Cómo le vas a llamar? Y escucho varios: Tommy, Ralf, Duende, Negrito, Gold... ¿Para qué me quieren poner un nombre si yo soy yo? Mi mamá no nos decía ningún nombre, señora no se meta conmigo. Deje que siga siendo yo.

Los ruidos son cada vez menos desagradables. Y ya no hay luces de colores que detengan esta máquina en la que me llevan. - ¡Hemos llegado! Dice el de las manos grandes. Veo árboles y paredes y un enorme portón que se abre frente a la que creo es otra casa. Mi mami vivía en una casa, nos contó mientras nos limpiaba. Y luego la sacaron a una diferente con olores raros y allí, nacimos nosotros. Éramos como... ¡No se contar! Éramos muchos. Pero ella se arreglaba para darnos de comer bien a todos. Se fueron llevando uno a uno. Primero se llevaban las nenas. Según decía la señora de manos verdes que: -¡Son más limpias y cariñosas! Después se llevaron al dormilón. Y hoy me tocó a mí.

¡Me van a sacar de la caja! ¡Opa, estoy en un lugar extraño, huele bien a comida, y me ponen en una especie de colcha color oscuro! - Ponelo en la cucha verde... dice la voz dulce. El pequeño, le dice mamá. Entonces hay otras mamás... y cuánto tengo que aprender. ¡Tengo un sueño...!

Han pasado varios meses, según dice Nino, mi dueño. Él, me cuida y me saca todos los días a pasear. Yo estoy muy feliz, pero extraño a mi mamá y a mis hermanos. La mamá de Nino me quiere mucho. Me da de comer y me peina el pelo que ha tomado un color dorado... así dicen. Es una gente que me está gustando un montón.

Ayer me retaron mucho, me comí un pedazo del oso de la cama de Nino. Y las zapatillas del papá, que estaban debajo de la cama. Pero no me pegaron ni me hicieron nada que me doliera.

¡Ya va a crecer! Eso dicen cada vez que hago algo raro. A veces me voy debajo de una mesa que hay en el comedor cerca del televisor, (eso lo he aprendido de escuchar a la mamá de Nino), muerdo un pedazo de mantel y tiro, me divierte ver cómo se caen las cosas que hay allá arriba. Pero no les gusta, definitivamente no se ríen. Nino lloró cuando me comí sus pinturas de la escuela. ¿Yo qué sabía que se iban a dar cuenta que había sido yo? ¡Se echaron a reír porque según dijo la mamá... nunca había visto un perro tecnicolor! Y no eran muy sabrosas como las galletas que robé de la mesa. Otro reto. Tendré que ser más educado, dijo el padre.

Ha pasado tiempo, me he hecho más grande y he aprendido mucho. En especial me pongo muy nervioso cuando pasa cerca de Nino o de su mamá algún grandote con capucha y manos en los bolsillos. ¡Vi en el televisor, junto a Nino, cómo habían arrollado a una señora para sacarle la bolsa esa que usan las mamás, llenas de cosas!  Y otro día, que fuimos con el auto, eso me lo dijo Nino, a la gasolinera, y vimos a unos muchachones con un palo negro muy ruidoso hacer fuego y tirar al piso a un pobre grande. -¡Cuidado, Gold, (ese es mi nombre) son ladrones armados! Que susto. Mamá salió para atrás y se metió por otra ruta para evitar que nos pase algo. Yo allí empecé a ladrar. Y he visto que si muestro los dientes y ladro muy fuerte, se alejan de nosotros.

Ya los amo. Mamá es muy cariñosa y ni les puedo decir lo pícaro que es Nino y ahora hay otro humano muy pequeño en casa. Le dicen Bebé. Y hace unos días le hicieron una fiesta y ahora la llaman Rosamaría. Debería ser muy limpia, pero se hace... caca y tienen que limpiarla...qué vergüenza. Acaso cuando se llevaban a mis hermanas no decían que eran más limpias. Hay que esperar.

Anoche pasó algo muy feo. Gracias a mi instinto, evité que entraran unos grandes en la casa. Resulta que mamá y grande, con Nino y Rosamaría habían ido a un cumpleaños. ¡No permitían que yo fuera! Mejor, podría comer lo que se me antojara. Pero, siempre hay un pero... en la oscuridad, vi dos luces extrañas y me agazapé, ladré como nunca lo había hecho...y habían roto la ventana del dormitorio de atrás. Caminaban por el pasillo y le salté al cuello a uno de los enmascarados. Me dio un enorme golpe en la panza, pero no lo solté. El otro manoteaba un palo de fuego, pero como se les cayó la luz, no podían verme bien, los seguí mordiendo. Se fueron corriendo.

Cuando volvieron, grande me dijo: - ¡Bravo mi querido Gold, eres un perro muy listo! - Y me llevó a la señora de donde me trajo para que me curaran, estaba herido y me hicieron una curación muy dolorosa. -Me dijo: ¡Soy tu papá desde hoy...! - ¡Me abrazó fuerte como nunca lo había hecho! Ahora tengo mamá, papá y dos hermanos humanos. ¡Qué lindo es ser perro!

EN LA CÁRCEL


 

La Katia llora, se enoja, blasfema. Se lo dijo mil veces a “Tuco”. Nunca la escuchó.

            La casilla estaba lejos, pero ella tenía un planchado en lo de doña Rosaura y el changueaba en la dársena del híper. ¿Por qué carajo se metió con el Chivo?

            “El hijo e’ puta ese está en la pesada del Tomba, ¿no te da la calabaza para pensar, a vos?

            ¡Vino la cachetada, que sonó como el acordeón apolillado del abuelo!

            Es un güevón el Chivo, ya se me cruzó dos veces y me hizo una seña de… otro golpe y me dejó muda.

            Ahora lo enganchó la “yuta” con merca robada. Asaltaron un camión que venía del puerto de Chile, cargado con teles digitales. No sabían que entre los plásticos había heroína. Los chapó la gendarmería y adentro.

            La Katy se lo había dicho. Es de mal agüero salir un martes trece. El Chivo y el Tuco se tocaron los güevos antes de salir. Para colmos se olvidó sobre la cama el 38 y lo jodieron mal.

            Cuando fue a verlo a Almafuerte, la silla estaba como a dos metros. Le quitaron todo lo que le llevaba. La revisaron de atrás para adelante. La hija e’ puta le abrió el culo y la revisó, negra de mierda. ¡Como si ella fuera una reina!

            Cuando abrieron la puerta y entró el Tuco, estaba hecho un trapo. Golpeado, como un chico ausente. No hablaba. Lloró. La Katy también lloró. ¿Sabes, le dije, ayer soltaron al cabrón del Chivo? Es puntero del partido y lo vino a buscar el “López” ¡Ese otro hijo de p…, no llorés, cagón! Mirá cuando salgas, todos dicen que sos un héroe y, que te van a dar buenos laburos, así dijo el López cuando vino a la villa a preguntarme si vos los habías votado. Yo les dije que si, que los dos y él (caradura) me prometió que salías en dos o tres días.

            Esperá no te vayas, esto te mandan la Jenifer lo hizo en el jardín, porque fue el día del padre. Y esto te manda el “Pelusa” es la foto del gol del domingo.

            Bueno, que mierda, ni siquiera me decís una palabra.

            ¡Ah, que sentís pena! ¿Soledad? ¿Y yo que tengo que esperar ahora, una manifestación? ¡Si sos un boludo! Chau Tuco, tómatela, nos vemos la próxima visita.

 

Vocabulario: sociolecto de las clases sin educación de mi país.

Changueaba: trabajo sin protección estatal, momentáneo, que surge de acuerdo a las  necesidades. Se paga en “negro” y es esporádico.

Tomba: equipote Fútbol de ligas mayores.

Yuta: policía o gendarmería.

Chapó: encontró, descubrió.

Güevos: testículos; entre la gente común signo de buena suerte.

Almafuerte: penitenciaría recién construida en medio de las montañas, alejada 50                            kilómetros de la ciudad.

Cabrón: mala persona, soplón, ingrato.

Laburos: trabajos.

Villa: asentamiento inestable de gente sin techo.

Boludo: tonto, lelo, ignorante.

 

SU SOMBRERO DE PANAMÁ


 

Era breve, silencioso y astuto. Miraba de soslayo y con frecuencia murmuraba palabras irreproducibles. Nadie sabía de dónde había llegado. Deambulaba por las calles sedientas de la Villa. Su figura reproducía en la memoria de los ancianos, el recuerdo de un vecino que había ido a trabajar a otro país, lejos, tal vez tanto, que nunca se supo nada de él.

Siempre con un sombrero panamá que parecía haber pasado siglos en la cabeza de cien hombres. Una larga gabardina de color negro despintada, zapatones de piel, como esos que se ven en las películas del veinte. ¡Era un hombre vencido por el tiempo! Se depositaba como un arbusto frente a la fachada de la casa principal, mirando con ojos perdidos el horizonte inexistente. Ya la ciudad había invadido cada trozo de terreno, altos edificios de pisos rodeaban la casa antigua que lentamente el tiempo iba devorando.

Don Nazario, el sastre, un día se acercó y se sentó junto a él. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas y a qué te dedicas? Y lo miró de frente, como miran los hombres de bien. Se produjo un silencio y giró la cabeza hacia la casa, se sacó el sombrero y le dijo:- Me llamo Oliverio soy el hijo de Plácido Valera. Mi padre murió en uno de sus interminables viajes alrededor del mundo. Y vine a saber. Vivo de algunas promesas de amor que le dejó a mi madre. Vea, esta es una...- Y sacó de su bolsillo un bello collar de perlas color gris con un precioso broche de oro.

El hombre se estremeció al ver la joya. ¿No serás un ladrón? Preguntó asustado. - Puede ser que lo sea o no, según como lo crea la gente común y simple. He robado un par de panes y unos ojos hermosos a una muchacha de uno de mis viajes. ¡También robé sus besos! Así era mi padre. Así me echaron a este mundo incomprensible y mustio.

Don Nazario, se levantó y lo enfrentó. No sabía bien si denunciarlo, creer o dejarlo ahí, como a un fantasma desdichado. ¿Qué quieres que haga por ti? Conozco a todos en este pueblo, ya no es una Villa pequeña como cuando vivía tu padre, hoy es una ciudad, pequeña pero de gente buena y complicada. Todos te tienen miedo, nadie se atrevía a acercarse.

-¿Cómo han dejado que la casa se destruyera así? - la pregunta sorprendió al sastre. Era hermosa, mi padre solía sentarse junto al fuego en la playa de mi tierra y nos platicaba sobre lo hermosa que era. Y contaba su historia, por lo que tuvo que huir.

-¡Nunca supimos porqué se fue tu padre y de esa casa no queda nadie! Todos están en el camposanto de la zona sur, junto a la carretera.- se volvió a sentar. - ¿Acaso tu padre la conocía? Nunca se lo vio entrar en ella. Allí vivía una niña. Tatiana era cuidada como una pieza de alabastro por los ogros familiares. Su padre, el dueño del molino, que fue el que se auto erigió gobernante del lugar, era un león afiebrado y rugiente; la madre, una estela de seda que bailaba al son de sus rugidos. Estaba el tío Flavio, un cachafaz que se aprovechaba del dinero del viejo, jugador empedernido y rompe familias; y la abuela que parecía un alma en pena que murió sin pena ni gloria, como todos.

- ¿Y la tal Tatiana? ¿Qué fue de su vida? - De ella hablaba mi padre, como de una estrella, un sol o una luna de plenilunio. ¡Era, según él, una belleza y buena como un durazno maduro!- dijo mirándole a los ojos sorprendidos de don Nazario.

- Ella, se quedó encerrada, fue quedándose sola y una mañana, la encontraron flotando en el río Talasio. Fría y azul como la noche. Está con todos ellos en el mismo lugar que te nombré. Puedes ir a ver la placa que le hizo el pueblo. ¡Pobre muchacha! De joven era linda y muy buena. Nunca se casó ni tuvo hijos. Por eso está la casa así, como sus vidas, innecesarias y tristes. Consumidas por el abandono y la tristeza. Nadie se ha atrevido a entrar, desde aquél día.

Oliverio, le dio la mano y se fue caminando por una calle desierta hacia el sur. Quería ver todo lo que este buen hombre le había dicho. Su paso era más firme que antes, se irguió y se acomodó el panamá con aire de seguridad. ¡Adiós, murmuró al retirarse!

El sastre apresuró el paso y se acercó a la comandancia. Relató la historia. Habló del muchacho que representaba más edad, tal vez, de la que realmente tenía. Un suspiro de tranquilidad los sorprendió, cuando el comandante, le dijo: - Le entregaré las llaves de la casa, él debe ser el único que puede entrar. Seguro que el padre, fue el intruso que visitaba en las madrugadas a la muchacha esa.

A lo lejos, se sintió la voz de una mujer. Era Mafalda, que venía corriendo por la vereda. - ¡He visto a un fantasma en el cementerio! ¡El hombre del sombrero es igual a mi padre! - la mujer inevitablemente sintió terror al ver a Oliverio.

- ¡Tranquila, es el hijo de Plácido Valera! - Es de carne y huesos. Y no puede ser tu padre... su padre, tu padre. ¿Me entiendes?

- No, sólo entiendo que en mi cómoda, tengo una foto del hombre que amó mi difunta madre, que huyó hace mucho tiempo. - Lloraba.

Los presentes que habían oído la historia del extraño de sombrero panamá, se miraron cómplices. Tatiana, la madre de Mafalda, el tal Plácido Valera eran todos amantes en silencio de ese pueblo hipócrita y maldito. Había que buscar en algún punto la verdadera historia de esa Villa hoy ciudad moderna.

HUMILLADOS

 

El tren pasaba lento por las desvastadas praderas neblinosas del Valle del Manantial. Un hilo oprimido de humo dejaba la estela en una bolsa despellejada de nubes gris claro. Todo aparecía desdibujado en la quimera del pueblo. Algunas chimeneas se atrevían con otro tono rubicundo de un fuego incestuoso de troncos secos y crujientes. Esas casas tenían el orgullo de la mina que aportaba trabajo a sus habitantes.

Las calles emboscaban a los pocos transeúntes que se animaban a moverse en la niebla. Perros solitarios merodeaban entre los festines inútiles de los basureros. Flacos y desanimados burlaban los pocos desechos que encontraban desperdigando en el lodo lo inservible. Nada bueno había en los vertederos. La población estaba detenida en el sitio mismo de la pobreza y el desánimo.

Las mujeres, avejentadas y cansadas, hacían milagroso pucheros con lo que se les proveía por sus compañeros de vida. Como una miserable inoportuna, la muerte merodeaba en el caserío.

Fausto se encasquetó el sombrero. Cogió la capa y se alistó para salir. Buscaría una ayuda en la alquería de uno de los patrones, allí solía la mujer pasarles un par de tarros de harina de centeno y algo de azúcar de remolachas, que en el tiempo bueno, traían de un pueblo vecino. ¡Era una buena ama! Mujer de carácter fuerte y solidaria, enfrentaba a su marido, que en su avaricia, no quería dejar una pizca demás para los obreros de la mina.

Llegó casi arrastrado por el viento, que sonaba en sus oídos como las flautas de mil pájaros desconocidos. ¡Parezco un mastín derrotado pidiendo un hueso! Golpeó. La aldaba se movió oscilante dejando una marca en la madera despintada de la gran puerta. Un visillo florido se corrió un instante. Los ojos verdes de la mujer lo miraron con un extraño movimiento como pidiendo auxilio.

¡Soy Evelio Lucero, dama, necesito...! La mujer gesticuló con su rostro pálido y desfigurado. Váyase por favor, venga más tarde. ¿Don Demetrio no puede atenderme? El sofoco de la ama, lo alertó. Algo anda mal aquí. Necesito hablar con el patrón y entonces vio que un cuchillo se acercaba al cuello de la mujer y un brazo la tenía atrapada con fuerza contra la ventana.

El rústico Evelio, sintió un terror inusitado, pero no se movió del lugar que parecía el más profundo fuego del infierno. ¡Esa dama, no merecía sufrir porque era buena! ¿Quién está allí? ¿Quién se atreve a tocar a la señora Concepción? Sofocada la mujer fue sacada del marco de la ventana. El muchacho salió corriendo a buscar ayuda. Llegó agitado a la tienda del panadero. Estaba cerrada y con un fuerte candado inusitado a esa hora. El boticario... pensó y hasta allí se aventuro por socorro. El anciano, se enfundó la capa y el sombrero y lo siguió.

La casa estaba en penumbras. Ni luz ni humo de chimenea, distraían la sensación de soledad y muerte. A lo lejos, se sintió el silbo del tren que se alejaba. El perro aullaba lastimero. Otros canes acompañaban con ladridos disímiles al San Bernardo que lloraba.

Ingresaron ya que la puerta estaba abierta. Sobre la alfombra había un charco de sangre. Pero no había un cuerpo. El boticario asustado llamó y el eco de su voz, sonó destemplado y efímero. Nadie estaba allí para responder a su llamado. Vieron que un cuerpo había sido arrastrado por el suelo. La puerta del jardín se golpeaba incesante con el viento. Ambos hombres asombrados caminaron buscando a la dueña de casa y al jefe de familia. Y al patrón que era sostén del pueblo. Nadie.

Hacía unos minutos que el tren se había alejado de Valle del Manantial. Tal vez se fueron dijo Evelio esperanzado. En el jardín los vieron. Amos cuerpos dejados como un parva de ciervos muertos en la caza furtiva del invierno.

Salieron en busca del alguacil que dormitaba en la oficina junto a la estación del tren. El calor de una salamandra aquietaba su somnolencia y se despertó asustado. ¡Venga, urgentemente don Graciano! Ha sucedido un horrible hecho en lo de los patrones. El alguacil, se caló el sombrero y se cubrió con la capa. Salieron apurados mientras don Graciano hacía sonar el silbato de alerta llamando a su asistente.

Llegaron a la vivienda y todo estaba impecable. Cerradas la puertas y al intentar abrir la principal, la cortina de flores se movió un instante. La puerta cedió e ingresaron con el ayudante y el alguacil. Evelio y el boticario se acercaron a donde habían visto el charco de sangre. No había ni rastro y todo estaba pulcro. Salieron a la zona trasera de la casa... no estaban los cuerpos. El asombro de ambos se reflejó en el enojo y la ira del alguacil y el ayudante. ¡Ustedes están ebrios o locos! ¡Acá no hay nada!

Salieron en silencio, ensimismados y desorientados. Luego de un breve reproche de las autoridades, cada cual partió a su casa o su oficina. Algo andaba mal en el Valle del Manantial, pero ellos no sabían qué podía ser. Al pasar frente a la panadería, vieron que a una hora inusitada el horno ardía con su mejor fuego. ¡Qué raro! Evelio regresó a hablar con el boticario, la niebla estaba espesa y le pareció entrever una figura conocida.

¡Don Herminio me parece haber visto al patrón entre la niebla! Ahora el borracho es usted amigo. ¡No, lo juro! Yo nunca bebo y menos ahora. Tras la figura del boticario pasa una sombra con el vestido florido de doña Concepción. Mire es ella.

El turbado vecino, se asombra al ver cómo desaparece en la niebla la figura de la mujer que no usa capa ni abrigo. Es doña Concepción, estoy seguro. Si, y yo vi así al patrón hace unos instantes. No puede ser... si no estaban. ¿Muertos? Como que los vimos bien muertos. ¿Será una forma de decirnos algo? Entra el alguacil y dice... "Acabo de enfrentarme con dos fantasmas". Eran los occisos de acuerdo a sus palabras.

Se asomaron los tres y vieron como ingresaban unas débiles figuras en la panadería. El horno continuaba ardiendo y las puertas cerradas con candados, dentro el panadero saltaba y gritaba con una alegría descontrolada. ¿Será que él, los está abrasando en el infierno de su fogón? Los rostros vigilantes junto a los vidrios de las ventanas, hicieron que el enloquecido pastelero, comenzara a tirar cenizas a las caras que veía en las ventanas.

Salieron soplados del lugar. Un terrible suceso había transformado el pacífico Valle del Manantial en un extraño lugar de muertos y fantasmas.

lunes, 21 de abril de 2025

LA IRA

 

 

Dejó la escuela con una pila de amonestaciones. ¡Nadie le iba a decir a ella qué tenía que hacer! Estaba cansada que se burlaran de su aspecto. ¡Sí, era mestiza y como descendiente de africanos era obesa! Su cabeza daba para más, pero no podía con la rabia que le producía ver a esas estúpidas muchachas riéndose de sus nalgas. En su país de origen las mujeres eran así, de enormes nalgas donde se acumulaba desde la antigüedad la grasa para poder superar las hambrunas. ¿Qué sabían de eso estas cabezas huecas? Su abuela le contaba que debía caminar kilómetros para poder buscar agua o llevar sus cabras a pastar. Y ni hablar de las épocas de sequía en que viajaban por el barro seco y quebradizo de los ríos sin una gota de agua. Muchos morían en el intento de llagar a un pozo.  

Cuando se rieron la primera vez, lloró. Luego comenzó a ser hiriente con el idioma de sus abuelos y finalmente golpeaba a quienes osaran reírse de ella.

Lo último fue cuando el profesor de gimnasia se burló porque ella no podía hacer ciertos movimientos y sus grandes piernas rodaban por el suelo brillante de la pista de básquet. Y lo peor fue que vio una seña obscena y le propinó una trompada con tanta furia, que le rompió la mandíbula a la preciosa “Reina de la Primavera”, de la escuela.

Sabía que en su casa se armaría una guerra. La madre la correría con una escoba y la abuela la ayudaría a esconderse.

Siempre la abuela, en las noches frías le contaba las historias que vivió en su África lejana. De cómo las tribus se mataban entre sí, de cómo raptaban a las niñas y las vendían a los hombres blancos que las llevaban a los burdeles. De ella aprendió las canciones de dolor e ira, de amor y ensueño. De ella aprendió a cocinar y a preparar el lecho para abrigar a los pequeños.

Cuando vinieron a este continente, sólo traían la tristeza y la pena por sus árboles viejos que habían abrazado antes de partir. Pero sabían que de quedarse allí los matarían los vendedores de diamantes o de oro. La abuela también le enseñó a odiar.

Llegó a la casa y encontró a sus hermanos sentados en la escalerilla de la entrada. Algo pasaba adentro. Ingresó de puntillas y escuchó la canción de pena de su madre a los muertos. La vio. Estaba cubierta con una de las únicas telas hechas en la aldea a mano por las mujeres de entonces. Corrió y abrazó a la mujer que quieta y fría parecía de cera. Carbón apagado y silencioso.

Un grito, un alarido salió de su garganta áspera y doliente. La ira la llevó a tomar una botella y reventarla en el suelo junto al lecho donde dormía la abuela. Se echó a los pies y lloró dos días hasta que la llevaron a un campo santo. Ella no creía en un Dios bondadoso. Ella era un fuego encendido dispuesto a todo. ¡Y salió su rabia! Caminó hasta la escuela y le prendió fuego. Bailó una danza antigua mientras veía las altas llamas que quemaban el edificio donde había sufrido tanto.

Esa noche la buscó un auto policial. La encerraron en una celda donde cantó hasta la madrugada en el idioma de sus ancestros. Después de un corto juicio, la dejaron salir porque aun no había cumplido los trece años y la Juez comprendió el sufrimiento de la niña.