viernes, 20 de septiembre de 2019

LAS CARTAS DE MI AMO




                        Llegué a la ciudad desde mi aldea, gracias al socorro que me envió tía Tymoti, ella me necesitaba en las habitaciones de sus amos para ayudar en tareas sencillas para mi lady. Lo primero que objetó el amo fue mis ruidosos escarpines de cuero y madera con que atravesaba el pavimento de mármol de los largos pasillos del palacio, por lo que pronto se me obligó a usar zapatos de cuero que dejara mi ama, casi sin usar. Yo, comencé a parecer una dama. Tía cosió unos vestidos de tafetán con esmero y sobre ellos usé unos delantales de organdí con viejas puntillas rescatadas de ropa de mi señora. Realmente era yo, con mis recién cumplidos diecisiete años, otra persona.
                        Tengo que agregar que traté en todo momento de no ser vista por Milord, mi presencia era por demás insoportable para ese gran político, que estaba siempre rodeado por jóvenes alegres, que le ayudaban en su tarea de escribir largos textos y discursos. Sus estrategias eran fundamentales para el estado. Lo visitaban ministros y embajadores, en forma permanente, haciendo proyectos para agrandar el país.
                        Un día se escuchó una terrible discusión entre el amo y el señor D., que había llegado a visitarlo. Una carta muy personal había desaparecido del escritorio del amo. Más, según escuché luego, cuando llegó el inspector de policía, el amo, vio cuando el señor D. sacó su legítima carta y la sustituyó por otra. El asunto es que en medio de las discusiones, el señor despidió a sus secretarios, que con profundo dolor se fueron, sin más que reproches y palabras amargas.
                        Yo había advertido, cuando me acercaba a los aposentos de mi señora en las madrugadas, que el joven secretario, Willians S. salía de la habitación del amo, vistiéndose, me echaba una mirada despreciativa y rápidamente desaparecía por la puerta de atrás de la galería de los retratos. Entraba luego como si no hubiera pasado la noche en los aposentos. Saludaba con desenfado y solía reír a voces contando en susurros alguna cosa a sus compañeros. Otras veces vi salir a George H. y también a Charles M., pero imaginé que trabajaban hasta altas horas de la madrugada y por eso quedaban en las habitaciones del amo. Después que sucedió lo de la carta, supe por el llanto constante y los reproches de mi lady, que algo era diferente. Parece que “ellos” duermen con el amo. Y la carta no es nada más y nada menos que la prueba de la vida licenciosa, a decir de tía Tymoti, que se desarrolla en esas alcobas. Lo que sí tengo que decir, es que es imposible aguantar la ira de cada uno de los habitantes del castillo. En especial de los sirvientes que se ven maltratados por los señores. Milady, tiene un arreglo con su esposo, de tipo comercial, creo, pues si bien no tienen hijos, ella ha obligado al caballero, que es jefe principal del Parlamento, a firmar papeles que la hacen dueña de tierras en el norte de Inglaterra y en África. Y tía Tymoti, me contó que madame, tiene dos hijos en Roma, que son de su difunto esposo, el primer marido. Bueno, en definitiva, la casa es un verdadero caos. Yo, trato de no aparecer en ningún lugar donde mi persona moleste. Trato de ser una sombra, ya que acá nunca he pasado frío ni hambre como en mi aldea. Lo que hagan mis amos es cosa que a mi, no me incumbe y yo seré fiel a mi labor hasta que me digan que no necesitan mi presencia.
                        El chofer me dijo, que parece que hay un inspector, que viene de vez en cuando, que ha hecho firmar al amo, un billete de 50 mil libras, para el que recupere la carta. Pero me dijo, también, que él, ha juntado de la recamara otras cinco cartas que son su pasaporte al futuro de su vejez.¡Menos mal que no se leer ni escribir! Pienso que eso, sólo sirve para crearse verdaderos problemas. Ahora voy corriendo a ayudar a mi ama que está desolada. Mañana vendrá el inspector Dupín, ¿Qué noticias traerá para mis amos?

YO, UNA OLA


Era una ola que lamió la orilla en un atardecer umbrío
eso era yo  y tú lo sabes,  que de eso nada queda, es cierto

Cada vez que camino en la arena de mis noches insomnes
caen gotas de espuma que  salpican la luna
déjame entonces atravesar la hojas del libro de la vida
en esa soledad que me traspasa 
en un acuerdo innombrado  con los nombres
volveré a crepitar en el crepúsculo
seré un tenedor sosteniendo un beso sobre los labios
estaré apoyada en la almohada de pétalos carmesíes
una encrucijada de palabras
 tal vez vuelva a ser yo,   igual y diferente
una ola lamiendo la orilla de una playa sedienta
con la planta desnuda pisando caracolas
comiendo damascos maduros con mi piel caliente

MARIPOSAS


Me llamó desde la ventana con voz aflautada. Yo corría con los patines regalo de cumpleaños. Hacían ruido y era desagradable como si un abejorro rascara un vidrio con sus patas delanteras. Él era un personaje cómico. Se vestía con ropas de mujer pero su cuerpo deforme de obrero rústico y sus bigotes negros predisponían a la burla. Me detuve en seco. Me acerqué, le puse atención. Me reí. Desde su ventana echó un balde de agua fría sobre mi cabeza. Salí llorando para buscar a mi mamá para que me defendiera. Salió mi abuelo para hacerlo y al acercarse a la ventana comenzó a elevarlo con fuerza. En realidad se elevaba sobre sus pies. Tomó un envión y se encaramó al ventanal. Allí comenzó una lucha desigual. El travesti lo abrazaba besándolo con sus labios untados de labial rojo que le iba dejando marcas que mi abuelo a manotazos iba desprendiendo. El rouge se transformaba en pequeñas mariposas. De su cara caían sobre el césped. Su rostro , su calva, sus hombros estaban cubiertos de besos rojos. Se caían sobre la calle, la vereda y los árboles y salían volando alejándose del barrio. Unos grititos histéricos atrapaban los insultos de mi abuelo mientras intentaba en vano golpear al golfo. Mi madre a su vez quería matar las mariposas que se caían en su pelo suelto pero se transformaban en arácnidos al caer. El jardín estaba transformado totalmente en un nido de arañas, escorpiones y ciempiés. Seguía haciendo ruido con mis patines, esta vez caminaba sobre un breve trecho y donde pasaba salían cintas de metal de colores...con música de arpa con sonido de agua. Mamá se subió al pequeño río que se había formado y que se agrandaba y era seguida por los arácnidos que se alejaban con ella. El abuelo dejó de pelear y salió volando con una enorme capa de alas de mariposas rojas. Caminó sobre el agua y cantaba , cantaba en el idioma de los besos. Mamá se fue convirtiendo en una sirena y siguió río abajo. Yo seguí patinando para que no se fueran a quedar sin agua. El travesti sacó una mandolina y con su bonete de princesa puesto en su cabellera de papel plateado, cantó una balada. De su boca seguían saliendo besos rojos que se convertían en mariposas. Si paro de patinar ¿qué pasará?

                                                                      

UN ÓLEO ANTIGUO




Hermenegildo Gueraldez Paxoa bajó por el río en el “Homero”, por pedido de la familia Romero Santos. La nao era un falucho desvencijado. Ruidoso y pobre. Cuando arribó al muelle del Rosario, lo esperaba una volanta. El cochero, hombre de pocas palabras, tomó su bolso y sus petates. Chasqueando el látigo partió hacia la estancia. Tras unas horas de silencio, roto por el jolgorio de las aves, vio la arboleda y los techos. La casa era grande. Lo esperaba la gobernanta con un mensaje de sus patrones. Regresarían en dos días de Asunción.
La cena opípara, le fue servida en la habitación. Pronto se despeñó la noche y el sueño entró como un fugitivo en su espíritu. Se durmió.
Tras la corta espera, arribó la familia. El padre comerciante en ganado era próspero y alegre. Doña Saturnina, la esposa, en el rictus, mostraba ser quien llevaba las riendas y el coraje. Cinco muchachos y tres niñas, revoloteaban entre la algarabía de perros cazadores. Su tarea, dijo la señora, será retratar a mi esposo y a las niñas.
Comenzó con Don Augusto. Cada sesión fue descubriendo el carácter bondadoso y suave, que transformó su óleo lentamente. Siempre dibujaba en escorzos duros rostros de caballeros enérgicos. Pasaban a la historia como rígidos y sobrios.
                Con ese hombre fue imposible. Sus ojos destilaban amparo. Una luz de ternura penetraba su piel y sus pupilas. Ni hablar cuando entraba Clementina, la hija menor. Una cofradía de sol inundaba la cara. Don Augusto, escribía en sus ratos de ocio. ¡Un poeta! Saturnina, despreciaba su verba y rezongaba. Igual, las niñas se encargaban de escuchar las largas odas que recitaba con voz engolada el padre. Los muchachos, se dormían, jugaban a las cartas y peleaban sobre quién seguiría manejando la estancia.
Hermenegildo comenzó a participar de las comidas de las noches junto a la chimenea y, de largas caminatas, invitado por Don Augusto. Supo así, cómo había concebido la compraventa de animales traídos desde Holanda y mestizados. De carne noble, se salaba en el puesto junto al muelle del río. Salía en barcos hacia Europa, teniendo varios compradores y destinos inciertos para él. Su esposa, llevaba los libros y recibía a los banqueros que traían libras esterlinas y otras monedas que cambiaba por oro.
El retrato estuvo listo y cuando lo pudieron ver, un suspiro amoroso, salió de cada boca. ¡Ese era el padre, el mejor hombre, el muy amado por sus hijos! Sobre la pared del salón, quedó enmarcado en oro y plata. Una luz especial, iluminó la pintura.
Le tocó primero a Guillermina, que con sus dieciséis años, ya era una mujer para los padres. No aceptaban aún su crecimiento. De cabellos oscuros y ojos celestes, tenía asegurado una boda excelente. Era fuerte. Lectora incansable de obras clásicas y poco amante de labores manuales. La retrató sentada frente a la ventana, con un libro en el regazo. Luego le tocó a Josefina. Chiquilla por demás callada y triste. De cabello cobrizo, ojos pardos y tez pálida, insinuaba su semblante que dejaría el mundo en cualquier recodo del camino. Con la Biblia en la mano y un gato a sus pies, dejó claro que había entrado en un desfiladero de silencio. El cuadro, tal vez, fue el mejor logrado. Luces y sombras que declamaban abandono del mundano vivir.
Clementina fue la última y la que creó un círculo de fiesta. Era una niña, adolescente tierna. Trece años. Su melena castaña, alborotada y libre, escapaba en rulos por la nuca y la frente. Mirada gris con chispas que le brotaban de la profunda alegría de ser amada. Su padre no podía evitar el solaz de su presencia. Rica en imaginación y charlatana, corregía las odas y poemas, que él, repetía sin tregua. Su imagen, cambiante como ella, le costó al pintor mayor dedicación que con el trabajo de las otras hermanas. Se movía constante, cambiaba el peinado, su ropa difería. Nunca quieta. Casi fue un bosquejo. Pero Hermenegildo Gueraldez Paxoa se enamoró perdidamente de esa niña. Sus veinticuatro años y su pobreza no le daban chance para pedir la mano.
Igual habló con Don Augusto que, con sorpresa, llamó a su mujer. Ésta, casi desmayada, se sentó en el sillón del escritorio, tartamudeó un sinfín de palabras huecas. Que es la más pequeña. Que no sabe nada de la vida. Que esperamos algo diferente para ella. Es nuestra compañía. Regresó solo y sin siquiera una promesa. El falucho que lo repatrió, vibraba como su triste corazón. La madera podrida y el olor nauseabundo del río, le mordió el alma y se prometió volver con poder, dinero y oro. Clementina sería suya.
Al llegar a su tierra, pintó un óleo hermoso, perfecto. Lo llevó a la casa del gobernador, a quien pidió una suma interesante. Las libras tintinearon contentas en su bolsa. Comenzó una carrera contra el reloj. Pero nunca llegaba a la suma pretendida para tan ansiado viaje. Pasó un año, dos y el tiempo fue trocando su esperanza en miedo. ¿Lo esperaría?
 Su vuelta fue en un velero nuevo. Cuando llegó a la casona, encontró un revuelo de lamento y tristeza. ¿Será Clementina? No. Doña Saturnina dejaba su lecho para partir al camposanto. Guillermina, exhibía un embarazo avanzado, junto a un joven atildado y flaco. Josefina, con hábitos de Carmelita Descalza, rezaba rosario tras rosario; seca y siempre gris. Mientras su amada, sostenía al anciano y sus brazos serenos, contagiaban seguridad y ternura.
Los ojos recobraron vida al mirar a Hermenegildo. Sonrió a pesar de la pena. El luto congenió con el tiempo de recomponer la casa. El viudo sorprendido por la muerte impensada, se aprestó a mudar de jefe. Clementina se hizo cargo de todo.
Llegó la boda de su hija predilecta, sin mayor inconveniente para él, que ya envejecido, aceptó a Hermenegildo con cariño. Pronto llegaron niños que llenaron la casa de risas y juegos infantiles. El padre pintó bellos cuadros de cada uno, llenando las paredes con alegres caritas.
Los hermanos emigraron a estudiar a países lejanos, donde formaron su familia. Sólo alguna esquela de vez en cuando los hacía presente. Algún daguerrotipo, luego fotos. Pero nunca volvieron.
Una mañana, cuando Clementina se acercó a besar a su padre, notó que acechaba la dama de sombras. Descorrió las cortinas. Abrió la ventana para que entrara aire y sol. Sintió el leve suspiro final. Cerró los ojos amados del anciano. Partió éste, junto a su adorada esposa hacia el espacio de la verdad y duda.
Para tenerlo cerca, colocó el retrato de Don Augusto, que pintara su esposo, en el comedor. Notó al momento que de los labios de la pintura partía una miríada de mariposas. Volaron con la brisa, igual que aquellos viejos poemas recitados.
¡Por lo menos eso nos han relatado de generación en generación! Y debe ser verdad porque siempre hay que abrir las ventanas para que salgan al jardín decena de mariposas.  

          

MI VUELO


El vuelo de un pájaro es el nombre,
perdido en el agua
hecho espiga.

Un duende escondido en las huellas del aire
una sombra,
un crepúsculo que duerme en la noche.

Mi vuelo que huye de todas las cuerdas tensadas.
Es miedo.

Sin rostro y sin labios,
bostezo de tiempo y de sombra.
Tendido a los pies como un ave sin ojos.

Sin alas ni plumas que amainen los golpes sobre el muro.
Mi vuelo perdido en la noche  sin tiempo.
Un nombre, un suspiro.
Mi verso.  El tiempo. La vida.



CONGRESO DE ESCRITORES DEL MERCOSUR, GUALEGUAYCHÚ, ENTRE RÍOS

 LA PRESIDENTE DE S.A.D.E. GUALEGUAYCHÚ; PRESENTANDO MI CURRICULUM EN EL CONGRESO, LUEGO PRESENTÉ "SÍNDROME DE TRAICIÓN"
 UN MOMENTO DE LA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA CON UN GRUPO DE ESTUDIANTES DE CIENCIAS SOCIALES Y LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD.
PLACA EN LA CASA DEL ESCRITOR OLEGÁRIO VÍCTOR ANDRADE. CASA CENTENARIA QUE GUARDA SUS PERTENENCIAS.

LA CALLE



 El silencio como dos pequeños animales guió a la luna..
           

LA CALLE

                        La calle es una serpiente rielante que se desplaza por entre las paredes que la ahogan. Los balcones envueltos de verdes enredaderas flagelantes sonríen al paso. Cae una hoja de magnolia agostada sobre las piedras calcinadas. Un insecto alborota el sopor cansino de la siesta. Tras una celosía desgastada por el uso se escucha un grito. Hay un súbito silencio, una detención del tiempo para acomodarse al sonido trasgresor. Se entromete una música de escaso valor que zigzaguea entre los cortinados desflecados de un ventanal. Trae un respiro al rancio calor que envuelve las fachadas.
                        Un nuevo voceo altera la paz. El chasquido de un madero que se rompe atraviesa el empedrado caliente de la calle. Se ha quebrado un encañado que esconde a una muchacha sudorosa. Su piel morena húmeda resbala entre las astillas que la golpean. Emerge ágil, descalza con la cabellera revuelta desde la puerta azul de una de las viviendas. Corre. La calle la recibe alborozada. Protectora, la estrecha vía de escape, la oculta urgente de los gritos furiosos de la mujer que insulta. Se pierde en el círculo abierto que dibujan las piedras. Reverberan  los adoquines como lágrimas calientes. Se vuelve a quedar todo quieto. Un silencio opresivo amordaza la siesta. La puerta azul, se entreabre y un rostro rubicundo fisgonea a derecha e izquierda. Un látigo de cuero se mueve como la lengua  bífida de una serpiente venenosa entre las rústicas maderas secas del portal. Busca un muslo mórbido para afrentar, pero sólo responde la ausencia. Surca el vapor la calle desierta. No muy lejos una puerta verde se abrió para engullir a la evadida. Una enredadera primorosa oculta cuerpos abrazados. El ventilador perezoso refresca el alma desdibujando la desdicha. La calle se ríe con su imperturbable soledad de tiempo.
                        En la noche la luna cómplice de besos y caricias lujuriosas eleva la dicha a los evadidos con urgencia de cópula. Una sombra atraviesa el pasaje al placer y ciñe a los amantes. Y un silencio enriscado como a dos alimañas los envuelve en un sudario de piel adherente, elevándolos a los confines selenita. Son dos pequeños animales que se enajenan a la frescura plateada de la noche.