miércoles, 14 de abril de 2021

Y LOS CARDONES FUERON

 

            El grito agónico de Inti dejó la ladera adormilada. Todas las pircas sedientas, las algarrobas y los espinillos gritaron al unísono. Retumbó en los cerros el llanto del crespín y de las aves heridas por el llanto. Pyutik bajó apretando flancos amoratados por el miedo, la cuesta bravía del cerro. Saltó pircas y piedras sueltas. Sangró la piel su desnudez de ursuta y las espinas masajearon sus uñas deshilachadas. La manta de lana de llama, al viento, flagelaba aleteando en su desquite de arriar esperanza.

            Con el aliento de cardo borriqueño llegó hasta la pared de piedra ajustada como tiempo, donde yacía el Curaca. - Vienen los hombres de color de ampo y ojos de cielo.- y señalando el oeste se desplomó en atravieso de sombras en la tierra apisonada de la casa. Silencio. Espera de la sabiduría de los mayores. La mujer, Paintek Tarot, llegada en cambio desde el sur, por una carga de hussúes que acorralaron entre los cerros, observó asustada. Ella conocía dichos de sus mayores que atravesaban las montañas altas para parlamentar con los araucanos, de cerca del gran río de agua salada. Callada, con su lezna  ajustaba una piel sobada por la anciana ciega. Hacía días que fabricaba una prenda para el tiempo frío que se avecinaba. Los pájaros hacían piruetas en el cerro señalando el cambio de tiempo. Ella había mirado las cenizas y había descifrado los mensajes de la Pacha Mama. Algo extraordinario se desentrañaba en la región. Y… con las palabras inquietas del mirador, supo que eso…era. Habían llegado. Los ancestros hablaban de hombres brillantes que traerían lágrimas y risas. Ellos esperaban pacientes un encuentro con sus vecinos los Calchaquíes o los Diaguitas. Pero eran otros esos hombres. Se escuchaba en las reuniones de curacas que estaban sedientos de sangre y de oro. El miedo acorraló al pequeño clan. Eran pocos y tranquilos. Cultivaban  algarroba y maíz. Papa y quinoa. Criaban llamas y algunos guanacos que les habían canjeado a otros clanes del norte.

            Wanamina, se alzó y trajo chicha para los hombres que hablaban en voz apretada.  Pelme Orok la miró desolada. Ya llegaron. El mayor, hizo un ruego con chicha y cortando una rama de ata mizque, exorcizó a los espíritus de los muertos. Oró con su lengua porfiando esperanza. Los otros hombres salmodiaron cánticos antiguos.  

            La luna se acicaló entre las jarillas, los caldenes y molles. Desenvuelta entre estrellas infinitas, brilló un rato, pero nubes blanquecinas arrebataron su dulzura y cubrieron su dorado corazón. Los pumas se manifestaron con gritos agudos que hicieron achicarse el corazón de las mujeres y de los niños. No eran llamados a aparearse. Eran lamentos.

            Nadie durmió esperando la orden de su Curaca. – Debemos irnos. Subiremos la montaña para escapar de los despojadores. Cada familia tomará sus hijos y sus ancianos, cargarán sólo lo que sus espaldas puedan sostener sin perder el ritmo de marcha y escaparemos hacia el norte. –No, así seremos diezmados. Dijo Pyutik. Ellos son muchos y llevan palos con fuego, que destrozan el cuerpo del hombre. El mayor lo amonestó con su mirada pero aceptó su comentario. Cada familia irá para una ladera diferente. Saldremos al amanecer.- y salió caminando soberbio en su temor.

            Los telares quedaron abandonados. Los fogones muertos. Los cestos y cananas renunciados por las manos hábiles de las mujeres. Desaliento y humillación para los posibles guerreros que resistirían si tuvieran alguna seguridad de contrincante.

            Un ruborizado pañolón de cielo nubloso se cernió sobre la serranía. En cada espalda como grilletes de piel morena un niños o un anciano, floreció desconsuelo. A cada paso se oía el retumbar de los truenos malignos del hombre hoguera, hombre de cabello de fantasma falaz. Eran barbados y engañosos. Así les hablaron los pulares. También los capayanes.

            El camino fatigaba piernas. Las espaldas jactanciosas de sangre, cargaban las estólicas y flechas. Los arcos y las jarras con agua y chicha. ¡Inti se atrevía por el este cuando comprendió que no quedarían vivos. Pacha Mama, se avecinó al dios y confabuló con él…!.

            Cuando los soldados de Diego de Rojas,  llegaron por el paso de los cerros      atravesado por valles, sólo se enfrentaron con unos enormes cactus en silueta de árboles. Cada espina era una lágrima derramada por los dioses. Cada brazo se elevaba hacia el cielo en busca del auxilio divino. Cada clan era un fantasma en forma de cardón que florece aun hoy, para recordarle al hombre que a pesar del dolor, la Paz es más bella que la muerte. Que la guerra es una infamia sin destino.

             

           

           

VIAJERO

 Cabalgaba con  el brío de su fuerte espíritu atravesando la verde pradera. El sol golpeteaba su rostro y pequeñas briznas de pasto se hincaban en su piel como ínfimos alfileres vegetales. Ingresó al bosque que frente a él, lo invitaba a apurar el galope. Evitaba las ramas que sobresalían de los árboles y brezos, algunas pegaban en su frente cuando no podía evitar su roce. El gozo le hacía cerrar los ojos y minimizar el calor y el sudor le corría por la piel. Siguió apretando las riendas y gritando de puro placer, logró ver a la distancia el antiguo castillo abandonado, luego saltaron la valla y entraron en el campo prohibido de los añejos monjes cartujos. Aún se olía el penetrante olor del humo cuando fue incendiado por las hordas de vagabundos contrarios  a los clérigos. A la distancia escuchaba el ruido de las caballerías de los señores que defendían al rey. Atravesó un pueblo y la gente le gritó toda clase de insultos al romper sus toldos en el mercado, desparramar los animales expuestos para la venta y molestar a los parroquianos que bebían sus jarras de “ale” y manoteaban sus menguadas pitanzas domingueras. ¡Qué enorme placer! Sentía el aire sobre su cuerpo como el alegre murmullo de un aleteo de aves en vuelo.

-¡Vamos Jonathan, tenemos que continuar con nuestro trabajo!- La voz despertó su furia.

Las fuertes manos y brazos de su ayo, lo levantaron del antiguo caballo de madera y lo sentó en la silla de ruedas para alejarlo hacia el ventanal de la biblioteca.

Se esfumó el sueño y la alegría. Tomó otro de los libros de un estante y comenzó a leer mientras una impertinente profusión de lágrimas, empapaban su ropa.

El viejo caballo de madera, sintió un profundo dolor en el corazón. Él, soñaba junto al muchacho con una vida de verdad y esperaba ansioso cada viernes por la mañana que viniera el amigo a prestarle los sueños de mágicas historias de caballería. Se apagaron las luces y el silencio ocupó el salón. Jonathan, sabía cómo palpitaba el corazón del animal porque como el suyo, era idéntico.

 

 

TRABAJANDO EN LAS VÍAS

 El punto rojo del cigarrillo se destacaba en la oscuridad. El vapor que salía de la locomotora parecía un fantasma socorriendo a los vivos. Sólo un muerto, puede dar esa sensación de humareda vaporosa y frágil.

Los chirridos de las ruedas sobre los rieles aquejaban los oídos, a pesar de ya haber perdido casi toda la capacidad de escuchar de los hombres de ese rincón de los trenes.

Con tanto humo seguían fumando para apaciguar la soledad. El miedo de perder un miembro cuando se movía un vagón o se caía una de las pesadas ruedas o ejes del tren que arreglaban. No se podían distraer. Para evitar la muerte o quedar como el Ramón Oviedo, en una silla que le fabricaron los compañeros en los talleres.

El olor del cigarro los concentraba en su mundo. Los trenes.

Deoclesio se limpió con estopa la grasa y sacudió el pantalón con tanta fuerza que sin darse cuenta dejó manchas de sangre en su trasero. Tenía agrietadas las palmas por el duro esfuerzo. No sentía dolor. Era como una queja de su cuerpo eso de andar dejando huellas rojas en la ropa. Un día alguien al pasar le comentó que parecían flores las manchas. ¡Qué coraje! Flores… esos pedacitos de piel que se iban quedando dormidos en los rieles o en las herramientas.

Un sacudón lo sacó del embrujo, en el mismo instante comprendió que se había distraído y pudo ser “finado”. Y, ¿qué le pasaría a la Aurelia si el se marchaba como el vapor del tren? ¡Nada! O tal vez un poco más de miseria. Ya estamos acostumbrados.

El Florencio le pegó un grito, que apenas sobresalió del chasquido de los fuelles del viejo mamotreto que estaban reparando.

-¡Deoclesio, pase una pinza y la “francesa” que dejó en el banco del taller!- y se escabulló entre los maderos de la factoría haciendo un mutis con los alborotados sonidos que ya le atormentaban. Tomó las herramientas y miró con ganas la puerta de salida. Le faltaba como una hora para que sonara el silbato de final de trabajo.

- Acá tiene, masculló no la pierda como la semana pasada que después hay que pagarla.

El movimiento de los fierros les contagió una breve euforia. ¡Eran los mejores! Sacaban trenes de esas chatarras destruidas por el herrumbre y el carbón.

El agudo sonido de la sirena los reconfortó. Dejaron la máquina y guardaron las piezas y útiles para no tener que pagar de su magro salario. Pero Deoclesio no vio la maniobra de su compañero que escondía una de los instrumentos de más valor.

Al llegar a su casita, pequeña pero cuidada con esmero por su mujer, dejó su ropa de trabajo y dándose un baño, se acomodó en el sillón que desvencijado se adaptaba a su cuerpo. Tomó unos mates y escuchó unos tangos en la radio. Luego llegaron los hijos del centro donde trabajaban y cenaron; después, se fueron a terminar el colegio en la escuela parroquial. ¡Si no tienen un título, serán siempre como su padre, un obrero que gana poco y “labura” mucho!

Se quedó dormido en el sillón. Lo despertó una sirena aguda, no era la de la fábrica. Incendio en el conventillo de la vereda del sur. Salió para ver si podía ayudar, no le permitieron acercarse. Clavó la vista en el fuego y supo que el tren a vapor iba a desaparecer. Como no lo había pensado antes. ¿Qué trabajo haría él, si se terminaba el ferrocarril a carbón? Miró la alta columna de humo negro y suspiró. ¡Dios no permitas que se cierre el taller!

Pasaron unos años y sus hijos con su título a cuestas y con la clausura de los trenes a vapor, lo jubilaron. Ya no tenía que pelear con la grasa, ni el carbón ni el hollín, ahora podía conocer otra zona de su ciudad, ir con su “vieja” al cine de barrio y sentarse a tomar un café en el Bar Los Nombres del Amor” que estaba enfrente de la estación de trenes eléctricos. Descubrió que su compañero había robado tantas herramientas que se había organizado un taller de reparación de autos y de puro “macho” le colgó en la puerta una noche, un cartel que decía:¡Ladrón…! Y se armó un gran revuelo y él, lo disfrutó cuando llegó en un auto de la policía esposado. ¡”Chorro”! Tuvimos que pagar con nuestro sueldo las cosas que te “afanaste”. Y se fue riendo porque el Florencio lloraba cuando se lo llevaron a la comisaría.

Al final él, era el héroe de esa historia, se acomodó la medalla de oro, que le dieron por los cuarenta años al servicio de los ferrocarriles y que tenía su nombre: Deoclesio Martínez.

martes, 13 de abril de 2021

UN NIÑO AMADO

 

UN NIÑO 

 

                           El callejón parecía despertar de grillos y ranas que apareaban la tarde en agonía.

                           Un chiquillo escuálido salió corriendo de la casa tras el hombre. Llamaba a gritos.

                           El hombre, sordo, continuaba su camino. Logró alcanzarlo. Se trepo a sus brazos apretó sus piernas alrededor de la cintura  y  lo  rodeo de besos. La mujer  parada a la distancia abrió los brazos en cruz. Su imagen quedó cincelada en bruma y carne. Él, lentamente regresó. El niño estaba tibio de sonrisas. La mujer contuvo  una lágrima de fuego; sabía que al regresar él, su vida volvería a ser una carga de roca incandescente. Entro prendió la lámpara. Estiró un mantel a cuadros y distribuyó tres  platos sobre la mesa. La noche fue más oscura que nunca.

EN LA ESPALDA


                          Apenas se apagaba la lámpara salía el hombre. Detrás quedaba una forma de sombras casi fantasmales, que se movían como sonámbulas. Se hacía un silencio, roto por la música que comenzaba en el pequeño fonógrafo que tenía oculto en el sótano. Lunuela, de pronto bailaba. Se rompía la magia cuando escuchaban el chirrido agónico del tren que se acercaba. Y con ese ruido, la niña, sabía que terminaba su pequeña libertad. No podía seguir bailando ni haciendo música. A través de la luz, la silueta del recién salido parecia un espantajo deshilachado. El odio y el terror ingresaban con ese padre alcohólico que regresaba para golpear a su madre y a ella que se escondía bajo la cama. Él siempre la encontraba y no dejaba de tocarle los pequeños senos tibios. El cuchillo le abrió un clavel en la espalda cuando cayó sobre ella y la risa histérica de la madre salió sofocada por la música del tocadiscos que ya no estaba oculto en el sótano.

 

 

MIRA, ES SÓLO HUMO

 

MIRA, ES HU                           La primavera ha regresado con sus sonidos de agua que cae lentamente de los árboles que derriten la nieve o el hielo, de los techos con estalactitas transparentes cual caireles de cristal, y llegan las risas y los pájaros para anidar junto a los tejados. Sin embargo siempre aparecen los granjeros a alborotar la casa con gritos y refriegas. Algunos pidiendo dinero, otros gritando que quieren más. Más parte de lo poco que queda en las haciendas despobladas por la guerra. Los mejores no han vuelto, sólo han regresado algunos tunantes con heridas extrañas, cojos, ciegos, maltrechos. Quedaron los peores, los que no servían para ir al frente y defender la tierra de sus ancestros. Los que ahora están son malos y desagradables. 

                           No tanto como para marchitar las sonrisas de las muchachas con lindas y antiguas ropas de encajes púrpuras para las veladas de baile de sus abuelas o madres. Verás que entre los abrojos de voces cantarinas hay un duende plateado, son sueños de adolescentes que se enamoran. Son jaulas de incienso. Nada pasará para cambiar la realidad dolorosa de lo que han vivido. La guerra desterró la belleza y la esperanza se durmió en las colinas. No son hombres, son como ratas hambrientas y doloridas. Humo. Sólo humo y apesta.

 

 

 

PERFUME DE DIAMELAS

             Recordar un olor es como ingresar en la memoria de nuestra infancia dando brincos de alegría. Mientras hablábamos de situaciones pequeñas, cotidianas que transformaban nuestra vida; especialmente la de Andrés. Él, había llegado de Frankfur luego de ir a buscar en los archivos los papeles de los queridos abuelos. Mamá y el tío Otto, lo habían instado a hacer ese viaje.

            No puedo decir todas las oficinas y biblioratos que revisó; creo que cuando lo veían llegar suspiraban o meneaban la cara desaprobando a ese americano estúpido que venía a trastornarles la vida. Regresó con las manos vacías. A los pocos días llegó un sobre abultado con papeles que no eran de esa ciudad, sino de la misma Berlín. Entre los papeles amarillentos y olorosos, había algunas cartas que no tenían remitente, pero que sí habían mandado de una oficina judicial alemana. Como todos esos papeles eran de la época de la Berlín Oriental, muchos párrafos estaban tachados con tinta negra que seguro era un sello de esos que se usan para poner nombres o fechas. Sólo que este era par vedar la lectura.

            Mamá olía cada papel con una dedicación que nos hacía delirar de risa. Hasta que a una carta le sintió el perfume a diamelas que usaba nuestra abuela. Era muy suave y apenas se percibía pero ella como sabueso supo que era de su madre. La abuela Érica había desaparecido la famosa noche en que se levantó el Muro. El maldito muro que separó a la familia. Nosotros que éramos una esperanza en el vientre de mi madre, quedamos del lado libre y ellos, los abuelos y el tío Kurt del otro. No hubo forma de comunicarse. Mi padre pagó a un señor una buena suma de dinero para que le permitiera desde una ventana que daba al pasillo trágico entre ambas, ver si podía hablar o verlos; y dándole otra suma a un guardia del este, no consiguió sino que lo robaran y creo que nunca supieron todos los artilugios oficiados para contactarlos.

            Del sobre cayó una foto. Era gris y casi invisible, pero con una lupa, papá y Andrés vieron a los ancianos y al tío saludando con la mano en un andén de un tren con una valija en la mano. A mamá le llamó la atención, ver que su padre y el tío se habían sacado la barba y el bigote. ¡Pero todo era tan extraño en aquellas épocas que había que asumirlas con paz!

              Andrés se dedicó a revisar las partes negras, con un amigo que usaba un invento de luz ultravioleta, pudieron leer parte de los textos y todos eran muy simples. Cosas cotidianas sobre la poca comida, las perpetuas requisas buscando armas o quién sabe qué cosa extraña. Hasta que llegaron a un papel que había pasado casi inadvertido por todos. Era muy importante y más ahora que cayó el maldito muro. Era una especie de escritura de posesión de un campo que ahora quedaba en el centro de Berlín.

            Mi padre y Andrés sacaron un préstamo y viajaron con documentos que acreditaban su relación familiar. Y… ¡Oh, sorpresa; cuando lo vieron en la oficina Fiscal de Justicia, los miraron con asombro! Éramos dueños de lo que hoy es el hotel más grande e importante de Berlín. Un caserón antiguo que había sobrevivido porque lo habían usado como la vivienda de un altísimo jefe del gobierno y estaba intacto. Cuando mamá y yo viajamos, lo primero que hicimos, luego de recorrerlo, fue ponerle el nombre “Gran Hotel Las Diamelas” y al fin se cumplió con un sueño de mi familia.