lunes, 19 de agosto de 2024

MARIMAR

 

Llegó la sombra que envolvió apacible el lecho del río, en la primavera cumplió  con la promesa de un amor efímero.

 

            Dicen que no hay paisaje más bello que la pradera a la llegada de la primavera. Nuestra visión se demora en los pastizales que rodean el río, especialmente ese olor a tierra húmeda y a setas, el brillo de los juncos que se mueven con un ritmo de góndola veneciana. ¡Y el color! Color de ámbar y oliváceo con fulgor esmeralda, el rojo de las vallas que picotean las aves buscando candorosas alimento para sus pichones. ¡Ay, Marimar! Qué tiempo hermoso es la primavera. Lástima que te fuiste tan lejos.

            Esa mañana apareciste en la sala, con el vestido de los domingos, peinando tu largo cabello en trenzas que enroscabas en la cabeza; tus ojos enrojecidos por la noche en vela, llorando. ¿Qué había pasado en tu corazón de mujer joven y enamorada? Él, se había ido prometiendo regreso. Y esperaste días, meses y años, no muchos hasta que llegó aquella carta con sello de un remoto país de África, donde un sacerdote que misionaba por esos países, te relataba la dura y larga enfermedad que había soportado tu amado Julián. Y tomaste la decisión de ir y embarcarte para una aventura ignota.

            Llevabas poco de lo que creías te serviría para sobrevivir. Luego, después de ese enorme y estrafalario periplo, llegaban tus fotos con unos atuendos que nada tenían que ver con los preciosos vestidos que usabas en casa. Tu cabello rapado, tus manos llenas de ampollas y llagas de trabajar en lugares horribles. Allí no había agua, ni confort en las llamadas casas. Parecían taperas o chamizos de barro y paja como en las láminas que coleccionaba el abuelo Mauricio.

            Albergabas unas sonrisas asombrosas. Nos preguntábamos por qué, si era una zona de espanto. De lluvias torrenciales o sequías mortales. ¿Qué encontraste allí Marimar? ¿Hallaste al amor perdido? ¿O sentiste que tu vida cobraba un sentido diferente?

            El día de Gracia, cuando llegó tu misiva con unas fotos y te vimos con ese hermoso nativo abrazada, nos quedamos en silencio. En la mesa, el mantel estaba un poco menos blanco que nuestros rostros. Pero elegiste explicar que era algo somero, que allí no había compromisos como en nuestra tierra y te creímos. Porque siempre fuiste tan directa, tan tú y tus verdades.

            Tu madre, comenzó a declinar con penas incomprensibles para algunos, no para mi. Yo entendía que ella no soportaba el cambio entre Julio y ese Munbhata.

            Era como si hubieras regresado al pasado neolítico. Pero mirando bien, era un hombre fuerte que tenía una mirada sana y dulce. ¡Sus manos! Eran como dos rocas esculpidas a cincel y su pecho, cubierto de tatuajes entintados con dibujos raros, me llevaron a buscar las láminas del abuelo. Las encontré en un arcón en el desván.

            Mi ansiedad me hizo pasar por alto tantas cosas bellas. Esa jungla dispar y los insectos y bestias que sólo se ven en los zoológicos de Londres. Luego, llegó la noticia que regresabas. ¡La fiesta que prepararon tus hermanos era para los periódicos de sociales! Llegaste sola. ¡Tan cambiada! Eras otra Marimar, diferente en todo.

            Habías decidido entrar en un convento de misioneras. Y luego de abrazar a todos por muchas horas y algunos días, volviste a aparecer en la sala, con los ojos enrojecidos por el llanto. Con una túnica blanca y el cabello cubierto. Una alforja con dos o tres prendas útiles, tal vez, en esa nueva vida que emprendías. Me invitaste a caminar cerca del río, una primavera incipiente acomodaba nidos entre los almendros florecidos. Me narraste lo efímero que fueron tus dos amores. Hablaste de Julían y de ese desconocido Munbhata que te había amado hasta el delirio. Ambos presa de la malaria y tú, me dijiste que contrajeron lepra. Y la inestimable patrona de larga túnica negra y maligna había hecho un trabajo ejemplar. ¡OH, muerte! Nunca inevitable con los que aman.

            Ahora, como misionera, recorres los caminos cuidando a gente débil y sencilla. Tus manos, siguen creando un mundo aceptable. Le regalas justicia y amor. Cuidas sus cuerpos deshilachados y grises. Y yo, acá,  sigo buscando en cada amanecer los colores del alba, rosados, carmesíes, violetas y morados.  Los perfumes deliciosos de los duraznos maduros y las flores, miro el sol de plata insistente en calentar la tierra o la luna naranja que anuncia tormentas. ¿Te extraño Marimar! Nunca me atreví a decirte…Cuánto te amo. Alfredo.

             

SOBRE EL ÁRBOL ESTÁN LOS OJOS


No lo puedo creer. Es un fantasma de tu imaginación. Ayer me decías que el cansancio se habíaapoderado de tu vida. Apenas tienes treinta años y ya no crees tener esperanza de que Arturo regrese. Perdona, pero creo que deliras. Él te ama.

Recuerdo el invierno pasado, pasaban las tardes y las noches acurrucados acariciándose

La soledad los envolvía pero completaban ese lapso de cuerpos tibios envolviéndose en un amable soliloquio.

Vamos a ver cuánto tardas en comprender que si se ha ido, regresará cuando la tarde sea fría y rememore el calor de tus brazos, del sillón que permitía que juntos, vieran una película o un programa de You Tube, sobre algo interesante. ¡Es cierto que no podía ir contigo a ciertos conciertos y escapadas con amigas! Pero siempre te esperó como el fiel amante que era. Sus ojos verdes, parecían gotas de lágrimas vegetales, cuando tardabas.

No comía si no estabas allí, junto a él. Su lengua áspera te limpiaba las manos cuando regresabas del centro. Te lamía. Era un compañero inesperado en tus noches de insomnio. Se hace tarde y debo irme. Pero si miras por tu ventana sobre el árbol están sus ojos. Te miran, Michu ha regresado. Llámalo y entrará como lo hizo siempre por la ventana de la cocina. Para eso es tu gato. 

lunes, 12 de agosto de 2024

UNA AMBICIÓN DESMEDIDA

 

            Conoció a Marilín, una voluntaria extraodinaria, en un pequeño centro de ayuda cooperativo de un barrio semi marginal. Fue quien le abrió la ventana a un mundo nuevo, mágico, que desde muy pequeña había soñado. Noelia, era hermosa, casi una niña de otra estirpe. Los vecinos le decían " la Barbi ", morena de piel blanquísima, ojos verdes y nariz perfecta. Medía casi un metro ochenta y pesaba cincuenta y seis kilos. Realmente era perfecta, pasaba mucho hambre, pero no para mantener su silueta sino porque su padre analfabeto, de profesión albañil, cuando no estaba bebido, traía muy poco dinero a casa y su madre era doméstica en un barrio muy caro. Ella era quien obligó a Noelia a ir a servir en el centro comunitario y allí conoció a su "madrina".

            Marilín le ayudó a terminar la escuela primaria en tres años, resultando abanderada. Luego la impulsó para que hiciera el secundario en otros tres y llegó a los dieciseís con su flamante título de bachiller en humanidades. Fue también Marilín la que le dio libros por mayor para que entrara en el mundo asombroso de la cultura clásica. Un día la llevó al teatro, otro a un concierto hasta que ambas, recorrieron toda la ciudad aprehendiendo como una esponja cuanta oferta cultural había. Es cierto que Marilín reemplazaba a su hija y esposo, muertos en un accidente, por esa muchacha inteligente, alegre e interesada en todo lo que le proponía. El límite de su apoyo había sido hasta allí...pero Noelia había vislumbrado otra vida y otro futuro y no se conformaba con un trabajo de cajera o de empleada administrativa de algún señor obeso, que seguramente intentaría comprarla.

            Resolvió irse de la provincia a estudiar derecho en la capital. Allí nadie la conocería y ella había pergeniado un plan. Su madre ahorrativa hasta el sacrificio, había juntado un poco de dinero como para que su hija, lograra vivir en la gran ciudad por unos meses hasta encontrar trabajo. Noelia...se fue pensando que una de sus estrategias era hacer creer a todos que era una chica de alto nivel económico en su lugar de nacimiento y que su familia la mantenía. Apenas llegó buscó una residencia universitaria donde pagaba muy poco, adujo tener escrúpulos y necesidad de conocer toda clase de estudiantes. Desde luego comía en el comedor universitario y se arreglaba con una sola comida... ¡ Ella estaba acostumbrada al hambre ! Así, estudiando muchísimo logró una beca y recibía un dinero, que ostentosamente declaraba donar a una cofradía de monjes contemplativos... Su madre le enviaba lo que podía y ella gastaba graciosamente en ropa elegante y un buen peluquero. Siempre impecable, a la moda y maquillada, era abordada permanentemente por jóvenes de las diferentes carreras que se estudiaban en esas facultades. Cuando llegó al final de sus materias, comenzó a conocer con mayor interés a sus adulones compañeros. Con delicadeza fue indagando ¿ quién era quién y cómo eran? y eligió a tres de ellos para alternar. Eran los " candidatos" perfectos...altos como ella, bellos y sanos. Con sus carreras casi terminadas, pero con familias en sus pueblos de provincia que tenían un pasar económico muy alagüeño. Terminó eligiendo a Carlos Landó Mercader...hijo del más simpático, gentil y educado terrateniente del sur de Olabarría. Médico por gusto y vocación, no necesitaba trabajar y el tiempo que dedicaba a su clínica era para hacer " el bien" a gente pobre del campo. El hijo, un muchacho parecido a un actor de cine, era un músico nato, pero como su padre, tenía que continuar la tradición familiar. Era un alumno brillante y sin problemas. Aceptó su pedido de matrimonio y sólo le pidió un par de semanas para regresar a organizar las cosas en su ciudad. Así llegó sumida en un complejo estado de desesperación. Confrontó con su madre, que fiel a su carácter seguía de ayudante para la misma familia. Marilín fue quien se quedó sorprendida cuando madre e hija la llamaron para contarle lo que habrían de hacer...`sólo acudiría su madre a la boda, su padre no estaría en condiciones de ser presentado...y ella, su madrina sería quien le ayudaría en la historia´...¡ Nada conforme Marilín intentó hacerles reflexionar pero madre e hija en un bloque de´ granito ´ se opusieron!

            Partieron juntas las tres hacia el lugar donde se realizaría la boda. La madre había logrado un préstamo importante...endeudándose por más de cinco años. Un hermoso ajuar portaba Noelia junto a su flamante título de abogada. La recepción por parte de la familia fue excelente. Nunca dudaron de veracidad de la enfermedad del padre...que imponía su internación en una clínica para enfermos crónicos. La familia había preparado casi todo. Ceremonia y fiesta con cena y baile. Todo era de primera...igual que la vida que tendrían en el futuro. La boda fue maravillosa y ella gracias a los mimos y delicadezas de Carlitos se sentía que estaba enamorada. Nunca se puso a pensar si realmente lo que sentía era amor u otro sentimiento.

            Transcurrió el primer año de casada...ella tenía un estudio jurídico con clientela como para entretenerse. Él, su consultorio médico siempre lleno de niños de amigos y poblanos. Noelia estaba muy bonita y feliz...un día le planteó a Carlos que quería hacerse una casa en un gran terreno que había descubierto en las afueras del pueblo. Allí se dedicaron a construir una casa preciosa. Contrataron a un arquitecto famoso de la capital porque los del pueblo no alcanzaban a comprender lo que Noelia deseaba... ¡La vivienda resultó ser magnífica! En ese tiempo ella desidió quedar embarazada y logró tener a su pequeña Eugenia...una hermosa nena, que fue la delicia de toda la familia. Su mucama y niñera estaba a su lado todo el tiempo para que ella pudiera seguir con sus té benéficos y sus clases de yoga, masajes y su estudio jurídico. Luego al año y medio nació Luciano y luego llegó Andrés. Eran una familia feliz...

            Para la segunda semana de febrero luego de regresar de Europa, apareció en su estudio Juan Angel Murias, un profesional de mucho prestigio en la zona que la invitaba para que se postulara como fiscal o juez en los nuevos juzgados del pueblo. El buen compañero le traía unos veinte libros y otros tantos escritos para que rindiera con resultados satisfactorios. Ella sintió un deseo enorme de evitar esa confrontación con él, pero le aseguró que ambos podrían lograr sendos cargos. Así habló con su esposo y familia que apoyaron entusiasmados con la iniciativa. Se encerró a estudiar con devoción. El día anterior a la prueba se hizo un tours por la masajista, el peluquero, la manicura y se presentó espléndida con un talleur de Mimicho Lettrens y se calzó unos zapatos de Cafarotti...haciendo juego con su cartera de Manfredini. Todos los juristas de la capital habían llegado esa mañana en avión y esperaban en la municipalidad para la gran ocación. Cuando estaban ingresando a la sala aparecieron dos jóvenes profesionales que pidieron rendir. Un golpe bajo...pensó Noelia y se sentó a escribir sus evaluaciones. Varias horas que llenaron papeles y papeles...sirvieron para agotar a todos. Luego de retirarse, el buen Juan Angel, se acercó a su casa a disculparse ya que no pensó que aparecerían los otros postulantes. ella aseguró no tener dudas de ganar igual y se dispuso a almorzar en familia.

             Mientras María, su mucama, servía el almuerzo charló un tanto distraida y con signos de cansancio. A los postres sonó el celular y atendió. Se irguió en forma automática. Su rostro se transformó en una máscara de cera. Se fue alejando hacia el ventanal que se abría hacia el inmenso jardín. Un pavo real con su cola abierta hacía de marco gigantezco a unas garzas rosadas, que caminaban displicentemente. "¡ Han ganado los jóvenes... por puntos...!" fue lo que escuchó. Se le nubló la vista. Una rabia creciente le fue marcando en la cara un color rojo púrpura. Se tomó de la cortina de seda y se fue cayendo despacio hasta quedar hecha un ovillo en el piso. El griterío de las aves tapó el ruido de su cuerpo, pero Carlos alcanzó a correr para auxiliarla. Respiración boca a boca, masaje cardíaco y un mundo de amigos no sirvieron ni alcanzaron para impedir el infarto masivo que la llevó a la muerte.

            Su ambición le había robado su vida y el tercer puesto quedó vacante para otro profesional.

 

LIRIOS CON SABOR A ESPERA

 


              Tal vez vuelva a buscarte, me dijo, y ese "tal vez" me sonó a un badajo golpeando un bronce de cenizas. Me besó apasionadamente. Dejó el sabor dulce de lo transgredido en mi piel aún joven. Me volví sobre mis pies que parecían de plomo y observé la calle desierta. Allá al final de la calle entre los adoquines grises, grises como el presagio de un regreso casi imposible, me pareció ver la imagen de un animal agazapado. Era la muerte, seguramente, que vendría a ver los resultados de su nueva conquista. Salí caminando lentamente por la orilla de la calle y me interné entre los pasadizos de piedra, que se integraban al río. Allí evitaría el rudo trepidar de los cañones. Abajo, desde mi escondite en los refugios, vi la figura de ese hombre, que con su uniforme de soldado partía hacia la frontera con el batallón de zapadores. Lo amé igual y a pesar de las miserias que nos sobrevendrían. Su largo capote gris se diluía en la tarde y su cabello que había besado muchas veces en noches de pasión, se arremolinaba en su guerrera con la brisa del agua brava que se despeñaba entre las piedras. Nunca más lo volví a ver. En mis brazos hamaco el regalo del amor. Pequeño que llegó en el verano cuando ya el fuego de metralla había callado. Ya no acuso al amor o a la distancia. Llevo las manos brotadas de lirios.

 

UN ABANICO DE ENCAJE NEGRO CON PERFUME A VIOLETAS


     

      Todo negro...mi vestido de tafetán, mis guantes, mi sombrero de plumas y cintas...el velo que cubre mi frente y los ojos hinchados por el llanto. Todo negro...hasta mi corazón. El abanico de viuda y sus tristes destellos en mis manos tristes.

      Entro al salón. Me detengo y respiro profundamente. Paso al escritorio y me veo reflejada en el gran vidrio de la biblioteca. Yo, allí, erguida, sostenida apenas por el "polizón" y el "corset" ; aunque estoy quebrada en millones de fragmentos. Erguida a pesar del dolor.

       Sí, mi amado José Carlos ha muerto. Ya no veré su fino bigote que con delicados movimientos atusaba para esconder la sonrisa cómplice. Sus lentes de oro y vidrios pequeños, que encubrían su mirada apasionada. Su deseo.

      ¡ Cuánto amo a ese hombre que se ha escapado de mis apasionados brazos ! Miro mis botines también tan negros como el perfil oscuro de la muerte. Tal vez ellos ocultan mi temor  y desolación, en mi paso firme. Camino hacia el escritorio de caoba. Abro el cajón del frente...y allí está la pequeña pistola. Fría mensajera de metal y nácar. La tomo lentamente...me siento el enorme sillón de terciopelo rojo...la acerco a mi frente y dudo. La pongo con mis manos trémulas junto a mi boca sedienta de sus besos y su aliento . ¡ Disparo y un chorro de sangre brota como una cascada sobre las cartas de él, que sueñan en la tapa del mueble frente a mí ! Silencio.

 

      Un ruido cercano me despierta. Estoy sola. Hace unas horas me he quedado dormida en el viejo escritorio de mi abuelo. Mi amor ha muerto ayer y extraño su pasión. Su cuerpo. Su compañía. Sus besos... Miro hacia el jardín y observo el auto negro que brilla con el sol que trata de ocultarse entre los árboles. Mi vestido blanco de seda está empapado de lágrimas tibias. Observo el recinto...es el mismo de mi sueño.

      Sobre mi regazo...un abanico "negro" de viuda, me deja el mudo regalo de mi bisabuela. Ella estuvo allí... hace muchos años. En el gran espejo veo una figura tenue que se desdibuja en las sombras. Ha dejado un fuerte perfume de violetas.

LA CRECIENTE...


            " A yaposé curí mi amiga un payé de los buenos" - dijo la Lochá Yaharí, mientras se secaba las manos en el delantal de algodón sucio como el río que se agrandaba en la tarde. San la Muerte te va a hacer una ayuda sin tu Belarmino...él, el santo, será el que te lo traiga enterito.

            Las lluvias, arriba, continúan, Lochá, es una india pura, médica para la gente del monte. Ella sabe leer las nubes, el destino .

             No me dejó la canoa el Belarmino y me veo venir las aguas. Lochá ¿ qué hago?

            A yaposemo una temime´ë apiraí con el alma india de los antepasados. Ellos están acá y te van a cuidar los cunumíes. El cielo llora mujer. El dios de las tormentas está enojado con los hombres blancos que no le creen. Vení mirá en la piré apecué de este coco. Ese color violeta es de los demonios blancos. No llorés vos también Natí, que los santos no quieren lágrimas sino rezos. Tu frente limpia es lo bueno en esta cosa. Ya volverás a tu rancho. El tiempo de piedras duras sin tierra para labrar se te va a ir achicando, ya verás. San la Muerte es infalible.

            La vieja Lochá Yaharí, médica para empachos y dolores de toda ídole puede curar las almas de los desgraciados. No puede con la autoridad. Eso nó. Ellos la persiguen porque no entienden...en su altar está el Dios de los cristianos y el de los guaraníes. Vive aún junto al río, en el palmar caliente cerca del arenal. Su rancho es de los buenos. De chorizos de barro y quebracho colorado que le traen los hacheros cuando las yarará o la ñacaniná los muerde y ella con sus menjunjes los cura o los ayuda a morir.

             La Natí quiere volver a sus mandiocas, a sus avatí dorados de dientes dulces, a susca´ ávó que plantaba para los cunumí y el Belarmino. Ahora nadie la escucha. Y la casa la ahoga, la mata y nada ni nadie la ayuda...Ahora vive en la ciudad en una casita de un ambiente de cemento. Alguien vino de la ciudad con ideas modernas. Le llenó la cabeza a la gente con promesas. Ahora no puede tener gallinero, ni criar carpinchos huachitos para comer cuando no hay changas. ¡Por eso y sólo por eso se fue río arriba a la casa de la médica! Curame el alma vieja. Curame la vida de tanto pueblo. De tanta baldosa y ruido de coches y gente. A mi me gusta el aroma de la tierra húmeda, de los sauces verdes...del río de color de cielo. Me gustan las tormentas cuando explota el nuberío con color de fuego. El canto de los terus, de los chajáes y de los cardenales en sus nidos. Ayudame vieja. Que mis cunumíes vuelvan a jugar en los pajonales, cazando chicharras, pescando mojarras... Igual nunca podrán irse donde el maistro...vieja; haceme un payé. Payé de los buenos.

            -Natí tomá el payé y mi canoa, andate rápido si querés salir de la tormenta. El río huele a muerte este mediodía. La monta será muy alta. Ya la huelo. Ya regresará tu hombre. Rezá mucho mujer. La virgen de Itatí será mandada. Corré.

            -¿Y vos Loché qué vas a hacer?...Si no venís conmigo te llevará el río...

            - Llegó mi tiempo de ser parte del barro y de los montes. No me puedo ir. La ciudá, vos sabés, me mataría. Vos hacelo por los cunumíes. Remá mujer sin mirar p'atrás. Andate.

            La Natí corre como flecha errante. Aprieta con fuerza el payé de caburé y seibo. Lleva atado al San la Muerte al pecho. Tiene que salvar a los cunumí que lloran...¿ Dónde estará el Belarmino que subió al obraje a buscar la changa. Corre la canoa...corre y el viento le atrapa la desesperanza.

            ¿Qué harás muchacha de la tierra? Esperar...tal vez alguien te escuche.

                                                            

BRINDO

  

Brindo por la palabra que embriaga mis sentidos

Las que arrebatan mis sombras y las llevan al espacio

Brindo por los poemas que como fuego me encienden

Un fuego que juega limpio entre las manos hambrientas

Esas poetas que viajan al extremo, al paraíso esperado

Fuerza de diálogos vivos atravesando la vida

Reto a la magia del viento desparramando belleza

Brindo por ojos lejanos, por labios que dicen poemas

Por pasos de duendes que engarzan, melodías azules

Cascabeles celestiales, arpegios que crepitan en las calles.

Brindo por los que sueñan, los que trafican palabras,

Los que construyen montañas con versos y mariposas.

Por toda la poesía que vuela entre nubes blancas.

 Brindo.