miércoles, 28 de enero de 2026

UNA ARAÑA EN SU ROPA

 

            Le gustaba leer en el baño. Llenaba de periódicos, revistas y libros el pequeño receptáculo llamado baño. La casa era grande, pero el otro, el enorme, tenía ducha, jacuzzi, placares para ropa blanca, un enorme espejo que espiaba al que lo usaba y acechaba cada minuto al ingenuo que se acomodaba en el inodoro. ¡Horrible ojo del escándalo para la intimidad!

            El otro, el pequeño, quedaba junto a un breve jardín poco frecuentado por la familia, sólo a veces, él, salía a fumar en escondidas un cigarrillo que apestaba el aire y lo delataba con la chismosa de la casa, Camila, la vieja niñera.

            Allí, en ese mundo tenía su pequeño reino. Gozaba de intimidad y leía a gusto, mientras despoblaba sus tripas sin vergüenza. ¡Nunca imaginó lo que ocurriría una tarde calurosa de verano! Entró al recinto como el rey de la comarca. Se desvistió colgando de la hermosa forma de bronce que servía de percha: pantalones, camisa y hasta se dio el gusto de sacarse zapatos y quedarse en calcetines y bajarse el calzoncillo hasta quedar casi desnudo. Éste, el blanco interior, se balanceaba entre sus pantorrillas que ya lucían bellas venitas azuladas. Era un objeto inmaculado. Tomó el diario del domingo y fue tranquilamente leyendo los artículos que no había aprovechado ese día con la familia en pleno de “pasta” de la abuela. Tardó como una hora y media, hacía rato que despojó de sus desechos.

            Cuando dejó el periódico y se agachó para lavarse…quedó estupefacto. Una enorme araña negra se balanceaba en su íntimo calzoncillo blanco. Tenía patas peludas y con sus ocho ojos, lo miraba ignorando el próximo movimiento que la dejaría fuera del sublime momento que vivía. ¡Pobre araña!

            Comenzó a gritar. ¡Camila, Rosalba, Julio! Nadie acudía y él, horrorizado, se imaginaba que el astuto arácnido, se acercaría a sus partes pudendas y le mordería ahí, justo en la piel más suave y tersa que tiene el hombre…su escroto o su pene que se iba achicando hasta casi desaparecer en su vientre. ¡Camila, Rosalba, Julio! Que alguien venga… o me muero. Y apareció la vieja, con ganas de matarlo. ¿Qué te pasa Humberto? Miró y se quedó con la boca abierta. ¡Ah, no, esa porquería no me va a dejar a mi muchacho enfermo! Y salió corriendo en busca de algo.

            El baño, parecía cada vez más pequeño, más lóbrego, más peligroso. Él, miraba como la horrorosa se movía lenta en la nívea prenda. ¡Ya vuelvo! Había dicho Camila que lo crió de niño. Y regresó con un palo. Y el miedo se agigantó. Me vas a pegar un palo. ¡Déjame a mí! Y con un mandoble de artista de circo arrancó el calzoncillo de los tobillos de Humberto. La araña rodó por el suelo envuelta en parte de la prenda, pretendiendo salvar su negra y peluda existencia. El golpe fue perfecto. La muerte rápida y la risa de Camila tronó en el baño que de pronto pareció Versalles.

            ¡Por fin la araña estaba inerte! Y Humberto sin su prenda interior, con calcetines a rayas de colores, parecía un huérfano en la calle de los barrios más pobres de Calcuta.

ROCO EN PALMAS BLANCAS

 

Sentado junto a la alameda, con los pies desnudos en el agua trasparente de una acequia profunda que rodea el camino, distribuyendo el caudal del arroyo a los condominios y vegas. Mira absorto un abejorro dorado que trata de escapar desesperado de la trampa húmeda en la que cayó. Un pequeño remanso aglutina abejas e insectos con alas transparentes e iridiszadas con una varilla que desgaja de un sauce empuja el insecto que despega asustado volando resuelto hacia la libertad.  Se pierde en el aire caliente del mediodía. El sol es una mandarina gigante que quema el clima y al muchacho.

La cara, el cuerpo y la piel se están desempolvando con la transpiración que aparece de cada poro invisible del cuerpo moreno. Sumerge  un pañuelo y se lo pasa por el rostro y el cuello. Le chorrea el líquido por los brazos que dibuja rayas desdentadas y se deliran hasta la tierra mojada

Si no se levanta y sigue, no llegará a cumplir con la tarea encomendada. Ya comenzará el peso de esa caja a empujar su paso. Continuará como el abejorro escapando senda arriba hacia el paredón de piedra. Allí está él, con la esperanza intacta en sus amigos de la ciudad que lo respetan tanto como todos nosotros. Lo envió temprano al puente donde sale el camino de Palmas Blancas. Allí después un tiempo, se sintió el rezongo del motor del camión de Albino, con otra carga. Esperó que no fuera grande la caja que traía, pero su cuerpo que crecía y crecía y la barriga silbando por la poca olla que visita, es cada vez más pesada.

 Se la echa al hombro y trepa, pensando en el vuelo del abejorro, errático y libre. Quiere ser libre y nunca salió de Tuporen. ¿Cómo será allá tras las alamedas? ¿Cómo será estar cerca de esa gente ruidosa?

Siente el corazón golpeándole en la cabeza. Ya llega a la pared de piedras que abraza la casa, el enorme patio del maestro. El mástil afilado que sostiene un trapo que supo ser la bandera y ahora es un pedazo hilachento de colores desvaídos. Él, espera la caja. Su sonrisa amplia lo recibe mansa y con mucha esperanza. Trae para los muchachos un sin fin de libros. ¡Un tesoro!

Al “Pelado” lo quiere como a un hijo. Recoge el bulto y le da una torta con queso. El chico se aleja comiendo su premio. Pasarán varios meses, hasta que vuelva el camión de Albino. ¡Roco! No faltés mañana que tengo mucho para enseñarte, oye a sus espaldas. ¡Si maestro, hasta mañana!

LAYO, EL DEL ESCARBADIENTES

 

Al atardecer salió a la calle. Salió como había salido siempre, caminando despacio, sin mirar hacia ningún lado, pero ahora diferente. Era la primera vez que se sacaba la sotana. Su nuevo traje, que si bien era usado y gastado, le pareció que era un disfraz de hombre de la calle o de oficina. No quería que lo identificaran... era la primera vez. El obispo lo había sancionado. ¡Orgullo! Eso le había llevado a contestar al superior que había descubierto que "El Monseñor"; era un viejo cobarde y miedoso. Que se había quedado callado frente a los tratados que había exigido el gobernador. Una terrible injusticia.

Él sabía que le traería muchos problemas, pero su conciencia le obligaba a denunciarlo. El día que fue a la sacristía y se quitó todos los elementos que lo identificaban como religioso y hombre de Dios, se sintió desnudo. Había escuchado, como secretario del monseñor, los pactos que le habían exigido el ministro de seguridad y del gobernador al anciano. ¡Quedó boquiabierto! Salió corriendo y se arrodilló frente al Santísimo a meditar y orar. ¿Qué tenía que hacer?

Ahora se alejó. Una joven le clavó los ojos. Él la había confesado hacía pocos días y supo que lo había reconocido. Ella le hizo un guiño. Él sudaba. No quería que supieran que sin el hábito se sentía indefenso en el mundo. El corazón parecía un tambor batiente. Bajó la cabeza y apresuró el paso. Se trepó a un bus y se mezcló con el tránsito de esa hora donde la ciudad se devoraba a los transeúntes alejaba de ese barrio. Desde la ventanilla divisó la cúpula de la catedral. Una lágrima se le coló por el rostro que escondió entre sus manos entrelazadas. Pasado un rato se quedó dormido. El chofer lo despertó y cuando miró el lugar donde estaba, vio asombrado la puerta del seminario.

Bajó y con paso lento enfrentó la gran puerta del hogar donde había estudiado durante tantos años. Tocó el llamador, se abrió la mirilla y quien lo observaba estaba mudo de sorpresa. Abrió y lo jaló bruscamente al interior. Ven, le dijo. Lo llevó por un largo pasillo que él, no reconocía. Abrió una puerta que simulaba una biblioteca y le dijo: ¡Layo cuidado, nos están escrutando y ya se han llevado a varios seminaristas y al padre Román! El gobierno está persiguiendo a los religiosos y debemos tener cautela. Te traeré un té y un trozo de pan.

El aire era denso, olor a miedo y sospechas por cada respiración. ¡Nos han traicionado, amigo! En Valle Viejo, ha desaparecido el director del seminario de los misioneros del Sagrado Corazón y para allá había sido llamado el "Monseñor" y nadie sabe dónde están. Los pobladores de las cercanías, guardan silencio, pero en los mercados, en voz baja, dicen que pasan cosas muy raras en el edificio. Aparentemente está vacío, pero algunos jóvenes se han atrevido en las noches para espiar... han visto que han entrado tres camiones con carpas cubriendo los furgones y no se atreven a acercarse para ver quién abre el enorme portón.

Lentamente el manto morado del sol poniente se desplazaba por la región; en unos minutos ya estaría oscuro y la luna estaba cubierta por enormes nubarrones grises. El cielo iba a regalar una gran tormenta, chubascos y tal vez, en el bramido de los truenos, Layo, se iba a poder acercar y merodear por el antiguo seminario.

Esperó unas horas. Se cubrió con una capa con capucha que encontró entre los viejos hábitos de los monjes. Se cubrió los botines con lona y enfiló por el bosque entre los matorrales, hacia el viejo edificio. Cada rayo iluminaba las paredes cuyos vitrales iluminados dejaban visualizar las imágenes de la pasión. Sintió una mano en su hombro., se detuvo temblando. Era su viejo amigo. Sigue. Venía detrás a cierta distancia. No estaba solo, pero temía el futuro y sin querer una lágrima se deslizó por su mejilla y se perdió en la barba insipiente. Ya junto a los gruesos muros, se detuvo. Miró a Rigoberto que se empinaba sobre una roca parra espiar por una de las ventanas. ¡Mudo, se dejó descender para que Layo se asomara y viera! Allí en medio un salón umbrío estaba Monseñor atado en una de las sillas cardenalicias, con un trozo de tela cubriéndole la boca. Alguien detrás con un uniforme negro y capucha pasa montaña, lo maltrataba con un arma hecha con cuero y metal.

Salieron con mucho cuidado. No necesitaban más para escapar de la casa clerical. Cuidadosamente caminaron entre los matorrales, y se tapaban cuando escuchaban ruidos o un trueno. Llegaron al seminario y entraron por una puerta escondida entre la leñera. Cuando llegaron al los pasillos principales, escucharon voces desconocidas, que buscaban a los habitantes del lugar. Se escondieron. Pasaron varias horas y cuando advirtieron que las voces ya no se oían y los neumáticos de unas camionetas habían dejado de chirriar; salieron. Se habían llevado a dos monjes y un seminarista.

No prendieron fuego ni luces. Amaneció y recién ahí, se asomaron a las cocinas. Debajo de un enorme y pesado armario, se asomó el fraile cocinero. Era anciano y astuto. Temblaba. Su boca desdentada, parecía un resorte. ¡Son los hombres del gobernador! Se dejaron atrapar Gualberto y Marcos, y el joven seminarista Daniel.

¿Qué podemos hacer? Layo, se volvió a vestir como paisano. Y dijo: Iré al mercado a buscar los comentarios de la gente. El cocinero le dijo, tenemos una señal con algunos paisanos. Ponte un escarbadientes en la boca y haz como que es tu costumbre usarlo. Alguien te reconocerá y se acercará. Salió por una entrada lateral. Caminó por el camino con una bolsa llena de manzanas. Y llegó hasta un claro, donde estaba detenido un camión del gobernador. Saludó tocándose el ala del sombrero viejo y sucio. No le contestaron, pero lo miraron con ojos arteros... buenas. Silencio. ¿Quieren una manzana? Y con habilidad les fue tirando a la mano una manzana roja como la sangre que ellos tan bien sabían manipular.

Siguió por el camino. Llegó al mercadillo. Con su palillo escarbadientes entre los labios caminó entre la gente. Un hombre de tamaño enorme se detuvo y mostró su escarbadientes. Entonces, Layo se acercó y dejó sobre un canasto del puestillo su carga de manzanas. Entre sus manos estaba una hoja de papel con un nombre y una dirección.

El hombrote le dio unos billetes. El paisano se alejó por otras callejuelas para despistar a los mirones. Llegó hasta el lugar de la dirección. Golpeó y apareció una mujer mayor. Abrió. Pase. Ingresó y un abrazo lo dejó inmóvil. Era el obispo y estaba vestido de paisano como él. ¡Por fin hijo! ¿Qué ha pasado en el seminario? Charlaron mucho tiempo. Había que buscar una salida.

Armaron un plan. Layo regresaría a la ciudad y allí buscaría a ciertos personajes que eran amigos del obispo. Ya no tenemos dinero. El joven le dio lo que tenía de las manzanas. Algo es algo.

El regreso de Layo, fue una odisea. Cada patrulla lo detenía y revisaba su breve mochila, sus papeles. Todo. Pero llegó a la capital y se dirigió a las casas cuyos dueños eran amigos del obispo. Así, pudo conseguir ayuda.

Meses después, mágicamente desapareció el gobernador y su familia. Habían huido al extranjero con todo lo que habían robado de la Curia y de los monasterios. ¡Pero grande fue la sorpresa al descubrir que nada era de oro ni de plata! El pueblo regresó a la normalidad pero una espina quedó siempre en los lugareños. ¿Había paisanos que habían apoyado a los malhechores? ¿Se conocerían algún día o se perderían en la historia del  Valle Viejo?

EL PEQUEÑO GRANUJA


 

La señora Rosales vino a quejarse. El pequeño travieso, que todos los domingos se vestía de monaguillo; le había jalado las trenzas a su pequeña Eloisa. No tenía respuesta. Su madre lo castigaría por la hazaña que los chiquillos de la pandilla, le obligaron cumplir para poder ingresar en ella. El barrio era un nidal de pequeños granujas. Su querida tía Sofía, trató de evitar que lo castigaran. Esa tarde no cenaría en la mesa con toda la familia, solo en la cocina y sin postre. ¡Había pastel de papas con un rico picadillo que adoraba y puré! La tía le pasó en escondidas un sánguche. Salió escapando. Luego, ya sereno esperó que Don Albino, el cura lo hiciera ingresar. El cura lo esperaba para que lo acompañara a repartir el cuerpo de Jesús, entre los enfermos de la comunidad. ¡Justo a él! La barriga le gritaba goles por el hambre. ¡Un solo emparedado!

Después de la vuelta por las casas donde se detenía el prete, al atardecer salió  como salía siempre, pero caminando despacio, sin mirar hacia ningún lado. Los chicos lo miraban con cara de pocos amigos, le gritaron "pollerudo", "Chupa cirios" y sintió que su corazón se abría y que comenzaba a sangrar de bronca. Recordó que en la sacristía había un san Esteban atravesado por flechas y creyó que él, quería tener un arco y flechas y atravesar a todos esos inútiles que lo molestaban.

Cuando regresó a su casa, vio cuánto tenía juntado en monedas y billetes. En el celular, buscó un lugar donde vendieran ballestas y flechas. No era muy lejos. Si se tomaba el trolebús, lo dejaba a dos cuadras. Se acostó pensando como podía hacer... primero iba a ir al club a practicar. Él, los iba a madrugar. Cuando manejara el arma, flor de susto les daría. ¡Nunca más se iban a reír de él!

El viernes a la tarde, había un partido de fútbol en la cancha de Juveniles. Envolvió su ballesta y las flechas en la mochila. Sobresalía alguna punta, pero se podía disimular. Llegó traspirando. Le temblaba un poco el cuerpo, pero la rabia se detuvo en su corazón cuando le detuvo el padre de Tito, para preguntarle que llevaba. ¡Una banderita! Mintió y sintió vergüenza.

Cuando se acomodó en la zona apartada, atrás, a la sombra de un sol que se iba escondiendo... vio a don Albino, entre los que esperaban el partido. ¡Qué bronca, no era el momento! El cura le hizo seña que se acercara. Se levantó lentamente, pero lo vio al "Chalo" que le hacía una seña que él conocía muy bien: ¡PUTO!  Y la sangre se le subió a la cabeza, sacó la ballesta y acomodó la flecha.

Un silbido agudo salió de la sombra y Chalo cayó como un rayo en la tormenta. La flecha estaba justo en el hombro... desplomado y con sangre la gente corrió. Tenía miles de ojos puestos en él. Se sentó y esperó. Don Albino y un policía estaban a su lado.

Por ser menor, le dieron cinco años en suspenso, y debía hacer acción social para reparar el daño. ¡Nadie se atrevió a burlarse del monaguillo! Don Albino lo ayudó a hacer la acción social y lo llevó lejos a la casa de cierto pariente para que no le quedara una mancha de sangre en su vida.

 

martes, 27 de enero de 2026

NARCISO

 

 

Lo seguí por el callejón como a lagartija de siesta en verano. Se escabullía y se escondía entre las ramas que caían en el zanjón de sauces viejos.

No podía atraparlo. Era malo. Tan malo como puede ser un chico criado sin familia conocida. Una vieja abuela que le gritaba casi siempre para que se bañara y durmiera como un buen cristiano.

Cuando lo atrapé, se mojó los dedos mugrientos con los mocos y me pasó por la cara. ¡Qué asco! Pero no me dejé aventajar. Le dije: -Narciso tu costumbre de echarle kerosene a los gatos silvestres y luego incendiarlos es una porquería.

¡Callate negra de mierda! No sos nadie para decirme qué tengo que hacer.

Pero yo insistí. Sos malo y eso que hacés es criminal.

-¡No, cuando salen esas bolas de fuego me hacen sentir como un dios cuando hizo el sol!

Y me tiró un cascotazo que me dio en el pecho y caí desmayada. Se fue y no regresó hasta hoy que vi un gato en llamas correr entre los viñedos.

 

 

SANGRE DE MÁRTIR

 


 

¡Nadie caminará de mi mano al destierro!

 

Mi alma sosegada adocenará inviernos.

 

Una luz deslumbrante acogerá el denuedo

 

De encontrar entre espinas

 

La Verdad y el Silencio.

 

En lo alto la Cruz

 

Con sus heridas abiertas.

 

En mis brazos la cruz que me alienta a su encuentro.

 

Y una espera vital de Jesús Nazareno

 

Que me acoja en sus brazos

 

Llagados y perpetuos.

 

Mañana, estaré aquietada en espera.

 

Ser necesariamente una llaga

 

Que duela,

 

Con la mirada puesta

 

En la Cruz Golgotana y…pasará

 

a la hora esperada,

 

Una gota de sangre

 

Una lágrima pura,

 

Pura Sangre de Mártir.

LETICIA 6

  

            ¡Se tiró en un sillón mullido y cómodo! Temblaba de emoción, y las manos acariciaban su propio rostro como lo hiciera esa mañana el apuesto médico que había llegado hacía meses del extranjero. ¡Soy demente! ¿Será cierto lo que me está pasando? Es tan hermoso como yo lo imagino… es tan real como esa sonrisa amplia que despliega cuando entro a la guardia o a la sala.

            Leticia se pellizca. Enrula su cabello desordenado después de una larga jornada. ¡Es maravilloso! Tardó mucho tiempo en hablarme, en decirme su nombre, en contarme sus sueños. Y yo, ignorando al destino, lo miré por primera vez esa noche del accidente en la carretera  allí vi al hombre, con su alma intacta y lleno de vocación.

            Sus manos se movían con rapidez y ternura. Escalpelo, oxígeno y una enorme necesidad de salvar a los heridos. ¡Existen aun, personas que aman esta dura profesión sin pedir mucho! Las bolsas de sangre o de plasma, parecían mariposas volando de cuerpo en cuerpo. No paró un minuto. Era como si de sus manos dependiera el futuro de la vida del mundo.

            Se acomodó enrollada en su bata de noche, con una copa de vino en la mano. Miraba por el ventanal de su monoambiente hacia el poniente donde el sol parecía un trozo robado a un círculo de fuego. Tocó la tecla y dejó que la música la arrebujara y cerró los ojos. ¡Sí, es muy apuesto! Me he enamorado.

            Quedó dormida, agotada por las largas horas de entrega a su trabajo en la clínica social del pueblo. ¿Adónde estaría él, ahora? Imaginó su cuerpo entrando en una piscina o en el mar. Luego pensó que era de una región montañosa y lo pensó escalando entre rocas gigantes y nieves eternas. Soñó.

            Un fuerte golpe la despertó. La puerta de su habitación, apenas estaba separada por una mampara del ínfimo estar y cocina. Otro golpe y un estruendo, rompió esa seguridad que le daba intimidad. Un ser grotesco ingresó con un arma.  Su cabeza cubierta por una máscara negra de horrible imagen, guantes negros y un olor que apestaba a alcohol barato. Se abalanzó sobre Leticia y comenzó a gruñir como un animal enloquecido. Le arrancó la ropa y la sacudió dando u golpe durísimo con el arma en su cabeza.

            Leticia no podía moverse ni gritar. ¡Estaba paralizada! Le ató las manos con el cordón de la computadora, la amarró a la cama y se tiró sobre su débil cuerpo de mujer.

            Se desmayó. Entre el dolor y las nauseas, sintió que la arrastraba por el pequeño habitáculo. La arrojó bajo el grifo y le refregó el cuerpo y su intimidad. En el agua se diluía la sangre que manaba de una herida o varias. Estaba atada y con el rostro cubierto por sus bragas. No podía ver el rostro del monstruo. Se desmayó.

            Sonaba el timbre de la portería y el teléfono celular enloquecido destellaba tratando de tener una respuesta. Despertó dolorida y fatigada. ¡He soñado o he vivido esa experiencia horrorosa! Temblando se empujó como pudo hasta la mesa donde estaba el celular. Sus manos temblaban. Lo tomó y como pudo deslizó en la pantalla sus dedos doloridos, para gritar: ¡Ayuda! Que alguien venga en mi ayuda.

            Pasaron pocos minutos y llegaron una ambulancia y un coche policial. La encontraron herida y desnuda. Se tiró en los brazos de su salvador. No era él, era un médico que la conocía hacía mucho tiempo. La vistió luego de curar las heridas. Un joven policía fue tomando las medidas para que no se ensuciara el espacio en el cual Leticia había vivido esa horrenda experiencia.

            La sirena de los vehículos la sedaron junto a una inyección que le puso el galeno. Llegó a su clínica y fue derecho a una sala donde varios colegas la trataron de participar de su atención. Su enamorado, ese día no estaba. Se durmió. Los calmantes la llevaron por lugares inexplicables. Algunos bellos otros horripilantes.

            Cuando despertó, estaban junto a ella unos detectives que esperaban pacientemente su mejoría. Comenzaron a interrogarla. Ellos, con cada descripción que ella daba, se cruzaban miradas extrañas. Pero el dolor y la confusión no le permitían tanta perspicacia.

            Leticia… ¿Desde cuándo usted tiene un arma blanca tan peligrosa en su departamento? ¿Qué hacía a esa hora con… su colega Edwin Zarratea?  ¿Cómo pudo cometer un acto tan detestable siendo médico? Ella extrañada, los miró con sorpresa y se quiso incorporar, pero sintió que su mano estaba esposada a la barandilla de la cama.

            ¡Perdón no entiendo!  ¡Qué me pasa, si yo fui atada, golpeada, violada y casi muero en manos de un desconocido! Los hombres se miraron. ¿Señorita, usted mató con un cuchillo muy especial por su origen japonés a Edwin Zarratea, el cuerpo fue encontrado en su lecho con cientos de puñaladas?

            De su garganta no salía ni aire ni gritos. ¡No, yo no hice eso! Soy inocente. Yo amaba a ese hombre. Ellos, se acercaron y le mostraron unas fotos. Así lo dejó.

            Soy inocente. Yo no fui. Créanme. Y se volteó para poder soportar tanto dolor físico y espiritual. Ingresó el jefe de guardia y pidió unos minutos, traerían un colega siquiatra para trabajar el caso. Leticia, se volvió y le suplicó. ¡Ayúdeme, juro ser inocente! Ustedes me conocen desde hace muchos años. Los policías salieron y quedó frente a frente con el jefe. ¡Te lo dije Leticia, acá nada de romances entre colegas! Y salió dando un portazo.

 

 

LETICIA 4

 

La guerra estaba en el otro confín de su lugar de confort pero su promesa había sido ir volando a la ayuda de los más necesitados. Su lema era donde hay una bala, una bomba o una metralla, ahí me necesitan y ahí estaré. Armó una mochila que le cubría parte de la espalda, y el maletín con el instrumental. Sacó el pasaporte y buscó el mapa con un recorrido que debía hacer por varios países para llegar a ese que seguro la estaba esperando.

¿Usted es Leticia Ramos?  Le preguntó un joven con cara de nada. ¿Por qué viaja? Soy Médico Sin Fronteras y necesito llegar lo más cerca posible al punto donde me esperan otros colegas. ¿Tiene VISA para entrar en este país? No necesitamos, creo que ya lo sabe. ¡A partir del año pasado se necesita un visado especial!

Leticia, siente que se le viene el mundo abajo. ¿Con quién puedo hablar? ¿Hay consulado de mi país en este? No, está en el país vecino, si quiere llamo a un personal especializado. ¡Por lo pronto le retengo los papeles y me tiene que dejar su maletín!

De ninguna manera, es material indispensable para salvar la vida a los habitantes de su país. Creo que lo necesitan. Bueno, entonces llame a esa persona que es especializado en estos trámites. A lo lejos se escucha el tableteo de metrallas y estampidos.

Mire, mientras usted me detiene, hay gente a la que yo puedo ayudar. Se acerca un hombre de cara adusta y feroz. ¿Quién la manda? Nadie, dice Leticia, soy Médico Sin Frontera. Vengo con lo poco que tengo, para ayudar a sus habitantes, civiles o no. Nunca nos han pedido VISA, sólo con nuestras credenciales he trabajado en muchos países. Páseme el pasaporte. El hombre lee: Sudán, Irak, Sierra Leona, Haití, Palestina… ha viajado mucho. ¿Cómo sé que no es una espía internacional? ¡Por Dios…! ¿Cree que podría entrar en tantos lugares peligrosos por el placer de hacer eso?

El hombre llama a una mujer soldado. Revise exhaustivamente a esta mujer. La hacen entrar en un habitáculo cerrado, con una persona que la mira con desdén y desconfianza. ¡Desnúdese! Leticia comienza la triste ceremonia de sacarse las prendas que usa. La revisa en forma descuidada y rústica. ¡Abra las piernas! Sin usar un guante le ingresa las manos en su intimidad femenina. Pase por acá, entra en una especie de radiógrafo, como a su mochila le hacen una suerte de revisión tecnológica. No tiene nada. ¡Vístase!

Sale con un rubor que acrecienta el color oscuro de su pelo y ojos. Pero sabe que no puede quejarse. El hombre especializado en eximir a los recién llegados y detectar extraños, le hace un nuevo interrogatorio. Leticia con paciencia, ya lo vivió en otros lugares, contesta seria a los reclamos. Llaman a otros dos personajes, que parecen superiores en jerarquía. Hablan entre ellos. La muchacha trata de interpretar lo que dicen, pero lo hacen en un dialecto que ella no conoce. La miran y vuelven las espaldas.  

   ¡Puede entrar en el país, pero la estaremos vigilando! Sale y una cachetada de humo y polvo de los derrumbes la dejan sin habla. En un lugar cercano, está un coche destartalado que tiene el Logo de Médicos Sin frontera. Se acerca un muchacho sonriente. ¡La esperábamos doctora! Venga, déme su maletín y su mochila. A lo lejos ve que un tipo vestido de paisano los sigue en una bicicleta. ¡Ese es un vigilante que la seguirá por donde vaya! No le tenga miedo, nosotros le damos muchas cosas: comida, cigarrillos, ropa y remedios que a veces revende en el mercado negro.

Cuando llegan al “hospital”, una suerte de galpón de chapas y carpas con paneles de tela gruesa;  y atestado de literas llenas de heridos, la hace retroceder unos instantes el olor a muerte. La sangre y el perfume de ciertos medicamentos, le devuelven el sentido. ¡Por algo vino, a dar sus conocimientos a esos pobres desheredados! La llevan a un cobertizo. Allí, cerca vuelve a divisar al hombrecillo de la bicicleta, le sonríe y este le devuelve la sonrisa. ¡Ya está, será su amigo, no su enemigo! Pero se cuidará igual, nunca se sabe. Se cambia y apronta para entrar hasta sus enfermitos.

Leticia Ramos, vuelve a escuchar en su corazón esas palabras que pronunció el día que le entregaron el título de médico y una medalla de oro por sus notas y logros. Acá estoy cumpliendo con el Juramento que hace siglos hacemos los médicos. Curar el cuerpo y el alma de nuestros semejantes. Al ingresar le entregan el cuerpo de un pequeño esquelético con ambas  piernas heridas. Así comienza la gran misión.

 

LA MAESTRA

 


Cuando logró cambiar de escuela, Adela, sintió como un soplo de aire fresco. La institución en la que había trabajado le había dejado un sabor amargo en el alma.

Cuando ingresó le llamó la atención el ruido de la calle, era muy citadino. Pasaban por esa calle muchos transportes de carga y autobuses. Pero la recibieron con sencillez y seriedad. Sin grandes muestras de afecto pero con el compromiso de una institución diferente. La recibió una colega que con su ropa deportiva le insinuó ser la profesora de gimnasia. La acercó a una sala donde varios colegas trabajaban con cuadernos y carpetas. Todos elevaron la vista y en algunos se dibujó una sonrisa y en otros una mueca indiferente como si dijeran: ¡Otra novata que llega a resolver dramas!

No sabían que donde ella había trabajado anteriormente había vivido verdaderas aventuras humanas y algunas muy dolorosas. La asignaron a sexto año. Áreas de Legua y Ciencias Sociales; sus favoritas. Sonó el timbre y como resortes todos salieron hacia las aulas. Adela fue acompañada por la secretaria, una mujer de cabello blanco, muy menuda y con el rostro marcado por una cicatriz que le daba un aspecto de soledad y dolor. Me llamo Clementina, pero me dicen Chichí. Mira Adela en tu aula hay una alumna que padece una psicosis persecutoria y día por medio viene un psiquiatra de la superioridad a hacerle un tratamiento para ayudarla. ¡En verdad te compadezco! Esa niña ha hecho renunciar a variaos colegas.

Yo, me sonreí para mis adentros; conocía bien los tratamientos que daban en las escuelas públicas. Conocía bien a los chicos con problemas y solía adelantarme a los sucesos. ¡Gracias Chichí, por decirme este secretito de la institución!... Se reía. Es voz "pópuli" en la escuela, los chicos se apartan de ella y pasa muchas horas, encerrada en la biblioteca. Ya verás. Abrió la puerta de un aula algo espaciosa, con muchos pupitres y dos enormes pizarrones. Un armario que tenía puesto un candado. Me entregó la llave y me dijo: "Ten cuidado, allí están los papeles de valor para tu trabajo, los estudios y encuestas familiares y otras cosas que puedas guardar personales". Salió y me encontré con el grupo de chicos que me miraban con una sonrisa extraña. En un rincón, una niña en el piso, envuelta en una especie de colcha, parecía un animalito enfermo. Gruñía. Se mordía y gesticulaba rarezas. Yo saludé, como si no la hubiera visto. Les conté como me llamaba, ella, gritaba más fuerte; les animé con unas preguntas sobre lo que ya sabían y me paseé por los pupitres con total indiferencia. Sonó un timbre que llamaba al recreo y salieron corriendo, yo me apresuré y cerré la puerta con llave, la niña había quedado dentro. Cuando regresamos, estaba sentada en un pupitre. Seria y sin hacer berrinches.

Con el paso de los días, lo fui interesando con lecturas y cuentos. Los chicos entretenidos y "ella", comenzó a escucharme con interés. Entonces, aproveché y la invité a contar una historia... Fue tan original, que la aplaudieron todos sus compañeros. ¡Hermosa historia, querida Soledad! Te felicito y en su cuaderno en el que no había una sola tarea escrita, apareció mi felicitación con letra grande y clara. Firmada y con una excelente nota de diez. Lentamente la niña se fue incorporando como una más. Terminando el año era una de las mejores alumnas y su carpeta era preciosa. Había cambiado el ciento por ciento. Sus padres me agradecieron y yo sentí una gran alegría, había logrado sacar adelante a un niño más del mundo de los abandonados.

Habían pasado muchos años. Diez desde la última vez que la vi. Una tarde cuando salía de la escuela, la vi parada junto a un auto. Llevaba una planta llena de flores en las manos. Se acercó y me dio un sonoro beso en la mejilla. ¡Señora, usted salvo mi vida! Le traigo estas flores y mi título de escribana. Todo se lo debo a usted, seño Adela mi heroína... y salió despacio hasta el coche y se fue con lágrimas en los ojos, yo no podía contener las mías.

ELLAS EN SU CASA

 

            La niebla lame sus sandalias viejas, heredadas y algo rotas. Ella era tan fuerte como una palmera en el desierto. Rústica y firme. Llena de fuerza y ternura como un nido azotado por el viento. Pero no ahora. Ahora, cuando tendrá que hacer malabarismos para poder alimentar a sus cuatro hijas.

            Antes, cuando Abu Yasir la sacó de su pueblo, allá en las montañas, un sin fin de premios creyó que le depararía la vida. Sabía guisar, asar bien en el horno el cordero y hacer pasta de garbanzos y queso de cabra. Su madre, le enseñó a tejer en un telar familiar. Supo hacer alfombras para vender y ayudar en las compras de su familia. Su hermosa casa de barro y caña, se transformó de pronto en un verdadero refugio, una oquedad segura a su soledad de mujer.

             Una mañana Abu Yasir salió al mercado con su moto y antes de asistir al templo, dejó un pedido de verduras y carne en el negocio de Turuk, que le proporcionara su vecino Omar para hacerse de unas monedas. Depositó la moto allí y siguió entre los transeúntes que se dirigían a la mezquita a orar. Ingresó luego de lavarse y dejar sus sandalias en el sector opuesto al que le correspondía. Ese que estaba destinado a los obreros, extrañamente parecía lleno de bolsas con calzado.

            Vio entrar al Imán y cuando todos comenzaron a rezar, un estallido fatal, arrebató la vida a decenas de hombres. Simplemente quedaron allí, como trozos de carne destripada y sanguinolenta. Había muchos heridos. Llegó un coche policial y nuevamente un estallido impidió que se socorriera a los ahí caídos. Esa noche, Sima esperó en vano. Su vecino golpeó la pequeña puerta y le dijo que la moto de Abu Yasir estaba en el negocio. Ella se cubría con respeto y el hombre de espaldas, le dijo: -Mujer Abu Yasir estaba en la mezquita, donde esta mañana pusieron bombas los “hombres de negro”. De su garganta sólo salió un quejido. ¡Su esposo muerto! Ella viuda en un mundo hostil y cruel, para las mujeres solas. Sus cuatro hijas serían como pájaros muertos.

            ¿Cómo llegar hasta su pueblo en la montaña? No tenía un hombre que la pudiera acompañar y sin un varón no podía moverse en la calle. Menos aun siendo viuda. En la oscuridad de media noche se acercó Turuk. Golpeó la puerta y esperó. Ella asustada se colocó la burka más enlutada y tras una pequeña ventana lo atendió. Señora Sima, le dejo el dinero que no pudo recoger su difunto marido; y la moto. Véndala y ayúdese con eso. Llame a su padre. Ella entre sollozos le dijo: ¡Está muerto, en mi familia que está muy lejos, en la montaña, no hay hombres! Mi madre es sola y vive con un tío muy anciano. Tienen solo un asno y no saben salir del lugar. Llévese la moto y le mandaré a uno de mis niños a recoger lo que pueda darme por su venta.

            Esa noche decidió vestir a su hija de diez años de varón para poder mandarla a la calle en su lugar. Sabía que su prima Suraya había sido varón unos años cuando su madre en la aldea quedó viuda. Se quedó despierta sobre su alfombra cuando ya amanecía. Lamiya, la despertó. Habían venido unos policías a buscarla. Se colocó la burka y se cubrió las manos y los pies antes de asomarse. Un recio preventor de la mezquita quiso ingresar a la modesta vivienda. Ella, no se lo permitió. ¡Aun no ha llegado mi hijo! El hombre sonrió. Sabía que no había un hombre en esa casa, pero supo que debía cumplir con la ley de Alá, el Misericordioso.

            Abu Yasir, su marido será llevado al campo cerca de la “madrasa” y así podrán ir luego a ver su tumba. Cerró ella, la ventanilla de la puerta y dando la espalda al preventor, asintió. Iremos en cuanto pueda salir con mi hijo. Una carcajada pedante y ríspida salió de la garganta del hombre. ¿Usted tiene un hijo? No, tengo una “Bashar posch” en mi hogar. ¡Ah, entonces esperaremos que se presente en la central de policía a firmar unos papeles! ¿Su hijo se llama?... Desde hoy Nihad Mohamed. Hasta ayer se llamaba Lamiya. ¡Ya verá usted lo inteligente que es mi hijo! Buenas noches.

            Desde el altavoz de la mezquita ya sonaba la voz del Imán para la oración del anochecer. El preventor subió al coche policial y huyó del lugar. ¡Puah, puras mujeres y dice que tendrá que transformar a una hija en varón! Desgracia que no tiene un pariente masculino en la ciudad.

            Se sentó en la alfombra a llorar y llamó a Lamiya. Hija desde hoy serás varón. Ven, te cortaré el cabello y te pondré una ropa que achicaré para ti. Era de tu padre. Pasaré la noche entre lágrimas y costura, pero mañana habrá un hombre en esta casa. Debes aprender a comportarte como tu prima Suraya. La niña salió sollozando y se durmió recordando lo fea que se veía su prima Suraya, cuando era hombre. ¡Yo seré un “Bashar posch” y tendré que jugar al fútbol con los varones de la escuela y se reirán de mí!

            La mañana las encontró transformadas en otros seres. Más tristes y llorosas; más pobres y más firmes en sus decisiones. Nihad Mohamed, era un niño de diez años, con sus sandalias raspadas con tijeras, su pelo al ras y con una vestimenta tan fea que le bailaba en el flaco cuerpo de pequeño asustado. Su madre cubierta con tres velos y la burka, caminó tres pasos detrás de su “hijo”. Todo el camino, la miraron extrañados, ya que sabían de su tragedia. El cuerpo de Abu Yasir, estaba aun sobre un trozo de cartón en un oscuro garaje policial junto a restos de seres inescrutables, pedazos humanos recogidos sin piedad entre los escombros. El niño, se tomó de una argolla para sujetarse y devolver la poca comida de la mañana. ¡Nunca olvidaría ese día! Firmó unos papeles que le presentaron con su nuevo nombre y la madre apoyó la yema del dedo entintado. Le ordenaron salir y regresar a su casa. Se ocuparían ellos de los trámites que faltaban. Como un remolino de pájaros negros los dolientes buscaban los despojos de los hombres. La mujer salió detrás del “Hijo” y caminó en silencio. Al llegar a la vivienda, el olor de cazuela de pollo sorprendió a ambos. Su vecina le había dejado una olla con comida. Comieron en silencio.

            Desde ese día, Nihad Mohamed tendría que vivir como el varón de la casa, hasta que creciera y su cuerpo se desarrollara como antes. Por lo que su madre les dijo: Desde hoy cada una de ustedes irá aprendiendo a ser un “hombre”. Y ella permanecería encerrada dentro de esa jaula inhumana en la que vivían.

 

VOCABULARIO:

Burka: velo de tela que cubre desde la cabeza a los pies en zonas de Afganistán y países aledaños. Puede ser de color añil.

Preventor: especie de policía religioso, que controla a la sociedad islámica.  

Bashar posch: se dice de la necesidad de transformar niñas en varones en la sociedad ultra islámica, para remplazar a un Varón. La mujer no puede salir a la calle, ni a comprar alimentos, sola, sin un acompañante masculino de la familia: padre, esposo, hijo, abuelo o tío.

Madrasa: escuela coránica, donde acuden las niñas para aprender a leer y recitar las zuras del Corán.

           

jueves, 22 de enero de 2026

BRASILIA, LA CIUDAD MÁS MODERNA


Cuando me invitaron a conocer Brasilia, alguien se rio. ¡Es una ciudad en medio de la nada, que no tiene nada más que el Congreso y los poderes políticos! Es mentira. Brasilia es hermosa, pensada no para este siglo, pensada para el futuro en un país, maravilloso que conozco bastante y que es enorme.

La Ciudad novísima de Brasil es una muestra de la creatividad de arquitectos muy adelantados en su estructura mental. ¡Es bellísima! Cuando Brasil tenía por capital a Río de Janeiro, estaba colmada y un presidente que, pienso era un gran estadista, Juscelino Kubitschek, tuvo la gran idea transformadora de llevar la capital a mitad del territorio en medio de la selva. Contrató a los mejores ingenieros, arquitectos, economistas y urbanistas de su país. ¡Así nació Brasilia!

Los arquitectos Oscar Niemeyer y Lucio Costa fueron los que la soñaron y la crearon con visión de futuro a dos mil años.

Cuando la pensaron le dieron forma de un avión gigante. En lo que es el fuselaje están los edificios nacionales más hermosos que receptan al congreso, a los ministerios y a la Catedral y Bautisterio que son una verdadera obra de arte. En las alas se han creado los edificios urbanos de viviendas para los habitantes.  

Acá paso a relatarles mi gran experiencia y anécdota. Junto a dos escritoras colombianas y una peruana, que es una magnífica poeta y médica, estábamos conociendo esa belleza que es la Catedral obra de Niemeyer (comunista y ateo) que deja la boca abierta por el fervor puesto en su creación, al salir a pleno sol y con muchísimo calor, encontramos unas vendedoras de manualidades en hilo que me recuerdan a los “bolillos españoles” y que son obras de arte manual. Nuestra querida Georgina resbala en un charco de agua y cae, con la mala suerte de quebrarse una muñeca  y la mano. ¡OH, qué hacer! Como en mi país solemos hablar un “portuñol”, es decir no es ni portugués ni español, me pidieron ayuda y partimos raudas a un hospital en un taxi. La chofer, mujer afectuosa, nos aconseja hacer cambio, porque no nos aceptarían dólares y nosotros “amamos el dólar” ya que cuando viajamos es la moneda que todos nos reciben. En Brasil son respetuosos de su dinero y economía y no lo aceptan, por lo que primero nos llevó a una casa de cambio y luego nos dejó en un hospital de urgencia. Hermilda me pedía que yo hablara…y pobres brasileños, apenas me entendían. Nos recibió una enfermera con cariño, le expliqué como pude que éramos cuatro escritoras de un encuentro que se desarrollaba en la universidad y que teníamos una enfermita. Hinchada la mano y antebrazo, dolorida pero estoica, Georgina (colombiana como Hermilda) esperó a un doctor. Llegó un simpático joven que nos llevó, por pasillos interminables, hasta un consultorio impecable y confortable. Allí nos dejó con un radiólogo que le hizo placas. Nos preguntaba el número de seguro social, y no entendía que no teníamos en Brasil, sólo en nuestros países. Le expresamos que podíamos pagar. ¡No, es un hospital público! Hubo que esperar que se pudiese ver la placa…Una Quebradura. Malita la caída. Bien, me mandaron a buscar al doctor que nos atendió primero. Yo recordé que usaba una casaca rosada; muy común en Brasil, que se utilicen colores vivos en cualquier ropa. En mi país, argentina, siempre se usa blanco, gris, negro o verde claro en los lugares de salud.

Me dediqué a recorrer todo el enorme hospital preguntando por: “El doctor de camisiña rosada”. Se reían y me señalaban una puerta u otro pasillo. ¡Al fin lo encuentro y le explico que ya teníamos el resultado y podía ponerle el yeso! Me acompañó y lo hizo con mucho cariño. Cuando quisimos pagar antes de salir del nosocomio, no nos aceptaron ni un real.

Ya en la calle descubrimos que era de noche. No teníamos ni idea en dónde estábamos. Caminé unos metros y con mi mejor “portuñol”, me dirigí a un señor que estaba detenido con un camión de bomberos. Le expliqué como pude y me llamó con su celular un taxi. Le dio los datos y partimos. Yo agotada y las otras amigas nerviosas.

Cuando llegamos al hotel, nos esperaban angustiados. Éramos las “perdidas” y sin noticias. Cuando les conté y dije ¡El doctor de camisiña rosa! Sentí una carcajada de mis colegas brasileñas… ¿Sabes a qué se le dice en Brasil “camisiña? ¡No! A los “condones”. Me quise morir… soy súper cuidadosa con mi lenguaje y mi educación. Entendí las risas socarronas con que me daban los datos en el hospital. Espero no lo molestaran con chanzas al médico que nos atendió.

Bueno, después de todo, cuando uno no habla bien un idioma, deberíamos cuidarnos o preguntar primero, pero fue un accidente.

Al día siguiente nos hicieron conocer la Iglesia de “Don Bosco” patrono de la ciudad. ¡Una maravilla y belleza estética! Yo pedí perdón por mi yerro del día anterior a un enorme Jesucristo que cuelga en medio de esa grandiosidad. Seguro que estoy perdonada.

 

VOLAR EN GLOBO POR CAPADOCIA


Turquía era un viaje que me había inspirado mi amiga antes de fallecer. ¡No dejes de conocer Turquía, me dijo, es un país de ensueño! Vendí mi auto y allá fui. No me arrepiento.

Estambul, tiene el sabor de la gran ciudad de miles de años e historia. La Mezquita Azul, que estaba en plena restauración, donde encontraban antiquísimas pinturas cristianas anteriores al apogeo Otomano, Santa Sofía que es ahora otra mezquita, y que tiene menos minaretes que la anterior nombrada. ¡Gloriosas!

La zona donde están los hoteles es muy cosmopolita; según nos explicaron, el país se estaba preparando de mil maneras para entrar en el Mercado Común Europeo, para lo cual había abierto su mente todo lo posible a la vida de Europa.

Conocimos el famoso “Mercado de las Especias”, donde se mezclaban tiendas de comestibles: arroz, pistachos, dátiles y mil sazones con joyerías donde el oro abarrotaba las vidrieras. Ropa, Carne de corderos que yacían colgados en ganchos, verduras de mil tipos y pescados de mar, todo en secciones interminables. Yo, que soy amiga de regalar quería comprar todo. No era caro y les encanta regatear. Hablaban muchos idiomas, pero me manejaba bien con el italiano. El único inconveniente eran los chóferes de taxis. A pesar de ser musulmanes, y que su ley sagrada les impide robar, nos hicieron trampa con los billetes de liras turcas. Hasta que me atreví con uno y amagué llamar a la policía. ¡Nunca más nos pasó! Deben haberse pasado la voz: ¡Hay tres argentinas que se avivaron!

Finalmente pasamos a la zona asiática de Turquía. ¡Una maravilla! Contratamos un guía que era erudito en historia, hablaba perfecto español y era muy simpático. Así, en autobús comenzamos a conocer ciudades y pueblos que están en los libros de historia y hasta en la literatura universal. Conocimos Izmir (Esmirna), Troya con un enorme Caballo de Madera que nos remonta a la Guerra de Troya (queda a varios kilómetros del mar), Éfeso (eso relato aparte) y llegamos a la capital, Ankara.

Éfeso es un lugar mágico. Tiene hasta los antiguos baños públicos donde mientras hacían sus menesteres, hacían negocios, tenían charlas políticas y sociales, armaban casamientos y debatían problemas familiares, todos sentaditos entre hombres y mujeres. El agua corría debajo de los asientos de mármol y ellos campantes como en el living de su hogar.

Fue en Éfeso donde conocí la “Casa de la Virgen María y san Juan el Evangelista” que fue encontrada por una Beata Alemana. Es una pequeñita construcción de piedra, con una entrada y una salida, sin mucho espacio. Han pintado una imagen de tipo Cristiano Ortodoxo en las piedras y hay un mínimo altar para orar. Hincada rezando, sentí un empujón y caí de lado al suelo de pedregullo. ¡No tengo explicación, nadie me empujó, lo juro! Afuera hay una enorme piscina de piedras y una pared desde donde mana agua para lavarse y beber, imagino que es súper bendita. Se pueden prender velas blancas en un sector y la gente prende telas de color o blancas en un muro junto a una súplica o un agradecimiento. Me faltaban manos para sacra fotos que atesoro con amor.

Yo no quería salir de ahí, pero había que seguir, en los viajes el tiempo es oro y como decía mi madre: “Hija son dólares”.

Llegamos a Capadocia. ¡Dios, que locura! Es una ciudad milenaria excavada en las piedras donde habitaban seres humanos desde no se sabe cuánto. Luego se llenó de cristianos. Estaban reducidos a esconderse para no ser muertos por los “gentiles”. Con hornos, bodegas, lagares, iglesias, dormitorios, pasadizos que se cerraban con enormes piedras redondas como ruedas de roca para que no ingresaran los extraños. Pero estaban comunicados en cientos de pasajes internos con salidas de aire y entrada de agua a cisternas. El viento ha tallado algunas columnas que rematan en conos que semejan sombreros de enanitos de cuentos. Y el cielo…poblado de globos aerostáticos de mil colores que muestran desde el cielo ese mundo de enigmas y secretos. Místicos espacios destinados a hacernos meditar en la vida actual.

Me quedé con enorme deseo de viajar en esos globos. No pude hacerlo y me sentí mucho tiempo enojada conmigo misma por no atreverme. Verdaderamente una pena.

El regreso a Estambul, nos trajo a la ciudad pujante, llena de excelentes artesanos en cuero, las famosas alfombras y exquisitos platos de comida.

El palacio de los Emires Otomanos, son inmensos. Cientos de aposentos y cocinas y cuadras para animales. Lo más llamativo es el museo con las joyas de los emires. El trono de oro con incrustaciones de piedras preciosas, adornos para la cabeza recamados en oro y plata con esmeraldas de tamaños descomunales, sí, enormes. La daga del Sultan Suleiman El Magnífico, tiene tres esmeraldas y como cien diamantes, que debe pesar diez kilos. Sus anillos, prendedores y gargantillas son espectaculares. No me permitieron sacar fotografías. ¡Era lógico! Justo en uno de sus patios se desarrollaba una ceremonia oficial de militares turcos, todos vestidos de terciopelo rojo. La banda tocaba una música muy bella.

Luego fuimos a un monumento al Padre de la Patria del siglo pasado que hizo de Turquía un país  moderno. Mustafá Kemal Atartürk

Regresaría si pudiera.


LLEGANDO A TAIWÁN


 

Fue un viaje mágico. Al pisar tierra y enfrentar ese mundo de gente arremolinada con sus bártulos, ver cada rostro con sus ojos llenos de luz, me sentí que entraba en un el territorio irreal de otro planeta. No veía en ningún rincón un occidental y pensé que estaba irremediablemente en otro mundo. Entendí lo que es ser analfabeto. Cada cartel, cada señal, me era ajena. No entendía qué decían esos signos que ordenaban la vida de los humanos. ¡Gracias a Dios iba rodeada de mis amigos que sí, eran taiwaneses y me ayudaban!

Estaba invitada a la boda de uno de mis alumnos que había alfabetizado en castellano en Argentina. Viajé con toda esa hermosa y generosa familia de 35 personas. Apenas pasamos aduana subimos a una trafic para ir a Taichung, nuestro destino. Cansada y sorprendida, miraba un verdadero enjambre de autopistas que se enrulaban en distintas direcciones y en distintas alturas una sobre otra como los edificios de departamentos de las grandes ciudades.

Desde la ventanilla miraba sorprendida en las casa luces rojas. En mi ignorancia pensé: “¿Cuántos Hoteles Alojamiento o Burdeles?” Cosa que no congeniaba con el estilo de vida de los “budistas” y siendo tan estrictos con la educación de las tradiciones. ¡Me equivocaba! Supe al llegar a la casa de los mayores, que eran los “altares familiares” que se entronizan en cada vivienda a los Antepasados.

Esa noche caí redonda al lecho. Habían alquilado una cama occidental, para mí, ya que ellos duermen en edredones en el piso de la vivienda. A la mañana siguiente sentía la sangre como si hirviera. Era el haber dado vuelta alrededor del mundo hacia oriente. Me esperaban en la casa de al lado. Las viviendas tienen cuarenta metros cuadrados. Y son muy pequeñas. Poseen un baño mínimo, pero con una profunda bañera con agua caliente que disfruté. No tienen cocina al estilo occidental, ya que el ama de casa se sienta en un pequeño escabel, corta las verduras en un recipiente y por orden del gobierno no pueden acumular desperdicios por cuestiones ecológicas. Ya no hay espacio para la contaminación. Es una isla de alrededor de seiscientos kilómetros cuadrados con una montaña en el medio y agua alrededor con más de cuarenta y cinco millones de habitantes. ¡Hasta los perros están en jaulas apiladas una sobre otra en las (ínfimas callejuelas) como en propiedad horizontal!

El desayuno excelente. El cariño indescriptible. ¡Pero me tenía que adaptar a su tradiciones! Por lo que la primera tarea fue asistir a saludar a los ancianos de la familia. En la casa de la “Abuela” caí como un extraplanetario. Me acercaron a la dama que ocupaba un sitio importante. Allí, yo, ignorante recibí un “rosario de cuentas budista” y que tomé afectuosa y le “plantifiqué un beso en la mejilla a la abuela”. ¡OH, el ¡Ay! ruidoso de toda la familia me paralizó! ¿Qué hice? Ella sonrió y dijo algo en taiwanés. (No se preocupe… he visto en televisión que los occidentales se dan besos). ¡Era la primera vez que alguien en su vida le había dado un Beso!!! Ni siquiera el esposo, ni los hijos, ni los nietos. ¡Ni sus padres! Y yo, mendocina ignorante le dí el primer beso de su vida. No sabía dónde esconderme. Pasado ese momento, me subieron a un auto y por tortuosas callejuelas me llevaron a un sitio donde según me explicaron tenía que honrar a el “Abuelo” que había fallecido hacía poco tiempo. Llegamos a un parque de no más de una manzana. Allí había una especie de tumba redonda frente a un atrio donde a los costados había dos estatuas de cerámica de colores vivos, que representaban a un hombre y a una mujer. Vestían trajes tradicionales. Me entregaron tres varillas de incienso color rojo con letras doradas, me indicaron que pidiera autorización a las figuras de cerámica para acercarme a la tumba. Así lo hice. Explicando quién era yo, y luego comenzó mi ceremonia de bendición y honra al “Abuelo”. Lástima que no tenían una filmadora, sería genial para una película ver una mujer occidental, haciendo reverencias con el fuego sagrado de las varillas. Luego el resto de la familia hizo sus bendiciones. Yo como católica me sentí muy emocionada, Dios, pensé está aquí junto a mí.

Cuando regresamos a la casa, me sentí muy feliz. Pero…debía ir a la casa de otro familiar a cenar por mi condición de docente de los futuros esposos. Allá fui, con un regalo: Un disco de Tangos, porque la dueña de casa amaba el tango Argentino. Conocía todas las letras de memoria: Gardel, Tita Merello, Discépolo, Del Carril…en fin yo ni se la mitad y tampoco lo aprendí a bailar, cosa que siempre lamento. Esa noche me recibieron como una reina. Catorce platos diferentes era el menú. ¡La esposa del hijo mayor, cocinaba sin participar de la cena! Yo no lo podía creer.

Antes de la boda, me llevaron a conocer el Instituto donde habían estudiado mis alumnos. Era un colegio Jesuita. El director, un norteamericano, sacerdote, hacía diez años que vivía en Taiwán y a través de mi italiano, ya que no hablo inglés y mínimo mandarín, le pedí la comunión. ¡Nunca lloré tanto como en ese momento! Tan lejos de mi patria, rodeada de budistas y tomado la Santa Hostia, era un regalo que me deparó la vida.

Luego de la ceremonia donde se prometieron Kuo Wei y Pey Ti, me invitaron a conocer el sur; tomamos el tren a Caushung, y atravesamos los campos de arroz de esa hermosa isla. Isla que fue nombrada en la antigüedad como “Formosa” por jesuitas portugueses…y realmente es hermosa. Pasé veintinueve días increíbles.

Siempre me sorprendo reconocer que no conozco zonas de mi país y recorrí de norte a sur y de este a oeste aquella maravillosa y pujante isla: Taiwán.

 

UNA VOLANTA EN EL CAMINO

 

 

                        "Reír es la música del alma"

 

Apenas puedo imaginarme lo que era atravesar ese largo espacio en un país tan lejano al que los vio nacer. Eran dos hermosos gemelos. Ni quisiera pensar lo difícil que sería aprender el idioma de esa gente tan distinta a los que habían llegado con ellos. Su tierra de nieves eternas, vientos gélidos y bravos animales salvajes les sucedieron un sin fin de transformaciones. Ese lugar tenía temperaturas desérticas, vientos calientes y nada de humedad.  

Maximiliano y Godofredo eran idénticos. Altos, muy altos, llegaban a los dos metros y eran de una piel glauca. Ojos de color celeste; y faltos de alimentos por bastante tiempo, les bailoteaban los pantalones de loneta rústica y sus gabardinas. Unos gorros de piel de oso color negro cubrían sus orejas y usaban unas botas de cuero engrasadas a mano con unto de animales, el olor era duro y desagradable en ese calor insoportable.

Les habían entregado un trozo importante de esa agreste tierra primitiva, unas herramientas que bajaron en un cajón del vagón del tren que los transportó tantos kilómetros de la costa. Ahí, no había mar. Un hilo barroso de agua viboreaba por la tierra amarillenta... ¡Ese es el río! Y algunos arbustos espinudos colaboraban para ser el hogar de serpientes y roedores que escondidos salían en la noche de cacería.

Se despojaron de la ropa y a cuerpo desnudo comenzaron a buscar leña. Ariscas alimañas escapaban de los pocos árboles retorcidos y secos. El polvo bravío se pegaba al sudoroso cuerpo de los muchachos. Un sucio pañuelo les cubría los rostros. Las manos comenzaron a llenarse de ampollas y a sangrar. Rompieron camisolas y se atravesaron las palmas con fuerza. Lograron levantar un habitáculo pequeño que los pudieran cobijar. La noche, con sus ruidos destemplados les llenaba el sueño de temores. Eran los animales salvajes que habitaban la región. Alrededor encendieron un fuego para distraer la angustia. ¡No se atreverán! El frío de la noche los encogía sobre sus mismos cuerpos.

Alguien les había advertido: - ¡Acá de día hace mucho calor y en la noche hiela! Al amanecer se veía la escarcha en los arbustos. Y cesaban los ruidos. ¡Eran monos y jabalíes salvajes! Merodeaban pero no tan cerca como para dejarse ver.

Una tarde, cuando ya el sol se aplastaba debajo de la tierra lejana, apareció un hombre de a caballo. Su figura era la de un fantasma gris oscuro, sombrero aludo y poncho de lanilla negra. Lo seguía un perro que por el porte se notaba viejo y cansado, pero alerta.

- ¡Buenas, soy Casimiro Reales, su vecino más cercano! Vivo a varios trotes de acá, sino una legua y media. Vengo a conocerlos y a ofrecerles una mano. - y se apeó con una mirada profunda y oscura, hociqueando el lugar como husmeando lo que veía.

- Somos Maximiliano y Godofredo Polansky, de Zelininlsky. - y llegamos hace muchos días. Nos cuesta hablar su idioma. - se miraron con preocupación.

-¿Son hermanos iguales, como espejos de agua? Y raros. Nadies les dará pal corte de la tala o el arreo de animales. - y salió un escupetazo de su boca ennegrecida por  masticar tabaco. -¿Tienen mujer?- no se anden por el boliche en busca de hembras porque están todas podridas.

 Maximiliano le alcanzó un vaso con vodka. - Este es el licor de nuestra tierra. ¡Beba de un trago, amigo!- y se miraron con astucia.

- ¡La pucha que es juerte este trago! - y escupió de nuevo. - Bueno ya les aviso, en cuanto vean una sombra sobre aquellos palmares, es que viene tormenta. Y de las buenas, arrancan todo hasta las ráices.- Sin mediar palabras, se fue alejando al trote en su manchado   y el perro salió tras el hombre con un paso extraño. Se volvió el jinete y gritó... ¡Tiene ruman en la patas de viejo, no má!- y se vino la noche.

 

Pasado un tiempo comenzó a hacer más calor y comenzaron unas fieras tormentas. Se acababa la harina, el té y el azúcar que habían traído en sacos grandes de arpillera. Y decidieron ir al boliche. Caminaron tres horas con el sol que agobiaba sobre sus pieles blancas. Sudor y tierra, insectos que se metían en las fosas nasales, en los ojos, en la comisura de la boca... ¡Un verdadero martirio! Avistaron un rancho, luego otro y así se dieron de frente con un corralón que era el único negocio de venta. Un pintoresco cartel, anunciaba: ¡Acá está La Flor de lo que Buscas! Ingresaron y veinte o treinta pares de ojos se posaron en los hermanos.

-¿Qué buscan los "rusos"?- y se restregaba las manos el obeso vendedor. Olía a ajo y menta. Un rudo delantal cubría el abdomen inmenso del hombre que los miraba debajo de unas bolsas morenas en sus pequeños ojillos negros.    

 Maximiliano, habló en su difícil castellano. Su hermano aun no se atrevía. Era muy duro de lengua. Pero antes viraron sus ojos celestes por todo el lugar para identificar sus necesidades. - Necesitamos todo esto y le entregó un papel. - el viejo Kaled, lo tomó y alejó de su vista, se acercó a la lámpara que iluminaba el lugar y leyó...

- Una bolsa de harina de trigo, una de azúcar morena y té. Vodka, tres litros. - se rió a carcajadas.- ¿Qué es el vodka? Acá no lo conocemos. - desde atrás se oyó una voz que ya habían escuchado los hermanos. Se volvieron y encontraron la figura de Casimiro, que reía también. -Es un kerosene que beben estos rubiecitos. - tráigalo la próxima y verá, don Kaled, es puro fuego.

- ¿Y cómo van a pagar y en qué lo llevan? - los muchachos se miraron. No tenían caballo ni carro. Un curioso que quería hacer migas ofreció... -¡Yo los llevo en la volanta!- seguro han matado alguna yarará y descueraron, me pagan con el cuero.

Los muchachos se miraron sorprendidos. ¡Sí, matamos varias y enterramos los bichos! En nuestra tierra no hay esas semejantes víboras. Y bueno, le dejamos dinero. Y cargando los costales salieron al trote por el camino en la volanta. Poco hablaron con el hombre, pero les pareció que era bueno.

En un recodo del río, se detuvo y les pidió los billetes. -¡Hasta acá los llevo!- más allá no dentro, está malo el tiempo y floja la tierra. Les queda poco trecho. Y los bajó así como así. Con los bolsones pesados sobre los hombros siguieron hasta la habitación de barro y piedras.

Comenzó a llover y el viento entraba por todos los agujeros. Pasaron una noche infernal. Algo les ingresó en el espíritu. Una duda infernal sobre el futuro. ¿Por qué tenían que salir de un lugar tan miserable y entrar a uno infernal? Fue creciendo en ellos una serpiente venenosa de odio, deseos de venganza, de ira irrefrenable. Su tierra los había expulsado por árida y yerma y los había depositado en otro tan desventurado como ese. Se acoplaron en una visión del mundo nefasta.

Pasado unos meses, en la zona, comenzaron a aparecer incendios descontrolados donde perecían animales y gente. Luego ya eran cadáveres desmembrados por lugares donde solo las aves de rapiña sobrevolaban en busca de alimento denunciando muertes.

Finalmente, una noche, de entre la niebla, Casimiro Reales, se despenó de la cabalgadura, espiando las sombras y los vio. ¡Eran ellos! Los alcanzó a mirar y con su trabuco viejo desgarró el corazón de los hermanos. La sangre de los "gringos" bañó el yuyal entre los gritos desgarradores del viejo que ya había matado antes, pero de frente y sin ira. ¡No pueden venir a destruir la vida de un hombre como a perros con sarna!

FEMICIDIO

 

Entró en forma clandestina en la casa. Un arrebato de silencio lo envolvía. Franco caminó tratando de no pisar las maderas rotas del piso. El viejo seguro que dormía. A esa hora, Nemesia sin duda le servía una sopa fuerte de huesos y verduras y sentado en el sillón se dormía hasta la madrugada, en que entraba un rayo de luz por la ventana. Todo revuelto y sucio. El olor a moho penetraba la nariz del más sencillo. Abrió el ropero donde el anciano guardaba la pistola. Envuelta en un paño apolillado estaba como un pájaro muerto. Salió tal como entrara. Parecía un fantasma.

Esa mañana, encontraron al viejo dormido, muerto y con una sonrisa dibujada en el rostro desdentado. Nunca se enteró que Franco había ido a marcar con una anémona roja, la frente de su amante en el motel.

MENTIRA, PURA MENTIRA

 

La Dulce Pamela, era la chica más linda de la Villa y todos los “moscardones” la seguían. Ella no les dirigía ni una mirada. Sólo, sonreía a Délfor, el hijo del contador del banco, que era según las tías y su madre: “El candidato”. Un día, cuando el padre de Pamela abrió el periódico matutino y leyó el aviso, casi se infarta. Aviso e invitación: “El próximo sábado, con misa de tarde, se realizará la boda de la señorita Dulce Pamela Paiva con el joven Lindor Robledo” luego se servirá un lunch en el club social de Villa la Virtud.

El grito se escuchó desde la cocina. Dulce al leer semejante barbaridad, se largó a llorar y se desmayó. ¡Era una mentira! Como un rayo los padres fueron a la escuela, a la Catedral y al diario a indagar por ese mensaje. Era un chiste de sus compañeros que se burlaban de Dulce y del pobre Lindor, joven de muy cortas luces e inteligencia, pobre como las ratas y tímido como el chajá. La historia, todavía se relata. Dulce se fue del pueblo y no regresó jamás.

 

Juventud...

 

En Villa la Virtud, contaba el tío Pepo, los estudiantes se sentían agobiados por las horas de encierro entre cuatro paredes del aula. Se escapaban por una puerta lateral. Tomaban el Bondi y se iban a lo del “Cañito Azul”, un bodegón de mala muerte. El viejo Eleuterio, que ya no veía bien, les servía una ginebra doble y comenzaban a jugar “truco”, cuando escuchaban el reloj de la Catedral dar las seis, salían corriendo. Entraban a la escuela por la misma puerta que habían escapado, y salían por la fachada principal, porque muchos padres los iban a buscar. De más está decir que nunca ninguno terminó quinto año. 

martes, 20 de enero de 2026

EN LOS ESCOMBROS

 


 

Caían uno a uno los ladrillos seculares. Un polvo agrio atrapaba la poca saliva que quedaba en la triste garganta cerrada del obrero. Era uno de esos inmigrantes atormentados por el hambre. Era un hombre solo. Pobre. Hombre sin esperanza, casi. Soltó el pico y acomodó un ridículo sombrero en su cabeza. Amoratadas manos duras sobaron el pescuezo secando el sudor. Se escupió esas manos embarrándolas. O no. Se refregó y continuó con su obra. Pensaba en el tiempo que le quedaba para el crepúsculo. A esa hora, las diecisiete u dieciocho, regresaba a su habitación compartida con otros parias como él. Una línea más de ladrillos y llegaría hasta el piso. Había sido hermosa esa vivienda añeja. ¿Por qué la demolían? ¿Aun sirve, pensó? Yo no tengo casa y ellos destruyen ésta tan hermosa. Su boca siempre cerrada no admitía una réplica. Había visto poco al arquitecto. Lo contrató apurado. Estaba siempre apurado. Por las rendijas de puertas viejas, despintadas, lo espiaban ojos invisibles. Él sabía. A veces se entreabría una celosía gastada y percibía  una presencia humana. Nunca vio a nadie en realidad. El calor era sofocante. El polvo penetraba en sus más íntimos orificios. Estaba solo. Siguió mecánicamente con el pico, rompe que te rompe. Su mente se fue como ave migratoria a un territorio ajeno. Se fue lejos. Sólo quería que el sol se disparara hacia el poniente.

El hierro dio un golpe agudo. Chispeó en una losa de granito. Se detuvo. Se alejó un instante y se prendió a la botella de agua. Estaba tibia. Gorgoteó en su garganta reseca. Sintió alivio. También asco. Estaba muy caliente su agua. Quizá en otra región la gente fuera más solidaria. Allí eran de arena, escurridizos, secos, muertos. Se sentó bajo un árbol que daba una sombra enorme. El verde era un paraíso de frescor impensado. Ya hacía tiempo no sentía dolor en sus músculos agarrotados. Cerró los ojos un minuto. Sintió un perfume a madera de nogal. No supo de dónde provenía. Se quedó quieto, allí, sin siquiera atinar un suspiro. Cuando se incorporó necesitó un esfuerzo inusual para volver al pico.

La losa estaba allí, con una inscripción, apenas perceptible. Tal vez no debía tocarla. Pensó en esperar al patrón. Y dejó ese rincón para luego.

Sintió que mil ojos invisibles lo observaban. Se sentían los metales herrumbrados mordiendo en las fallebas de ventanas y puertas. No vio a nadie. Ellos estaban, seguro ellos estaban, aunque no se mostraban nunca. Buscó otro ángulo de la vieja casa. Comenzó a demoler la chimenea. Era bella, recubierta de mayólicas pintadas. Un magnífico escudo labrado en bronce; y pintado. No alcanzaba a leer lo que decía.  Tomó la decisión de no romper las bellas piezas. Con una pequeña azuela comenzó a hurgar en el pegamento que las incrustaba en la chimenea. El tizne saltaba entre los colores frescos y caía como lluvia imperceptible. Era sorprendente con la facilidad que podía desprender los pequeños cuadraditos. Fue haciendo un atadillo y los escondió entre los montones de escombros. Sintió que a medida que se desprendían iba apareciendo una madera noble de color claro. Alguien, en algún momento de su historia, había escondido en ese lugar algún secreto.

Raspó y descubrió un agujero. Estaba realmente alterado. Eran ya dos cosas extrañas para un solo día. Se quedó quieto. Apoyó el pico y la azuela contra la losa de granito y automáticamente comenzó a su alrededor un raro movimiento. Se deslizaban haciendo un mágico ruido sordo. Hipnotizado comenzó a mirar el hoyo profundo. Al abrirse totalmente, se vio un muñeco hecho en paño de lana, crines, ojos de cristal y de apariencia humana varonil. Tenía un afilado estilete de acero toledano atravesando el frágil cuerpo. Parecía la imagen de un enano. Pero con forzada dificultad lo tomó sacándolo del insólito escondrijo. Lo acomodaba en un rincón cuando comenzó a ver que gente de todas las edades comenzaba a caminar por pórticos, aceras y calle. Como autómatas todos convergían en el amplio habitáculo. ¿Eran espectros o curiosos? Él, no entendía nada. Era muy ignorante. Además el terror lo petrificaba.

La tarde se estaba acostando sobre la construcción desmantelada. El jornalero sudoroso se afanaba entre ese sin fin de ojos acuosos. Buscaba un lugar por dónde huir. Ya no hacía el calor sofocante de la tarde, pero sintió igual la fiebre que le secaba la garganta agostada. Salió disparado.

La noche cubrió el edificio. Una figura fantasmagórica atravesó el portal derruido y se agachó en el frío pavimento antiguo. Se deslizó por el oscuro agujero y desapareció en las sombras. Un helado viento comenzó a mover las hojas del árbol y algunas ramas débiles comenzaron a quebrarse en una danza sutil. Nada hacía prever los sucesos que luego acontecieron.

Al regresar el día y aportar la canícula  lujuriosa de enero, el obrero destapó su miserable rectángulo personal en la demolición. No encontró nada. No estaban las tejuelas, ni las mayólicas, ni el pico, ni la azuela. Nadie aparecía en el desmedrado edificio desmantelado. Se acercó a la cavidad pétrea y allí hecho un ovillo encontró al arquitecto con un estilete atravesado en la garganta. Su mirada extraviada en un punto alejado. La mano en un gesto infantil de pánico. Ni una gota de sangre. Ni un grito en la noche. Nada. Su traje de estricto corte inglés, su reloj de oro, su blanca camisa de seda y sus zapatos impecables. En la mano que estaba bajo su cuerpo, una moneda antigua con el noble emblema de la familia. En el augusto escudo un lema en latín: Verum moritura sumus.

El hombrecillo atrapó desconfiado sus ínfimas posesiones y salió corriendo en la calle empedrada y se perdió en la villa.. 

    

 

                                                          

LA SOBERBIA

  

            Matías Roca caminaba por la calle del sector bancario y en la esquina de 12 Sur y 34 Este, tropezó con un hombre. Iba muy distraído, nuevamente le negaron la edición de la novela. ¡Estaba enojado y lo insultó! El otro, lo tomó del brazo y le dijo:- ¡Vamos Matías, no te enojes así, reconocé que venías leyendo el celular y no me viste!- ¡Oh, sorpresa era Rogelio Freites, su compañero de secundario!

            -Te invito a tomar un café y lo condujo suavemente hacia un bar en la esquina. Mozo traiga…¿Qué tomás un trago o un cortado? – Un cortado con tostadas. Gracias.

            ¿Qué ha sido de tu vida Matías? Hace por lo menos veintitrés años que no hablamos. Te vi tan molesto que espero me des una explicación.

            -Aunque no me lo creas, soy el mejor escritor de este momento, Rogelio, pero la envidia de los mequetrefes de pacotilla me tienen cansado. ¡Soy el mejor y no me valoran! Han premiado a cada desconocido, a cada mentecato… ya me harté.

            Te lo digo, todos se creen los mejores. No saben escribir ni la o con un platillo y dicen ser grandes escritores.

            Les encanta que los llamen de las radios y las universidades y hablan sandeces. A veces creo que si los das vuelta no les sale ni una palabra hermosa ni una narración digna. ¡Pero ellos se creen superiores! Y se burlan de los que no se muestran ante el público con palabras difíciles y sin mucho argumento. Si te invitan a un lugar donde se juntan escritores de calidad, fingen no poder ir, porque saben que no podrán con la soberbia y la rabia de no ser atrapado por los micrófonos. Se compran ropa importada y comentan al pasar que vienen de traer un premio de un país extraño, lejos, donde le hacen los amigos un precioso certificado o una plaqueta dorada con sellos que imprimen en Internet.

            Los he visto pelearse por una silla. Sentarse en los primeros lugares y sufrir cuando se le acerca alguien y le susurran que ese es el puesto para otro. ¡Seguro más famoso de verdad que él!

            Nunca aceptan que hay verdaderos creadores dotados por la palabra y que hacen gala de una humildad exquisita. Como yo.

            ¡Por eso yo te digo amigo, no te dejes apenar por los soberbios! Ellos pasan y no dejan huellas indelebles como los que de verdad valen ser leídos.

            -Bueno, tranquilízate. ¿Has escuchado el nombre de Saverio Luna? ¿Al que le dieron el premio del diario El País de España, el que recibió el Cervantes el año pasado y este año el Oso de Oro de El Mensajero de México?

            - Quién no lo va a saber, es un desconocido acá en el país, pero dicen las malas lenguas que escribe con seudónimo porque en realidad es un ladrón de ideas y textos. ¡Debe ser un grupo de esos que organizan chicos de la universidad le tiran una idea y los hacen escribir y así ganan premios!- y soltó una carcajada irónica.

            -¿Nunca se te ocurrió pensar que el tipo, el tal Luna, sólo quiere ser poco molestado para escribir y no tener gente alrededor que lo moleste con entrevistas y lo lleven como a un pajarraco de radio en radio y de set de televisión a otro?- lo queda mirando a los ojos a la espera de una respuesta.

            -No, es un bastardo. No escribe bien y debe pagar por los premios. ¡Eso debe pasar!

            -Yo no lo creo. Permitime que te diga dos cosas: primero que Saverio Luna es mi seudónimo y me dieron los premios sin yo saber quién me premiaba, más, nunca me presenté a recibirlos personalmente. ¿Sabés por qué? Para evitar los malos comentarios y la envidia, además no necesito que la gente me conozca, mis libros hablan por mí. ¡Vos hablabas de la humildad y yo me aferré a ella! No me sirve la soberbia, me choca y me molesta. ¡Eh, Matías no te vayas, por lo menos saludame…Matías.