lunes, 5 de enero de 2026

ESA MUJER ALEMANA


 

            Alta, de cuerpo espigado y muy alerta. Era una verdadera atleta. Su voz, se percibía desde la casa vecina. Nadie entendía lo que hablaba. Era sola, callada y desconfiada. Compró la casa casi en ruinas y con esfuerzo la fue restaurando como a ella le gustaba. ¡Tan limpia y aseada que sus paredes y pisos, era un ejemplo de orden!

En el barrio apenas hablaba con la gente. La veían salir al alba, con frío o canícula húmeda, tomar el subterráneo rumbo al trabajo, siempre de madrugada. La veían regresar tarde en la oscuridad de las calles desoladas. A veces preguntaba algo en un absurdo castellano anticuado a un comerciante. Un día le preguntaron adónde había aprendido español y por primera vez la vieron sonreír. ¡En el cine! Esas películas que llegaban a mi país eran de antes de la guerra. La solíamos ver cientos de veces. Se quedó callada cuando alguien le preguntó en dónde había nacido. La mirada se transformó en un par de ojos de acero azul. Agradeció y salió presurosa con esos botines de cuero que tendrían cientos de años de uso. ¡Pero estaban impecables, lustrados con grasa de cerdo! Su bolso pingüe de objetos innecesarios.

Nunca comentó que la habían ayudado sus primeros patrones. Que se quedaba en las noches con los periódicos que encontraba en el negocio o en la calle tirados, lo juntaba y escribía palabra por palabra para entender qué decían. No dijo tampoco que buscaba noticias de su tierra natal, de cómo se había desarrollado la guerra o había mitigado la pobreza. Buscaba información sobre posibles temas judiciales que aplicaban en juicios a los ex jerarcas nazis. Buscaba su historia. Ella, la atleta no dormía, siempre asustada, siempre mirando por el hombro para saber si la seguían. Nada.

El vecino era un hombre sombrío, pero amable. Una tarde al regresar de su trabajo le golpeó la puerta. ¿Usted se llama Érika Müller? Esta carta le ha llegado a mi domicilio y le entregó un sobre con unos sellos oscuros y papel ajado. Ella estiró su mano que visiblemente temblaba. ¡Gracias! Fue un murmullo. Él, dio media vuelta y se alejó. En ese pequeño edificio no se hablaba con los habitantes, nadie se inmiscuía en la vida ajena; era una ciudad de gente solitaria que en su mayoría venía del interior a buscar trabajo y si lo encontraba intentaba no tener problemas. Trabajo, solo trabajo.

Miró el sobre, venía de Berlín. No veía la letra de molde que en tinta negra se había mezclado con los sellos de correo. Lo guardó en el bolsillo de su abrigo e ingresó apresuradamente al interior de la casa, dio las gracias nuevamente. Abrió la celosía para que ingresara un buen rayo de luz que iluminaba la avenida. ¡No podía darse el lujo de gastar en electricidad! Se dejó caer en una butaca y husmeó bien, antes de despegar el sobre. Este había sido leído y censurado antes; y lo habían vuelto a pegar. ¿Sería el vecino en el correo o allá, lejos en su país?

Observó los sellos como una experta. La lupa reflejaba bien las pequeñas deformaciones de la máquina de escribir o el sello del sobre. Lentamente se puso las gafas. Eran de carey, antiguas. Vidrios gruesos y pesados. La olfateó. Tenía un dejo a humedad. Cerró los ojos y aspiró. El sello era hermoso, un cuadro del pintor alemán del Max Pechstein, un maravilloso artista plástico. Nos se atrevía a abrirlo. Pero se vio obligada a hacerlo. Rasgó por el costado con un cuchillo el papel. Y allí estaba en letras claras la sentencia.

Cerró los ojos. No quería respirar, tal vez detrás suyo, alguien podría escudriñar su historia... esa que tanto había escondido durante tantos años. La carta hablaba del año mil novecientos cuarenta y tres. Y su nombre verdadero aparecía escrito en tinta roja, una puñalada como aquella que le dio al hombre que siendo ella una atleta muy joven, la había volteado y violado sin piedad. Él, había caído sobre el escritorio donde la había tomado y arrancándole las bragas, la penetró con furia.

Su mano tomó el adorno que estaba sobre la base de mármol, era un extraño puñal de origen oriental y sin decir ni una palabra se lo incrustó en la espalda. Cayó él tratando de sacarse el arma. ¡No pudo! De su cuerpo fluía sangre que se desparramó en el uniforme de oficial. Un sonido gutural le fue dando el impulso para huir de la oficina. Escapó corriendo. Los soldados en el corredor la saludaban sin explicarse el porqué de esa carrera... ¡Claro es la joven atleta que logró la medalla de oro!

Subió, con lo que tenía puesto, aun rota la falda y la camisa, a un tren. No sabía bien qué podía hacer. Buscaría llegar a Austria. Sin dinero y sin ropa, se escondió en un burdel cuando llegó a la ciudad de Viena, aún en manos de los nazis, pero sin saber que pronto se podría escapar. Allí, había muchachas que le ayudaron. Una madrugada, la sacaron en el auto de un cliente que había bebido mucho, le rogaron que la dejara en el en el ferrocarril que seguía rumbo al sur. Allí, quedó, con unos pocos Reichspfennin y una sortija de oro y rubíes que una de las muchachas le dejó en las manos. Con eso escapó. La subieron en Italia, a un trasatlántico y escondida viajó rumbo a lo desconocido. Su llegada a un país extraño y con lengua desconocida para ella era un desafío. Buscó ayuda en un negocio cuyo dueño era de la región de Hamburgo, hablaba alemán y su mujer era criolla. Hablaban indistintamente alemán o castellano y allí, consiguió ser ayudante, tal si fuera un hombre para el acopio de bolsas de harina y otros cereales. Lentamente fue aprendiendo ese idioma que tenía muchísimas palabras que parecían palomas. Sí, se reproducían igual que aves y significaban diferentes cosas, objetos o sentimientos.  El señor August Spelle y su esposa Lola, al poco tiempo; le ubicaron un trabajo en el hospital alemán de la gran capital. Allá fue con la recomendación de sus protectores. Su nombre cambiado. Su vida trasgredida por ese infame instante a sus quince años. Con una carga a la espalda, de acero, que pesaba como las montañas de la Selva Negra. Como un amargo río de vergüenza y miedo. Un Rin de recuerdos rojos, amargos y sedientos de venganza.

Su memoria, se detenía en los hermosos años de la niñez, cuando de pequeña la eligieron para ser atleta por el porte y desenfado, por su disciplina y su fuerza. La rubia niña de doradas trenzas largas y piernas elásticas para el salto o el banco donde se desplazaba como una gaviota sobre sus pies descalzos. Pero un día comenzó la ignominia, el manejo de ciertos hombres y mujeres que en nombre de una Alemania perfecta debía hacer más, mucho más para otros, para un hombre ridículamente gritón, que la asustaba más que los ruegos de sus padres.

Su hermano entró en una vorágine indescriptible de acciones odiosas. Mezcla de estupidez y maldad. Un brazalete con el signo impuesto lo obligaba a transformarse en un monstruo. ¡De un día para otro desapareció, huyó de la casa paterna y fue llevado a un lugar lejos de su familia! Y a sus padres, ella escuchaba en el silencio de la oscura noche. Los sollozos de su madre y las quejas de su padre. Hasta que un día se llevaron a su padre al frente. Las dos mujeres solas, con raciones de alimentos y cargas de trabajo a su progenitora en una fábrica de armamentos.

Ahora estaba con una carta que decía que su pena estaba fuera de proceso por el tiempo transcurrido y que podía regresar a su país. Lloró. Por primera vez lloró. Habían cancelado su pena. En la misiva le explicaban que su hermano que era un héroe de guerra, había luchado para reivindicar su nombre.

Se puso de rodillas. No podía pensar. Su hermano estaba vivo... y la había buscado por el mundo para darle esa paz que en su corazón roto, hacía un milagro. Se quedó así, de rodillas. Miró la solapa del sobre y había una dirección en Berlín. Pero se negaba a aceptar escudriñar esa historia.

Pasaron varios días, ella iba al hospital donde trabajaba como ayudante de limpieza. Era un hospital Alemán, donde podía hablar con sus compatriotas. Aunque ya algunos eran hijos o nietos de sus coetáneos. Muchas veces la habían llamado para que hablara con alguna anciana que se negaba a hablar español o un geronte que nunca había aprendido el idioma y sólo entendía breves frases aprendidas de memoria. Pero si le preguntaban por su vida ella enmudecía.

Una vez atendió a un nazi, y su pulso tembló de horror. Allí había un hombre tal vez cruel como ese que le destruyó la vida y la carrera. Ya con sesenta años estaba al borde de la jubilación y le llegaba una catarata de paz. Su pena había sido redimida.

Una noche de otoño, sintió golpear suavemente la puerta de su departamento. Era su vecino que venía con un hombre alto, canoso de porte distinguido. Lo miró, preguntándose quién podía ser el caballero. El vecino le dijo:- Señora Érika, este señor tocó a mi puerta y pidió por usted. Ella lo miró y en los ojos azules que la escrutaban vio la chispa de un niño de quince años que jugaba con un balón en la vereda de su casa en Stutgart, antes de la guerra. Él, se acercó y la abrazó. - ¡Èrika soy Franz, tu hermano! Me cambié el nombre hace mucho tiempo. Ya no me llamo Adolf, porque me sentía humillado de tener el mismo nombre del asesino de nuestra familia... - y se unieron en un abrazo sólido y esperado.

Ella se hizo a un lado y le invitó a pasar a su hogar. El vecino, se fue con la cabeza baja... ¿Tal vez presintiendo el largo camino que tuvieron que desandar esos seres sufridos y sacrificados? Nunca preguntaría qué había en esas dos almas que esa noche cobijaba un tiempo de sortilegio para ellos.

Así, la gente del barrio presintió, que la alemana, era una sobreviviente de la locura desatada en el pasado.

AÑORANZA


 

Regresa

Te añoro cerca del crepúsculo

Mi vida es hoy silencio en el rincón de hojas

mustias de un otoño tranquilo.

Lejos el tiempo de siembra  cuando aun

corría tras la aurora

Cerca estaba el trofeo de tus besos.

Tu pecho y tu cuerpo cálido en la

búsqueda, cerca y amado...

Ahora una gota de rocío te agranda en

su reflejo de cristal

tan increíble figura acorralada.

En un final de lágrimas perdida.

¡Qué lejos tu boca saciando mi ternura!

¡Qué lejos tu sonrisa en azogue azul!

¡Qué lejos tú!

¡Regresa que te añoro!

 

EL TIRANO II


 

Cuando vio el vehículo por el camino de piedras, se estremeció. Él había caminado de una posta a otra con botas de cuero hechas por su madre. Los pies doloridos y sangrantes. Una nube de polvo lo cubrió y sintió que las piernas ya no le respondían. Se tiró a un costado de la senda cerca del camino. El sol abrasador caía a pleno sobre las rústicas piedras que fueron en la antigüedad vivienda de campesinos pobres. El motor y el vapor tremolaban en la distancia bajo un manto de tierra y pequeños guijarros que servían de sostén a la tierra. Sintió el murmullo de un arroyo cercano. Descansó unos minutos y se dispuso a acercarse al agua y beber.

Caminó un corto trecho y se detuvo. Allí se encontró con un cuerpo desgarrado por las alimañas del lugar. Era un cuerpo humano. Sólo se podía distinguir algunos de sus miembros. Salió disparando. Corrió y sólo se oía el jadeo de su garganta seca.

Llegó a avistar las primeras casas de una población pequeña. Vio la puerta abierta de una casa. Se detuvo con la mano en el pecho que parecía una máquina infernal. Era tan pobre que nunca había visto una vivienda tan prolija y cuidada. Salió una mujer añosa con una herramienta. Amenazante y mal gestada lo increpó. ¡Vete de aquí, forastero, nadie necesita de otro pillo y ladronzuelo; bastante tenemos con el jefe!

El joven apenas podía responder a sus intimidaciones. ¡Madre, no soy pillo ni ladrón, sólo busco al boticario para darle una solución a mi abuela...! Ella está con calenturas y mucha tos desde hace días y le cuesta respirar. ¿Me puede ayudar diciéndome dónde está la botica? Vivimos en Águila Escondida, al este. Eso me dijo la abuela cuando me mandó a buscar ayuda. La vieja cambió de actitud, se desprendió del azadón que le mostrara para amedrentarlo y lo miró de arriba a abajo. Ven, acércate. ¿Cómo te llamas? Gabino, madre, y estoy muy asustado. Por el camino ví un monstruo como de acero y madera que echaba humo y sus ruedas, como de carro, se deslizaban con apuro por la senda. Yo me dejé caer. Me dio sed y al oír el murmullo del agua, fui hacia el arroyo y allí... allí, había un cuerpo muy comido por los lobos o perros o no sé si el demonio lo había destrozado. Pero salí echando pedregullo con mis pies porque el terror me empujaba. ¿Por qué nadie buscó esa persona, si no está tan lejos de aquí?

¡Ay, muchachito estúpido, no sabes nada! El dueño del condado es quien maneja esas vidas. Un error y quedarás igual. Mejor vete. Acá no se puede hablar del dueño. Es el propietario de todo y de todos: campos, casas, animales y de los que vivimos aquí, en Tierra Alta. ¡El Don, no te lo voy a nombrar, te puede meter en la cárcel por el solo hecho de ser desconocido! Ese aparato que viste pasar por el camino es un coche o carro, que él ha traído de una ciudad muy grande y lejana. Se llama automóvil. Y es el único en las tierras de acá al mar. Vete.

¿Y cómo voy a llevar la medicina a mi abuela si no voy a la botica? No me voy a ir así, con las manos en los bolsillos. Traigo unas monedas que me dio la abuela, puedo pagar. ¡No las muestres, acá nadie puede tener dinero, todo es de don Livio! El muy tirano. (Dijo en un murmullo la anciana) te acompañaré, pero te prohíbo hablar una sola palabra. Puedo ser yo la que termine como ese que encontraste en el arroyo.

Gabino, la siguió diligente y sobrio. En silencio caminaron por las calles más desiertas que nunca viera. Nadie andaba por las callejuelas que encaraba la matrona. Él, sacaba de entre sus prendas, las pocas monedas que traía, cuando una mano áspera y nudosa lo atrapó. Era un gigante de fiera mirada. Lo escrutaba con insidia. Se dirigió a la vieja. ¿Y éste, quién es? ¿Por qué tiene dinero?

La vieja temblando masculló... es mi ahijado de Águila Escondida; viene a la botica por un remedio para su abuela. No es de esta zona y ya se vuelve a su campo. El tipejo, lo soltó dándole un golpe en la cabeza como una palmada fuerte. Que se vaya. ¡Acá no queremos indiscretos que anden hablando mentiras por ahí! Sí, compra la medicina y parte corriendo para curar las fiebres de su abuela, mi comadre. Mintió como la mejor, la anciana. El miedo a don Livio es el freno a cualquier descuido. La botica era oscura y lúgubre. Un viejecito de abdomen abultado, gafas de vidrios gruesos y bastón, salió tras una cortina ruinosa que fuera en algún tiempo color violeta. Habló dos palabras con la anciana. Gabino supo que se llamaba Joaquina y era pariente del herbolario. Le entregó un brebaje y el niño sacó dos monedas, que recibió apurado y escondió súbitamente en un enorme frasco con polvos medicinales. El Patrón, don Livio no debía saber que había recibido dinero. Se lo quitaría al instante uno de sus capataces.

Gabino agradeció, besó la mano de ambos y salió corriendo por una senda oscura, para dejar lejos los ojos de cualquier persona. A la distancia vio pasar el móvil dejando un asqueroso olor a excremento, un humo ácido y penetrante que invadió el follaje del atajo. Por allí, los ancianos caerían por su culpa en manos del tirano.

Ya era noche adelantada cuando Gabino llegó a su casona. Entregó la medicina y relató a su familia la aventura que le tocó vivir. ¡Gracias al Altísimo, no había en Águila Escondida un Tirano!

 

HUMILLADOS


 

El tren pasaba lento por las devastadas praderas neblinosas del Valle del Manantial. Un hilo oprimido de humo dejaba la estela en una bolsa despellejada de nubes gris claro. Todo aparecía desdibujado en la quimera del pueblo. Algunas chimeneas se atrevían con otro tono rubicundo de un fuego incestuoso de troncos secos y crujientes. Esas casas tenían el orgullo de la mina que aportaba trabajo a sus habitantes.

Las calles emboscaban a los pocos transeúntes que se animaban a moverse en la niebla. Perros solitarios merodeaban entre los festines inútiles de los basureros. Flacos y desanimados burlaban los pocos desechos que encontraban desperdigando en el lodo lo inservible. Nada bueno había en los vertederos. La población estaba detenida en el sitio mismo de la pobreza y el desánimo.

Las mujeres, avejentadas y cansadas, hacían milagroso pucheros con lo que se les proveía por sus compañeros de vida. Como una miserable inoportuna, la muerte merodeaba en el caserío.

Fausto se encasquetó el sombrero. Cogió la capa y se alistó para salir. Buscaría una ayuda en la alquería de uno de los patrones, allí solía la mujer pasarles un par de tarros de harina de centeno y algo de azúcar de remolachas, que en el tiempo bueno, traían de un pueblo vecino. ¡Era una buena ama! Mujer de carácter fuerte y solidaria, enfrentaba a su marido, que en su avaricia, no quería dejar una pizca demás para los obreros de la mina.

Llegó casi arrastrado por el viento, que sonaba en sus oídos como las flautas de mil pájaros desconocidos. ¡Parezco un mastín derrotado pidiendo un hueso! Golpeó. La aldaba se movió oscilante dejando una marca en la madera despintada de la gran puerta. Un visillo florido se corrió un instante. Los ojos verdes de la mujer lo miraron con un extraño movimiento como pidiendo auxilio.

¡Soy Evelio Lucero, dama, necesito...! La mujer gesticuló con su rostro pálido y desfigurado. Váyase por favor, venga más tarde. ¿Don Demetrio no puede atenderme? El sofoco de la ama, lo alertó. Algo anda mal aquí. Necesito hablar con el patrón y entonces vio que un cuchillo se acercaba al cuello de la mujer y un brazo la tenía atrapada con fuerza contra la ventana.

El rústico Evelio, sintió un terror inusitado, pero no se movió del lugar que parecía el más profundo fuego del infierno. ¡Esa dama, no merecía sufrir porque era buena! ¿Quién está allí? ¿Quién se atreve a tocar a la señora Concepción? Sofocada la mujer fue sacada del marco de la ventana. El muchacho salió corriendo a buscar ayuda. Llegó agitado a la tienda del panadero. Estaba cerrada y con un fuerte candado inusitado a esa hora. El boticario... pensó y hasta allí se aventuro por socorro. El anciano, se enfundó la capa y el sombrero y lo siguió.

La casa estaba en penumbras. Ni luz ni humo de chimenea, distraían la sensación de soledad y muerte. A lo lejos, se sintió el silbo del tren que se alejaba. El perro aullaba lastimero. Otros canes acompañaban con ladridos disímiles al San Bernardo que lloraba.

Ingresaron ya que la puerta estaba abierta. Sobre la alfombra había un charco de sangre. Pero no había un cuerpo. El boticario asustado llamó y el eco de su voz, sonó destemplado y efímero. Nadie estaba allí para responder a su llamado. Vieron que un cuerpo había sido arrastrado por el suelo. La puerta del jardín se golpeaba incesante con el viento. Ambos hombres asombrados caminaron buscando a la dueña de casa y al jefe de familia. Y al patrón que era sostén del pueblo. Nadie.

Hacía unos minutos que el tren se había alejado de Valle del Manantial. Tal vez se fueron dijo Evelio esperanzado. En el jardín los vieron. Amos cuerpos dejados como un parva de ciervos muertos en la caza furtiva del invierno.

Salieron en busca del alguacil que dormitaba en la oficina junto a la estación del tren. El calor de una salamandra aquietaba su somnolencia y se despertó asustado. ¡Venga, urgentemente don Graciano! Ha sucedido un horrible hecho en lo de los patrones. El alguacil, se caló el sombrero y se cubrió con la capa. Salieron apurados mientras don Graciano hacía sonar el silbato de alerta llamando a su asistente.

Llegaron a la vivienda y todo estaba impecable. Cerradas la puertas y al intentar abrir la principal, la cortina de flores se movió un instante. La puerta cedió e ingresaron con el ayudante y el alguacil. Evelio y el boticario se acercaron a donde habían visto el charco de sangre. No había ni rastro y todo estaba pulcro. Salieron a la zona trasera de la casa... no estaban los cuerpos. El asombro de ambos se reflejó en el enojo y la ira del alguacil y el ayudante. ¡Ustedes están ebrios o locos! ¡Acá no hay nada!

Salieron en silencio, ensimismados y desorientados. Luego de un breve reproche de las autoridades, cada cual partió a su casa o su oficina. Algo andaba mal en el Valle del Manantial, pero ellos no sabían qué podía ser. Al pasar frente a la panadería, vieron que a una hora inusitada el horno ardía con su mejor fuego. ¡Qué raro! Evelio regresó a hablar con el boticario, la niebla estaba espesa y le pareció entrever una figura conocida.

¡Don Herminio me parece haber visto al patrón entre la niebla! Ahora el borracho es usted amigo. ¡No, lo juro! Yo nunca bebo y menos ahora. Tras la figura del boticario pasa una sombra con el vestido florido de doña Concepción. Mire es ella.

El turbado vecino, se asombra al ver cómo desaparece en la niebla la figura de la mujer que no usa capa ni abrigo. Es doña Concepción, estoy seguro. Si, y yo vi así al patrón hace unos instantes. No puede ser... si no estaban. ¿Muertos? Como que los vimos bien muertos. ¿Será una forma de decirnos algo? Entra el alguacil y dice... "Acabo de enfrentarme con dos fantasmas". Eran los occisos de acuerdo a sus palabras.

Se asomaron los tres y vieron como ingresaban unas débiles figuras en la panadería. El horno continuaba ardiendo y las puertas cerradas con candados, dentro el panadero saltaba y gritaba con una alegría descontrolada. ¿Será que él, los está abrasando en el infierno de su fogón? Los rostros vigilantes junto a los vidrios de las ventanas, hicieron que el enloquecido pastelero, comenzara a tirar cenizas a las caras que veía en las ventanas.

Salieron soplados del lugar. Un terrible suceso había transformado el pacífico Valle del Manantial en un extraño lugar de muertos y fantasmas.

TOTA Y VICTORIO


 

Eran una pareja muy exquisita. Él, un dedicado médico que investigaba el cáncer, enfermedad que había irrumpido en el hermoso rostro de su amada Tota, esposa que era la mujer más bella de la facultad. Intentó cuanto tratamiento le compartían sus colegas del país y del exterior. Logró sacarle el tumor y matar, esas crueles células malignas, que desfigurarían a su querida esposa.

 Ella, era brillante, estudiosa y frágil, pero con un enorme sentido de la voluntad, logró superar esa marca que desfiguraba su mejilla izquierda. El radio, le había dejado un volcán de piel oscura en la cara. En los años de la escuela secundaria, había sido la reina de los estudiantes, por su rara belleza y gracejo. Sus amigos disimulaban la expresión de pena que les daba ver el rostro.

Supo que por los tratamientos jamás podría engendrar un niño y Victorio, jamás le hizo ningún reproche. Pero su soledad los llevó a tomar una decisión, tomar unas cátedras en una provincia a mil kilómetros de la capital. La universidad en dicho lugar era muy prestigiosa y no significaba bajar de nivel académico. Sólo, que estaban muy solos.

Se instalaron en una bella casa en un barrio de casas de buen gusto y buena fama. Sus vecinos eran discretos y amables. El hecho de tener su rostro tan marcado, hacía que los niños y algunas personas incultas la miraran demasiado. Comenzó a usar un sombrero con un velo que le tapaba parte de la cara. Cada vestido que le mandaba madame Turnó, traía el famoso velo. La mucama preparaba la ropa cada mañana para que su señora saliera en el coche a pasear por los amplios parques y paseos de la ciudad.

En la facultad, Victorio, conoció a varios colegas. Eran callados y algo sensibles. Lo consideraban un ser de otro planeta. Sabían que él, había estudiado muchísimo y les extrañaba que en lugar de quedarse en la gran capital, enseñando a los alumnos más adelantados, hubiera aceptado vivir en la provincia.

Pronto supieron la verdad y algunos, se retrotrajeron sin explicaciones excepto un par de colegas, interesados en hacerse amigo y ayudarlo.

Acá comienza otra etapa. La que viví yo, hija de uno de esos médicos. Una noche fueron invitados a mi hogar. Mamá se dedicó a preparar unos manjares que sabía iban a gustarles. Papá eligió vinos y un buen champagne francés. Nos vistieron como muñecas de vidriera. ¡Venía el gran profesor Victorio Traquei y su esposa¡ yo tenía once años y esperaba los chicos para invitarlos a jugar. No había hijos. Pero fue una noche inolvidable. Ni nos dimos cuenta que Tota tenía una enorme marca en la cara, era tan amorosa, graciosa y él, tan chistoso que nos moríamos de risa.

A partir de esa noche, ciertos domingos y feriados en su casa o en la nuestra había un almuerzo o cena y luego jugábamos a mil competencias de memoria y palabras, cartas y fichas… fue tan hermoso ese tiempo, que ha quedado en mi memoria grabado.

Un día vinieron a cenar y les contaron a papá que a él, lo necesitaban en la universidad en Boston. Y se fueron. Por un tiempo escribieron cartas que se fueron espaciando hasta que nunca más supimos de ellos. Seguro que la vida los llevó por caminos más interesantes que una familia de provincia.

ESTELA

 

            Mi familia solía tener ayudantes de hogar en épocas que las mujeres tenían niños pequeños y el dueño de casa podía darle ese mimo a su esposa.

            Fueron varias las que pasaron por mi casa pero dos me quedaron muy presentes en la memoria por lo implicadas que estuvieron en nuestra historia familiar. De pequeña vino a servir una muchacha muy bonita de nombre Estela. Era muy blanca de tez, piel sonrosada, cabellos claros y largos, que armaba en trenzas y rodeaba su cabeza como una corona. Limpia y callada, serena y útil, siempre bien dispuesta a ayudarnos en todo, incluso en los juegos y tareas escolares de los primeros años.

            El viernes salía muy bonita vestida con un solero de color celeste y zapatillas blancas. Iba a la casa de sus padres donde vivían sus hermanos. Creo que quedaba hacia  el este de la provincia. Hasta cierto tiempo había trabajado la tierra, pero sus padres la hicieron salir de esa casa por algún motivo importante y que mucho después supimos el porqué. Pasaron muchos meses y hasta le festejamos el cumpleaños con una torta que hizo mi hermana mayor. Entró en los veinte años con una alegría y sorpresa enorme.

            Mamá le decía que saliera con sus hermanos los fines de semana e hiciera una vida normal para una muchacha de su edad. Se quedaba callada y huía de la cocina o del estar sin contestar.

            Mamá, un día compró un producto de limpieza sin saber que era tóxico. Lo usó papá en su oficina para desinfectar las zonas donde había muchos mosquitos y aparecían algunos insectos indeseables, mamá lo usó en baños y cocina para el mismo menester. Estela lo uso para limpiar otros rincones o lugares donde solían aparecer cucarachas y arañas, ya que mi hermana le tenía terror a dichos arácnidos.

            Después de un fin de semana, cuando Estela regresó, la vimos que había llorado mucho. Tenía los ojos hinchados y la nariz amoratada. Un moretón en una mejilla y otro en un brazo. Mi madre le preguntó qué le había ocurrido. No dijo nada. Se metió en su habitación y luego de un para de horas salió sin hacer comentarios, cantando una canción muy bonita que se escuchaba en la radio. Todo quedó flotando en el aire.

            Una tarde, vino uno de los hermanos de Estela a buscarla. Cara de pocos amigos tenía el joven, pero Estela salió y pidió permiso para volver más tarde. Mamá se lo dio y se fue sacándose la ropa que usaba en casa y poniéndose una pollera negra y una blusa color roja. Regresó muy tarde. Mamá se sorprendió al verla entrar; traía rota la blusa y el pelo enmarañado como si hubiera participado de una riña callejera. No dijo nada, saludó dando las buenas noches y se encerró en su habitación.

            Al día siguiente cuando la llamaba mamá para desayunar, no respondía, preocupada, le pidió a mi hermana que tenía quince años que se acercara a su habitación y le preguntara si se sentía enferma. Cuando Beatriz golpeó la puerta, sintió un ronquido extraño y abrió…Estela estaba caída en el piso con un espasmo de dolor y había vomitado algo blancuzco. Corriendo y a los gritos, llamó a papá. Él, vino con urgencia y notó que junto a la joven había un vaso con un líquido blanco. Atrás de la cama estaba el envase del producto de limpieza que usaban para los insectos y descubrió que  era venenoso. Salió corriendo, llamó por teléfono a la ambulancia y a la policía. En pocos minutos mi casa era un loquero. Policías y profesionales de la asistencia pública dándole leche, vomitivos y una vez en la camilla la llevaron al hospital. Mamá se vistió como pudo y la acompañó como si fuera una de nosotros, su hija.

            Papá tuvo que quedar con los policías que no paraban de hacer preguntas y revisar toda la casa. ¡Era un desastre! Había que avisarle a la familia. Pero se encargaría el comisario. ¡Estela se había tratado de matar en nuestra casa!

            Todas las mañanas mamá acudía al hospital donde Estela agonizaba. Llorábamos todos en casa. ¡Era tan linda y buena! La policía comenzó a indagar y sus padres evitaban hablar. ¡Algo turbio había en esa casa! Uno de los hermanos, después de varios días se quebró y habló. El mayor era un rufián, maltrataba a la madre y a sus hermanos y a Estela la había tratado de hacer ingresar en el circuito de la prostitución. Al ser tan linda él, su hermano, se quedaba con todo el dinero que recogía de varias muchachas que tenía medio como esclavas y pretendía hacer lo mismo con Estela. Como ella no quería le daba enormes palizas y golpes.

            ¡Una mañana mamá volvió llorando. ¡Estela había fallecido! Su estómago no pudo ser curado del tóxico y con su deseo de morir, no había aceptado que la curaran.

            Nunca voy a olvidar a Estela, siempre miro el cielo en las noches y digo que ella debe vivir en alguno de esos hermosos planetas del firmamento.

UNA FRUTA FRESCA


                Cuándo quedará mi cálida luna acumulada en mi cintura, poblada de fantasmas que blanquean al tras luz el bosque, allí donde pacen los unicornios y las gacelas. Anónimo.

 

         Dormía Azedime sobre la alfombra que su abuela había tejido antes de partir. El sol se ocultaba y sus pies llagados, ya no sentían el dolor de los primeros días. Habían bombardeado desde hacía muchos días, toda la región y los edificios estaban en ruinas. Por doquier se veían restos de autos, ambulancias y camiones destruidos.

            Los niños no tenían escuela y para sobrevivir recogían plásticos y metales para vender a un recuperador y por lo que le pagaban algún dinero. Tarea, para encontrar algunas monedas. Algunos días se juntaba con seis o siete chicos de su edad para jugar a la pelota en algún espacio despejado.

Con lo que ayudaban a comprar algo de alimentos y medicinas.

            Jazed, su tío y su hermano Yeppek cayeron bajo las balas de un francotirador. Quedaban sus hermanas Aminne y Yazmín, y su madre, que lidiaba con el asma. Azedime soportaba el hambre y la sed en su escondrijo de la desvencijada población arrasada. Pero hasta eso le estaba vedado. Al ponerse el sol, sin electricidad, se congregaban en los sitios más seguros con su familia.

            Desde lejos se veían los fogonazos de los proyectiles que debatían en Alepo u otra aldea cercana. El mar estaba contaminado de minas, igual que la playa. Ya había visto a varios muchachos y pescadores volar por el aire como un barrilete al viento y caer con pequeños trozos de cuerpo en la arena. Paradoja que muchas veces al caer, explotaba otra mina.

            ¿Madre qué significa la Paz? ¿Madre podré algún día ser médico? Y una lágrima desdibujaba el rostro demudado de la mamita amorosa, que no tenía palabras y caía en un espasmo asmático. Azedime nunca más preguntó. Su corazón le decía que su madre podía morir y él, era muy pequeño para hacerse cargo de sus hermanas. El coexistir con la muerte, lo había hecho crecer de golpe. Pero no en fuerza física ni en tamaño. Era un niño.

            En el vertedero encontró un libro. Lo levantó, lo limpió y vio bellas láminas que estaban dibujadas. No eran comunes a los pocos libros que él, conocía. Hablaba de “unicornios” y gacelas, de un bosque lleno de pinos del Líbano, con frutos y agua que corría por el campo en arroyos, y, sentado entre la basura, se propuso arreglarlo y llevarlo a sus hermanas.

            Esa tarde el sol se despidió con lentitud en el horizonte. Caminó feliz con las monedas y el libro bajo el brazo. Cuando pasó por la calle Al Ferriak, compró una fruta. ¡Era el día! Un día especial en el que él, llevaba algo más que dinero, llevaba un sueño en papel.

            Entró en el espacio donde estaban sus pocas pertenencias y su familia. Sonriendo le mostró a su madre lo conquistado. Su madre se tapó el rostro con el velo. Se echó hacia atrás y comenzó a sofocarse. ¡Claro ese libro no era de los permitidos por su religión! Pero Azedime no lo sabía, comieron en silencio la fruta que supo a gloria.

            Las cabecitas de las niñas apiñadas miraban los dibujos y abrían grandes los ojos como estrellas fugaces. La madre no quiso decirles nada, en su corazón sabía que en cualquier momento una bala o misil enemigo de su pueblo volaría el refugio y que sus niñas nunca tendrían ensanchada la cintura con un bebé para amar.

            Se quedaron dormidas. Un estruendo despertó a Azedime. Entre los escombros su hermana menor, Yazmín abrazaba el resto del libro que encontró en el sumidero. El cuerpo de su madre cubría lo que quedaba de Aminne. Cuando trató de separarlas de la mano pequeña sacó las semillas de una fruta dulce que compró ayer para ellas. Salió despacio y las aventó en el viento. Tal vez algún día llegara la Paz y creciera un árbol que diera fruta para todos.

 

tarea, para encontrar algunas monedas. Algunos días se juntaba con seis o siete chicos de su edad para jugar a la pelota en algún

 

NUDISTAS...

                        

                        "El hombre había amenazado a Martha de la misma forma que a Eugenia. " Ahora no podía reírse...pensó él, los días pasaban sin noticias y el viejo murallón junto a la playa seguía lleno de gente extraña, sofisticada para todos ellos. Miró sorprendido esas señoras, jóvenes algunas, viejas otras...todas con sus cuerpos desnudos haciendo una inapropiada demostración de impudicia. Con sus carnes pulposas y rosadas, sus senos prominentes, sus pubis dorados. Sin vergüenza alguna mostraban sus cuerpos expuestos como el rostro y sus lánguidas cabelleras rubias al viento. ¡Arlión, una playa tan buscada por sus aguas cálidas y limpias, nido ahora de nudistas! Corrió de oficina en oficina. Golpeó puertas y escritorios, buscando apoyo para expulsar a las mujeres desnudas. Nadie lo oía. El intendente policial mandó una pequeña patrulla, que se detuvo a contemplar embobados a las mujeres. El sol les daba un color dorado increíble. Cada una era una figura impresionista de la belleza femenina. Regresaron: ¡Sin novedades! Y mil sonrisas de satisfacción por la orden de ir a dar una mirada. El hombre ya desesperaba. Entonces volvió con sus amenazas...¡ Lo haré, verán lo que haré !

                        Regresó una y otra vez a gritar como un poseído a las plácidas mujeres que no entendían lo que ese pobre infeliz decía. Ellas habían llegado de un país extranjero. Tenían una lengua diferente. ¿Qué querría ese caballero desquiciado que les gritaba todos los días algo nuevo?

                        Pasaron varios días...luego de todo, después de nada...se quitó la ropa y se hundió en el mar.