lunes, 2 de noviembre de 2026

LA PISADA

 

Quiso tatuarse la pisada que quedó grabada en los lienzos  del lecho. No pudo. El sudor le corría por la piel e iba borrando la tinta. Su mano apretaba la aguja de oro con la que sostenía su túnica y servía, mojándola, en un jugo de limón con carbón en polvo, para herir meticuloso la piel del pecho. Ella había huido de entre sus brazos. Volvió a mirar la puerta por donde ella había desaparecido. La quiso abrir. No pudo.

Olfateó el fuerte olor a humo y cenizas. El volcán bramaba y desparramaba su lava sobre las viviendas, las villas y los mercados. Corría un río de fuego por las calles. Todo fue tapándose y en silencio quedó en el tiempo.

Pasaron siglos hasta que los arqueólogos pudieron llegar hasta ese hogar de la villa antigua. Antaño, era un espacio intocable. Cuando con nuevas tecnologías absorbieron todas las cenizas y escombros, en el mármol de una habitación encontraron el cuerpo de un hombre, hecho piedra, con las manos atrapando un alfiler de oro y una extraña pisada marcada sobre la loza de la que fuera un lecho de amantes olvidados.

Esa Mujer... que pinta nuestra tierra


 

Mujer nacida con alas en las manos

con estocadas de pinceles que derraman flores

sobre el lienzo de la vida

militante del color         de los matices

calla su voz humana en cada tela

para gritar otoños frutados y feraces

 

Vendimias de frutos y mujeres

hombres que desplazan los muros infranqueables

de un destino de tierra prometida

viejos galpones tórridos de vino tinto que se mezclan

con naipes y guitarras

gallos de riña que eternizan la pelea del hombre de campo

y sus desdichas.

 

Hoy nos

permite penetrar en su mundo de sueño

donde duerme             la niña de la infancia

la mujer enamorada de la vida

y la belleza

su trajinar la tela en blanco

 asegura el suspiro

el cansancio que llega con el ocre de la tarde

el amor de lo posible

por eso          sólo por eso

esperamos el milagro

cayendo de un lienzo pálido de envidia por

tanta loca belleza y

un portal mendocino vendimiero

el otoño de nuestros callejones de oropeles y

vino recién hecho -  mosto - sangre

de los vendimiadores

que acarrean sueños perfumado a moscatel y lirios.

La tinta de su pluma es una voz castaña

ojiva de una enorme montaña trasnochada

en cielo de sonrisa

música elemental de los andinos.

 

Homenaje a la pintora mendocina "PIPINA REFOSCO" 

GOLPE A GOLPE SE ACERCÓ LA MUERTE

             Despertó por el fuerte olor a desinfectante que le hizo llorisquear. Tenía frío y le dolía todo. Las manos atadas a un barral de la cama le impidieron moverse. Tiritaba. Lloró o creyó llorar, porque ya no tenía lágrimas.

            Se casó enamorada. Ella con veinte años y él con treinta y dos, eran la pareja preciosa. En verdad nunca su familia fue muy cariñosa y ese hombre la amaba. Después de llevarla a Cañadón de Abajo la cuidó tanto que no la dejaba salir de casa ni hablar con nadie. Le creció el cabello, tanto que caía en cascada sobre la espalda donde comenzaron a dibujarse rayas. El rebenque era de cuero crudo y cada vez que Amanda levantaba la vista o le hablaba antes que él lo permitiera, llegaba el golpe.

            Nació Rafael, a los meses nació Consuelo, perdió por una caída (provocada sin querer por Félix), pero era mujer no importaba. Al año nació Moisés, vino luego Isaías y Rosarito fue inevitable que naciera, a pesar de ser hembrita. Serviría para ayudar en la vejez y servir al padre.

            Un día vinieron los padres de Amanda y no la reconocieron. Ella estaba hinchada, con hematomas en la cara, los brazos y el cuello que cubría con un rebozo para que no se molestara Félix. ¡No le gusta verme llorar y ver mis moretones! ¡Es que tengo la mala costumbre de hacer corriendo las tareas, me caigo y me golpeo con los muebles! Félix me ama, me cuida tanto, no quiere que nadie se me acerque para evitar que me perjudiquen porque en el pueblo son muy… muy malos. Nos envidian. La hacienda, los animales, la casa, los niños.

El abuelo materno quiso acariciar a los niños que escaparon cubriéndose el rostro y el cuerpo. ¡Son torpes como yo! Se disculpó Amanda. Los padres prácticamente huyeron de ese infierno y buscaron a Don Nicanor Fuentes Amaya, el juez. Éste buscó la ley y no encontró un artículo que pudiera usar para echarlo al oscuro solar de los “mandingas y satanases”, como él.

            Una mañana que cumplía los seis meses de embarazo de mellizos, Félix llegó y la encontró dormida, la cocina estaba fría y la ropa sin lavar. Los niños escondidos bajo la cama sabían que se venía una hecatombe.

            La arrancó del lecho, la pateó y golpeó hasta que perdió el conocimiento y vomitó.  Irrumpieron y entraron  Zinaida y Francisco, sus vecinos y con ellos la policía. La llevaron al hospital. Él fue a dar excusas al señor Juez y ella, herida miró como sus hermoso mellizos flotaban en sendos frascos de vidrio junto a la cama de hospital. Al anochecer llegaron sus padres, recogieron lo que quedaba de Amanda y los niños partiendo al hogar en la ciudad.

            Llevaron los angelitos a un cementerio y los guardaron de los golpes de un hombre que “Amaba mucho a su mujer”.

A él nadie pudo hacerle nada porque la Ley no sabe que el Amor de esposo y padre puede transformarse en un infierno. Amanda ahora, con otro nombre  en una ciudad diferente y lejana, se esconde de una muerte segura.

 

 

NIEVE DOLOROSA

             Dos teléfonos sonaban marcando una melodía poliforme sin ritmo ni sentido. Sonaron de día, de mañana, de tarde, al oscurecer y a la madrugada. Nadie respondió.

Afuera comenzó a nevar. Se hizo silencio al tercer día. Un silencio que desparramó su desgarro con tenacidad de gelatina caliente. No, era una mezcla de aceite y grasa de cerdo hirviente la soledad silente que envolvía el lugar.

La nieve tapó la calle, la casa, la vida. Tapó el silencio que cercó la sala. Nadie entraba ni salía de la vivienda. Pasó el frío y comenzó a derretirse el hielo transformando en barro sucio y resbaladizo.

El hedor y la aparición de moscas de diversas especies, lanzó un llamado de atención al único vecino que habitaba en la cercanía. A golpes derribó la puerta el sargento Andrés Regules y el bombero Hilario Cruz, entró tapándose la boca y la nariz. Sobre un colchón viejo, yacía un cadáver apenas reconocible por el estado de descomposición. Entre sus fémures negruzcos, aún en su bolsa y demoledoramente indefenso hallaron un nonato.

Ingresó un joven como enajenado gritando: ¡Daniela, amor mío! Cayó de rodillas sobre la sangre seca y lloró.

Repite y repite que la nieve lo detuvo en una ciudad en el sur, desde donde no pudo regresar a tiempo y que su mujer no atendió nunca los teléfonos. Creyó que había regresado a su país natal.

La investigación continúa, algo no conforma al sargento Regules. Tal vez el entomólogo pueda darle una pista, ya que junto a la puerta había huellas de pisadas que tenían las marcas de un calzado que no se usaba en esa región y que casualmente era igual al del doliente esposo.

 

 

UNA MONJA EN GRAVES APUROS

 

            Sor María de la Concepción nació como Didier en una familia agnóstica de Suecia. Su hogar la hizo mamar un odio visceral contra todo lo que fuera religión. El padre médico siquiatra negó toda existencia de Dios, la madre artista de teatro, superada y tragicómica, padeció de una personalidad individualista  y bastante histérica. Tenía varias obsesiones y consumía toneladas de barbitúricos.

            Como Didier  molestaba, fue cuidada por una excelente mujer de campo, muy religiosa y esmerada. Y…dio una esmerada educación a Didier, que nunca fue supervisada por sus padres. Así al cumplir los dieciocho años, ingresó en el convento de las monjas de la Caridad Del sagrado Corazón de Jesús y se la nombró Sor María de la Concepción. Los padres casi mueren en el intento de impedir el despropósito, según ellos, de una hija “religiosa”.

            Luego de profesar marchó a un ignoto poblado de Asia donde como monja de la Caridad trabajó incansable como enfermera, albañil, cocinera y mediadora con la comunidad tribal, agresiva, esquiva y guerrera.

Pasó cinco años entre cuatro monjitas ancianas y un sacerdote que apenas podía caminar, oficiar misa y hablar sobre los Evangelios. Ella era el sostén de la pequeña comunidad religiosa. Un día bajó de las montañas un grupo de forajidos que incendiaron el dispensario, mataron a los ancianos y a ella la arrastraron por el lodo hasta exponerla a la más inmunda de las penas. La violaron entre ocho a diez hombres.

            Ya estaba desmayada y moribunda cuando una valiente mujer la cubrió con su cuerpo diciendo que estaba muerta. La escondieron entre varias indígenas y lucharon para curarla. Las heridas eran de todo tipo. Al poco tiempo cuando se estaba reponiendo, la nativa salvadora, le anunció con inocente alegría que estaba embarazada.

            Sor María de la Concepción estaba en un grave apuro. ¿Qué podía hacer? ¿Tener al niño o abortarlo? ¡Es imposible! Su vida era un verdadero averno. Nació un varón bellísimo con ojos de color agua y tez oscura como la de los habitantes del lugar. Nunca se dijo que Pantera Celestial o Jesús o Klenyo Umi, era hijo de una monja católica.

            Ahora en su nuevo destino, un pequeño pueblo de Europa, ella cuida niños huérfanos de guerra, mientras sus antiguas salvadoras crían a su precioso “Secreto”, del que tiene permanente noticias.

YAZNA

 

Llegó con una carreta de parvas de pasto, parecía un pájaro escondido. Su frente despejada apenas sudaba con el sol que caliente, despertaba en la piel enrojecida lágrimas saladas de sudor. Saltó del carro, se acomodó la ropa. Su ropa desgastada y grande, le daba el toque de fantoche que los ojos sedientos de granujas, buscaban para reír de alguien. Ella era ahora la elegida. Sus botines viejos y su mirada triste, dejó perplejo al carretero, que levantando la mano gritó: ¡Adiós pequeña Yazda, que tengas suerte!

Caminó asombrada. Era una sobreviviente de la tierra árida y dormida. Su suerte estuvo echada el día que se murió el último animal en la granja. Faltaba la pastura y el agua. Y su viejo abuelo, le rogó que fuera en busca de ayuda al pueblo. Allí, detuvo la mirada en los enormes carteles de las tiendas. Buscó entre sus bolsillos el papel que le diera el anciano y caminó un trecho. Vio el dibujo que le había hecho el anciano. ¡Es aquí, dijo! Y se encaminó a una escalera de madera que roncaba como un fuelle con cada pisada de la niña.

Yazda no sabe leer. Nunca pisó una escuela. Como mujer le estaba vedado ir a los lugares donde se aprendían las palabras de ese idioma de arabescos y puntos que usaban los hombres. Ingresó en un pequeño habitáculo oloroso a sopa de guisantes y col. Apareció un hombre de larga barba negra que la miró asombrado. ¿Cuántos años tienes? ¿Por qué no usas velo?

Yazna, asustada se tocó la cabeza. Rápida como un gato se subió un chal y se cubrió sin pausa. Tengo trece años y vivo con mi abuelo. El hombre gruñó. ¿De donde vienes? ¿De quién eres nieta? Mi abuelo se llama Walazy Al Mahmud y vivo lejos. Murió el último animal en el campo, no hay agua y él, me pidió que le entregue esto.

Le entregó un atado, hecho con una seda desteñida y vieja. Eso quiere que usted o quien sea, le busque una solución a sus problemas. ¿Y usted puede ayudarle? Acaso sabe lo que está pasando allá arriba en las montañas. ¡Siéntate allí y cierra esa bocota! Niña tonta. Llamaré al jefe.

Un hombre de barba blanca y encorvado, entró sin mirarla. Se acomodó en una silla y con la cola de un camello se echaba aire. Abrió lentamente el bulto. Un pequeño libro apareció en su interior. ¡Ajá! Veamos. Leía con una especie de cristal engrosado que agrandaba su ojo. Parecía un monstruo de los cuentos que de niña le relataba el abuelo. ¡Bueno, espera acá! El anciano ingresó a un salón alejado, arrastraba sus piernas y su ánimo. Cerró una puerta y se hizo un silencio que le pareció eterno a Yazna.

Mientras esperaba, miró ávida todas las imágenes que había en las paredes. Muchas estaban escritas con las letras que ella no sabía interpretar; otras eran antiguas fotos o láminas con caras de hombres barbudos, siempre mirando con profunda oscuridad. ¿Serían los famosos jefes tribales de los que relataba su abuelo? Sintió ruidos de pisadas y arrastrarse un par de sandalias. Se abrió la puerta y apareció el anciano con un hombre joven que traía un bulto.

¡Niña, ven, acércate! Llévale esto a tu abuelo. Cuida que no se te caiga o pierda. No se lo entregues a nadie. Y recuerda, ya no eres pequeña y tienes que cubrirte el cabello, como corresponde. Dio la media vuelta y desapareció en otra oficina.

Yazna, se acomodó bien el chal y salió despacio. El bulto pesaba y ella estaba muy débil por la poca comida que había tomado esos meses. Buscó con la mirada si estaba el carrero que la trajo. A lo lejos vio el burro y la carreta sin pasto. Ahora tenía varios barriles con algún líquido. Caminó entre la risotada de unos muchachones que no hacían nada. Solo estaban ahí, como unos torpes muñecos de feria.

Se acercó al hombre que la había traído. ¿Puede llevarme a mi casa? Mi abuelo me espera. El sol parecía una hoguera en el mediodía. Sentía sed. Hambre y sueño, pero quería regresar pronto. ¿Cuánto me pagarás? Le dijo el hombre... ¡Ah, eso lo arregla con mi anciano abuelo! Ven a buscarme más tarde, como a la hora en que comienza a bajar el sol.

Yazna, se quedó sentada junto a la mula sobre un tronco de palmera. Esperaré acá. Y se quedó dormida abrazada al bulto que le diera el otro hombre en la oficina. Despertó cuando ya bajaba el sol. El carretero estaba arreglando los aperos de su mula. Ella, se dio cuenta que le faltaba el bulto. ¿Qué pasó cono lo que traía de allí? Señaló la oficina. ¡No se, ni idea, si tu no cuidas tus cosas, te duermes...! ¿Qué puedo saber yo?

La niña lloraba. ¿Ahora qué voy a hacer? El hombre la miró con picardía... ven que yo lo alcé y lo guardé junto a mis barricas. Ella, se limpió la cara y saltó al pescante.

El camino de regreso se hizo corto, la figura de su anciano abuelo se recortaba en el poniente. La esperaba ansioso y cuando llegó, la abrazó con afecto. ¿Estás bien mi niña? ¿Te trataron bien, qué traes? El conductor de la carreta le entregó el bulto. ¡Eh, el viaje sale... tres monedas de cobre! Cayeron las monedas en manos del cochero. Y te doy dos más por cuidarme a la nieta.

Entró apurado con el bulto. Yazna detrás lo seguía llena de curiosidad. Acá está el valor de la venta de esta tierra. Sólo he dejado la casa para ti y un terreno para cuando llueva y puedas tener una majada de ovejas y cabras. La pequeña lo abrazó y besó sus manos, que se agitaban en el aire.

Al día siguiente... comenzó a llover.