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sábado, 10 de octubre de 2026

Y TODO COMENZÓ POR…

 

            La siesta caía como un poncho de metal caliente sobre la tierra. Solo se oía el pasar sostenido del agua por el canal que rodeaba la finca. El rumor de las hojas de los álamos y sauces, que crecían en esa vereda angosta desde donde se podía distraer agua para regar. A las perdidas se escuchaba un ladrido o algún trueno lejano.

            La Filomena, salió corriendo cuando lo divisó. El Tobías, que apenas tenía seis años, se balanceaba con sus patitas chuscas en la orilla de la corriente y salpicado hasta la panza, parecía que ya se deslizaba por el barroso borde y caía al agua. Corrió la mujer, pero tropezó con unas raíces traicioneras y cayó de bruces a la polvorienta senda. El chico se asustó y allá fue aguas abajo y se perdió.

            Filomena pedía a los gritos ayuda, que logró pronto. ¡El Tobías se cayó al zanjón! Salió el Braulio con una zapa buscando el próximo tapón de derivación del agua. Pero allí no lo encontró. ¡Pendejo malcriado! Siguió buscando hasta bien pasada la tarde y nada.

            Ya estaban los vecinos de los alrededores meta buscar y buscar. Salió la luna, que iluminaba poco, pero que daba cierta esperanza. Cuando se escuchó el motor ruidoso de un vehículo. Venía con Tobías hecho un guiñapo de barro, sangre y mocos. ¡Lo encontré en la toma de don Atencio! ¡Estaba medio ahogado!

            A partir de ese día en las siestas, la Filomena, lo metía en el catre con ella. Sudaban como caballos de carga. Pero ella, se dio cuenta que el niño había cambiado.

            No hablaba ni jugaba como antes. Tenía pesadillas y de repente comenzó a no querer andar por entre los árboles o las hileras de viñas. Caminaba con cuidado, apenas pisaba la tierra y se detenía ante la mínima dificultad del sendero. De la caída le había quedado una suave renguera y una cicatriz en el brazo, a causa de una rama o lata que enfrentó en esa carrera desastrosa.

            Llegó el invierno, entonces Braulio lo llevó a la escuela cercana. Entró con él, de la mano, casi arrastrándolo. ¡Tengo miedo, no quiero estar acá! Usted se queda, le guste o no, tenga miedo o no, de aquí sale como todos los “guachos” y yo lo vengo a buscar.

            Otros chicos como él, se apiñaban en un patio de tierra regada y apisonada. Bajo un árbol, unos más avispados, jugaban a algo. Después conoció las canicas o bolitas de vidrio con lo que se entretenían los pibes. Una señora gorda y alegre, los miraba desde la puerta de una cocina. De allí siempre salía un exquisito olor a café con leche o yerbiado, y de vez en cuando aparecían una sopaipillas doradas y crujientes.

            Tobías, se arrepintió de su protesta cuando lo dejó el Braulio. Allí estaba bien, más que bien. Pero… siempre hay un pero. Los de sexto, lo comenzaron a molestar…

¡Eh, “mojarrita” que tal estaba el agua del zanjón? ¿Tuviste miedo? Ahogado, muerto vivo, aparecido, fantasma… y se enojó. Se enojó tanto que traía arañas y hormigas rojas y se las ponía en la ropa o en el pupitre.

            ¡Este chico es muy malo! Ya no son travesuras, ha comenzado a hacer maldades. La directora quiere hablar con la madre. Y llegó la Filomena, asustada ya que nunca había sufrido semejante vergüenza. Su hijo, no era así. Antes casi era un ángel, se lo juro. Pero no escucharon sus defensas. O cambia o se va a otra escuela.

            Al año siguiente, no tuvo banco, no le permitieron entrar. Eso fue peor. Una madrugada, se escapó y llenó de barro el frente del colegio. Esperó a los compañeros y les tiraba bosta del chiquero. Hasta que llamaron a un especialista en pedagogía y sicólogo escolar. El muchacho tiene un profundo enojo. ¿Algo ha pasado en su vida que lo ha trastornado? Y se cayó al zanjón y casi se muere ahogado. Desde ahí cambió mucho.

            Tobías no se atrevía a decir las cosas que le decían los compañeros. Y se fue a la finca medicado. Dormía casi todo el día. Así creció. Ya no era un niño era un adolescente enojado. Ayudaba en la finca pero con tanta soledad hablaba cada día menos.

            Una mañana llegó a la finca una señora muy joven, en su pequeño auto. Bajó y golpeó las manos. Salió Filomena y escuchó con la boca abierta que Tobías había sido elegido para ingresar en un colegio muy bueno que auspiciaba a chicos de campo. Detrás de un portón escuchó el muchacho y recordó los buenos años en la escuela, las sopaipillas calientes y el maestro de fútbol, será un desquite, pensó. Salió y saludó. La mujer lo miró con afecto. Vio al joven que la miraba y en sus ojos vio un brillo especial.

            La vida de Tobías cambió. Llegó a un colegio donde cada chico podía leer cuando quería, el silencio les permitía incluso sentarse a escuchar a los ancianos profesores que con sabiduría les iba dando un abanico de propuestas culturales amplias.

            Cuando regresó a su casa en vacaciones, era el Tobías de antes de caer al agua. Y ahora se atrevió a contar todo lo que él, sentía, lo que había sufrido y lo feliz que estaba ahora. Tenía dos amigos. Los maestros lo estimaban y le daban inspiración para ser creativo. Descubrió lo cansada que estaba su madre. Filomena, había cumplido apenas cuarenta y cinco años, pero parecía tener el doble.

            ¡Madre, ya termine de trabajar en la finca! Venda y venga cerca de donde yo estudio. La madre lo miró y le dijo: “No, hijo, es inminente que yo te deje solo”. Me han detectado un tumor en la columna y sabe Dios si puedan curarme. Lloraron abrazados. Yo la voy a curar. Esa noche quiso dormir junto a la cama de su madre. Miró la luna y recordó la noche en que lo encontraron en la Toma de Atencio. ¡Una luna desdibujada por nubes de suave tela de arañas! Apenas iluminaba y como en aquella oportunidad le habló desde el corazón. ¡Luna bella, dame tiempo para estudiar lo que cure a mi madre! Y se durmió tranquilo. Sabía que si una vez lo había escuchado, cuando era niño y las aguas turbias lo querían tragar, ahora lo escucharía.

            Pasaron meses. Sus instructores acopiaron notas y libros, asistieron a simposium y charlas. Ellos traían novedades que acrecentaban la posibilidad de salvar a Filomena.

            Pero la vida es dura y la enfermedad indómita. Ella los abandonó. Su cuerpo sirvió para que otros afortunados aprendieran sobre ese mal. Y Tobías, es hoy un afamado especialista en tumores de columna. Y de noche sueña que va con su madre por las aguas claras de un canal alrededor de la finca.

lunes, 1 de junio de 2026

LA COCINERA

 

Los cascos de los caballos sonaban en las piedras del camino levantando chispas. Restallaba el látigo del cochero en el aire haciendo eco a los truenos. Luces inoportunas iluminaban al birlocho que brillaba fantasmal entre los árboles.

Ambrosio, apuraba al cochero. Quería llegar antes que se descargara la tromba. Las bestias sudadas resbalaban en el pedregal. Un eco repetía la angustia del corazón de ese rústico que no quería comprender lo sucedido.

A lo lejos, el viento montaba una sinfonía mística con las campanas de la vieja iglesia de los franciscanos. Allí esperaba encontrar a Milagros, la negra que había huido de la casa vieja.

Su patrón, echaba chispas de furia. Su cocinera había escapado el día antes de la boda de su hijo. Todo quedó patas arriba. El menú, tan detalladamente pensado dormía en cestos y mesones de madera. Las cocinas sin fuego y el aire que penetraba por el portal abierto hacia la carbonera.

Cada trecho más cerca, parecía que alejaba más el convento donde se creía se había refugiado Milagros. Allí, la habían criado hasta los seis años, los monjes, cuando la encontraron en el torno abandonada. Luego la entregaron en la casa del señor Faustino. Y la habían criado con su esposa como una más de la gran hacienda. Milagros aprendió a cocinar de la mejor, una vieja que tenía manos de ángel con las cazuelas y sartenes.

Ambrosio, después de un breve respiro, pidió al cochero que siguiera el camino de tierra, lleno ahora de cieno. Se veía mucho mejor la fachada del convento.

Al llegar al atrio y detener los animales, bajó de un salto y golpeó con bravura la rústica puerta que impedía el ingreso. Se abrió un pequeñísimo ventanal, y una voz serosa inquirió por semejante disparate.

Las campanas sonaban apretadas al ritmo de la tormenta. ¿Milagros, la pequeña, la cocinera está refugiada aquí? Mi amo la necesita y le dará lo que quiera con tal que regrese. Esta semana es importantísima en la casa. La boda de su hijo es el próximo domingo y…

¡Acá no está, por Cristo el Nazareno y san Francisco! Búscala en otra parte, este es un lugar sagrado y estas no son horas de interrumpir la paz de los monjes.

Ambrosio intentó seguir hablando, pero la ventanuca se cerró en silencio y los truenos volvieron a enseñorearse en el lugar.

De un salto subió al birlocho y nuevamente salieron a paso ingente por el camino. A lo lejos, vieron unas luces. Fogatas que algún campesino había encendido para calentarse. Se acercaron. Desde el pescante interrogaron a los pobres labriegos que no tenían nada.

Acá no hemos visto a nadie, solo el hambre y la tormenta. Pero si llega a la cantina, tal vez, la muy fastidiosa, ande burlando por ahí a algún parroquiano. Les tiró una moneda y siguió hacia ese puerto.

Por el camino, entre los robles y olmos, siguieron buscando. Llegaron a la cantina. Una nube de alcohol y tabaco los envolvió al entrar. Ambrosio dejó su capote y se dirigió al mesero. ¿Ha visto a una joven morena, se llama Milagros y es la cocinera de la casa grande? Acá no ingresa una buena muchacha desde hace… mil años. Le sirvió una ginebra que bebió de un trago. Puso una moneda sobre la madera oscura y lo miró a los ojos. Sepa, compañero que se le pagará bien cualquier dato. El mesero se volvió hacia una puerta que estaba entre abierta. ¡Julián, viste a una tal Milagro? No jefe. Ni idea. ¿Lo juras?

El juramento sobre una Biblia mustia, lo hizo salir rápido. Vamos de regreso a casa, nadie la ha visto. Por el camino vieron una figura iluminada apenas por los refucilos. ¡Es ella! No Ambrosio, esa es muy pequeña. De cerca, advirtieron que era una mujer a la que le habían cortado la cabeza y le colgaba de un lazo sobre el pecho. ¡Diantres! Paremos. Yo no me detengo. ¡Un alma en pena, Ambrosio, un alma en pena!

Siguieron al trote rápido y al volverse, había desaparecido la imagen. Llegaron a la casa y encontraron el cuerpo de Milagros que se había desplomado desde un campanil en la zona alta del tejado. ¿Qué hiciste muchacha? Cuando la sacaron del fango, entre sus ropas de cocinar a diario, encontraron el retrato del hijo del patrón.

Cuando el padre comenzó a indagar supo la verdad. Su amado hijo iba a ser padre del niño que la cocinera, esa que todos amaban, y el, despreciaba por ser una simple muchacha de servicio, tendría de sus amoríos mentirosos.

Ambrosio y el cochero, no quieren andar los días de tormenta por los caminos por temor a  encontrarse con la mujer sin cabeza o Milagros, transformada en fantasma.   

lunes, 20 de abril de 2026

ZORAIDA

 

Zoraida, miró por la ventana desde donde podía observar qué hacían los niños. Sus mellizos de seis, Elenita de cuatro y la beba de dos. Jugaban bajo el sol tibio de la mañana. Ella trajinaba ollas y sartenes para llegar al medio día con esos exquisitos olores a hogar de campo. En realidad no tan de campo, pero los frutales daban la sensación de estar en un predio campestre. Peló las patatas y las cortó en cuadrados pequeños para hacer una buena tortilla. Del gallinero, a las seis de esa mañana había ido al fondo, en ese gallinero medio improvisado que había construido Donato, recogió huevos frescos.

Miró por setecientas veces por la ventana y todo era normal, las risas y juegos, le llenaban el alma. ¡Sus hermosos hijos! Eran el motivo para seguir viviendo después de los largos períodos cuidando a su madre con Hailzalmer. Su padre, que había perdido el trabajo después de la juega del 85, había caído en una depresión que lo llevó a la tierra en un coqueto parque jardín lejos de su casa. Volvió a mirar y todo seguía igual. Quieto o mejor dicho, hilarante.

Sonó el siembre, salió a buscar un sobre que traía el cartero para Donato, firmó una planilla y oyó los gritos. Salió corriendo. Mamá la nena, no respira gritaban los mellizos, Elenita lloraba desesperada. El cartero entró corriendo y sacó a la beba del agua. No respiraba. Esa pequeña pileta de lona se había transformado en un instrumento de terror.

Cuando llegó Donato, ya la habían llevado al sanatorio. Estaba muerta. La bebé estaba muerta y Zoraida, entró en un estado de shoc inimaginable. Alguien la inyectó con un sedante. Donato, con un profundo dolor se hizo cargo de todo. Los mellizos y Elenita se habían quedado con su madre, que ya añosa, no podía lidiar por mucho tiempo con los niños.

 

Me mira un ojo en el crepúsculo de la campiña. No hay nadie. No puedo hablar. El ojo sigue ahí y me persigue. Se agranda, es ciclópeo, se agiganta. No me toque. ¿Usted ve el ojo? ¡No, mejor! Porque a veces se transforma en una aguda cuña e ingresa en mi boca hasta la profundidad de mi cuerpo. El ojo ve el aire que penetra levemente celeste, como el agua de una piscina, y luego se oscurece. Es azul. Es índigo. Llega a ser rojo y solazarse en su mirada penetrante. Me mira. Un ojo. No me toque, no quiero esa medicina que me obligan a tomar. Pierdo el itinerario del ojo. Se escabulle entre las habitaciones y mira. Mira como escudriñando a los niños. Pero también se detiene a los pies de mi cama, bueno, no es mi cama. El ojo, no me deja estar en la mía propia.

A veces lo veo púrpura como sangre que aspira obsesionado. Me roba el oxígeno vital como a "Ella". Me inmoviliza. Llega la aurora y el ojo está allí, en mis pulmones y mira el interior de mi corazón destrozado. Déme esa medicina que me permite mágicamente desplegar mariposas en mi interior con alas transparentes. Pero no veo por dónde pasa el ojo. También la veo, a "ella" entre pétalos de espuma que derraman suspiros. Y el maldito ojo se transforma en blanca opalina, como el estuche en que la pusieron. Desparrama manojos de burbujas en mi vientre donde anida ella. Puja por salir. Se estira. Atraviesa la membrana que recubre mis pulmones. Y allí se detiene el ojo. No puede salir, ella, se desliza con gritos que sólo yo oigo en mi corazón destrozado. Es una espiral metálica que penetra junto al ojo. Salta. Sale y entra. Se despliega como un torrente de colores atrevidos y detrás ciento de ojos corren buscando atragantarme. No me toque. No quiero esa medicina. Ella está por nacer. El ojo no la deja, yo pujo y pujo. No nace. La bebé no nace. Los ojos me aprietan el vientre para que no pueda parirla.

Doctor... ¿Qué podemos hacer? No entra en razón, no quiere seguir el tratamiento. Su esposo nos ha pedido una respuesta. ¿Qué le digo? Que traiga a los otros niños con frecuencia, le cambiaré la medicación y la llevaremos a un especialista en estos traumas. ¡Gracias doc.!

Ayer, después ocho meses de hablar con la especialista dijo: ¡El ojo cayó en un hoyo profundo! Se detuvo y yo lo encerré en la tierra en un hoyo bien profundo. El ojo, no me podrá impedir estar con mis hijos. Ese ojo se detiene y yo, volveré a la vida. Donato, Cristian, Pablo y Elenita, me esperan. Y por primera vez lloró, lloró como nunca lo había hecho desde aquel fatídico día que la bebé cayó jugando a la pileta de lona de la casa de campo.

viernes, 27 de febrero de 2026

EN EL NILO, EGIPTO

 


La llegada a Egipto fue tormentosa. El avión tenía una falla en el tren de aterrizaje y dio decenas de vueltas sobre el desierto para gastar el combustible. La gente en general, no entendía qué pasaba y desgraciadamente por razones obvias yo me daba cuenta (mi marido pertenece a la aviación) y era interesante ver el desierto. Supe luego que Sahara en árabe quiere decir desierto, que gracioso, decimos desierto de Sahara y es repetir lo mismo.

Bueno, luego de aterrizar nos dicen que a las tres de la mañana nos pasaban a buscar al hotel para subir al paquebote que nos llevaría río arriba por el Nilo. Yo, me quedé pasmada, ya que odio levantarme temprano. Pregunté por qué a esa hora y el guía me miro con un gesto sarcástico… ¡Por el calor! Y, sí, cuando estábamos en el vaporcito, a eso de las diez, hacían 43 grados… allí comprendí lo que era el calor.

Los hombres usan ropa blanca de algodón y turbante del mismo color, sandalias y las pobres mujeres, todas de negro con guantes y cubiertas hasta los tobillos y las muñecas, sólo se les ve los ojos y las manos.

La cabina era buena, pequeña, pero bien organizada. Con una cama amplia pero separada por las sábanas (famosas por su calidad) para que cada persona no tocara el cuerpo del compañero o compañera de viaje. Un hermoso balcón desde donde me podía sentar a observar a las mujeres lavando en el río Nilo en las orillas, rodeadas de chiquillos ruidosos y alegres que chapaleaban en el agua que corría hacia el mar Mediterráneo. A la hora de almorzar, ya había subido el termómetro a los 50 grados. Sólo el aire que movía el río hacía sentir un cierto alivio.

Una cosa que me maravilló ver al amanecer la salida del sol. Era un disco rojo que por la arena que es sempiterna en esa tierra, se veía velada como cubierta por una suave mantilla opalescente.  A esa hora era un látigo de fuego. El famoso Amón Ra de los antiguos era un castigo para nuestros cuerpos acostumbrados al clima del sur de América.

Mi amiga, quien había aceptado hacer el viaje junto a mí, compañera de colegio y de la vida, salía de un divorcio doloroso, dejando a sus dos hijas esperanzadas en un futuro mejor para su madre. Yo, siempre había soñado ir a Egipto, para lo que había leído cuanto libro y texto hablara de la antigua civilización de los faraones. Debo reconocer que me llevé una gran decepción. ¡Nada era como lo pintaban los libros!

Mi familia, esperaba que pudiera encontrar esa magia de las cosas del pasado. No fue así. El barco atravesó el Nilo desde cerca del Cairo, hasta la frontera con Sudán. En la ruta fuimos conociendo los monumentos que están diseminados a las orillas. Todos mal cuidados, sucios, llenos de gente que se agolpaba en ellos sin permitir ver los extraordinarios trabajos de piedras con jeroglíficos que se desgranan con la arena de los vientos y que nuestro guía, un hombre que hablaba trece idiomas y nos cobraba muchos euros por día, no nos explicaba por ser devoto musulmán. Según nos decía, era pecado para él, entrar a los viejos templos con dioses paganos. Conclusión que salimos del viaje con muy pocas experiencias arqueológicas admiradas. ¡Un raro espécimen que corría para poder orar según escuchaba el sonido en los altavoces de mezquitas que pueblan todo el territorio!

En el vapor, nos habían ubicado en una pequeñísima mesa detrás de dos columnas y éramos las últimas en ser servidas. ¡Nos llamó la atención! ¿Qué pasaba? Éramos dos mujeres solas y dudaban de nuestra sexualidad. Joder, tuvimos que quejarnos. Al llegar al Cairo, en un hotel maravilloso, con piscinas y músicos haciendo arte internacional, nos teníamos que ubicar separadas de los árabes.

Ni soñar usar bañador y entrar en el agua, a pesar del calor. Por ser mujeres nos estaba prohibido. Entre los recuerdos que queríamos comprarnos, eran réplicas algunos cartuchos o imágenes de joyas de la época antigua, de plata u oro con turquesas o lapislázuli o coral; nos llevaron a una joyería. En ese lugar vi una de las únicas mujeres, que le habían permitido trabajar su familia. Usaba una “chilaba y velo color rosado”; no lo podíamos creer. Hablaba un buen italiano, por lo que pudimos saber que había estudiado y sabía leer y escribir. Ella nos comentó, que el ochenta por ciento de las mujeres son analfabetas y sólo aprenden el Corán de memoria. Y los hombres aprenden si son de cierta clase social. La policía en su mayoría es analfabeta. El tránsito en el Cairo era un caos, no hay semáforos y a veces convergen por el mismo carril de frente en dirección opuesta, tal que se atascan los vehículos.

Cuando regresamos a la capital, siempre veíamos enormes fotos de su presidente, Mubarak, quien al poco tiempo fue depuesto por una revuelta de religiosos. Y llegó el sueño mío de toda la vida entrar al Museo Nacional. El guía corriendo nos acercó a la sala donde está el famoso “Faraón Tu Tan Kamon”. Una experiencia increíble. Su máscara es una maravilla. El sarcófago de oro es algo inexplicable. ¿Cómo pudieron, hace más de cinco mil años, trabajar esa obra de orfebrería tan preciosa? Vimos algunas joyas y trajes, un carruaje y de pronto…nuestro guía llegó corriendo y nos sacó del lugar. Nos llevó a ver la estatua del único faraón que era monoteísta, cuya figura es muy diferente a otras y nos alejó del museo. Mi enojo aun persiste. Siempre me gusta estar horas en los museos que visito y allí no nos dejaron, por ser de otra religión y ser mujeres.

Entonces, le sugerimos, que queríamos ir a la Biblioteca de Alejandría que es un monumento hecho por las Naciones Unidas y es Patrimonio de la Humanidad. Queda a trecientos y tantos kilómetros de El Cairo, y allí tuvimos otra experiencia hermosa. Contratado el automóvil, el chofer nos puso en la zona trasera cubiertas las ventanillas con cortinas negras. No veíamos nada a los costados. Una música que aturdía y no nos hablaban, ni el chofer ni el guía al que le habíamos pagado una pequeña fortuna. Mi amiga con el calor, comenzó a descomponerse y le debimos obligar, luego de una discusión que fue de antología, que sacara las cortinas y pusiera el aire acondicionado. Lo hizo luego de amenazarnos con el infierno, siguió la ruta con la música enloquecida y la velocidad de una carrera de fórmula uno. Creíamos que moriríamos en el intento. Pero a Dios gracias llegamos ilesas a la Biblioteca que es una maravilla. ¡OH, sorpresa, allí vimos algunas muchachas que estaban estudiando!

El día que salimos de Egipto rumbo a Roma, sentí que mi corazón estaba roto. Ni vagar por las pirámides, ni ver los magníficos estantes de la biblioteca, ni el agua limpia del Nilo en su zona cerca de Sudán, me devolvían el sueño de conocer el Egipto soñado.

Después de esa experiencia, ya en mi ciudad, escuchando los noticiosos de Televisión supe que habían derribado el gobierno y se instalaba una corriente islámica de mayor ideología y que el pueblo estaba muy feliz. Hablaban algunos opinólogos que había mucha corrupción. ¡Pero en qué lugar del mundo no la hay! Desgraciadamente, ese magnífico pueblo vive de antiguos esplendores, que no cuidan y la ignorancia los hace sumir en una pobreza enorme. ¡Cómo lo siento! Pensar que fueron tan importantes en la historia del hombre y cuna de grandes matemáticos y de ignotos arquitectos e ingenieros.

Ver en las rutas familias andando en asnos, con parvas de heno y la mujer envuelta en sus ropas negras con cincuenta grados de calor y los niños detrás, desnutridos y descalzos… mejor miro los programas de History Chanel y conozco lo que no pude ver en la tierra de los faraones.