martes, 24 de septiembre de 2019

LA SEÑORA DE TAL




            Llegó en verano, con altiva mirada. No saludó a ninguna de las personas de la cuadra. Vestía con  la última moda que mostraban los magacines y vidrieras de los escaparates más caros. Sus largas piernas perfectas, su cabellera hermosa, larga y de un dorado perfecto. Manos impecables y cuerpo escultural.
            La casa era muy bella, grande, iluminada y discreta. El personal llegaba temprano y se retiraba tarde. Tres automóviles diferentes esperaban en el garaje.
            Un cambio en la economía me dejó sin mi puesto en el banco y salí del apuro, cuando Ernesto me ofreció su taxi. ¡Sólo de noche! Claro, de día lo trabajaba él. Salí de 23 a 6 de la mañana. Difícil acostumbrarme a ese horario, pero Carmelita, mi esposa  trabajaba en una escuela y el salario era escaso.
            Ella, la vecina nueva jamás nos saludó y menos ahora que yo salía de noche con el taxi. Y un día, como por casualidad me mandan a un motel de lujo a buscar una pareja. El muchacho era joven y salió muy nervioso. Detrás, ¡Oh, sorpresa! Ella, nuestra vecina. Un sudor frío le recorrió la frente. Subió atrás y el hombre me pidió que la llevara a su casa, que el viajaba en unas horas. ¡Era el amante! Pero no mostré el más mínimo asombro. Me suplicó silencio. Yo le prometí discreción y secreto. Unas lágrimas le hicieron correr el rimel. Le pasé un pañuelo de papel y se secó las lágrimas.
            ¡Si mi marido sabe… me mata! Yo no la he visto, dije. La dejé en la puerta de su casa, luego de dar unas vueltas para que se tranquilizara. ¡Gracias!
            Ahora cuando sale me saluda afable. Y a mi esposa le dije que la traje del cine junto a unas amigas. ¡Cómo nadie se imagina, no quiero una muerte en mi conciencia!

MOLE DE PIEDRA




Alguna vez
Fui arcilla adorada por un dios de piedra.
Otra
Fui esculpida en oro blando como lluvia.
Fui fría tal una diosa agreste y taciturna.
Con olor a sombra y cascada en mi sonido.
Con sabor indefinido a magia verde.
Cuando el roce gélido sea agresivo,
mi piel pondrá el zumbido de citros y cascabeles de plata
en los oídos.
El gris me vestirá los pies descalzos
El pasado emitirá suspiros
Caminaré por la ruta misteriosa del olvido.
Mole de piedra, seré.
Alas de esmeralda crecerán luego
y volaré como un ave en la aurora.


EL EUNUCO



            El disipado eunuco se ufanaba por merecer una mirada bondadosa de la diosa.
“Minouca” era una semidiosa de un Olimpo creado en un siglo disparatado. No había en los anales nada concreto sobre esa semidiosa, excepto que apareció su hermosa estatua de mármol en los baños y hubo quien inventara su historia. No le creían sus compañeros que en los baños de la isla, había una fuente en la que podía entrar con su gruesa barriga deforme y salir luego de los festines de la “mujer” con su vientre plano y sin esa espantosa blancura que se aferraba a su piel como araña cristalina.
             Manatiel había sido vendido a una caravana, a unos traficantes de humanos en el desierto. Otros eunucos se reían a pesar de sus dolorosas vidas, rotas y deformadas por la práctica innoble de los esclavistas.
            Había unos de piel tan oscura como la noche sin luna, otros de ralo pelo rojo y ojos glaucos, estaban los que tenían cabellos blancos como la nieve y ojos rojos como sangre; todos movían las manos de dedos regordetes como brazos del pulpo del Mediterráneo.
            La única posibilidad de regresar a la vida anterior, era la muerte.
            Tal vez, al renacer, serían hombres enteros. Lo despertaba, las campanillas y cencerros que sus amos le ajustaban en los tobillos al venderlos.
Su vida con suerte, era ser juguete de unas jóvenes en algún harem. Le temía a los amos que eran crueles y lascivos. En su infancia, recordaba, había conocido el amor de los brazos de su madre. Su vida se transformó en un territorio de dolor y furia.
            Cuando, siendo casi niño, le arrancaron los testículos, fue una muerte interior y se juró no volver a vivir, a soñar o a reír. Pero con el tiempo su cuerpo se fue ablandando y su ánimo desestructurando.
            Un maestro le enseñó a respirar, a armonizarse con la naturaleza. Conoció nuevos dioses, nuevos semidioses y a otros eunucos, que como él, no tenían voz en el concierto humano.
            Le cambiaron el nombre. Ahora se llamaba Plotino y le dejaron en claro que no tenía derechos. Era un esclavo.
            Salió el raro vapor que envolvía todo el baño, y la vio. La diosa Minouca había cambiado. Su dulce sonrisa lo abrazó y se fue quedando dormido en el sopor que le despertó un sabor agridulce. Soñó por primera vez desde aquel día. Voló como un águila blanca sobre valles y montañas, sobre el mar que calmo transformaba suave la costa bravía.
            Regresó a ser niño. Y unas alas que crecieron en su cuerpo; de plumas doradas fueron tornando color rubí, luego morado y finalmente negro.
            Cuando, abrió los ojos, la que fuera de mármol, se había transformado en “mujer”, bella y apetitosa. Lo besaba en todo el cuerpo que por efecto de la sensualidad se había transmutado en hombre. No quiso volver a la vida.

BRINDO





Brindo por la palabra que embriaga mis sentidos
Las que arrebatan mis sombras y las llevan al espacio
Brindo por los poemas que como fuego me encienden
Un fuego que juega limpio entre las manos hambrientas
Esas poetas que viajan al extremo, al paraíso esperado
Fuerza de diálogos vivos atravesando la vida
Reto a la magia del viento desparramando belleza
Brindo por ojos lejanos, por labios que dicen poemas
Por pasos de duendes que engarzan, melodías azules
Cascabeles celestiales, arpegios que crepitan en las calles.
Brindo por los que sueñan, los que trafican palabras,
Los que construyen montañas con versos y mariposas.
Por toda la poesía que vuela entre nubes blancas. Brindo.

viernes, 20 de septiembre de 2019

ME DIJO QUE...




Me dijo que en la noche escondiera el jadeo de la sombra
no mostrara la luna sin la cinta de cristal amarillo
que despejara el bosque de pájaros e insectos
que acallara el murmullo  en las ramas de los altos pinares
y también me dijo, que el rocío será mi lecho de espuma
donde descansaré la cabeza adormilada. Almohada de azabache
el cielo milenario y altanero de estrellas fugases.

Cabrá un sangriento despertar de rayos en el horizonte,
 morirá la noche, me dijo, y será el abrasador saqueo de tu sueño.
Vendrá la encendida pared de pétalos a cubrir tu desnudez
para rivalizar con Venus o Ariadna en la epopeya de la suerte echada.
Me dijo que mirara en el desierto amargo de los pajonales
donde el viento arranca ruido y quejas, cediendo a un amo incontrolable.
Ven, me dijo, espérame en la duna  inmutable, en el Edén atávico de tu fragilidad
y domínate en el dulce despertar travieso del guía pendular de los sueños.

Todo eso me dijo y finalmente se fue.



TAL VEZ EL DESTINO QUISO…



            Mi avión había aterrizado sobre la pista helada. Los flaps se desperezaban en la fría mañana cuando anunciaron que el vuelo no continuaría hasta el día siguiente. Problemas de tránsito aéreo.
            Protestas, quejas y hasta llanto en algunos pasajeros ansiosos. Frankfurt era mi destino y el de muchos otros. Pero allí nos quedábamos por una noche. Apenas entramos a la manga, unos jóvenes exquisitos nos entregaban los “tikets” de comida y hotel, para esa etapa impensada. El transporte estaba allí regulando motores para que no se congelara  el gas oil. -22º a esa hora impedía hablar.
            -¡Qué clima asqueroso tiene París! – despotricó un yanqui. Lo miré indiferente. Con el efecto invernadero, en todas las regiones del planeta hay problemas climáticos, pensé. Seguí mi camino hasta llegar al bus que nos esperaba. Un africano al volante sonreía más por el frío que por alegría. ¿Pensará en su tierra natal con 50º sobre un desierto inhóspito? Con sólo mi mochila por equipaje, me acodé en la barandilla observando a los que me rodeaban  e imaginé la vida de cada uno como distracción. Odio la soledad de los viajes de trabajo.
            Luego de atravesar la zona del aeropuerto y dejar atrás los suburbios, el bus subió a la autopista. La bruma me impedía visualizar París.
            Nos detuvimos en un hotel de segunda categoría. Parecía pasable. Me alojé en una habitación pequeña. Ya solo, atiné a mirar por la ventana. Un extraño paisaje se inmiscuyó en mi vista. Desde la pequeña ventana se podía observar un túnel, en una autopista secundaria.
            La velocidad de los vehículos le infundía vida. Parecía un carrusel de luces que iban y venían como el tiovivo de un parque de diversiones. Me detuve a ver los enormes tensores de acero que sostenían las columnas y parte del puente de ingreso.
            Dejé de mirar para acomodar mi pequeño equipaje. Sentí un chirrido. Un grito. Un estruendo. Desde el pequeño recuadro pude ver humo. Como médico que soy, salté y corrí escaleras abajo. Atravesé la recepción del hotel y quedé frente a una verdadera lujuria de autos con sus cláxones y luces que  se detenían frente al derrame de petróleo de un vehículo, que volcado comenzaba a incendiarse.
            Frente a mí un cuerpo cobijado en sangre tibia sollozaba. Con pudor me identifiqué. Un policía me permitió acercar a regañadientes. De rodillas tomé el pulso de la joven cuya belleza había escapado con la misma velocidad del estruendoso destino. La oscuridad de su fatalidad me dejó más helado que el aire helado que me atenazaba el rostro. Yo temblaba. Frío. Hacía mucho frío. Me mordí los labios cuando limpiándole el rostro reconocí a la hermosa modelo Aleida Irazú. Actriz famosa por su belleza y talento. Yacía ahí, moribunda. Me tomó el rostro con sus manitas finamente manicurazas. Tenía varias uñas rotas y el carmín competía con la sangre. Acercó mis labios a los de ella y dándome un besó inesperado cerró los ojos. Así penetró en la distancia y oscuridad del túnel.
            Una suave nevisca deslizó su pena sobre ese pequeño espacio de París. Eran apenas las 18,30 horas. En mi lejano país del tercer mundo, tan sólo se hablaría de ella y la tragedia. Sobre las piedras un palomo arrulló a una palomita blanca acurrucada junto al bolso de piel violeta de la muchacha.

CUENTO INÉDITO


“Odio la mentira...he mentido por amor”

                       
                        Llamarla Olvido es una premonición. ¿Cómo se les ocurrió ponerle ese nombre a una muchacha hermosa? Siempre me pregunto si yo me llamo Victorio porque mi vida debía ser una victoria constante contra las dificultades. Y sí que las he tenido. Desde que era chico, siempre me contagiaba de las enfermedades que viajaban por los pupitres de la escuela. No me salvé de ninguna: varicela, bronquitis, rubéola, otitis y hasta me quebré el fémur jugando al fútbol. Me curé bien de todas y soy un tipo saludable. ¡Pero cuando la conocí Olvido...me imaginé que siempre se estaría yendo, despidiéndose y sin amigos! De amor ni hablar, porque como la letra de un tango, las calles empedradas le dirán adiós cada vez que abrazada por un hombre se moviera por el piso lustroso de cada pista de baile del arrabal. Algunas veces perdí plata en la `rula´ nada especial, otras gané, gané amigos en los burros, en la timba, en los café...cuando voy por Avellaneda o por Congreso en bondi siempre siento un ¡Chau Victorio! Sos un grande...amigo. Y sí, yo tengo que decirle que mi casita en Villa Urquiza está siempre abierta para los amigos. Pero usted Olvido, cuando llega a su casa, a su cuarto ¿quién la espera? La gata y el canario. Yo tengo un perro, esos que se llaman de plaza, esos que en primavera se enamoran y se traen a cuesta los perritos de arco iris. Son leales como yo. Bueno ya me va a conocer mejor. Mire mujer bonita, es agradable decirle que apenas la vi detrás del mostrador en Gat & Chávez me pareció un paraíso. Paradita allí con su cabello recogido, sus sedosas manos, una bocanada de pétalos nacarados. Cuando me nombró: ¡Victorio que alegría volver a verlo! Le juro Olvido, que las vidrieras se me hicieron chiquititas. Eran fanfarrias sus palabras. Otra victoria más en mi empecinada vida y solté el revolver con el que apuntaba... y me olvidé a qué venía. Ahora espero los días de visita para verla. Me trae esos buñuelos y esos pañuelitos de dulce de leche que me enloquecen. Sólo le pido que vaya a darle de comer a Chicho, el pobrecito no tiene a nadie, sólo a mí y a usted, mi bienhechora. Si me teje un suéter, le ruego que las mangas sean un poco largas, así me caliento las manos. Hace mucho frío acá. ¿Se acuerda el día que la conocí en el Parque Japonés? No podía creer que existiera una muchachita más flaca y débil. Usted tropezó en uno de los carromatos del tren fantasma y yo la levanté. Era liviana y perfumada. Tomamos un cortado y me contó su historia. Su nombre me hizo pensar que hay padres para todos los gustos. Mire el mío. Venir a suicidarse porque mi madre se fue con su mejor amigo. ¿Qué sería de la vida de ella? Nunca más la vi. Es cierto que muchos me ayudaron y fui a la escuela, hasta sexto solamente, pero aprendí más cosas de lo que nadie se imagina. ¡Olvido tengo que nombrarla para saber que me espera! La casa de Villa Urquiza será nuestro nido de amor. Le prometo que voy a abrir un tallercito para reparar radios. Acá aprendí a repararlas con un tipazo. Se escucha mucha radio aquí porque uno se siente solo. Ayer vino Gervasio, el vecino, el que tiene el reparto en el barrio, me contó algo extrañado que la ve siempre ir y venir. Yo le rogué que la ayude en todo lo que pueda. No es fácil trabajar todo el día y después viajar para asear la casa y hacer comida para el animal, es cierto, pero todo será por amor. Porque yo la amo Olvido y cuando salga nos casaremos. Usted es lo más precioso que he tenido y tengo en la vida. Juntos formaremos una familia. Con todo mi amor.                                                                                                                            Victorio.

                         ¡Eh, Victorio, desde cuando está de vuelta? Ya no se la ve a la muchachita rubia que venía siempre. ¿Qué fue de ella? Era guapa vino siempre a limpiar, darle de comer a Chicho y regar las plantas. Parecía buena. No me diga que se fue con otro. Y bueno, a veces se cansan de esperar y usted es un hueso duro de roer. ¿Nunca se quiso casar por la historia de su papá? Es lógico. Es difícil digerir ciertos temas. Igual no se olvide que vino siete años todos los días, con lluvia, sol, viento calor y un sin fin de inconvenientes para ayudarlo. Ah,  y le pagó a todos los que usted le debía para que pudiera salir adelante... ¡Qué mujer! ¡De hierro!

                        Al ingresar hoy a la casa recordé su dirección y le envío un mensaje para que comprenda mi situación. Cuando salí de la penitenciaría y no la encontré casi me volví loco. Hasta lloré. Después necesité sobreponerme como de todas las cosas. Me enamoré de la sicóloga que me ayudó y me casé. La vida continúa y creo que ambos hemos sufrido mucho. Ella, mi mujer me acepta con mis defectos. Sabe que me tira la timba y los burros y me comprende. Es una santa, como usted, Olvido que supo ayudarme en los peores momentos de mi vida. Ahora la molesto para pedirle si no nos puede prestar quince mil pesos. Se lo agradecería por esta mujer que está junto a mí ahora Ya sabe apenas tenga una buena racha se los devuelvo. Afectuosamente Victorio.

                        Amigo Victorio: después de los años que lo acompañé en su situación de espera, alimentando sueños, le ruego me haga el regalo de comprender mi situación. Usted sabe que me enamoré de  Gervasio y que gracias a él sacamos adelante las deudas que usted tenía con todo el que pasara cerca suyo. Conociéndolo ¿Cree realmente que le mandaría ese dinero, que no tengo, para seguir en la misma ronda de juego? Sálvese Victorio y salve a esa mujer de usted mismo. Afectuosamente Olvido. 

                        Cerró la persiana. La calle estaba desierta y Chicho se acurrucó entre los pies cansados. Ya no tendría noticias de Olvido y Gervasio, pero supo que había logrado con una pequeña mentira, la aceptación del alejamiento para siempre. Ya sus amigos serían felices sin nubes de reproches o culpas en su relación. Solo en la casa, con sus viejos recuerdos y anhelos sabía que había realizado una última obra de justicia. Que ellos fueran tan dichosos como podían ser. Se sentó a mirar una película en su viejo T.V. blanco y negro, se prendió un `negro´ y sintió que de alguna manera su victoria era superar el egoísmo. Olvido lo merecía. Era una gran mujer.