viernes, 27 de septiembre de 2019

CUENTO PARA CONTARLE A NIÑOS PEQUEÑOS QUE AMAN LOS CUENTOS DE MIEDO


UN MONSTRUO AMIGO… MORUCÓM.

         LA MONTAÑA DONDE VIVE MORUCÓM ES DE ROCAS GRANDES. ENTRE LOS PINOS HAY MUCHOS MONSTRUOS IGUAL A ÉL.
         SU PIEL ES SECA DE COLOR ANARANJADA Y TIENE UNAS RARAS ALETAS CON RAYAS AZULES. ¡POBRE! HUELE MAL, OYE MAL Y VE… PEOR.
         ¡SI NO FUERA POR LAS ANTENAS NO ENCONTRARÍA SU CUEVA! POBRE AMIGO MÍO.
         TIENE UNA NOVIA Y SE QUIERE CASAR. SU PAPÁ LE CONTÓ QUE TENDRÁ QUE ESPERAR TRES     AÑOS PARA VIVIR EN SU PROPIA CUEVA.
         CAMINA LENTO Y JUEGA, A VECES CON LOS PÁJAROS GRITONES DE COLOR ROJO FUEGO.
MORUCÓM SÓLO COME GUSANOS. SU CACA ES OLOROSA Y COMO TIENE MUCHO AGUA, OTROS ANIMALES VIVEN PICOTEÁNDO SU CACA. ¡PUAJ! QUÉ ASCO…
         PERO ÉL ES MI AMIGO. YO LO QUIERO. CUANDO TENGA HIJITOS, YO QUIERO QUE MI PAPÁ ME REGALE UN BEBÉ DE MORUCÓM.
         ¡PROMETO CUIDARLO!
                                                                  JORGITO.

COMO NIÑO




Como niño avanzo hacia la luz
Retorcido en la espera de un sonido musical
Con los reflejos del sol en la nieve de mayo
Aproximando el cuerpo a la fogata de unos ojos
Ojos que atrapen la neblina de mis sueños

Como niño busco la voz cantarina del agua
Edulcorada de rocío en la mañana de febrero
Cambiando el solsticio de su boca y sonrisa
Con las palmas abiertas en jugosa fluidez.
Mirando la montaña que anuncia otra vida


TRAICIÓN





Un pensamiento vuela hasta ser atrapado
Por el hada que anuda la dicha y el dolor.
Un miedo que atormenta el corazón perdido
Ese, que se mueve hacia el peligroso sueño de amor.
Rojo profundo, él olvidó su rostro en la vana inconstancia
De otra aventurada escapada al misterio
A la extrema victoria de conquista y perdón.
Dónde quedó el suspiro y la lágrima etérea
Dónde el beso robado, dónde el abrazo burlado
A quien miente una espera que bifurca el tedio
Una afrenta a la ingenua esperanza traviesa
De una niña que espera el sublime candor.
Esa niña atrapada que esperará y espera... un amor
Que no llega y un recuerdo burlón.  


LILA


             “Cae lentamente al estanque, donde los nenúfares le hacen bromas a las libélulas que copulan para continuar con la vida” Anónimo.
         La pequeña Lila va dejando esa edad, cuando no se ha vivido sino una niñez tranquila y festiva. Al cumplir los once años, su amada Edelmira, madre del corazón, comenzó a tener esa tos pertinaz y dolorosa, que la derrochaba sobre blancas sábanas y almohadones orlados de puntillas. Comía poco y dormía mucho. Su piel se transformó en un frágil alabastro suave, a veces ambarino, a veces por las fiebres y calenturas de un encendido color encarnado. Una fina pedrería de sudor, refrescaba su arrebol. Cual rocío matutino cada prenda que cubría su escuálido cuerpo humedecido, el satén y las sabanillas. El ralo cabello otrora dorado, era una mata selvática que desparramaba sombría, desdibujada y pajiza.
        Lila la veía como se iba deshaciendo día a día. Casi como una hoja transparente de seda, o de esas que se colocan entre las hojas de los libros y semejan un encaje ocre, simulando ser hoja, simulando ser un tul de finísima estructura. La amaba. Espiaba cada momento sus convulsiones que comenzaron a ser cada minuto más cercanas y terminaban con unas gotas de sangre. Los ojos hundidos y condecorados por medialunas violáceas.        Su padre, Alcides Morelos, la había traído cuando Lila apenas daba unos pequeños pasos para caminar, y ella, le dio la mano y el amor de una madre inexistente. Nació del amor de ellos, un muchachito de cabello negro, ojos oscuros y rebelde. Creció jovial y dislocado. Reía y rompía cada regla, cada voto, cada reflexión que quisieron inculcarle, en la casa era infrecuente verlo sentado a la mesa, dormir a las horas apropiadas y en la escuela duró tan poco que apenas aprendió algunas letras y números del ábaco.        Siempre el padre observaba a ese muchacho díscolo y mal aprendido, con desconfianza. Y sí, un día se escapó llevándose una jaca brava. Tenía apenas doce años. Lo trajo un juez, con un moretón en la mejilla y un brazo fracturado. Sin caballo y sin zapatos. El padre, pagó la deuda de los destrozos que había hecho en el pueblo y lo encerró una semana en la alcoba. Lila le llevaba en escondidas algunas confituras y limonada fresca.        Salió más tranquilo, pero… lleno de ganas de vengarse. Edelmira murió. Su esposo, lloró sobre el cuerpo triste y el corazón vacío. Lila lloró a su lado y juntos la llevaron bajo el jacarandá que ella amaba.        Cuando el muchacho cumplió quince años, su padre fue a buscar un cargamento del puerto y se quedó dos meses, esperando el barco. Cuando regresó encontró a Lila con el rostro sombrío. Callada y triste. Creyó que extrañaba a Edelmira. Pronto supo que la muchacha estaba embarazada. Su hermano, la empujó por la escalera y el niño murió sin nacer.        Pasó un tiempo en que el padre trató de saber quién era el padre de aquel vástago. La niña callaba. Cada momento más taciturna y esquiva. Su hermanastro la miraba con dureza y presagio de golpizas. Ella cumplió quince años y el muchacho catorce. Lila le rogó a su padre que la dejara marchar de la casa a un convento. No era posible que la aceptaran si sabían del embarazo y pérdida. Se transformó en un fantasma en vida. Cada noche, encerrada en su alcoba, espiaba por una hendija cuando su hermano pasaba rondando por los pasillos como gato silenciero.        El padre necesitó marchar nuevamente al puerto y cuando regresó, ella nuevamente estaba encinta. La duda ya no era duda, claramente era el muchacho el causante de ese destrato. Golpeada y arrastrando su pudor adormecido, llegó a término. Nació una hermosa niña. El muchacho, en la noche, la tomó cuando Lila dormía y la llevó al río y allí la arrojó sin el menor dolor.        Los gritos despertaron la casa. ¿Dónde está la niña? ¿Adónde y quién me la ha quitado? La risa descontrolada del muchacho dejó a todos boquiabiertos. Un malvado demonio vengativo. Un truhán. Un asesino.        Con quince años había sido capaz de abusar de su hermanastra y matar su hijo. El padre tomó la escopeta y sin pensarlo mucho, lo corrió por el campo y lo acribilló cayendo, este, sobre el trigo dorado que ya maduro, quedaba mojado por la sangre de quien fuera de su propia sangre.        Dicen los lugareños que al día siguiente Lila flotaba en el estanque junto a las libélulas y flores de pétalos blancos.   

TANGUERO




Como hombre ató las burbujas de nieve
para amarrarla con lianas de rosas a su amor.
Dijo el poeta, en la sonata nocturna de aquel tango.
Pero llegó la noche y los envolvió el ensueño
Dio media vuelta, él, y las piernas, atraparon la luz
Bailaron la milonga con trazas de malevos.
Ella apenas movía sus lujosas caderas
El tocaba la espalda con magia de poseso.
Los violines lloraban su sueño de bohemia
El acordeón gemía su tristeza de piedra.
La soledad cantaba junto a la mujer morena
Y entre las manos mustias un cigarrillo murió.


LA ABUELA


                                                                             ¡He cometido la indiscreción de seguir viviendo! Jorge Luis Borges

Entró corriendo, deshilachando el aire cálido de la calle. Dentro de la casa un suave fresco envolvía el cuerpo de la abuela anciana. Estaba sola y sentada como una muñeca de seda y puntillas. Su cabello largo, suelto atado con una cinta azul, algo desvaído. Las manos, como dos alas de golondrinas heladas, se apoyaban sobre un almohadón de terciopelo rosa. Parecía una reina triste. ¿Cuántos años puede tener, se preguntó la nieta?
Se acercó y la besó levemente en la frente. Estaba tibia y suave entre las profundas heridas que llaman arrugas. Son señales de la vida. Señuelos para el ángel negro. Le preparó un té y se sentó a su lado. Abrió el libro de poemas y le leyó con calma el último que había dejado marcado con unas hojas de tilo. La abuela, cerró los ojos mientras discurrían los poemas. En su juventud era quien recitaba frente a una concurrencia eufórica. Antes, la gente amaba escuchar poesía. Había personas que leían por radio, en galerías de arte, en las plazas y en las noches de frío junto al fuego. Ahora se reirían de esa costumbre.
¡Pero la belleza no ha muerto! Murmuró con voz cascada, mi niña, lee ese, el de la página 27, el de Garrid. ¡Ese es muy bello!
Volvió a releer el mismo, ese que le pedía y luego la anciana sollozaba. Abuela te leo uno de Rubén Darío o de uno de Alfonsina… son más dulces. La mano apenas se cerró en su brazo. Tráeme un vaso con agua fresca, hija, por favor. Y tomó el libro para abrirlo en la página 27. Cuando la muchacha regresó, ella se había dormido.
Seguro soñaba o simplemente entraba en un pasillo de amables recuerdos de amores contrariados. Apena la tocó. Abrió los ojos de un verde claro como agua y sonriendo le dijo: Mi pecado es seguir viviendo. Él ya se fue hace muchos años y si viene, me encontrará muy avejentada. No quiero que me vea así. ¡Por favor, llévame a la cama!
La envolvió en una bata delgada de seda verde y se acurrucó entre las puntillas de antigua hechura. Seguro, esperando que él, entrara en cualquier momento y la besara.


ESPERANZADA




Camino al jardín donde el frío de una mentira,
enmarañada de verdes frondas, pinta el atardecer.
¿Quién que domina con una venganza el futuro puede desterrarme?
Tus miradas me liberan de la miseria,
nunca estaremos manchados por el miedo.
Un espíritu benigno despeja el ojo de la ventana húmeda
donde  se refleja la historia de nuestra aventura
Quien nos amarró a las primicias de la cosecha de besos.
Soy caminante de las calles milenarias que esperan.
Donde fulge el sonido de los árboles y el tañer de las campanas.
Ese sonido sinfónico de insectos y de aves nocturnas.
Han pasado los años, es cierto.
Somos ancianos.
Vivimos con la lentitud de los caracoles.
Con las sonrisas de recuerdos que nos miran.
Esa es la mentira. Estamos vivos.