martes, 26 de noviembre de 2019

CONTRABANDO DE ESCLAVOS




Los habían arrastrado de la zona donde ellos habitualmente cazaban o iban a pescar. Tenían sólo cerbatanas y arco y flecha. Los hombres unos palos que echaban fuego como leños hirvientes. Los ataron unos con otros y los llevaron a la orilla del mar para subirlos, a los azotes, a un enorme barco de madera y humo. Su mundo derrumbado. No hablaban las mismas lenguas y peor era no entender lo que decían los blancos de pelo rojo como el monstruo del que les había hablado el anciano de la tribu en la infancia.
Y el barco se deslizaba entre un mar negro, invadiendo entre una paz fría y quieta de los seres de su profundidad animal y ellos, ellos contemplando asombrados al gigante que trataba de hendir su dichosa paz. Así era la nueva barca y un tumulto de olas que arremetían contra el barco con furia y codicia los sacudía.
Los hombres se apretaban en las hamacas en la profundidad donde se escondía lo poco que quedaba de agua y comida. Nadie tenía fuerza para atropellar a los que con un látigo estallaban en sus espaldas dejando marcas rojas, ira y fuego. Las miradas como carbones crepitaban odio, pero los hierros a los que estaban amarrados les impedían alzarse. Los negreros comían y fumaban sus pipas de cerámica sin mirarlos siquiera. ¿Adónde llegarían y cuántos? Si se iban muriendo lentamente de hambre y frío, de sed y miedo.
Ômorobo sentía asco por estar mezclado con otro infeliz que lo miraba suplicando piedad. Él, era un rey en su comarca. Tenía esposas que lo cuidaban y muchos hijos. Los animales que poseía eran compartidos por su gente. Allí, en cambio, se arrebataban los mendrugos de una comida hecha con fécula de mandioca y agua y el agua olía a orines. Él, tenía los labios rotos por la sed, pero no bebía ese líquido ambarino. El que lo hacía comenzaba a vomitar y se deshacía por los cólicos internos. Al poco tiempo moría envuelto en excrementos. Los hombres de pies de cuero, los tiraban con fuerza al agua y desaparecían. Los sacaba, una vez cada tanto y podía respirar, robaba un poco de agua limpia de una bolsa de cuero que usaba el más viejo de los blancos. Por la ubicación de las estrellas se daba cuenta que iban hacia el oeste y el sur. Estaba flaco y débil. Pero el orgullo lo mantenía alerta. Quedaban pocos, menos de la mitad que iniciaron la travesía. Algunas noches de tormenta los soltaban de los aros de metal que los ataba a los postes.
Una semana más y negros nubarrones y un viento helado, comenzó a zarandear el barco de tal manera que no hubo manera de sostenerse. Bajaron y los soltaron. Pero el maderamen chirriaba con el brusco movimiento de las olas enormes que los sacudía. Un estruendo enorme destempló la noche y la quilla se partió en mil pedazos. Volaban fardos, hombres y maderos. Ômorobo se abrazó a un madero que le permitió flotar. Hábil nadador, logró soportar la tormenta y se quedó dormido, pensando que moriría en ese mar maldito. Despertó con un ruido de tambores y se vio rodeado por gente de raro aspecto. No eran los blancos malditos ni eran los hombres negros de su tierra. Eran diferentes, pero amables, lo ayudaron con agua y en hojas de palmera le dieron un trozo de carne que devoró. Luego, su estómago lo devolvió sin vergüenza.
Pasaron unos días. No entendía el idioma de esa gente. ¿Adónde estaba? Un hombre vestido con una ropa blanca, de larga barba trató de hablarle en varios idiomas que no entendía hasta que vio que una palabra se la había escuchado a su anciano abuelo. “No eres esclavo aquí”. Esa palabra… esclavo, le retumbó en la cabeza. Vio que la gente vivía como en su tierra, en grandes cabañas de palma y barro, con su hoguera al centro. Había niños que corrían y jugaban con el hombre de barba. Cuando pudo caminar bien, se acercó a la casa del hombre. Lo vio rodeado de otros que compartían una calabaza con una bebida que sorbían con una caña fina. Un perro se acercó y le lamió una herida, lo apartaron y se reían.
¡Esta gente es pacífica, pensó! Podré vivir con ellos hasta que regrese a mi tierra. Ômorobo, no sabía que había llegado a América, a un país cerca del río más largo de la tierra americana y que nunca más podría regresar al África.


CANTIGAS ANTIGUAS


                 


Con penosa obviedad he perdido los destellos de tus ojos
Compartí la neblina que atraviesa tu cuerpo con la luna.

Amasé, entonces, la pared del silencio
Tus latidos abiertos al color azul grana del alma.
Atropellan los brazos de mi cuerpo inerte. Vida.
Cálmala con cantigas antiguas.
Verás que el sol vuelve en el horizonte arrebolando.
encontrarás tus pies en la pradera jugueteando con el verde
pasto debajo de los sauces y ceibos florecidos.
y una música antigua se infiltrará en las venas,
y una ráfaga de paz animará tu vida. Tu vida y la mía.

BRINDO





Brindo por la palabra que embriaga mis sentidos
Las que arrebatan mis sombras y las llevan al espacio
Brindo por los poemas que como fuego me encienden
Un fuego que juega limpio entre las manos hambrientas
Esas poetas que viajan al extremo, al paraíso esperado
Fuerza de diálogos vivos atravesando la vida
Reto a la magia del viento desparramando belleza
Brindo por ojos lejanos, por labios que dicen poemas
Por pasos de duendes que engarzan, melodías azules
Cascabeles celestiales, arpegios que crepitan en las calles.
Brindo por los que sueñan, los que trafican palabras,
Los que construyen montañas con versos y mariposas.
Por toda la poesía que vuela entre nubes blancas. Brindo.



AFUERA HACE MUCHO FRÍO


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                                                        Hacia fierros, hasta sus músculos parecían bronce o piedra. Sabía que era súper “macho”, un metro ochenta y seis, con su cuerpo bien formado. Rostro armónico, cabello oscuro, ojos verdes. Estaba seguro que si lo hubieran invitado para ser modelo lograría ser famoso,  pero él era muy hombre para ese tipo de cosas. Sus compañeras de oficina le hacían todo tipo de invitaciones. Incluso las casadas. ¡Que minas locas!  Él era el que conquistaba.
                                                        Un día que cambió de horario en el gimnasio, conoció a  Regina, una mujer poco agraciada pero de un espíritu maravilloso y pasó lo inusitado: se enamoró. Ella era solitaria, inteligente y alegre.
                                                                   La vida comenzó a ser un privilegio: viajes, cenas en lugares mágicos, paseos a lugares novedosos. Pero un día pasó lo inesperado. Apareció el ex marido de Regina que sacó un arma y desrajó un balazo en el rostro bellísimo del muchacho.
                                                                   Ella lo amó hasta hacer que el hombre se transformara en un niño, el amor estrechó su vida hasta ahogar la esperanza.

EL PROFESOR DE ARPA




            Y sí, lo tuve entre mis brazos varias veces. Me dejó una sonrisa angelical como cualquier niño. Pero nunca imaginé su destino. La pequeña Raquel, era como una princesa para sus padres. Los mejores vestidos, las comidas más ricas, el amor con mayúscula. Siempre mostrando su forma de declamar poesías hermosas desde niña. En la escuela era ejemplo de respeto y calidez con sus maestros y compañeras de clase.
            Aprendió a tocar el arpa. ¡Ese fue el problema! Trajeron un maestro extranjero desde un país vecino. Era joven pero nunca preguntaron su origen ni su historia. Él, era un verdadero artista con el arpa. Y ella aprendió. Cuando cumplió trece años, ya era experta en el arte.
            El día que desapareció, los padres y la servidumbre se volvieron locos buscando e indagando por Raquel. ¡Nadie la había visto! Fueron a buscarla por los pueblos cercanos, nada. Se había volatilizado. Esa mañana llegó el profesor a dar su clase. Sorprendido, dijo esperar un rato por si regresaba. Y luego formal y compuesto, saludó y se fue. Antes pidió que le pagaran el mes completo.
            Al Tata Viejo le llamó la atención que pidiera dinero por adelantado. Pero con la ofuscación, no dijo nada. A Petronila le llamó mucho la atención que la niña, su niña, no le hubiera dicho nada. Ella pensaba que estaba enamorada de algún muchacho del pueblo que conoció en la plaza. ¡Pero nunca se imaginó la verdad! Raquelita era una chica tímida y callada, pero inteligente y formal.
            Pasaron los meses y una noche de tormenta, lloviendo a cántaros, sintieron un llanto en la puerta de la casa. Ágil, Petronila abrió con una lámpara encendida, la hoja del cancel y allí estaba. Raquel con un bebé, encinta. El cabello empapado y sucio de barro. Delgada hasta el delirio. Sollozaba. Se abalanzó a los brazos de su Tata y lloró y lloró hasta quedar dormida. Pasó un par de meses y nació el niño. Era un bebé sano y bello como su madre. Cabello oscuro como el del maestro de arpa.
            A Petronila no le pudo ocultar su verdad. Enamorada se había fugado con él. La hizo vivir en un lugar horrible. Pasó hambre y frío. Cuando se le terminó el dieron que le dieron, se fue. Ya era tarde, ella espera un hijo del maestro que recién descubrió que era casado con cinco hijos en otra ciudad lejana. Esa casa cálida y piadosa, la recibió con alegría y amor. Ella en su lecho amamantaba al niño que se prendía al pecho goloso y feliz. Desde la ventana de su habitación, miraba la luna en las largas noches de dolor y espera. Esperar un amor inexistente.
            Una noche bajó las escaleras y rompió el arpa en mil pedazos. Se abrazó al pequeño y corrió hacia el dintel de la ventana. Una mano fuerte la arrancó por la fuerza y la obligó a regresar a su cama. Y se quedó dormida. Soñó. Que una suave luz iluminaba en la noche cálida la cuna de su bebé que dormía plácidamente sin saber que su madre estaba desesperada. Soñó que él, volvía. Pero sacaba al niño de la cuna y lo tiraba como un bulto por la ventana. Soñó que se transformaba en un ángel y volaba.
            Raquel despertó y el bebé ahí estaba, retozando feliz en brazos amorosos de Petronila y su Tata.



miércoles, 20 de noviembre de 2019

LUZ




Armonía de estambres en la fiesta
Colores que aproximan los milagros
Voces y murmullos de sirenas en las aguas quietas
Amores sueltos, besos a la deriva por el viento
La piel, deslizándose en la bruma con perfume de violetas
Luz de luna. Luz de estrellas.
Caminantes solitarios en la orilla del mar
Encrucijada de manos sin espinas
Un abrazo de hilachas vegetales que emigran
Ilumina el camino de la tierra herrumbrada y ciega
Teme perderse en la arena pegajosa de la playa
Sombra de pájaros en la tarde azul roja del invierno
Las plumas vuelan como mariposas olvidadas
No me inquieten, dice, la mujer descalza que camina
Y la luz, atraviesa una figura de marmórea herida
La luz acomete en la fragua de los labios secos.
Silencio. El poeta duerme. La glorieta se adormece.
La luz, la luz, da vida a la mirada que se pierde.


MUJERES DE LA TIERRA


Las mentiras os han transformado en peregrinas.
Mujeres de arena
Mujeres de barro
Mujeres de piedra.
¡No se vistan de verde que es color de tropelía!
Vístanse de blanco que es color de Paz.
El color de la arena es el sol en las venas,
es color de esperanza
 persistencia
de espera.
Son cuarenta los años que robaron sus tierras,
son cuarenta los sueños escondidos en guerra,
son cuarenta millones de lágrimas derramadas, pero
con la fuerza de la sangre “Bere Bere” y beduina;
lograrán ser oídas, observadas, creídas.
En las noches del desierto junto al fuego hogareño
volverán las historias del latrocinio vivido.
Mujeres Saharaui, extranjeras en sus tierras
El mundo las contempla con la misma creencia de otros pueblos
sufrientes, sometidos, probos, oprimidos.
Mujeres Saharaui sean inquebrantables
sus ancestros las guían.