sábado, 11 de abril de 2020

MAREJADA




Si no estoy en el peldaño de la escalera de mármol

Si camino sobre el pasto verde y la quimera

Si me siento junto a los juncos en flor de la terraza

Voy a cambiar el día en noche
La noche en día y el otoño en primavera.
La voz será un tañer de campanillas de cristal
Las piedras, blandas calandrias alejando la vigilia
Los perales darán almendras dulces y camelias

Me dejarán mentir el sabor de los perdones
Me darán pie a las lágrimas de miel
Me depararán un rincón donde duermen los duendes
Me visitarán los fantasmas que se esconden.

Me pararé en la cornisa de la iglesia a tocar a vuelo
Las campanas serán el llamado de la brisa en la mañana
Un coro de grillos llamarán con sus rutinas a las hembras
Me repartirán globos rojos, azules y amarillos.

Ya será la hora de guardar la cítara y las hojas en blanco
Los poemas dormirán su sopor de maestría ajena
Cantaré como cuando era una joven pintora de la vida
Marcando con mis plumas alas de serafines y doncellas.

Ahora esa marejada de espuma me lleva al mar
A caminar en la arena del silencio, de la risa
Mis ojos opacados por la edad serán libres de ver lo arcano.
Los secretos de la vida que pasa sin preguntas
Atraparán mi cuerpo en un abrazo de pétalos azules.

EXTRAÑO AMANTE




             Sentado en la oficina pasaba su día tan igual a todos los días desde que entró en la compañía. Su título, le abrió enormes puertas laborales, pero su carácter ceñudo y seco, no le permitía platicar con sus colegas. Él era el nuevo jefe de construcción. Lacónico y trabajador, estricto y serio hasta lo crispante.
            Desde chico fue el punto de burla de los compañeros de la escuela. Su padre, obrero en los ferrocarriles, tenía la manía de llevarlo hasta la puerta de la escuela tomado de la mono. Eso lo hacía el típico niño o joven que servía para molestar. Lo llevó a enfrascarse en los estudios y gracias a su abuela, que era medio despistada, aprendió de libros antiguos muchos temas y escritos valiosos que le permitieron superar a la mayoría de sus compañeros. Tanto que lo pasaron de grados a puestos superiores y salió de primaria con once años.
            Ingresó con un alto puntaje en la mejor escuela de educación media de su ciudad. Allí brilló y era un alumno cuyos profesores pedían para que colaborara cuando algún muchacho se quedaba atrás.
            Sus gafas gruesas le daban un aire adusto, parecía mayor a los años que tenía. Su timidez, egregia y total, le hacía balbucear cuando una alumna de su edad se acercaba para pedirle ayuda. Evitaba salir fuera de sus tareas normales: bibliotecas, charlas de profesores eméritos y a veces, con su abuela que insistía, iba al cine o al teatro. Nunca aceptó que le encantaba.
            La música era la que lo despojaba de su mutismo interior y se encerraba en la habitación para escuchar radio o siendo más grande un tocadiscos que compró a escondidas. La muerte de la abuela, lo transformó en un ser más cerrado. Cada vez hablaba menos y los padres, comenzaron a ignorarlo al no comprenderlo.
            Una mañana conoció a una alumna de literatura inglesa, que lo dejó perplejo. Su corazón latía cuando se cruzaba en los pasillos de la facultad. Era una joven muy bella. Simpática y siempre estaba rodeada por otras chicas y jóvenes con los que hablaban de arte. Él, desde lejos, la observaba dejando su imaginación volar.
            Estaba enamorado. Nunca podría acercarse a ella. Era su secreto más doloroso y hermoso.
            A través de su curiosidad innata, logró saber el número de teléfono de ella. Conoció su nombre: Mónica Raffo. Supo que tenía veinte años y que vivía en un presumido barrio de la zona más encantadora de la ciudad. Ella manejaba una motoneta y siempre vestía un Jean con blusas de colores claros. El cabello, larguísimo, le coronaba la espalda hasta más abajo de las nalgas. Muchas veces lo tenía enroscado en una especie de pirámide sobre la cabeza, atravesada por un lápiz de grafito.
            Nunca se acercó para hablarle y permanentemente evitaba pasar a su lado. Pero… un día de tormenta, tomó el teléfono y sin decir su nombre la llamó y hablaron un largo tiempo. Supo que le gustaba la música de jazz, hacer viajes cortos a lugares inhóspitos, amaba la literatura inglesa y a  Shakespeare, al que buscaba escuchar, asistiendo cuando daban una de sus obras en el teatro de la ciudad o ciudades vecinas. Cuando colgó, ella no sabía quién le había hablado, tan entusiasmada estaba de encontrar un joven que supiera tanto de sus gustos. No tuvo miedo.
            Ingenua, esperaba sus llamadas. Él, con su persistente orden, todos los jueves a las ocho en punto le hacía un llamado. Y hablaban como viejos conocidos. Nunca se habían visto… eso creía Mónica.  Pasaron los meses y él, le dijo que se iba para tomar un trabajo en otra ciudad y que le escribiría. Así lo hizo. Largas cartas donde hablaban de mil cosas. Ella un día le pidió una cita. Él, le dio un extenso motivo por lo cual no podía momentáneamente verla. Muchas veces estaban sentados en distintas filas y butacas del teatro, pero nunca se acercaba para que lo conociera. Ella, supo que había comenzado un romance inédito. Lo amaba. Su corazón esperaba con ansiedad sus llamados o cartas.
            Pasaron cinco años. El nombramiento como gerente socio de la empresa le aseguró un lugar en la sociedad en donde los que antes lo molestaban con sus burlas; hoy le debían obedecer en las obras. Para Mónica su amado se llamaba Alfredo. En realidad se llamaba Eudoro García. Y salía en los diarios con ese nombre, ella nunca podía suponer quién era en realidad ese misterioso enamorado que no había visto nunca.
            Una amiga le presentó a un abogado simpático y charlatán que pronto la encaró con flores y besos robados. Ella extrañaba a su ignoto amante. Y aceptó salir con Lisandro Aguirre, y Eudoro los vio y se desató en ira. Corrió hasta donde la pudo alcanzar.
            Llegó hasta la casa de Mónica que  regresó sin saber su destino. De frente con un cuchillo le clavó el corazón; surgiendo la sangre como un enorme crisantemo bermejo. Con el fuego que arrasó con furia, el cuerpo crepitó la sangre, laca tórrida en un crimen de pasión, venganza y odio. Ella cayó murmurando el nombre de su adorado Alfredo.


COMO SI ME OLVIDARAS CADA NOCHE




Para recordarme en la mañana que estamos vivos.

 Recuérdame que aun late mi corazón herido

Recuérdame que sale el sol y brilla en sus ojos la vida plena

Recuérdame que hay un solsticio de invierno donde duermen las hadas

Recuérdame, que he vivido esperando con la mirada puesta al este

Recuérdame que no me despertaré con alguien sin conocer su nombre

Porque si me olvido de ser yo misma

Porque si huelo al viento y no penetra el perfume de las retamas

Porque si me siento sobre una roca cerca del mar y no te veo

Porque si tus brazos escapan de mi cintura profusa de enrona

No seré yo. Será mi cuerpo perdido en la penumbra de la muerte.

No serás tú, mi consejero y amigo de milagros esperados.

No será la vida, ni el sol, ni los tulipanes, ni las dunas…

Ya seré un recuerdo en la fachada desdibujada del calendario

Que ha perdido su color y su hermosura. Entonces me olvidarás.

Cada noche me olvidarás y en la neblina seré aire, humo y nada.

EL PESCADOR




Una cárcel de espinas incrustadas en la memoria de un muchacho que tiene que pescar.
La tarde calurosa amenazada una noche plagada de estrella. Él, se sentó sobre la madera húmeda y caliente. Sacó una pipa y prendió un perfumado sabor de chocolate. Su tabaco amigo de la soledad. Miró tras sus pupilas nubladas  por la luna y suspiró cansado. Terminaba un día y el mar calmo no llenó el vientre hambreado de  su barca. Poca pesca. No había viento y el poco que rondaba su bote, no permitía que se alejaran de la costa donde seguro se apretujaban los peces.
Un olor penetrante de sal y pescado hería a los hombres silenciosos en sus bancas. El sol se escondía con esfuerzo tras la pequeña colina en occidente, dejando el cielo con un color de sangre seca. De muerte antigua. Un pescador comenzó a canturrear un triste sonido. Otro tomó un sonido de belleza inexplicable en esa rústica vida de sudor y fuerza.
El muchacho se acomodó. Cerró los ojos y dejo vagar la mente en los recuerdos. Laberintos de historias avidas que  regresaban como pájaros.
Recordó a su abuelo que le enseñó los juegos de la infancia, recordó la brava tormenta que se tragó con furia el barco de su padre.
Cerró los ojos y aspiró profundamente la sabrosa pipa. ¡Una mujer! Pensó en la muchacha de sus sueños. Era altiva la tonta, lo miraba de lejos como para que no se atreviera a buscarla. Pero siempre pasaba cerca del muelle con la pollera de color mostaza y flores rojas. Revoloteaba el cabello sobre su espalda como alas de gaviotas en danza de apareo.
Una nube comenzó a avanzar sobre el mar y se puso oscuro y sombrío. Sopló un viento enérgico que atormento el madero, tuvo que bajar las velas y remar brioso. El agua le mojaba el rostro. A lo lejos la vio con una lámpara encendida. Era ella que lo guiaba a la costa. Las olas lo tapaban. Siguió peleando. Ella lo estaba esperando, no podía fallarle.


UN ALELUYA DE HOJARASCA DE OTOÑO



UN ALELUYA DE HOJARASCA DE OTOÑO SE AVECINA
URDIEMBRE GIGANTE DE OROPELES DE BRONCE
QUE IMITAN UN CUADRO DE VAN GOGH, UN SUEÑO DE UNA TARDE
UN INVIERNO INICIAL CON VETAS DE JADE Y OBSIDIANA
UN ALELUYA CON INSOMNIO EN SÁBANAS DE ARENA
SAUCES CALIENTES ACARICIANDO LAS NUBES DE AMIANTO
ESTOPA DE AZUCAR IMPALPABLE CON MANOS DE HIELO DORADO
DEBAJO EL SOL PLATEADO CONSUMIENDO OTRA ESTRELLA
Y MI CAMPO ALFOMBRADO DE ASOMBRO ESPERA UN LIRIO BLANCO
OTRO ALELUYA DE CARMINES Y TACONES AFILADOS QUE HIEREN LAS PIEDRAS

jueves, 9 de abril de 2020

LA HISTORIA DE DIÓGENES




            La siesta con una canícula intensa fue el detonante para que la Rita y el Evaristo tuvieran un encuentro fugaz y ardiente. Las hormonas juveniles los trastornaron y se hizo noche, noche de piel y sudor, de besos y pajonal entre los miembros enredados. Luego cada uno se fue por su lado. La Rita a la casa donde la esperaban tres pequeños llorones y mocosos, en medio de los ásperos gritos de la vieja madre que protestaba por todo.
            Él, se subió al autobús y desapareció. Sólo le dejó un regalo. Ella embarazada sin saberlo y conociendo sólo que él, mencionaba un tal Diógenes cada vez que arremetía entre sus piernas.
            En el invierno, con una capa de nieve sobre el rancho nació un niño moreno de ojos grandes, abiertas manos que arremolinaban el pelo negro de su madre. La matrona, entregó el niño a los abuelos y partió con un par de pavos y una cesta de chorizos caseros. La Rita no los podía tener y también desapareció. Dejó cuatro chicos con los ancianos que vivían al costado de las vías del ferrocarril, en una casucha de madera y techo de cañas.
            Al niño, le pusieron Diógenes, porque ese fue el nombre que le dijo Rita a los ancianos antes de irse. Al año el abuelo murió con neumonía y la abuela se quedó sola y con cuatro bocas para alimentar.
            Pasaron los años y cada uno fue creciendo como pudo. La Clarita, era mayor y trabajaba en casa de los Aguirre, unos comerciantes de un pueblo vecino. Rito, el segundo, se fue a la Villa Amanecer, una estructura de cabañas cerca del río cuyos dueños se preocupaban por alquilar a forasteros por semana o en verano por quincena.
            Un día vino a las cabañas un hombre que conoció al Diógenes y se prendó del muchachito despierto y rápido con los números y las manos para trabajar. Bastante robusto para la poca comida que había y con muchas ganas. Ganas de crecer como hombre.
            Al año siguiente, después de hablar con la abuela, ya octogenaria, se lo llevó a otra gran ciudad donde aprendería a ser su mano derecha. Allá fue Diógenes y al principio sólo acarreaba trastos en un negocio grande. Era un depósito de productos de construcción. Su patrón no quiso mandarlo a la escuela. ¡Allí avivan giles! Y él no iba a perder una ayuda gratis y fiel.
            Aprendió mucho. Apenas escribía en un cuaderno de tapas de hule negro, cada día, lo que entraba, copiando de las cajas los nombres y al costado la cantidad. Sabía escribir su nombre y no conocía su apellido. ¡Total, era como un fantasma! No tenía familia ni a nadie. Un verano lo llevó el patrón de vuelta a las cabañas y pudo ver a su abuela, a quien amaba. Era su familia. La anciana lo abrazó y besó como a su bebé perdido. Ella le dio papeles y llamó a los hermanos, para que lo conocieran. Hablaron hasta quedarse dormidos.
            Semana después partió a la gran ciudad con el patrón. Éste, lo entregó a un carnicero que tenía un gran abasto de reces. Aprendió otro oficio. Eran buenos y la señora María, la esposa, le enseñó a leer y a escribir. Sus dedos cortajeados por el frío y los huesos duros de los animales, tomaron la forma del lápiz con mucho amor y esfuerzo.
            Pasó un tiempo y tuvo que hacer la milicia. Allí aprendió otras cosas que le sirvieron para la vida. Una noche conoció a una muchacha y se enamoró. Como tenía una habitación con baño y cocina en el abasto, sobre el techo, se la llevó y formó una hermosa pareja. Ella era muy tímida y trabajadora. Le ayudaba en todo. Juntaron billete sobre billete y el patrón, les regaló una pequeña suma y se compraron una casita muy chiquita cerca del trabajo.
            No llegaban niños a su nido. Entonces, Diógenes se acordó de su infancia y le propuso a Norma, traer uno o dos niños de esos que abandonan en los hospitales o en la calle. Y fueron una niña y un varón. Los anotaron como propios y los cuidaron con esmero.
            Ahora, después de muchos años, ella, es una afamada modelo de televisión y él, en la cárcel, está preso por robo a mano armada. Diógenes va todos los domingos con Norma a llevarle comida casera y ropa limpia para cuando salga, venga a vivir con dignidad. ¿Qué culpa tiene, si los padres lo abandonaron al nacer? Y Norma le dice que él, ha sido un hijo del amor, por eso nunca cometió un error como el muchacho. Pero… ¿no fue educado con amor también? ¿Qué hace que un hijo salga bueno y otro atravesado con su historia? Diógenes no tiene respuestas para dar. Norma tampoco.

YELINA




            Prisionera de las piedras, de la luna y de las luces del camino; Yelina viaja por la vida con el corazón roto y llena de ira.
            Una muchacha que nació con mala estrella, dicen. Su madre murió en el parto y el padre cayó bajo un rayo que en terrible tormenta derribó su enorme humanidad de campesino terco y fuerte.
            La crió una vecina que la amamantó con el amor de una madraza, ella lo intentó todo. Pero una mala sombra cubría a la niña con fiebres, espasmos y alergias.
            Cuando comenzó a crecer, se iniciaron los “sueños”, pesadillas que obsesionaron sus noches y días. Dejó de hablar. Caminaba sola murmurando con espectros y fantasmas que nadie veía.
            Caminaba en la grava del jardín vestida sólo con un camisón de lanilla rosa. Yelina estaba encerrada en su propia mente enferma. No hubo médico, ni especialista que la pudiera ayudar.
-          Es autista- dijo uno.
-          Tiene demencia o sicosis, o puede ser neurosis congénita…- dijo otro.
-          Nadie puede ayudarla dictaminaron.
Una mañana la encontraron dormida abrazada a un cachorro perdido en el jardín. Abandonado por alguna mano desconocida.
Una legión de palabras comenzaron a precipitarse con la ira contenida, el dolor y el miedo. Toda su vida en un instante se desterró de su garganta quieta.  La pérdida de sus seres queridos, padre y madre, comenzaron por aparecer como heridas hechas con un cuchillo afilado en su corazón y comenzaron las lágrimas a lavar cada una de sus penas contenidas. Entonces la vida fue de otra manera.