lunes, 26 de abril de 2021

ALDEMIRA Y BRUNELA

            Brunela despertó con el canto de un pájaro mañanero. Yo la miré y la vi distinta. ¡Qué pena, me dije! Lenta, más lenta que otros días. Se sacó el camisón con seria dificultad y se puso un vestido suelto de color amarillo con volantes de encaje ocre.         Caminó hasta el espejo. Cuando se asomó a mirarse creí que me podía ver ya, pero no era tiempo aun.

            Bajó despacio los cuatro escalones hacia el amplio patio lleno de helechos y orquídeas florecidas. Quiso cepillarse el pelo, pero logró solamente hacer el frente de su larga cabellera canosa. Sus manos temblorosas, tomaron una taza de té que, helado seguía en la mesilla junto a la hamaca de sogas grises. Lo había dejado la noche anterior Luisina.

            Esa mañana la vi más pálida que nunca. Calzaba unas chinelas de flores rojas y se ató como pudo el pelo con una pañoleta roja. Suspiraba y su pecho, parecía una flauta medio rota y cansada.

            ¡Brunela era hermosa! El rubor de sus mejillas atraían las miradas en el mercado y en misa. Hoy parecía marchita. Recordé, al escuchar las campanas que el oficio de las once ya estaba perdido. Pero ella no amagaba terminar de vestirse para salir a la calle.

            Tomó un sorbo de té. ¡Está asqueroso! Dijo sin titubear y buscó mi presencia. No me vio. Aun no es tiempo, dije para mi alegría. Se tapó la cara con un chal de fino algodón blanco y un largo suspiro acompañó sus manos que regresaron tiesas a su regazo limpio.

            ¡Estoy vieja, mi negra! Murmuró entre rabiosa y triste. Yo la miré con amor. ¡Siempre la quise! Es como mi madre, creo, si la hubiera tenido. ¿Sería tan buena y cariñosa como Brunela? Lo dudo. Esclava y negra. Yo mestiza. Se tomó el té y comió un trozo de bizcocho que duro y verdoso le sentaba como un manjar de reina. No miró la hormiga que engulló sin verla.

            De pronto me buscó entre las orquídeas y me llamó a los gritos. ¡Aldemira! Allldeemmiirraa. Entonces me vio. Y sonrió. Comprendió que yo que soy un fantasma no la abandoné jamás. Ahora participamos ambas de nuestra experiencia de condición sobrenatural. Ahora somos dos fantasmas en la casa dormida.

 

 

lunes, 19 de abril de 2021

EL VIEJO...

 

            Estaba cerca de su muerte. No teníamos una relación muy cálida ni próxima. Casi, por obra de los relatos nada ingenuos de mamá, yo no lo apreciaba. Lo respetaba, por eso de “honrarás a tus mayores” inscripto casi a fuego por mi padre. Y la realidad me obligó a cuidarlo en el sanatorio, donde, desde hacía varios días, estaba internado. Mi madre nunca pudo quedarse a cuidar enfermos en su lecho, exceptuando a papá, a quien amaba por opción.

            La noche había puesto un tul ceniciento entre las camas de los otros internados, que apenas murmuraban algún requerimiento a sus otros veladores. Así, comenzó en voz monótona a decirme algunas cosas.

Sabes, yo vine  muy chiquito de Italia. Mi mamá era pequeñita y con catorce años, la casaron con mi papá, casi sin conocerlo. ¡Pobre, ella era de buena familia! Él, no era un simple peluquero de pueblo. Sufrió mucho. Yo, a los seis años, me dejaron en la casa de un “sarto” (sastre) para que aprendiera el oficio. Como era tan pequeño, me subían sobre la mesa y me sentaban en una banquito para que pudiera coser. Con luz de vela. Otras veces, con luz de kerosene. En realidad, con mis 94 años, he visto todas las formas de luces de la historia. ¿Cómo serán las del futuro?- se quedó callado, como recordando su niñez. Al rato abrió los ojos y me tomó la mano- Durante trece años sólo comí todos los días...garbanzos hervidos. Por eso los odio, nunca le dije a nadie esto, pero me estoy muriendo y alguien tiene que saberlo, qué mejor que vos, que sos mi nieta más chica. Mi mamá nunca lo supo, yo el decía que me daban pollo y carne, pero era para que no llorara. Ella siempre lloraba recordando su “paese” y a su familia que no volvió a ver jamás. No sabía leer ni escribir. Después ya sabiendo coser, me dejaron volver con ella y salía al alba para el taller y volvía de noche. Sin embargo, tengo buena vista.- yo había descubierto que no sabía leer. Se sentaba con el diario, pero sólo miraba las figuras y comentaba, por experiencia y por lo que decían en la radio, lo que pasaba. Seguro que le daba vergüenza que supiéramos que no sabía leer ni escribir. Pero tenía manos de oro para la costura. Era un verdadero Sastre Italiano, un caballero. Hacía los mejores chaqués y frac de todo Rosario, en Santa fe. Era famoso porque hacía los ojales con seda y pelo de mujer, que nunca se desarmaban por el uso. ¡Era otra época!

Sabes nena, yo cuando era chico, nunca tuve un juguete. Me hacía con los carozos de cereza o durazno, unos silbatitos que daban un sonido agudo y así me comunicaba con mis siete hermanos. Además con maderitas me armaba carritos. Cuando era pequeño, viajábamos de a pie, cuando los domingos, después de misa algún conocido siciliano, lo invitaban a mi papá a comer la pasta. Era una fiesta y volvíamos tan cansados. Un día mi papá, que era alto, se cayó con un ataque y a los dos días se murió. Fue terrible. Mi mamá no sabía qué hacer. Debe haber sufrido mucho la viejita.  Al final, conocí todos los medios de transporte. Desde el burro y el caballo, hasta el automóvil, el tren, el avión y por la televisión, vine a ver la llegada del hombre a la Luna. ¡Qué cosa! Todo por tener 94 años. Ya estoy llegando al final de mi vida y no tengo a nadie; bueno, sí, a tu madre que no me quiere y a ustedes. Tus hermanas son cariñosas, pero siempre están ocupadas. Es la vida de ahora, yo entiendo. ¿De qué me habrá servido vivir tanto, no? Al final, nunca voy a saber qué hubiera sido de mi vida si mi papá no se moría tan joven. Me casé con la Juana...buena mujer, me aguantó muchas. Tuve tres hijos. Una murió chiquitita. Tu tío y tu madre fueron buenos hijos, nunca me hicieron rabiar. Y ahora que estoy llegando a mi muerte, me doy cuenta que siempre estuve muy solo.- Cerró los ojos y se quedó dormido. A la madrugada, sentí que me tomaba la mano. Una lágrima le corría por la mejilla y se perdía entre la comisura de los labios. Me pidió que me agachara. Me dijo:- Gracias, trata de ser feliz. Dame un beso.- y cerrando los ojos expiró. S

 

Nunca voy a saber si era bueno o malo. Siento mucha pena por él. Tal vez si alguna vez nos reencontramos pueda decirle que lo quería un poco. Que lo respetaba y que admiraba su don, el de coser tan bien.

ALEMANIA HACE MUCHOS AÑOS, anécdota de mis viajes

 

Estar en Alemania, es reconocer lo que significa el trabajo, la persistencia a vivir y el respeto por las reglas. Cuando estudiaba tuve la suerte de tener profesores que nos mostraron cómo quedó Alemania después de la segunda guerra mundial. ¡Destruida! También fotos y películas que mi padre nos hizo ver para que valoráramos la paz.

Llegamos, con mi madre a Francfort, y de allí nos llevaron a un hotel pequeño. Era invierno y había mucha nieve. ¡Era hermoso! Yo tenía treinta y cinco años y mucha vitalidad.

Mi madre había comprado un paquete con un sistema que nos venían a buscar al hotel y nos hacían conocer lo que quisiéramos. Por un lado es bueno por otro lado no tanto. No había conocido todavía el sistema del autobús turístico que sí te hace conocer los puntos más interesantes. Pero fuimos a diferentes ciudades donde habían restos de obras de los antiguos romanos, de las tribus bárbaras anteriores y ciudades pintorescas como Mannheim, donde compré un hermoso reloj Cucú, y recorriendo a orillas del río Rin hasta llegar a Dusseldorf todas las ciudades reconstruidas por los laboriosos alemanes.

Una mañana llevé a mamá a almorzar en un típico restaurante “tirolés” o yo lo creía así; como no se hablar nada de alemán tomé el menú y señalé un plato al azar para mí y otro para mi madre. Ese, era uno que comía un señor cerca de nosotros, y que resultó ser chuleta de cerdo con papas y una salsa agridulce. Cuando me presenta el misterioso plato que solicité…era una parvita de lomito de ciervo ahumado. Me reí mucho, por ignorante y el mozo se moría de risa. ¡Pero lo comí, era exquisito! En medio del postre, vi detrás de mamá un ratoncito que atravesaba el piso hacia la calle. No hice ningún llamado de atención porque mi madre, les tenía terror a las lauchas. Pensé, se sube a la mesa, grita y como no nos entienden nos llevan presas. Ya me veía en la comisaría tratando de explicarle a un policía que mi madre odiaba los ratones. Mamá los olía, era como algo sensorial ya que me dijo: ¡Una rata! No, dije con mi mejor cara de póker. ¡Sí, hay una rata!

Mamá si haces algo raro nos encierran en la cárcel. Llamé al mozo y con una hoja de papel y un bolígrafo dibujé un ratón y señalé por dónde había pasado. El hombre trajo al dueño, no sé que me dijo, pero no nos dejó pagar y nos saludó hasta la puerta llamando un taxi que pagó él. Tengo que agregar acá, que mi madre tenía tal terror por las lauchas que un día que encontró una en el pasillo de mi casa, del grito que dio, la pobre rata se murió de un infarto. Imagino el que daría allí, y yo, sin saber hablar en alemán.

Recorrimos una ruta junto al río Rin y lo que me asombró en ese momento, fue ver semáforos en los recodos del río para evitar colisiones de barcos y botes. Nunca los vi en ningún lugar desde entonces.

Conocimos ruinas romanas que parecían recién restauradas. Impecables. Pienso que hoy después de casi cuarenta años, Alemania con el éxito de sus políticas y la unión con la parte oriental, debe ser maravillosa. Dios quiera que pueda regresar algún día. Lo curioso que estoy casada con un suizo-alemán y el apellido de mi esposo es bien difícil de escribir y pronunciar.

EL ACCIDENTE

 

Cuando se fue a la  madrugada  dijo que “que me  amaría  siempre. Se fue. Habíamos peleado porque yo no tenía trabajo todavía. Esa mañana me contestaron de un banco que me harían una entrevista, pero no me creyó. Ella vino a los dos días. Era de noche y estaba muy nerviosa. Se encerró en el baño del fondo. Allí  se quedaba hora mirándose al espejo y yo la espiaba, porque la adoro. Siempre pensé que sería definitivamente mía. Construiría un castillo mágico lleno de sorpresas. ¡Me encantaba pensar en ella como una de esas modelos de la televisión!

El barrio para ella era una tumba. Odiaba a las vecinas chismosas y charlatanas que nos espiaban. Jamás saludó a nadie hasta ese día en que al muchachito de enfrente a casa lo atropelló un tipo y huyó. ¡El muy cobarde!  Las ambulancias rugían con sus sirenas insistentes.  Una terrible tragedia había ocurrido en ese espacio tranquilo. Destruyendo la paz, en el tranquilo barrio obrero. La policía, llegó rápido y acordonó el sitio... los periodistas de siempre parecían aves de rapiña buscando mostrar algo, sí, algo, porque ni el maldito que atropelló ni el chico estaban ahí. Y las pocas vecinas, esas que siempre se paraban a chusmear, se escondieron como ratas. Extrajeron los dichos de una nena de ocho años, que se sentía actriz de cine, se ponía en pose y exclamaba haber estado presente y decía como era el auto y quién sabe qué pavadas más. También los abuelos que la criaban hablaban con soltura. De todos modos era claro que nadie había visto la placa del auto ni el color del vehículo. Heridos hay, como una docena en la ciudad por la misma causa. Pero mi enamorada se acercó a la madre y trató de abrazarla. Era la primera vez que la veía en esa forma amable y tierna. La investigación los llevaba a una calle sin salida hasta que de pronto en un rincón encuentran un trozo de plástico muy nuevo y de color cobalto que no se fabrica en el país. Con eso  se podría lograr acertar en la búsqueda del agresor.

Así supe a los días que el chico había sobrevivido, pero con una marca indeleble por los golpes y que mí adorada, en realidad no se quería ir y sería mi compañera para siempre.

DOS MIL VEINTE

 

Como alfiles, caen

Como estacas, caen

Como hojas de agudas fibras, que se yerguen

Como rayos en medio de una tormenta se evaporan

Como látigos furiosos se deslizan

Son los muertos.

Crucificando cada día nuestra espera

Codificando el almanaque con sus nombres

Revolviendo nuestras penas que se arrastran

Resonando con silencios fantasmales

Repitiendo preces a los ángeles dormidos

Son los muertos

Día a día, caen como pétalos marchitos

Noche a noche, en insomnio sin interrupciones

Madrugadas sedientas de lágrimas estériles

Amaneceres de espera y de clamores.

Son los muertos

Es la Peste

Es el Miedo

Es la Pena

Es la Vida que se escapa de las manos.

¿Dónde el Hombre derrumbado?

¿Dónde la Cruz del Martirio?

¿Dónde la promesa del futuro?

¿Dónde?

Un misterio que el demiurgo esconde.

Y los muertos que avanzan por los valles,

por las calles, por la tierra.

Es la espera

Es el silencio

Es la muerte.

 

LA MULATA

 

¡Aleida…! Aleida, contesta. ¿Eres sorda o lela? Te he llamado desde esta mañana y no acudes. Llegó una carta para ti. ¡Pobre el que te la envió, no sabe que eres como una nube seca!

La muchacha es la hija de una trabajadora de los campos de café. Nació de un amor prohibido. Sin padre nombrable y sin datos precisos sobre otras particularidades.

Esta mulata mía, va a ser pintora… ¡Ja, ja, ja! No me hagan reír si no habla.

El billete que está en el sobre, tiene su nombre y una beca para ir a la academia en la ciudad de Tamarativa.

La madre, se paró con las piernas abiertas, bien apoyadas en la tierra, los brazos caen en jarra, las manos en las caderas. ¡Miren la piel clarita, sus grandes pies, manos que parecen lianas, y tan delgada como las varas de san José! Ese pelo ni mota ni lacio, ojos infernales de color verde oscuro que miran según su instinto, para bien o para mal. La van a regresar apenas la vean. ¿Quién mandó ese billete?

Aleida. Si la mulata, la despreciada por la familia. Todos negros puros, fuertes y ruidosos. De noche los tambores y tamboriles les hacen menear las caderas a las mujeres, preñadas o no. Ella, siempre apartada, solitaria y en silencio.

Sentada en una pequeña banqueta, lee y relee su papel, ese que le abre un enorme ventanal a la vida. Su sueño, es pintar el mundo, mostrar la belleza de un amanecer o una tormenta sobre los cafetales.

Comienza a prepara su pequeño equipaje. ¡Es la primera vez que sale del cafetal! Pero sabe que su pobre ropa y sus abalorios son mínimos para cuando se enfrente a sus pares.

Toma una madrugada el autobús que la traslada a Tamarativa. En él, viajan familias enteras. Pobres obreros del campo. Llevan sus bártulos, sus animales de granja en jaulas de palma y comen sobre papel de periódicos los plátanos fritos y panes de sémola.

Aleida, acuñada en un asiento, con su pequeño bulto y su silencio, los observa y ya los está pintando con su imaginación.

El autobús se bambolea en el camino desastroso que las lluvias y acarreos van dejando como una herida oscura en medio del colorido de la fronda. Se duerme unos instantes y sueña con grandes pinturas de colores vivos. Cuando despierta, el ruido y bullicio de la gente le grita que ha llegado. Lleva en su corpiño la dirección de la Academia de Arte.

Su cuerpo es una escultura de belleza mestiza, con una larga trenza que cae sobre su espalda insinuando sus largas piernas torneadas.  

Al ingresar docenas de ojos se vuelven a mirar a esa joven que parece salida de un cuadro hecho por manos nativas. Aleida, se estremece pero encara a una joven de gafas que detrás de un enorme escritorio le sonríe. ¿Tú eres la nueva? ¿La que viene de Miranda? Aquí tienes los papeles que tienes que llenar, no olvides de completar todos los datos. Si hay algo que no comprendes, me preguntas. La muchacha se aleja con un mazo de papeles y comienza a escribir. Los ojos de los que van pasando se transforman en un carrusel hasta que suena un extraño gong y cada cual entra en un recinto cargando carpetas, telas, pinceles y un sin fin de objetos. Ella termina y entrega. La secretaria ojea las respuestas y sonríe. ¡Por fin una joven que ha contestado bien todo!

Bueno, comienzas mañana. Tienes que traer sólo una ropa sencilla y nosotros te proporcionamos el material. Sale eufórica. Canta y sonríe a los paseantes que la miran asombrados.

Las clases son maravillosas. Para Aleida todo llena sus expectativas, mientras acepta los consejos de sus maestros canta. El antes ruidoso grupo de alumnos hace silencio y escuchan esa voz que parece salida de un paraíso. ¡Eh, mulata, le dice una rubia pulposa que se muere de envidia, de dónde aprendiste a cantar así! ¿De la barraca de esclavos?

El profesor, indignado la saca del aula y le reprocha, a la otra muchacha lo que ha dicho. Tienes dos días de suspensión y pierdes media beca. Acá no se discrimina a nadie. Sale llorando y con más furia que pena. En el portal choca con Aleida que le dice: ¡No te preocupes, no te molestaré más con mi música! En mi tierra siempre se canta cuando se trabaja. Te pido disculpas… si te molesté. Atrás, un coro de jóvenes hace un ruido extraño y comienzan a parlotear. Ella debe pedir perdón, no tú. Canta amiga, canta que nos gusta mucho.

Pasan los días y todo vuelve a la normalidad, pero un día, el cuadro casi finalizado de Aleida aparece con manchones negros. El profesor se imagina que es una venganza de algún compañero menos competente, pero elogia lo “original de la manchas” y a propósito la ensalza.

A poco de terminar el primer trimestre, aparece un caballero con una señora que se presentan de la televisión. ¿Quién es la pintora que canta? A coro dicen: Aleida, es ella.

Bueno mañana te presentarás al canal y te haremos una entrevista. Y el corazón de la joven cabalga atropellando silencios. ¿No tengo ropa? Ni zapatos, mira mis manos, le comparte a dos compañeras que están felices con su novedad. ¡Nosotras te ayudamos pero vamos contigo. ¡Sí, gracias!

Temprano parece una modelo de la revista Magazzine y allá van las tres. Cuando entra, nuevamente todas las miradas se distraen en esa figura esbelta y bella. La separan de sus acompañantes y la entran en un pequeño espacio donde la vuelven a maquillar. ¡Sales al aire en siete minutos! ¿Qué? Sí, te prueban en siete. Tranquila eres bella y según dicen una ganadora.

La llevan de la mano a un escenario y la luz no le permite ver a sus amigas que deliran entre los butacones. “Señorita Aleida Almexil, cante su canción favorita”. Y la joven improvisa y canta, pone todo el amor por su terruño y recuerda la voz de la abuela Fufú, que le cantaba mientras trabajaba en el cafetal. De la zona oscura salen gritos y aplausos. ¡Excelente! Cante otra canción pero esta vez  será acompañada por Xuxiao, el guitarrista y J.K. En batería. Suena una melodía afro mezclada con la voz maravillosa de la muchacha.

Se prenden las luces del salón y los que están allí de pie aplauden. Aleida ha llegado a ser seleccionada en primer lugar. Una mano firme la saca de escena y la lleva frente a un quinteto de artistas consagrados que la felicitan.

A partir de ese día, su vida cambió. Hoy es una de las voces más escuchadas y grabadas del mundo y ella es muy feliz.

miércoles, 14 de abril de 2021

DAIANA CHOIQUE SOLA Y TRISTE POR EL MUNDO

            Menudita y con los ojos brillantes se plantó frente a mí y con su sonrisa desdentada dijo – He dispuesto que usted sea desde hoy mi madre.

            Un sollozo quedito atrapó mi atención detrás de su cuerpito flaco. Era su hermana que con los mocos verdes y alargados sobre su carita morena me escondía el miedo. Daiana, tendría siete años de penar constante. Sus ropitas sucias con necesidad de espuma jabonosa no desmerecía su ingenua esperanza de recibir un sí de ésta mi boca abierta. ¿ Qué podía hacer yo para ahuecar mi instinto a sus necesidades? La pequeñita no tendría más de cinco años y miraba sorprendida el brillo misterioso de mi computadora que a esa hora castigaba planillas en mi oficina. Daiana arrastraba su historia desde uno de esos barrios de barro y pobreza. ¿Dónde estaba ahora su verdadera madre? Acaso la mujer que yo viera una mañana en la vereda de mi oficina las había dejado sin protección? Difícil.

            Me pidió un caramelo de esos que yo siempre guardo en mi cajón del escritorio. Ensayé un chiste cómplice sobre sus muelitas que sufrirían con los azúcares de colores e hizo un ademán de – No me importa tu caramelo- Y me quedé con la mano tendida y el papel brillante perdido entre los dedos. No lo quiso tomar. Su expresión de despecho me abrió una pequeña herida. Pero, ¿acaso ella estaba en condiciones de saber la importancia de cuidarse los dientes? Apenas comía día por medio y con mucha suerte. La más pequeña, se llamaba Abigail, un nombre extraño para una niña con su origen. Era de un color de piel indescifrable. Ni moreno ni blanco, el  casi color de la tierra que cubría todo por el camino de su caminata para conseguir sobrevivir al hambre perpetua. Abigail atrapó ambos caramelos y los comió casi con desesperación. Supe que no habían comido y que el hambre apretaba sus barrigas desinfladas. Me acerqué y las abracé con ternura. Volvió a decirme ya con más interés después de las caricias...-Serás mi mamá ahora.- Y acomodó una bolsita de plástico con algo de ropa y chucherías. No supe qué hacer.

            Comencé a interrogarla sobre la madre. El silencio se enquistó en sus ojos y en sus labios que cerraba con fuerza. La hermanita comenzó a balbucear que estaba presa. Lejos, dijo, en un lugar feo y no vendría por un tiempo. Yo sospeché que algo muy grave pasaba pero nunca algo así.

           

            La villa estaba abarrotada de gente que en otro tiempo labraba la tierra. Hoy sin precio, las verduras y las hortalizas, no permitían sobrevivir a esas pobres familias de gente sin estudio ni preparación. Las casillas precarias se derrumbaban con los temporales. El barro se entremezclaba con el orín, los excrementos, los desperdicios y los perros que vagabundeaban entre la mugre buscando alimento. Los niños, miríadas de niños de todas las edades,  también. De vez en cuando llegaba ayuda de algún político de turno. Lo de siempre...promesas incumplidas. Eso era la trastienda de la ciudad. Allí había gente que había perdido hasta el sentido mismo de su valor de humanos. Viejas amadrinando jóvenes sin futuro dedicadas a la prostitución temprana, madres solteras y solas, hombres sin esperanza bebiendo cualquier cosa que se pudiera comprar con alcohol. Y allí en esa villa nacían todos los días pequeñas y desvalidas personitas con nombres de novela. Cada uno buscaba sobrevivir como podía. Y una enorme alegría por la vida y una enorme tristeza por la vida,  impregnaba el lugar junto al olor a grasa de los fritos y el carbón.

            En la villa cada refugio a los sueños permitía que siguieran soportando inviernos, veranos y que la historia continuara hasta el final. Las mujeres golpeadas salían temprano a buscar su día. Cada una como una cazadora de esperanza potenciando el posible alimento para sus crías. Muchos hijos, muchos por cada matriz fértil.¿ Si es lo único que saben hacer? – dijo un día una asistente social del gobierno en un programa de televisión por cable. Y las calles siempre pobladas de niños y perros hambrientos, costillas marcadas como cuerdas tensas de un  arpa artesanal, son una muda acusación a la utopía.

            La villa hervía con caldos de amores descontrolados. Su música de gritos y misterio era un carnaval sombrío. Sin ventanas ni puertas, con humedad y frío abrigaba el tedio de los innombrables para la gente del centro. Monumento al desprecio por la vida humana morían  sin decir el nombre de sus enemigos. Daban todo lo que tenían por los que creían eran sus amigos. Hasta allí vinieron la Braulia y el Serafín desde la finca de Piedra del Águila. Allá había quedado todo lo que los retenía a la esperanza de una vida digna.

            Analfabetos,¡ si allá no necesitaban eso que en la ciudad era tan necesario! Con nudos en las cuerdas contaban el ganado igual que lo había hecho su padre, su abuelo, su bisabuelo y quién sabe cuántos otros hacia atrás en la memoria de sus vidas pequeñas de campesinos pobres. No conocen de aparatos eléctricos ni automóviles. Sí de carro y caballos, de mulas y animales. Allí, donde viven ahora, está prohibido criar cerdos, gallinas y conejos. Si alguien trata de hacer una huerta se la rompen o le roban...esa es la ley de la villa. Nadie es más que otro. Bueno eso creyeron ellos. Sí había alguien. El “ Rubio”, un hombrecito de mirada áspera y malos tratos. Cuchillero y armado hasta los dientes, que se sentía dueño de todo y de todos. Como Serafín no lo saludó apenas llegaron, entró a la pequeña covacha y les rompió todo a patadas.¡ Esa es la ley acá! Había que respetarlo. Cínicamente y delante del Serafín le arrancó la ropa a la Braulia y la violó. ¡Esa es la ley del patrón de la villa! Y el dolor y la humillación transforman la esperanza en odio y en ganas de venganza. Calladamente va creciendo el monstruo de la venganza en el campesino. Que muerde la idea de matar al Rubio... pero es un cobarde.

            Pasan los días y la necesidad lo acerca a pedir ayuda a algún vecino. Nadie puede ayudar. Y aparece el matón con comida. El silencio se desparrama en un rugido animal que escapa de la garganta del hombre. Siente que un sudor frío le ataca el pescuezo y le atora las tripas. Se inflama la llama en sus ojos muertos de furia. Tiene que bajar los brazos y se va por las vías del ferrocarril  rumbo a la ciudad que  cada día es  más  indiferente.

            Regresa con una borrachera y duerme dos días sin conocer el sol  ni las estrellas. Está muerto y para la Braulia empieza el camino a sus desgracias, más desgracias que las que le endilgó el haber nacido hembra en un mundo de machos. En un país de pobres, de ignorantes, corruptos y estúpidos. Ella lo espera con algo caliente. Temprano recorre las calles buscando tablas y cartones. Con unos ladrillones arma un fogón a la usanza indígena, lo alimenta con guano seco, papeles, cartones y tablas. Allí calienta el agua que saca con baldes de una acequia que corre junto a las vías del tren.¡Hay que tener cuidado con el agua si no se hierve uno se va de las tripas y se muere! – Le había enseñado su abuela-  Eso lo hace bien temprano casi de madrugada. Pero alguien la observa. Se dan cuenta que es una mujer laboriosa y eso es peligroso en la villa. La siguen y dos hombres del Rubio le quitan el fardo que arrastra y le dan una paliza que la deja morada y exhausta. Se arrastra hasta la casilla y llora , tanto llora que se queda dormida. Cuando despierta está el Rubio observándola y se asusta.  El canalla está sorprendido con  esa mujer que trata la vida como un desafío. Una mujer inteligente es un peligro para él. Hay un desnivelado enfrentamiento entre ella y él. Pero de alguna manera se instala entre ambos un respeto distinguido. La mitad de lo que ella traiga es para el jefe. Ella pelea. No, lo que ella encuentre es de su hombre y suyo. ¿Eso un hombre? Piltrafa curda, grotesca apariencia de macho que sólo sirve para llorar su destino...y se ríe tanto que hasta Braulia comienza a esbozar una sonrisa. Sale con su eterna cohorte de mirones y matones. Ella se queda sola o casi sola porque el Serafín la mira con ojos extraviados por la eterna borrachera.

            Y comienza el lado oscuro de la historia. Está encinta. Ella sabe que ahora se le viene lo más feo. Su vientre se va hinchando. Siente hambre y trata de despertar a su hombre...pero nada. Viaja tarde a la ciudad buscando misericordia entre la gente linda. Algo encuentra. Va juntando trapitos y monedas. Come con lo que le guardan en algunos restaurantes de la estación de trenes. Ya le va quedando chico todo, está inquieta por el día de mañana. Llega un tal “Pastor de fieles” y le alcanza una cunita. Agradecida le promete ir a su templo. Nada. Ella no pierde el tiempo en cosas sin futuro.

            Llega la hora. Es una madrugada y como todas las hembras de su raza se higieniza, hace un pozo en la tierra en un rincón de la pieza que cubre primero con papel y sobre eso un trapo limpio. Se acluquilla y pare apretando un trozo de madera entre los dientes. Una vieja le corta el cordón y limpia el niño. ¡Gracias a la vida es machito! Lo recoge corajeando al dolor y a su espanto. Lo prende a la teta. Se ha comprado un pollo y ha hecho un caldo a la antigua. Come sabiendo que es bueno y es poco. Nada dura para ese tiempo de mierda.

            Serafín está sobrio por primera vez en meses. Sale en busca de algo...nada trae. Ella lo deja con la esperanza de encontrarlo bien a su regreso. El pequeño apretado en la espalda. Cuando vuelve lleva el niño en el pecho y un fardo en la espalda. Serafín está envuelto en un mar de sangre y sus gritos despiertan a los vecinos. Llora, Braulia, desesperada no tiene qué hacer. Pasa un eterno tiempo para ella, media hora de relojes y por la vereda aparece el Rubio escoltando a unos hombres vestidos de verde claro. Son médico y enfermero de una ambulancia que llamó el “jefe”. Auscultan al enfermo y hablan quedo con el hombre que los trajo hasta allí. Hay que llevarlo al hospital Central y el Rubio la empuja tras la camilla que transportan dos secuaces. Algo pone en su mano. Cuando la abre un rollo de billetes apretados le dan la bienvenida.

            El largo pasillo solitario es la entrada al infierno en la noche más negra de su vida. Gracias al cielo el hijo duerme prendido a su pecho. Tiene hambre pero se sienta en el suelo a esperar. No sabe qué espera en realidad. Pasa el tiempo amigo de su mente que se puebla de monstruos y demonios. Se va quedando tranquila. Ya casi no camina nadie por allí. De pronto se abre una puerta, para ella es la boca del infierno. Sale una mujer menuda, cansada y dulcemente la toma del brazo y la hace sentar junto a sí, en una banca de madera que está a pocos pasos. Braulia la observa. Es una mujer joven pero se la ve fuerte de carácter, firme y calma. Tiene un pantalón y un blusón verde claro casi igual al color de los ojos que la miran franca. Le cuelga del cuello un aparatito brillante y en la mano lleva una carpeta negra.

           

           

Bueno mi querida...¿cuál es tu nombre? Braulia. Bien Braulia yo soy la doctora Lourdes Miranda  y tengo que hablar seriamente contigo. Espero que me entiendas. Él es tu ¿ esposo o compañero? Está muy grave. Él tiene una enfermedad provocada por la picadura de un insecto. Se llama “Chagas – Masa” y por ahora no conocemos como curarlo. Además tiene “tuberculosis” ¿sabes lo que eso significa? Está muy grave. Si no tomara alcohol...tal vez no hubieras sabido hasta dentro de un tiempo de su enfermedad. Por ahora quedará internado y será mi responsabilidad intentar que regrese a tu casa mejorado. Sólo un poco mejor pero no creas que por siempre.

 

            La vida era una masa de hielo o fuego en su pecho. Se sintió atrapada en ese minuto y se quedó callada. Un verdadero tropel de golpes caían en su cabeza como cascotes de piedra muerta. Allí la Braulia se metió en el recuerdo del cuerpo de su madre y le pidió la muerte. La mujer bondadosa la miraba y le tocaba las manos que apretaban los billetes del Rubio. Estiró la palma abierta y le ofreció la ofrenda como quien le da a los dioses un sacrificio tratando de sobornar al destino. Sólo recibió un suave rechazo y una cálida sonrisa. Nada podía desarmar el ovillo tenebroso de su destino. La `señorita´ le explicó con palabras raras lo que atravesaba el  magro cuerpo ceniciento de su compañero. La invitó a entrar en una sala enorme donde camas abarrotadas de hombres sollozantes o distraídos no la miraban. Escondida en su miedo llegó hasta uno de los lechos entre níveos trapos blancos perfumados a yuyos fuertes, como un perdido niño acurrucado, estaba el Serafín. Al sentir su olor abrió los ojos y sorprendida vio que lloraba. Alargó sus afilados dedos fríos y tocó al niño. Ella dio un paso atrás. ¿Acaso era tan malo que podía pasarle al hijo esa enfermedad? La doctora le dijo que podían abrazarse, que le hacía bien al enfermo para querer curarse. Apareció otro médico y le preguntó tantas cosas que no podía pensar y contestarle. Le pidió tiempo. Así descubrió que aquella tos rotunda que tenía era mala. Que a veces escupía sangre y eso era más malo. Los doctores se miraban sorprendidos al ver la ingenua ignorancia de la Braulia. La despidieron. Le recomendaron que viniera sin el niño y sólo a ciertas horas. ¿Cómo iba a hacer ella si no tenía a nadie? 

 

            Cuando entré en casa me recosté en el sillón pensando en lo que me había sucedido. ¿ Qué puedo hacer con esta realidad? Soy una mujer soltera. No me quise casar por miedo a no poder superar mis miedos. Estudié hasta quedar miope y tengo un trabajo muy esclavizante para no tener tiempo para pensar. Mamá me crió dependiente hasta lo irrisorio. Con mi manía por la pulcritud no tengo mascota. Mi placard es un archivo perfecto en donde hasta las sábanas están envueltas en papel de seda y una cinta de color ajusta cada juego. Mis zapatos lustrados en cajas apiladas con etiqueta conforman un singular adorno en un mueble especial. Todo está tan limpio, cuidado y ordenado que para no pisar la alfombra blanca del departamento me quito el calzado en el palier. Cocino en microondas evitando aceites y frituras, al vapor las verduras, que traigo cortadas y lavadas del supermercado. ¿Qué voy a hacer ahora, me planteé?

            La imagen de Daiana y Abigail  se incrustaba en mi memoria casi a fuego. La mirada trastornada cuando les expliqué que yo no podía tenerlas...y el sollozo de ambas cuando después escucharon que hablaba con la asistente social. No podía comer. Recordé la carita frente a la comida que hice traer del bufet de la compañía. Devoraban todo y se relamían como gatitos desamparados. Cuando fui al baño para lavarle las manitos y la cara, descubrí que no habían visto nunca canillas desde donde el agua salía tibia en forma automática. No sabían usar el inodoro, ni el secador de manos y sentí que se me desgarraba el corazón cuando Daiana me dijo si en “nuestra casa había todo eso”. Pensé que los piojos me invadirían, los olores que tenían penetrado en la piel atravesarían las paredes de mi alcoba. Quise huir. La razón y mi amor por las niñas fue mayor que mis temores. Las acompañé hasta la llegada de la jovencita del servicio social. Ella les explicó que primero había que hacer trámites y luego tal vez, si un señor que se llamaba Juez, lo permitía vivirían conmigo. Yo -  cumpliré sesenta años en el verano, no me siento capaz de tener a las niñas conmigo- , pensé en voz alta y la licenciada me observó sorprendida. Sabía que las pequeñas habían quedado mirándome con un dolor extenuante. ¿O era odio? Ellas tenían un desparpajo irreal para expresar sus sentimientos. Tan diferente a mí, que siempre oculto y disfrazo mis sensaciones y deseos. Esa forma ambigua de encubrir los sentidos de alejarme de lo vulnerable que se aprieta en mi ser.

            Me senté frente a la compactera y me quedé escuchando arias de mis óperas favoritas interpretadas por Monserrat Caballe, María Callas y Renata Scotto. Cerré mis ojos y traté de cerrar mi conciencia. Fue inútil la imagen de las niñas desprotegidas y llorosas se prendía a mi retina aunque apretara los ojos. Me preparé un bocadillo que me supo agrio al recordar el hambre desesperado. ¿ Dónde dejaba la sociedad a los niños desprotegidos? ¿ Y yo no era acaso parte de esa sociedad descuidada? Me preparé un baño de espuma y desnuda me concentré en la voz de las cantantes, pero entre los agudos y bellos gorjeos aparecía la vocecita de Daiana o Abigail. El estridente campanilleo del celular me sacó del estado de irritación que tenía.

 

            Braulia logró que la gente de la villa le diera apoyo para ir al hospital sin el niño. Serafín regresó pero nunca se curaría. La vida continuaba. La juventud e ignorancia le trajo otro embarazo a la mujer que tenía veintidós años apenas y mil de sufrimientos. Nació una hermosa hembrita a quien el Rubio quiso apadrinar. Se llamaría Daiana. La heroína de la telenovela venezolana que veía toda el pueblo por ese tiempo. Tal vez si tenía suerte la nena conseguía apoderarse mágicamente del destino de la protagonista del culebrón y terminaba casada con el superhombre rico y famoso del “cauntry” aledaño al barrio de vagabundos.

            Un invierno extrañamente gélido propinó una recaída al padre de los niños. Nuevamente al nosocomio de donde no salió vivo. Braulia se había quedado con dos brazos acomodando hijos y sin saber que en sus entrañas crecía otros pedacito de carne con corazón que palpitaba. Nada le ayudaba en la vida y su desdén desgarró el instinto. Una palabra al Rubio y en pocos días con un desesperado instrumento desgajaron el cuerpito del pequeñito que dejó un ínfimo recuerdo a su paso por la villa. ¿Qué puedo hacer ahora pensaba la desgraciada? ¿Quién me puede ayudar a mí? Ya no tengo ni fuerzas para defenderme del demonio. Acalló su conciencia y caminó por las calles abarrotadas de apurada gente indiferente, que  a veces le daba una migaja de su abundancia o compasiva le alcanzaba una mirada de amor infinito con algo que achicaba su pobreza. Su pobreza no sólo era de cosas materiales...no, adolecía del favor de los dioses para pertenecer a los afortunados que sabían leer y escribir, que tenían un oficio y trabajo. La dignidad de pertenecer a la raza era un instinto en Braulia que no sabía las palabras pero sí el sentimiento y deseo de no tener que vivir casi como una exiliada de esa gente hermosa que veía...

¡ Ella no sabía que su belleza era tan digna como la de esos...!¡ su amor a los hijos...! Su sabiduría ancestral defendiendo lo que para ella era lo más importante, la hacía hermosa a los ojos de la humanidad y del Dios de todos los que la conocían!

            La soledad de la mujer sin hombre y viuda,  despertó el instinto de uno de los hombres del `jefe´ y una vez sintió la mano sobre su espalda. Se enderezó con furia y escupió. El hombre horrorizado por el estupor le propinó un golpe que la dejó ciega sobre el eterno barro del pasillo de su tapera. Le había quebrado la clavícula. La arrastró del cabello y la metió en una de las casillas. La gente que la habitaba  salió silenciosa. Los dueños eran los amigos del Rubio. Todo era del Rubio. El grito agudo pidiendo ayuda se perdió en el furioso ruido de una radio con música “bailantera de cumbia”. Nadie podía atreverse a auxiliar a la desgraciada. No ahora. Quedó tendida en el suelo. Otra vez se había perpetrado el ritual ancestral de la violencia. Una hembra no es nada más que una cosa para usar. La descartó y abandonó. Su vagina desgarrada le impedía ponerse de pie. Su humillación era una  pesada roca en el cuerpo. Se arrastró y alguien la ayudó a erguirse. Apoyándose en las frágiles paredes húmedas llegó a lo que quedaba de su casilla. La habían incendiado con su pequeñito adentro. Un vecino había sacado a escondidas a la pequeñita Daiana por orden del manda más, su padrino. Se quedó allí muda. Tomó a la nena y caminó- en la más terrible degradación- hacia la calle. Un compasivo cachorro trotaba atrás como queriendo aplacar su soledad. Así llegó al hospital donde reconstruyeron su intimidad destrozada.  

 

            Querida señora no quisiera darle malas noticias. Creemos, acá, con los doctores, que nunca más podrá tener otro hijo. Por su historia clínica y porque la conoce la doctora Miranda, sabemos que su compañero falleció hace un tiempo. ¿Cuántos años tiene? Veintitrés...es muy joven. El doctor de barba que la viene a ver, es especialista y la va a ayudar. Es siquiatra. Usted mi pequeña ha vivido un momento muy doloroso. Me dicen que en el incendio murió su hijo varón. ¡Malo...malísimo! Y que no tiene a nadie para que la refugie. Nosotros no la vamos a dejar. Será nuestra huésped por un tiempito hasta que suelde su hueso del hombro y cicatricen sus heridas. Después ya buscaremos que...bueno, ya veremos... ahora hay que seguir esperando con paciencia. Y los médicos cuidaron cuerpo y alma de Braulia en ese momento de horror.

 

            La encontré durmiendo una noche en un negocio cerrado. Estaba cubierta con cartones y plásticos.   Entre sus brazos firmes acunaba a la pequeña Daiana. La desperté y la llevé en un taxi a un refugio de mujeres abandonadas. Allí la ubicaron en un pequeño dormitorio. La ayudaron con ropa limpia, zapatillas y ropa para la nena. Una ducha caliente y parecía que el cielo había vuelto a abrirse para que el sol brillara. Comida caliente. Después supe que Braulia durmió dieciocho horas seguidas. En el refugio un médico le diagnosticó neumonitis. La volvieron a internar. Por esas raras vueltas del destino al salir del nosocomio se encontró con el Rubio. La mirada sorprendida del hombre no impidió la de odio de la mujer. Lo enfrentó con todo el rencor que acomodó displicentemente en su memoria para lo que le hicieron.

            Le ordenó que regresara a la villa. Ella se negó y trató de escapar a la mano hercúlea del macho enojado. No pudo desprenderse. Lo tuvo que seguir. La ubicó en una de las casillas más fuertes. Era el “dueño”. Le compró todo lo necesario para ella y la nena que ya caminaba. Ella supo callarse y aparentó estar agradecida. Comenzó una danza viperina entre un áspid y una cobra. El “jefe” trataba de seducir con mil artimañas y ella fingía que estaba encantada. Así con el milagro de lo imposible quedó embarazada del Rubio. Tuvo a Abigail, una inútil esperanza de paz. La ingenua soberbia del macho impidió desconfiar de la mujer memoriosa.

            Mi relación con las tres se había hecho algo imprescindible. Ella venía a mi oficina y se sentaba silenciosa mientras yo hacía mis planillas y servía el té, que yo bebía siempre con cariño. Me traía pequeños panecillos de pasas de uva que amasaba con grasa de cerdo y que horneaba en su vivienda. Otras veces me traía dulce casero de manzana o de damasco. No había perdido la capacidad doméstica de caserita pobre. Hablaba poco. Yo le admiraba el amor que ponía en el cuidado de sus hijas. No era frecuente verla llegar de día y en invierno se espaciaban sus visitas agradecidas de aquel salvataje primigenio. Ahora me enfrentaba con la verdad. ¿Dónde estaba? Yo no iría a enfrentarme con el Rubio que ya estaba canoso y avejentado, peleando su puesto de dueño con un pandillero pendenciero y sin escrúpulos. Las drogas hacían estragos en la villa. El alcohol era tiempo pasado. Yo era una mujer soltera, sola y muy educada. ¡No podía! Pero mi conciencia me impelía a conocer la suerte de Braulia.

           

            Había esperado ese momento. Ya las nenas conocían bien qué tenían que hacer. Buscarían a la Señorita Encarnación, la que les había ayudado siempre. Esa noche se preparó para la cena con su mejor vestidito dominguero. Se puso unos bigudíes y se esmaltó las uñas. Había cumplido hacía unos días veintiocho años. Ya era vieja...ya podía cumplir con la promesa. Lo esperó con una cerveza fría. Le relató, en el lecho de amor, un cuento indígena antiguo,  de cómo matan las “yarará”con la mirada. Puso un “gualicho” de bruja,  escondido en la cama. Y cumplió con el Serafín, con su hijo muerto...y - “ Total la señorita Encarna sabría qué hacer por ellas”- , las dos nenas.

 

            La policía me trajo algunos objetos encontrados en la casilla para que le diera a las nenas. Nadie quería tocar un extraño muñeco de madera y arpillera con la forma del Rubio cubierto de clavos, incrustado un diente de yarará en el corazón pintado con sangre humana. Lo encontraron en el mismo lugar donde había quedado el cadáver. Me explicó luego el comisario que el Rubio murió de muerte natural... ¿ O tal vez no sucedió así?

 

 

Bailantera: música popular de una región argentina ( Córdoba ) que se ha extendido en los suburbios de todo el país.

Chagas- Masa: enfermedad endémica provocada por el “tripanosoma cruci” y cuyo agente de contagio es un insecto llamado Vinchuca. Habita en zonas carenciadas con  viviendas de barro.

Gualicho: dícese a un encantamiento popular hecho con hierbas y plumas de aves muertas. Magia Negra de la región central de argentina  y periférica de la provincia de Buenos Aires.