lunes, 26 de abril de 2021

LA POESÍA ES PINTURA HECHA DE PALABRAS

 

LA PINTURA ES POESÍA MUDA; LA POESÍA PINTURA CIEGA: LEONARDO DA VINCI

 

Los trigales perfilan la curva del silencio.

Holgazanean las espigas solariegas en calma.

Buscan las aves el horizonte de las almas añil,

revierten la soledad del camino al cielo plata.

Vertiginosas las vocingleras cataratas cantan,

van valle abajo en su perfecto viaje en busca del oropel

que maltrata las piedras sobre el suelo fértil,

a los arroyuelos que pintan las aguas mansas.

Los sauces se contornean coqueteando ensueños

atrapando el arrebol de la ribera inquieta, en brava caída,

en perfecta sorpresa de melancolía blanca.

Nace en el horizonte un carmín de sueño solar,

un tamiz de osadía perdido en la montaña. Nieva.

El corazón palpita en verdes y celosos naranjas

del pinar yacente en la balaustrada umbrosa,

moviendo el mundo con ritmo de hojarasca sutil,

con ritmo de amapolas que mecen mariposas de oro,

con ritmo desmesurado de panderos viejos, ruidosos.

Un colibrí amenaza llevarse cada flor en el pico,

robar la dulzura de la miel del panal oculto,

buscando en las ramas del rosal y peonías rojas.

Y el trigal sigue inquieto meneando su belleza dorada

coqueteando con las cigarras y tumultuosas langostas.

A lo lejos nace la poesía con pinceles de crines.

Cabalgan los alazanes con probidad de duendes,

Traen entre sus lomos la magia de violines.

Traen al poeta ebrio de amor y gozo.

Traen joyas preciosas.

Traen palabras que brillan con los trigales.

 

ANDALUCÍA, TUS FLORES Y PERFUMES, anécdotas de viajes.

 

España es tan grande para recorrer completa y bien, que hay que darle un tiempo a cada región para disfrutarla.

Mi profesora de Castellano, nos hizo leer a los grandes poetas de la península: Lorca, Vallejo, Sor Juana Inés de la Cruz, Mio Cid, Cervantes y muchos que fueron inspiración para querer recorrer Andalucía.

Los monumentos moros, las enormes iglesias que se levantaron con sangre y el “Oro de América para Gloria de Dios” y que te parecen una afrenta a los Mayas y Aztecas, y por supuesto a Dios. Pero… hay tanto arte y lugares bellos que faltan días y horas para ver y admirar la mano del hombre frente a esa maravilla llamada “Tierra Calé”.

Uno de los paseos que dejan una huella en el espíritu son los patios de las casas andaluzas. Las paredes cubiertas con tiestos cargados de flores multicolores bajo un sol radiante y fuerte, mientras salen de los ventanales con rejas herradas a mano, unos perfumes de arroces y mariscos, unas cazuelas de pescado fresco y verduras, que iluminan los ojos de los paseantes. Los mesones de madera añosos, con alegres manteles a cuadros rojo y blanco, con vajillas de colores, y algunas hechas por las manos artísticas de ceramistas y alfareros, que guardan una profunda historia ancestral, son las que esperan en pequeñas posadas para comer los transeúntes y pasajeros.

A la noche fuimos a un famoso tablao Gitano. ¡Gran fiesta de “bailaores” y “Majas” con sus vestidos de volantes y colas que mueven al son de las palmas y zapateo rítmico! Comimos una “paella digna de un príncipe” y regamos con un buen vino Riojano Español. Una noche alegre con una multitud de turistas del mundo que buscamos encontrar el núcleo de la historia de ese pueblo.

En Sevilla, conocí, la famosa Virgen de la Macarena. ¡Una belleza! Si la miras de un lado, llora con lágrimas de cristal sobre la porcelana y si la miras del lado opuesto, te sonríe invitándote a mar a su Hijo. Vi los Pasos de Semana Santa sobre un costado del ingreso al enorme templo sevillano. También paseé por el parque cuyas mayólicas fabricadas a mano, te enlazan con los artesanos moriscos. Allí, se conocieron Máxima, la reina de Holanda con el hoy Rey, y dicen que es un lugar donde se unen extrañamente las parejas más célebres del mundo. ¡Viva el Amor!

Si caminaba por ciertas calles, recordaba los poemas de García Lorca; imaginaba su figura hermosa, porque lo era buscando un café o bar donde sentarse a escribir o dibujar. Sentí que fue una tristeza su muerte, nos privó de uno de los más exquisitos poetas. ¡Poeta del Cante Jondo! Esos cantares que hoy los juglares han puesto música como a Machado y que los jóvenes no han conocido en profundo.

Una España que pasó por una guerra tan triste y dolorosa, por ser entre hermanos. Donde muchos cayeron bajo las balas y en los frentes de las casa hay enormes placas de bronce con sus nombres. Hoy es una España pujante y de una diversidad étnica increíble. Pero por doquier se ve la fuerza de los moros en su arte.

La alambra con su patio de los tigres o leones, desde donde se observa toda la ciudad, en sus balcones. Los techos de tejas musleras y los campanarios de cientos de iglesias.

En una calle “medieval” de Granada, caminábamos buscando una taberna donde se comían exquisitas tapas y de pronto, vimos venir por entre los empedrados un hombre con su burro, enjoyado de cascabeles y pompones de colores. Iba cantando el señor a viva voz una canción en un español que no entendí mucho, pero sus alforjas, tenían frutos secos y manzanas que brillaban con el sol. ¡Su alegría era prodigiosa” Y su ropa, de traje típico, nos dejó boquiabiertas, Nos saludó sacándose un sombrero negro y su cabeza lucía un pañuelo rojo para el sudor  que le provocaba el calor ambiente. Me quedé arrobada. Era un “Platero y Yo” en vivo. Un cuadro de belleza, que él, llevaba con la galanura de un “señorito cabal” y siguió su camino con el tintineo de los cascabeles hasta que se perdió tras un muro lleno de geranios multicolores en flor, cuyo perfume enarbolaban su condición de fiesta popular. Seguimos caminando hasta llegar a la taberna donde comí el más exquisito pulpo en aceite de oliva, de toda mi vida. Andariega, me fui metiendo en algunas plazoletas, viendo las mayólicas con el color mudéjar azul, grana y amarillo, que brillaban con la luz infinita de sus rincones. En toda Málaga, transité catedrales y palacios, donde se guardan antiguos escritos de la historia de América y de Europa. Los pies listos y cansados, el alma pletórica de ver la Vida y su Belleza.

¡Es hermosa Andalucía, es muy bella!

NIDOS VACÍOS

Para sacudir los nidos desocupados y darle lugar a los jóvenes pájaros para que aniden en primavera.

 

      Los chicos de las granjas, juegan con lo que encuentran, dijo Eulalia. No te preocupes hermana. Encontrarán seguro mil curiosidades para entretenerse. Míralos, trepados en la vieja encina. Balanceándose en los sauces sobre las acequias. No te abrumes.

      El campanario de la vieja capilla llamaba al ángelus. Y Antonia dejó las ollas y pucheros para rezar. Su rostro pintado con harina desdibujaba las mejillas arreboladas por el calor del fogón. Sus manos regordetas y suaves de sobar el amasijo, eran como paletas de color rosado fuerte. Caía cabello cano entre sus mejillas. Los ojos enrojecidos de tanto llorar se esfumaban con el vapor del cocido.

      Mirna, Cecilia y Saulo, reían con la inocencia de los niños que no saben la causa del traslado a la granja. ¡Chicos vengan a rezar con la abuela! Llamó Eulalia. Parloteando se acercaron a la cocina y se acomodaron junto a la mesa donde la masa de los fideos se estaba refrescando para ser cortada en finos hilos con cuchillo. “Los fideos de la abuela eran un sueño”

      ¡Y el ángel del señor anunció a María…! Chicos no se pellizquen, no peleen…y ¡“Concibió por obra y gracia…! Dije silencio. ¿Pero abuela qué quiere decir concibió? Preguntaron a coro. Bueno vayan y sigan jugando.

      Salieron corriendo y gritando “Mancha”. Te toqué. Se perdieron entre los espalderos de uvas y el zanjón que no traía agua por falta de deshielo y lluvias.

      Pasó un rato y se escuchó el motor de un automóvil, era Daniel que regresaba con Sara y Delicia. Hemos dejado todo listo para la ceremonia de mañana. Ahora después de almorzar vamos a dormir un rato la siesta. Los niños que entren y descansen porque la tarde será larga, fue el deseo de Jorge. Pero no escuchaban el llamado desde la casa. Habían encontrado en los cerezos unos nidos de pájaros y como estaban vacíos, comenzaron a juntarlos para jugar.

      Sara se sacó la falda y las medias de seda que tenían varios hilos corridos. Se puso una bata y se tiró en la cama de su madre. Delicia se desató el cabello que tenía sostenido con hebillas y se sacó la faja. Un desparramo de piel de su vientre operado, la hizo suspirar. ¡Por fin puedo respirar tranquila! La gata se deslizó por entre sus piernas y se acomodó ronroneando en el hueco de su nuca. El almohadón con perfume a lavanda, abrazó un sueño largamente deseado por Delicia.

      Afuera, comenzó a bajar la luz, el sol se iba escapando por entre los álamos hacia la cordillera. Para la hora del te. Los chicos regresaron agotados con los brazos llenos de arañazos de las ramas y espinas de los molles. En el regazo debajo de sus prendas sucias y arrugadas, aparecieron los nidos vacíos de pájaros y huevos.

      Abuela: ¿Harán nuevos nidos en primavera? ¿Tendrán pichones los pájaros? Y el parloteo hizo un bache de espera para la jornada triste del otro día. Tenían que enterrar al abuelo.

       

EL MUNDO SEDIENTO

 

Me agacharé en la ciénaga con las manos limpias

 

Regresaré del camino sin peces y sin flores.

 

Te habrás ido lejos.

 

Estarás perdiendo en la memoria mi nombre.

 

Las calles se bifurcarán en el bosque de pinos

 

Muchas bocas sedientas buscarán el sabor de las lágrimas.

 

Ya no estarás, ni estaré para saciarlas.

 

Será un adiós definitivo.

 

 

 

 

EL ÁNGEL NEGRO

             Estamos cruzando el río con una canoa frágil que compramos con nuestros ahorros. Es pequeña y pintada de colores vivos. El río se desliza suave como un reguero de miel o aceite entre un sin fin de plantas. Hay ruidos desconocidos por la costa. ¿Serán monos o aves? No tenemos idea de dónde provienen. No le tenemos miedo. La aventura nos ha superado. Primero la avioneta se descompuso en medio del tramo que nos llevaba al puerto, luego caminamos por una ruta contraria hacia donde queríamos ir, nuestro viaje de tres días está durando trece.

            Chalo dice que ese número no hay que nombrarlo, es mufa. Yo no creo en esas cosas. Rolando que es medio místico, nos alienta con unas oraciones que parlotea a toda hora. Me cansa, pero no le digo nada porque es bueno y ayuda en todo. Seguidamente al llegar al único puerto que encontramos había sólo una canoa. Ésta que se desliza como sobre miel caliente. Gracias a Dios no estamos solos, hemos visto algunos nativos caminar por la orilla. Nos miran con su boca desdentada y nos hacen señales que no entendemos.

            Giro y un sordo ruido surge entre las frondas. Es una imagen extraña. Lo que vemos es como un enorme ángel negro con un par de alas emplumadas que se abren sobre nuestra bonita canoa. Pareciera envolvernos con sus alas de grafito brillante y garras afiladas. Clava sus grandes ojos en mí. Me toma por el hombro y me sostiene sobre el río como un juguete sin forma. Lloro con desesperación. El número trece, pienso y con un llanto de cobarde, me lanzo a gritar y a golpear con mi mano ensangrentada al Ángel Negro. Los nativos vociferan y saltan de alegría. Ahora entendemos que ellos esperaban eso. Le grito a Rolando que rece por mí. Un dolor cálido me consume mientras mis alaridos se pierden para siempre. Ellos siguen navegando huyendo de ese monstruo alado que ya sació su hambre.

 

EL VIAJE

 

             No había viajado nunca en tren. Su abuela le había preparado un bolso con ropa y enrollado un colchón de algodón que ella había armado. Una manta de lana hilada a mano. Andrés, tenía que ir a trabajar en la ciudad. En el campo no había cosecha por el clima malo que arrasó con todo.

            Estaba muy tenso y asustado. Era su primera vez. En la ciudad el tío pancho lo buscaría en la estación de trenes.

            El vapor de la locomotora lo envolvió. Le pareció que entraba en un mundo de fantasmas. Pero cuando se disipó pudo ver a la abuela que parada secaba con el dorso de la mano una lágrima que corría en la piel arrugada por os años y el trabajo duro del campo.

            El “Rufo” su perro y el “Gringo” el caballo bufaban en el terraplén despidiéndolo. La abuela regresaría a la chacra en la volanta. Lentamente comenzó a moverse el monstruo de metal sobre las vías y el ruido de fierros asustados, llenó junto al silbato del ferrocarril, la vieja estación del “Algarrobo Ladeado”.

            Sonó una campana despidiendo en la hora justa el convoy. Andrés sacó la cabeza por la ventanilla hasta que se desdibujó la figura de la abuela. Lloró. Pero no quiso que lo vieran así, por lo que prendió un cigarrillo y comenzó a fumar echando humo agrio y espeso como el tren.

            El movimiento monótono del cocha lo adormiló. Se quedó semidormido hasta que un hombre vestido con una chaqueta verde sucia de grasa y cenizas le pidió el boleto. Se lo mostró y le hizo un pequeño agujero con un aparato que nunca antes había visto. Ese fue uno de los primeros objetos que comenzó a conocer.

            Al medio día sintió hambre y abrió una cesta que tenía con unos sánguches que le había puesto ella. Sintió un dolor seco en el corazón, había dejado solita a la anciana. ¿Ahora quién velaría por ella?

            Al atardecer comenzó a ver que a la vera de los rieles había menos campo y más casas. Algunas muy humildes y viejas, y a medida que seguían hacia la ciudad, más y más casas y calles y rutas que atravesaban el ferrocarril, para lo cual bajaban unas lanzas de metal o madera pintadas en varios colores y que detenían camiones y autos y en algunos lugares, bicicletas y motos. Avistó unos edificios altos. Eran lejanos y parecían montañas de vidrio y metal.

            De pronto el coche entró en un terraplén y un cobertizo de metal. Era la estación mayor. Allí había mucha gente que esperaba a los que venían en el tren. Miró por la ventanilla y vio a su tío, que fumaba una pipa y largaba humo azul. A su lado una mujer rubia que él, no conocía. Cuando el coche se detuvo, sonó un silbato largo y la gente apurada comenzó a recoger sus maletas y bultos para descender. Él, esperó un rato y después bajó. El tío lo abrazó y llorando lo beso en la frente.

            -Mirá Alicia, este es mi sobrino Andrés, es un muchacho que nunca salió del campo. Y ella ligera, le dio un beso húmedo en la mejilla donde dejó una marca de carmín. Luego le retiró el bulto menos pesado y lo tomó del brazo como si fuera su hijo y Andrés, la miró con el seño fruncido. – Mirá Pancho, no le gusta la tía.- y largó una carcajada que el tío aplaudió. Ya te acostumbrarás a mí, dijo y siguió empujando una familia llena de niños que tenía delante. Cuando salieron a la calle, Andrés confundido, se quiso volver atrás. Cientos de autos, micros y bicicletas corrían de un lado a otro por la zona.

            Andrés nunca va a olvidar ese viaje. Porque nunca pudo regresar al campo y porque la abuela, llegó en pocos meses a la ciudad porque lo extrañaba.

SALTÓ AL BALCÓN

             Mi viejo era un héroe. Viajaba siempre al interior con la chata llena de mercadería que vendía en el campo. Con lluvia y con sol, con viento y con calma el iba por caminos internos, no por las rutas. Las rutas las usan los comerciantes grandes, los que llevan muestras. Él, no, el vendía ollas, juguetes, ropa de campo, zapatos, alpargatas, cuchillos y mil cosas que conseguía en los galpones de la aduana o en garajes escondidos de los grandes comercios.

            Dormía en la camioneta o tal vez en algún cuchitril, de esos que hay por los caminos con luces de colores y flechas que dicen “Hotel” y son de cuarta. Mi madre lo adoraba. Y nosotros, los cinco hermanos también.

            La Lidia, aprendía piano, con doña Tiburcia y cuando sentía que llegaba rezongando la chata, se sentaba en el piano y tocaba y tocaba y mi padre la miraba y lloraba. De alegría lloraba. Yo coleccionaba “El Gráfico” y él, se sentaba en un sillón destartalado en el porche y los leía y acariciaba mi cabeza. ¿Sabés como me acuerdo de mi viejo? Si me parece hoy que lo estoy viendo con la foto de Labruna y a Di Steffano a quienes admiraba tanto. Mi hermana Célica se escondía debajo de la mesa que mamá tapaba con una carpeta que tejía con hilo fino y una aguja finita, y espiaba los libros de mi hermana que iba a la escuela Normal para ser maestra. Tal vez hubiera sido mejor que nunca creciéramos.

            Un día mi papá llegó fuera de hora. Mi hermana Carlota no había ido a misa con nosotros y mamá. Él, como no tenía llave saltó por el balcón a la pieza de arriba y el mundo se vino en catarata hacia el “carajo”. El Aurelio Marín, nuestro vecino, casado con la Antonia, estaba desnudo en la cama con mi hermana.

            Papá no dijo nada, sacó una pistola que llevaba siempre por las dudas y le pegó un tiro. Tan pero tan mal que en vez de darle al “tipo” mató a la Carlota. Ya no va a ser maestra.

            Vino la policía y se lo llevó a papá y al Aurelio. ¡Pobre mi papá, nunca supo que la puerta estaba sin llave; porque de la vergüenza se colgó en la reja de la celda en la comisaría!