miércoles, 25 de agosto de 2021

CANDELARIA

 

Odio, Candelaria sentía un odio inevitable, incontrolable. Era una espina clavada en su corazón de mulata. Su vergüenza la dejaba sin palabras cuando tenía que ocuparse de las niñas. Los Lastra eran ese tipo de familia antigua que recibían a las huérfanas para darles un techo, comida y algo de trabajo. Bueno, mucho, muchísimo trabajo. La mayor era una chica callada y triste, pero en su mirada había un desprecio visible hacia las servidoras. Se llamaba Sofía.

La segunda era parlanchina y juguetona, pero educada por una madre muy permisiva, era caprichosa y vivaz, se llamaba Belinda. Y todo el día molestaba con preguntas tontas a las pobres muchachas que ayudaban en la casa. Y la más pequeña, Suspiro, era dulce y sencilla, pero sus hermanas eran verdaderos gendarmes para que no se encariñara con el personal de la casa.

Candelaria, tenía un hermoso cabello ondulado que ataba en una enorme trenza que caía sobre su piel morena en la espalda. Siempre usaba la ropa que le dejaban las niñas, descalza, sus pies de piel gruesa se había acostumbrado a deslizarse sin que la escucharan por las habitaciones de la casa. Odiaba a las tres, porque le hablaban de fantasmas, de demonios que impedían que durmiera tranquila. Odiaba a la madre, porque nunca le permitía ir a ver a su única familia. Su abuela Hersilia, vieja de color que trabajó años en la casa del boticario del pueblo. Ya casi ciega, la habían dejado vivir en la parte trasera de la casa del boticario, un solterón agudo y lleno de melindres que asustaba a la gente con sus espejuelos de oro y su gran bigote cano.

Candelaria tenía que sufrir con las picardías de las muchachas de la casa. Los Lastra eran gente respetada y seca, pero siempre le recargaban de tareas los días que ella podía salir a ver a su anciana abuela.

Odiaba a don Plácido… el patrón, porque cuando nadie lo miraba perdía sus dedos de aguja entre los muslos dorados de la Candelaria. El hombre, la perseguía por los pasillos y corredores de la casa y le tocaba los senos pequeñitos, desde que se hizo una adolescente y cambió su cuerpo de nena en mujercita. ¿Por qué no le hacía eso a sus hijas? Hasta que un día lo vio. Tocaba a la Sofía. Le levantaba la pollerita del vestido amarillo y perdía sus garfios entre la piel nívea de la chica. Y otra vez lo vio con Belinda que la había sentado en sus piernas cuando se hamacaba en el patio bajo las glicinas y enredaderas. ¡No dijo nada! Solo miró y se dio cuenta que disfrutaba ver que el don Plácido era un rufián como el lechero, que manoseaba a la cocinera. Le dio pena por la Suspiro. Era la más buena. La madre o se hacía la tonta o era ciega.

Y ella se quedó callada hasta que una noche entró el patrón a su habitación en calzones y quiso agarrarla. El grito que pegó se escuchó hasta en el gallinero. Salió todo el mundo a ver qué pasaba y la vieron que de un mordiscón le había arrancado un pedazo de carne al hombre. La entrepierna sangraba y el no sabía si llorar o taparse.

Esa noche la patrona le dio con el cinturón una docena de guascazos. A ella, que era la ofendida. Las chicas la escupieron y se mofaron por no haberse callado. Se vistió como pudo, sacó un pequeño atado de ropa y salió despacito rumbo a lo del boticario. Amanecía. Esperó en el zaguán hasta que abrieran. Entró, ya era otro día.

Ese día, doña Hersilia y el boticario, la recogieron como a un perrito perdido. Cuando le preguntaron qué había pasado, no dijo nada. ¿Quién le iba a creer a la mulata que los Lastra eran así?

 

INMIGRANTES

 

Barbarita fue al final la que sobrevivió y pudo contar todos los sucesos ocurridos.

            La familia había llegado por allá, por la década de 1890 al país, como todo inmigrante con más hambre que bolsas, con más esperanzas que certezas, con más miedo que seguridad. Primero quedaron en el Hotel de Inmigrantes con otros extranjeros que hablaban mil lenguas diferentes. Los ojos grandes mirando las ropas raras de algunos vecinos en las largas mesas que los cobijaban, donde no faltaba un plato de comida caliente, pan crocante y tibio y alguna fruta. ¡Ellos hacía mucho que no comían tanto! Menos frutas y carne. La gente, allá en la aldea, hablaba mucho que en este país había carne por todos lados y que el pan sobraba. Ellos, lo verían cuando salieran de allí. Los llamaban por un número que le habían prendido en la ropa cuando bajaron del barco. Después de pedirle los papeles que traían, un hombre calvo que hablaba su dialecto, les explicó que quedarían en cuarentena para evitar contagio de cualquier enfermedad y después tenían asegurado un viaje por tren hasta un pueblo del interior.

            Los embargó un poco de temor, por lo del idioma. No conocían esta lengua que los empleados murmuraban rápido y se movían con tanta agilidad de un salón a otro. Ludovico aceptó sin poner resistencia, Ivana lo miró con rabia, a ella le habían dicho que se quedara en la capital porque era una ciudad grande donde podían tener más comodidades y más trabajo. Como hembra, no podía opinar ni oponerse a lo que el marido le imponía.

            La habían casado antes de salir del pueblo. A Ludovico lo había visto dos veces en la feria del domingo. No era cristiano y ella sí, por lo que no hubo ninguna ceremonia religiosa. Ella sentía que no estaba casada. Que ese muchacho alto, moreno, de ojos oscuros y mirada profunda que se clavaba en su piel rosada y suave era un extraño.

            Tenía manos fuertes y mucha energía, levantaba los baúles de ambos como si fueran cojines de plumas. Él, la miraba y sonreía. No la tocó en todo el viaje, porque ella se acurrucó en un pequeño espacio en esa bodega atestada de gente sudorosa y gritona. Descompuesta con el vaivén del barco y el miedo. Ludovico la abrazaba por los hombros en la noche, porque había notado que algunos hombres que viajaban solos la miraban mucho y mal.

            Fue un respiro llegar al puerto y salir de esas barracas inmundas. Él, feliz de alejarse de su país. Ya se hablaba de guerra y estaba cansado de la prepotencia de los dueños del lugar. Aprovechaban a los jóvenes fuertes para darles los trabajos más duros y apenas les soltaban unas monedas. ¡Estas tierras eran de promisión! Los alojaron en una habitación pequeña, limpia, con un lecho con colchón y lienzos que olían a sol. Tenían cerca un baño que usaban todos pero que les explicaron debían dejar tan impecables como lo habían encontrado. Ivana se esmeró en dejarlo brillante siempre que lo usaron.

            Pasaron los días y la muchacha se transformó en mujer. Él, con experiencia, la tomó sin que ella se resistiera. El padre le había dicho que no hiciera problema y la madre con un llanto solitario, le dijo al oído lo que le pasaría. ¡Y pasó! Supo que la vida deparaba a las mujeres un trabajo extra: dejar su cuerpo en manos de ellos y satisfacer a su hombre cuando éste lo reclamara.

            Un día los buscó el hombre que hablaba su idioma y los condujo hasta un espacio abierto, donde había otros “paisanos”, dijo que crearían una aldea nueva en una región cercana a un río grande y fecundo. No muy lejos de esa capital. El gobierno ya les había repartido unos papeles con los metros que tendría su parcela de terreno y cargaron unos grandes bultos con herramientas y utensilios de variedad inimaginable.

            Algunos hablaban su lengua y otros trataban con palabras parecidas de comunicarse. La mayoría eran familias, algunas con niños y otras con parientes mayores o jóvenes. Todos con la gran esperanza y el sueño de ser feliz.

            Los subieron a un tren y tras horas de traqueteo, pasando por eternos campos sin sembrar, llegaron a una estación despoblada y allí los hicieron bajar. Unos viajaron en carretas, otros en sulkys y otros, los que sabían montaron a caballos. Fueron varias horas andando hacia el norte. Llegaron a un lugar con enormes árboles de una especie que nunca había visto. Altos pastizales y ruidosas aves que revoloteaban por ahí. 

            Ivana encontró el cartel con sus nombres. Allí estaba la tierra. No había ni casa ni corral ni animales. Llamó a Ludovico y éste corrió asombrado a su lado. ¿Adónde dormirían ahora? Tenía sus cofres, bultos, herramientas y utensilios. Pero no había nada.

            Es noche durmieron debajo de un carro que les habían dejado. Apenas pegaron los ojos, el ruido de las aves y macacos los aturdía y aterrorizaba. A la mañana siguiente

Vieron un hombre que traía dos vacunos, una jaula con gallinas y pollos, dos caballos de tiro y conejos. A Ivana le regaló un cachorro de perro. Saludó con la fusta en el ala del sombrero y siguió cabalgando y se perdió entre los enormes algarrobos.

            Con esfuerzo y ganas, pronto levantaron una habitación con los troncos  de los árboles y techaron con maderas que hachueló dejando pequeños orificios en las paredes para tener aire y luz. La mujer se acostumbró a trabajar mucho. Era fuerte y no lo sabía. Ludovico, la miraba con asombro. Se enamoró de su cuerpo y más de su alma. En el atardecer la veía sentada en una especie de silla que le había hecho leyendo un libro. El silencio y su rostro, lo llenaba de paz. No sabía leer y ella enfrascada ni lo miraba.  Un día se atrevió a preguntarle qué hacía y ella asombrada le dijo: Leo la Biblia.

            ¿Qué es eso? Le preguntó. Todo. La sabiduría de la vida y de la muerte.

Pasaron los años, un par de niños llenó la vida y agrandó la casa. Lo rústico fue dejando paso a una casa de material, ladrillos cocidos y tejas, maderas lustradas y ventanas con vidrio. Ludovico, trabajó como todo inmigrante con esfuerzo y acrecentó el bienestar económico de la familia. Compró más tierras y quedó como anécdota las noches en que durmieron bajo el carro. La esperanza afloraba en cada siembra y en cada cosecha. Los muchachos, dos varones que eran idénticos al padre crecieron conociendo cada árbol, cada animal, cada semilla con su tiempo de laboreo. Y con su madre aprendieron a leer y a escribir y supieron de la fe de sus ancestros. Ludovico enfermó, las fiebres provenían de la miríada de insectos de las orillas del río.

            Pasó su fortaleza en un lecho de dolor y ardores. Cerca del amanecer de un mes de julio, llamó a Ivana y le rogó le hablara de ese Dios que ella tanto amaba y se fue quedando dormido entre sus brazos. Se quedó sola con el dolor de haber perdido a un hombre bueno que nunca le hizo faltar sueños.

            El nuevo siglo trajo muchos cambios. El ferrocarril, avanzaba entre los campos de trigo y maíz. Era una enorme boa de humo y chirridos que espantaba a los animales, pero que traía consigo otros métodos de trabajo, herramientas y máquinas para cosechar que los muchachos aprendieron a usar muy pronto.

            Un día desde el lejano país de su padre llegó un puñado de parientes que reformaron la simple vida de Ivana y de sus hijos. Llegaron Maira y Ludovica unas primas, una anciana que era la tía mayor de su difunto marido. Un joven que escapaba de la pérfida guerra entre países vecinos a la tierra y que transformó la seria existencia del grupo.

            El muchacho se llamaba Alfred y con su violín serenaba el espíritu de los amigos y vecinos. Pronto construyó una fábrica de cerveza y en su vetusto corralón, que compró con unas monedas de oro, único bien que poseía, recibía a todos los habitantes de los terrenos de tres o cuatro kilómetros a alrededor de su caserón.

            Ivana ya envejecía y suplicó a sus hijos que formaran una familia. Así Conrado buscó una alemanita siete años más joven y la desposó. Rigoberto se casó con una ucraniana tímida que poso sabía hablar pero muy trabajadora y dotada de una voz angelical. En el templo solía despertar el espíritu a los ancianos adormecidos por la lucha y la nostalgia.

            Cuando llegaron las noticias de la guerra ambos creyeron que tenían que ir a pelear. Ivana se opuso fieramente. Ustedes, mis hijos no van a ir a luchar por un país que no supo darle a tu padre un hogar y a mí un futuro como el que hemos construido acá. Y se quedaron. Y vieron como los que se fueron, volvieron mal. Unos enfermos, otros dementes y muchos no regresaron.

            Ivana dejó que sus hijos vivieran cerca pero independientes. Una mañana no despertó. Sus ojos azules quedaron clavados en el techo y entre sus manos el libro desgastado por la lectura de años y años. Su Biblia.

            Alfred, casi como un hijo más, le cerró los párpados y la acicaló para que los hijos no la vieran así, dormida. Ese día, conoció a una muchacha venida de Hungría, pequeña y bonita. Y al poco tiempo se casó. Ella era delicada pero fuerte. Tuvo varios hijos y lo ayudó con el negocio que fue prosperando. La cerveza, era un atractivo para la mayoría de la gente y comenzó un negocio de exportación, al que incluyó a sus parientes. La empresa era tan importante que Maira y Ludovica comenzaron a viajar por el país para completar las ventas. Una catarata de beneficios los aunó. Cada una se casó y formó su familia. Pero… la vida no fue tan generosa. Ellas no sabían que otra guerra los ahogaría en pérdidas y gastos. Perdieron todo.

            Sus sueños se desmoronaban con un banco que se llevaba sus ganancias, sus animales y sus campos. Había que comenzar de cero.

            La tierra es genial, siempre te presta auxilio, decían los hermanos. Y empezaron con trigo, maíz y tabaco.

lunes, 23 de agosto de 2021

LA VOZ DE JOAQUINA

 

            Imagínate ver a la Joaquina en los corrales con las chivas mansas, ordeñando sus ubres rebosantes de caliente leche espumosa. Cantando coplas, mientras las manos diestras aprietan las tetillas y cae el dulce jugo en un balde para hacer quesillo. Imagínate, Ramiro, el balido urgente de tanta cría hambrienta. La Joaquina conoce a cada cabra por su nombre y a sus crías las va bautizando cuando nacen y ella les corta el cordón ayudando a la hembra en parición. Es hermoso ver el techo del rancho con la cumbrera a pleno de pértigas donde cuelgan las pequeñas formas de queso de color ámbar que se desembarazan de la grasa fina. Es un lujo del campo, Ramiro, acercarse y oler ese aroma a vida. Hay horas en el día que se penetra de aromas ancestrales. Algunas veces la Joaquina canta o llama con un silbido a las cabras que vienen a su lado. ¡Claro que la reconocen! Si es como su familia ese puñado de pequeñas bestias cálidas y de piel suave, con pellejas de variados tonos del blanco al marrón oscuro o negro. Ella, la pastora, nunca tuvo hijos. Pero vos Ramiro verás cuando llegues que ellas son sus hijas. Nunca ha venido a la ciudad, la Joaquina nunca salió de su rancho. Mañana cuando vayas, y le digas..., si no se muere, quedará violeta del asombro. Estará inmóvil del espanto. Sé dulce y tierno cuando se lo digas. Nunca salió del rancho, nunca vino a la ciudad y no sabe cómo es la vida fuera de ese allí. Venir a morirse ahora el patrón Don Braulio. Los hijastros vender el campo, ¿qué vamos  a hacer con ella? Morirá de pena.

            El ruido del auto de Ramiro despierta el balido de las cabras. Sale Joaquina a recibir al primo que viene de la ciudad. Él nunca se imaginó encontrar a tan hermosa mujer en medio de la tierra árida e inhóspita de la sierra. No la conoce. Es tan bella y tan ingenua como las flores del cardón que aprieta en su rústico vestido. Su cabello largo, suelto al viento, la envuelve como una mata de “barba del diablo” de color del trigo. El calor la apura y encierra rápido los animales entre los palos corraleros y las pircas que aun sobreviven a los viejos nativos de la zona. Prende un farol de vieja data y se entretiene en el fogón con un puchero. Saca una botella de leche fresca y corta rodajas de pan casero, jamón y choclos hervidos, que son el alimento, comen con el zumbido de los jejenes y las chicharras, cantando junto a los grillos entre los jarillales del patio. Apenas hablan. Ella llora en silencio. ¿Qué hará con la “Preciosa”, la “Blanquita”, la “Rubia” y la... una a una va nombrando sus cabras. Se desparrama un poncho de tristeza junto con el sol que dormita entre los quebrachales.

            Amanece calmo. Joaquina está lista. Abre los corrales para que las amigas pasten por su cuenta. Ya vendrán los nuevos dueños. Se lleva varios quesos y muy poco de sus pertenencias. ¡Tiene tan poquito y necesita tan poco ! Sus ponchos hilados con la lana de la“ Redondita” y del “Terco”. Sube muda, al coche, y van dejando huella de polvo seco y blanquecino mientras se alejan del rancho.

            Llegan a la casa del centro. Le aturden los ruidos y el movimiento histérico de toda esa gente que va y viene sin rumbo seguro. La dejan en su cuarto. Se mira por verse en un espejo y descubre que ha envejecido diez años en un solo día. Llora la Joaquina.

            Pasan unos días. No va a ningún lado atolondrada por las estridencias que siente a través de los muros. Una mañana cuando Ramiro, Jimena y el niño, comen en la cocina sienten un extraño ruido. ¡Sorpresa! La buena muchacha en su angustia ha roto el tabique con lo que encontró a mano, un viejo tenedor de alpaca. Quiere buscar del otro lado los rostros amigos, su nueva familia, que asombrada la observa y comprende.   Jimena se incorpora y la abraza. No es fácil consolar a Joaquina, pero su cariño alimentará la certeza de que no está en el mismo infierno como ella cree.

UN OTRO, EL HÉROE

  

            Vivo en un edificio enorme. Tiene cuarenta pisos y los elevadores, que son viejísimos, son un espacio descabellado. Cada mañana debo saltar de la cama media hora antes de lo normal, para poder llegar a usarlos. Siempre atestados. Siempre al abrirse la puerta está lleno y la gente con cara enojada, porque tienen que ir a trabajar. A veces me miran con desprecio. La mayoría toman el tren o viajan en subterráneo hasta llegar a sus lugares de trabajo. La mayoría son personas que en cuanto pueden emigran  a zonas más recomendables. Belgrano “R” o Flores. En fin yo no me puedo dar ese lujo. Sigo acá con mi gabardina desteñida y mis zapatillas de segunda marca. En el diario donde trabajo, ni me miran. Soy casi tan invisible como el chico que trae el café o el que reparte los telefax. Igual yo sigo aprendiendo. Soy periodista. Joven, sin trayectoria y como mujer, cristiana y sin ideologías extremas… no existo. Pero eso es otro tema.

            En mi edificio vive gente tan dispar como en cualquier edificio de una capital importante sudamericana. Antes no, antes era un edificio en el que vivían militares. Todos del aire. Los que volaban en aviones de ultrasonido. Pero ocurrió que mi país entró en “guerra” con… nada menos ni nada más que con El Imperio Inglés. He leído todo. Desde lo escrito en diarios, libros de historia, de sociología y política. Tengo grabado hasta los nombres de algunos, que para los de mi país, fueron “idiotas útiles” hasta de los que en la “Gran Isla” consideran héroes de guerra. He leído diarios donde se mofan, otros donde los enaltecen y otros con diatribas incontables.

            Bueno, cada mañana cuando espero el elevador, en el fondo hay un muchacho moreno, usa un bigote armado, delgadísimo y serio. Le digo “Buenos días” y sonríe y hace un gesto amable, pero no habla. Siempre está solo. A veces, lo he visto salir apresurado cuando una mujer joven espera ingresar al pequeño habitáculo con dos niños pequeños. Una nena y un varoncito. La nena, sonríe igual que él. El varón es muy triste y nunca sonríe. La mujer… ni habla, ni se ríe, sólo trabaja. Se nota que lleva los chicos a un colegio cercano, público, porque no usan un uniforme establecido. Ella sale casi como yo, corriendo sube a un viejo coche destartalado y parte por calle Córdoba hacia el sur. Nunca pude entablar una charla con ella. Se viste siempre de azul oscuro o negro. ¡Bueno las mujeres de nuestro país somos de vestirnos con colores oscuros y lamentables! Así, han pasado varios meses y años. Como siete años, diría yo. Hoy, la nena, me dijo que se llama María Loreto, (¡pobre qué nombre que le han puesto!) me dio charla. Este año cumple quince años y quiere ir a Disney, pero la madre no le puede pagar el viaje. Su pensión de viuda, no le permite. Así supe que la mujer es viuda. La “Lore” (como me dijo que le diga), me contó que igual ella no deja de soñar, espera un milagro. Y yo le dije que no dejara de soñar. Así comenzó una charla amable y les conté que trabajo en el diario y que vivo sola, que soy del interior, etc., etc. La madre siempre callada y el chico solitario mira hacia la nada.

            Comienzo ahora, por contarles que hoy, justo hoy cuando en la redacción trabajaba en un reportaje a unos ex soldados de Malvinas, cayó en mis manos una foto. La foto tiene cincuenta y cinco retratos de aviadores que lucharon allá; de todos los hombres que murieron en la Isla del Sur y casi me desmayo. En la primera fila, superior derecha, veo el rostro del hombre que viaja con nosotros en el elevador cada día.

            Cuando al regresar hoy, Lore me mostró la foto de su papá, otro sofocón, el que me mostraba es el mismísimo de la foto que ví esta mañana. Espero subir como todos los días al ascensor, para saber si aun viaja con nosotros y ¿A dónde se dirige? ¿Me animaré a preguntarle? ¡Qué oprobio no saberlo antes! Capaz que le pida el milagro para que Lore viaje… ¿podrá hacer algo?

TOMERO


Cuida tu acequia tomero,

verde descuento de tiempo

venas de agua transparente

que fina cabellera  enreda

color  de raíces blancas

 

rosas de rojo fuego

se deslizan entre el musgo

delfines de nubes prietas

 

los sauces, espejan verdes

esterillados de ensueños

hamacando entre las ramas

escamas de su silencio.

 

Tomero ¿dónde ha quedado el clamor de la alameda?

 

Ayer cubriendo la espalda

del cerro se fue durmiendo

junto a la sobria hojarasca

crujiente de la alameda

la figura esperanzada

de hombre de barro y piedra

oro ha sembrado a su paso

mezclando sudor y cepas.

 

Tomero ¿dónde ha quedado el clamor de la alameda?

 

Yo he visto el cielo plomizo

demorado en la tormenta

He visto cerca al infierno.

cayendo con bronco hielo.

Entre las setas y hongos

que afloran en el suelo

el agua pura del cielo

regala viñas de ensueño..

 

Tomero ¿dónde ha quedado el clamor de la alameda?

 

Llegará otoño a la tierra

los frutos de los viñedos

Arrogantes en sus taninos

darán color al racimo

que de los parrales cuelgan.

Vino nuevo en los barriles

añejándose en silencio.

 

¿Tomero digo tu nombre? Tu nombre es tan sólo…¡Espera!

 

UN CUADRO CON RETRATO DE MUJER Y CABALLERO

 

Cuando menos lo esperó, el hombre sintió la participación de Sinali, que no quiso quedarse afuera de la fiesta. Ella ejecutaba el rabel sentada en una alfombra de Izmir. Su silueta se dibujaba detrás de la luz que proyectaba la luna en la ventana abierta. La cabellera suelta y larguísima caía sobre la túnica de seda. Era un rayo de azabache entre las horas muertas de la noche. Sus senos rosados e inocentes, sugerían la turbación de su juventud, dorándolos con la suave luz celeste de la esquiva Venus. El sonido grave adormecía la mente, mientras los ojos iban desperdigando miradas sensuales, curiosas, conmovedoras. Sinali estaba allí vacilante y perturbadora como una vestal esclarecida.

La fiesta había cumplido con todos los augurios esperados y soñados. Sólo faltaba eso, la magia del rabel con su sonido ensoñador y triste.

Ese día, las mujeres más bellas, brillantes y sensuales, se habían trajeado y embellecido para despertar ardores inquietantes entre los varones esquivos.

El menú, preparado por las manos mágicas de un chef inigualable, había saciado el estómago más exquisito del condado. Bebieron el mejor vino de la cava más admirada y prestigiosa de la región. No había faltado nada. La noche se alejaba y el amanecer quiso entrometerse en el momento más huidizo de la plenitud selenita.

El hombre quiso cerrar la ventana pero un viento helado se interpuso. El marco dorado se movía imperceptiblemente sobre la pared del salón. La silueta de Sinali, la diosa del rabel, se había desprendido y yacía lujuriosa en la alfombra.

Sólo faltaba el fantasma del caballero armado para completar la escena.  Pronto se desprendió de la vieja tela, orgulloso y febril, tomó a Sinali por la cintura, arrebatándole el rabel, se metió en el cuadro sin darse cuenta que la muchacha había envejecido ciento de años en un instante.

El temido espacio sibilino entre la vida y la muerte no respetaba la fantasía de una noche refinada y astral para los escorzos impresos en el antiguo óleo del gran salón de fiestas. La fealdad había incluido al caballero armado que ahora era un simple esqueleto con guadaña en lugar de la filosa espada reluciente.

            El hombre se durmió esperando el sol para aclarar los mensajes nocturnos que borrosos en la penumbra no podía comprender.

UN CASTIGO EJEMPLAR

 

                       Nadie que no viviera ese delirio podía comprenderlo. Nació marcado. Una sombra maldijo su hora y su planeta que se crispaba en el horóscopo. Marte en pleno movimiento del cuadrante y un curioso encuentro de planetas incrustaban su signo. Lo abandonaron apenas dio el primer grito. Lo encontró un alcohólico que no entendió qué era eso que se movía en la bolsa brutal de la basura. Lo amamantó una perra.¿O era una mujer? ¡Quien sabe! Pronto fue abandonado en un puente cualquiera.

            La furia acompañó su infancia insatisfecha. Su odio se instaló como un parásito en el pecho. Creció. Fue conformando una extraña personalidad biliosa. Ácido. Amargo y ruin, decían los que lo cuidaban. Es un demonio. Es malo.

            Al cumplir quince años escapó de la “casa”, albergue indescriptible. No conocía a nadie. Aprendió a robar, ya sabía mentir. Lo agredieron otros, que como él, pertenecían al mundo esquizofrénico de los olvidados de Dios o de los hombres.

            Un día vio una mujer sentada en una plaza. La observó inquieto. Apenas, el hambre, le permitía detener sus sentidos en algo o en alguien. También el pegamento hacía de las suyas en su mente perdida. Vio la cartera al lado de las piernas quietas. Jugaba con las palomas de la plaza, ella, con migajas de pan. Tenía un raro sombrero con flores marchitas y guantes de gamuza verde. Le robo, pensó él. Candidata perfecta.

            La mujer lo miró cuando se acercaba. Unos enormes ojos tristes le desplazaron el ánimo. ¡Vieja de mierda! No me mire y déme todo lo que tiene. Le arrancó la cartera. Nada tenía ella. La cartera, sólo tenía papeles de colores, un peine de plástico sin dientes y un espejo roto. Ella sonreía con sus pequeños labios pintados de carmín. Le alcanzó migajas y lo invitó a sentarse. Loca. Re loca. Si me siento pierdo. Se sentó a su lado y la mano enguantada, trémula acarició el rostro del muchacho. Un látigo fue el rostro al evitar la caricia que nunca había recibido. El largo cabello sucio chicoteó en la madera desnuda del asiento de la plaza. Una sonrisa dulce envolvió el rostro de la “dama”. ¿Sabes cómo me llamo? No importa. Te regalo mi sombra, que es todo lo que tengo. Nunca me abandona, me sigue a todas partes. Y… los recuerdos. Yo tuve un hijo como tú, se murió hace mucho. Tuve una casa, coche, marido y … tantas cosas. ¡Ahora soy tan libre!

            Se detuvo en el rostro del chico de la calle. Lo volvió a acariciar y alzando su avejentado cuerpo le tomó la mano. Ven camina junto a mí, verás que el mundo es bello y ante el estupor del muchacho se perdió en la niebla. Sobre el banco de la plaza, había un precioso paquete con una cinta roja. Al abrirlo encontró un papel con una frase que decía… “Te espero, mi nombre es sólo… Muerte”.