lunes, 9 de enero de 2023

EN EL NILO, EGIPTO


La llegada a Egipto fue tormentosa. El avión tenía una falla en el tren de aterrizaje y dio decenas de vueltas sobre el desierto para gastar el combustible. La gente en general, no entendía qué pasaba y desgraciadamente por razones obvias yo me daba cuenta (mi marido pertenece a la aviación) y era interesante ver el desierto. Supe luego que Sahara en árabe quiere decir desierto, que gracioso, decimos desierto de Sahara y es repetir lo mismo.

Bueno, luego de aterrizar nos dicen que a las tres de la mañana nos pasaban a buscar al hotel para subir al paquebote que nos llevaría río arriba por el Nilo. Yo, me quedé pasmada, ya que odio levantarme temprano. Pregunté por qué a esa hora y el guía me miro con un gesto sarcástico… ¡Por el calor! Y, sí, cuando estábamos en el vaporcito, a eso de las diez, hacían 43 grados… allí comprendí lo que era el calor.

Los hombres usan ropa blanca de algodón y turbante del mismo color, sandalias y las pobres mujeres, todas de negro con guantes y cubiertas hasta los tobillos y las muñecas, sólo se les ve los ojos y las manos.

La cabina era buena, pequeña, pero bien organizada. Con una cama amplia pero separada por las sábanas (famosas por su calidad) para que cada persona no tocara el cuerpo del compañero o compañera de viaje. Un hermoso balcón desde donde me podía sentar a observar a las mujeres lavando en el río Nilo en las orillas, rodeadas de chiquillos ruidosos y alegres que chapaleaban en el agua que corría hacia el mar Mediterráneo. A la hora de almorzar, ya había subido el termómetro a los 50 grados. Sólo el aire que movía el río hacía sentir un cierto alivio.

Una cosa que me maravilló ver al amanecer la salida del sol. Era un disco rojo que por la arena que es sempiterna en esa tierra, se veía velada como cubierta por una suave mantilla opalescente.  A esa hora era un látigo de fuego. El famoso Amón Ra de los antiguos era un castigo para nuestros cuerpos acostumbrados al clima del sur de América.

Mi amiga, quien había aceptado hacer el viaje junto a mí, compañera de colegio y de la vida, salía de un divorcio doloroso, dejando a sus dos hijas esperanzadas en un futuro mejor para su madre. Yo, siempre había soñado ir a Egipto, para lo que había leído cuanto libro y texto hablara de la antigua civilización de los faraones. Debo reconocer que me llevé una gran decepción. ¡Nada era como lo pintaban los libros!

Mi familia, esperaba que pudiera encontrar esa magia de las cosas del pasado. No fue así. El barco atravesó el Nilo desde cerca del Cairo, hasta la frontera con Sudán. En la ruta fuimos conociendo los monumentos que están diseminados a las orillas. Todos mal cuidados, sucios, llenos de gente que se agolpaba en ellos sin permitir ver los extraordinarios trabajos de piedras con jeroglíficos que se desgranan con la arena de los vientos y que nuestro guía, un hombre que hablaba trece idiomas y nos cobraba muchos euros por día, no nos explicaba por ser devoto musulmán. Según nos decía, era pecado para él, entrar a los viejos templos con dioses paganos. Conclusión que salimos del viaje con muy pocas experiencias arqueológicas admiradas. ¡Un raro espécimen que corría para poder orar según escuchaba el sonido en los altavoces de mezquitas que pueblan todo el territorio!

En el vapor, nos habían ubicado en una pequeñísima mesa detrás de dos columnas y éramos las últimas en ser servidas. ¡Nos llamó la atención! ¿Qué pasaba? Éramos dos mujeres solas y dudaban de nuestra sexualidad. Joder, tuvimos que quejarnos. Al llegar al Cairo, en un hotel maravilloso, con piscinas y músicos haciendo arte internacional, nos teníamos que ubicar separadas de los árabes.

Ni soñar usar bañador y entrar en el agua, a pesar del calor. Por ser mujeres nos estaba prohibido. Entre los recuerdos que queríamos comprarnos, eran réplicas algunos cartuchos o imágenes de joyas de la época antigua, de plata u oro con turquesas o lapislázuli o coral; nos llevaron a una joyería. En ese lugar vi una de las únicas mujeres, que le habían permitido trabajar su familia. Usaba una “chilaba y velo color rosado”; no lo podíamos creer. Hablaba un buen italiano, por lo que pudimos saber que había estudiado y sabía leer y escribir. Ella nos comentó, que el ochenta por ciento de las mujeres son analfabetas y sólo aprenden el Corán de memoria. Y los hombres aprenden si son de cierta clase social. La policía en su mayoría es analfabeta. El tránsito en el Cairo era un caos, no hay semáforos y a veces convergen por el mismo carril de frente en dirección opuesta, tal que se atascan los vehículos.

Cuando regresamos a la capital, siempre veíamos enormes fotos de su presidente, Mubarak, quien al poco tiempo fue depuesto por una revuelta de religiosos. Y llegó el sueño mío de toda la vida entrar al Museo Nacional. El guía corriendo nos acercó a la sala donde está el famoso “Faraón Tu Tan Kamon”. Una experiencia increíble. Su máscara es una maravilla. El sarcófago de oro es algo inexplicable. ¿Cómo pudieron, hace más de cinco mil años, trabajar esa obra de orfebrería tan preciosa? Vimos algunas joyas y trajes, un carruaje y de pronto…nuestro guía llegó corriendo y nos sacó del lugar. Nos llevó a ver la estatua del único faraón que era monoteísta, cuya figura es muy diferente a otras y nos alejó del museo. Mi enojo aun persiste. Siempre me gusta estar horas en los museos que visito y allí no nos dejaron, por ser de otra religión y ser mujeres.

Entonces, le sugerimos, que queríamos ir a la Biblioteca de Alejandría que es un monumento hecho por las Naciones Unidas y es Patrimonio de la Humanidad. Queda a trecientos y tantos kilómetros de El Cairo, y allí tuvimos otra experiencia hermosa. Contratado el automóvil, el chofer nos puso en la zona trasera cubiertas las ventanillas con cortinas negras. No veíamos nada a los costados. Una música que aturdía y no nos hablaban, ni el chofer ni el guía al que le habíamos pagado una pequeña fortuna. Mi amiga con el calor, comenzó a descomponerse y le debimos obligar, luego de una discusión que fue de antología, que sacara las cortinas y pusiera el aire acondicionado. Lo hizo luego de amenazarnos con el infierno, siguió la ruta con la música enloquecida y la velocidad de una carrera de fórmula uno. Creíamos que moriríamos en el intento. Pero a Dios gracias llegamos ilesas a la Biblioteca que es una maravilla. ¡OH, sorpresa, allí vimos algunas muchachas que estaban estudiando!

El día que salimos de Egipto rumbo a Roma, sentí que mi corazón estaba roto. Ni vagar por las pirámides, ni ver los magníficos estantes de la biblioteca, ni el agua limpia del Nilo en su zona cerca de Sudán, me devolvían el sueño de conocer el Egipto soñado.

Después de esa experiencia, ya en mi ciudad, escuchando los noticiosos de Televisión supe que habían derribado el gobierno y se instalaba una corriente islámica de mayor ideología y que el pueblo estaba muy feliz. Hablaban algunos opinólogos que había mucha corrupción. ¡Pero en qué lugar del mundo no la hay! Desgraciadamente, ese magnífico pueblo vive de antiguos esplendores, que no cuidan y la ignorancia los hace sumir en una pobreza enorme. ¡Cómo lo siento! Pensar que fueron tan importantes en la historia del hombre y cuna de grandes matemáticos y de ignotos arquitectos e ingenieros.

Ver en las rutas familias andando en asnos, con parvas de heno y la mujer envuelta en sus ropas negras con cincuenta grados de calor y los niños detrás, desnutridos y descalzos… mejor miro los programas de History Chanel y conozco lo que no pude ver en la tierra de los faraones.

CARUCHA, LA GATA

 

 No puedo saber cómo ni cuándo aparecí en una caja de cartón en el portal de una casa. Hace un tiempo que sucedió este maravilloso hecho. Alguien ingresó conmigo en un ambiente cálido y se ocupó de mí. Crecí. Ya no era una bola peluda y apenas gruñona. Hasta ese día en que me escapé por una puerta hacia la sala. Frente a mí había un ser muy interesante. Era gris, con manchas blancas. Una nariz rosada, húmeda y le estiré mi mano y ella también.  Di un salto atrás. ¿Qué quería esa cosa peluda?

Alguien entró a la sala y me miró mientras reía. Yo avanzaba y retrocedía según me quisiera tocar esa imagen. Me distrajo el nombre que me dieron. “Carucha”, sos vos, son tus reflejos en el espejo…y se reía. Mi amiga, la que me daba de comer y me alistaba para que pudiera subir a mi sillón preferido enfrente a la chimenea, se reía.

Carucha, te pareces a un peluche. ¿Y eso qué es? Siempre dicen cosas que desconozco. Pero salí corriendo y me oculté bajo una mesa donde sabía que pronto me buscarían. Son tan agradables esos seres. Hasta que una noche sucedió algo horrible.

Comenzó una tormenta y a temblar toda la casa. Luces rugían como soles asustados. Alguien entró por la puerta de atrás. Estaba oscuro y solo se iluminaba mi escondite con cada rayo. Los truenos me aterraban. No lo había visto nunca en la casa. Era un hombre, de mirada furibunda como cuando el dogo del vecino cuando pasa cerca de mi ventana favorita y me mira como para morderme y triturarme. Comenzó a sacar cajones y revolver los muebles. Gruñía y su olor a mugre de la calle, esa que solía traer el jardinero cuando estaba el señor, me hizo agazapar bajo el trinchante.

De pronto se encendió una gran luz, era como fuego que abrasaba todo. Las cortinas se fueron desflecando en llamaradas agrias. El humo, estallaba en mis pulmones y no me atrevía a salir corriendo hacia el jardín. El hombre sacaba en una bolsa objetos que mi ama, adoraba y yo ni un maullido. El terror, me paralizaba, soy una gata miedosa y sin conocimiento de sobrevivir.

Finalmente, no pude más y salté al cuello del hombre que arrastraba un bulto. Lo mordí con mis dientes y impacté mis uñas en sus mejillas y ojos. Me dio un manotazo y caí a metros, pero dejó un rastro de sangre. Y escapé por las ramas del árbol de durazno y me enrosqué como una bola de pelo. Sentía el calor horroroso del incendio. La sirena de un enorme camión se detuvo en la puerta y bajaron unos hombres vestidos como extraterrestres, como las figuritas del hijo de mi ama. Agua, el agua caía por doquier y yo una gata, estaba despavorida y mojada. Llegaron mis dueños. Lloraban. Cuando pude bajé y ronroneando me acerqué a sus piernas y les demostré cuánto los amo. Sollozaban, tal vez habían perdido todo, menos a mí. ¡Carucha, fuiste tan valiente que lograron aprehender al ladrón por tu mordedura y sus uñas afiladas! ¡Ese día fui muy feliz!

CUENTO INFANTIL: LA PRINCESA GUASMIL

  

Era frágil, ella, transparente. Cayó desde el árbol con flores de durazno, acaso era un reflejo de una mujer pequeña. Tenía las alas rotas y unas lágrimas lila caían al borde de las flores del duraznero y se transformaban en caireles de cristal. Desde una rama del pino, su vecino, el duende Azul, voló hasta donde ella estaba y la levantó en sus brazos. La transportó a través del lago y la dejó con las luciérnagas. El lago iluminado intermitente con lucecitas, recibió a la pequeñita herida.

Sus ojitos dorados, estrellitas chispeantes, miraban asombrados a sus benefactoras. La más anciana, ya casi agotada su luz, se acercó al ala rota y sopló. Un cálido aliento perfumado comenzó a curar la herida. Una a una fueron pasando las luciérnagas para soplar el ala y cada hálito disminuía la fuerza de sus luces. ¡Nada decían! El amor las movía. Su tarea, sencilla pero amorosa, era ayudar a la libélula "Guasmil", princesita, pues pronto amanecería y cuando el sol asomara entre los pinos, la magia de su aliento curador terminaría. Además el duende Azul, se haría invisible en el pino donde habitaba. Los pájaros despertarían para comenzar a alimentarse y ellas era el manjar predilecto de las aves. Brundescó, el duende Azul, se escondió entre las ramas más profundas y se quedó dormido.

La princesa se escondió en la corola de una flor de tulipán que estornudaba y estornudaba, molesta por la pequeña mujercita que descansaba entre sus pétalos.

Cuando el sol se escondió, la princesa Guasmil, desplegó sus alas y echó a volar hacia su castillo de hielo en la cumbre de la montaña "Crisfostró", donde habitan los gnomos, las hadas amarillas y las libélulas celestes.

Allí la esperaba el príncipe Rostario, en su palacio brillante. Juntos subieron a una carroza real, dorada y frágil, y viajaron envueltos en nubes hacia el país de los cerezos. Allí se cumpliría el plan, una boda donde quedaría atrapada la bella Guasmil, por muchos siglos humanos.

UN REGRESO ESPERADO


Había pasado un largo tiempo. Rosalba se había escapado con Tulio. Nadie sabía adónde se fue. Él era del norte. Un hombre alegre de mirada pícara. Tocaba el acordeón llenando el patio de tierra con sus melodías medio gringas, medio guaraníes. Como llegó, se ubicó rápido en el galpón y hachó, braceó, aporcó hizo todo lo que un "golondrina" puede hacer para juntar metal en la guayaca.

La finca era indiferente con él. La Rosalba con sus recién estrenados catorce años se perdía en los brazos fuertes del Tulio. Le amó sin miedo.

Apesadumbrados, los padres anoticiaron esa mañana, después de la melesca, que habían desaparecido. El callejón parecía sombrío desde el parral desnudo de racimos. Los álamos se vistieron de otoño y se desnudaron sin que hubiera noticias.

La Carmela, la madre, entraba todas las mañanas a ventilar la habitación de la niña. Acomodaba los "peluches" de su Nena. Lloraba con la triste congoja de los adioses silenciados y enmudecidos. La ira seguía agazapada en el padre. El Pedro, afilaba el machete cada día por si acaso. ¡Padre al fin!

Un día de tormenta, el cielo gris, morado, se desplomó con granizo. La calle parecía un largo río de hielo y a lo lejos, muy lejos apareció una mancha de color esperanza.

Se fue agrandando hasta que los ojos de Carmela y Pedro apresaron la clara imagen de Rosalba.

Corrió la madre y se enfrentaron mujer a mujer, ya madura de quince años con un niño en los brazos y un gran dolor en el alma.

Juntas regresaron al rancho y bajo el alero de cañizo, ese del que nunca se había despedido de los ojazos infantiles, mostró al niño. Ahora reflejaba el dolor de la pérdida... el Tulio, en una riña fue emboscado y lo despacharon. Sola, la Rosalba, volvió.

¡Viejo, vení rápido, Ya regresó la Nena! y un grito de amor salió de las gargantas que los truenos, no pudieron sofocar. 

FRENESDA


Fresneda llegó en el preciso momento en que el cielo se iluminaba con los rayos de tormenta. Bajó del viejo "Osmovile" y con la enorme caja blanca con moños rosa y el río de estruendo pétreo, diluvió apenas ingresó en la casona.

El viejo con la mirada glauca, lo hizo detener. Su cuerpo ya no era esa vara erguida de los años en que traía un mercadillo en su viejo Ford. Estaba añoso y con achaques. Había llegado en el viejo vapor que remontaba el río y que en épocas de sequía, con el río en baja, se varaba en los bancos de arena. Primero pensó ir a Asunción, pero tuvo que detenerse allí, y lo atrapó el verde de los yerbatales, los jacarandaes y lapachos florecidos. Pronto, cuando supieron que ese extranjero de piel blanquísima y ojos claros como cielo; era un operario hábil en mecánica térmica, le llovieron los pedidos y contratos de trabajo. Se quedó. Su país quedó lejos, se perdió en el perfume inhóspito de robles y las minas de carbón; allá en el viejo terruño siempre en guerra.

Recordaba otro río, siempre remontaba en sueños ese AAR que atravesaba la tierra. Su antigua tierra.

Los truenos estallaban por doquier y una marejada de lluvia barría con la vegetación superficial, derrotando los brotes nuevos de los yerbatales. El perfume agridulce de las hojas se mezclaba con el de la roja tierra arcillosa. Un olor efímero de azahares revoloteaba entre las ráfagas arrachadas.

Lentamente bajaba Jazmín, desde el piso alto. Su figura de mulata joven atrajo la mirada de los hombres. Se adelantó Fresneda para hablarle, pero Kurt se interpuso y su mano fue una muralla metálica entre ambos.

Su voz, sonó distorsionada por el ruido activo de la tormenta. Le traje lo que me pidió, señora, pero quiero que me diga si es lo que usted esperaba. Pasó por sobre el brazo duro del rudo extranjero. La caja... ella terminó de bajar la escalera y se acercó. Tomó el envoltorio y apoyándolo en la enorme mesa desplegó el lazo y abrió la tapa. Una preciosa nube de papel de seda tapaba el bellísimo traje de novia, La seda brilló y el tul parecía una nube de blancura virginal. En la tenue luz su rostro se iluminó, la piel morena y mórbida aleteó gozosa. Su boca sensual y firme, se desplazó con brusquedad al rostro de Fresneda. Lo besó con ansiedad. Una "faca" brilló junto a un rayo, la mancha de sangre comenzó a cubrir el suelo de terracota. Cayó Fresneda y jazmín se desmayó junto al cuerpo yerto de su enamorado. Dos hombres que habían observado el hecho, asieron a Kurt y lo sentaron para luego pensar qué iban a hacer.

¡Ella es mía! Él no tenía derecho. Y salió bajo la lluvia hacia el terreno donde los rayos hicieron justicia con los enamorados.

jueves, 5 de enero de 2023

UN MUSEO

 

            Se paraba en cada portal con deseo de ingresar y recorrer los largos pasillos.

 Pero el cartel decía: “El Museo tiene Derecho de admisión” y él, había dejado el mundo desde 1956, la fábrica la puso en manos de su hijo Samuel y la casa se la dejó a la ex mujer, madre de los tres muchachos.

            No se llevó nada. El Chevrolet quedó en un galpón de la fábrica y de vez en cuando, pasa para verlo y está allí, lleno de tierra y con los neumáticos podridos. ¡Claro, Samuel anda en un Mercedes Benz azul! La casa está bien cuidada. Don Roberto, el jardinero, lo saluda y le regala algunas verduras de la pequeña quinta que cuida en escondidas de Débora, su ex. Pero un día creyó que lo veían por la ventana y no quiso ir por mucho tiempo.

            Todo comenzó con la muerte de la hija de ambos, Yael nació con una enfermedad neurológica que le impedía moverse. La llevaron a un sin fin de médicos especialistas y viajaron a los países más adelantados. No consiguieron un remedio para el mal. Las peleas arreciaban y mudas inculpaciones los envolvía cada día en noches negras y frecuentes. Luego silencios largos y helados los fue alejando. No importaba que los otros tres vivieran bien, saludables y crecieran como cualquier chico. Pero Yael, para Débora, era la espina clavada en el corazón. Hasta que un día la muchacha se fue al mundo de los elegidos.

El luto se infiltró en la casa como un mercurio venenoso. Él, era el culpable de todo. Para su ex esposa, no había hecho nada para salvarla.

Una noche, después de la cena cuya guerra se había apoderado de cada bocado, llamó a Samuel, que tenía veinte maduros años y le dejó los papeles haciéndolo dueño y cuidador de la familia. En silencio salió caminando de la casa y partió sin rumbo.

El primer tiempo se instaló en un hotel. Cuando se quedó sin dinero, vivió en la calle. De repente se cruzaba con viejos amigos que daban vuelta el rostro como si no supieran que era él. Se reía por lo bajo. ¡Pensar que a este le ayudé a poner una fábrica! ¡Que a este otro, le conseguí un contrato millonario en New York! Y así se iba despojando de ex amigos y conocidos. Hasta el rabino, un sabash, lo alejó por su apariencia.

Lo único que lamentaba era no poder entrar al teatro o a los museos. Una mañana de domingo, con un frío de los mil demonios, se sentó junto a la puerta del Museo De Arte Antiguo. El custodio, al verlo le ofreció un café caliente con un pedazo de pan. Comió saboreando cada bocado. Era la primera vez, que alguien se acercaba con afecto, sin rechazo. El hombre se puso a hablar de mal tiempo. Pronto charló de mil cosas, hasta que comenzaron a charlar de arte. El custodio, sorprendido, le indagó sus conocimientos. Sabía tanto ese mendigo, que se sintió apenado a tal punto, que le prometió dejarlo entrar un día sin que nadie lo viera. Saltó de júbilo su corazón.

Buscó llegar a la casa donde había vivido y esperó para hablar con el jardinero. Le pidió sus zapatos negros, su camisa de linón, su traje gris, corbata y un pulóver que trajo de Italia. El buen hombre hizo malabarismos y le consiguió las prendas. Se las puso en un bolso.

En la estación de servicio donde le permitían bañarse y afeitarse, se vistió y fue al Museo. Allí lo esperaba su nuevo amigo, que no lo reconoció hasta que lo escuchó decir algunas frases.

¿Qué le había pasado? El relato fue corto. Sólo quería ver las obras que tanto amaba. Al ingresar, lo saludó un conocido de la vieja época, luego, lo saludaron varios paseantes. Un grupo de turistas japoneses, no entendían a ese señor que lloraba frente a cada cuadro del museo.

Cuando salió guardó su atuendo recuperado, se lo dejó en cuidado al amigo portero y se prometió volver. Al cruzar la calle, un Mercedes Benz azul, lo atropelló. Quedó tirado sobre el asfalto con el programa de la retrospectiva de Soldi entre las manos. Un charco de sangre fue dibujando la tarde en el pavimento helado.   

           

MUCHACHA EN MI MENOR

 

                        Con la mano despejando chalas del maíz, llora. Sangran las manos con la mazorca que debe desgranar sin pausa. El tiempo apremia. Las trenzas caen sobre su cuerpo cargado de trabajo. Doloridos los brazos, sangrando los dedos, van juntando el grano en vasijas de barro cocido. Cerca, muy cerca el “Ñasti” duerme su embriaguez de chicha sobre una manta de lana, que perece el regocijo del tiempo de la chaya.

            Bajo el techo de paja, llueve la servidumbre desdichada. Un cuchillo brilla entre las chalas y el ruido gorgoteante de la sangre ingresa entre los granos amarillos como el agua del río cuando crece. La tormenta ha pasado. Nadie oirá el chasquido del hombre río abajo.

 

 Crees que me dejaré engañar en la otra vida, te equivocas. Ríete de mí. Ya verás mi venganza. Volveré siendo como un aguijón imantado a trepar por el rostro de quien me hirió en la confianza. Yo estaré esperando regresar de ese limbo del que hablan las mujeres dolidas. Creo. Creo que será como el revertir la noche, el regreso de la ola en el mar calmo. Un trueno resuena en el valle.