lunes, 9 de enero de 2023

ANTHEIA, UNA ESCLAVA DE RODAS


 

Antheia sostiene una lámpara sobre el lecho en donde tiembla el cuerpo afiebrado de la joven Licaria. El aceite agoniza en el candil. La esclava también. La persistente fiebre ha hecho una silenciosa tarea. Dos mujeres que, no pertenecen al mismo amo, pero se conocen por origen.

Preocupada la compañera, destapa las piernas de la enferma y observa una herida a punto de estallar en la extremidad derecha. Amoratada la piel, se nota tirante y busca una salida que, inminente, empujará hacia el exterior sus humores. Un olor penetrante y pútrido invade la estancia. La mujer murmura palabras incomprensibles. Tiene sed. Está sola.

            Antheia le humedece los labios agrietados sin tocarla. Puede ser una desgracia que los dioses Hermes Trismegisto o Hades, envían en venganza a las que fueron robadas en la guerra. Tal vez un mal contagioso o la enfermedad maldita. Cubre con mucho cuidado, casi sin rozarla, la pierna, con fría tela de lino mojada. Buscará alguna manera de bajar la temperatura. Evita que reviente, para que no se desparrame la secreción verdosa, como suele desprenderse de una lesión, tal cual está el tobillo de la enferma. Los dedos de Licaria se aferran a la tosca túnica que cubre el cuerpo de quien la protege. Murmura y bisbisea palabras incomprensibles. La lengua primitiva y lejana de su ciudad perdida es la que desahoga el terror a la muerte.

            La compañera sale presurosa a buscar ayuda. Las piedras de la calle que debe atravesar hasta llegar al caserón, donde habita su dueña, penetran con filoso calor las sandalias de fina suela de cuero y cáñamo. El sol cae plomizo sobre la piel oscura de la sierva. Impregnado de sudor, el cabello y la túnica se pegan al cuerpo. Se desplaza como se suele hacer a esa hora de medio día, entre la pobre sombra de las paredes en losas que amurallan la casa de los señores guerreros o comerciantes de Rodas.

Su figura juguetea como marioneta efímera entre la “stoa” que la conduce a su hogar. Debe solicitar auxilio a su señora para la desdichada Licaria.

            Llega al atrio. Luego de hacerse anunciar, se refresca en la copa junto a la cisterna pluvial. Ese enorme copón de piedra resiste el tórrido verano. El agua es fresca y limpia. Una pequeña esclava egipcia, busca en el interior al ama, quien se hace esperar. La fina mano, ornada de anillos de exquisita orfebrería, acomoda el cabello preciosamente trenzado, mientras se desplaza al propileo. Está disgustada por la interrupción. Queda unos segundos en silencio. Kalithea, la dueña, espera que la muchacha hable. La esclava no se atreve ni siquiera a elevar la vista. La pregunta surge de los cuidados labios de la dama. Antheia le ofrece una detallada descripción de lo que sucede.

            La importante griega, ha tenido un sueño esa noche. Palas Atenea en forma de ave gigante revoloteó sobre el tejado de la columnata, señalado alarmantes signos de enormes calamidades para la casona. Despertó conmovida y llorosa. La presencia de la esclava la sobrecoge y se torna más inquieta y alerta. ¿Cuál será esa catástrofe? Tal vez la peste o una nueva guerra. Ingresa a las habitaciones y regresa con unos “dragmas”, que pone en la mano temblorosa de Antheia. También trae hila de lino limpias y de algodón egipcio que compró en tiendas cerca del ágora. “Busca a Hipóstrato, él y Diocléous, tratarán de curar a esa mujer. Dile quién te envía”. Regresa al dormitorio, despidiendo a la muchacha. Comienza una súplica a los dioses protectores en el altar familiar.

            Antheia sale rápido por la angosta calzada ardiente. En el barrio oeste, bajo el templo de Atenea Kamira, sabe que encontrará al médico. Primero se detiene en el templo para hacer una rogativa a la “diosa Higeia y al dios Apolo”, dejando un “dragma”, en la seguridad de que ellos aceptarán la ofrenda. Despliega una rama de olivo junto a una pequeña imagen de la diosa Hestia que ennoblece un retablo en la calle por donde atraviesa y continúa el camino. Compra una talega de mirra para mantener el fuego sagrado. Lo entrega luego al pasar, a las celosas protectoras del templo de Atenea Kamira. Un extraño silencio acongoja el ánima. Los cuervos se han echado en los tejados abriendo las negras alas, que abrazan las tejuelas con el azabache brillante de sus plumas. Ensombrece la oscuridad el resplandor rojizo de la techumbre. Oprime esa inquietud siniestra que merodea Rodas. 

Electrizada en franco dolor la esclava suspira. Sólo se escucha, al pasar, el murmullo de las voces solemnes cantando loas a la venerada Hestia, en boca de las sacerdotisas.

Con celeridad, llega a Filouspapos, el barrio de los eruditos, y busca la casa de Diocléous, que yace en su “oikos” bajo la higuera refrescándose. En la puerta de madera, tallada con mano hábil, una intrincada serpiente que enrosca el bastón de Mercurio indica el sitio exacto. Es allí. Golpea y espera. Aparece una anciana ciega. Antheia, le explica qué la trae a molestar al galeno. La agobiada mujer queda aguardando a quienes ayudarán a Licaria. Hipóstrato y Diocléous deben prepararse. Salen ambos ancianos con un morral repleto de instrumentos y medicinas. Los sigue un puñado de esclavos capadocios. Ligeros e inteligentes, se adelantan con sahumerios y rezos a los dioses de la salud. La prisa domina al grupo. Antheia señala el camino. Son doce hombres. Ella, atrás, por ser mujer y esclava, los sigue sin levantar los ojos.

Al ingresar en el habitáculo, el hedor de la carne humana, pone a los expertos en guardia. Encienden numerosas lámparas. Los esclavos capadocios traen cubos de agua limpia. Un afilado estilete penetra la carne palpitante y fétida. Un grito desgarrador atraviesa el espacio. En una vasija de barro caen los humores infectos. Licaria pierde el conocimiento. El dolor, la fiebre y un deseo intenso de dejar la vida, la envuelven. Esclava por la fuerza, atropellada por soldados que, siendo niña, la arrebataron del cuerpo inerte de su madre. Sólo ansía volver en un viaje alado, el de la muerte, a su país natal. Ya no recuerda mucho de su tierra, ni tiene en la memoria el rostro de la madre. Ha huido de su mente por el sufrimiento el mundo íntimo de Licaria.  Está atravesando el delgado filo entre la vida y la no vida. Presiente la cercanía de la barca de Cancerbero. La ve. Delira.

Diocléous, raspa hasta el hueso la carne pútrida y arranca sin piedad trozos de piel y músculo. Los esclavos sacan, entre hilas y paños, los despojos. Los entierran en un profundo hoyo tras la casa. Agregan hierbas y sal marina. Adentro, agua, emplasto y el fermento líquido de las vides, hacen gemir a la enferma. Le dan a beber vino de “Phaistos”. Confunden con la bebida su conciencia y mengua el dolor.

Comienza a disiparse el mal olor y se desparrama el aroma del vino. Dionisos, el dios del delirio místico se encarna en el brebaje. Le dan a beber, más y más; y lo derraman en cada llaga. Además, queman bayas de plantas de adormidera en un brasero, que va envolviendo con humo denso el lugar. Adormece a Licaria y a los que se quedan en vigilia junto a ella. Sueña.

En un breve murmullo, escucha Hipóstrato a la joven mujer que llama su patria. “Alexandria, me gusta el mar por la mañana. Déjame regresar a ti, ciudad querida”.  Un remezón conmueve el piso. Comienza un ronronear de la tierra volcánica. El ruido y el movimiento turbulento sacuden todo. Terremoto y horror. Olas gigantes arrollan la isla de Rodas y las vecinas Creta, Epidauro y Delfos.

Licaria vuelve a Alexandria. Esa que está tan distante, tan lejos como la vida. Tan lejos como la libertad para la esclava.

 

 

 

VOCABULARIO

Stoa: fila de columnas dóricas con cámaras para tiendas y alojamiento en la parte trasera, que se alzaba sobre una cisterna con capacidad de 600 m3 de agua para abastecer a 400 familias en Rodas. Siglo VII a C.

Dragmas: moneda común usada en la antigua Grecia.

Oikos: en las casas de los “señores” el Oikos era la parte de huertas, cuidadas por esclavos, donde se criaba el pequeño rebaño familiar. Sólo lo tenían familias patricias. Siglos V, VI en adelante. De la palabra Oikos deviene la palabra economía.

Ágora: espacio o plaza donde se desarrollaba la vida pública, muy importante en Gracia antigua. Allí se creaba la Cultura y la Filosofía.

Higeia y Apolo, Atenea Kamira, Hestia, Dionisos, Cancerbero: Mitología Griega. Dioses que acompañaban a los hombres en su vida diaria.

Alexandria: Ciudad actual de Alejandría, norte de Egipto, sobre el Mediterráneo y en la desembocadura del Río Nilo. Famosa por su histórica biblioteca.

Phaitos: región fértil de Grecia, donde se cultivaba vid y se hacía vino.


LETICIA 3

  

   Habían regresado de las Sierras del Águila Parda después de una enorme tormenta. La tierra había temblado y caían las piedras, ladera abajo. Irma y Segundo, dejaron en la base los caballos. Los esperaba un minibús, con dos médicas nuevas. Eran jóvenes recién salidas de las especialidades. Una, llamada Leticia, era gastroenteróloga y la otra, Jazmín era pediatra. Ambas, sin mucha experiencia pero llenas de deseos de servir en esa zona tan abandonada de la mano de Dios.

Irma y Segundo hacía cinco largos meses que no hacían ese regreso a la vida de pueblo. Ni soñaban quedarse en la ciudad. Apenas un recambio para ubicar un tiempo con sus familias entre reuniones en el hospital escuela y papeleo en la municipalidad.

El hombre tenía veinte años de servicio y pretendía un traslado para ver a sus hijos. La mujer, catorce sirviendo de enfermera, partera, sicóloga, juez de paz y maestra de las mujeres de aquella zona tan alejada. La gente salía a su paso, a medida que se acercaban al puesto de Los Arreboles. A caballo, en mulas o caminando, todos buscaban la ayuda de los profesionales. El minibús se detuvo bajo un enorme “aguaribay” y allí desplegaron un toldo. Bajaron una mesa plegable y se dispusieron a atender a los que hacían fila. Hombres agrestes, mujeres endurecidas por las duras tareas del campo, niños desnutridos o mustios, hasta habían traído sus animales enfermos.

Segundo, se hizo cargo de cortar pezuñas y aligerar heridas de cardones y alambres de púas. Irma, con las jóvenes, iban haciendo una tarea transformadora. Pesaban, tomaban la presión, limpiaban heridas de insectos infectadas, sacaban muelas rotas y flemones, inyectaban antibióticos… vacunaban, Leticia lloraba cuando descubría a niñas muy jóvenes embarazadas. Así fue que se propuso remplazar a Irma y a Segundo. Pero supo que sola no podría y buscó entre sus colegas otros que quisieran compartir su amor por esa gente.

De todos sus compañeros cinco se propusieron asistir. Tal vez no se quedarían en forma permanente como ella, pero sí, el tiempo necesario o que pudieran para socorrer a los que necesitaban su apoyo. Pronto se conoció su obra y algunos oportunistas trataron de hacer que se transformara en una O.N.G. para conseguir dinero extra. Todos se ofuscaron y salieron dando un portazo a los aprovechados. ¡Ahí, no cabía la avaricia!

Leticia sigue haciendo su tarea en aquellos lugares, la suelen ver a caballo o lomo de mula atravesando el valle o ríos helados para llegar hasta un puesto o un rancho. Siempre con una sonrisa y dispuesta a un abrazo fraterno.

 

LETICIA 1

 

 

La recepción está llena. Apenas se puede caminar delante de la zona donde se toman turnos y admisiones. Una tarde espesa. Húmeda y caliente. Por el altavoz, llaman a personas y las acercan a los salones donde deben esperar su lugar.

Para Leticia es una buena señal, saber que no habrá mucha gente para atender. Ella suele tener hasta siete personas esperando en el recinto, pero este día apenas hay dos. Las atiende como siempre, apenas unos pocos interrogatorios y prescribe calmantes y estudios que transferirá a otros especialistas.

Me toca a mí entrar, cuando se escucha un llamado urgente desde la sala de urgencia. Sale refunfuñando. ¡Justo ahora me necesitan! Espéreme. Yo asentí. Bueno, la espero.

Cuando llega al gabinete donde yace un ser esperando, se le encoge el estómago. El olor a suciedad, orín y alcohol, la deja asqueada. Se acerca y ve una mancha de sangre entre los harapos del enfermo. Piensa en su ropa limpia y hermosa. ¡Carajo, un vagabundo! Se acerca una enfermera y comienza a cortar los trapos. ¡Cuidado, doc., tiene piojos y creo que sarna! Una cabellera hirsuta y blanca rodea la cabeza del yacente. Ya lo voy a lavar. Mientras tanto usted si puede tómele la presión o algo.

Había entrado en una ambulancia policial. Encontrado sobre la calle, herido, un uniformado lo recogió y corrió al primer nosocomio más cercano del lugar. No podían negarle la atención.  Hábil, la enfermera bañó el cuerpo del individuo, le pasó una rasuradora eléctrica por la cabeza y la larga barba. Caían al piso mechones con sangre e insectos. Un rostro de varón de no más de cuarenta años, se presentó a los ojos de Leticia. Algo le hizo dar un leve sobresalto. ¿Qué rostro conocido? Pero no puede ser. No lo conozco. Una vez limpio y seco, comenzó a hacer su trabajo.

No despertaba. El aliento agrio la envolvió cuando el hombre abrió la boca. Su dentadura ennegrecida por el tabaco y algún otro sólido le había carcomido el esmalte dental. Entre los andrajos, encontraron una pequeña bolsa con documentos, que de inmediato tomó el policía que permanecía de pie cerca del hombre.

Señora, se llama Exequiel Marcos Guzmán y tiene cuarenta y dos años. Sin dirección. Le han dado una golpiza terrible.

No. Agente, tiene una herida de cuchillo en el estómago. Creo que le han herido el hígado… bueno, lo que le debe quedar de hígado con el alcohol; y quién sabe qué otras “cosas” ha consumido. Lo hace reaccionar y el color de sus ojos azules, se incrustan en el recuerdo de Leticia. ¡Yo creo que lo he visto! ¿Pero dónde?

Rápidamente lo entran a quirófano y asume un colega una transfusión de sangre y calmantes, para ver si pueden operarlo. Mientras trabajan en el cuerpo doliente, hablan de cosas personales.

¿Cómo estuvieron tus vacaciones? ¿Adónde fuiste este año, viajera? Nosotros con los chicos solo hemos ido unos días a Córdoba. ¡Che, este tipo… tiene cara de ser conocido! Me inquieta ver lo mal que está. Si le hacemos unos rayos o análisis de prevención. No sabemos si es diabético o tiene alergias o si tiene alguna otra enfermedad. Leticia asiente. Sí, mejor esperemos, hagamos estudios. Entra un médico que se impone. ¡Por favor, ni toquen a ese paciente! No tiene seguro, ni sabemos si puede pagar los gastos de este hospital, no somos la Cruz Roja ni algo estatal. Esto es un hospital privado, alguien tiene que dar la cara por él. Sale golpeando la puerta de vidrio que vibra y se reflejan las luces dando un aspecto desagradable.

Fuimos con mi hermano y mi cuñada a la costa del sur de Francia. ¡Parece que se enojó su señoría… tal vez estudió en Harbar! Llamemos al agente que lo trajo. Entra el muchacho y dice: Este hombre es un famoso músico. Sus padres vienen en camino.

Leticia, se arrellana en la pared y aventó: Esperemos un tiempo, pero no lo dejemos… por las dudas. ¡Ay, tengo una paciente esperándome, salgo para hablar con ella y regreso pronto! Mientras camina por los pasillos del hospital, recuerda un concierto que presenció en el teatro Colón y recordó que ese esperpento enfermo sobre la camilla era el solista; ejecutaba el violín. Despachó a la enferma con un pretexto, le dio una receta con calmantes y le cambió el turno para dos semanas después.

Ella, no se perdería la posibilidad de cobrar unos jugosos honorarios de los padres del músico. ¡No he estudiado tanto para curar enfermos gratis!

 

UN MISERABLE

 

            Usted no lo conoció. Asdrúbal Segovia, el hijo del hacendado, gustaba de las rameras. Verlas caminar semi desnudas por el lupanar; con sus nalgas bailoteando en su andar por los pasillos, con las tetas algo flácidas en vaivén de acá para allá. Siempre buscando un granuja que las atrapara. Les sacaban todo el dinero que tenían. ¡Eso era lujuria! ¡Y eso era su única dicha!

            No era malo el Asdrúbal. Era tan sólo un miserable lleno de desconcierto sobre la vida. Un insecto lleno de miedos y que olisqueaba el perfume de cebolla que descargaban los sobacos de las pupilas. ¡Ni hablar de las jóvenes nuevas! Esas que llegaban aterradas, desterradas de sus ranchos por ignorantes y padres mal entretenidos.

            Las seguía como el zorro en celo. No podía sentir el olor de la fritanga de ajo y cangrejo que había en los pasillos del lupanar. Eso era el éxtasis, se excitaba y deliraba, pero sufría. Un pillo desvergonzado e ignorante que fue cuidado por una madre enferma de tisis que lo dejó siendo niño. Su existencia fue un desastre. El olor caliente de los intestinos flojos de su mamama, o de la “Niña”, lo enloquecía. Salía por las siestas abrasadoras buscando la orilla del río, donde desnudo retozaba, hasta que vio a un mulato atrapar una muchacha y escondido entre los matorrales aprendió. Quiso ser igual de atrevido y ganador. Tenía trece años y ninguna lectura. Ni números en el ábaco.

            Así creció el Asdrúbal, como perro en celo. Su hermana, la Niña, tomó las riendas con un par de años más que él. La hacienda daba frutos, pocos, pero alcanzaba para mantener la casa y los empleados. Su  padre, el capitán Segovia, que no era militar sino ayudante en un bote de río, se fue hacía como ocho años y nunca regresó a la casa.

            Ya el muchacho, no recordaba su cara ni su figura. Sí, cuando dormía, soñaba con los gritos que daba cuando golpeaba a los animales del corral, a los azotes que daba en la baranda del balcón profiriendo blasfemias. Un bebedor que dejaba su huella en los bares de poca monta del poblado.

            Una mañana lo encontraron tirado en el portal de la hacienda con un enorme tajo en los brazos, un ojo hinchado y negro; casi desnudo, con barro y sangre por cada orificio de su cuerpo. ¡Era una venganza de algún petimetre del lupanar!

            Lo llevaron al médico, que no quiso atenderlo, en principio. Cuando vio los billetes, llamó a su mujer y luego de lavarlo, comenzó a coserlo como a un fiambre. Los gritos se oían desde una calle abajo. Así se quedó en la casa de su familia.

            El cloroformo lo dejó medio dormido por muchas horas y cuando despertó no podía hablar ni moverse. ¡Menos mal, decían todos! Pero los días pasaban y las cosas seguían igual. Así es que la casa parecía un hospital. El olor de los remedios y tisanas, el ruido de los pasos sordos de cada familiar era un cambio fenomenal en la hacienda.

            Tomaron a un “toruno”, un muchacho joven muy fuerte que lo levantaba en brazos para poder cambiar las sábanas y limpiar su cuerpo de las heridas malolientes. Apenas hablaba el mozo y Asdrúbal, gemía por el dolor caliente de sus costuras, esas que le habían salvado la vida. De noche despertaba a los gritos, soñaba con la muerte.

            Mamama hizo traer a un fraile de la Ermita de santa Escolástica, para que expulsara los humores del cuerpo y del alma. Así comenzó una verdadera guerra entre el herido y el hombre de Dios. Una contienda de palabras y rezos, de mentiras y perdones, de rosarios y puteadas. Al fin ganó Asdrúbal y el fraile se resignó. Mamama no se lo perdonó, Asdrúbal, se puso cada vez más enfermo. El médico pidió que se lo llevaran a la ciudad, él, no quería comprometerse más. Así partió el enfermo en una carreta por los caminos irregulares hasta el asfaltado y de allí a la urbe.

            Largo fue su tiempo en el sanatorio y tan diferente regresó, que desde entonces se trata de otra historia.

           

JUDITH

 

            Habían llegado los soldados. La calle era un doloroso espectro de gente en fila que se arrastraba con los pequeños bultos que les permitían los infantes del ejército. Los gritos asustaban más que sus cuerpos jóvenes y maltratados. De ambos lados, los que como fantasmas ambulaban con la mirada perdida y los que los arreaban como ganado.

            Yo había salido de la oficina donde mi patrón me mandó a llevar papeles muy importantes, cuando me crucé con una mujer, cuya mirada desesperada, arrastraba una carriola en la que una bebé indiferente se adormecía. La estrella amarilla pegada en su raída ropita de fieltro, me acerqué. Un grito me dejó casi paralizada. Pero no era para mí. Se había caído una anciana. Aproveché y cogí a la niña, mientras la madre dejaba en mis manos un pequeño bulto con algo desconocido en ese momento. La mujer no tenía lágrimas, pero suspiró y me rogó. “Se la dejo, es suya ahora, gracias”.

            De pronto era una madre. Los pocos metros que caminé envolviendo la beba, fueron kilómetros en mis latidos locos de terror. Si me habían visto, yo sería una más en las largas colas de los sentenciados. Me escabullí por calles oscuras y grises. Las ventanas cerradas, las puertas rotas, acribilladas. Negocios apedreados y mutilados por los vándalos.

            Llegué a mi barrio, único barrio católico dentro de la zona. Más al norte están los barrios protestantes con sus templos cerrados. Nosotros participamos en las noches de algunas ceremonias, siempre escondiéndonos por las dudas que también nos atacaran.

            Me llamo María de la Misericordia. Soy sobrina del párroco español que hace más de veinte años fue trasladado desde España a Alemania. Me dicen Mani desde muy pequeña. ¿Nunca supe bien porqué!

            De repente al ingresar la vecina me miró raro, pero yo apoyé mis dedos, que tiritaban, sobre mis labios y entré cerrando la puerta de ingreso con tres llaves y cierres. Nos mueve el terror. Lo primero que hice fue calentar agua para bañar a la creatura. Eso la sedó y se durmió. Debía tener mucha hambre porque buscaba sorber sus dedos. Arranqué la estrella amarilla de su ropa, que metí en la salamandra y quemé, la escondí,  la famosa estrellita, en una hendija  que rasgué en la parte interna de la pata de la mesa de luz. Detrás de dicha estrella habían bordado el nombre de la creatura: Judith Bergman. Y la fecha de nacimiento: 18 de febrero de 1933. Entonces tenía nueve meses y medio. El frío había despoblado aun más las lúgubres calles del barrio. Comí un trozo de pan de centeno y media patata. Cada día tenía que cuidar más la comida que se nos restringía para la guerra. Esa noche dormí apenas.

 

Varias veces vinieron por el barrio buscado gente que se pudiera esconder. Una mañana, me despertaron a las patadas sobre la puerta, que gracias a Dios era fuerte. Abrí, cubriéndome con una colcha, que tomé de la sala, y me enfrenté a dos oficiales de la Gestapo, que me empujaron y comenzaron a revisar todo. Mi niña dormía y despertó llorando, la levante en brazos y acurruqué en mi pecho. Me sentaron y comenzaron a pregurtame miles de datos: ¿De quién es esta niña? ¿Cómo la había concebido si no tenía marido?... Yo avergonzándome, más por mentir que por lo que les dije, me planté y les expresé: “Hace unos meses, más ni quiero recordar la fecha, regresaba de mi trabajo y alguien me tomó de atrás, me tapó boca y ojos, me arrastró tras unos trastos y me violó”. Nueve meses después nació Dulce María, mi hija del dolor. Soy católica y jamás mataría un bebé antes de nacer. No le vi jamás el rostro al maldito que me hizo esto, pero acá soy feliz con mi hija a pesar de no saber quién fue su padre. Dulce María buscaba mi seno, como si supiera que tenía que demostrar que era mi hija. Los hombres miraron toda la casa, vieron las imágenes de Cristo y María Inmaculada, sólo uno se cuadró frente a ellos, los otros se rieron y le dijeron improperios en su idioma de cuartel. Me dieron una cartilla especial y me dieron la orden de ir todos los meses a mostrar al médico del cuartel general, a la niña. Yo me hice la señal de la cruz y la pequeña intentó imitarme, cosa que les causo mucha risa. A mí, paz.

 

Las bombas comenzaron a acercarse, por lo que nos trasladaron a la campiña. Nos instalamos por la organización de nuestra parroquia en una granja donde de ser secretaria me convertí en trabajadora de la tierra. ¡Pero no nos faltaba tanta comida y podía alimentar a mi pequeña niña! Aprendió rápido a rezar oraciones católicas. Ya me encargaría yo a su tiempo de decirle que y quién era, enseñarle los ritos y su historia, la de su pueblo. ¡Ahora no podía ya que le enseñé que era muy malo mentir y que no eran agradables las niñas y niños que preguntaban todo el día el famoso: ¿Y por qué?!

En la campiña era más fácil, pero muchos seres que huían robaban nuestras patatas y animales de granja, tuvimos que hacerles sus nidos dentro de la casa que era una verdadera fortaleza medieval. De piedra y rollizos que difícilmente se podían romper sin herramientas muy fuertes. Sólo una bomba o un obús podían agujerearla.

Un día cayó cerca de nuestra granja un avión enemigo. O amigo. En ese momento ya no sabíamos qué sucedía en nuestro mundo que estaba patas para arribas. Escuchamos de hornos para humanos. No les creíamos, después supimos tristemente que era verdad.

Una noche escuchamos que avanzaban tanques. Eran los que venían a “salvarnos”.

Por las dudas, yo escondí bien los papeles reales de Dulce María y me aferré a la pata de la mesa de luz donde tenía escondida la “estrella con su nombre y fecha de nacimiento”.

Eran americanos, según el piloto, que había caído cerca de nuestra vivienda, que hablaba inglés y alemán, nos pudo explicar  varios temas de estos sucesos.

Me ofrecieron llevarme a la ciudad, siempre con la niña. Como intérprete con los soldados prisioneros que no habían logrado escapar. ¡Pobres, eran niños de catorce y quince años!

Pasé unos meses muy laboriosos, que me dieron como regalo poder ir a vivir a los Estados Unidos de América como exiliada. ¡Acepté! Huí del horror de las verdades que se sucedieron.

Cuando Dulce María llegó a New York, entregué los verdaderos papeles que me diera su madre en ese bultito mínimo al recoger la pequeña.  Ahora se llamaba Judth Bergman. Tenía seis años y la llevé a un templo de su religión, la presenté como una heroína, pidiendo le enseñaran quién era realmente. Todos lloraban, yo también. Ella se aferraba a mi cuello y ellos entendieron que no podían separarla de mí.

Pasaron los años, ella me cuida ahora que tengo 75 años. Se casó con un buen hombre judío, que tuvo la paciencia de enseñarle a ser una verdadera judía. Tuvo cinco hijos y a una de las niñas, le puso mi nombre  aunque tuvo que discutir mucho con muchos que no la entendían, era una forma de agradecer mi amor. Cada noche viene a mi lecho, me da de comer en la boca, porque sufro una parálisis en las manos por tanto trabajar y luego de besar mi frente, como yo hacía cuando ella era pequeña, me arropa y deja una pequeña luz encendida por si la necesito. Aaron su esposo se da una vueltita por mi habitación y me espía, pero yo me hago la dormida. No puedo dormir pensando la vida que nos tocó vivir y el sufrimiento de millones de personas que por defender una Fe, murieron y mueren sin sentido. Armenios, Musulmanes, Tutsis, Utus, cristianos, gitanos, asiáticos y sacerdotes de religiones del mundo que considero, mientras miro por el ventanal las estrellas, que son santos sin estar en los altares de ningún lugar de la tierra.

A CHARLES BAUDELAIRE

 

 

Hombre con hambre de piel de hembras.

Amapolas con sabor a fiebre. Delirio.

Sueños abstractos. Ajenjo y risas histéricas.

Poeta maldito, genio inalcanzable

Creador de fantasmas y rimas de enorme belleza.

Locas. Putas. Mujeres y bohemia.

 

Un universo de gracia y amor de ramera conquistada

con belleza y odio. Sífilis y dolor.

Arrancó la muerte a las lápidas de mármol,

una pasión relatada bajo la lluvia de París

que envuelve al Hombre de infancia dolorosa y triste.

Caen lágrimas de Rilke y Joyce sobre el papel en blanco.

 

Rudo al caminar con las manos marcadas de opio,

una botella rueda en su camino de alcoba

con mujeres, prostitutas, hembras y hachís mortal.

En la noche se pierde en sombras de Montmartre.

No regresa. Olvido y mucha historia.

Un mar de olvido y placer su obra de poeta.

Charles Baudelaire no ha muerto. Vive.

UN PARAÍSO LLAMADO COLOMBIA

 

Como entusiasta por la poesía y la narrativa fui a encontrarme por primera vez con varias escritoras y escritores en Colombia. El primer viaje que hice al país de “Macondo”, tanto leer a García Márquez, una persona soñadora como yo, logró entrar en el país más cercano a lo fantástico: Colombia.

Llegué a Bogotá y desde el clima húmedo pero cálido, sin grandes altibajos hasta las avenidas que me trasladaron al lujoso hotel, me llenaron de placer.

Apenas me acomodé busqué un taxi y le pedí me llevara a hacer una recorrida hasta que pudiera presentarme al “Congreso de escritores”. Me trasladó hasta un cerro en donde se venera a la Virgen de “Monserrat”, un templo con escalinatas de piedra que me acercó hasta el famoso Cristo Negro, con una historia que me dejó pasmada por interesante y desconocida. Luego me llevó a un parque Botánico y fue delicioso ver ciento de ejemplares de orquídeas, plantas exóticas y bellas. (Siempre soñé tener orquídeas en mi jardín pero con el clima de mi zona es imposible). De regreso al hotel, encontré a un nutrido y alegre grupo de poetas y narradores de varios países de América. Hoy las considero mis amigas y amigos, con los que permanezco en contacto.

Pronto comenzó el congreso o encuentro. ¡Un lujo! Escuchar las diferentes voces poética, las anécdotas y la cultura de cada uno y de todas. Fue mi ingreso a un paraíso lleno de joyas humanas. Una de las escritoras mexicana, cada día  del tiempo que duró en encuentro, vistió preciosos trajes de diferentes regiones o culturas de México. A veces descalza con polleras bordadas a mano en piedras con paisajes o flores, aves o imágenes Mayas o Aztecas… una belleza rara.

El grupo era tan diverso que aprendí muchísimo sobre la cultura de Perú, Guatemala, Honduras, Ecuador y hasta de las diversas regiones de la misma Colombia.

Recorrimos las enormes y modernas bibliotecas de Bogotá y sus alrededores. La casa de García Márquez, donde habitaba su hermana ya que él, tuvo que irse a vivir a México por amenazas de las “Guerrillas” que asolaban al país.

La riquísima comida colombiana, las frutas y verduras, llenaban las expectativas de conocer las costumbres del pueblo. Tomé el famoso “Tinto” que no es como en mi país un vino, sino el mejor café que he bebido después del que probé en Italia. Sentarnos en un albergue a orillas de un camino de cornisa a beber un Tinto, es toda una experiencia poética. Las famosas “pailas criollas”, un plato que tiene chorizos, maíz, aguacate, huevo frito… y verduras de estación…¡Una delicia!

Cuando nos reuníamos a escuchar a los poetas, sentíamos vibrar el corazón de la tierra de nuestros pueblos y conocí el alma de la tierra criolla. Como en Colombia hace muchos años que hay problemas de “guerrillas” nos cuidaban mucho, nos acompañaban policías que terminaron siendo amigos del grupo de escritores y al final, terminaron recitando poesías o contando historias populares de sus pueblitos. En los autobuses que nos trasladaba a diferentes universidades o bibliotecas, para los recitales o conferencias, se cantaba. Un bochorno para nosotros las argentinas, que en general, no conocíamos la letras de los “tangos” y que todos ellos, sabían como el Ave María. Colombia ama a Carlos Gardel, y por haber muerto él en Medellín, lo tienen como a un héroe nacional.

En general, los argentinos comunes, no hemos aprendido la letra de los tangos. Tal vez, porque en mi generación, era mal visto que una muchacha cantara y bailara tango, hoy es “Patrimonio Universal”, pero recién ahora se lo acepta entre nosotros como debe ser. La música típica de la metrópolis de mi país. Argentina es tan extensa en territorio, que tiene muchos tipos de música regional: zamba, cueca, chacarera y chamamé, entre otros.

Ellas y ellos, los poetas de América sabían las letras de los tangos y cantaban mejor que Tita Merelo o Libertad Lamarque, artistas de la década del cuarenta y famosas.

  Entre tangos, marineras, baladas, boleros y folclore colombiano, llegábamos energizadas a escuchar conferencias, ponencias lingüísticas y poesías a los claustros universitarios.

Cuando llegó el final, tuvimos un broche de oro: “En la casa de José Asunción Silva, poeta único y cultísimo, un día a pura poesía”. ¡Qué placer!

La despedida final, llena de abrazos y lágrimas. Intercambio de libros y poemas, recuerdos de fotos y discos para oír música de los países amigos. Y un Adiós, que nos comprometía a volver a vernos en el próximo encuentro en Panamá.

Me quedó tanta urgencia de conocer mejor Colombia, que tomé un paseo por la costa y viajé a Cartagena de Indias y Medellín. ¡Una experiencia maravillosa que guardo en lo más profundo de mi corazón! Declaro que Amo a ese país alegre, ruidoso, cálido y generoso que espera con bellezas y su música a todos para abrazarlos.

Te recomiendo no salir de Colombia sin comer una arepa de huevo con un trago de aguardiente o ron. ¡Es el espíritu de su pueblo!