miércoles, 25 de enero de 2023

LETICIA 5

  

            Su despertar era antes que saliera el sol. En esa región no había electricidad y se iluminaban a las horas en que un transformador que funcionaba con gasoil les proporcionaba algo de tensión para los quirófanos.

            Las horas más difíciles eran las del atardecer. A lo lejos se veían los esqueletos de toldos y enramadas que los nativos levantaban según la época del año y las lluvias.

            Leticia espantó del mosquitero algunos insectos. ¡Nunca se acostumbraría a esas mariposas que parecían murciélagos o las arañas patonas y peludas que se subían por las patas de los muebles buscando frescura y comida! Los lugareños le habían advertido que así, tendría a raya los mosquitos que producían más enfermedades que las arañas.

            Recordaba su niñez en su tierra. Allí las había pero eran pequeñas y ponzoñosas. Igual le eran repugnantes. Una vez deshecha de los bichos, se vestía con rapidez y con una aspiradora a pila que le regalara su padre, sorbía cada rincón de su ámbito de vida. Una pequeña habitación de materiales livianos. Su gran defensa era el delantal con las siglas de la O.N.G. que la había invitado.

            Finalmente vestida, higienizada con escasa agua en una palangana de plástico amarillo, despejaba el sudor de una noche húmeda y calurosa. Había aceptado por vocación asistir a esa región de extramundo. Cuando le mandaron el video, supo que nada sería fácil. Todavía había medicina de “brujos” que empíricos, a veces sanaban a sus dolientes enfermos y en su mayoría morían sin mucho llanto ni despedida.

            Salió de su carpa y se encaminó a la enorme carpa blanca donde apenas ingresó le depositaron un jovencito de no más de doce años al que le había estallado una  mina en las piernas. La sangre, esa preciosa joya manaba de las heridas, apenas cubiertas por trapos sucios. La piel sombría y azulada, le hizo apretar los dientes. Pero estaba allí y debía suturar y desinfectar. Un hombre de mirada oscura y sentenciosa la siguió unos pasos, no hablaba pero su mano bajo una sudadera escondía un arma.

            Leticia se volvió y le señaló un cartel que indicaba que no podía pasar. Un gigante moruno, lo sostuvo. No quería dejar al niño en manos de una mujer y blanca, para colmos. El niño estaba muy delicado. Pronto dos enfermeras llegaron con material quirúrgico y bolsas de sangre que traían los helicópteros cada tanto de las ciudades vecinas. El trabajo debía ser rápido, no se podía perder tiempo ni dejar morir al jovencito.

            Leticia necesitó que un colega que no hablaba inglés, le prestara ayuda. Por señas se entendieron. Estabilizaron al enfermito. Ganaba la vida. Comenzaron a llegar otras personas. Todos podían esperar. Recordaba las palabras de sus maestros en la universidad; sonrió, si me vieran es tan diferente allá en mi tierra.

            Agotada se tiró en una hamaca y dejó que una mano generosa le secara el sudor y la sangre que había salpicado su rostro. Otra persona le acercó una botella con soda. El azúcar hizo un pequeño milagro, sintió fuerza para levantarse y seguir. Curó fiebres, piquetes de insectos, cortes de herramientas y huesos quebrados al que le pudo poner un remedio casi arcaico. ¡Una tabla de madera de cajones de los que transportaban los pocos envíos que conseguía la O.N.G.!

            Atardecía y cansada, se acercó a ver a su joven operado. Mutilado, no caminaría más sobre sus delgadas piernas juveniles. ¡Malditas minas!

            Ya se cortaba el suministro de electricidad y debían ir a comer a una de las carpas comedor. Allí, un ser ovillado la detuvo. Era una madre que envuelto tenía un pequeño escondido. Cuando lo vio, descubrió un hermoso niño albino. Su piel alba y su cabello, casi pelusa algodonosa le sonreía debajo de unos hermosos ojos rojos.

            ¡Cure mi niño, por favor! Porque acá lo matarán para usar sus huesos para hacer remedios brujos. Leticia había escuchado esa historia. ¡Los médicos brujos de los clanes, robaban niños albinos para dejarlos morir y descarnándolos, con sus huesitos hacer medicinas!  Se quedó quieta, tomó al niño e ingresó a la carpa comedor. Allí, se le clavaron docenas de ojos. Los nativos, sorprendidos se hicieron atrás, los llegados de otros mundos, los voluntarios se acercaron para verlo y sosteniéndolo, vieron que era sano y fuerte. ¿Qué podemos hacer, preguntó Leticia?

            Un nativo se presentó y dijo, hay que sacarlo de este país, llevarlo lejos. A un país donde pueda vivir y ser un niño útil. Acá corre peligro.

            Leticia, regresó a su carpa y tomó el radio para comunicarse con sus mentores. Un mundo se revolucionó para salvar al pequeño. Pasado varios meses, que lo cuidaron entre todos, Leticia viajó con la madre y el niño a otro país, donde fueron refugiados.

            Los médicos no son sólo operadores de la salud, también son ángeles protectores de los diferentes.

 

 

UNA MAÑANA CUALQUIERA

 


Dejó el coche en la oscura chochera del edificio. Sacó el maletín y varios libros que la acompañaban desde horas tempranas.

Esa mañana, luego de ducharse, hizo un repaso de las mil tareas que tenía por delante. Llamó a Enrriet. Ella, no atendió. Le dejó un mensaje. Se encontrarían esa noche en el restaurante Lafayete. Luego hablarían.

A las ocho se encontró con dos profesores de filosofía, para iniciar un debate con alumnos becarios sudamericanos. Enfrascados en el itinerario de los jóvenes del pensamiento sobre la justicia económica en el siglo; no captó el paso del tiempo. Se acercó un secretario del decano para avisarles que cerraban el aula para el refrigerio y la preparación del claustro previo a la llegada de unos biólogos genetistas alemanes que traían nuevas teorías.

Con dificultad cortaron la discusión. Los alumnos continuaban hablando por los corredores. No llegaron a una conclusión. Se iban perdiendo por la soledad de los largos pasillos de la facultad, cuando comenzó a sonar un celular. Era Enrriet... su voz sonaba en susurros y afectuosa la envolvió con sus sugerencias. Cortó la llamada sonriendo, esa tarde podrían expresar sus cuestiones. Recordó que antes debía pasar por la peluquería, su cabello estaba enojado con la humedad y el clima. Subió al coche y por la carretera escuchó la música que favorecía a su estrés. Recordó los hermosos días del verano, en efímera belleza de los cuerpos en las playas sicilianas, donde los cuerpos desnudos al sol , absorbían la energía para el largo invierno  y las duras jornadas del inhóspito país.

Se había relajado. Dobló por una calle arbolada. Un sinnúmero de edificios acariciaban sólidos el reflejo rayos cálidos que iluminaban los floridos balcones. Llegó al coqueto salón de belleza; Ninno, la recibió afectuoso. De mano en mano fueron pasando los especialistas resolviendo todas sus carencias. Manicura, depilación, color y lavado de su cabello. Le surgió la necesidad de un cambio y buscó un peinado más salvaje. Se miró en el amplio espejo. Un toque de maquillaje le daría algo de luz y serenidad.

Cuando llegó a su piso; en el parquet de la entrada encontró una carta. Desconocía la letra. El sobre tenía un sello de Andorra. Lo abrió y leyó el texto que decía: Querida Mayte te ruego no te sorprendas. Hoy recibí el envío de los libros y documentos que me servirán para la tesis. Ayer nació mi hija. María Inés. ¡Si, mi hija! ¿Te sorprende? Es pequeñita y tendrá la suerte de no conocer jamás a su padre. Mi psiquiatra no se cansa de expresar que quiere hacerme una cura hipnótica. Yo huyo porque ahora soy feliz. Con cariño Justina.

Se rellanó en un sillón. No entendía nada. ¿Quién era esa Justina? ¿Qué tenía que ver con ella? ¡AH, recordó que su amado esposo tenía una pupila que investigaba con él, sobre un hallazgo en Sudán. Él era arqueólogo y siempre estaba rodeado de jóvenes estudiantes. Y también recordó que había nombrado entre colegas a una de sus alumnas más destacadas: Justina.

Ahora, estaba en un yacimiento en la región del ex Congo. ¡Y era padre de una niña! Una que ella nunca pudo darle. Entonces, tomó la carta y la tiró hecha trizas por el inodoro. Nunca sabría que tenía una descendiente llamada María Inés. Se acostó y se quedó dormida. Esa mañana había sido diferente de otra cualquiera de su vida.

 

lunes, 23 de enero de 2023

EMBARCANDO POR LÍNEA AÉREA ISRAELÍ

 

 

Luego de una fenomenal revisión de nuestro ingreso a Israel, subimos en un enorme avión. Repleto de peregrinos que íbamos en busca de un encuentro espiritual a Tierra Santa. En la zona de aduana, hubo un verdadero choque entre turistas y habitantes israelíes que pretendían adelantarse en las largas y minuciosas colas. Arrogantes unos y otros, terminaron encerrados en un habitáculo desde donde militares y aduaneros, controlaban el desvarío. Pasamos sin problemas. Nosotros, los veinte que estábamos en la fila, no intentábamos sobrepasar  y eso nos ayudó.

Subimos a una moderna nave y allá comenzamos un inimaginable encuentro con el pasado.

Nos esperaba un Santo y Sabio Franciscano que nos guiara con seriedad, conocimiento y amor, por los lugares por los que caminaron judíos y romanos, árabes y griegos, pueblos que narra la Biblia y que después de ir y venir por ese territorio me dejara pensando… ¡Cuánto caminaba la gente en la antigüedad! Jesús y sus seguidores, fueron campeones de las caminatas. Cada pueblo, cada ciudad, cada sitio queda lejos y el camino, hoy con hermosas carreteras; fueron pasos entre piedras y arenas, entre matas con espinas punzantes y pocos árboles o palmeras. ¡El calor al medio día no bajaba de treinta y cinco grados y en la noche refrescaba a veinte o más!

Para una persona de mi edad, encontrase con esos lugares sagrados, ha sido una experiencia maravillosa. Nunca imaginé que pasaría por el río Jordán, me volvería a bautizar y al recoger un poco de agua, que se veía algo opaca con arena o tierra, se aclaró tanto que es de un brillo cristalino ahora.

Cada encuentro de los israelíes bajo sus tierras es una fiesta. Los arqueólogos e historiadores, trabajan a destajo. Ruinas romanas, de la época de los patriarcas, de la de Jesús, de los Otomanos, de las cruzadas, de los sirios… en fin hay atractivos para todos los gustos. Religiosos, modernos, guerreros y de historia del pueblo Judío y sus padecimientos. El Holocausto los ha hecho estudiar mucho y crecer como país y en ciencia, son insuperables.

Igual caminamos por rincones que son joyas de la antigüedad y de belleza, hay flores en medio de verdaderos desiertos y piedras.

¡Un lujo extra fue poder entrar en sitios que están reservados a los “protectores, cuidadores y estudiosos Franciscanos que están en guarda de loa lugares Santos!

Hubo momentos de recogimiento y de algarabía, chistes y bromas, lágrimas de emoción y silencios profundos. Salimos de Israel, con el corazón lleno de Esperanza.

 

 

LA PLAYA AL SOL


Se derraman todas blancas las olas

en el muelle, entre las rocas, entre algas

 mi cuello se eleva hacia las nubes que reflejan la dulzura  de mis penas

 mis pies, que lentamente se desprenden de la arena, son tibios

 me acarician dulcemente la piel.

Sube

mi suspiro tenue te envuelve con sus alas.

y mi ángel que te  observa desde el cielo,

sabe que

 la promesa que navega en el mar de blanca espuma

me acompaña.

Por eso,

por eso camino por las playas

 te encuentro entre las aguas de la aurora.

Un amor no  se pierde aunque  restalle 

o se rompa entre rocas y escape en el acantilado

junto al mar,

o se precipite

en un abismo de ternura.

Te amo.

GOTAS DE SANGRE

 

Una gota de sangre cae sobre el papel en la mesa. Cae y se desparrama en la tinta que se distrae en colores rojo, índigo, morado, azul... silencio. Otra cae tras la primera y se agranda la mancha coronando con puntas aguzadas que señalan el borde de la mesa.

Roque no puede defenderse de demonio artero y de la pena. Nada queda allí, frente a los ventanales. Nada.

Roque labriego. Roque mutilado, espantado. Ese que había sembrado en la tierra hendida con la hoja fálica del arado. Cada semilla un milagro repetido. Él, había roturado con ahínco en las noches heladas, bajo el sol sediento e impotente frente a sus manos mágicas de labrador. Campesino al fin, abonó luego lo que la tierra comenzaba a romper en verde. Primero fue la planta, luego la flor que maduraba en frutos pequeñitos y brillantes. Tiempo, necesitaba tiempo. Este le era esquivo.

Caen una a una las gotas de sangre y ya no es sino un charco coagulándose. Sigue el silencio acomodando penas a la sombra. Rojo, todo rojo como ese amanecer que despuntó en tomates y ajíes del verde manto del plantío. Maduros los frutos galopando en la cresta de una ola verdosa. El empresario de la envasadora, se acercó con una propuesta insólita. Roque oyó alborozado la propuesta. ¡Compraban todo para el día después del carnaval! Casi cerrado el trato, se dieron la mano como en los viejos tiempos. Dejaron en palabras suspendidas por la venta sin papeles.

Una cena caliente lo esperaba en esa mesa. Pan crocante y vino tinto; que agregó alegría a la propuesta. Su familia escuchó fascinada el relato de la transacción. Favorable por su esperanza de pagar las deudas con el banco, la veterinaria y el almacén de ramos generales. Cuando llegaron a los postres, sacó un papel y lapicera y una pluma con tinta. Comenzó a calcular y las cuentas daban un resultado satisfactorio. El fruto del trabajo prometía un maravilloso futuro.

Con una canción en el corazón y una sonrisa que mariposeaba en su rostro, se fue a dormir. Una noche sin desvelos.

Roque no había mirado hacia la gran ventana que daba al sur. El cielo azul grifado en diamantes vivos, se cubría lentamente con un manto blanco de nubes pesadas y premonitorias. Pérfidas y silenciosas, imitando el movimiento felino de un gris enorme; reventaron su vientre espasmódico y comenzó a caer un millón de redondas piedras de hielo. Eran enormes. El sueño profundo no le permitió a Roque penetrar el ruido agresivo del granizo.

Y ahora, ya se oye el gorgoteo de la garganta de Roque. Sus manos caen a los lados del cuerpo laxas. ¿La cabeza? Cae hacia atrás en la silla. El sol se distiende en la distancia y envuelve un rosa violeta incendiando con su lava, las barbas de los "Cúmulus Nimbus" sobre el campo. Perdida la mirada extraviada en el páramo incendiado del ocaso. El labriego ha despertado y sus ojos atónitos se abren a la desgarrada impotencia de la tormenta. Un rictus de espanto en su boca. Desfigurado, emite un sonido de dolor.

No había quedado nada. Estricta la tormenta trituró prolijamente todo un trabajo   y los frutos de la labor esforzada. Nana, nada. Adiós al sueño vegetal. Caminó lentamente hacia la escopeta, la tomó y se sentó frente a la mesa donde en tinta había escrito en un papel las cuentas. Se reía, a carcajadas. ¡Pobre Roque y su esperanza!

 

CAPIANGO EL HOMBRE TIGRE

 

La noche severa escondía umbrosa los reflejos de una luna insipiente. Los bichos de la zona virgen, llenaban con sus sonidos intangibles lo que debía ser un silencio nocturno. Los caporales, habían salido de los campos para emborracharse en la taberna. Hacía poco, habían traído unas muchachas y muchachos jóvenes de una tierra lejana. Engañados, creyeron tocar el paraíso y entraron en la negra oscuridad de tratos innombrables.

Cayeron en cuenta cuando los metieron de prepo en un lupanar mugriento y negro, cerca de la costa del río. Los más jóvenes no alcanzaban la mayoría de edad, pero arrebatadas sus papeletas, no tenían como escapar de su destino. No hablaban la lengua de ese puñado de infames que los manoseaban y les obligaban absurdos juegos y otras cosas sin nombre.

La más grande Erica tenía veinte años y cuidaba como podía a las menores, Patrik, tenía diez y nueve y cuidaba de los varones. Al principio lloraban y se aferraban a sus camastros para evitar salir al gran salón del galpón que se había acondicionado como pulpería o bar o bailanta. Pero comenzaron a golpearlos y bajaron los brazos. Otras veces los dejaban de alimentar por varios días, a pan negro y agua. Única comida. Dejaron de pelear por una salida.

El dueño, era un viejo portugués que había sido buscado por media Europa por la policía. Hombre de averías. Tenía una mujer que lo apañaba. Era su madrastra. La Ursulina, parecía un pedazo deforme de grasa con brazos enormes manos pequeñitas y una cara redonda donde dos ojos saltones le daban el estricto modelo de un búho nocturno. Siempre con ropa amplia y de tela oscura. Para los profanados muchachos, era la "Bruja". Lo triste que los envolvía el silencio oprobioso de mucha gente de la aldea.

Mi papá, se había ido de casa una tarde para intentar hablar con un político que conoció en un mitin en otra ciudad. Lo atendió bien, nos contó, pero no hizo nada. Entonces habló con don Embribes, un viejo amigo que había trabajado mucho tiempo en unas oficinas de la capital. Este le prometió traer a un conocido que lo llamaban "Capiango, el hombre Tigre". Un verdadero Capo de los guardianes de la ley y de la convivencia.

¡Y llegó! Era un moreno de dos metros, cuyos brazos y piernas, parecían columnas de mármol. Se paraba y su sombra se desparramaba por la tierra como un edificio brutal. Su mirada fuerte y oscura, le daba un poder con solo incrustar los ojos en tu cuerpo o cara. La gente temblaba cuando lo veía parado en la barra del único bar del pueblo. El barrio donde estaba el lupanar se inquietó. ¿Otro mafioso más? No, este venía a poner el orden en la zona.

Esperó unos días para reconocer a los capos, a los empleados y a todos los involucrados. No pidió permiso a nadie pero un día se apersonó en la oficina de la intendencia. Allí, no le daban audiencia con quien él, quería. Se apoyó en un escritorio y de un puñetazo, saltaron papeles y objetos para todos lados y se oyó un crujido de madera quebrada. Salió el hombre buscado... ¡Oh, sorpresa! Era el dueño del lupanar.

Lo levantó por las solapas del traje, los anteojos fueron volando por el pasillo... y Capiango, como un Tigre, le dio una paliza de leyenda. 

Dicen que en horas cerraron el lugar, llevaron lejos a los pobres chicos y chicas para darles el trato que correspondía y el Intendente quedó preso de por vida. ¡Han hecho un monumento al Valiente Hombre Tigre!!!

viernes, 20 de enero de 2023

LA CASA AMARILLA

  

Montserrat buscaba una casa para comprar. Había llegado a esa ciudad invitada por la universidad para dar cátedra y asumir una beca. Leyendo un periódico de dos semanas pasadas, encontró un aviso en la que ponderaban una propiedad en un sitio que no quedaba tan lejos de la ciudad, ni tan cerca de los ruidos.

Pidió al teléfono que estaba anotado en el papel, que le diera una cita. ¡Sintió un suspiro del otro lado de la línea! La verdad que no le llamó la atención.

El jueves a las diez la espero dijo la voz del otro lado del auricular. Si llega usted primero, le ruego me espere unos minutos, ahora vivo en pleno campo y como debe haber notado, el tránsito es un verdadero caos.

Se vistió con unos zapatos deportivos y ropa suelta por si tenía que subir escaleras o bajar hasta un sótano. Enroscó su largo cabello color azulado en un primoroso rodete y se sacó las pocas joyas de valor que solía usar, por las dudas. ¡Hay tantos embusteros!

Tomó un taxi y diez minutos tarde llegó a la puerta de la casa. Le llamó la atención la pintura amarilla de la pared del frente. Las ventanas blancas y las rejas de un suave color ambarino. Un hombre mayor, de buena postura esperaba en la puerta. Con un bastón de fina caña de India y larga barba blanca, que se apoyaba en el pecho de su limpia camisa color celeste. Saco y pantalón negro. Sombrero de panamá. Anteojos con armazón de oro, muy al estilo de John Lenon.

La sonrisa le agradó. Montserrat descendió y despidió al chofer. El hombre se adelantó y le ofreció una pulcra mano de dedos finos propios de un filósofo o de un letrado.

Señora mi nombre es Paulo Merino y soy el dueño de esta casa. Hizo una breve inclinación de cabeza y se sacó el sombrero y la condujo derecho hacia la puerta de ingreso. La abrió con una de esas llaves de hierro antiguas, cuyo ojo parecía observarla.

Prendió una luz y luego se acercó a la ventana y abrió la celosía para que ingresara la luz natural. La casa está recién pintada, todo blanco ecepto el frente que como habrá observado es color amarillo. El color que amaba mi difunta esposa.

¡Así supo que el caballero era viudo! Fue deslizándose por los pisos helados de baldosas rojas, que a pesar de una leve capa de polvo ambiental, brillaban. Una a una las habitaciones que no tenían armarios ni placares, se fueron abriendo como flores de azucenas entre los pasillos. Llegaron a una cocina amplia y recién remodelada. Luego le mostró el sanitario que si bien era antiguo, estaba en perfecto estado de uso y limpio.

Abrió una puerta hacia el exterior y un jardín lleno de enredaderas florecidas despertaron la envidia de los cuadros de un impresionista. Violetas, naranjas, fucsias y verdes, envolvían una a una las paredes del pequeño parque.

¡Y bien, dijo, Montserrat: ¿Cuánto cuesta esta casa? Me puede usted decir!

Si la paga de contado puedo aceptar una oferta. ¡Tal vez cien mil dólares o…diga usted un precio! Montserrat pegó un brinco, le pareció muy elevado el precio, la casa es antigua... Dijo y el caballero sonrió. Sí, pero será su paraíso.

Déjeme pensar. ¿Me puede esperar unos días? Yo tengo que ver si junto algo de ese dinero que no es poco. Sí. La esperaré.

Salieron juntos y ambos tomaron diferentes caminos en taxis. Ella volteó para mirar la casa y le pareció que el amarillo le alegraba la vida. ¡Veremos!

Llamó a su padre y a su hermano quienes se apresuraron a confirmarle que le enviarían para completar lo que ella ofrecería por la casa. Con ochenticinco mil dólares creo que podré comprarla.

Así llegó a un acuerdo. Compró y con una diferencia que le quedó compró algunos muebles y utensilios indispensables.

Los vecinos eran muy amables. La saludaban con ceremonia y le preguntaban, cuando la veían si todo estaba bien. Ella respondía con una sonrisa que todo era perfecto. Hasta que una noche, cuando el sol se recostó sobre la vereda y desapareció la luz, comenzó a escuchar un susurro de voces y llantos. Luego, palabras y nombres de mujeres y hombres. En las paredes se fueron dibujando ciertos signos que no interpretaba y que le dejaron una enorme curiosidad.

Una mañana a la pregunta de su vecino, el carpintero, Montserrat le contó y él, sonriendo le dijo: ¿No se preocupe! Ya pasará. Y siguió hacia la parada del autobús. Pero en el frente de la casa comenzó a notarse un cartel en color ambarino que decía: “Acá puede usted despedir a sus seres queridos”.

Fue a la casa de la vereda de enfrente y golpeó una aldaba. Salió una mujer entrada en años. ¿Sí, qué necesita? ¿Puede usted decirme qué tiene que ver ese cartel que aparece y desaparece del frente de mi casa y qué son las voces que escucho? ¡AY, hija, usted ha comprado esa casa que fue una funeraria! Allí han velado a cientos de personas, hasta que murió el dueño, el caballero que la esperó para vendérsela a usted. ¿Y qué hizo con los dólares que le pagué? Seguro que están enterrados en su jardín, dijo la mujer y se dio vuelta entrando en su casa a través de la puerta cerrada. Montserrat corrió y vio que en un rincón del breve parquecillo había un montículo de tierra revuelta. Escarbó y allí en una caja, estaba su dinero envuelto en una hermosa caja de plástico amarillo.