jueves, 16 de febrero de 2023

¡MATA A TU PATRÓN, ADELAIDA!

 

            El país era un caos, los automóviles pasaban como balas por las calles y se oían balas en la noche. Es una asonada. No, es una revolución. No lo crean es una reivindicación social. Es la nueva política que viene.

            Y hasta el hartazgo en los medios radiales se oían a politólogos hablar. Los diarios ardían. El mundo estaba patas para arriba, señor. Yo había entrado a trabajar en esa casa como ayudante de un pediatra muy amable. Su mujer era una excelente ama de casa y tenía muchos niños; cinco para ser exacta.

            Nunca me faltaron al respeto, me hicieron sentir despreciada o me obligaron a hacer tareas superiores a mis posibilidades. Fíjese, señor, que me daban a elegir la presa de pollo o el mejor bife de la fuente. Me hacían servir primero a mí y luego doña Raquel, le servía a mi patrón y a los chicos. Al final ella se quedaba con lo que quedaba, generalmente lo más pequeño o lo que sobraba. ¡Nunca la oí renegar del trabajo que le daba coser la ropa de toda la familia! Muchas mañanas yo me levantaba y saliendo de mi habitación veía que ella no se había acostado terminando una camisa o una prenda para los niños.

            Mire señor, me pagaban antes que terminara el mes y siempre me daban algo más como una especie de propina o premio por alguna tarea especial que hubiera hecho: limpiar los bronces, cambiar cortinas y almidonarlas, hasta si servía un café sin que me lo pidieran como idea mía para que se sentara un rato el doctor a charlar con la esposa.

            La casa era grande, pero no demasiado. Era una casa como para varias personas, pero no brillaba el lujo o algún despropósito. Muchas veces él, el patrón atendía a un niño y no cobraba si veía que era gente de trabajo y pobre. ¡Hasta les daba los remedios, esas muestras gratis que le dan los laboratorios!

            Yo, lo digo sin vergüenza, me enamoré de esa familia. Eran buenos, muy religiosos y vivían como cualquier obrero, sólo que tenían escuela. ¡Si yo hubiera podido ir a estudiar no me hubiera sucedido todo aquello!

            Una noche sonó el timbre y fui a abrir la puerta, pensando en un niño enfermo que llegaba sin aviso. ¡No, era mi ex marido! Él, es un alto personaje en los sindicatos de madereros. Manda como “patrón de estancia”, así decía él, que se jactaba de ser mejor que los estancieros. Nunca conocí a uno. Vino y me sacó casi a la rastra. Entre después de darle un buen empujón y le avisé a uno de los chicos, el mayor, el Pipi, que salía un momento con un pariente. Que le avisara a su mamá. Salí y en la esquina había una chata con dos tipos armados hasta los dientes. Me metieron de “prepo” en la chata y salieron echando chispas. Llegamos al parque y allí me dieron un ultimátum…”Tenés que matar a tus patrones y a los pendejos”

            Se imaginan como temblaba. Yo sabía que son de los de la pesada del sindicato. No me la iban a perdonar. Temblaba como una lámina de metal, me castañeteaban los dientes y las rodillas bailaban una contra la otra. ¡Qué julepe! En una bolsa entré el arma con seis balas en la misma y otra caja más. Porque eran siete, sí, siete con el Pipi y la Clarita. Sole tenía tres años y Luchi cinco. El bebé no caminaba todavía pero ni se lo sentía de tan bueno.

            Esa noche no pude dormir, fui como seis veces al baño, tenía vómitos y colitis. ¡No es para menos! Yo, Adelaida Gauna tenía que matar a esa gente hermosa por orden de un atado de locos gremialistas. En la mañana la señora me preguntó ¿Cómo le fue anoche con su pariente? Y le tuve que mentir. Vino a avisarme que me tengo que ir señora. Mi abuela en San Juan está moribunda y no hay quien la cuide y pensaron que yo soy la mejor nieta para cuidarla, así que esta tarde cuando termine las tareas me voy.

            ¡Qué pena Adelaida! La queremos tanto, pero está bien usted se merece cuidar a su familia.

            Me temblaba el cuerpo. Hice todo lo que pude para no mostrar mi miedo y mi vergüenza. Me pagaron con un premio por mi trabajo y salí corriendo. Me subí en la Terminal De Micros el primer coche rumbo a Buenos Aires, ya que allá es tan grande que no me iba a encontrar. Por lo menos en un largo tiempo, plata tenía, ahorraba algo de mi sueldo todos los meses y más lo que me habían dado al salir.

            Viví escondida en un pueblito del sur de Buenos Aires cinco años. Trabajé de vendedora ambulante, vendí helados, cociné en una fonda, hasta cargué bolsas en una feria de verduras. Un día hubo una revolución y sacaron a los palos a muchos, especialmente a algunos políticos mafiosos. Yo escuchaba las radios de noche en la pensión. ¡Ah, me mudé cuatro veces a distintos pueblos y nunca di mi nombre ni mi documento! Les decía que me lo habían quitado en un trabajo unos patrones malos.

            Supe porque me atreví a llamar a una comadre, que mi ex marido estaba preso; había matado a unos mayoristas de madera. Y volví. Dejé pasar quince años… y fui a buscar al doctor y a su familia. ¡Los encontré! Estaban muy felices de verme. Cuando les conté mi historia, me abrazaron y me pidieron que almorzara con ellos.

            El Pipi, me contó de usted, que es su profe del secundario y que escribe historias verdaderas, por eso me atreví a relatarle mi verdadera vida. ¡Pensar que me querían obligar a matar a toda la familia de mis patrones, por no estar metidos en los chanchullos del gobierno! Adelaida Gauna, nunca hubiera hecho algo tan horroroso.

EL HOMBRE DE MARRÓN

  

Creo que corría el año cincuenta y seis o cincuenta y siete, yo era una niña de alrededor siete u ocho años. En casa se respiraban unos aromas extraños, con silencios sospechosos y miradas sutiles. Mis hermanos y yo, parecíamos extraterrestres. Nadie nos decía qué sucedía.

Mis padres escuchaban encerrados una radio y luego se sentaban y rezaban juntos. ¡Algo estaba pasando, pero los pequeños no participábamos de los hechos!

Mi casa era un tanto grande, con varios dormitorios y el comedor separado del estar. Nuestra zona escolar tenía un espacio para cada uno según el estudio que transitara y así, ninguno se tenía que tropezar con el hermano. Así mamá y papá controlaban nuestras tareas y para que no discutiéramos por algún elemento escolar que se perdía. Pero en esos días el clima familiar era muy misterioso.

Se dio licencia a la secretaria de papá y a la ayuda de mamá en los quehaceres domésticos. ¡No era la época en que había vacaciones! Igual, nos arreglamos bastante bien porque todos en casa colaborábamos cunado no había personal de ayuda. Yo, por ser mujer debía ayudar el doble que mis hermanos. ¡Gracias a Dios hoy no es así y los varones tienen que compartir las tareas por igual, ya que la mujer trabaja fuera de la casa de la misma manera que los hombres! A veces tenemos más exigencias que ellos.

Una tarde, papá la llamó a mamá y le pidió que nos arreglara que venía una persona a cenar y probablemente (después nos enteramos) se quedaría unos días a vivir entre nosotros.

Nos hicieron bañar y lavar el cabello. Mis hermanos perezosos trataban de evitar esa rutina diaria y dejaban a veces un par de días sin la necesaria higiene impuesta por mis padres. Me pusieron un vestido que usaba los domingos para ir a misa y luego a la casa de mis abuelos a almorzar. Cosa que me extrañó. Igualmente mis hermanos usaron ropas domingueras. Mamá había cocinado unos pollos al horno con guarnición de verduras y una entrada de tomates rellenos, sopa de zapallo y de postre un flan de dulce de leche. ¿En día de semana? Era bien extraño y mis hermanos estaban felices… de cualquier manera, algo misterioso sucedía.

A la hora de la cena, papá salió del escritorio acompañado. Lo invitó a ingresar al comedor principal. Y allí parado conocí a un hombre pequeño de tamaño vestido con un traje marrón, un poncho de vicuña color canela y zapatos lustrados de cuero negro. Usaba un sombrero de fieltro marrón tipo chambergo, que se sacó y sostuvo en las manos nerviosamente hasta que todos nosotros lo saludamos. Su piel cetrina y una incipiente calvicie, me hizo recordar una foto que había visto hacía unas semanas en el periódico, que religiosamente leía mi papá y que nosotros hacíamos fila para recortar los temas útiles para la escuela.

¡Yo lo había visto antes! Y sí, era un sufrido político enemistado con el gobierno de turno al que luego supe, habían torturado un grupo de “malvados” en un galpón olvidado de la capital de mi país. De grande supe que parte de la tortura había sido tan cruel, que cercenaros sus testículos entre otras salvajadas que le propinaron. Papá que era muy cristiano lo había protegido a pesar de que podían descubrirlo y tomarse una violenta venganza con él, pero papá y mamá, con caridad lo escondieron unos días hasta que pudiera salir a Chile por el paso cordillerano. Por razones obvias no voy a decir su nombre.

Era muy callado, su garganta estaba muy lastimada y vi sus manos arrugadas y con serias cicatrices. Luego mamá nos dijo que se las habían quemado. Habló de algo llamado “picana eléctrica” que dolorosamente después supe que era muy usada por mafiosos y hampones. Y a veces por policías inescrupulosos. ¡Dios los perdone!

Cuando cierro los ojos me parece ver a ese hombrecito de triste mirada, pelo ralo y manos tortuosas, mirando con cierto desafío a las sombras. ¡Cuánto habrá sufrido! Hoy ya mayor, pienso que la presencia en mi casa fue un ejemplo de mi familia por defender la justicia. El amor a los desposeídos y perseguidos injustamente.

Suelo soñar con su figura, allí parado junto a un bello cuadro laqueado que había hecho en su tierna juventud mi madre. Sombrero que seguramente usaba de escusa para no mostrar el temblor del miedo, del horror y la tristeza.

 

martes, 14 de febrero de 2023

AMOR ADOLESCENTE

 


Había llegado tarde a la vida de mujer palpitante. Su cuerpo  le enviaba ese flujo infinito de deseos oscuros. Besos, caricias... silenciosas compartidas. Tenía una marejada, de miedos por tantas diferencias. Su cuerpo ya no era fresco, caía en su vientre algo flácido, el cabello que obstinadamente mantenía  largo. Su pubis se escondía entre las manos lacias. No quería mirarla a los ojos. Estaba triste y quieta. Sentía el corazón palpitando a un ritmo nuevo y joven.

El, con sus brazos fuertes, con sus manos grandes acariciaba los senos de seda pálida donde las cicatrices, azules y pequeñas, recordaban que antes, allí, había un pequeño monstruo. La miraba apenas; era tan bella..., su rostro y su cabello parecía una diosa griega. La miró nuevamente. Aun palpita su sexo, vomita ternura y pena.

Sí, la conoció en la calle. En la esquina donde siempre pasaba hacia su taller donde esculpía.

Ella se irguió con una pausada ligereza gatuna  se volvió en una bata de seda y encaje. Acomodó su rostro. Su boca buscó un instante el cabello húmedo y transpirado del hombre.  Besó uno a uno los parpados y se alejó hasta un rincón oscuro. Entraba el crepúsculo hiriente por la ancha ventana. Se recostó el cuerpo hermoso de macho joven y ansioso.  

 El, se acomodó la ropa, dejo algunos billetes y sin mirarla siquiera huyó escalera abajo. Si se aceraba a  tocarla, nunca la dejaría. Encarnaba la vida y toda la esperanza.

 

Lo veía por primera vez, pero algo en él, le hablaba de una vieja relación. No se  que tan interna a su interioridad. Estaba parado entre los árboles añosos, los troncos secos y deformes y la soledad.

Miró su figura encorvada llena de tiempo y penas. Me miró como a un fantasma azul. Medio neblina, medio luz de ocaso. Nos acercamos imperceptiblemente para tocarnos con los rayos intangibles de nuestras pupilas. Volaron hojas de otoño entre su suspiro y mi sonrisa. Eran aves de fuego celestial.

Deforme, la luz de una charca seca y pedregosa ocultó las flores frescas.

Me detuve y vi el centro de su esperanza que orillaba el cerco de la frente. Nos arguyó el sonido acuoso y de un otoño persistente, en el límite de la concavidad de mi pecho,

 Cantó el agua como una orquesta de árboles inmóviles y alcancé un sueño.

 La volví a mirar. Era una sombra. Era el espectro de ese amor de la adolescencia perdida. Tal vez era la muerte. Moví mis labios para pronunciar su nombre. Voló un pájaro desde la rama más elevada del Cypress dormido. Era un espectro, si era un sueño olvidado.

Volví sobre mis pasos.... y al alejarme observé en el pavimento gris, un ojo elaborado con luces de nocturnidad, me despedía. Era una lágrima negra y penetrante.

 Me petrificó la soledad y caminé recordando el amor perdido. Adolescencia.

 

AMOR POSIBLE

 

 

Eco misterioso de la cascada de vidrio.

Siento en la almohada de mis noches.

Una voz de arrullo inquieto.

Ese pasto enamorado de mis plantas desnudas,

cuando camino por la ruta de tu piel morena.

Y así quedan las manos de porcelana, heladas,

que asesinan con exacto rigor, la sonrisa nuestra.

Quedamos alelados mirando nuestro cuerpo herido.

Las venas desparraman mi génesis celosa de vientre azucarado.

Encuentro entre las páginas del almanaque

tu cuerpo majestuoso.

La esperanza galopa en tu sueño perdido como padrillo ajeno.

Marcaré en la carne de mármol atrevido

tu presencia y tus pasos, guiarán mi destino.

 

 

AMOR MÍSTICO

 

Desde la sombra, un pájaro de terciopelo salta un minuto en la cascada de luces. Es un ave que se detiene en el tiempo para besar una gota de rocío.

Lame con sus pies de seda la  alfombra de sonrisas. Toca el cuerpo tembloroso de una luciérnaga que tiembla detrás de la luz, se pierde es su mágica mariposa de espuma.

Una pompa de color de arco iris se estrella en su pecho de ámbar  y amapola.

Se detiene y en sus brazos  de tibia escarcha se apoya el pétalo misterioso de plumón de cisne.

Un silencio de rumorosos violines atrapa sus piernas puntiagudas. Solloza el timbal y una comparsa de nubes se abalanza hasta el centro mismo de la vida.

Queda ondeando un retazo de ternura con perfume a sueño. Son los Ángeles que se desplazan en la lluvia de pétalos plateados. La aurora boreal. Un llamado al amor y a la ternura. Queda quieta, detenida la mañana y un sol celeste asoma en su sonrisa cómplice, en la superficie dorada de un lago rumoroso de caricias.

Desde la sombra, un pájaro, tan solo uno, y un fauno  genial que desplaza  con picardía la boca de miel y lirios blancos para que el  colibrí libe besos de pequeñas llamaradas. Sueña el llamado de las hadas entre el follaje tembloroso donde anida el ave. Paraíso perdido y encontrado. Edén donde se esfuma el pecado. Cae una gota de lluvia sobre el nácar de una rosa. Y allí la luz brota como fuente mística de fuego y vino venturoso. Allí el beso de amor. Abrazo interminable de la vida... ella, está en éxtasis en su lecho de muerte. Espera.

Despertó en la sala de un hospital, apenas podía moverse. Los cables la atravesaban y un rítmico sonido de un monitor, le indicó que su corazón latía. Vio el rostro de su madre que con lágrimas le hablaba… “Despertaste hija es un milagro. Hace un mes que tuviste un accidente en la moto”.

Los médicos no podían creer que viviera y se dedicaron a resolver los daños colaterales. ¡Ahí, como rara vez, se había producido un Milagro de Amor!

 

 

lunes, 13 de febrero de 2023

PENSAMIENTO ONÍRICO

 

Ejercicios libres, imaginarios

 

Reímos frente a un dulce dibujo de niños y abuelos, que se los ve regresando, tras bailar en escaleras que llevan al sol polarizado por las nubes. Han corrido elevados, en el eco de mimos de los pájaros logrando verlos a todos juntos, en los caminos de cintas violetas, en lluvias amarillas (alucinaste y misteriosa), transformados luego en sombras descendentes dentro de jaulas, acurrucados en metales, piedras (duendes paridos); pequeños habitantes camuflados con penachos. La aurora somnolienta que transcurra escondida entre puertas transparentes; en cuevas  vacías sin ojos, sin alma, sopla e inflaman presurosas gotas de espejos coralinos. Están sorprendidos en el remplazo de peces multicolores, caribeños; que observan expectantes en los surcos hambrientos de lo incomprensible. Ven marcas horadadas, frenéticas y un barro celeste  de mares profundos, olas acartonadas por sal. Paredes que forman diques, charcos absurdos en la playa, que esperan ansiosos el agua dulce, protectora, o con la escarcha absurda que silencia el fuego de los vientos que acompañan la tormenta. Mira, observa negros nubarrones que disfrazan un sonido eléctrico y los niños en algarabía natural elevan cometas  que se asoman  convertidas en rayos y centellas, que atraen energías  prestadas por el cosmos cercano y dramático. Los abuelos tiernos y con años color de tiempo hacen una parodia de su cuerpo marrón y arrugado.

¡Y por fin el agua dulce! Un carnaval embrujado que despierta la conciencia y domina el ansia de verdad. Un éxtasis se despliega entre la sombra y la canícula. Los ancianos se hacen barro, los niños se hacen ángeles y vuelan como las cometas a las altas crestas de los nubarrones. Y ahora sí, juegan a la felicidad eterna.  

EL MUNDO SEDIENTO

 

Me agacharé en la ciénaga con las manos limpias

 

Regresaré del camino sin peces y sin flores.

 

Te habrás ido lejos.

 

Estarás perdiendo en la memoria mi nombre.

 

Las calles se bifurcarán en el bosque de pinos

 

Muchas bocas sedientas buscarán el sabor de las lágrimas.

 

Ya no estarás, ni estaré para saciarlas.

 

Será un adiós definitivo.