miércoles, 30 de agosto de 2023

LA DESIDIA

  

                        El maestro llegó en su moto justo en el minuto en que se desplomaba la última pared que quedaba en pie. Venía para ver qué sucedía con la pequeña Rocío que no asistía a las clases desde...hacía como un mes y medio. Su asombro lo dejó entre extasiado y desesperado. No podía comprender cómo se puede destruir una casa como esa. Recordaba cuando el era niño y pasaba por ahí. Estaba construida con buen material y diseñada por arquitecto e ingeniero. Tenía todo lo que una familia de clase media trabajadora podía necesitar. La buena señora Adelaida, la dueña, había plantando toda clase de vegetales, árboles que yacían como esqueletos afiebrados en el secano ahora. Vio por primera vez a Chacho, el hijo, ese muchacho mimado que nunca logró hacer nada. Chacho estaba allí parado sin moverse. Las manos en su enorme cadera flaca. Huesos y piel era lo que quedaba del hombre que criaran Adelaida y Floreal, el padre. Una mujer, la madre y esposa del padre de sus hijos, contemplaba las ruinas con mirada de idiota. Los niños, nueve, lloraban. Sucios como siempre, desvalidos y ansiosos, se le acercaron buscando una respuesta. ¿Qué podía hacer él?

                        Llegaron los bomberos, tarde, porque en realidad ya no eran necesarios. La casa se había comenzado a morir cuando los viejos murieron. Chacho era incapaz de mover una mano para trabajar. Todos los días tenía el pretexto locuaz para no salir a trabajar. Esa palabra era tabú. Él no había nacido para “romperse el lomo”. Las lluvias, los vientos, el descuido...hicieron el resto. Como un cáncer la casa se fue destruyendo. Nada quedaba de la que fuera la mejor casa del barrio. Quedaba el grupo familiar como los miles de desamparados que viven en las calles. Pero en el caso de Chacho y su mujer, por no querer aceptar la dignidad del trabajo. Habían quedado desnudos de un techo, un hogar.

El abandono y la pereza los había ganado. Ahora el gobierno se haría cargo de los niños que desnutridos parecían espantapájaros sonrientes y bobos. Nunca pisaron la escuela. Era un esfuerzo que el padre y la madre no podían o no sabían enfrentar.

            El maestro llamó a salud mental ¡Ya es tarde le dijeron! Pero rocío, era una niña inteligente y podría superar. El juez aceptó la tenencia al docente y dicen que fue la que con el tiempo reconstruyó la casa.

                       

LA GULA Y LA AVARICIA

 


 

            -Pare Tito voy a vomitar-, me dijo el doctor, mientras atravesábamos la avenida y yo lo miré sorprendido. -¡Mire que hemos visto juntos cosas terribles en estos dos años!- Pero me pidió que me detuviera y paré. Soy el chofer de la ambulancia desde hace cinco años y hemos sido compañeros todo el tiempo de su guardia y perfeccionamiento.

            Luego fuimos juntos a tomar un café en un boliche del barrio y se tomó un whisky. Tenía una cara de terror o asco que me dejó lelo. Esa tarde, recuerdo, fue variada hasta que llegó un pedido de una zona “bacana”.

             Llamaban de un edificio en Belgrano R y cuando llegamos el portero nos hizo entrar sin pedir ni siquiera una credencial.  ¡Después se quejan que hay robos! El ascensor  nos depositó en un palier de lujo en un treceavo piso. Allí parada en la puerta como ave de rapiña estaba una mujer flaca y con cara de salir de una película de terror. Apenas habló mientras nos acompañaba por un pasillo que desembocaba en una habitación iluminada.

            Fue un impacto terrible ver esa figura: las paredes de un rosa brillante, rotas en zonas donde la humedad había hecho estragos, a la izquierda una ventana se abría con su vidrio sucio a un balcón-jardín reseco y abandonado. Allí en el medio sobre una pila de colchones, un enorme cuerpo deforme por la obesidad, inmensa bola de piel que se desplazaba como una oruga casi gigante. Bucles dorados y ojillos aviesos que se escondían tras unos párpados hinchados. Los labios finos se movían rítmicamente en su mandíbula que tenía un perpetuo ajuste a la ingesta de: bombones, masas dulces, caramelos, flanes, tortas, emparedados, ravioles, ñoquis, tallarines y todo, todo lo que se podía engullir en diez o doce horas de vigilia. No caminaba. Hacía casi dos años, que no lo hacía, y la cama que fuera de bronce estaba quebrada.

            Permanecía en medio de almohadones de fino lino rosa pálido orlados de puntillas y cintas, encajes y sábanas de linón bordadas por manos amorosas en bellos racimos de violetas y rositas se desplazaban sobre la gelatinosa barriga de ese ser, mientras las piernas paquidérmicas, apenas móviles, agitaban suavemente un aire enrarecido y hediondo a grasa. Por suerte la cubría un hermosa camisa de satén y encaje cuyo canesú flotaba entre una miríada de manchas de salsas y huevo, tomate y chocolate dibujando un trabajo surrealista que se movía acorde al despilfarro de grasa.

            Alhajas de oro y esmeralda se perdían en las hendiduras de los brazos. Anillos de rubíes y brillantes, dirimían sus reflejos en la inmensa cama. ¿Cómo había llegado a ser así...? ¿Cuántos años tiene? ¡Veintitrés! ¿Y cuánto pesa? ¿Doscientos pesaba la última vez que la pudieron poner en una balanza? El doctorcito, joven y sano, se revuelve en su delantal blanco, no entiende. El departamento es nuevo, es de muy alto nivel, hermoso se podría decirse.

                        De repente ingresa en el espacio el Dr. Porfirio Andrade, el decano de la facultad y Tito, unos pasos atrás, petrificado, le toca el hombro al médico que asiste a esa enferma. No pueden comprender qué ha sucedido. El padre desesperado suplica ayuda. Su hija se muere, el corazón colapsa y nadie quiere ayudarlo. La mujer sonríe distraída. Es la madrastra. Callada se recuesta en el rellano de la puerta para mirarlos. Ella no hizo nada, claro, era la enfermera del decano, cuando la joven esposa y madre de Rebeca, se electrocutó con la plancha, hace trece años. La niña la estaba mirando y quedó allí junto a la madre con sus contorciones y su visión perturbadora. Nunca olvidó el olor a quemado que desprendía el amado cuerpo.

             El joven galeno, aconsejó sacarla de allí para lo cual había que romper las puertas, bajarla por una ventana interior y luego llevarla a una clínica muy conocida.

                        Un ruido sofocado y un paro cardíaco, le impidió toda maniobra. Habían llegado demasiado tarde. La otra mujer la miró sonriendo y sólo atinó a sacarle las alhajas.

                        Después de vomitar Federico le pidió a Tito que lo llevara a tomar un wyski y se fueron a ver “Matrix” a un cine de barrio.

 

                                  

           

 

           

 

lunes, 28 de agosto de 2023

LA ENVIDIA


                        Cuando llegó a la dirección que le diera Micaela, se recortó la figura escultural de Guillermina, que contra el enorme paredón del cementerio pareció un pájaro derrotado. Una lágrima de desencanto se desprendió de sus bellos ojos dejando un surco en el suave maquillaje sofisticado. Cerró los puños y con dolor comprendió el error, haber confiado.

Pecosa, de cabello castaño oscuro y ojos verdes, Guillermina era una nena de esas que en el barrio todos miraban. Tenía una sonrisa alegre y jugaba con destreza. Su padre tenía un negocio de comestibles. Su madre era una mujer simple. Adoraban a esa hija que había llegado casi cuando las esperanzas de amor se pierden.

                        Un día cruzó el farmacéutico y tomándola de la mano la invitó a jugar con su pequeña. Fue un encuentro feliz. Se hicieron inseparables. Micaela era hábil en el piano, con los patines, declamando y era muy hermosa. Juntas hacían las tareas escolares, aprendieron a jugar tenis, hacían gimnasia y disfrutaban de todo lo que el mundo de los adolescentes les llenaba la vida. Comenzaron a salir de compras y a bailar las matinés con los chicos de la escuela. Se enamoraban y dejaban de “amar” con el mismo ritmo de todas las muchachas de su edad.

                        El primer concierto de Micaela fue un éxito y su figura de niña frágil le atrajo un puñado de cargosos admiradores almibarados, que ella despendía con una chispa de superioridad. Guillermina la admiraba. Veía sus pequeñas manos jugar en el teclado y soñaba con tener la misma habilidad, pero no estaba dotada para la música. Se terminó su adolescencia con sólo dos diferencias: Guillermina había crecido y estaba altísima, su figura se destacaba por la perfección de sus medidas y Micaela quedó con su cuerpo casi infantil, sin curvas y de estatura normal. Los chicos del barrio le hacían toda clase de burlas pero ellas no hacían caso a los torpes compañeros. Las largas piernas torneadas, la cintura fina, los senos graciosos y la belleza atigrada de la primer muchacha era un suplicio inconfesado para la otra. Nada hacía parecer que Micaela sufriera. Pero la madre, que observaba, se preguntaba cuándo comenzarían los problemas.

                        Ingresar a la universidad les dio un respiro. Se trasladaron a la capital, alquilaron un pequeño departamento y cada una comenzó la carrera elegida. Micaela además continuó sus clases de piano en el conservatorio nacional con maestros de prestigio internacional. Mientras estudiaban no tenían tiempo para arreglarse, sí para sentirse acompañadas en ese mundo insólito de la gran ciudad. En sus ratos libres, Guillermina completaba sus clases de idiomas extranjeros e hizo un curso de modelo a sugerencia de otras compañeras de la facultad. Cada día estaba más hermosa.

                        Ambas recibieron su título con honores. Eran ganadoras en todo...pero, Micaela veía celosa, cómo su amiga atraía la mirada de los hombres que a ella le interesaban.

                        Regresaron esas vacaciones a su pueblo que las recibió con ardor y sorpresa. Eran un orgullo para todos. Así fue que el día que se llamó a un casting de animadoras para el canal de TV. de la pequeña ciudad, Micaela le dio a su amiga del alma, una dirección equivocada y ella apareció en el programa mostrando todas sus habilidades. Es lógico saber cómo murió esa amistad.

 

UN LADRÓN EN LA CASA

 

            Hacía un año, más o menos, que de la gran casa de los Flores Ancely, desaparecían valores. Un día desaparecía de la bodega un barril de oporto, otro mes un caballo de carrera que había ganado un Derby, otra oportunidad, los candelabros de plata heredados de sus antepasados. ¡Nadie sabía nada! No se podía descubrir al ladrón.

            El patrón, había muerto hacía dos años e Isaura, su viuda, desesperaba por descubrir al maldito.

            Una noche, don Guzmán, se preparó con el arma del patrón, que se guardaba en un lugar estratégico de la casa. Se escondió entre los matorrales de la entrada de la vivienda. El frío le penetraba los huesos, y tenía las manos duras de apretar el rifle. Rulito, el perro, agazapado junto a Guzmán, vigilaba.

            Pasó una berlina y apenas se detuvo unos segundos cerca del enorme roble que cubre parte importante de la fachada de la casa. Alguien saltó el murete y corrió por el jardín. El perro salió corriendo y moviendo la cola. ¡Esto no puede ser! Colmo de colmo. El hijo de doña Isaura, se había desplazado para pasar inadvertido por la ventana del ala sur, donde estaba el escritorio del difunto. ¿Qué querrá este mequetrefe?

            Como un sonámbulo se acercó para espiar los movimientos dentro del escritorio. Vio como el muchacho rebuscaba en los cajones del enorme mueble donde solía ubicarse para escribir sus memorias don Ovidio, el padre de ña’Isaura. Revolvía las pilas de papeles y carpetas con un escalofrío de impaciencia. Al acercarme y espiarlo por el ventanal, su figura temblequeaba y sudaba. Se cubría el rostro con un pañuelo de seda verde claro, que yo le había visto a don Ovidio. ¡Pero es el niño de la casa!

            Me achiqué. Rulito se apretó a mis piernas que tiritaban. ¿Cómo le digo a la patrona que su hijo preferido estaba buscando en el escritorio esos papeles o carpetas? Para qué. No me va a creer. Salió sigiloso por el ventanal y se las arregló para que no se abriera con el viento. ¡Un genio para despistar! Rulito gruñó, pero porque yo lo tenía de un bozal apretado. Quería salir a jugar con él, siempre de día cuando llegaba a almorzar con Isaura, su madre, parecía un ángel. Jugaban un rato y el animal fiel, lo adoraba.

            Saltó por el muro y desapareció en la oscuridad. Yo aproveché y me fui a mi dormitorio y vestido me tiré a dormir, mañana vería cómo enfrentar el perjuicio. Me saqué las botas y el cinto con el revolver, dejé el rifle junto a la cama por las dudas y dormí. Tranquilo por primera vez desde la muerte de don Justo. Ya sabía quien era el que sacaba las cosas de la casa.

            A la mañana, desperté con los ladridos de Antenor, el perro de la señora Isaura. Era un danés joven, que dormía junto al ama. Pegué un salto y me calcé. Salí de mi cuarto y la vi parada junto al antiguo desayunador. Su bata blanca perfilaba la silueta del ama. Rulito, se asomó en una postración de temor ante el danés. Me acerqué. ¡Seora Isaura, no escuchó ruidos anoche? ¿Ha pasado por el escritorio del difunto? Porque anoche, nos pareció ver una sombra por allí y de repente no había nadie. Me asusté porque Rulito no gruñó ni ladró. Si fuera un extraño le haría mucho ruido.

            La doña, me miró asombrada. ¡Será un fantasma! ¡Acaso tenía el porte de mi querido Justo? ¿Cómo sería el tamaño? ¡Quién se atrevería en la noche a husmear sino el único dueño de su escritorio! Una lágrima corrió por la mejilla de la mujer que temblaba. Mi amado esposo… ¿Qué podría estar necesitando?

            ¡Guzmán, llame al cura don Gabriel del Sagrado Corazón y pídale que venga! Y Guzmán salió con pasos cansinos, sabiendo que no era ningún fantasma, que era el Niño… al acercarse al templo, entró a la casa parroquial y pidió asistencia. El anciano sacristán llamó al padre Gabriel, que estaba enroscado con un penitente que porfiaba con sus errores. Lo despidió, con mandas de regresar a la tarde y se enfrentó a su nuevo sayón. ¿Cuál es tu problema hijo mío? ¿Acaso la viuda tiene alguna necesidad de Dios… que yo pueda resolver?

            Don Gabriel, tengo que hablar primero con usted y luego, llevarlo con mi señora Isaura. Y se despachó, con la historia. El cura, no sabía si reír o sermonearlo. ¿Cómo iban a creer en fantasmas? Lo bendijo, sacó la estola, se la puso, tomó un crucifijo de regular tamaño y siguió al hombre. Cuando entró en la casa de la viuda, salió toda la servidumbre sorprendida. Nunca venía desde el suceso del patrón, un sacerdote a la casa. Isaura, lo invitó a entrar a la biblioteca y estudio  para que hiciera sus rezos y ¡Oh, sorpresa! Todo estaba revuelto y en la alfombra, sillones y mesillas, carpetas y papeles. Pero lo más complicado que la caja fuerte había sido violada y faltaban algunos dineros y joyas de los dueños de casa.

            El hombre de Dios, se hizo la señal de la cruz y dejando salir un estruendoso suspiro, volteó y dijo: ¡Acá no ha entrado un fantasma, sino un ladrón! ¿Para eso me han sacado de la casa? La señora se largó a llorar y comenzó a relatar todos los elementos que se habían desaparecido de la casona. ¡Y bien, hay que llamar a la policía! Dejemos que ellos hagan su tarea y no los hombres y menos yo, un cura. Los bendijo y salió apurado, seguido por Guzmán, que sabía la verdad. ¡Padre, gracias!

            Cuando llegó el inspector el niño estaba sentado sosteniendo la mano lánguida de su madre. ¿Quién podría pensar que él, era el merodeador? Las preguntas iban dirigidas a la viuda, luego a Guzmán, al muchacho ni lo miraban. De pronto entró un ayudante con una boina azul. Esto estaba entre los arbustos del jardín cerca del árbol que da a la ventana donde robaron.

            Eso es de mi hijo, mi amado muchacho la debe haber perdido. Sí, pudo ser Rulito, que la llevó hasta allí o el danés, que juegan siempre con mi hijo. Pero los ojos del inspector y su ayudante se clavaron en el joven. ¿Yo lo he visto en ciertos lugares de la calle… de Los Remolinos, y en el bar de “los Griegos” y en un garito de san Cristóbal? ¿No tiene usted algún problema de dinero, Joven?

            El rostro arrebolado de Arturo se transformó en un volcán a punto de estallar. ¡Bueno, he estado por ahí, si, pero no tengo ningún problema! Y se paró adelantándose a los pasos del ayudante que se acercaba insidioso a su lado. Una mano firme lo paró en seco. Vamos a charlar un rato con usted a solas, salgan todos de aquí, incluso usted señora Isaura. Guzmán, reía por dentro, su rostro impávido, no demostraba lo risueño del momento, pero recordaba las tareas extra que tuvo por culpa del mequetrefe. Todos salieron y dejaron la sala desierta, quedando los policías y Arturo.

            Pasaron unos largos minutos y salió el ayudante con el joven esposado. ¡Acá está el enigmático ladrón! Su hijo, doña Isaura, lleno de deudas de juego, de putas y de alcohol, ha estado sacando de a poco su herencia. Y de gracias a Dios, que no lo mataron por sus atrasos en pagos, con gente de mala vida. Esos tienen sus métodos y no son bondadosos con los morosos. Ellos matan.

            El silencio cubrió nuevamente la casa de los Flores Ancely, como cuando murió su dueño. Ahora el duelo era por el Niño Arturo, que no regresaría hasta no devolver con trabajo social y en el penal, el daño que había hecho a su familia.

domingo, 27 de agosto de 2023

EN LA VIEJA CASONA DE SAN COSTANZO

 

 

            Había una marcada oposición entre Yolanda y el padre. Ambos sentían aversión por la sociedad, pero mientras el hombre amaba el dinero, la fama y el poder; Yolanda sólo quería ingresar a un convento como Carmelita Descalza. Escapar a su realidad. Del horror.

            Las discusiones cotidianas penetraban como púas en cada acto que acontecía. Un bocado era ácido, un bocado era veneno. Cada gota de líquido que se bebía en la comida cotidiana era un trago amargo. Lágrimas se mezclaban con el vino y con la leche.

            Yolanda, obligada a tomar por esposo a un pomposo joven de la casa lejana, sólo lograba agregar una fortuna al apellido de su padre. Apellido pálido de honor y credibilidad familiar. Ella, sollozaba en los rincones del helado caserón. Llegado el tiempo de la boda, su nodriza rebuscando en los arcones, que aportó la madre de la joven mujer, encontró tres cosas singulares: el traje de bodas, un cuaderno de notas y una caja azul con cerradura hecha por orfebre y sin la llave maestra para abrirlo. Todo oculto en los desvanes del alto, bajo la mansarda del ala norte. Los tules, encajes y sedas de un amarillento cobrizo, parecían hacerse eco del desprecio a los sentimientos que representaban a los ojos de los hombres. Allí sólo importaban las propiedades aportadas a la joven novia., que pasarían a poder del padre.  La pequeña figura de Yolanda enfundada en ese vestido era un sueño inédito en la memoria del padre. Un respingo malicioso en su mirada fue la respuesta a la apariencia fantasmal de su hija.

            La ceremonia fue modesta, junto a los criados, que ya ancianos llorisqueaban viendo a “su” niña así, fueron los inapreciables testigos de la infamia, como siempre. Los familiares del novio, eran una extraña manifestación de mal gusto y torpeza social. ¡Nuevos ricos! Gente que había logrado fortunas con las plantaciones de café, algodón y tabaco en América. Esclavistas, que arrastraban a pobres africanos de sus costas a trabajar como animales en las tierras extrañas. Nada más lejano que los sueños de Yolanda. Cuando vio al muchacho que sería su marido, le tranquilizó la mirada limpia en unos ojos negros sin escondrijos. Él, aportaba dinero, ella un apellido conocido para los bancos de Londres y América del Norte, donde enormes cultivos llenaban de oro las arcas de los avaros.

            Hicieron un trato amable. Su vida transcurriría como si fueran hermanos hasta conocerse. Todo oculto a sus progenitores. Compraron una propiedad cercana a la casa paterna de Yolanda. Estanislao, cumplía ampliamente con la palabra de dejarla hacer tareas caseras y llevar alivio a los desposeídos de la zona, a pesar que era mal visto por los padres de ambos. Así se fueron haciendo amigos. Compartían largas pláticas y ensoñaciones frente a la chimenea o a los viejos robles en las noches cálidas de verano. Pasó un tiempo en que se descubrieron y se amaron como todos esperaban. Nació un pequeño que llamaron Godofredo y luego una niña que llamaron Célica. Transcurrió un tiempo y la muerte traspiró cerca de ambas familia entre los mayores que creyeron se habían cumplido todos sus anhelos. Era un tiempo de espera para la pareja.

            Así, ya dueños de sus deseos, viajaron hacia las plantaciones de América y descubrieron que la crueldad del hombre es mayor a lo imaginable. Hambre, golpes y enfermedad abrazaba a los trabajadores, muchos de los cuales habían muerto por el maltrato y los sacrificios físicos y mentales. Una guerra se avecinaba. Estanislao y Yolanda decidieron darle la “libertad” a su gente, pero no era fácil para aquellos la subsistencia y casi todos se quedaron. La hacienda crecía de otro modo. Habían cobrado muchos enemigos que no tardaron en crear verdaderos caos en las plantaciones. Quemaron la cosecha y mataron a los infelices.

            Una noche, frente a una descarga de proyectiles que atravesaban el plantío, Estanislao salió con su arma a defender a su gente y recibió una descarga de trabuco, muriendo en el acto. Huyeron los misteriosos homicidas. Yolanda lejos de amedrentarse, luego de enterrar a su querido amigo, continuó con la vida. Célica, ya adolescente ayudaba a su madre, que rápidamente envejeció por la pena. Una noche discutieron por la necesidad de Yolanda de dar amor a los desposeídos. Célica no comprendía a su madre. Las palabras hirientes dejaron débil a la mujer. –¡ Tú y tu manía de regalar el esfuerzo de mi padre… nadie en plena guerra te da nada, ya no queda alimento en las alacenas y el campo está arrasado. Eres injusta con nosotros, eres indiferente y egoísta. Tu sola esperas ser reconocida como si fueras un ángel, pero eres pérfida y malgastas nuestro futuro…!-  gritó Célica en la cena. Yolanda se llevó la mano al pecho y cayó desgarrada de dolor sobre el plato de comida. Su cabello gris, mimó el trozó de pastel que comía. Godofredo corrió y transportó a la madre al lecho. Allí suplicó a su ayudante le trajera la caja azul. De entre su corpiño extrajo una pequeña llave. Se la entregó a los hijos.

            Célica y su hermano buscaron auxilio en un médico, que llegó presuroso, pero tarde. Pasaron las ceremonias y los días. Luego, en un descanso abrieron la famosa caja azul. Allí junto al cuaderno donde explicaba el horror de la vida que había vivido su abuela, estaba la verdadera historia de Yolanda. Juntos lloraron. Abrazados los hermanos comprendieron… y se prometieron vivir de acuerdo a ese sueño de sus padres.

-          ¡ Godofredo,  después de haber abierto la caja azul, pude perdonarlo todo!.”- nadie que soportara tanta humillación y horror en su vida pudo ser tan buena. – ¡Mira acá está el extraño aparato con que el abuelo torturaba a la abuela y a mamá!.- muestra Godofredo. Un momento de doloroso silencio se produce entre ambos. El horror se marca en sus rostros. Afuera se agitan las flores de magnolia que tanto amaban sus padres, impregnando de perfume el salón.

“ME DESPERTÉ Y NO HABÍA SIDO UN SUEÑO”

 

El río que ha crecido por la lluvia. Ruge furibundo. Arrastra troncos y matorrales arrancados con violencia. Una tormenta esperada. Está oscureciendo. Con cada relámpago la estancia se alumbra. Sólo un frágil candelabro con bujías movedizas amarillea la habitación. Obscenos nubarrones nos envuelve.

La silueta de Dionisio sentado frente al piano sostiene una melodía que ronda en su cerebro hace tiempo. Está solo y la música atraviesa el plexo donde cobija una ira incontrolable. Amortigua el odio con arpegios crueles que dibuja en pentagramas enredados. Sus dedos deformes, teñidos con tinta, se desbaratan sobre el teclado. Cada percusión en las teclas es un puñal que clava. Cada compás que enmaraña con sonidos discordantes, un grito.

Su alarido de rebeldía, enojo, cólera crispa la melodía. Sólo el cuerpo encorvado sobre el piano persevera en el intento de sobornar el recuerdo. Una pasión que lo devora. Recuerda los besos de tenue sabor a mora. Los músculos cuajados de pelusilla rubia, la cintura flexible en arrebatos bravíos. El sexo exuberante. ¿Dónde estás? Amante inalcanzable como la música que ronda día y noche. Huiste de mi amor, infiel como felino en celo.

Cierra los ojos y se muerde los labios con tanta irreflexión que un hilillo de sangre se funde con saliva. Hace días que no prueba bocado. Hay copas desparramadas por todos lados. El vapor del vodka intrinca la piel cervuna. Disemina hojas por el pavimento húmedo. Un destello cinabrio llamea sobre la cabellera oscura del pianista, desnudo y aterido. Otra ráfaga de furia funde un sonido trasgresor a su cuerpo arqueado y la espalda queda torcida en un escorzo agobiante.

 Allí, está la ópera buscada durante todo el período de la pasión perdida.


UNA FIGURA SOLITARIA

            

Miró el cielo y se sorprendió por el color sombrío de las nubes. Una tormenta perturbadora se apoyaba sobre el horizonte. Amarró la barca  en el fondeadero junto a la del “Griego” y ató con fuertes sogas el trinquete  y las lonas para sostener su futuro. El bote pesquero que tanto amaba podía ser presa de la ira de los dioses del mar. Era lo que aún tenía para seguir viviendo. El sentido de respirar y suspirar, de alimentarse y seguir vivo.

            Tres años atrás, había perdido a su compañera. Guadalupe o Lupe como él le decía en la intimidad, sucumbió al cáncer que hizo estragos en su amada. Noches en vela abrazando su cuerpo débil y dañado, su fragilidad era la de una ola en la escollera.

            La piel y los huesos se perfilaban en el adorado cuerpo de Lupe. El sol se apagó en sus ojos y en su corazón y la dejó en la tierra bajo una losa que apenas sostenía el nombre querido: “Lupe, amiga y compañera”

            El “Griego”, le gritó que saliera del malecón y se refugiara en la vieja casa de piedra. No lo oyó. La lluvia, truenos y relámpagos tapaban incluso el agitado tañer de las campanas de todo el puerto y barcazas. Corrió. Se encerró en la bodega del “Húngaro” esperando que cayeran algunos rayos. Maldijo en todos los idiomas que imaginaba existían. Sólo con una botella de ron, se tiró en una hamaca desvencijada y se quedó dormido. El bramido del mar sobre las piedras y el choque de la madera quebrándose entre las rocas, lo despertó.

            Aventuró una salida y en el enmascarado chubasco, entre luces de rayos y relámpagos, alcanzó a entrever su casa. Aferrándose a las paredes y pasamanos pudo llegar. Empapado y haciendo un enorme esfuerzo abrió la puerta y un aire helado encubrió su aterido cuerpo.

            Encendió la salamandra y desnudo, se tapó con una manta que tenía más recuerdos que años y más nostalgias que belleza. El aguardiente le avivó la sangre. No supo por qué, lloró como hacía años que no lloraba. Y por primera vez, después de haber regresado del dolor de Lupe, pensó en Dios. ¿Existe? Pensó en su historia de marino pobre. ¿Cuándo ese Ser dispuso que él, fuero lo que era y ahora estaba así, más inerte que las piedras de su morada?

            Bramaba la pesada puerta y las celosías como gigantes en guerra. Las olas traían grotescas ráfagas de agua salada hasta la vivienda. Casa muy antigua la de los marineros. De generación en generación estaban ocupadas por familias pobres y linaje de bravíos pescadores. Comió un trozo de pan con tocino. Y concluyó con la imagen de su destino. Mañana si estaba en pie y su bote perduraba; y la borrasca, como otras se amansaba, saldría a buscar atún con el “Griego” y el “Húngaro”. Eran amigos. No, eran su sostén en la pesca y sólo compañía en el bar algunas noches de bonanza. No conocía sus nombres. No sabía ni cuándo ni de dónde llegaron a Puerto de Las Palmas.

            Nunca se preguntaban nada, la gente llegaba y se unía con sus barcos y sobrevivía sin investigar pasado ni presente y si un día ponían proa y se iban, dejaba un silencio que pronto ocupaba otro extraño hombre de mar.

            Ajumado con un aguardiente pésimo, se durmió hasta no oír la tempestad que pugilaba la rada.

            Envuelto en un silencio roto sólo por el grito de los cormoranes y aves peregrinas que desquitaban bocados dejados sobre la escollera y las piedras del puerto, despertó. El sol caía poderoso después de la tormenta. Se vistió y salió. No quedaba nada. Maderas rotas, jirones de lona que fueran sus velas y restos de redes. Rocco Vaccaro no tenía nada. Su linda chalupa era tablones y astillas. Se sentó en las piedras frente a lo que fuera su barco. No habría atún, ni cangrejos, ni sueños.

            El “Griego” y el “Húngaro” llegaron y mudos se quedaron junto a él, y lloraron por primera vez unidos. Después caminaron hacia el viejo bar. El anciano “Krystos” como antiguo pirata, les sirvió una copa del mejor ron caribeño y no articuló palabra.

            Pasaron horas interminables sin hablar. Pertinaz, Rocco de pronto dijo: “Tenemos que hacer algo. Juntar lo que nos queda y comprar otro barco.”

            La mirada sorprendida de los hombres lo hizo perseverar y les habló de su pérdida más grande: Lupe.

            Se pusieron de acuerdo, comprarían un bote y seguirían pescando. El ron hacía su parte en el acuerdo.

            Al salir del tugurio, se dispersaron buscando cada uno la ruta a su promesa. Rocco se detuvo frente a su casa y parada allí, había una extraña muchacha. Lo miró largamente en silencio. Era joven y frágil. Perplejo siguió hasta la plaza y buscó el letrero del viejo prestamista. Él aún tenía el reloj de oro de su abuelo y monedas que encontró buscando ostras. Eran monedas de oro, antiguas y las había guardado mucho tiempo. El viejo avaro, las mordió, cepilló y pesó, repesó y mascullando improperios le entregó unos buenos billetes. Al salir de la vivienda del ducho mezquino, la volvió a ver. Estaba parada junto al portal. Esperaba. ¿Qué? Se preguntó Rocco con temor, tal vez ¿quería su dinero tan duramente conseguido? No. Sólo lo miraba. Ojos color de cielo tormentos y silencio obstinado.

            Llegó a su casa. El “Griego” lo esperaba sonriente. Tenía un puñado de billetes. Llegó el “Húngaro” y también traía él su cosecha de dinero. Juntaron suficiente para comprar un barco de pesca de altamar. Oportunamente vieron a la joven detenida en la escollera. Solamente Rocco, la miró con detenimiento. Era bella.

            Pasó un tiempo y cada día, la figura solitaria, parada en los caminos, calles o sitios más extraños, estaba ella. Un día Rocco se animó, la encaró y habló. Mil preguntas, ninguna respuesta. Le tomó la mano y se la llevó al pecho de hombre fuerte, lo miró a los ojos y él sintió un calor descolgándose en su cuerpo. La atrajo a su casa, a su cama y osado la gozó en silencio. Dulcificó los días. Una noche de tormenta, cuando dormían, ella despertó y salió. Se fue.

            Nunca supo el nombre. Nunca de donde vino y jamás sabrá adónde la podrá buscar. ¿Será el alma de Lupe hecho mujer?