lunes, 24 de junio de 2024

NOTICIAS EN LA VILLA

 

            -¡Dale fuerte...le dijo el "Uruguayo" al Óscar...no le vay dejá ni una costiya entera...! -así le decía pá que amasijara al fiolo que dentró en la villa como cabra en su corral, los pibes le cerraban el paso al utomovil en que dentró y mientras se vino pá donde estaba yo con la Nuria, la que labura en el sauna del Beto; y ahí nomá se paró en uno cajone de cerveza que estaban tiraos desde la bailanta del mes pasado y apena yo lo ví, le pedí a los pibes y a unos botijas que pateaban un fulbito que fueran a llamar a la gente y se armó el bolonqui, el mino bien de trajecito del Dior o del Antes Garman, con corbata y zapato de esos de lustrar, y nos miraba como a chanchos porque ese no dentró en toda su vida en la villa. Se paró como te dije para está má arriba que losotro y pensamo...este fiolo no viene con nada bueno, alguna de lo político. Ello no vienen nada más que pá las elecione o en momento de algún quilombo. Así comenzó con palabra bonita que nosotro merecíamo más que una casa de chapa y que el lugar era ruidoso y  que lo pibes y que no teníamo agua y gas y tampoco salita pá las minas preñadas y los críos y acá y allá y palabra que no entendíamo...hasta que el "Cacerola" que terminó la primaria y cazaba algo lo interrumpió pá preguntarle...¿"Oiga don qué nos viene a traer explíquese"?y  ahí se armó porque el muy hijo de puta venía con la orden de lo superiore que en 48 hora los teníamo que pirar de la villa pá cualquier parte porque tenían que hacer una utopista que seguro irá a pará a lo cantri y también dijo que la tierra y que el gobierno la había vendido a uno gringos de lo yanqui y ya no podíamo estar viviendo allí. Y te cuento que llovían la piedra y los ladrillazos, cascote iban y venían, hasta que con el griterío vino corriendo el cura, ese que cuando vino a la villa nadies lo tragaba porque creímo que era un puto, pero resultó bueno despué de todo, y se metió y como él ha estudiado mucho principió a discutí y con la misma palabra linda del fiolo,¡cómo se trenzaron!, y de pronto gritó el "Chispa" que al auto de mino le habían afanado la cuatro rueda, el estereo y tenía todo lo farolito y lo vidrio roto. Ahí el chabón estaba furioso y dejó de decirno señore y comenzó a gritarno "negro de mierda, hijo de puta, villero mafioso, lacra; eso no sé que quiere decí; que no teníamo que dir ya mismo y que el estado no se podía hacer cargo de la chusma..." y llovían lo cascotazos y la minas se le vinieron encima y le rompieron la ropa , lo lente y el cura trató de calmarno y los dijo que él haría todo lo que pudiera, pero losotro sabemo que lo cajetiya no escuchan ni al Papa cuando de guita se habla. Se vino el "Uruguayo" que estuvo preso por vario problemita  y corrió al pollerudo y lo chapó al "Portavoz" y le dio tanto sopapo que le sangraba hasta el culo... ¡Alguna minas lloraban, lo pendejos lloraban, lo perros ladraban como si se les hubiera metido el mandinga entre lo diente y en medio el quilombo cayó la yuta, como tré patruyero con arma de las que le compraron nuevas, parecían de la película yanqui, y un furgón con milico con perros que los asustó y salieron corriendo muchos y otros buscaron goma y la quemaron y yegó el canal de la tele y seguíamo allí dándole piña a medio mundo. Por eso estamo todo en cana, la yuta gana y má cuando la tele te escracha y ahora toda la villa está deshecha, le pasaron la topadora y nosotro acá y la pobre mina sola y quién sabe a dónde iremo a pará con cinco pendejo y sin laburo.¡ Por eso te digo, todo ésuna mierda! . ¿Y si hacemo venir al dotor del comité...tal vé los dé una mano...¿no?...

 

DOLOR

 


Pequeña ciudad adormecida: te trepas como hiedra

en los muros de mi alma como una serpiente venenosa

que lame mis entrañas y mis ojos con ponzoña de muerte

y de un fango pegajoso y pestilente que me ahoga.

Tus muros de piedra enmohecida y un pájaro agorero

de la negra experiencia de la muerte, revolotea en mi aurora.

El miedo y el dolor y la distancia y un lejano temblor de alas

y de picos que golpean la piel y mis quimeras.

Un Dios que me olvidó y que sonríe lejano.

No le encuentro el latido ni las lágrimas de roca

dormidas en su antigüo rostro de incienso. Y mirra.

Se aleja, no me mira y está quieto en un horizontede palomas.

Palomas negras que aletean en los muros oscuros

y callados golpeteos y murmullos de voces silenciosas que nadie oye.

¡ Ya nadie oye !

Las flores se marchitan y lloran las lloronas y fantasmas

que aparecen con la tarde y el duende de la noche.

Apártate, ¡oh, enemiga o muerte amiga que me esperas!

Enemiga agorera con tus manos abiertas y proféticas sonrisas.

Me esperas y me espías para hacerte de mí

y de mi ingrávido cuerpo de mujer soñadora y poeta.

Yo vuelo. Vuelo hacia el poniente tan lejos como puedo.

Escapo por los campos de la vida preñados de simientes.

Me espera un territorio de amapolas azules y un mar

de caracolas y de espumas y gaviotas. Te despido.

Tendrás que esperarme un tiempo aún amiga mía.

Hasta mañana, amiga muerte, tu fantasma no puede doblegarme.

El tiempo se detiene y me contempla.¡Oh, tú,espérame dormida!

Mañana el sol estará en mis montañas y en mi alma.

La nieve...y el dolor. Sigue la vida.

UNA LLAMARADA ROJA EN EL LAGO DE WINNIPEG

 

            Se acerca el otoño. Un río rumoroso y helado cae en cascada cerca de la cabaña. Los alerces, los acers y los liquidámbar están de carnaval. Rojo carmín, rojo fuego, rojo sangre.  No quedan rojos para apoderarse de la ladera. Algunos cedros cortan el espíritu vegetal de la orilla con un verde insolente y majestuoso.

             Sacarías y Jaime, salen a caminar por la margen del lago. "Bronco", el ovejero, innegable amigo y camarada, los sigue indicando por donde pueden atravesar sin enlodarse las botas. Ambos con su mirada perdida en remembranzas, lo siguen. El agua trae el recuerdo de un viejo tiempo, como caravana de pájaros en regreso. En la ribera pedregosa, una montonera de troncos arrastrados por la correntada, ha dejando asentada su residencia silenciosa de árbol muerto. Parecen esqueletos domeñados por la ira del tiempo. Igual que Sacarías y el muchacho, sólo acompañados por la soledad del sitio donde piensan en Raquel. ¿Adónde se fue? ¿Por qué?   La dulce y alegre Raquel. Con su pícara sonrisa e ingenua mirada de muchacha traviesa. Han pasado cinco inviernos. Demasiado silencio para un ser tan querido. Jaime, mira como "Bronco" raspa con una pata helada el terreno. Ladra para llamar la atención. Perro loco, seguro que encontró herido algún pájaro que ha sido arrastrado por el agua hasta allí.

            Un rápido movimiento del hocico y saca un bulto. Corre en busca de sus amos. Sacarías atrapa sin disimulo del morro dentado, una mantilla de encaje con barro y un enriedo de hojas podridas. ¿Cuánto tiene ese chal allí? Jaime grita casi agónico. El chal de Raquel. Los gansos se espantan por el doloroso bramido del hombre. Se produce un minuto de bullicio entre las avutardas que buscan un lugar para anidar. Sacarías y Jaime, comienzan a cavar; mientras Bronco ladra con desesperación. Las manos frenéticas de los hombres no sienten dolor ni frío. Agobiados y ensangrentados, buscan. La sangre se mezcla con el agua límpida. En la arena encuentran el pequeño guante conocido de cabritilla azul, con huesos de una mano. Comienza a sobresalir entre el lodo y las piedras un brillo metálico. Una daga hindú. Sara colecciona dagas desde adolescente. ¿Por qué está allí la daga? ¿Por qué junto a ese esqueleto que asusta porque presumen de Raquel? ¿Sara, acaso, odiaba a su prima Raquel? En presuroso esfuerzo siguen cavando. Encuentran resto de ropa y huesos. Sacarías llora en silencio. Su pequeña niña morir sin haber tenido auxilio. Jaime vocifera disparates. Un alboroto de aves, atraviesa el susurro de los árboles, cuyas ramas se quejan por el duro invierno que enfrentan.

            El descubrimiento los aturde. Ambos hombres que se aferran con dolor a sus recuerdos. Piensan en Sara, la frágil Sara. La sínica que derramó tanta lágrima cuando Raquel desapareció de la cabaña sin dejar rastro. Cuando regresan a la casa, alcanzan a ver la camioneta de la maligna mujer, que trepa por el camino hacia la ciudad. Al ingresar desorientados por el inesperado hallazgo, descubren que Sara se ha escapado. La mujer ha observado desde la ventana del ático los movimientos del tío y del hermano.  En la huída deja su bolso olvidado sobre el piso del salón. Lo abren y ante sus ojos están las cartas de amor que Sara escribió a Raquel. Nunca obtuvo respuesta. La única que encontró fue el rechazo de la muchacha.

Raquel, era amante de Jaime, su apuesto primo. 

LA SOSPECHA

 

            Cuando Edison llegó al rancho “Albores Azules”, llovía a baldazos. La perspectiva visual era nula, las ruedas de la chata levantaban chorros de barro azuloso y pequeños guijarros que golpeaban los muros de la casa. Por la ventana, tras el visillo, un rostro sorprendido se asomó, para desaparecer rápido y apagar las luces. El silencio quebrado por el chubasco, penetraba el amplio patio.

            Dos enormes perros negros corrieron gruñendo, para que el intruso regresara por donde había llegado. Edison, se negaba. Descendió con dificultad, su pierna ortopédica, con humedad se ponía artrítica y su corazón galopaba por el esfuerzo. No regresaría a “Paradisso”. Un sonido agudo despejó el camino de los mastines. Ellos, agacharon la testuz y se mantuvieron en espera del mandato que solía provenir del interior de la casa.

            Golpeó con el puño la puerta. Nadie contestó. Un insulto grosero y un escupetazo, cayó en las piedras acuosas. Rodeó la casa y en la puerta trasera, donde se atisbaba una luz, llamó con un gruñido. ¡Soy Edison Duarte, carajo, abran! Los perros lo habían seguido atentos y dispuestos a luchar. Su pelaje negro y húmedo, los colmillos afilados y las orejas enhiestas, mostraban su estirpe guerrera.

            Se escuchó un paso cansino acompañado por un golpeteo de bastón. Era Úrsula.

Quien con un rostro desfigurado por la ira, luego de putearlo, le abrió la puerta y dejó el espacio mínimo para mostrarse y hablar. ¿No ves, imbécil, que diluvia?  ¿Qué te trae a esta casa? Mientras dijo eso, lanzó un salivazo marrón por el espacio entre dos dientes rotos, carcomidos por el tabaco. Cayó a los pies del hombre. No se movió. Esperó un instante y tras la vieja, apareció Lucila. El alboroto que se hizo, fue grande. La vieja enojada se hizo a un lado y el hombre ingresó, dejando una huella de agua y barro en el piso impecable de la cocina.

            El fuego de las hornallas, entibiaron el cuerpo aterido. Lucila, lo abrazó y el perfume de limón de su cabellera, le llenó el alma de sensaciones maravillosas. ¡Hacía mucho que no la veía! Desde que Virginia había muerto, no podía entrar en la casa.

            Se sentó en la banqueta junto a la puerta, cerca de los olores calientes de los fuegos. El apio, la cebolla y el aroma de la carne, le despertaron recuerdos que había soterrado hacía tiempo. La muchacha estaba hermosa. Había un rubor virginal en sus mejillas y estaba alta y delgada, pero vio en sus ojos una luz inescrutable y triste. Ojeras azuladas rodeaban sus largas pestañas y sus manos, de blancura increíble, estaban abrumadas de pequeñas grietas. Úrsula, se interpuso con su cuerpo enorme y dispuso que se tenía que ir. Pero Lucila, rogó que se quedara un rato. Él, consintió y le pidió hablar a solas, cosa que la mujer no permitió.

            ¡Pues bien, sepan, que he recibido un informe de alguacil del pueblo con una grave denuncia sobre la muerte de tu madre! Un grito se escabulló de la garganta de la anciana. ¡Salga de esta casa! No me iré hasta saber qué ha pasado acá. ¡Salga, maldito intruso! Soy el padre de Lucila y usted no es nadie para echarme.

            ¿Dime pequeña, qué siente tu corazón sobre lo que se habla en el pueblo? Todos los rincones de Branden Stone está murmurando sobre el tema. Yo, había salido de la vida de tu madre cuando eras muy pequeña, esta mujer, maldita, no se qué le metía en la cabeza la dulce Virginia. Dijo, el alguacil, que cuando la encontraron tenía puesto un vestido que yo le traje de la ciudad para un baile de la iglesia…y que se había cortado el cabello con la tijera de esquilar ovejas. Ella, señalando a Úrsula, no me dejó acercar y siempre dijo que era mi culpa, pero, dime preciosa; ¿cómo pudo ser mi culpa si no me podía acercar por la ira de esta bruja?

            No alcanzó a ver que tras él, venía un palo enorme que lo dejó inconciente. La sangre manaba por su cabeza. Lucila, con los ojos alucinados salió corriendo hacia su dormitorio, se escondió bajo la cama y se limpió las salpicaduras rojas y untuosas de la cara y el cuerpo. Sintió los rituales sonidos que hacía la anciana cada vez que tenía un cadáver cerca. El cuerpo arrastrado hasta el sótano y el cieno cubriendo el cuerpo aun palpitante de su padre.

RÍO BERMELLÓN

 

                                   “Una vez que la esperanza entra en tu sangre, nunca la abandona.”Autor desconocido.

 

 

            El despertar de la selva es una fiesta de rumores y colores de arco iris. Los árboles se estremecen con la algarabía de insectos y pájaros. Pechitos colorados, blancos y naranja, revolotean en el remanso de la aguas del arroyo La Tuca.

            Una vez o dos al año, cuando comienza el invierno se despojan las plantas de alas y parloteo de cotorras parlanchinas. Cuando vienen las lluvias y crece el río se lleva los nidos de los ánades y patos silvestres. Es el tiempo en que los hombres juntan las cachas y huyen hasta el terraplén de la ruta.

            Se ven las lanchas de prefectura buscando algún rezagado o una anciana que no puede andar por los arrebatos del agua que trae todo tipo de arrastre: árboles, animales, trozos de ranchos… hasta se ha visto chapas del algún galpón derribado en su furia.

            En tiempo de bonanza, es una gloria. El pasto alto atrae al bichaje que engorda para la seca. El maíz, el arroz, la soja y el girasol, crece con la libertad de la abundancia.

            A veces en el camalotal, baja una yarará o una coral. Por eso hay trampas para no despistarse. Allá en medio de la tierra se eleva un rancho.

            Parece un tacurú en medio de la tierra apelmazada, del erial que rodea las paredes de caña y barro. Un ombú le da sombra como al descuido y levanta esa sombra que tanto anhela la calurosa faena de todos los días.

            Al amanecer un gallo se despierta y con el rocío se eleva una niebla dulce que moja despacito la piel de las vacas y ovejas. Con ellos se despiertan Simón y la Petrona. Los chicos aun duermen hasta que el sol calienta a un poco la mañana.

            Viene el tiempo de ubres y espumosa leche tibia. De agua en el tizne de una sufrida pava renegrida. Los niños se despiertan y la cháchara inocente envuelve la tabla de la mesa. El Simón de trote al cuartel del sur y la Petrona a la prisa. Ya viene el carretón para llevarlos al pueblo. La maestra espera y no hay que desperdiciar sus palabras y cuentos. A lo lejos, se escucha el griterío, vienen en remolino de distintos tamaños y voces a destajo. Van a la escuela.

            Más tarde recoge los huevos de los nidos, hay conejitos nuevos y una cabra ha parido. Limpia la tierra con la escoba húmeda y los pisos se quejan. Lava la ropa en el arroyo y son alas de palomas colgadas en los hilos. Es la vida de nuestros campesinos en la inmensa tierra que Dios nos ha dado. Son la esperanza de una vida mejor en nuestra patria. Son una alegría para el futuro.

            Cuando llega la noche y se enciende el cielo de un color violeta, una lámpara deja una luz diseminar paz y memoria para el descanso.

            Si el cielo en cierne descontrola esa serenidad… y desgarra en rayos y truenos su orden milenario, viene la ira y el Río Bermellón rompe el pacto de amor con sus hijos, mañana se iniciará una embestida bestial rompiendo todo.

            Simón y la Patrona, sacan la pala grande, hacen con las cenizas la Cruz Bendita y ahuyentan la tormenta como le enseñó el abuelo. Echan sal al aire y hojas de laurel. Se arrodillan y rezan como niños pequeños, oraciones antiguas de sus ancestros.

            La esperanza los guía. Los guía un sueño.

viernes, 21 de junio de 2024

INFANCIA TRISTE

  

Puedo comprender ahora en ese gran jardín, el tiempo de mi infancia. Soñé con sus ojos inteligentes que descubrían mi soledad.

Rescato de la tristeza su recuerdo. El enorme patio embaldosado con paredones blancos. Mi cárcel personal. Ella, me invitaba a crear un mundo lleno de magia. Nunca aceptó someterse a lo normado. Me llevó de la mano al chispeante mundo que entreví en mi niñez. Un mundo singular de sueños y milagros. Ella podía conocer mi esperanzado esfuerzo de encontrar amor

Me rozaba el canto del agua de la pequeña fuente donde alguna vez hubo peces. Yo que quería ser como una enredadera y escapar de  ese mundo doloroso y triste. Ella inventaba juegos. Armaba historias para representar.  Me contaba cuentos. Me hacía picnic entre los masetones de helechos. Ponía el mantel y allí desparrama frutas,  damascos y duraznos. Colocaba las muñecas para el festín como compañeras de la partida. ¡Un juego! Y yo, aprendí a conocer el amor y la ternura de su corazón. Era tan extraña; a veces huraña, otras tierna.

Una noche cualquiera el horror me clavó una espina, una cruz en el alma. Se fue. Voló al infinito. Y ahora estoy más sola que antes. Sus alas me rozarán las penas y serán unas lágrimas que borrarán mi desconsuelo.

 

LETICIA 2

 

 

La sala es exquisita, pintada de un suave color verde palta, con cortinas de tela fina y sedosa, un cuadro de firma de una conocida artista plástica del país, y por supuesto un flamante escritorio Reina Ana, con silla haciendo juego. En esa pequeña salita, atiende Leticia; médica con medalla de oro en la Facultad más prestigiosa del país. Tiene una camilla recubierta de pana que enfunda en delicadas sábanas de lino egipcio.

Becada en el extranjero, ha hecho un doctorado y varias maestrías fuera del territorio que la vio nacer. Mujer brillante y obsesiva, detallista y perfeccionista. Tiene fama entre sus colegas porque elige los personajes que atiende. Nadie la quiere, pero la admiran por su facilidad para mezclarse en ciertos círculos de profesionales.

Esa mañana llega en su BMW que deja en una sombra de la cochera. Un lugar privilegiado. ¡Su coche lo merece! Le ha costado fortunas. Su traje del modisto de La Fayette, es un atuendo exclusivo. Lleva tacones de aguja y cartera de Luis Vuitón.

Sabe que hoy la espera un alto jefe del sector de la embajada de Suecia. La ha enviado su amigo Livio Robellinni, de la embajada de Italia. Nunca acepta personas desconocidas.

Entra en su consultorio y su secretaria, le entrega una historia clínica que ha interrogado previamente a la atención personalizada. Es un hombre de sesenta y seis años, que ha viajado por varios países del mundo representando a su país. Ha sufrido un preinfarto y sufre Malaria contraída en Kinshasa. Cuando ingresa, se enfrenta a un personaje rechoncho, de piel ajada y ojos pequeños, miopes y arrugados. Se desplaza con dificultad. Ella al verlo caminar sabe que está atacado de “gota”, ácido úrico. ¡Mala alimentación al revés! Comidas de Gourmet y bebidas “blancas” frecuentes. Carnes abundantes y sin querer se siente feliz. ¡Le prohibirá Todo!

Livio, le advirtió que era muy respetado en su país y en la OTAN, pero a ella solo le interesaba que no sufriera una enfermedad incurable.

Le presentó su mano, de piel fresca y de uñas impecables. Con un ademán displicente le indicó un sillón, ya que si pretendía que subiera a la camilla, tendría que llamar a algún enfermero en ayuda. Leyó con cuidado la historia del hombre. Kharl Jurghans, separado, y muy dolorido.

Le tomó la presión. Altísima para su edad y el reflejo al oxígeno pulmonar que era bajo. La mirada angustiada del hombre, la seguía como búho en la noche de luna llena. El miedo lo dejaba sin aliento. Miedo a la enfermedad. Horror a la muerte. Él, lejos de su tierra, sin familia directa, los hijos desparramados por el mundo. Su ex mujer casada en Australia… ¿Quién se preocuparía de su asistencia? La gente de la embajada era suplantada en forma permanente. Le hizo una serie de recetas y solicitudes de análisis y otros estudios.

 

¡Tranquilo! Su corazón parece un motor que quiere escapar al galope… así no nos podemos entender. Le hizo traer una copa con agua. Él, pidió un whisky. Lo bebió de un solo trago. Con los papeles en mano, entregó un cheque y agradecido salió. Arrastrando su dolorosas piernas sobre las alfombras de la sala de espera.

Un joven alto, de mirada oscura lo observó e hizo un saludo discreto. Pidió hablar con Leticia. La secretaria, hábil, le pidió una tarjeta para entregarla a su jefa. “No es para mí, es para mi Jefe”. Salió la muchacha y luego de un breve diálogo con la médica, se asomó y lo hizo ingresar.

Soy el secretario privado de Kaled Zahir al Abdulah. Necesita una visita en el Hotel donde está esperando una reunión muy importante; pero no se ha sentido bien. Si usted me sigue, la acompaño allí. Solo le pido discreción, mucha. Mi jefe habla muy poco español. Yo le ayudaré.

Salió en un coche totalmente polarizado y blindado. Fue tan rápido que en pocos minutos llegaron a ese hotel en medio de un campo de golf y rodeado de murallas altas con ciertos sectores con gente armada. El auto ingresó a una enorme cochera. La invitaron a descender y con su maletín lleno de instrumental y algunos fármacos imprescindibles, pasaron por una serie de monitores electrónicos.

En un ascensor subieron algunos pisos. Nunca le permitieron ver nada a su alrededor. Al salir del mismo, sus pasos se hundían en unas alfombras persas que parecían estar entre nubes. Se abrió una puerta con una tarjeta que portaba el joven moro. Frente a ella en un enorme lecho, yacía un delgadísimo hombre joven acurrucado.

Leticia, se acercó. Él, la miró asustado. Ella le sonrió y le estiró la mano. ¡No, no la puede tocar! Dijo Kassim. ¿Y entonces cómo haré mi trabajo? Le debo tomar el pulso, la presión, y para eso tengo que tocarlo. Ambos se miraron sorprendidos. ¿Qué podían hacer? El jeque avino a ser tocado por Leticia. Ella con discreción sacó sus herramientas. Las manos frescas de la mujer hicieron encrespar la piel afiebrada del hombre. Le ordenó algo al joven y éste trajo un chal y le hizo que se cubriera la cabellera.

Palpó el vientre del enfermo, hizo preguntas sobre su alimentación y sus últimos viajes. ¡El embarazo del ayudante era supremo! ¿Defecó? ¿Cuánto, cuando y de que qué color? El paciente avergonzado, hablaba con el traductor, que miraba para el suelo mientras respondía. ¿Ha bebido agua del grifo? Supo que no en ese lugar sino en su avión particular. Habría que hacer una prueba con el agua. La mirada del Jeque le dejaba entrever el miedo. Voy a solicitar que hagan estos estudios y comenzó a escribir y prescribir. Lo ideal es que se hagan en un consultorio Clínico Biológico a nombre de otra persona, eso permitirá que el doliente no sea detectado. El secretario recibió los papeles.

Acercó, Kassim la oreja a su jefe y le sugirió que esperar unos segundos. Salió por una puerta lateral. Luego ingresó con una caja de madera y nácar, tallada. Se la entregó a Leticia, saludando amable. Sacaron a la médica con mucha prudencia. El secretario le pagó con varias monedas de oro. La subió al coche que era distinto al anterior y salieron raudos hacia la ciudad. Se quedó en la esquina de su casa. Ella no había dado su dirección. ¡Quiere decir, se dijo, que me han estudiado!

Cuando ingresó en la casa, había algo extraño. Algunos objetos fuera de lugar. Se sirvió una copa de Cabernet y se sentó luego de tirar lejos sus tacones. En el sillón, acurrucada, abrió la caja… gran sorpresa, un collar de diamantes y esmeraldas con sortijas y brazaletes, brillaron a la luz de la lámpara. Encendió el televisor. Se enfrascó en una película y se quedó dormida.

Un estallido despertó a media población. Una enorme bomba había destruido un banco en las afueras de la ciudad. Las fotos que mostraban en las pantallas eran conocidas de Leticia. Supo que tenía que escapar de su país. Seguro la estarían buscando para matarla.