martes, 27 de enero de 2026

SANGRE DE MÁRTIR

 


 

¡Nadie caminará de mi mano al destierro!

 

Mi alma sosegada adocenará inviernos.

 

Una luz deslumbrante acogerá el denuedo

 

De encontrar entre espinas

 

La Verdad y el Silencio.

 

En lo alto la Cruz

 

Con sus heridas abiertas.

 

En mis brazos la cruz que me alienta a su encuentro.

 

Y una espera vital de Jesús Nazareno

 

Que me acoja en sus brazos

 

Llagados y perpetuos.

 

Mañana, estaré aquietada en espera.

 

Ser necesariamente una llaga

 

Que duela,

 

Con la mirada puesta

 

En la Cruz Golgotana y…pasará

 

a la hora esperada,

 

Una gota de sangre

 

Una lágrima pura,

 

Pura Sangre de Mártir.

LETICIA 6

  

            ¡Se tiró en un sillón mullido y cómodo! Temblaba de emoción, y las manos acariciaban su propio rostro como lo hiciera esa mañana el apuesto médico que había llegado hacía meses del extranjero. ¡Soy demente! ¿Será cierto lo que me está pasando? Es tan hermoso como yo lo imagino… es tan real como esa sonrisa amplia que despliega cuando entro a la guardia o a la sala.

            Leticia se pellizca. Enrula su cabello desordenado después de una larga jornada. ¡Es maravilloso! Tardó mucho tiempo en hablarme, en decirme su nombre, en contarme sus sueños. Y yo, ignorando al destino, lo miré por primera vez esa noche del accidente en la carretera  allí vi al hombre, con su alma intacta y lleno de vocación.

            Sus manos se movían con rapidez y ternura. Escalpelo, oxígeno y una enorme necesidad de salvar a los heridos. ¡Existen aun, personas que aman esta dura profesión sin pedir mucho! Las bolsas de sangre o de plasma, parecían mariposas volando de cuerpo en cuerpo. No paró un minuto. Era como si de sus manos dependiera el futuro de la vida del mundo.

            Se acomodó enrollada en su bata de noche, con una copa de vino en la mano. Miraba por el ventanal de su monoambiente hacia el poniente donde el sol parecía un trozo robado a un círculo de fuego. Tocó la tecla y dejó que la música la arrebujara y cerró los ojos. ¡Sí, es muy apuesto! Me he enamorado.

            Quedó dormida, agotada por las largas horas de entrega a su trabajo en la clínica social del pueblo. ¿Adónde estaría él, ahora? Imaginó su cuerpo entrando en una piscina o en el mar. Luego pensó que era de una región montañosa y lo pensó escalando entre rocas gigantes y nieves eternas. Soñó.

            Un fuerte golpe la despertó. La puerta de su habitación, apenas estaba separada por una mampara del ínfimo estar y cocina. Otro golpe y un estruendo, rompió esa seguridad que le daba intimidad. Un ser grotesco ingresó con un arma.  Su cabeza cubierta por una máscara negra de horrible imagen, guantes negros y un olor que apestaba a alcohol barato. Se abalanzó sobre Leticia y comenzó a gruñir como un animal enloquecido. Le arrancó la ropa y la sacudió dando u golpe durísimo con el arma en su cabeza.

            Leticia no podía moverse ni gritar. ¡Estaba paralizada! Le ató las manos con el cordón de la computadora, la amarró a la cama y se tiró sobre su débil cuerpo de mujer.

            Se desmayó. Entre el dolor y las nauseas, sintió que la arrastraba por el pequeño habitáculo. La arrojó bajo el grifo y le refregó el cuerpo y su intimidad. En el agua se diluía la sangre que manaba de una herida o varias. Estaba atada y con el rostro cubierto por sus bragas. No podía ver el rostro del monstruo. Se desmayó.

            Sonaba el timbre de la portería y el teléfono celular enloquecido destellaba tratando de tener una respuesta. Despertó dolorida y fatigada. ¡He soñado o he vivido esa experiencia horrorosa! Temblando se empujó como pudo hasta la mesa donde estaba el celular. Sus manos temblaban. Lo tomó y como pudo deslizó en la pantalla sus dedos doloridos, para gritar: ¡Ayuda! Que alguien venga en mi ayuda.

            Pasaron pocos minutos y llegaron una ambulancia y un coche policial. La encontraron herida y desnuda. Se tiró en los brazos de su salvador. No era él, era un médico que la conocía hacía mucho tiempo. La vistió luego de curar las heridas. Un joven policía fue tomando las medidas para que no se ensuciara el espacio en el cual Leticia había vivido esa horrenda experiencia.

            La sirena de los vehículos la sedaron junto a una inyección que le puso el galeno. Llegó a su clínica y fue derecho a una sala donde varios colegas la trataron de participar de su atención. Su enamorado, ese día no estaba. Se durmió. Los calmantes la llevaron por lugares inexplicables. Algunos bellos otros horripilantes.

            Cuando despertó, estaban junto a ella unos detectives que esperaban pacientemente su mejoría. Comenzaron a interrogarla. Ellos, con cada descripción que ella daba, se cruzaban miradas extrañas. Pero el dolor y la confusión no le permitían tanta perspicacia.

            Leticia… ¿Desde cuándo usted tiene un arma blanca tan peligrosa en su departamento? ¿Qué hacía a esa hora con… su colega Edwin Zarratea?  ¿Cómo pudo cometer un acto tan detestable siendo médico? Ella extrañada, los miró con sorpresa y se quiso incorporar, pero sintió que su mano estaba esposada a la barandilla de la cama.

            ¡Perdón no entiendo!  ¡Qué me pasa, si yo fui atada, golpeada, violada y casi muero en manos de un desconocido! Los hombres se miraron. ¿Señorita, usted mató con un cuchillo muy especial por su origen japonés a Edwin Zarratea, el cuerpo fue encontrado en su lecho con cientos de puñaladas?

            De su garganta no salía ni aire ni gritos. ¡No, yo no hice eso! Soy inocente. Yo amaba a ese hombre. Ellos, se acercaron y le mostraron unas fotos. Así lo dejó.

            Soy inocente. Yo no fui. Créanme. Y se volteó para poder soportar tanto dolor físico y espiritual. Ingresó el jefe de guardia y pidió unos minutos, traerían un colega siquiatra para trabajar el caso. Leticia, se volvió y le suplicó. ¡Ayúdeme, juro ser inocente! Ustedes me conocen desde hace muchos años. Los policías salieron y quedó frente a frente con el jefe. ¡Te lo dije Leticia, acá nada de romances entre colegas! Y salió dando un portazo.

 

 

LETICIA 4

 

La guerra estaba en el otro confín de su lugar de confort pero su promesa había sido ir volando a la ayuda de los más necesitados. Su lema era donde hay una bala, una bomba o una metralla, ahí me necesitan y ahí estaré. Armó una mochila que le cubría parte de la espalda, y el maletín con el instrumental. Sacó el pasaporte y buscó el mapa con un recorrido que debía hacer por varios países para llegar a ese que seguro la estaba esperando.

¿Usted es Leticia Ramos?  Le preguntó un joven con cara de nada. ¿Por qué viaja? Soy Médico Sin Fronteras y necesito llegar lo más cerca posible al punto donde me esperan otros colegas. ¿Tiene VISA para entrar en este país? No necesitamos, creo que ya lo sabe. ¡A partir del año pasado se necesita un visado especial!

Leticia, siente que se le viene el mundo abajo. ¿Con quién puedo hablar? ¿Hay consulado de mi país en este? No, está en el país vecino, si quiere llamo a un personal especializado. ¡Por lo pronto le retengo los papeles y me tiene que dejar su maletín!

De ninguna manera, es material indispensable para salvar la vida a los habitantes de su país. Creo que lo necesitan. Bueno, entonces llame a esa persona que es especializado en estos trámites. A lo lejos se escucha el tableteo de metrallas y estampidos.

Mire, mientras usted me detiene, hay gente a la que yo puedo ayudar. Se acerca un hombre de cara adusta y feroz. ¿Quién la manda? Nadie, dice Leticia, soy Médico Sin Frontera. Vengo con lo poco que tengo, para ayudar a sus habitantes, civiles o no. Nunca nos han pedido VISA, sólo con nuestras credenciales he trabajado en muchos países. Páseme el pasaporte. El hombre lee: Sudán, Irak, Sierra Leona, Haití, Palestina… ha viajado mucho. ¿Cómo sé que no es una espía internacional? ¡Por Dios…! ¿Cree que podría entrar en tantos lugares peligrosos por el placer de hacer eso?

El hombre llama a una mujer soldado. Revise exhaustivamente a esta mujer. La hacen entrar en un habitáculo cerrado, con una persona que la mira con desdén y desconfianza. ¡Desnúdese! Leticia comienza la triste ceremonia de sacarse las prendas que usa. La revisa en forma descuidada y rústica. ¡Abra las piernas! Sin usar un guante le ingresa las manos en su intimidad femenina. Pase por acá, entra en una especie de radiógrafo, como a su mochila le hacen una suerte de revisión tecnológica. No tiene nada. ¡Vístase!

Sale con un rubor que acrecienta el color oscuro de su pelo y ojos. Pero sabe que no puede quejarse. El hombre especializado en eximir a los recién llegados y detectar extraños, le hace un nuevo interrogatorio. Leticia con paciencia, ya lo vivió en otros lugares, contesta seria a los reclamos. Llaman a otros dos personajes, que parecen superiores en jerarquía. Hablan entre ellos. La muchacha trata de interpretar lo que dicen, pero lo hacen en un dialecto que ella no conoce. La miran y vuelven las espaldas.  

   ¡Puede entrar en el país, pero la estaremos vigilando! Sale y una cachetada de humo y polvo de los derrumbes la dejan sin habla. En un lugar cercano, está un coche destartalado que tiene el Logo de Médicos Sin frontera. Se acerca un muchacho sonriente. ¡La esperábamos doctora! Venga, déme su maletín y su mochila. A lo lejos ve que un tipo vestido de paisano los sigue en una bicicleta. ¡Ese es un vigilante que la seguirá por donde vaya! No le tenga miedo, nosotros le damos muchas cosas: comida, cigarrillos, ropa y remedios que a veces revende en el mercado negro.

Cuando llegan al “hospital”, una suerte de galpón de chapas y carpas con paneles de tela gruesa;  y atestado de literas llenas de heridos, la hace retroceder unos instantes el olor a muerte. La sangre y el perfume de ciertos medicamentos, le devuelven el sentido. ¡Por algo vino, a dar sus conocimientos a esos pobres desheredados! La llevan a un cobertizo. Allí, cerca vuelve a divisar al hombrecillo de la bicicleta, le sonríe y este le devuelve la sonrisa. ¡Ya está, será su amigo, no su enemigo! Pero se cuidará igual, nunca se sabe. Se cambia y apronta para entrar hasta sus enfermitos.

Leticia Ramos, vuelve a escuchar en su corazón esas palabras que pronunció el día que le entregaron el título de médico y una medalla de oro por sus notas y logros. Acá estoy cumpliendo con el Juramento que hace siglos hacemos los médicos. Curar el cuerpo y el alma de nuestros semejantes. Al ingresar le entregan el cuerpo de un pequeño esquelético con ambas  piernas heridas. Así comienza la gran misión.

 

LA MAESTRA

 


Cuando logró cambiar de escuela, Adela, sintió como un soplo de aire fresco. La institución en la que había trabajado le había dejado un sabor amargo en el alma.

Cuando ingresó le llamó la atención el ruido de la calle, era muy citadino. Pasaban por esa calle muchos transportes de carga y autobuses. Pero la recibieron con sencillez y seriedad. Sin grandes muestras de afecto pero con el compromiso de una institución diferente. La recibió una colega que con su ropa deportiva le insinuó ser la profesora de gimnasia. La acercó a una sala donde varios colegas trabajaban con cuadernos y carpetas. Todos elevaron la vista y en algunos se dibujó una sonrisa y en otros una mueca indiferente como si dijeran: ¡Otra novata que llega a resolver dramas!

No sabían que donde ella había trabajado anteriormente había vivido verdaderas aventuras humanas y algunas muy dolorosas. La asignaron a sexto año. Áreas de Legua y Ciencias Sociales; sus favoritas. Sonó el timbre y como resortes todos salieron hacia las aulas. Adela fue acompañada por la secretaria, una mujer de cabello blanco, muy menuda y con el rostro marcado por una cicatriz que le daba un aspecto de soledad y dolor. Me llamo Clementina, pero me dicen Chichí. Mira Adela en tu aula hay una alumna que padece una psicosis persecutoria y día por medio viene un psiquiatra de la superioridad a hacerle un tratamiento para ayudarla. ¡En verdad te compadezco! Esa niña ha hecho renunciar a variaos colegas.

Yo, me sonreí para mis adentros; conocía bien los tratamientos que daban en las escuelas públicas. Conocía bien a los chicos con problemas y solía adelantarme a los sucesos. ¡Gracias Chichí, por decirme este secretito de la institución!... Se reía. Es voz "pópuli" en la escuela, los chicos se apartan de ella y pasa muchas horas, encerrada en la biblioteca. Ya verás. Abrió la puerta de un aula algo espaciosa, con muchos pupitres y dos enormes pizarrones. Un armario que tenía puesto un candado. Me entregó la llave y me dijo: "Ten cuidado, allí están los papeles de valor para tu trabajo, los estudios y encuestas familiares y otras cosas que puedas guardar personales". Salió y me encontré con el grupo de chicos que me miraban con una sonrisa extraña. En un rincón, una niña en el piso, envuelta en una especie de colcha, parecía un animalito enfermo. Gruñía. Se mordía y gesticulaba rarezas. Yo saludé, como si no la hubiera visto. Les conté como me llamaba, ella, gritaba más fuerte; les animé con unas preguntas sobre lo que ya sabían y me paseé por los pupitres con total indiferencia. Sonó un timbre que llamaba al recreo y salieron corriendo, yo me apresuré y cerré la puerta con llave, la niña había quedado dentro. Cuando regresamos, estaba sentada en un pupitre. Seria y sin hacer berrinches.

Con el paso de los días, lo fui interesando con lecturas y cuentos. Los chicos entretenidos y "ella", comenzó a escucharme con interés. Entonces, aproveché y la invité a contar una historia... Fue tan original, que la aplaudieron todos sus compañeros. ¡Hermosa historia, querida Soledad! Te felicito y en su cuaderno en el que no había una sola tarea escrita, apareció mi felicitación con letra grande y clara. Firmada y con una excelente nota de diez. Lentamente la niña se fue incorporando como una más. Terminando el año era una de las mejores alumnas y su carpeta era preciosa. Había cambiado el ciento por ciento. Sus padres me agradecieron y yo sentí una gran alegría, había logrado sacar adelante a un niño más del mundo de los abandonados.

Habían pasado muchos años. Diez desde la última vez que la vi. Una tarde cuando salía de la escuela, la vi parada junto a un auto. Llevaba una planta llena de flores en las manos. Se acercó y me dio un sonoro beso en la mejilla. ¡Señora, usted salvo mi vida! Le traigo estas flores y mi título de escribana. Todo se lo debo a usted, seño Adela mi heroína... y salió despacio hasta el coche y se fue con lágrimas en los ojos, yo no podía contener las mías.

ELLAS EN SU CASA

 

            La niebla lame sus sandalias viejas, heredadas y algo rotas. Ella era tan fuerte como una palmera en el desierto. Rústica y firme. Llena de fuerza y ternura como un nido azotado por el viento. Pero no ahora. Ahora, cuando tendrá que hacer malabarismos para poder alimentar a sus cuatro hijas.

            Antes, cuando Abu Yasir la sacó de su pueblo, allá en las montañas, un sin fin de premios creyó que le depararía la vida. Sabía guisar, asar bien en el horno el cordero y hacer pasta de garbanzos y queso de cabra. Su madre, le enseñó a tejer en un telar familiar. Supo hacer alfombras para vender y ayudar en las compras de su familia. Su hermosa casa de barro y caña, se transformó de pronto en un verdadero refugio, una oquedad segura a su soledad de mujer.

             Una mañana Abu Yasir salió al mercado con su moto y antes de asistir al templo, dejó un pedido de verduras y carne en el negocio de Turuk, que le proporcionara su vecino Omar para hacerse de unas monedas. Depositó la moto allí y siguió entre los transeúntes que se dirigían a la mezquita a orar. Ingresó luego de lavarse y dejar sus sandalias en el sector opuesto al que le correspondía. Ese que estaba destinado a los obreros, extrañamente parecía lleno de bolsas con calzado.

            Vio entrar al Imán y cuando todos comenzaron a rezar, un estallido fatal, arrebató la vida a decenas de hombres. Simplemente quedaron allí, como trozos de carne destripada y sanguinolenta. Había muchos heridos. Llegó un coche policial y nuevamente un estallido impidió que se socorriera a los ahí caídos. Esa noche, Sima esperó en vano. Su vecino golpeó la pequeña puerta y le dijo que la moto de Abu Yasir estaba en el negocio. Ella se cubría con respeto y el hombre de espaldas, le dijo: -Mujer Abu Yasir estaba en la mezquita, donde esta mañana pusieron bombas los “hombres de negro”. De su garganta sólo salió un quejido. ¡Su esposo muerto! Ella viuda en un mundo hostil y cruel, para las mujeres solas. Sus cuatro hijas serían como pájaros muertos.

            ¿Cómo llegar hasta su pueblo en la montaña? No tenía un hombre que la pudiera acompañar y sin un varón no podía moverse en la calle. Menos aun siendo viuda. En la oscuridad de media noche se acercó Turuk. Golpeó la puerta y esperó. Ella asustada se colocó la burka más enlutada y tras una pequeña ventana lo atendió. Señora Sima, le dejo el dinero que no pudo recoger su difunto marido; y la moto. Véndala y ayúdese con eso. Llame a su padre. Ella entre sollozos le dijo: ¡Está muerto, en mi familia que está muy lejos, en la montaña, no hay hombres! Mi madre es sola y vive con un tío muy anciano. Tienen solo un asno y no saben salir del lugar. Llévese la moto y le mandaré a uno de mis niños a recoger lo que pueda darme por su venta.

            Esa noche decidió vestir a su hija de diez años de varón para poder mandarla a la calle en su lugar. Sabía que su prima Suraya había sido varón unos años cuando su madre en la aldea quedó viuda. Se quedó despierta sobre su alfombra cuando ya amanecía. Lamiya, la despertó. Habían venido unos policías a buscarla. Se colocó la burka y se cubrió las manos y los pies antes de asomarse. Un recio preventor de la mezquita quiso ingresar a la modesta vivienda. Ella, no se lo permitió. ¡Aun no ha llegado mi hijo! El hombre sonrió. Sabía que no había un hombre en esa casa, pero supo que debía cumplir con la ley de Alá, el Misericordioso.

            Abu Yasir, su marido será llevado al campo cerca de la “madrasa” y así podrán ir luego a ver su tumba. Cerró ella, la ventanilla de la puerta y dando la espalda al preventor, asintió. Iremos en cuanto pueda salir con mi hijo. Una carcajada pedante y ríspida salió de la garganta del hombre. ¿Usted tiene un hijo? No, tengo una “Bashar posch” en mi hogar. ¡Ah, entonces esperaremos que se presente en la central de policía a firmar unos papeles! ¿Su hijo se llama?... Desde hoy Nihad Mohamed. Hasta ayer se llamaba Lamiya. ¡Ya verá usted lo inteligente que es mi hijo! Buenas noches.

            Desde el altavoz de la mezquita ya sonaba la voz del Imán para la oración del anochecer. El preventor subió al coche policial y huyó del lugar. ¡Puah, puras mujeres y dice que tendrá que transformar a una hija en varón! Desgracia que no tiene un pariente masculino en la ciudad.

            Se sentó en la alfombra a llorar y llamó a Lamiya. Hija desde hoy serás varón. Ven, te cortaré el cabello y te pondré una ropa que achicaré para ti. Era de tu padre. Pasaré la noche entre lágrimas y costura, pero mañana habrá un hombre en esta casa. Debes aprender a comportarte como tu prima Suraya. La niña salió sollozando y se durmió recordando lo fea que se veía su prima Suraya, cuando era hombre. ¡Yo seré un “Bashar posch” y tendré que jugar al fútbol con los varones de la escuela y se reirán de mí!

            La mañana las encontró transformadas en otros seres. Más tristes y llorosas; más pobres y más firmes en sus decisiones. Nihad Mohamed, era un niño de diez años, con sus sandalias raspadas con tijeras, su pelo al ras y con una vestimenta tan fea que le bailaba en el flaco cuerpo de pequeño asustado. Su madre cubierta con tres velos y la burka, caminó tres pasos detrás de su “hijo”. Todo el camino, la miraron extrañados, ya que sabían de su tragedia. El cuerpo de Abu Yasir, estaba aun sobre un trozo de cartón en un oscuro garaje policial junto a restos de seres inescrutables, pedazos humanos recogidos sin piedad entre los escombros. El niño, se tomó de una argolla para sujetarse y devolver la poca comida de la mañana. ¡Nunca olvidaría ese día! Firmó unos papeles que le presentaron con su nuevo nombre y la madre apoyó la yema del dedo entintado. Le ordenaron salir y regresar a su casa. Se ocuparían ellos de los trámites que faltaban. Como un remolino de pájaros negros los dolientes buscaban los despojos de los hombres. La mujer salió detrás del “Hijo” y caminó en silencio. Al llegar a la vivienda, el olor de cazuela de pollo sorprendió a ambos. Su vecina le había dejado una olla con comida. Comieron en silencio.

            Desde ese día, Nihad Mohamed tendría que vivir como el varón de la casa, hasta que creciera y su cuerpo se desarrollara como antes. Por lo que su madre les dijo: Desde hoy cada una de ustedes irá aprendiendo a ser un “hombre”. Y ella permanecería encerrada dentro de esa jaula inhumana en la que vivían.

 

VOCABULARIO:

Burka: velo de tela que cubre desde la cabeza a los pies en zonas de Afganistán y países aledaños. Puede ser de color añil.

Preventor: especie de policía religioso, que controla a la sociedad islámica.  

Bashar posch: se dice de la necesidad de transformar niñas en varones en la sociedad ultra islámica, para remplazar a un Varón. La mujer no puede salir a la calle, ni a comprar alimentos, sola, sin un acompañante masculino de la familia: padre, esposo, hijo, abuelo o tío.

Madrasa: escuela coránica, donde acuden las niñas para aprender a leer y recitar las zuras del Corán.

           

jueves, 22 de enero de 2026

BRASILIA, LA CIUDAD MÁS MODERNA


Cuando me invitaron a conocer Brasilia, alguien se rio. ¡Es una ciudad en medio de la nada, que no tiene nada más que el Congreso y los poderes políticos! Es mentira. Brasilia es hermosa, pensada no para este siglo, pensada para el futuro en un país, maravilloso que conozco bastante y que es enorme.

La Ciudad novísima de Brasil es una muestra de la creatividad de arquitectos muy adelantados en su estructura mental. ¡Es bellísima! Cuando Brasil tenía por capital a Río de Janeiro, estaba colmada y un presidente que, pienso era un gran estadista, Juscelino Kubitschek, tuvo la gran idea transformadora de llevar la capital a mitad del territorio en medio de la selva. Contrató a los mejores ingenieros, arquitectos, economistas y urbanistas de su país. ¡Así nació Brasilia!

Los arquitectos Oscar Niemeyer y Lucio Costa fueron los que la soñaron y la crearon con visión de futuro a dos mil años.

Cuando la pensaron le dieron forma de un avión gigante. En lo que es el fuselaje están los edificios nacionales más hermosos que receptan al congreso, a los ministerios y a la Catedral y Bautisterio que son una verdadera obra de arte. En las alas se han creado los edificios urbanos de viviendas para los habitantes.  

Acá paso a relatarles mi gran experiencia y anécdota. Junto a dos escritoras colombianas y una peruana, que es una magnífica poeta y médica, estábamos conociendo esa belleza que es la Catedral obra de Niemeyer (comunista y ateo) que deja la boca abierta por el fervor puesto en su creación, al salir a pleno sol y con muchísimo calor, encontramos unas vendedoras de manualidades en hilo que me recuerdan a los “bolillos españoles” y que son obras de arte manual. Nuestra querida Georgina resbala en un charco de agua y cae, con la mala suerte de quebrarse una muñeca  y la mano. ¡OH, qué hacer! Como en mi país solemos hablar un “portuñol”, es decir no es ni portugués ni español, me pidieron ayuda y partimos raudas a un hospital en un taxi. La chofer, mujer afectuosa, nos aconseja hacer cambio, porque no nos aceptarían dólares y nosotros “amamos el dólar” ya que cuando viajamos es la moneda que todos nos reciben. En Brasil son respetuosos de su dinero y economía y no lo aceptan, por lo que primero nos llevó a una casa de cambio y luego nos dejó en un hospital de urgencia. Hermilda me pedía que yo hablara…y pobres brasileños, apenas me entendían. Nos recibió una enfermera con cariño, le expliqué como pude que éramos cuatro escritoras de un encuentro que se desarrollaba en la universidad y que teníamos una enfermita. Hinchada la mano y antebrazo, dolorida pero estoica, Georgina (colombiana como Hermilda) esperó a un doctor. Llegó un simpático joven que nos llevó, por pasillos interminables, hasta un consultorio impecable y confortable. Allí nos dejó con un radiólogo que le hizo placas. Nos preguntaba el número de seguro social, y no entendía que no teníamos en Brasil, sólo en nuestros países. Le expresamos que podíamos pagar. ¡No, es un hospital público! Hubo que esperar que se pudiese ver la placa…Una Quebradura. Malita la caída. Bien, me mandaron a buscar al doctor que nos atendió primero. Yo recordé que usaba una casaca rosada; muy común en Brasil, que se utilicen colores vivos en cualquier ropa. En mi país, argentina, siempre se usa blanco, gris, negro o verde claro en los lugares de salud.

Me dediqué a recorrer todo el enorme hospital preguntando por: “El doctor de camisiña rosada”. Se reían y me señalaban una puerta u otro pasillo. ¡Al fin lo encuentro y le explico que ya teníamos el resultado y podía ponerle el yeso! Me acompañó y lo hizo con mucho cariño. Cuando quisimos pagar antes de salir del nosocomio, no nos aceptaron ni un real.

Ya en la calle descubrimos que era de noche. No teníamos ni idea en dónde estábamos. Caminé unos metros y con mi mejor “portuñol”, me dirigí a un señor que estaba detenido con un camión de bomberos. Le expliqué como pude y me llamó con su celular un taxi. Le dio los datos y partimos. Yo agotada y las otras amigas nerviosas.

Cuando llegamos al hotel, nos esperaban angustiados. Éramos las “perdidas” y sin noticias. Cuando les conté y dije ¡El doctor de camisiña rosa! Sentí una carcajada de mis colegas brasileñas… ¿Sabes a qué se le dice en Brasil “camisiña? ¡No! A los “condones”. Me quise morir… soy súper cuidadosa con mi lenguaje y mi educación. Entendí las risas socarronas con que me daban los datos en el hospital. Espero no lo molestaran con chanzas al médico que nos atendió.

Bueno, después de todo, cuando uno no habla bien un idioma, deberíamos cuidarnos o preguntar primero, pero fue un accidente.

Al día siguiente nos hicieron conocer la Iglesia de “Don Bosco” patrono de la ciudad. ¡Una maravilla y belleza estética! Yo pedí perdón por mi yerro del día anterior a un enorme Jesucristo que cuelga en medio de esa grandiosidad. Seguro que estoy perdonada.

 

VOLAR EN GLOBO POR CAPADOCIA


Turquía era un viaje que me había inspirado mi amiga antes de fallecer. ¡No dejes de conocer Turquía, me dijo, es un país de ensueño! Vendí mi auto y allá fui. No me arrepiento.

Estambul, tiene el sabor de la gran ciudad de miles de años e historia. La Mezquita Azul, que estaba en plena restauración, donde encontraban antiquísimas pinturas cristianas anteriores al apogeo Otomano, Santa Sofía que es ahora otra mezquita, y que tiene menos minaretes que la anterior nombrada. ¡Gloriosas!

La zona donde están los hoteles es muy cosmopolita; según nos explicaron, el país se estaba preparando de mil maneras para entrar en el Mercado Común Europeo, para lo cual había abierto su mente todo lo posible a la vida de Europa.

Conocimos el famoso “Mercado de las Especias”, donde se mezclaban tiendas de comestibles: arroz, pistachos, dátiles y mil sazones con joyerías donde el oro abarrotaba las vidrieras. Ropa, Carne de corderos que yacían colgados en ganchos, verduras de mil tipos y pescados de mar, todo en secciones interminables. Yo, que soy amiga de regalar quería comprar todo. No era caro y les encanta regatear. Hablaban muchos idiomas, pero me manejaba bien con el italiano. El único inconveniente eran los chóferes de taxis. A pesar de ser musulmanes, y que su ley sagrada les impide robar, nos hicieron trampa con los billetes de liras turcas. Hasta que me atreví con uno y amagué llamar a la policía. ¡Nunca más nos pasó! Deben haberse pasado la voz: ¡Hay tres argentinas que se avivaron!

Finalmente pasamos a la zona asiática de Turquía. ¡Una maravilla! Contratamos un guía que era erudito en historia, hablaba perfecto español y era muy simpático. Así, en autobús comenzamos a conocer ciudades y pueblos que están en los libros de historia y hasta en la literatura universal. Conocimos Izmir (Esmirna), Troya con un enorme Caballo de Madera que nos remonta a la Guerra de Troya (queda a varios kilómetros del mar), Éfeso (eso relato aparte) y llegamos a la capital, Ankara.

Éfeso es un lugar mágico. Tiene hasta los antiguos baños públicos donde mientras hacían sus menesteres, hacían negocios, tenían charlas políticas y sociales, armaban casamientos y debatían problemas familiares, todos sentaditos entre hombres y mujeres. El agua corría debajo de los asientos de mármol y ellos campantes como en el living de su hogar.

Fue en Éfeso donde conocí la “Casa de la Virgen María y san Juan el Evangelista” que fue encontrada por una Beata Alemana. Es una pequeñita construcción de piedra, con una entrada y una salida, sin mucho espacio. Han pintado una imagen de tipo Cristiano Ortodoxo en las piedras y hay un mínimo altar para orar. Hincada rezando, sentí un empujón y caí de lado al suelo de pedregullo. ¡No tengo explicación, nadie me empujó, lo juro! Afuera hay una enorme piscina de piedras y una pared desde donde mana agua para lavarse y beber, imagino que es súper bendita. Se pueden prender velas blancas en un sector y la gente prende telas de color o blancas en un muro junto a una súplica o un agradecimiento. Me faltaban manos para sacra fotos que atesoro con amor.

Yo no quería salir de ahí, pero había que seguir, en los viajes el tiempo es oro y como decía mi madre: “Hija son dólares”.

Llegamos a Capadocia. ¡Dios, que locura! Es una ciudad milenaria excavada en las piedras donde habitaban seres humanos desde no se sabe cuánto. Luego se llenó de cristianos. Estaban reducidos a esconderse para no ser muertos por los “gentiles”. Con hornos, bodegas, lagares, iglesias, dormitorios, pasadizos que se cerraban con enormes piedras redondas como ruedas de roca para que no ingresaran los extraños. Pero estaban comunicados en cientos de pasajes internos con salidas de aire y entrada de agua a cisternas. El viento ha tallado algunas columnas que rematan en conos que semejan sombreros de enanitos de cuentos. Y el cielo…poblado de globos aerostáticos de mil colores que muestran desde el cielo ese mundo de enigmas y secretos. Místicos espacios destinados a hacernos meditar en la vida actual.

Me quedé con enorme deseo de viajar en esos globos. No pude hacerlo y me sentí mucho tiempo enojada conmigo misma por no atreverme. Verdaderamente una pena.

El regreso a Estambul, nos trajo a la ciudad pujante, llena de excelentes artesanos en cuero, las famosas alfombras y exquisitos platos de comida.

El palacio de los Emires Otomanos, son inmensos. Cientos de aposentos y cocinas y cuadras para animales. Lo más llamativo es el museo con las joyas de los emires. El trono de oro con incrustaciones de piedras preciosas, adornos para la cabeza recamados en oro y plata con esmeraldas de tamaños descomunales, sí, enormes. La daga del Sultan Suleiman El Magnífico, tiene tres esmeraldas y como cien diamantes, que debe pesar diez kilos. Sus anillos, prendedores y gargantillas son espectaculares. No me permitieron sacar fotografías. ¡Era lógico! Justo en uno de sus patios se desarrollaba una ceremonia oficial de militares turcos, todos vestidos de terciopelo rojo. La banda tocaba una música muy bella.

Luego fuimos a un monumento al Padre de la Patria del siglo pasado que hizo de Turquía un país  moderno. Mustafá Kemal Atartürk

Regresaría si pudiera.