jueves, 17 de diciembre de 2020

UN AMOR SIN RESPUESTA

Ojos que miran hacia adentro y ojos que miran hacia fuera.

                                               Un fuerte portazo hace vibrar los cristales de la oficina de María Julia. Otra vez ha discutido con Jorge. Siempre entre ellos ese arma mortal llamada “competencia”. Jorge medalla de honor en medicina pierde la beca a Frankfurt por no saber alemán. María Julia no obtiene el cargo de jefa del hospital por ser mujer.

 Luego, los logros de Jorge en diagnósticos que se diluyen tras los interminables trabajos de papeles, en la dirección del nosocomio.

            Todo el personal observa esa pelea constante en silencio. María Julia siempre atenta a la moda. Hermosa. Para ella no hay cansancio ni fatiga. Una sonrisa que corona su belleza europea, su ropa elegante incluso cuando usa la bata para operar. Sus manos hábiles y seguras con el bisturí. Nunca una duda o un signo de dolor, frente a las tragedias. María Julia es solitaria, siempre lista para remplazar al colega enfermo o con problemas de familia. En las guardias nocturnas o en los días en que todo el personal quiere irse a casa para festejar algún acontecimiento, allí la sonrisa amable de ella para relevarlo. La alegría festejando algún chiste o comentario de un compañero de tareas. Él, detesta más que su euforia cuando todos gritan un gol frente al viejo TB. de la sala de terapia a esa María Julia que nunca olvida un cumpleaños, un aniversario o el día del secretario o del enfermero. Ella es tan detallista que saca de quicio.

 Salió con un portazo porque él no le quiso aceptar que la sala de cirugía tiene un virus inter-hospitalario y hay que clausurarla. Exponerlo frente a los medios y ¿su reputación? ¡Nunca jamás haría eso!

            Doctor, el teléfono celular de María Julia, digo de la doctora, no responde. Es la primera vez que falta sin aviso. ¿Qué hacemos?

          Bueno ya mando una persona a su departamento.

         Gracias, sí, luego le aviso. Un sorprendido comentario en voz imperceptible en los labios de todo el personal.

 

            El joven chofer está parado frente a la puerta del departamento. Golpea persistente pero no hay respuesta. Silencio. La vecina abre y sostiene que no debe estar. “Siento la ducha desde anoche”, y el portero trata de abrir. Una llave está puesta en la cerradura. Rompen la puerta. En el piso del baño, María Julia aterida, con los ojos vidriosos y casi exánime, apenas abre los labios. La ambulancia desparrama miedo con su sonido agudo en las calles inhóspitas. Cae la lluvia sobre el cristal frente al chofer y sus lágrimas, compiten con las gotas enérgicas que golpean el parabrisas. Todo el hospital está alerta. Jorge espera con un enorme nudo en el pecho. Percute su corazón en las sienes. Sacan la camilla. El pulso ha bajado a cuatro. Un tomógrafo está listo. El laboratorio parece una colmena.

            Tumor encefálico muy avanzado con dolores que han hecho crisis. “Hace por lo menos un año ella trajo una ecografía y una tomografías, diciendo que eran de un paciente. El nivel de glóbulos era bajo en rojos y tenía alrededor de 15.000 glóbulos blancos”. Murmuró un médico sorprendido por su ingenuidad, ya que no sospechó que podía ser de María Julia.

Está muriendo. Jorge, abraza el cuerpo. No había advertido que es ahora casi la mitad de la figura de la muchacha. Besa desesperado los labios apenas tibios que se le escapan. Le ruega que siga viva porque no podrá amar nunca a nadie. Ella, sólo ella, puede salvarlo de su egoísmo y soledad.

            Nadie sospecha la desesperación de amor que quema el pecho del frío director del nosocomio. Su vida no tiene sentido sin ella. Llama a sus colegas de Europa y de Estados Unidos. Llegan, algunos. Otros envían todo tipo de sugerencias.

            La mirada afiebrada de María Julia sostiene un mudo diálogo con sus ojos. En ese mundo algodonoso que la aleja de él, murmura “nunca me diste una señal” Apenas tuve el primer síntoma hubiera buscado ayuda. El amor que hoy, delirante me proporcionas, no llegó a tiempo.

            

SUCESO INEXPLICABLE.


-         ¡Oye Martín, volvió a ocurrir anoche!- Andrés se enjugó el sudor de la frente y sostuvo la mirada. – Ni que me lo digas, eso no puede ser. Tú deliras, mi amigo. No se te ocurra hablar sobre esto con la gente. Dirán allá va el loco. Y así será tu perdición total. Ni pienses en vender la hacienda ni la cosecha. – la mirada del muchacho tiene el sabor del desafío y dolor. Cada día se despiertan esperando descubrir una vez más la porfía de lo incomprensible. -¿Qué pasó, otra vez sucedió? – No esta vez, y desayunan con cierta paz temblorosa. ¿Cuánto puede durar? - Martín, anoche se volvió a sentir. – gime el desesperado apoyándose en la mesa con los codo desollados por el frotar de la contienda contra la pared. – Pues tendrás que dejar de beber… o ¿estás consumiendo algo extraño?- se habla en el pueblo que traen de la otra orilla del río una sustancia que usan los nativos que producen alucinaciones. ¡Joder hombre, que no! Nada. Ni siquiera he pitado o masticado tabaco. ¿Qué, acaso me crees un grifa? Ni la conozco.

-         Tengo miedo Martín, te juro por esta cruz que mis piernas se doblan cada vez que sucede. Y no soy marica ni cagón, pero… ayer te juro, desapareció la habitación de la abuela. Ya no existe. La tierra limpia como el pavimento marmolazo de la catedral. ¡El frío se establece y no se oye ni el canto de los pájaros. Y la semana pasada el escritorio de Don Tadeo, el  segundo marido de la abuela. La pared limpita de la biblioteca. De los libros… nada. Ni rastros. Hasta la lámpara desapareció. Soy obtuso pero no ciego. Y de la habitación, ayer, nada, ni cama, ni cómoda ni alfombra ni cortinas. Sólo quedó el espejo, ese enorme donde se miraba cuando se vestía la vieja. Ese en que quedó abrazada cuando se la llevó ¿el demonio? O quién sabe quién. Allá está brillando con la luz de la luna o el sol de la mañana. Martín, que me acobardo de veras. No es normal que desaparezcan las paredes con ventanas y todo.

-         ¿Andrés, a qué hora sientes el sonido?-Martín, se sienta cayendo casi, sobre un taburete de la sala. – Creo que debemos avisar a la guardia civil, a los gendarmes y a la policía. Tal vez ellos…- seca con un pañuelo enlutado en listones la frente que despilfarra sudor. Sí, tal vez ellos encuentren la respuesta.

-         ¡Pero crees que esos iletrados creerán lo que acá sucede? Ni lo pienses. Dirán que hemos cometido algún extraño negocio y seremos el hazme reír de todo el pueblo. Además no creo que ni el obispo entendería nada. Esto debe ser una venganza de la vieja arpía. ¡Y del tercer marido!

-         ¿Te refieres a la abuela? Creo que así como nos legó sus tierras y sus bienes, desde el maldito averno, nos está quitando todo. Piensa en cómo podemos exorcizarla para evitar que desaparezca el ala norte de la casa adonde está el gran salón y la cocina. Detener la evasión o volatilización será nuestra gran tarea. Vamos, primo, la vida está allí dentro. Si logramos acarrear los muebles más pesados y el arcón del salón de fiesta… ah, y la sala de juego con la mesa de ruleta. Hay que salvar lo que queda.

Los jóvenes salen hacia el pasillo que se deteriora imperceptiblemente. Martín escucha el sonido característico que aparece en los sucesos. Mira intrigado y ve desdibujarse el enorme retrato de la anciana que los mira tras unos monóculos de cristal grueso y potente. Se va diluyendo el color púrpura de su amplia pollera de terciopelo y las rosas que tiene entre las manos ya no se distinguen. El decorado que daba prestigio a la figura ha desaparecido, junto a una columna dorada donde apoyaba un brazo. Andrés sofoca un grito y huye hacia el jardín en donde ha desaparecido la gran fuente con la sirena de mármol. A lo lejos se oye el silbido de un extraño pájaro. Los cedros se agachan sobre la gramilla y pierden el verde tornando un ocre disonante. Cuando regresan ya no está ni el marco y el retrato del primer marido se está disolviendo en una tiniebla gris. –¡Es la venganza! – Indudablemente nos odiaba y se están vengando de nosotros. Mira Andrés, que fastuoso se ve el otro lado del parque. Mira el estanque. Las garzas no se han ido todavía. Vamos al pueblo a buscar ayuda.

-No, me quedo. Tal vez si salimos juntos al volver no quede nada. Vete tú y trae a alguna pitonisa, un curandero o al mismo demonio si lo encuentras. Vete. Vete.

El muchacho se queda en el salón observando cada rincón. No se oye nada. Ni el rumor más tenue. Se adormece. Al despertar, brilla sobre su cara la luz de la luna.

La gran casa ha desaparecido y solo en un sillón, aguarda el imposible regreso de su primo.

-           

LA CASA AMARILLA

Montserrat buscaba una casa para comprar. Había llegado a esa ciudad invitada por la universidad para dar cátedra y asumir una beca. Leyendo un periódico de dos semanas pasadas, encontró un aviso en la que ponderaban una propiedad en un sitio que no quedaba tan lejos de la ciudad, ni tan cerca de los ruidos.

Pidió al teléfono que estaba anotado en el papel, que le diera una cita. ¡Sintió un suspiro del otro lado de la línea! La verdad que no le llamó la atención.

El jueves a las diez la espero dijo la voz del otro lado del auricular. Si llega usted primero, le ruego me espere unos minutos, ahora vivo en pleno campo y como debe haber notado, el tránsito es un verdadero caos.

Se vistió con unos zapatos deportivos y ropa suelta por si tenía que subir escaleras o bajar hasta un sótano. Enroscó su largo cabello color azulado en un primoroso rodete y se sacó las pocas joyas de valor que solía usar, por las dudas. ¡Hay tantos embusteros!

Tomó un taxi y diez minutos tarde llegó a la puerta de la casa. Le llamó la atención la pintura amarilla de la pared del frente. Las ventanas blancas y las rejas de un suave color ambarino. Un hombre mayor, de buena postura esperaba en la puerta. Con un bastón de fina caña de India y larga barba blanca, que se apoyaba en el pecho de su limpia camisa color celeste. Saco y pantalón negro. Sombrero de panamá. Anteojos con armazón de oro, muy al estilo de John Lenon.

La sonrisa le agradó. Montserrat descendió y despidió al chofer. El hombre se adelantó y le ofreció una pulcra mano de dedos finos propios de un filósofo o de un letrado.

Señora mi nombre es Paulo Merino y soy el dueño de esta casa. Hizo una breve inclinación de cabeza y se sacó el sombrero y la condujo derecho hacia la puerta de ingreso. La abrió con una de esas llaves de hierro antiguas, cuyo ojo parecía observarla.

Prendió una luz y luego se acercó a la ventana y abrió la celosía para que ingresara la luz natural. La casa está recién pintada, todo blanco ecepto el frente que como habrá observado es color amarillo. El color que amaba mi difunta esposa.

¡Así supo que el caballero era viudo! Fue deslizándose por los pisos helados de baldosas rojas, que a pesar de una leve capa de polvo ambiental, brillaban. Una a una las habitaciones que no tenían armarios ni placares, se fueron abriendo como flores de azucenas entre los pasillos. Llegaron a una cocina amplia y recién remodelada. Luego le mostró el sanitario que si bien era antiguo, estaba en perfecto estado de uso y limpio.

Abrió una puerta hacia el exterior y un jardín lleno de enredaderas florecidas despertaron la envidia de los cuadros de un impresionista. Violetas, naranjas, fucsias y verdes, envolvían una a una las paredes del pequeño parque.

¡Y bien, dijo, Montserrat: ¿Cuánto cuesta esta casa? Me puede usted decir!

Si la paga de contado puedo aceptar una oferta. ¡Tal vez cien mil dólares o…diga usted un precio! Montserrat pegó un brinco, le pareció muy elevado el precio, la casa es antigua... Dijo y el caballero sonrió. Sí, pero será su paraíso.

Déjeme pensar. ¿Me puede esperar unos días? Yo tengo que ver si junto algo de ese dinero que no es poco. Sí. La esperaré.

Salieron juntos y ambos tomaron diferentes caminos en taxis. Ella volteó para mirar la casa y le pareció que el amarillo le alegraba la vida. ¡Veremos!

Llamó a su padre y a su hermano quienes se apresuraron a confirmarle que le enviarían para completar lo que ella ofrecería por la casa. Con ochenticinco mil dólares creo que podré comprarla.

Así llegó a un acuerdo. Compró y con una diferencia que le quedó compró algunos muebles y utensilios indispensables.

Los vecinos eran muy amables. La saludaban con ceremonia y le preguntaban, cuando la veían si todo estaba bien. Ella respondía con una sonrisa que todo era perfecto. Hasta que una noche, cuando el sol se recostó sobre la vereda y desapareció la luz, comenzó a escuchar un susurro de voces y llantos. Luego, palabras y nombres de mujeres y hombres. En las paredes se fueron dibujando ciertos signos que no interpretaba y que le dejaron una enorme curiosidad.

Una mañana a la pregunta de su vecino, el carpintero, Montserrat le contó y él, sonriendo le dijo: ¿No se preocupe! Ya pasará. Y siguió hacia la parada del autobús. Pero en el frente de la casa comenzó a notarse un cartel en color ambarino que decía: “Acá puede usted despedir a sus seres queridos”.

Fue a la casa de la vereda de enfrente y golpeó una aldaba. Salió una mujer entrada en años. ¿Sí, qué necesita? ¿Puede usted decirme qué tiene que ver ese cartel que aparece y desaparece del frente de mi casa y qué son las voces que escucho? ¡AY, hija, usted ha comprado esa casa que fue una funeraria! Allí han velado a cientos de personas, hasta que murió el dueño, el caballero que la esperó para vendérsela a usted. ¿Y qué hizo con los dólares que le pagué? Seguro que están enterrados en su jardín, dijo la mujer y se dio vuelta entrando en su casa a través de la puerta cerrada. Montserrat corrió y vio que en un rincón del breve parquecillo había un montículo de tierra revuelta. Escarbó y allí en una caja, estaba su dinero envuelto en una hermosa caja de plástico amarillo.

  

UN MILAGRO INESPERADO

            ¡Es un muchacho imposible! No acepta su vida. Es verdad que debe ser muy difícil no saber su pasado, conocer a sus padres y de dónde viene. Era muy pequeño cuando lo encontraron en una caja en un descampado. Tenía horas de vida. Pero era un bebé sano, morenito que aun conservaba el rojizo de su nacimiento.

            Lo encontró Reinaldo “el Tarta”, una mañana muy temprano cuando cartoneaba por la orilla del camino. Creyó que era un gato abandonado y como adora los animales, se acercó y ¡Oh, sorpresa!, era un bebé, machito. Lo envolvió en su vieja chaqueta de lana y salió corriendo a la salita. Se armó lindo alboroto.

            La enfermera de guardia, sorprendida y enojada con la que pudo ser la madre, lo tomó con amor y lo bañó, lo vistió con ropita que siempre consigue y se lo entregó a la doctora para una buena revisión.

            Después le apodaron “Gato” y siempre el Tarta, lo venía a ver para saber si estaba bien. Un médico que no había podido tener hijos, hizo los trámites para adoptarlo, pero son tan largos y enredados, que tardó mucho en poder sacarlo y llevarlo a su casa con su esposa. Lo llamaron Lorenzo porque ese día ganó el campeonato en primera el club de los amores del doctor. ¡Era un hincha  de San Lorenzo! Siempre llevaba debajo de la camisa la camiseta del club de sus amores.

            Lorenzo, el Gato, se fue criando bien con amor y una educación de primera; pero, era huraño y callado. El día que ingresó por primera vez a la escuela, conoció el dolor de su historia. Un chico malísimo, se burló diciéndole que era un abandonado de la calle. ¡Y allí comenzó a portarse muy mal!

            Nada pudieron hacer los padres del amor, le hablaban con ternura, lo mimaban y hasta era un privilegiado por su trato en la casa y fuera de ella. ¡Nada era suficiente! Él, se sentía perdido, sucio, negado y arisco.

            Pasaron cinco años y una tarde lo vino a buscar Andrés un compañero y le prometió que lo llevaría a un lugar a conocer a una persona. La curiosidad fue mayúscula. Lo siguió en su bicicleta y se fueron alejando del barrio, entraron en un pasillo en un asentamiento donde vivía gente muy pobre. En una casilla de chapa y nylon, se detuvieron. Bajó Lorenzo de su bici y siguió al interior a su compañero.

            Allí sobre un colchón de trapos y cartones vio en la penumbra un anciano que dormitaba. Era Reinaldo el Tarta que sufría sus dolorosos años de la vejez, de su pobreza y de su falta de familia. Andrés, lo despertó. ¡Mirá Gato, él te encontró y te salvó de que murieras de frío o te mordieran las ratas! Él, es tu héroe.

            El anciano abrió los ojos y lo miró un rato. ¡Lorenzo! Y se incorporó para saludarlo. Andrés lo empujó para que lo abrazara. Y así, como si de pronto encontrara su historia, el muchachito se transformó en su “hijo” del alma. Lo ayudó a pararse y le pidió que esperara, que fuera a buscar la forma de sacarlo de allí.

            Salieron raudos a traer a su padre, el doctor. Quien sin dudar los acompañó. Sacaron del agujero donde habitaba el viejo, lo llevaron a la salita y una vez pasado un breve tratamiento lo alojaron en una habitación de huéspedes de su casa.

            El anciano, era otra persona, por primera vez, conoció una familia. Y como era diciembre, junto a la parentela que llegaba del interior, prepararon la mejor Noche Buena y navidad de su vida. Y Reinaldo les contó que él, había sido abandonado como Lorenzo, pero no tuvo tanta suerte como él. Ya que quienes lo recogieron lo maltrataron y lo dejaron abandonado cuando era pequeño a su suerte. Lorenzo, lo abrazaba y lo llenó de cariño. ¡Esa fue la Navidad más hermosa de la familia! Un milagro inimaginable que cambió la vida 

martes, 15 de diciembre de 2020

EL HOMBRE, Cuento infantil de Navidad


El barrio de Leonardo estaba de Fiesta. Habían puesto moños de papel dorado en cada árbol y en cada poste de luz. En la plaza un vecino puso en uno de los pinos focos de colores y de cada rama una caja forrada con una cinta y un nombre. Ese señor que a veces los retaba si rompían las plantas de los canteros, ahora había copiado el nombre de cada niño en una tarjeta y colgaba de las cintas.

Todos los chicos curiosos se acercaban a mirar y él les decía esperen a la Noche Buena.

Así pasaron una mañana y una tarde; y como a las ocho de la tarde comenzó un sonido en la calle… era el anciano que llamaba con una sirena de barco, a los chicos. Arremolinados se fueron a rodear el pino y él les contó: “Mis queridos chicos, yo quiero que sepan que cada uno de ustedes me recuerdan mi infancia. En esa época, yo no tenía nada de lo que hoy tengo y aprendí. La vida no me dio nietos pero ustedes son de ahora en adelante mis nietos del corazón. Hoy volveremos a Festejar el Nacimiento del Niño Dios en Belén, y yo deseo que nadie pase esta noche sin un regalito de este anciano que los quiere. Si a veces los regaño, los reto, es para que aprendan a amar las flores y a los animales que vienen a la plaza. Si de veras quieren ser nenes buenos y educados, deben respetar la naturaleza. Los quiero mucho y que pasen ¡Feliz Noche Buena y hermosa Navidad!  - Así uno por uno fueron pasando y de las manos temblorosas del nuevo abuelo, Todos recibieron un regalo hecho por él, el  abuelito del barrio. La familia de Leonardo lo invitó a compartir la Noche Buena y comer con ellos. Él, aceptó y desde ese día fue el abuelito más popular de todo el barrio.

 

Tolón- tilín este cuento llegó a su fin.

 

LOS HIJOS

 

La puerta de la nave, arca de incienso.

Se ha cerrado al paso del aliento del silencio.

No supiste esperarme a sotavento.

Si volviera a mi puerto tu mástil de esperanza,

me lanzaré en el viejo remolino de los días

pasados en tu oriente.

No volveré a soñar porque los hijos....

son las marejadas de néctar que regala el barco de la vida.

y se van perdiendo como pétalos de flores en un ánfora

se despiden con las manos enroscadas en guirnaldas de amor

nos sonríen a lo lejos mientras traspasan el verano con su aliento.

Son la verdad de la vida en adioses.

Son la esperanza del camino en la puerta

Donde hay aguas claras que limpian el cielo.

Por ese amor en espera, en dudas imprecisas.

Mi destino....una despedida.

 

UNA FRUTA FRESCA


                Cuándo quedará mi cálida luna acumulada en mi cintura, poblada de fantasmas que blanquean al tras luz el bosque, allí donde pacen los unicornios y las gacelas. Anónimo.

 

         Dormía Azedime sobre la alfombra que su abuela había tejido antes de partir. El sol se ocultaba y sus pies llagados, ya no sentían el dolor de los primeros días. Habían bombardeado desde hacía muchos días, toda la región y los edificios estaban en ruinas. Por doquier se veían restos de autos, ambulancias y camiones destruidos.

            Los niños no tenían escuela y para sobrevivir recogían plásticos y metales para vender a un recuperador y por lo que le pagaban algún dinero.

Con lo que ayudaban a comprar algo de alimentos y medicinas.

            Jazed, su tío y su hermano Yeppek cayeron bajo las balas de un francotirador. Quedaban sus hermanas Aminne y Yazmín, y su madre, que lidiaba con el asma. Azedime soportaba el hambre y la sed en su tarea, para encontrar algunas monedas. Algunos días se juntaba con seis o siete chicos de su edad para jugar a la pelota en algún escondrijo de la desvencijada población arrasada. Pero hasta eso le estaba vedado. Al ponerse el sol, sin electricidad, se congregaban en los sitios más seguros con su familia.

            Desde lejos se veían los fogonazos de los proyectiles que debatían en Alepo u otra aldea cercana. El mar estaba contaminado de minas, igual que la playa. Ya había visto a varios muchachos y pescadores volar por el aire como un barrilete al viento y caer con pequeños trozos de cuerpo en la arena. Paradoja que muchas veces al caer, explotaba otra mina.

            ¿Madre qué significa la Paz? ¿Madre podré algún día ser médico? Y una lágrima desdibujaba el rostro demudado de la mamita amorosa, que no tenía palabras y caía en un espasmo asmático. Azedime nunca más preguntó. Su corazón le decía que su madre podía morir y él, era muy pequeño para hacerse cargo de sus hermanas. El coexistir con la muerte, lo había hecho crecer de golpe. Pero no en fuerza física ni en tamaño. Era un niño.

            En el vertedero encontró un libro. Lo levantó, lo limpió y vio bellas láminas que estaban dibujadas. No eran comunes a los pocos libros que él, conocía. Hablaba de “unicornios” y gacelas, de un bosque lleno de pinos del Líbano, con frutos y agua que corría por el campo en arroyos, y, sentado entre la basura, se propuso arreglarlo y llevarlo a sus hermanas.

            Esa tarde el sol se despidió con lentitud en el horizonte. Caminó feliz con las monedas y el libro bajo el brazo. Cuando pasó por la calle Al Ferriak, compró una fruta. ¡Era el día! Un día especial en el que él, llevaba algo más que dinero, llevaba un sueño en papel.

            Entró en el espacio donde estaban sus pocas pertenencias y su familia. Sonriendo le mostró a su madre lo conquistado. Su madre se tapó el rostro con el velo. Se echó hacia atrás y comenzó a sofocarse. ¡Claro ese libro no era de los permitidos por su religión! Pero Azedime no lo sabía, comieron en silencio la fruta que supo a gloria.

            Las cabecitas de las niñas apiñadas miraban los dibujos y abrían grandes los ojos como estrellas fugaces. La madre no quiso decirles nada, en su corazón sabía que en cualquier momento una bala o misil enemigo de su pueblo volaría el refugio y que sus niñas nunca tendrían ensanchada la cintura con un bebé para amar.

            Se quedaron dormidas. Un estruendo despertó a Azedime. Entre los escombros su hermana menor, Yazmín abrazaba el resto del libro que encontró en el sumidero. El cuerpo de su madre cubría lo que quedaba de Aminne. Cuando trató de separarlas de la mano pequeña sacó las semillas de una fruta dulce que compró ayer para ellas. Salió despacio y las aventó en el viento. Tal vez algún día llegara la Paz y creciera un árbol que diera fruta para todos.